Era la hora de alajá: la noche levantaba su oscura faz al Occidente; en
el opuesto confin el sol se hundia tras azules montañas, entre celajes
de fuego: el lucero de la tarde le seguia saludando con trémulos
resplandores á la blanca lumbrera de la noche, y se iban extinguiendo
lentamente los innumerables rumores que acompañan al dia.
El creyente oró y su espíritu subió hasta el Señor: un clarísimo
resplandor iluminó la gruta, y perfumes suavísimos inundaron el
ambiente; aquel resplandor emanaba del agujero habitado por el buho, y
en el fondo de él se veia una placa de oro, en la cual al rededor de
una cerradura se leia en caractéres azules: «_¡Allah Akbar!_» (¡Dios es
grande!)
Abu-Kalek introdujo la llave de esmeralda en la cerradura de oro;
la roca se rasgó dejando descubierta la entrada de una escalera de
pórfido, con paredes de cristal y techumbres de ágata en forma de
estalactitas.
Un genio horrible defendia la entrada; tenia cabeza de basilisco,
alas de murciélago, cuerpo de leon y cola de serpiente; el genio
exterminador puesto por Allah á las puertas del Edem; era la última
prueba del morabhita Abu-Kalek.
Rayos lanzaban sus ojos; sus alas batian las paredes produciendo un
chasquido aterrador; su cola azotaba el pórfido y sus garras se tendian
ensangrentadas y amenazantes hácia Abu-Kalek que se precipitó sobre el
genio gritando: «¡Allah Akbar!»
El genio desapareció rodando hasta el abismo y el morabhita se
encontró en un alcázar como no lo han visto ojos humanos. Las puertas
eran de diamante, el pavimento de rubíes, las paredes de perlas y los
techos de sándalo; por los arcos afiligranados se despeñaban cascadas
de aguas olorosas que iban á regar rosas siempre purpúreas y tulipanes
inmarchitos; sobre todo esto un cielo azul como el zafiro, resplandecia
con la luz de los ojos de Dios.
Cantaban las perís y danzaban las hadas en torno de una cuna de aloe
sostenida por genios, donde sonreia un bellísimo infante velado por
paños de púrpura: junto á él fijaba su mirada inefable de madre, una
mujer hermosísima; su larga cabellera negra lanzaba reflejos azulados
junto á las perlas que la entrelazaban, y rodeando un rostro de
mejillas morenas, caia en bucles ondulantes sobre sus desnudos hombros
velando un seno purísimo; su túnica azul era de seda superior á la
de Persia; su breve talle estaba contenido en el cíngulo misterioso
de Salomon; sus pequeños y desnudos piés se hundian en una alfombra
cubierta de signos cabalísticos, y entre sus brazos reposaba un hombre
que absorbia en sus ojos la intensa mirada de amor de los negros y
radiantes ojos de la hermosa.
Esta era Rhadhyah, la más pura de las huríes, la reina de las
prometidas á los creyentes por el Señor.
El hombre que reposaba entre los brazos de Rhadhyah era un hermoso
mancebo; ceñia su frente una toca blanquísima, prendida por una garzota
de piedras preciosas, y entre la cual aparecia una corona de rey;
vestia una pesada loriga de combate y sobre ella se plegaba un caftan
más blanco que la luz de la alborada; pero aquel caftan estaba manchado
de sangre, y bajo él se veia una corva cimitarra damasquina roja hasta
la empuñadura.
Aquel hombre era Mohhamed-Ben-A'bd-Allah-al-Zaquir-al-Zoghoibi
(_Boabdil_), último rey moro de Granada.
Su semblante hermoso y tranquilo estaba pálido como el de un cadáver;
una ancha herida partia su frente y sus ojos absorbian con una
expresion melancólica la mirada de amor de Rhadhyah, junto á la cual
reposaba sobre la alfombra.
Abu-Kalek se prosternó y unió su rostro al pavimento.
--¡Oh invencible Allah, exclamó, qué grandes é incomprensibles son
tus decretos! ¿Es este aquel desdichado rey rebelado contra su padre,
combatido por su pueblo y arrojado por los nazarenos de su trono? ¿Es
este aquel real mancebo á quien yo ví morir y por cuya alma oro cuando
el sol aparece y cuando la luna se levanta con la noche?
Boabdil se desprendió de los brazos de la hurí; sus labios descoloridos
se contrajeron en una tristísima sonrisa, y su mirada diáfana se posó
con una expresion de amor en Abu-Kalek.
--Levántate, muslin, exclamó, mi viejo amigo, Brazo de Dios, el más
valiente de los guerreros de mi tribu, levántate y escucha.
Abu-Kalek se levantó.
--Hubo un tiempo, prosiguió Boabdil, en que morábamos en un gran
pueblo; nuestro nombre llenaba la tierra y nuestros guerreros eran el
terror de los infieles; la espada del muslim estaba siempre roja, y
nuestras fronteras eran el cementerio de los nazarenos. Pero estaba
escrito que el creyente seria desterrado; los alcaides de la tierra
perdieron una á una las fuerzas y las villas del reino, y los infieles
llegaron hasta nuestros muros. Mis guerreros se dividieron: mi tio
asesinó á mi padre, y la maldicion de Dios cayó sobre Granada. Dia
terrible fué aquel en que vimos la cruz clavada sobre nuestro alcázar,
en que, desterrados, salimos por la parte del Genil con las lágrimas
en los ojos y los piés descalzos. Abandonamos cobardemente nuestra
ciudad y entregamos nuestros hermanos á la tiranía y las infamias del
vencedor; nuestro corazon brotó llanto de sangre á los ojos que vieron
por última vez la Alhambra desde el alto del Padul. La mitad de mi alma
atravesó el espacio para ir á morar en ella envuelta en un suspiro, y
la otra mitad quedó desesperada para amargar los últimos dias del rey
vencido. Habiamos cometido un crímen, y debiamos expiarlo; habiamos
manchado nuestros nombres como cobardes, y debiamos lavar nuestra
infamia muriendo como mártires: mi lanza enmohecida con el abandono en
Granada, se enrojeció en África; olvidé mis retretes de oro y habité
la tienda de cuero del guerrero; ansiando la muerte lidié, me revolví
entre millares de enemigos, y la muerte fué conmigo. ¡Allah tuvo
compasion de mí! ¡Allah aceptó la expiacion de sangre que le ofrecia
y me envió su paz con mi amor! ¡Me envió á Rhadhyah, la querida de mi
alma, la madre de mi hijo!
Boabdil se detuvo y miró sonriendo en un éxtasis de inefable felicidad
á la hurí y al niño que dormia.
--Estaba escrito, dijo Rhadhyah, con una voz más armoniosa que el
murmurio de las auras al pasar entre las flores; cuatro veces el
sicómoro ha entregado al viento sus marchitas hojas desde el dia en
que impelida por los espíritus invisibles llegué hasta mi amado: «Ve
Rhadhyah, me dijeron, busca á tu prometido; el que todo lo puede ha
puesto su mano sobre tu nombre en el libro de diamante del Destino y te
permite ser madre[13]. Ve, el creyente te espera.» Llegué y desperté á
mi adorado que dormia: tres veces la golondrina ha visitado las tierras
de Occidente desde que alienta el hijo del rey y de la hurí; y dos
veces aún el sol ha recorrido su círculo de fuego desde que el alfanje
enemigo abrió al alma de mi alma las puertas del Edem. El seno de la
hurí ha alimentado al hijo de mi amado, pero está escrito que peregrine
sobre la tierra, y su destino se cumplirá.
[13] Segun el _Koran_ Suras 28, 38 y 56, las huríes son
beldades peregrinas que jamás envejecerán, ni se marchitarán,
no concebirán ni estarán sujetas á las miserias de la mujer.
Este sér tan perfecto colmará de delicias á los creyentes en
el Paraíso.
--¡Oh luz del cielo! repuso Abu-Kalek, deslumbrado por el resplandor
que emanaba del semblante de Rhadhyah; manda, tu siervo está ante tí.
--Serás el maestro de mi hijo, exclamó Boabdil, y harás de él un
príncipe perfecto, sábio, generoso y valiente; le tendrás contigo hasta
que cumpla doce años, despues le abandonarás á su destino. Así está
escrito. Si el príncipe cumple con los deberes de un buen muslim, la
mano de Dios le protegerá y volverá trascurridos cinco años. Entonces
le entregarás mi arnés, mi caballo de batalla, mi jacerina, mi alfanje
y mi broquel; le harás cabalgar y volverás el caballo al Occidente;
entonces darás una palmada en el cuello del bruto, y habrás terminado
tu mision.
Boabdil extendió el brazo derecho hácia los genios, y dos de estos
trajeron junto á él un caballo negro, encubertado con arreos de
batalla; entre tanto se operaba en el rey una transformacion extraña;
las manchas sangrientas de su caftan desaparecieron; la cicatriz que
partia su frente se borró hasta quedar reducida á una sutilísima línea
sonrosada, y sus ojos radiaron llenos de vida y de alegría; despojóse
de la toca y de la corona que puso sobre el caparazon del caballo, y
despues su caftan, su loriga y su alfanje. Rhadhyah se despojó del
cíngulo, y al ponerlo sobre la espalda del bruto, dijo á Abu-Kalek:
--Cuando corran catorce años, lo entregarás á mi hijo. ¡Allah sea con
él!
Entonces los genios y las hadas se agruparon sobre la alfombra: una
neblina imperceptible se levantó en torno de ella, y lo envolvió
todo; el alcázar mágico fué desapareciendo lentamente, y la niebla se
condensó hasta envolver al morabhita en las más densas tinieblas; un
caos pasó por su pensamiento; sintióse desfallecer, hizo un esfuerzo, y
abrió los ojos en los que reflejó una claridad blanca y suave: estaba á
la entrada de la gruta del Hedjaz, y la alborada pasaba volando sobre
el valle.