Embebecido en esta plegaria no se apercibió el caudillo árabe de que
las huríes habian desaparecido al reparar en él, huyendo á ocultarse
en el fondo de la laguna. Pero cuando dirigió su vista al sitio donde
se habian sentado, no encontrándolas creyó que sólo habian sido un
delirio de su mente, y volvieron sus pensamientos tristes, como en una
noche oscura, despues del pasajero brillo de un relámpago, vuelven las
tinieblas.
--¡Oh! ¡mi alma! ¡mi alma! dijo Aben-Zohayr; he llevado mis kabilas al
combate y vuelvo sin ellas á mi aduar: mis camellos se espantarán al
verme volver sin mi corcel Rhadjih, y mis perros me ladrarán cuando
noten la falta de mis hermanos, que no comerán más conmigo bajo el
cuero de mi tienda el pan y la sal. No, no volveré. El árabe que huye
cuando sus hermanos han muerto, es un cobarde; el caudillo que abandona
los cadáveres de sus guerreros, incurre en el enojo del caudillo
fuerte, del invencible, del grande sobre todos los valientes. ¡Oh! ¡mi
alma! ¡mi alma!
Acordóse entonces de que habia olvidado la _azalá de alajá_ (oracion
de la noche) y su espíritu se contristó, porque Aben-Zohayr era un
varon temeroso de Dios, y llegó á la fuente, hizo la ablucion y oró
prosternado al pié de la palmera. Luego se levantó, rompió su espada
que arrojó léjos de sí, y volviendo su corazon á Dios, le ofreció
en expiacion de su cobardía, hacer en aquella gruta donde le habia
conducido su ventura, la vida apartada y penitente de morabhita[4].
Comió algunos dátiles que cogió del suelo, quitó de su caballo una piel
de tigre que le servia de silla, y extendiéndola en la gruta sobre un
haz de yerba, arrojóse sobre ella y rendido por la fatiga se durmió.
[4] Ermitaño.