Continuad, Solino; procurad mi pérdida; y con la sentencia de muerte,
terminad mis desgracias y mi vida.
EL DUQUE.--Mercader de Siracusa, cesa de defender tu causa; yo no soy
bastante parcial para infringir nuestras leyes.--La enemistad y la
discordia, recientemente excitadas por el ultraje bárbaro que vuestro
duque ha hecho á estos mercaderes, honrados compatriotas nuestros,
quienes, por falta de oro para rescatar sus vidas, han sellado con su
sangre sus rigurosos decretos, excluyen toda piedad de nuestra
amenazante actitud; pues desde las querellas intestinas y mortales
levantadas entre tus sediciosos compatriotas y los nuestros, se ha
sancionado en consejos solemnes, tanto por nosotros como por los
siracusanos, no permitir tráfico alguno á las ciudades enemigas
nuestras. Además, si un natural de Éfeso es visto en los mercados y
ferias de Siracusa, ó si un natural de Siracusa viene á la bahía de
Efeso, muere, y sus mercaderías son confiscadas á disposición del duque,
á menos que levante una cantidad de mil marcos para cumplir la pena y
servirle de rescate. Tus géneros, vendidos al más alto precio, no pueden
subir á cien marcos; por consiguiente la ley te condena á morir.
ÆGEÓN.--Bien! Lo que me consuela es que, al realizarse vuestras
palabras, mis males terminarán con el sol poniente.
EL DUQUE.--Vamos, siracusano, dinos brevemente por qué has dejado tu
ciudad natal y qué motivo te ha traído á Éfeso.
ÆGEÓN.--No podía haberse impuesto tarea más penosa que la de intimarme á
decir males indecibles. Sin embargo, á fin de que el mundo sea testigo
de que mi muerte habrá provenido de la naturaleza y no de un crimen
vergonzoso, diré todo lo que el dolor me permita decir.--Nací en
Siracusa y me casé con una mujer que hubiese sido feliz sin mí, y por mí
también sin nuestro mal destino. Vivía contento con ella; nuestra
fortuna se aumentó por los fructuosos viajes que con frecuencia hacía yo
á Epídoro, hasta la muerte de nuestro agente de negocios. Su pérdida,
habiendo dejado en abandono el cuidado de grandes bienes, me obligó á
sustraerme de los tiernos abrazos de mi esposa. Apenas habían pasado
seis meses de ausencia, cuando casi desfallecida bajo la dulce carga que
llevan las mujeres, hizo sus preparativos para seguirme, y llegó con
prontitud y seguridad á los lugares donde me hallaba. Poco tiempo
después de su llegada hízose la feliz madre de dos hermosos niños; y, lo
que hay de extraño, tan parecidos entre sí, que no se podían distinguir
sino por sus nombres. Á la misma hora y en la misma hostería, una pobre
mujer fué desembarazada de una carga semejante, dando al mundo dos
gemelos varones igualmente parecidos. Compré estos dos muchachos á sus
padres, quienes se encontraban en extrema indigencia, y los crié para
servir á mis hijos. Mi mujer, que no estaba poco orgullosa de estos dos
niños, me instaba cada día para volver á nuestra patria. Consentí á
pesar mío ¡ay! demasiado temprano. Nos embarcamos.--Estábamos á una
legua de Epídoro, antes que la mar, siempre dócil á los vientos, nos
hubiese amenazado con algún accidente trágico; pero no conservamos mucho
tiempo la esperanza. La escasa claridad que nos prestaba el cielo no
servía sino para mostrar á nuestras almas aterradas, el mandato dudoso
de una muerte inmediata. En cuanto á mí, yo la habría abrazado con
alegría, si las lágrimas incesantes de mi esposa, que lloraba de
antemano la desgracia que veía venir inevitablemente, y los gemidos
lastimeros de los dos niños que lloraban por imitación, ignorando lo que
era de temer, no me hubiesen forzado á buscar el modo de retardar el
instante fatal para ellos y para mí; y he aquí cuál fué nuestro recurso;
no quedaba otro:--Los marineros buscaron su salvación en nuestro bote, y
nos abandonaron dejándonos el barco ya á punto de hundirse. Mi esposa,
más atenta á velar sobre mi último nacido, lo había ligado al pequeño
mástil de reserva del cual se proveen los marinos para las tempestades;
con él estaba ligado uno de los gemelos esclavos; y yo había tenido que
hacer lo mismo con los otros dos niños. Hecho esto, mi esposa y yo con
las miradas fijas en aquellos en quienes estaban fijos nuestros
corazones, nos atamos á cada uno de los extremos del palo; y flotando en
seguida á voluntad de las olas, fuímos llevados por ellas hacia Corinto,
á lo que nosotros habíamos pensado. Al fin, el sol, mostrándose á la
tierra, disipó los vapores que habían causado nuestros males; bajo la
influencia benéfica de su luz deseada, los mares se calmaron
gradualmente, y descubrimos en lontananza dos barcos que navegaban sobre
nosotros; de Corinto el más lejano, y el otro de Epídoro. Pero antes de
que nos hubiesen alcanzado... ¡Oh! no me obliguéis á decir más;
conjeturad lo que aconteció por lo que acabáis de oir.
EL DUQUE.--Prosigue, anciano: no interrumpas tu relato; podemos al menos
compadecerte si no podemos perdonarte.
ÆGEÓN.--¡Oh! ¡Si los dioses nos hubiesen compadecido, no les llamaría
ahora con tanta justicia desapiadados hacia nosotros! Antes que los dos
barcos hubiesen avanzado á diez leguas de nosotros, dimos contra una
grande roca; é impulsado con violencia sobre este escollo, nuestro
mástil de socorro fué roto por el medio; de tal modo que, en esta
nuestra injusta separación, la fortuna nos dejó á los dos de qué
regocijarnos y de qué afligirnos. La mitad que llevaba á la infeliz y
que parecía cargada de menor peso, aunque no de menor infortunio, fué
impulsada con más velocidad por los vientos: y fueron recogidos los tres
á nuestra vista por pescadores de Corinto, á lo que nos pareció.
Finalmente, otro barco se había apoderado de nosotros; y llegando á
conocer sus tripulantes quiénes eran aquellos que la suerte les había
conducido á salvar, acogieron con benevolencia á sus náufragos: y
hubiesen alcanzado á quitar á los pescadores su presa á no haber sido el
buque tan mal velero. Se vieron, pues, obligados á dirigir su rumbo
hacia la patria.--Habéis oído cómo he sido separado de mi dicha y cómo
mi vida ha sido prolongada por adversidades para haceros el triste
relato de mis desventuras.
EL DUQUE.--Y, en bien de los que lloras, hazme el favor de decir
detalladamente lo que os aconteció á ellos y á ti hasta ahora.
ÆGEÓN.--Mi hijo menor, que es el mayor en mi cuidado, cumplida la edad
de diez y ocho años, se ha mostrado deseoso de buscar á su hermano, y me
ha rogado con importunidad permitirle que su joven esclavo (pues los dos
muchachos habían compartido la misma suerte, y éste, separado de su
hermano, había conservado el nombre) pudiese acompañarle en esta
investigación. Para poder encontrar uno de los objetos de mi atormentada
ternura, yo arriesgaba perder el otro. He recorrido durante cinco
veranos las extremidades más apartadas de la Grecia, errando hasta más
allá de los límites de Asia; y costeando hacia mi pátria, he abordado á
Éfeso sin esperanza de encontrarlos, pero repugnándome pasar por este
lugar ó cualquiera otro donde habitan hombres, sin explorarlo. Es aquí,
en fin, donde debe terminar la historia de mi vida; y sería feliz de
esta muerte oportuna, si todos mis viajes me hubiesen asegurado al menos
que mis hijos viven.
EL DUQUE.--¡Desventurado Ægeón, á quien los hados han marcado para
probar el colmo de la desgracia! Créeme: mi alma abogaría por tu causa
si pudiese hacerlo sin violar nuestras leyes, sin ofender mi corona, mi
juramento y mi dignidad, que los príncipes no pueden anular, aun cuando
lo quisieran. Pero aunque tú seas destinado á la muerte, y que la
sentencia pronunciada no pueda revocarse sin grave daño de nuestro
honor, sin embargo te favoreceré en lo que pueda. Así, mercader, te
concederé este día para buscar tu salvación en un socorro bienhechor:
acude á todos los amigos que tienes en Éfeso, mendiga ó toma prestado
para recoger la suma y vive; si no, tu muerte es inevitable.--Alcaide,
tómalo bajo tu custodia.
ALCAIDE.--Sí, mi señor.
(_El duque sale con su séquito._)
ÆGEÓN.--Ægeón se retira sin esperanza y sin socorro, y su muerte no es
sino diferida.
(_Salen._)