IV.

Embebecido en esta plegaria no se apercibió el caudillo árabe de que

las huríes habian desaparecido al reparar en él, huyendo á ocultarse

en el fondo de la laguna. Pero cuando dirigió su vista al sitio donde

se habian sentado, no encontrándolas creyó que sólo habian sido un

delirio de su mente, y volvieron sus pensamientos tristes, como en una

noche oscura, despues del pasajero brillo de un relámpago, vuelven las

tinieblas.

--¡Oh! ¡mi alma! ¡mi alma! dijo Aben-Zohayr; he llevado mis kabilas al

combate y vuelvo sin ellas á mi aduar: mis camellos se espantarán al

verme volver sin mi corcel Rhadjih, y mis perros me ladrarán cuando

noten la falta de mis hermanos, que no comerán más conmigo bajo el

cuero de mi tienda el pan y la sal. No, no volveré. El árabe que huye

cuando sus hermanos han muerto, es un cobarde; el caudillo que abandona

los cadáveres de sus guerreros, incurre en el enojo del caudillo

fuerte, del invencible, del grande sobre todos los valientes. ¡Oh! ¡mi

alma! ¡mi alma!

Acordóse entonces de que habia olvidado la _azalá de alajá_ (oracion

de la noche) y su espíritu se contristó, porque Aben-Zohayr era un

varon temeroso de Dios, y llegó á la fuente, hizo la ablucion y oró

prosternado al pié de la palmera. Luego se levantó, rompió su espada

que arrojó léjos de sí, y volviendo su corazon á Dios, le ofreció

en expiacion de su cobardía, hacer en aquella gruta donde le habia

conducido su ventura, la vida apartada y penitente de morabhita[4].

Comió algunos dátiles que cogió del suelo, quitó de su caballo una piel

de tigre que le servia de silla, y extendiéndola en la gruta sobre un

haz de yerba, arrojóse sobre ella y rendido por la fatiga se durmió.

[4] Ermitaño.

Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe · 第 13 / 111 题