CASCA.--Adios, Cicerón. (_Sale Cicerón._)

(_Entra Casio._)

CASIO.--¿Quién está ahí?

CASCA.--Un romano.

CASIO.--Por la voz, sois Casca.

CASCA.--Tenéis buen oído, Casio: ¿qué noche es esta?

CASIO.--Una noche muy grata á los hombres de bien.

CASCA.--¿Quién vió jamás el cielo amenazar así?

CASIO.--Los que han conocido cuán llena de delitos está la tierra. En

cuanto á mí, he recorrido las calles, arrostrando esta noche de

peligros; y desceñido como me véis, he desnudado mi pecho al granizo de

la tormenta; y cuando el azulado oblicuo rayo parecía abrir el seno del

cielo, yo me presenté en su propia senda y bajo su mismo estallido.

CASCA.--Pero ¿para qué provocasteis tanto á los cielos? Toca á los

hombres temer y temblar, cuando los más poderosos dioses envían como

señales heraldos tan terribles para despertar nuestra admiración.

CASIO.--Casca, no sois despierto. Os faltan esos destellos de vida que

todo romano debería tener, ó al menos no os servís de ellos.--Estáis

pálido, azorado, lleno de temor y de asombro al ver la extraña

impaciencia de los cielos. Pero si consideraseis la verdadera causa de

estos fuegos, de estos espectros que se deslizan; el por qué los

decrépitos, los idiotas y los niños calculan; y las aves y bestias de

diversa clase y calidad, y mil otras cosas cambian su naturaleza y sus

innatas facultades por una condición monstruosa; entonces hallaríais que

el cielo les ha infundado esta disposición para que sean instrumentos de

temor y alarma para algún monstruoso estado de cosas. Ahora podría yo,

Casca, nombraros á un hombre por demás parecido á esta terrible noche;

hombre que truena, lanza rayos, abre sepulcros y ruje como el león del

Capitolio; un hombre que en acción personal no es más poderoso que vos ó

yo; pero que ha crecido prodigiosamente y es temible como lo son estas

extrañas erupciones.

CASCA.--Aludís á César, ¿no es así, Casio?

CASIO.--Sea á quién fuere; porque ahora los romanos tienen miembros y

fuerza como sus antepasados; pero mientras tanto ¡oh desventura! el

espíritu de nuestros padres está muerto, y sólo nos anima el de

nuestras madres; pues nuestro yugo y sumisión muestran que somos

afeminados.

CASCA.--En verdad, se dice que los senadores se proponen entronizar

mañana á César, como rey; y que llevará su corona por mar y tierra en

todas partes excepto aquí en Italia.

CASIO.--Entonces, ya sé dónde he de usar este puñal. Casio libertará de

la esclavitud á Casio. Por ello ¡oh dioses! tornáis á los débiles en los

más fuertes; y por ello ¡oh dioses! vencéis á los tiranos. Ni las torres

de piedra, ni los muros de bronce forjado, ni la prisión subterránea, ni

los fuertes anillos de hierro, pueden reprimir las fuerzas del alma;

porque la vida cansada de estas barreras del mundo, jamás pierde el

poder de libertarse á sí misma. Y pues sé esto, sepa además todo el

mundo, que de la parte de tiranía que sufro me puedo sustraer cuando

quiera.

CASCA.--También lo puedo yo. Cada siervo lleva en su propia mano el

poder de acabar su servidumbre.

CASIO.--Y entonces, ¿por qué habría de ser un tirano César? ¡Pobre

hombre! Bien sé que no querría ser él un lobo si no viera que los

romanos son ovejas; ni sería león si no fueran los romanos ciervos. Los

que quieren encender un gran fuego, principian por algunas débiles

pajas. ¿Qué hez es Roma, qué deshecho, qué escombro, cuando sirve de

materia y base para iluminar una cosa tan vil como César? Mas ¡oh dolor!

¿adónde me has llevado? Tal vez hablo esto ante un cautivo voluntario, y

entonces ya sé cuál tiene que ser mi respuesta; pero estoy armado y no

me importan los peligros.

CASCA.--Habláis á Casca, á un hombre que no es un decidor de

chascarrillos. Tomad mi mano. Alzad el grito porque se remedien todos

estos males, y no habrá quien dé un paso mas adelante que yo.

CASIO.--Pues queda convenido. Sabed ahora, Casca, que he movido á

ciertos de los más dignos y generosos romanos á acometer conmigo una

importante empresa llena de honroso peligro. Y sé que ahora me aguardan

en el Pórtico de Pompeyo, porque en tan terrible noche como esta no hay

movimiento ni paseo en las calles; y nos favorece que la condición de

los elementos sea, como la obra que tenemos en mano, la más sangrienta,

fiera y terrible. (_Entra Cinna._)

CASCA.--Quedad oculto un momento.--Alguno viene aprisa.

CASIO.--Es Cinna. Le conozco por los pasos. Es amigo. Cinna, ¿dónde tan

á prisa?

CINNA.--En busca vuestra. ¿Quién es ese? ¿Metelio Cimber?

CASIO.--No. Es Casca: un afiliado á nuestro intento. ¿Me aguardan,

Cinna?

CINNA.--Me alegro de ello. ¡Qué terrible noche! Dos ó tres de nosotros

hemos visto extrañas visiones.

CASIO.--¿Me aguardan? Decídmelo, Cinna.

CINNA.--Sí, se os aguarda. ¡Oh Casio; si pudiérais solamente atraer al

noble Bruto á nuestro partido!

CASIO.--Estad satisfecho.--Tomad, buen Cinna, este papel y cuidad de

ponerlo en la silla del pretor, donde Bruto pueda hallarlo; arrojad este

por su ventana; fijad este con cera en la estatua del antiguo Bruto; y

hecho todo, encaminaos al Pórtico de Pompeyo donde nos hallaréis. ¿Están

allí Decio Bruto y Tibonio?

CINNA.--Todos, excepto Metelio Cimber, que ha ido á buscaros en vuestra

casa. Bien: me apresuraré á distribuir estos papeles como me pedís.

CASIO.--Una vez hecho, dirigíos al teatro de Pompeyo. (_Sale

Cinna._)--Venid, Casca. Todavía veremos ambos á Bruto en su casa antes

de amanecer. Tres cuartas partes de él son ya nuestras; después de la

próxima entrevista, tendremos todo el hombre.

CASCA.--¡Oh! ¡Él ocupa un puesto muy alto en todos los corazones del

pueblo! Y aquello mismo que en nosotros parecería delito, se

transformaría por su sola presencia, como por la más rica alquimia, en

dignidad y en valía.

CASIO.--Bien habéis estimado á Bruto, su valer y la gran necesidad que

tenemos de él. Marchémonos; pues es pasada la media noche, y antes del

día le despertaremos y contaremos con él. (_Salen._)

[Illustration]

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Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 4] · 第 20 / 181 题