ESCENA II.

Plaza pública.

Entra ANTÍFOLO de Siracusa.

ANTÍFOLO.--El oro que remití á Dromio está colocado con seguridad en el

Centauro, y el solícito esclavo ha ido á vagar por la ciudad en busca

mía..... Según mi cálculo y la relación del hostelero, no ha podido

hablar á Dromio desde que al principio lo envié del mercado..... Pero,

hele aquí que viene. (_Entra Dromio de Siracusa_). ¡Y bien! señor,

¿habéis perdido vuestro buen humor? Ya que os agradan los golpes, no

tenéis sino empezar de nuevo vuestra broma conmigo. ¿No conocéis el

Centauro? ¿No habéis recibido el oro? ¿Vuestra ama os ha enviado á

buscarme para comer? ¿Mi alojamiento era en el Fénix? ¿Has perdido la

razón para darme respuestas tan descabelladas?

DROMIO.--¿Qué respuestas, señor? ¿Cuándo os he hablado así?

ANTÍFOLO.--Hace apenas un momento, aquí mismo; no hace media hora.

DROMIO.--No os he visto desde que me habéis mandado de aquí al Centauro

con el oro que me habíais confiado.

ANTÍFOLO.--Pícaro, me has negado haber recibido este depósito, y me has

hablado de una ama y de una comida, lo que me desagradaba demasiado,

como habrás sentido, lo espero.

DROMIO.--Estoy muy satisfecho de veros en vena de buen humor: pero ¿qué

quiere decir esta broma? Os ruego, mi señor, que os expliquéis.

ANTÍFOLO.--¡Qué! ¿quieres hacerme burla aún y provocarme de frente?

¿Piensas que chanceo? Toma, toma esto y esto.

(_Le golpea_).

DROMIO.--Parad, señor, ¡en nombre de Dios! Ya vuestro juego se vuelve de

veras. ¿Por qué motivo me golpeais así?

ANTÍFOLO.--¡Porque te tomo familiarmente algunas veces por mi bufón, y

converso contigo, tu insolencia se burlará de mi afecto é interrumpirá

libremente mis horas serias! Cuando brilla el sol retocen los moscones;

pero desde que oculta sus rayos escúrranse en los agujeros de las

paredes. Cuando quieras bromear conmigo, estudia mi rostro y conforma

tus modales á mi fisonomía, ó bien haré entrar á golpes este método en

tu cabeza.

DROMIO.--En mi cráneo, decís. Preferiría yo que fuese cabeza, no cráneo

solo, si dejarais de magullarla; pero si seguís con estos golpes, será

necesario procurarme un cráneo para cubrir mi cabeza y ponerla al

abrigo, ó si no tendré que buscar mi entendimiento en mis espaldas.

¿Pero por gracia, señor, por qué me golpeais?

ANTÍFOLO.--¿No lo sabes?

DROMIO.--No sé nada, señor, sino que soy golpeado.

ANTÍFOLO.--¿Quieres que te diga por qué?

DROMIO.--Sí, señor, el por qué. Pues dícese que todo por qué tiene su

por qué.

ANTÍFOLO.--Desde luégo, porque has osado burlarte de mí. ¿Y por qué

todavía? Por haber venido á burlarte una segunda vez.

DROMIO.--¿Se ha golpeado alguna vez á un hombre tan mal á propósito,

cuando en el por qué y en el por qué no hay concordancia ni

razón?--Vamos, señor, os doy gracias.

ANTÍFOLO.--Me das gracias, y á propósito ¿de qué?

DROMIO.--¡Ah! señor, porque me habéis dado algo por nada.

ANTÍFOLO.--Te lo pagaré pronto, dándote nada por algo.--Pero dime, ¿es

la hora de comer?

DROMIO.--No, señor; creo que á la comida le falta de lo que yo tengo.

ANTÍFOLO.--Vamos, ¿de qué?

DROMIO.--De salsa.

ANTÍFOLO.--¡Bien! Entonces estará seca.

DROMIO.--Si es así, señor, os ruego no probarla.

ANTÍFOLO.--¿Y la razón?

DROMIO.--De miedo de que os haga encolerizaros y me valga otra salsa de

palos.

ANTÍFOLO.--Vamos, aprende á chancear á propósito. Cada cosa á su tiempo.

DROMIO.--Habría osado negarlo antes que os hubiéseis puesto tan enojado.

ANTÍFOLO.--¿Según qué regla?

DROMIO.--¡Diablos, señor! Según una regla tan llana como la cabeza calva

del viejo padre Tiempo en persona.

ANTÍFOLO.--Veámosla.

DROMIO.--No hay ocasión de que recobre sus cabellos el hombre que se

pone naturalmente calvo.

ANTÍFOLO.--¿No puede recobrarlos por multa y recobros?

DROMIO.--Sí, pagando multa por llevar peluca, y recobrando de los

cabellos que ha perdido otro hombre.

ANTÍFOLO.--¿Por qué el tiempo escatima tanto los cabellos, puesto que

son una secreción tan abundante?

DROMIO.--Porque es un dón que prodiga á los animales; y lo que quita á

los hombres en cabellos se lo devuelve en cordura.

ANTÍFOLO.--¡Cómo! Si existen hombres que tienen más cabellos que

entendimiento!

DROMIO.--Ninguno de esos hombres tiene el talento de perder los

cabellos.

ANTÍFOLO.--¡Pues qué! has dicho ahora poco que los hombres de abundantes

cabellos son buenas gentes sin ingenio.

DROMIO.--Cuanto más simple es un hombre, tanto más pronto los pierde.

Sin embargo, los pierde con una especie de alegría.

ANTÍFOLO.--¿Por qué razón?

DROMIO.--Por dos razones, y dos buenas.

ANTÍFOLO.--Te ruego no digas _buenas_.

DROMIO.--Entonces por dos razones seguras.

ANTÍFOLO.--No, no seguras, en una cosa falsa.

DROMIO.--Entonces por dos razones ciertas.

ANTÍFOLO.--Preséntalas.

DROMIO.--Una, para economizar el dinero que le costarían sus rizos;

otra, á fin de que en la comida sus cabellos no caigan en la sopa.

ANTÍFOLO.--Deberías haber probado en todo este tiempo que no hay tiempo

para todo.

DROMIO.--Y así lo he hecho, señor, probando que no hay tiempo para

recobrar los cabellos que se han perdido naturalmente.

ANTÍFOLO.--Pero no has dado una razón sólida para probar que no hay

tiempo alguno para recobrarlos.

DROMIO.--Voy á remediarlo de este modo. El Tiempo mismo es calvo; así,

pues, hasta el fin del mundo tendrá un séquito de hombres calvos.

ANTÍFOLO.--Sabía que la conclusión sería calva. Pero despacio, ¿quién

nos hace señas allá abajo?

(_Entran Adriana y Luciana._)

ADRIANA.--Sí, sí, Antífolo; tienes una expresión extraña y adusta:

guardas tus dulces miradas para alguna otra querida: no soy más tu

Adriana, tu esposa. Hubo un tiempo en que sin exigírtelo jurabas que

ninguna habla era una música á tu oído sino el sonido de mi voz; ningún

objeto tan encantador á tus ojos como mis miradas; ningún tacto más

lisonjero para tu mano que el de la mía; ningún manjar delicioso que te

agradase sino los que yo te servía. Cómo sucede hoy, esposo mío, ¡oh!

cómo sucede que te hayas alejado tanto de ti mismo? Sí; digo alejado de

ti mismo, porque lo estás de mí; que, siendo incorporada á ti,

inseparable de ti, soy más que la mejor y más amada parte de ti mismo.

¡Ah! no te arranques de mi lado; pues créeme, mi bien amado, que te

sería tan fácil dejar caer una gota de agua en el Océano y recogerla en

seguida sin mezcla, sin adición, ni disminución alguna, como separarte

de mí sin arrastrarme contigo también. ¡Oh! ¿cómo heriría tu corazón en

lo más vivo, si oyeras solamente decir que soy infiel, y que este

cuerpo, consagrado á ti, es manchado por una grosera voluptuosidad? ¿No

me escupirías el rostro? ¿No me arrojarías? ¿No me echarías en cara el

nombre de marido? ¿No desgarrarías la piel teñida de mi frente de

cortesana? ¿No arrancarías el anillo nupcial de mi mano pérfida? ¿Y no

le destrozarías con el juramento del divorcio? Sé que no lo puedes: ¡y

bien! hazlo desde este momento..... Estoy cubierta con una mancha

adúltera; mi sangre está manchada con el crimen de la prostitución; pues

si los dos no formamos sino una sola carne y tú eres infiel, recibo el

veneno mezclado en tus venas y quedo prostituída por tu contagio.--Sé,

pues, constante y fiel á tu lecho legítimo. Entonces viviremos yo sin

mancha y tú sin deshonor.

ANTÍFOLO.--¿Es á mí á quien persuadís, bella dama? No os conozco. No ha

sino dos horas que estoy en Éfeso, tan extranjero á vuestra ciudad como

á vuestros discursos: y aunque tengo que emplear toda mi atención para

estudiar cada una de vuestras palabras, no puedo comprender una sola de

lo que decís.

LUCIANA.--¡Vaya, hermano, cómo ha cambiado el mundo para vos! ¿Cuándo

habéis tratado así á mi

[Illustration:--_¿Es á mí á quien persuadís, bella dama?_]

hermana? Ella os ha enviado á buscar por Dromio para comer.

ANTÍFOLO.--¿Por Dromio?

DROMIO.--¿Por mí?

ADRIANA.--Por ti. Y he aquí la respuesta que me has traído: que él te

había abofeteado, y que al hacerlo había renegado mi casa por suya y á

mí por su esposa.

ANTÍFOLO.--¿Habéis hablado á esta dama? ¿Cuál es, pues, el giro y el fin

de vuestra intriga?

DROMIO.--Yo, señor, no la he visto jamás hasta este momento.

ANTÍFOLO.--Mientes, bellaco; pues me has repetido en la plaza las

propias palabras que acabas de decir.

DROMIO.--Jamás en mi vida le he hablado.

ANTÍFOLO.--¿Cómo sucede, pues, que nos llama por nuestros nombres, á

menos que no sea por inspiración?

ADRIANA.--¡Qué mal sienta á vuestra gravedad fingir tan groseramente, de

acuerdo con vuestro esclavo, y excitarlo á que me contraríe! Sea mía la

culpa y que de ella no os toque parte alguna; pero no os hagáis culpable

hacia esa culpa añadiendo todavía mayor desprecio. Vamos, voy á coger tu

brazo: tú eres el olmo, esposo mío, y yo soy la vid, cuya debilidad

unida á tu fuerza me da algo de tu vigor; si algún objeto te desliga de

mí, no puede ser sino una vil planta, una yedra usurpadora ó un musgo

inútil que, creciendo sin cultivo, penetra en tu savia, la infecta y

vive á expensas de tu honor.

ANTÍFOLO.--¡Es á mí á quien habla! Me toma por tema de sus discursos.

¡Qué! ¿La habré desposado en sueños, ó estoy dormido en este momento y

me imagino oir todo esto? ¿Qué error engaña nuestros oídos y nuestros

ojos? Hasta que haya aclarado esta incertidumbre quiero entretener el

error que se me ofrece.

LUCIANA.--Dromio, vé á decir á los criados que sirvan la comida.

DROMIO.--¡Oh! ¡Si yo tuviese mi rosario! Me santiguo como pecador. Este

es el país de las hadas. ¡Oh enigma de los enigmas! Hablamos á

fantasmas, á buhos, á espíritus fantásticos. Si no les obedecemos, he

aquí lo que sucederá: nos chuparán la sangre ó nos pellizcarán hasta

ponernos azules y negros.

LUCIANA.--¿Qué refunfuñas ahí á tus solas en lugar de responder? Dromio,

zángano, caracol, holgazán, imbécil.

DROMIO.--Estoy metamorfoseado, amo; ¿no es verdad?

ANTÍFOLO.--Creo que lo estás en tu alma, y que yo también lo estoy.

DROMIO.--Todo, á fe, amo mío, alma y cuerpo.

ANTÍFOLO.--Tú conservas tu propia forma.

DROMIO.--No: soy un mono.

LUCIANA.--Si en algo te has convertido, es en asno.

DROMIO.--Eso es verdad: yo la llevo á cuestas y estoy ansioso de pacer.

No hay duda; soy un asno. ¿De qué otro modo podría ser que la conociese

yo tan bien como ella me conoce?

ADRIANA.--Vamos, vamos, no quiero ser tan necia que me ponga el dedo en

el ojo y llore, mientras que el criado y el amo ríen y se burlan de mis

males. Vamos, señor, venid á comer: Dromio, cuida la puerta. Esposo mío,

hoy comeré arriba con vos y os obligaré á hacer confesión de mil

travesuras. Oye, bellaco; si alguien viniere á preguntar por tu amo,

dirás que come fuera y no dejarás entrar alma viviente. Venid, hermana.

Dromio, haz bien tu papel de portero.

ANTÍFOLO.--¿Estoy en la tierra, en el cielo ó en el infierno? ¿Estoy

dormido ó despierto, loco ó en mi buen sentido? Conocido de éstas y

disfrazado para mí mismo. Diré lo que digan ellas, lo sostendré con

perseverancia y en esta niebla me dejaré llevar á todas las aventuras.

DROMIO.--Amo, ¿serviré de portero?

ANTÍFOLO.--Sí; no dejes entrar á nadie, si no quieres que te rompa la

cabeza.

LUCIANA.--Vamos, venid, Antífolo. Comemos demasiado tarde.

(_Salen._)

[Illustration]

[Illustration]

Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 4] · 第 119 / 181 题