El bosque.
Entran ROSALINDA y CELIA.
ROSALINDA.--Y ahora ¿qué decís? ¿No han dado ya las dos? Pues de
Orlando, nada.
CELIA.--Te aseguro que, convertido todo él en amor y turbado el cerebro,
ha tomado su arco y sus flechas y se ha ido á dormir. Pero mira quien
viene.
(_Entra Silvio._)
SILVIO.--Hermoso joven, para vos es mi recado. Mi gentil Febe me pidió
entregaros esto. (_Dándole una carta._) Ignoro su contenido; pero á lo
que presumo por el adusto ceño y vehemente acción que mostraba al
escribirla, debe ser de tenor colérico. Perdonadme: no soy más que
mensajero sin culpa.
ROSALINDA.--La paciencia misma se violentaría y saldría de juicio con
esta carta. Soportad esto, y lo soportaréis todo. Dice que no tengo ni
gallardía ni buenos modales; me llama orgulloso y asegura que no me
amaría así fueran los hombres tan raros como el fénix. Pues tan singular
es mi voluntad, que no es el amor de ella el blanco de mis tiros. ¿De
qué le viene el escribirme tales cosas? Vamos, pastor, vamos: eres tú
quien le ha sugerido esta carta.
SILVIO.--No, no. Protesto ignorar el contenido. Es Febe quien la
escribió.
ROSALINDA.--Vamos, sois un tonto y enamorado de remate. Ví su mano, una
mano de cuero, color de piedra, que me hizo pensar realmente que se
había puesto sus guantes viejos. Pero no, eran sus propias manos: tiene
manos de fregona. Mas no importa. Digo que ella jamás ha inventado tal
carta. Esto es invención y escritura de hombre.
SILVIO.--De seguro es de ella.
ROSALINDA.--Cómo! Este es un estilo fanfarrón y cruel, estilo de
perdonavidas. ¿Pues no me desafía, como un moro á un cristiano? El
benigno cerebro de la mujer no podría destilar una invención tan
enormemente grosera, ni tales palabras etiopes, más negras en su alcance
que en su apariencia. ¿Queréis oir la carta?
SILVIO.--Si lo tenéis á bien; pues nunca la he oído, aunque sí he oído
mucho de la crueldad de Febe.
ROSALINDA.--Hace de las suyas conmigo. Fijaos en el modo como escribe la
tirana.
(_Leyendo._) «¿Eres algún dios convertido en pastor, que así has
abrasado el corazón de una doncella?»
¿Puede una mujer regañar así?
SILVIO.--¿Llamáis á eso regañar?
ROSALINDA.--«¿Por qué, olvidando lo que tienes de divino, te ensañas
contra el corazón de una mujer?»
¿Habéis oído nunca semejante regaño?
«Muchas veces la mirada suplicante del hombre me habló de un amor que no
podía conmoverme.»
Lo cual quiere decir que soy una bestia.
«Si el desdén de tus ojos basta para encender tanto amor en los míos,
¡ay! ¿qué no me harían sentir si me miraran cariñosos? Os amé mientras
me ofendíais. ¿Á que no me moverían, pues, vuestros ruegos? El mensajero
de esta queja amorosa, no sospecha que tal amor existe en mí. Confíale
tu respuesta en pliego sellado, y dime en ella si tu juventud y tu
condición aceptarán la leal oferta de mi persona y de cuanto soy y
valgo; ó desecha mi amor y buscaré el modo de morir.»
SILVIO.--¿Y esto también es regaño?
CELIA.--¡Ay, pobre pastor!
ROSALINDA.--¿Le compadecéis? No, no merece compasión. ¿Amarás á
semejante mujer? ¡Qué! Servirse de ti como de un instrumento para
burlarte mejor! Eso es intolerable. Bien: torna á su lado, pues veo que
el amor te ha convertido en una serpiente mansa, y dile esto: que si
ella me ama, le exijo que te ame; y si no, no la tomaré nunca, á menos
que tú mismo ruegues por ella. Si sois un verdadero amante, id y no
repliquéis palabra, porque viene gente.
(_Sale Silvio._)
OLIVERIO.--Salud, hermosas. ¿Podéis decirme, os ruego, en qué parte del
circuíto de este bosque se encuentra un ejido circundado de olivos?
CELIA.--Al oeste de este sitio, en la hondonada vecina, dejando á
vuestra derecha la fila de mimbreras que está á orillas del arroyo, os
encontraréis en el redil. Mas en este momento no hay persona alguna en
la casa, ni aun para cuidar de ella.
OLIVERIO.--Si puede el ojo aprovechar de la lengua, debería yo conoceros
por descripción. Tales trajes y tal edad. «El joven es de complexión
clara, femenil de aspecto, y se presenta como una hermana experta; pero
la joven es de baja estatura y más morena, que su hermano.» ¿No sois
dueño de la casa por la cual preguntaba?
CELIA.--Pues lo preguntáis, no es jactancia deciros que es nuestra.
OLIVERIO.--Orlando me encarga saludaros á una y otro, y envía al joven á
quien llama su Rosalinda, esta servilleta ensangrentada. ¿Sois acaso
vos?
ROSALINDA.--Sí; pero ¿qué significa esto?
OLIVERIO.--Algo de lo que me avergüenza, si queréis saber qué hombre
soy, y cómo y por qué y cuándo fué manchado de sangre este pañuelo.
CELIA.--Referidlo, os ruego.
OLIVERIO.--Cuando el joven Orlando se alejó de vos, hace poco, empeñó su
palabra de volver dentro de una hora; y caminaba por el bosque,
engolfada su fantasía en visiones ya tristes, ya risueñas, cuando
¡extraño suceso! al mirar á un lado observó ¿qué diréis? Un infeliz
hombre cubierto de harapos, que yacía de espaldas dormido bajo un roble
cuyo ramaje musgoso y encumbrada copa desnuda, dan testimonio de su
antigüedad. Una sierpe color verde y oro se había enroscado á su cuello,
y acercaba á sus labios entreabiertos la presta y amenazadora cabeza;
pero de súbito al ver á Orlando se desenrolló y se deslizó sinuosamente
á un matorral, á cuya sombra yacía agazapada con la cabeza en el suelo y
en acecho como un gato, una leona con las ubres secas, aguardando que el
hombre dormido se moviese. Porque es regio instinto de este animal no
hacer presa en lo que parece muerto. Al ver esto, Orlando se acercó al
hombre y halló que era su hermano, su hermano mayor.
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CELIA.--Le he oído hablar de ese mismo hermano, y lo describía como al
más desnaturalizado que había entre los hombres.
OLIVERIO.--Y con justicia podía decirlo, porque bien sé que era
desnaturalizado.
ROSALINDA.--Pero Orlando, ¿lo dejó allí para ser devorado por la
exhausta y hambrienta leona?
OLIVERIO.--Dos veces volvió la espalda con ese propósito; pero la
bondad, más noble que la venganza, y la naturaleza más fuerte que la
ocasión oportuna, le hicieron luchar contra la leona, que no tardó en
sucumbir. El ruido de la lucha me despertó de mi miserable sueño.
CELIA.--¿Sois su hermano?
ROSALINDA.--¿Sois aquel á quien salvó?
CELIA.--¿Sois el que tantas veces atentó contra su vida?
OLIVERIO.--Era yo tal como fuí, no como soy. No me avergüenza confesaros
lo que he sido, desde que la conversión es tan dulce para mí, siendo el
infeliz que soy.
ROSALINDA.--¿Pero qué del pañuelo ensangrentado?
OLIVERIO.--En un momento. Cuando las lágrimas de uno y otro hubieron
corrido por la narración de todo lo que había pasado, hasta decir la
manera como vine á este desierto; llevóme donde el buen duque, quien me
dió vestidos y asistencia y me encomendó al afecto de mi hermano, que me
condujo al punto á su cueva. Allí se desnudó y en esta parte del brazo
la leona había desgarrado algo de la carne, que desde entonces había
estado desangrando todo el tiempo; al fin se desmayó, y al desmayarse
llamó á Rosalinda. En una palabra: le hice volver en sí, vendé su
herida, y recobradas á poco rato sus fuerzas, me envió aquí, á pesar de
ser yo extraño, á referiros el suceso para que podáis disculparlo de no
haber cumplido su promesa, y á entregar el pañuelo mojado con su sangre
al joven zagal á quien por juego llama su Rosalinda.
CELIA.--¡Ay! ¿Qué tienes, Ganimedes? ¡Ganimedes mío! (_Rosalinda se
desmaya._)
OLIVERIO.--Muchos hay á quienes la vista de la sangre ocasiona un
vértigo.
CELIA.--Algo más hay en esto.--¡Primo! ¡Ganimedes!
OLIVERIO.--Ya lo véis; vuelve en sí.
ROSALINDA.--Quisiera estar en casa.
CELIA.--Te conduciremos allí.--¿Queréis, os lo suplico, sostenerlo por
un brazo?
OLIVERIO.--¡Ea! ánimo, jovencito.--¿Y sois un hombre?--No tenéis varonil
el corazón.
ROSALINDA.--Es verdad: lo confieso. ¡Ah, señor! cualquiera pensaría que
esto estuvo bien fingido. Os ruego decir á vuestro hermano lo bien que
lo fingí.
OLIVERIO.--Esto no ha sido ficción. Demasiado testimonio da vuestro
aspecto de que ello era un acceso verdadero.
ROSALINDA.--Os aseguro que fué imitación.
OLIVERIO.--Pues bien, entonces cobrad ánimo y tratad de pasar por
hombre.
ROSALINDA.--Es lo que hago; pero por cierto que debería haber sido
mujer.
CELIA.--Vamos, palideces cada vez más.--Os ruego que os pongáis en
camino.--Buen hidalgo, acompañadnos.
OLIVERIO.--Así lo haré, pues debo volver llevando á mi hermano la
respuesta sobre el modo cómo disculpáis á mi hermano, Rosalinda.
ROSALINDA.--Ya discurriré algo. Pero os suplico que le hagáis presente
mi pantomima. ¿Queréis venir?
(_Salen._)
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