La misma.--Una mesa cubierta.
Entran el antiguo DUQUE, AMIENS, señores y otros.
DUQUE.--Parece que se ha transformado en bestia, pues no puedo
encontrarle cosa alguna á semejanza del hombre.
LORD 1.º--Señor, hace un momento que se fué de aquí, donde había estado
alegre oyendo una canción.
DUQUE.--Si él, que es un conjunto de discordancias, se aficiona á la
música, no tardaremos en ver discordancia en los cielos. Id á buscarle:
decidle que deseo hablar con él.
(_Entra Jaques._)
LORD 1.º--Me ahorra la pena viniendo él mismo.
DUQUE.--¡Hola! ¿Cómo es esto, monsieur, y qué vida lleváis, que vuestros
pobres amigos tienen que conquistar vuestra compañía?
JAQUES.--Un bufón! un bufón! Encontré un bufón en el bosque; un bufón
abigarrado. ¡Oh miserable mundo! Tan cierto como que vivo encontré á un
bufón que se acostó á calentarse al sol, y renegó de la fortuna en
buenas frases, en buenas vigorosas frases. «Buenos días, zote--le
dije.--No señor--respondió--no me llaméis zote mientras el cielo no me
haya enviado fortuna.»--Sacó luégo de su bolsillo un reloj de sol y
mirándolo con ojos amortiguados, dijo muy sensatamente: «Son las diez;
por lo cual vemos, añadió, cómo va el mundo. No hace sino una hora que
eran las nueve, y dentro de una hora serán las once. Así, de hora en
hora maduramos y maduramos, y luego de hora en hora nos pudrimos y nos
pudrimos, y de aquí sale un cuento.» Cuando oí á aquel pintarrajeado
bufón filosofar así sobre el tiempo, solté una carcajada más sonora que
el canto del gallo á la madrugada, al pensar que un bufón fuese tan
profundamente meditativo, y me reí sin tregua una hora entera contada en
su reloj. ¡Oh noble bufón! ¡Oh digno bufón! No hay más traje que el de
arlequín.
DUQUE.--¿Qué bufón es este?
JAQUES.--¡Oh insigne bufón! Ha sido cortesano, y dice que con tal de que
las damas sean jóvenes y hermosas, tienen el don de conocerlo; y en su
cerebro tan seco como galleta de viaje pasado, tiene extraños sitios
atestados de observaciones á las cuales da salida en zurdas formas. ¡Oh
qué daría por ser un bufón! ¡Cuánto codicio un traje con cascabeles!
DUQUE.--Tendrás uno.
JAQUES.--Es todo mi deseo, con tal de que desarraiguéis de vuestros
mejores juicios toda opinión que se haya robustecido en ellos en contra
de mi cordura. He de tener completa libertad, una patente tan amplia
como el viento, para soplar sobre quien yo quiera, pues así la tienen
los bufones. Y aquellos á quienes más zahieran mis bufonadas, son los
que más deberán reir. ¿Y por qué ha de ser así, señor? El porqué es
claro como camino de iglesia parroquial. Aquel á quien el bufón hiera
muy cuerdamente, haría una gran necedad, si á pesar de lo que le
escueza, no pareciera insensible al golpe. Si no, quedaría desmenuzada
la necedad del cuerdo, aun por las chanzas perdidas del bufón.
Revestidme con mi traje de arlequín; dadme permiso para decir lo que
pienso, y limpiaré por completo el asqueroso cuerpo del infecto mundo,
si es que se deja administrar con paciencia mi remedio.
DUQUE.--¡Quita allá! Puedo decir lo que harías.
JAQUES.--¿Pues qué haría contrariándolo sino un bien?
DUQUE.--Pecarías maligna y groseramente cuando criticaras el pecado;
porque tú mismo has sido un libertino tan sensual como el instinto
brutal mismo. Y derramarías sobre el mundo todas las úlceras acumuladas
y los males crónicos atrapados por tu libertinaje.
JAQUES.--¡Pues qué! ¿Acusa á persona alguna en particular, quien clama
contra el orgullo? ¿No fluye con tanta pompa como el mar, hasta que
refluye contra los mismos medios que lo sustentan? ¿A qué mujer de la
ciudad habré nombrado, si digo que la mujer de la ciudad lleva en sus
hombros impúdicos el precio pagado por príncipes? ¿Cuál de ellas puede
venir á decirme que he querido hablar de ella, cuando su vecina es ni
más ni menos que ella misma? ¿Ó quién es aquél aun de la más baja
condición que (pensando que aludo á él) dice, que su magnificencia no
existe á expensas mías, sin que en ello ajuste su propia necedad al
tenor de mi discurso? Ahora bien: ¿qué resulta? Dejadme ver en qué le
habrá ofendido mi lengua. Si le ha hecho justicia, será él quien se
habrá ofendido á si propio; si no, mi invectiva habrá pasado volando
como el ganso silvestre que ningún hombre reclama por suyo. Pero ¿quién
viene? (_Entra Orlando, espada en mano._)
ORLANDO.--Deteneos y no sigáis comiendo.
JAQUES.--Pues aún no he probado bocado.
ORLANDO.--Ni lo probaréis antes que la miseria sea socorrida.
JAQUES.--¿Qué clase de pájaro es este?
DUQUE.--¿Es la miseria la que te hace proceder así, hombre atrevido, ó
eres un grosero ignorante de los buenos modales, para mostrarte tan
falto de buena crianza?
ORLANDO.--Acertasteis al principio. La aguda espina de la más rigorosa
necesidad, me privó de mostrarme suave y cortés. Nací tierra adentro, y
tengo alguna cultura. Pero, deteneos, repito; porque si alguno toca
[Illustration:--'_Deteneos, y no sigáis comiendo._']
á estos frutos antes que yo haya cumplido mi propósito, morirá.
JAQUES.--Y si no admitís razones en respuesta, habré de morir.
DUQUE.--¿Qué deseáis? Nos forzaría á ser benévolos vuestra cortesía, más
que nos inclinaría á la bondad vuestra fuerza.
ORLANDO.--Estoy casi muerto por el hambre. Dejadme tomar alimento.
DUQUE.--Sentaos y alimentaos y sed bien venido á nuestra mesa.
ORLANDO.--¿Habláis afablemente? Os ruego que me perdonéis. Parecíame que
todo había de ser salvaje en este lugar, y por eso tomé un aspecto
imperioso é inflexible. Pero quienes quiera que seáis, los que en este
desierto inaccesible, á la sombra del melancólico ramaje véis correr
indiferentes las cansadas horas del tiempo; si alguna vez visteis días
mejores; si alguna vez oísteis el tañer de las campanas llamándoos al
templo; si os habéis sentado al banquete de un hombre de bien; y si
alguna vez enjugasteis de vuestros párpados una lágrima de piedad y
sabéis lo que es compadecer y ser compadecidos, dejad que la humildad
sea mi principal fuerza, y en tal esperanza envaino, sonrojándome, este
acero.
DUQUE.--En verdad, hemos visto días mejores, y la sagrada campana nos ha
llamado al templo, y nos hemos sentado á las fiestas de hombres buenos,
y hemos enjugado de nuestros párpados lágrimas arrancadas por la santa
piedad; así, pues, sentaos tranquilamente y disponed de cuanta ayuda
podemos ofrecer en alivio de vuestras necesidades.
ORLANDO.--Pues bien: aplazad por pocos momentos vuestro alimento,
mientras voy, como la cierva, en busca de mi cervato para alimentarlo.
Hay allí un pobre anciano que siguió con paso fatigado mi largo camino,
movido por el más desinteresado afecto. Hasta que él, oprimido por dos
causas de debilidad--los años y el hambre--sea satisfecho primero, yo no
probaré bocado.
DUQUE.--Id á traerlo, y nada será tocado hasta que volváis.
ORLANDO.--Os lo agradezco, y sed bendecidos por vuestro auxilio.
(_Sale._)
DUQUE.--Ya lo ves: no somos los únicos desgraciados. Este vasto teatro
del mundo, presenta escenas aún más dolorosas que esta en que tomamos
parte.
JAQUES.--Todo el mundo es un escenario, y todos, hombres y mujeres, son
meros actores. Todos tienen sus entradas y salidas, y cada hombre en su
vida representa muchos papeles, siendo los actos siete edades. Al
principio, infante que lloriquea en brazos de la nodriza. Luégo lloroso
rapaz, con su saquillo y su luciente cara matutina, arrastrándose de
mala gana á la escuela, con paso de caracol. Después, enamorado,
suspirando como una fragua, con una triste balada compuesta á las cejas
de su dama. En seguida, soldado, lleno de extrañas imprecaciones,
bigotudo como el leopardo, celoso del honor, súbito y pronto en la
pendencia, buscando la efímera reputación hasta en la boca del cañón.
Más tarde, juez, de redondo y prominente abdomen bien aforrado de capón,
de severa mirada y barba cortada en estilo serio, lleno de sesudos
adagios y de modernas citas: y así desempeña su papel. En la sexta edad
múdase en enjuto arlequín, calzado de chinelas, puestas en la nariz las
antiparras y el saco al costado, y con las bien conservadas bragas de su
mocedad flotando en anchos pliegues sobre sus encogidas piernas; y su
sonora voz varonil vuelta al tiple de la infancia resopla y silba en su
sonido. La última escena de todas, que termina esta extraña y nutrida
historia, es la segunda infancia, un mero olvido, sin dientes, sin ojos,
sin palabras, sin cosa alguna.
(_Vuelve á entrar Orlando con Adam._)
DUQUE.--Bienvenidos.--Poned en un asiento vuestra venerable carga, y que
se alimente.
ORLANDO.--Os doy mil gracias por él.
ADAM.--Así os era menester.--Apenas puedo hablar para hacerlo yo mismo.
DUQUE.--Bienvenido. Principiad. Por ahora no os molestaré con preguntas
acerca de vuestras aventuras.--Dejadnos oir un poco de música, y, buen
primo, cantad.