DARDANIO.--¿Hacer semejante cosa, yo?
CLITO.--¡Oh, Dardanio!
DARDANIO.--¡Oh, Clito!
CLITO.--¿Qué te pidió Bruto?
DARDANIO.--Que lo matara, Clito. Mira. Está meditando.
CLITO.--Está ese noble vaso tan colmado de dolor que casi se derrama por
sus ojos.
BRUTO.--Acércate, buen Volumnio, y escucha una palabra.
VOLUMNIO.--¿Qué dice mi señor?
BRUTO.--Esto, Volumnio. El espectro de César se me ha aparecido dos
veces de noche: una en Sardis y otra anoche, aquí en el campo de Filipi.
Conozco que ha llegado mi hora.
VOLUMNIO.--No, por cierto, señor.
BRUTO.--Estoy seguro de ello, Volumnio. Ya ves cómo van las cosas.
Nuestros enemigos nos han batido completamente. Es más digno
anticiparse que aguardar á ser forzado. Buen Volumnio, acuérdate de que
íbamos juntos á la escuela. Pues te suplico por ese antiguo afecto, que
tengas el puño de mi espada mientras me arrojo sobre ella.
VOLUMNIO.--Eso no es lo que cumple á un amigo, señor.
(_Nueva alarma._)
CLITO.--Huíd, huíd, mi señor. Es imposible quedarse aquí.
BRUTO.--Adios á vos, y á vos, y á vos, Volumnio. Strato, has estado
dormido todo este tiempo. Adios á ti también, Strato. ¡Compatriotas! Mi
corazón se regocija de que en toda mi vida no he encontrado un hombre
que no fuese leal para mí. Más gloria tendré yo por este día de derrota
que Octavio y Marco Antonio por su vil conquista. Así, adios os digo,
porque la lengua de Bruto ha terminado casi la historia de su vida. La
noche está suspendida sobre mis ojos y mis huesos deben descansar, ya
que han trabajado sólo para llegar á esta hora. (_Alarma. Gritos
adentro: ¡huíd! ¡huíd!_)
CLITO.--¡Huíd, mi señor, huíd!
BRUTO.--Aléjate. Ya te seguiré.
(_Salen Clito, Dardanio y Volumnio._)
BRUTO.--Strato, te ruego que te quedes junto á tu señor. Tú eres un mozo
digno y en tu vida ha habido algún destello de honor. Ten, pues, derecha
mi espada, y vuelve el rostro á un lado, mientras me arrojo sobre ella.
¿Quieres hacerlo, Strato?
STRATO.--Dadme primero vuestra mano. ¡Adios, oh mi señor!
BRUTO.--Adios, buen Strato. Está tranquilo ¡oh César! ¡No tuve para tu
muerte la mitad de la buena voluntad que para la mía! (_Se precipita
sobre su espada y muere.--Alarma. Retirada. Entran Octavio, Antonio,
Messala, Lucilio y su ejército._)
OCTAVIO.--¿Qué hombre es ese?
MESSALA.--El criado de mi señor. Strato: ¿dónde está tu amo?
STRATO.--Libre de la servidumbre en que estáis vos, Messala. Los
vencedores no podrán hacer de él sino una pira. Bruto no se rindió sino
á sí mismo, y ningún otro hombre tiene el honor de su muerte.
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LUCILIO.--Así es cómo debía encontrarse á Bruto. Gracias ¡oh Bruto! que
has probado cómo Lucilio había dicho verdad.
OCTAVIO.--Á cuantos han servido á Bruto mantendré en mi servicio. Mozo,
¿quieres pasar tu tiempo conmigo?
STRATO.--Sí, si Messala me transfiere á vos.
OCTAVIO.--Consentid, Messala.
MESSALA.--¿Cómo murió mi señor, Strato?
STRATO.--Mantuve su espada y se arrojó sobre ella.
MESSALA.--Octavio, tomadle y que os siga, pues prestó á mi señor el
último servicio.
ANTONIO.--Este fué el más noble romano entre todos ellos. Todos los
conspiradores, excepto él, hicieron lo que hicieron sólo por envidia al
gran César; sólo él, al asociarse á ellos, fué guiado por un pensamiento
de general honradez y del bien común á todos. Su vida era pura, y de tal
modo se combinaron en él los elementos, que la naturaleza, irguiéndose,
puede decir al mundo: «¡Este era un hombre!»
OCTAVIO.--Tratémosle conforme á sus virtudes, con todo respeto y
solemnidad en sus funerales. Sus restos descansarán esta noche en mi
tienda como los de un soldado con los debidos honores. Haced, pues, que
reposen las tropas y vámonos á compartir las glorias de este afortunado
día!
(_Salen._)
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