La misma.--Otra parte del campo.
Toque de alarma.--Entran CASIO y TICINIO.
CASIO.--¡Oh, mirad, Ticinio! Mirad! Los cobardes! Huyen! Yo mismo he
debido volverme enemigo de los míos. Ví que retrocedía mi enseña. Maté
al cobarde y la tomé de sus manos.
TICINIO.--¡Oh Casio! Bruto dió la señal demasiado pronto. Había
alcanzado alguna ventaja sobre Octavio, y la asió con demasiada
precipitación. Sus soldados se dieron á buscar botín, mientras que
nosotros estamos rodeados por todas partes por Antonio.
(_Entra Píndaro._)
PÍNDARO.--¡Huíd á más distancia, mi señor, huíd á más distancia! Marco
Antonio está en vuestras tiendas. ¡Huíd, noble Casio, más lejos!
[Illustration]
CASIO.--Esta colina está bastante lejos. Mira, mira, Ticinio. ¿Son mis
tiendas aquellas donde diviso un incendio?
TICINIO.--Ellas son, mi señor.
CASIO.--Ticinio, si me amas, monta en mi caballo y sepulta tus espuelas
en sus ijares, hasta que hayas llegado á aquellas tropas, allá arriba, y
estés de regreso aquí, á fin de que pueda yo estar seguro de si son
nuestras ó del enemigo.
_Ticinio_.--Estaré de vuelta en un abrir y cerrar de ojos.
(_Sale._)
CASIO.--Píndaro, sube más arriba, á aquella colina. Mi vista fué siempre
débil. Mira bien, Ticinio, y dime lo que observes en el campo. (_Sale
Píndaro._)--En este día exhalé mi primer aliento. El tiempo se acerca, y
donde principié tengo que acabar. Está llena la medida de mi vida.--¿Qué
noticias?
PÍNDARO.--¡Oh, mi señor!
CASIO.--¿Qué noticias?
PÍNDARO.--Ticinio está cercado de jinetes que avanzan sobre él á escape
tendido, pero él sigue adelante. Ya están á su alcance. Ahora se apean
algunos. ¡Oh! Él se apea también. Le han cogido. (_Aclamación._) Y ¡oíd!
Dan vítores de alegría!
CASIO.--Baja: no mires más. ¡Oh cobarde de mí, que vivo hasta haber
visto á mi mejor amigo apresado en mi presencia! (_Entra Píndaro._)--Ven
acá, siervo. En Parcia te hice prisionero, y me juraste como precio de
tu vida, que siempre tratarías de hacer lo que yo te mandase. Pues bien:
cumple tu juramento! Sé ahora un hombre libre; y con esta buena espada
que atravesó las entrañas de César, busca mi seno. No te detengas á
replicar. Ea! Toma la empuñadura, y cuando haya cubierto mi rostro, como
ves que ya lo está, hiere! ¡César, estás vengado con la misma espada con
que te dí muerte!
(_Muere._)
PÍNDARO.--Así, soy libre. No lo habría sido de este modo, si me hubiese
atrevido á hacer mi voluntad. ¡Oh Casio! Píndaro huirá lejos de este
país, adonde ningún romano se pueda acordar de él. (_Sale.--Vuelven á
entrar Ticinio y Messala._)
MESSALA.--No es más que un cambio, Ticinio, porque Octavio está
derrotado por el ejército del noble Bruto, como las legiones de Casio lo
están por Antonio.
TICINIO.--Estas nuevas darán no poca satisfacción á Casio.
MESSALA.--¿Dónde le dejasteis?
TICINIO.--Quedó lleno de desconsuelo en esta colina con Píndaro su
siervo.
MESSALA.--¿No es él quien yace allí en tierra?
TICINIO.--No yace como los que viven. ¡Oh dolor!
MESSALA.--¿No es él?
TICINIO.--No: éste era él, Messala; pero Casio ya no existe. ¡Oh sol
poniente! Como tú envuelto en tus rojos rayos te sepultas en la noche,
así Casio está envuelto en su roja sangre! Se ha puesto el sol de Roma!
Se ha acabado nuestro día! Venid, nubes, lluvias y peligros. Nuestros
hechos están consumados, y de este fué causa la desconfianza de que yo
alcanzara buen éxito.
MESSALA.--La desconfianza del éxito ha causado este hecho! ¡Oh odioso
error, engendro de la melancolía! ¿Por qué presentas á la mente de los
hombres cosas que no son? ¡Oh error! Prontamente concebido, jamás
alcanzas un nacimiento feliz; sino que matas á la madre que te concibió!
TICINIO.--¡Hola, Píndaro! ¿Dónde está Píndaro?
MESSALA.--Búscalo, Ticinio, mientras voy á encontrar al noble Bruto y á
fulminarle esta noticia. Y digo bien fulminarle, porque el agudo acero y
los dardos envenenados serían mejor recibidos por Bruto que la noticia
de este espectáculo.
TICINIO.--Id, Messala, que entre tanto yo buscaré á Píndaro. (_Sale
Messala._)--¿Á qué enviarme, valiente Casio? Pues ¿no encontré a tus
amigos? ¿No pusieron sobre mis sienes este laurel de victoria
invitándome á que te lo diera? ¿No oíste sus aclamaciones? ¡Y todo lo
interpretaste en daño tuyo! Pero toma este lauro para tu frente. Tu
Bruto me encargó dártele y cumplo su encargo. Bruto, acercaos un tanto y
ved cómo he considerado á Cayo Casio. Con vuestro permiso ¡oh dioses!
esto es lo que cumple á un romano. Ven, espada de Casio, á encontrar el
corazón de Ticinio.
(_Muere.--Alarma. Vuelven á entrar Messala, con Bruto, Catón el joven,
Strato, Volumnio y Lucilio._)
BRUTO.--¿Dónde, Messala, dónde yace su cuerpo?
MESSALA.--Un poco más allá; y Ticinio lo acompaña.
BRUTO.--Ticinio, yace de espaldas.
CATÓN.--Ha muerto.
BRUTO.--¡Oh Julio César! ¡Aún eres poderoso! ¡Tu espíritu nos persigue y
hace tornar nuestras espadas contra nuestras propias entrañas!
CATÓN.--¡Valiente Ticinio! ¡Mirad cómo ha coronado á Cayo Casio muerto!
BRUTO.--¿Hay todavía entre los vivos dos romanos como estos? ¡Adios, oh
tú el último romano! ¡Jamás, jamás podrá producir Roma uno igual á ti!
Amigos, debo á este hombre muerto más lágrimas que las que me veríais
derramar. Ya encontraré tiempo, Casio, ya encontraré tiempo. Venid,
pues, y enviad su cuerpo á Fhasos. No debemos hacerle funerales en el
campamento, por no desalentar las tropas. Venid, Lucilio y joven Catón,
vamos al campo. Labeo y Flavio, avanzad con vuestras fuerzas. Son las
tres, y á fuer de romanos, probaremos fortuna antes de la noche en un
segundo combate.
(_Salen._)