[PAULO _cree ver en ello un aviso de la Providencia; pero al

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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se

han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.

* Se ha respetado la ortografía del original --que difiere ligeramente

de la actual--, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.

* Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.

* Las erratas declaradas al final del volumen se han incorporado al

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* Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente, para evitar

interrumpir estrofas o diálogos.

TIRSO DE MOLINA

BIBLIOTECA LITERARIA DEL ESTUDIANTE

DIRIGIDA POR RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL

TOMO XIII

TIRSO

DE MOLINA

SELECCIÓN HECHA POR

SAMUEL GILI GAYA

_Dibujos de F. Marco._

_MADRID, MCMXXII_

INSTITUTO--ESCUELA

JUNTA PARA AMPLIACIÓN DE ESTUDIOS

[Ilustración]

EL CONDENADO POR DESCONFIADO

JORNADA PRIMERA

ESCENA I

(_Sale_ PAULO _de ermitaño_.)

PAULO.

¡Dichoso albergue mío!

¡Soledad apacible y deleitosa,

que en el calor y el frío

me dais posada en esta selva umbrosa,

donde el huésped se llama

o verde hierba o pálida retama!

Agora, cuando el alba

cubre las esmeraldas de cristales,

haciendo al sol la salva,

que de su coche sale por jarales,

con manos de luz pura

quitando sombras de la noche oscura,

salgo de aquesta cueva

que en pirámides altos de estas peñas

naturaleza eleva,

y a las errantes nubes hace señas

para que noche y día,

ya que no hay otra, le haga compañía.

Salgo a ver este cielo,

alfombra azul de aquellos pies hermosos.

¿Quién, ¡oh celestes cielos!

aquesos tafetanes luminosos

rasgar pudiera un poco

para ver...? ¡Ay de mí! Vuélvome loco.

Mas ya que es imposible,

y sé cierto, Señor, que me estáis viendo

desde ese inaccesible

trono de luz hermoso, a quien sirviendo

están ángeles bellos,

más que la luz del sol hermosos ellos,

mil glorias quiero daros

por las mercedes que me estáis haciendo

sin saber obligaros.

¿Cuándo yo merecí que del estruendo

me sacarais del mundo,

que es umbral de las puertas del profundo?

¿Cuándo, Señor divino,

podrá mi indignidad agradeceros

el volverme al camino,

que, si yo lo conozco, es fuerza el veros,

y tras esta victoria,

darme en aquestas selvas tanta gloria?

Aquí los pajarillos,

amorosas canciones repitiendo

por juncos y tomillos,

de Vos me acuerdan, y yo estoy diciendo:

“Si esta gloria da el suelo,

¿qué gloria será aquella que da el Cielo?”

Aquí estos arroyuelos,

jirones de cristal en campo verde,

me quitan mis desvelos,

y son causa a que de Vos me acuerde;

¡tal es el gran contento

que infunde al alma su sonoro acento!

Aquí silvestres flores

el fugitivo tiempo aromatizan,

y de varios colores

aquesta vega humilde fertilizan.

Su belleza me asombra:

calle el tapete y berberisca alfombra.

Pues con estos regalos,

con aquestos contentos y alegrías,

¡bendito seas mil veces,

inmenso Dios, que tanto bien me ofreces!

Aquí pienso seguirte,

ya que el mundo dejé para bien mío;

aquí pienso servirte,

sin que jamás humano desvarío,

por más que abra la puerta

el mundo a sus engaños, me divierta.

Quiero, Señor divino,

pediros de rodillas húmilmente

que en aqueste camino

siempre me conservéis piadosamente.

Ved que el hombre se hizo

de barro vil, de barro quebradizo.

ESCENA II

(_Sale_ PEDRISCO _con un haz de hierba. Pónese_ PAULO _de rodillas, y

elévase_.)

PEDRISCO.

Como si fuera borrico

vengo de hierba cargado,

de quien el monte está rico:

si esto como, ¡desdichado!,

triste fin me pronostico.

· · · · · · · · · · · · · · ·

De mi tierra me sacó

Paulo, diez años habrá,

y a aqueste monte apartó;

él en una cueva está,

y en otra cueva estoy yo.

Aquí penitencia hacemos,

y sólo hierbas comemos,

y a veces nos acordamos

de lo mucho que dejamos

por lo poco que tenemos.

Aquí al sonoro raudal

de un despeñado cristal,

digo a estos olmos sombríos:

“¿Dónde estáis, jamones míos,

que no os doléis de mi mal?

Cuando yo solía cursar

la ciudad y no las peñas

(¡memorias me hacen llorar!),

de las hambres más pequeñas

gran pesar solíais tomar.

Erais, jamones, leales:

bien os puedo así llamar,

pues merecéis nombres tales,

aunque ya de las mortales

no tengáis ningún pesar.”

· · · · · · · · · · · · · · ·

ESCENA III

[PAULO _sueña que la muerte le hiere en el corazón, y al quedar su

cuerpo “como despojo de la madre tierra”, el alma libertada se presenta

ante el Tribunal de Dios, donde ve con espanto que sus culpas pesan más

que sus buenas obras en la balanza del Justicia mayor del Cielo; el

Juez santo le condena al Infierno_.]

PAULO.

Con aquella fatiga y aquel miedo

desperté, aunque temblando, y no vi nada

si no es mi culpa, y tan confuso quedo,

que si no es a mi suerte desdichada,

o traza del contrario, ardid o enredo,

que vibra contra mí su ardiente espada,

no sé a qué lo atribuya. Vos, Dios santo,

me declarad la causa de este espanto.

¿Heme de condenar, mi Dios divino,

como este sueño dice, o he de verme

en el sagrado alcázar cristalino?

Aqueste bien, Señor, habéis de hacerme.

¿Qué fin he de tener? Pues un camino

sigo tan bueno, no queráis tenerme

en esta confusión, Señor eterno.

¿He de ir a vuestro Cielo, o al Infierno?

Treinta años de edad tengo, Señor mío,

y los diez he gastado en el desierto,

y si viviera un siglo, un siglo fío

que lo mismo ha de ser: esto os advierto.

Si esto cumplo, Señor, con fuerza y brío,

¿qué fin he de tener? Lágrimas vierto.

Respondedme, Señor; Señor eterno,

¿he de ir a vuestro Cielo, o al Infierno?

ESCENA IV

(_Aparece el_ DEMONIO _en lo alto de una peña_.)

DEMONIO.

Diez años ha que persigo

a este monje en el desierto,

recordándole memorias

y pasados pensamientos;

siempre le he hallado firme,

como un gran peñasco opuesto.

Hoy duda en su fe, que es duda

de la fe lo que hoy ha hecho,

porque es la fe en el cristiano

que sirviendo a Dios y haciendo

buenas obras, ha de ir

a gozar de Él en muriendo.

Este, aunque ha sido tan santo,

duda de la fe, pues vemos

que quiere del mismo Dios,

estando en duda, saberlo.

En la soberbia también

ha pecado: caso es cierto.

Nadie como yo lo sabe,

pues por soberbio padezco.

Y con la desconfianza

le ha ofendido, pues es cierto

que desconfía de Dios

el que a su fe no da crédito.

Un sueño la causa ha sido;

y el anteponer un sueño

a la fe de Dios, ¿quién duda

que es pecado manifiesto?

Y así me ha dado licencia

el Juez más supremo y recto

para que con más engaños

le incite agora de nuevo.

Sepa resistir valiente

los combates que le ofrezco,

pues supo desconfiar

y ser, como yo, soberbio.

· · · · · · · · · · · · · · ·

De ángel tomaré la forma,

y responderé a su intento

cosas que le han de costar

su condenación, si puedo.

(_Quítase el_ DEMONIO _la túnica y queda de ángel_.)

PAULO.

¡Dios mío! Aquesto os suplico.

¿Salvaréme, Dios inmenso?

¿Iré a gozar vuestra gloria?

Que me respondáis espero.

DEMONIO.

Dios, Paulo, te ha escuchado,

y tus lágrimas ha visto.

PAULO.

¡Qué mal el temor resisto! (_Aparte._)

Ciego en mirarlo he quedado.

DEMONIO.

Me ha mandado que te saque

de esa ciega confusión,

porque esa vana ilusión

de tu contrario se aplaque.

Ve a Nápoles, y a la puerta

que llaman allá del Mar,

que es por donde tú has de entrar

a ver tu ventura cierta

o tu desdicha, verás

cerca de allá (estáme atento)

un hombre...

PAULO.

¡Qué gran contento

con tus razones me das!

DEMONIO.

...que Enrico tiene por nombre,

hijo del noble Anareto.

Conocerásle, en efeto,

por señas que es gentilhombre,

alto de cuerpo y gallardo.

No quiero decirte más,

porque apenas llegarás

cuando le veas.

PAULO.

Aguardo

lo que le he de preguntar

cuando le llegare a ver.

DEMONIO.

Sólo una cosa has de hacer.

PAULO.

¿Qué he de hacer?

DEMONIO.

Verle y callar,

contemplando sus acciones,

sus obras y sus palabras.

PAULO.

En mi pecho ciego labras

quimeras y confusiones.

¿Sólo eso tengo de hacer?

DEMONIO.

Dios que en él repares quiere,

porque el fin que aquél tuviere

ese fin has de tener. (_Desaparece._)

PAULO.

¡Oh misterio soberano!

¿Quién este Enrico será?

Por verle me muero ya.

¡Qué contento estoy! ¡qué ufano!

ESCENAS V A X

[PAULO, _acompañado de_ PEDRISCO, _se dispone a ir a Nápoles. El_

DEMONIO _ha logrado su plan, pues ha infundido la duda en el espíritu

del ermitaño_.]

DEMONIO.

Bien mi engaño va trazado.

Hoy verá el desconfiado

de Dios y de su poder

el fin que viene a tener,

pues él propio lo ha buscado.

ESCENAS XI Y XII

[PAULO _y_ PEDRISCO _llegan a la Puerta del Mar, en Nápoles, sitio

designado por el Demonio para que conozcan a Enrico_.]

PEDRISCO.

Maravillado estoy de tal suceso.

PAULO.

Secretos son de Dios.

PEDRISCO.

¿De modo, padre,

que el fin que ha de tener aqueste Enrico,

ha de tener también?

PAULO.

Faltar no puede

la palabra de Dios: el ángel suyo

me dijo que si Enrico se condena,

me he de condenar; y si él se salva,

también me he de salvar.

PEDRISCO.

Sin duda, padre,

que es un santo varón aqueste Enrico.

PAULO.

Eso mismo imagino.

PEDRISCO.

Esta es la puerta

que llaman de la Mar.

PAULO.

Aquí me manda

el ángel que le aguarde.

(_Aparece_ ENRICO _con sus compañeros_.)

ROLDÁN.

Deteneos, Enrico.

ENRICO.

Al mar he de arrojalle, vive el cielo.

PAULO.

A Enrico oí nombrar.

ENRICO.

¿Gente mendiga

ha de haber en el mundo?

CHERINOS.

Deteneos.

ENRICO.

Podrásme detener en arrojándole.

CELIA.

¿Dónde vas? Detente.

ENRICO.

No hay remedio:

harta merced te hago, pues te saco

de tan grande miseria.

ROLDÁN.

¡Qué habéis hecho!

(_Salen todos._)

ENRICO.

Llegóme a pedir un pobre una limosna;

dolióme el verle con tan gran miseria;

y por que no llegase a avergonzarse

otro desde hoy, cogíle en brazos

y le arrojé en el mar.

PAULO.

¡Delito inmenso!

ENRICO.

Ya no será más pobre, según pienso.

PEDRISCO.

¡Algún diablo limosna te pidiera!

CELIA.

¡Siempre has de ser cruel!

ENRICO.

No me repliques,

que haré contigo y los demás lo mismo.

ESCALANT.

Dejemos eso agora, por tu vida.

Sentémonos los dos, Enrico amigo.

PAULO (_a_ PEDRISCO).

A éste han llamado Enrico.

PEDRISCO.

Será otro.

¿Querías tú que fuese este mal hombre,

que en vida está ya ardiendo en los infiernos?

Aguardemos a ver en lo que para.

ENRICO.

Pues siéntense voarcedes, porque quiero

haya conversación.

ESCALANT.

Muy bien ha dicho.

ENRICO.

Siéntese Celia aquí.

CELIA.

Ya estoy sentada.

ESCALANT.

Tú, conmigo, Lidora.

LIDORA.

Lo mismo digo yo, seor Escalante.

CHERINOS.

Siéntese aquí, Roldán.

ROLDÁN.

Ya voy, Cherinos

PEDRISCO.

¡Mire qué buenas almas, padre mío!

Lléguese más, verá de lo que tratan.

PAULO.

¡Que no viene mi Enrico!

PEDRISCO.

Mire y calle,

que somos pobres, y este desalmado

no nos eche en la mar.

ENRICO.

Agora quiero

que cuente cada uno de vuarcedes

las hazañas que ha hecho en esta vida.

Quiero decir... hazañas... latrocinios,

cuchilladas, heridas, robos, muertes,

salteamientos y cosas de este modo.

ESCALANT.

Muy bien ha dicho Enrico.

ENRICO.

Y al que hubiere

hecho mayores males, al momento

una corona de laurel le pongan,

cantándole alabanzas y motetes.

ESCALANT.

Soy contento.

ENRICO.

Comience, seo Escalante.

PAULO.

¡Que esto sufre el Señor!

PEDRISCO.

Nada le espante.

ESCALANT.

Yo digo ansí.

PEDRISCO.

¡Qué alegre y satisfecho!

ESCALANT.

Veinticinco pobretes tengo muertos,

seis casas he escalado, y treinta heridas

he dado con la chica.

PEDRISCO.

¡Quién te viera

hacer en una horca cabriolas!

ENRICO.

Diga, Cherinos.

PEDRISCO.

¡Qué ruin nombre tiene!

¡Cherinos! Cosa poca.

[Ilustración:

De capas que he quitado en esta vida

y he vendido a un ropero, está ya rico.]

CHERINOS.

Yo comienzo:

No he muerto a ningún hombre; pero he dado

más de cien puñaladas.

ENRICO.

¿Y ninguna

fué mortal?

CHERINOS.

Amparóles la fortuna.

De capas que he quitado en esta vida

y he vendido a un ropero, está ya rico.

ENRICO.

¿Véndelas él?

CHERINOS.

¿Pues no?

ENRICO.

¿No las conocen?

CHERINOS.

Por quitarse de aquestas ocasiones

las convierte en ropillas y calzones.

ENRICO.

¿Habéis hecho otra cosa?

CHERINOS.

No me acuerdo.

PEDRISCO.

¿Mas que le absuelve ahora el ladronazo?

CELIA.

Y tú, ¿qué has hecho, Enrico?

ENRICO.

Oigan voarcedes.

ESCALANT.

Nadie cuente mentiras.

ENRICO.

Yo soy hombre

que en mi vida las dije.

GALVÁN.

Tal se entiende.

PEDRISCO.

¿No escucha, padre mío, estas razones?

PAULO.

Estoy mirando a ver si viene Enrico.

ENRICO.

Haya, pues, atención.

CELIA.

Nadie te impide.

PEDRISCO.

¡Miren a qué sermón atención pide!

ENRICO.

Yo nací mal inclinado,

como se ve en los efectos

del discurso de mi vida

que referiros pretendo.

Con regalos me crié

en Nápoles, que ya pienso

que conocéis a mi padre,

que aunque no fué caballero

ni de sangre generosa,

era muy rico, y yo entiendo

que es la mayor calidad

el tener, en este tiempo.

· · · · · · · · · · · · · · ·

Hurtaba a mi viejo padre,

arcas y cofres abriendo,

los vestidos que tenía,

las joyas y los dineros.

Jugaba, y digo jugaba

para que sepáis con esto

que de cuantos vicios hay

es el primer padre el juego.

Quedé pobre y sin hacienda,

y yo --me he enseñado a hacerlo--,

di en robar de casa en casa

cosas de pequeño precio.

Iba a jugar, y perdía;

mis vicios iban creciendo.

Di luego en acompañarme

con otros del arte mesmo:

escalamos siete casas,

dimos la muerte a sus dueños;

lo robado repartimos

para dar caudal al juego.

De cinco que éramos todos,

sólo los cuatro prendieron,

y nadie me descubrió,

aunque les dieron tormento.

Pagaron en una plaza

su delito, y yo con esto,

de escarmentado, acogíme

a hacer a solas mis hechos.

· · · · · · · · · · · · · · ·

A treinta desventurados

yo solo y aqueste acero,

que es de la muerte ministro,

del mundo sacado habemos:

los diez, muertos por mi gusto,

y los veinte me salieron,

uno con otro, a doblón.

Diréis que es pequeño precio:

es verdad; mas, voto a Dios,

que en faltándome el dinero,

que mate por un doblón

a cuantos me están oyendo.

· · · · · · · · · · · · · · ·

No respeto a religiosos:

de sus iglesias y templos

seis cálices he robado

y diversos ornamentos

que sus altares adornan.

Ni a la justicia respeto:

mil veces me he resistido

y a sus ministros he muerto;

tanto, que para prenderme

no tienen ya atrevimiento.

Y, finalmente, yo estoy

preso por los ojos bellos

de Celia, que está presente:

todos la tienen respeto

por mí, que la adoro; y cuando

sé que la sobran dineros,

con lo que me da, aunque poco,

mi viejo padre sustento,

que ya le conoceréis

por el nombre de Anareto.

Cinco años ha que tullido

en una cama le tengo,

y tengo piedad con él

por estar pobre el buen viejo;

y como soy causa al fin

de ponelle en tal extremo,

por jugarle yo su hacienda

el tiempo que fuí mancebo.

Todo es verdad lo que he dicho,

voto a Dios, y que no miento.

Juzgad ahora vosotros

cuál merece mayor premio.

PEDRISCO.

Cierto, padre de mi vida,

que con servicios tan buenos,

que puede ir a pretender

éste a la corte.

ESCALANT.

Confieso

que tú el lauro has merecido.

ROLDÁN.

Y yo confieso lo mesmo.

CHERINOS.

Todos lo mesmo decimos.

CELIA.

El laurel darte pretendo.

ENRICO.

Vivas, Celia, muchos años.

CELIA.

Toma, mi bien; y con esto,

pues que la merienda aguarda,

nos vamos.

GALVÁN.

Muy bien has hecho.

CELIA.

Digan todos: “¡Viva Enrico!”

TODOS.

¡Viva el hijo de Anareto!

ENRICO.

Al punto todos nos vamos a holgarnos

y entretenernos.

(_Vanse._)

ESCENA XIII

PAULO.

Salid, lágrimas; salid,

salid apriesa del pecho,

no lo dejéis de vergüenza.

¡Qué lastimoso suceso!

PEDRISCO.

¿Qué tiene, padre?

PAULO.

¡Ay, hermano!

Penas y desdichas tengo.

Este mal hombre que he visto

es Enrico.

PEDRISCO.

¿Cómo es eso?

PAULO.

Las señas que me dió el ángel

son suyas.

PEDRISCO.

¿Es eso cierto?

PAULO.

Sí, hermano, porque me dijo

que era hijo de Anareto,

y aquéste también lo ha dicho.

PEDRISCO.

Pues aquéste ya está ardiendo

en los infiernos.

PAULO.

Eso sólo es lo que temo.

El ángel de Dios me dijo

que si éste se va al Infierno,

que al Infierno tengo de ir,

y al Cielo, si éste va al Cielo.

Pues al Cielo, hermano mío,

¿cómo ha de ir éste, si vemos

tantas maldades en él,

tantos robos manifiestos,

crueldades y latrocinios

y tan viles pensamientos?

PEDRISCO.

En eso, ¿quién pone duda?

Tan cierto se irá al infierno

como el despensero Judas.

PAULO.

¡Gran Señor! ¡Señor eterno!

¿Por qué me habéis castigado

con castigo tan inmenso?

Diez años y más, Señor,

ha que vivo en el desierto

comiendo hierbas amargas,

salobres aguas bebiendo,

sólo porque Vos, Señor,

Juez piadoso, sabio, recto,

perdonarais mis pecados.

¡Cuán diferente lo veo!

Al Infierno tengo de ir.

¡Ya me parece que siento

que aquellas voraces llamas

van abrasando mi cuerpo!

¡Ay! ¡Qué rigor!

PEDRISCO.

Ten paciencia.

PAULO.

¿Qué paciencia o sufrimiento

ha de tener el que sabe

que se ha de ir a los Infiernos?

¡Al Infierno!, centro obscuro,

donde ha de ser el tormento

eterno y ha de durar

lo que Dios durare. ¡Ah, Cielo!

¡Que nunca se ha de acabar!

¡Que siempre han de estar ardiendo

las almas! ¡Siempre! ¡Ay de mí!

PEDRISCO.

Sólo oírle me da miedo.

Padre, volvamos al monte.

PAULO.

Que allá volvamos pretendo;

pero no a hacer penitencia,

pues que ya no es de provecho.

Dios me dijo que si aquéste

se iba al Cielo, me iría al Cielo,

y al profundo, si al profundo.

Pues es ansí, seguir quiero

su misma vida; perdone

Dios aqueste atrevimiento:

si su fin he de tener,

tenga su vida y sus hechos;

que no es bien que yo en el mundo

esté penitencia haciendo,

y que él viva en la ciudad

con gustos y con contentos,

y que a la muerte tengamos

un fin.

PEDRISCO.

Es discreto acuerdo.

Bien has dicho, padre mío.

PAULO.

En el monte hay bandoleros:

bandolero quiero ser,

porque así igualar pretendo

mi vida con la de Enrico,

pues un mismo fin tenemos.

Tan malo tengo de ser

como él, y peor si puedo;

que pues ya los dos estamos

condenados al Infierno,

bien es que antes de ir allá

en el mundo nos venguemos.

JORNADA SEGUNDA

ESCENAS I A XV

[GALVÁN, ESCALANTE _y otros rufianes compañeros de Enrico tienen

concertado para aquella noche un robo en la casa de Octavio el Genovés.

Mientras aquéllos hacen los preparativos_, ENRICO _va a cuidar de su

padre_ ANARETO.]

ENRICO.

Pues mientras ellos se tardan,

y el manto lóbrego aguardan

que su remedio ha de ser,

quiero un viejo padre ver

que aquestas paredes guardan.

Cinco años ha que le tengo

en una cama tullido,

y tanto a estimarle vengo,

que, con andar tan perdido,

a mi costa le mantengo.

· · · · · · · · · · · · · · ·

De lo que de noche puedo,

varias casas escalando,

robar con cuidado o miedo,

voy su sustento aumentando,

y a veces sin él me quedo.

Que esta virtud solamente

en mi virtud distraída

conservo piadosamente:

que es deuda al padre debida

el serle el hijo obediente.

· · · · · · · · · · · · · · ·

(_Descubre su padre en una silla._)

Aquí está; quiérole ver.

Durmiendo está, al parecer.

¿Padre?

ANARETO.

¡Mi Enrico querido!

ENRICO.

Del descuido que he tenido

perdón espero tener

de vos, padre de mis ojos.

¿Heme tardado?

ANARETO.

No, hijo.

ENRICO.

No os quisiera dar enojos.

ANARETO.

En verte me regocijo.

ENRICO.

No el sol por celajes rojos

saliendo a dar resplandor

a la tiniebla mayor

que espera tan alto bien

parece al día tan bien

como vos a mí, señor.

Que vos para mí sois sol,

y los rayos que arrojáis

dese divino arrebol,

son las canas con que honráis

este reino.

ANARETO.

Eres crisol

donde la virtud se apura.

ENRICO.

¿Habéis comido?

ANARETO.

Yo, no.

ENRICO.

Hambre tendréis.

ANARETO.

La ventura

de mirarte me quitó

la hambre.

ENRICO.

No me asegura,

padre mío, esa razón,

nacida de la afición

tan grande que me tenéis;

pero agora comeréis,

que las dos pienso que son

de la tarde. Ya la mesa

os quiero, padre, poner.

ANARETO.

De tu cuidado me pesa.

ENRICO.

Todo esto y más ha de hacer

el que obediencia profesa.

(Del dinero que jugué [_Aparte._]

un escudo reservé

para comprar qué comiese;

porque, aunque al juego le pese,

no ha de faltar esta fe.)

Aquí traigo en el lenzuelo,

padre mío, qué comáis.

Estimad mi justo celo.

ANARETO.

Bendito, mi Dios, seáis

en la tierra y en el cielo,

pues que tal hijo me distes,

cuando tullido me vistes,

que mis pies y manos sea.

ENRICO.

Comed, por que yo lo vea.

ANARETO.

Miembros cansados y tristes,

ayudadme a levantar.

ENRICO.

Yo, padre, os quiero ayudar.

ANARETO.

Fuerza me infunden tus brazos.

ENRICO.

Quisiera en estos abrazos

la vida poderos dar.

Y digo, padre, la vida,

porque tanta enfermedad

es ya muerte conocida.

ANARETO.

La divina voluntad

se cumpla.

ENRICO.

Ya la comida

os espera. ¿Llegaré

la mesa?

ANARETO.

No, hijo mío,

que el sueño me vence.

ENRICO.

¿A fe?

Pues dormid.

ANARETO.

Dádome ha un frío

muy grande.

ENRICO.

Yo os llegaré

la ropa.

· · · · · · · · · · · · · · ·

Vencióle el sueño,

que es de los sentidos dueño,

a dar la mejor lición.

Quiero la ropa llegalle,

y de esta suerte dejalle.

[_Sale a la calle, donde_ GALVÁN _le recuerda que tiene que asesinar

a_ ALBANO, _pues ha recibido ya la mitad de la paga por el crimen_.

ENRICO _se dispone a cometer el asesinato; pero al ver que su víctima

es un pobre anciano, el recuerdo de su padre le hace desistir de tal

propósito. El que le había pagado el crimen se presenta a reclamar

a_ ENRICO _el dinero por no haber cumplido su compromiso, y_ ENRICO,

_indignado, lo acuchilla sin piedad. En aquel momento, el_ GOBERNADOR,

_con la gente a sus órdenes, se presenta para prender a_ ENRICO;

_éste y_ GALVÁN _se defienden y matan al_ GOBERNADOR; _pero, al fin,

viéndose acosados, se arrojan al mar. Entre tanto_, PAULO, _en compañía

de_ PEDRISCO, _se había convertido en capitán de una cuadrilla de

bandoleros, que tenía aterrorizada a la comarca por la crueldad de sus

crímenes. De vez en cuando tiene algún remordimiento de conciencia._]

(PAULO _en el campo_.)

MÚSICOS.

_No desconfíe ninguno,_

_aunque grande pecador,_

_de aquella misericordia_

_de que más se precia Dios._

PAULO.

¿Qué voz es esta que suena?

BANDOL.

La gran multitud, señor,

desos robles nos impide

ver dónde viene la voz.

MÚSICOS.

_Con firme arrepentimiento_

_de no ofender al Señor_

_llegue el pecador humilde,_

_que Dios le dará perdón._

PAULO.

Subid los dos por el monte,

y ved si es algún pastor

el que canta este romance.

BANDOL.

A verlo vamos los dos.

MÚSICOS.

_Su Majestad soberana_

_da voces al pecador_

_porque le llegue a pedir_

_lo que a ninguno negó._

(_Sale por el monte un_ PASTORCILLO, _tejiendo una corona de flores_.)

PAULO.

Baja, baja, pastorcillo;

que ya estaba, vive Dios,

confuso con tus razones,

admirado con tu voz.

¿Quién te enseñó ese romance,

que le escucho con temor,

pues parece que en ti habla

mi propia imaginación?

PASTORC.

Este romance que he dicho

Dios, señor, me le enseñó;

o la Iglesia, su Esposa,

a quien en la tierra dió

poder suyo.

PAULO.

Bien dijiste.

PASTORC.

Advierte que creo en Dios.

· · · · · · · · · · · · · · ·

PAULO.

¿Y Dios ha de perdonar

a un hombre que le ofendió

con obras y con palabras

y pensamientos?

PASTORC.

¿Pues no?

Aunque sus ofensas sean

más que átomos del sol,

y que estrellas tiene el cielo,

y rayos la luna dió,

y peces el mar salado

en sus cóncavos guardó.

Esta es su misericordia;

que con decirle al Señor:

_Pequé_, _pequé_, muchas veces,

le recibe al pecador

en sus amorosos brazos;

que, en fin, hace como Dios.

Porque si no fuera aquesto,

cuando a los hombres crió,

no los criara sujetos

a su frágil condición.

Porque si Dios, Sumo Bien,

de nada al hombre formó

para ofrecerle su gloria,

no fuera ningún blasón

en su majestad divina

dalle aquella imperfección.

Dióle Dios libre albedrío,

y fragilidad le dió

al cuerpo y al alma; luego

dió potestad con acción

de pedir misericordia,

que a ninguno le negó.

De modo que, si en pecando

el hombre, el justo rigor

procediera contra él,

fuera el número menor

de los que en el sacro alcázar

están contemplando a Dios.

· · · · · · · · · · · · · · ·

Mas mi ganado me aguarda,

y ha mucho que ausente estoy.

PAULO.

Tente, pastor, no te vayas.

PASTORC.

No puedo tenerme, no,

que ando por aquestos valles

recogiendo con amor

una ovejuela perdida

que del rebaño huyó;

y esta corona que veis

hacerme con tanto amor,

es para ella, si parece,

porque hacérmela mandó

el mayoral, que la estima

del modo que le costó.

El que a Dios tiene ofendido

pídale perdón a Dios,

porque es Señor tan piadoso,

que a ninguno le negó.

PAULO.

Aguarda, pastor.

PASTORC.

No puedo.

PAULO.

Por fuerza te tendré yo.

PASTORC.

Será detenerme a mí

parar en su curso al sol.

[PAULO _cree ver en ello un aviso de la Providencia; pero al pensar

que su suerte ha de ser la misma que la de_ ENRICO, _la duda y la

desconfianza le impulsan a persistir en sus maldades_. ENRICO _y_

GALVÁN _han llegado nadando a las cercanías del sitio en que está

acampada la cuadrilla de_ PAULO, _y caen en poder de_ PEDRISCO _y sus

compañeros_. PAULO _manda que los aten a un árbol para ejecutarlos;

pero antes quiere probar si_ ENRICO _es impenitente para saber con

certeza cuál es el fin que Dios ha reservado a ambos. Para ello se

viste de ermitaño y se presenta ante_ ENRICO _para inducirle a confesar

sus pecados_.]

ESCENAS XVI Y XVII

(_Sale_ PAULO, _de ermitaño, con cruz y rosario_.)

PAULO.

Con esta traza he querido

probar si este hombre se acuerda

de Dios, a quien ha ofendido.

ENRICO.

¡Que un hombre la vida pierda,

de nadie visto ni oído!

GALVÁN.

Cada mosquito que pasa

me parece que es saeta.

ENRICO.

El corazón se me abrasa.

¡Que mi fuerza esté sujeta!

¡Ah fortuna, en todo escasa!

PAULO.

¡Alabado sea el Señor!

ENRICO.

¡Sea por siempre alabado!

PAULO.

Sabed con vuestro valor

llevar este golpe airado

de fortuna.

ENRICO.

¡Gran rigor!

¿Quién sois vos, que ansí me habláis?

PAULO.

Un monje, que este desierto,

donde la muerte esperáis,

habita.

ENRICO.

¡Bueno, por cierto!

Y ahora, ¿qué nos mandáis?

PAULO.

A los que al roble os ataron

y a mataros se apartaron

supliqué con humildad

que ya que con tal crueldad

de daros muerte trataron,

que me dejasen llegar

a hablaros.

ENRICO.

¿Y para qué?

PAULO.

Por si os queréis confesar,

pues seguís de Dios la fe.

ENRICO.

Pues bien se puede tornar,

padre, o lo que es.

PAULO.

¿Qué decís?

¿No sois cristiano?

ENRICO.

Sí soy.

PAULO.

No lo sois, pues no admitís

el último bien que os doy.

¿Por qué no lo recibís?

ENRICO.

Porque no quiero.

PAULO.

(_Aparte._) (¡Ay de mí!

Esto mismo presumí.)

¿No veis que os han de matar

ahora?

ENRICO.

¿Quiere callar,

hermano, y dejarme aquí?

Si esos señores ladrones

me dieren muerte, aquí estoy.

PAULO.

(_Ap._) (¡En qué grandes confusiones

tengo el alma!)

ENRICO.

Yo no doy

a nadie satisfacciones.

PAULO.

A Dios, sí.

ENRICO.

Si Dios ya sabe

que soy tan gran pecador,

¿para qué?

PAULO.

¡Delito grave!

Para que su sacro amor

de darle perdón acabe.

· · · · · · · · · · · · · · ·

Mira que eres pecador,

hijo.

ENRICO.

Y del mundo el mayor,

ya lo sé.

PAULO.

Tu bien espero.

Confiésate a Dios.

ENRICO.

No quiero,

cansado predicador.

PAULO.

Pues salga del pecho mío,

si no dilatado río

de lágrimas, tanta copia,

que se anegue el alma propia,

pues ya de Dios desconfío.

Dejad de cubrir, sayal,

mi cuerpo, pues está mal,

según siente el corazón,

una rica guarnición

sobre tan falso cristal.

· · · · · · · · · · · · · · ·

Colgad ese saco ahí,

para que diga, ¡ay de mí!:

“En tal puesto me colgó

Paulo, que no mereció

la gloria que encierro en mí.”

Dadme la daga y la espada;

esa cruz podéis tomar;

ya no hay esperanza en nada,

pues no me sé aprovechar

de aquella sangre sagrada.

Desatadlos.

ENRICO.

Ya lo estoy,

y lo que no he visto creo.

GALVÁN.

Gracias a los cielos doy.

ENRICO.

Saber la verdad deseo.

PAULO.

¡Qué desdichado que soy!

· · · · · · · · · · · · · · ·

ENRICO.

Esta novedad me espanta.

PAULO.

Yo soy Paulo, un ermitaño,

que dejé mi amada patria

de poco más de quince años,

y en esta oscura montaña

otros diez serví al Señor.

ENRICO.

¡Qué ventura!

PAULO.

¡Qué desgracia!

Un ángel, rompiendo nubes

y cortinas de oro y plata,

preguntándole yo a Dios

qué fin tendría: “Repara

(me dijo), ve a la ciudad,

y verás a Enrico (¡ay, alma!),

hijo del noble Anareto,

que en Nápoles tiene fama.

Advierte bien en sus hechos

y contempla en sus palabras,

que si Enrico al Cielo fuere,

el Cielo también te aguarda;

y si al Infierno, el Infierno.”

Yo entonces imaginaba

que era algún santo este Enrico;

pero los deseos se engañan.

Fuí allá, vite luego al punto,

y de tu boca y por fama

supe que eras el peor hombre

que en todo el mundo se halla.

Y ansí, por tener tu fin,

quíteme el saco, y las armas

tomé, y el cargo me dieron

de esta foragida escuadra.

Quise probar tu intención,

por saber si te acordabas

de Dios en tan fiero trance;

pero salióme muy vana.

Volví a desnudarme aquí,

como viste, dando al alma

nuevas tan tristes, pues ya

la tiene Dios condenada.

ENRICO.

Las palabras que Dios dice

por un ángel, son palabras,

Paulo amigo, en que se encierran

cosas que el hombre no alcanza.

No dejara yo la vida

que seguías, pues fué causa

de que quizá te condenes

el atreverte a dejarla.

Desesperación ha sido

lo que has hecho, y aun venganza

de la palabra de Dios,

y una oposición tirana

a su inefable poder;

y al ver que no desenvaina

la espada de su justicia

contra el rigor de tu causa,

veo que tu salvación

desea; mas ¿qué no alcanza

aquella piedad divina,

blasón de que más se alaba?

Yo soy el hombre más malo

que naturaleza humana

en el mundo ha producido;

· · · · · · · · · · · · · · ·

mas siempre tengo esperanza

en que tengo de salvarme,

puesto que no va fundada

mi esperanza en obras mías,

sino en saber que se humana

Dios con el más pecador,

y con su piedad se salva.

Pero ya, Paulo, que has hecho

ese desatino, traza

de que alegres y contentos

los dos en esta montaña

pasemos alegre vida,

mientras la vida se acaba.

Un fin ha de ser el nuestro:

si fuere nuestra desgracia

el carecer de la Gloria

que Dios al bueno señala,

mal de muchos, gozo es;

pero tengo confianza

en su piedad, que siempre

vence a su justicia sacra.

PAULO.

Consoládome has un poco.

GALVÁN.

Cosa es, por Dios, que me espanta.

PAULO.

Vamos donde descanséis.

ENRICO.

(_Ap._) ¡Ay, padre de mis entrañas!

Una joya, Paulo amigo,

en la ciudad olvidada

se me queda; y aunque temo

el rigor que me amenaza,

si allá muero, he de ir por ella,

pereciendo en la demanda.

Un soldado de los tuyos

irá conmigo.

PAULO.

Pues vaya

Pedrisco, que es animoso.

GALVÁN.

Yo me quedo en la montaña

a hacer tu oficio.

PEDRISCO.

Yo voy

donde paguen mis espaldas

los delitos que tú has hecho.

ENRICO.

Adiós, amigo.

PAULO.

Ya basta

el nombre para abrazarte.

ENRICO.

Aunque malo, confianza

tengo en Dios.

PAULO.

Yo no la tengo

cuando son mis culpas tantas.

· · · · · · · · · · · · · · ·

JORNADA TERCERA

ESCENAS I A V

[ENRICO, _atraído por el amor filial, vuelve a Nápoles acompañado de_

PEDRISCO. _Ambos caen en poder de la justicia y están presos en la

cárcel de la ciudad._ CELIA _se burla de_ ENRICO _diciéndole que está

casada; él se enfurece y quiere romper los hierros de la prisión.

Acuden los carceleros para sujetarle y mata a uno de ellos con un golpe

de cadena en la cabeza. El_ ALCAIDE _manda que le pongan más hierros,

y sólo a viva fuerza pueden sujetarle. Vanse todos, y al quedar solo_

ENRICO, _el_ DIABLO, _invisible para él, viene a hablarle_.]

ESCENAS VI A VIII

ENRICO.

En lóbrega confusión,

ya, valiente Enrico, os veis:

pero nunca desmayéis;

tened fuerte el corazón,

porque aquesta es la ocasión

en que tenéis de mostrar

el valor, que os ha de dar

nombre altivo, ilustre fama.

Mirad...

(_Dentro._)

Enrico.

ENRICO.

¿Quién llama?

Esta voz me hace temblar.

Los cabellos erizados

pronostican mi temor;

mas ¿dónde está mi valor?

¿Dónde mis hechos pasados?

(_Dentro._)

Enrico.

ENRICO.

Muchos cuidados

siente el alma. ¡Cielo santo!

¿Cúya es voz que tal espanto

infunde en el alma mía?

(_Dentro._)

Enrico.

ENRICO.

A llamar porfía.

De mi flaqueza me espanto.

A esta parte la voz suena,

que tanto temor me da.

¿Si es algún preso que está

amarrado a la cadena?

Vive Dios, que me da pena.

(_Sale el_ DEMONIO _y no le ve_.)

DEMONIO.

Tu desgracia lastimosa

siento.

ENRICO.

¡Qué confuso abismo!

no me conozco a mí mismo,

y el corazón no reposa.

Las alas está batiendo

con impulsos de temor;

Enrico, ¿éste es el valor?--

Otra vez se oye el estruendo.

DEMONIO.

Librarte, Enrico, pretendo.

ENRICO.

¿Cómo te puedo creer,

voz, si no llego a saber

quién eres y adónde estás?

DEMONIO.

Pues agora me verás.

ENRICO.

Ya no te quisiera ver.

DEMONIO.

No temas.

ENRICO.

Un sudor frío

por mis venas se derrama.

DEMONIO.

Hoy cobrarás nueva fama.

ENRICO.

Poco de mis fuerzas fío.

No te acerques.

DEMONIO.

Desvarío

es el temer la ocasión.

ENRICO.

Sosiégate, corazón.

DEMONIO.

¿Ves aquel postigo?

ENRICO.

Sí.

DEMONIO.

Pues salte por él, y ansí

no estarás en la prisión.

ENRICO.

¿Quién eres?

DEMONIO.

Salte al momento,

y no preguntes quién soy,

que yo también preso estoy,

y que te libres intento.

ENRICO.

¿Qué me dices, pensamiento?

¿Libraréme? Claro está.

Aliento el temor me da

de la muerte que me aguarda.

Voime. Mas, ¿quién me acobarda?

Mas otra voz suena ya.

(_Cantan dentro._)

MÚSICOS.

_Detén el paso violento;_

_mira que te está mejor_

_que de la prisión librarte_

_el estarte en la prisión._

ENRICO.

Al revés me ha aconsejado

la voz que en el aire he oído,

pues mi paso ha detenido,

si tú le has acelerado.

Que me está bien he escuchado

el estar en la prisión.

DEMONIO.

Esa, Enrico, es ilusión

que te representa el miedo.

ENRICO.

Yo he de morir si me quedo;

quiérome ir; tienes razón.

MÚSICOS.

_Detente, engañado Enrico,_

_no huyas de la prisión;_

_pues morirás si salieres,_

_y si te estuvieres, no._

ENRICO.

Que si salgo he de morir

y si quedo viviré,

dice la voz que escuché.

DEMONIO.

¿Que al fin no te quieres ir?

ENRICO.

Quedarme es mucho mejor.

DEMONIO.

Atribúyelo a temor;

pero, pues tan ciego estás,

quédate preso, y verás

cómo te ha estado peor. (_Vase._)

ENRICO.

Desapareció la sombra,

y confuso me dejó.

¿No es este el portillo? No.

Este prodigio me asombra.

¿Estaba ciego yo, o vi

en la pared un portillo?

Pero yo me maravillo

del gran temor que hay en mí.

¿No puedo salirme yo?

Sí; bien me puedo salir.

Pues, ¿cómo?... --¡Que he de morir!

La voz me atemorizó.

Algún gran daño se infiere

de lo turbado que estoy.

No importa, ya estoy aquí

para el mal que me viniere.

ESCENAS IX A XIV

[_El_ ALCAIDE _lee a_ ENRICO _su sentencia de muerte. El criminal,

lejos de sentirse abatido, insulta al_ ALCAIDE _y rehusa confesarse

antes de morir_.]

ESCENA XV

ANARETO.

Enrico, querido hijo,

puesto que en verte me aflijo

de tantos hierros cargado,

ver que pagues tu pecado

me da sumo regocijo.

¡Venturoso del que acá,

pagando sus culpas, va

con firme arrepentimiento;

que es pintado este tormento

si se compara al de allá!

La cama, Enrico, dejé,

y arrimado a este bordón,

por quien me sustento en pie,

vengo en aquesta ocasión.

ENRICO.

¡Ay, padre!

ANARETO.

No sé,

Enrico, si aquese nombre

será razón que me cuadre,

aunque mi rigor te asombre.

ENRICO.

Eso ¿es palabra de padre?

ANARETO.

No es bien que padre me nombre

un hijo que no cree en Dios.

ENRICO.

Padre mío, ¿eso decís?

ANARETO.

No sois ya mi hijo vos,

pues que mi ley no seguís.

Solos estamos los dos.

ENRICO.

No os entiendo.

ANARETO.

¡Enrico, Enrico!

A reprenderos me aplico

vuestro loco pensamiento,

siendo la muerte instrumento

que tan cierto os pronostico.

Hoy os han de ajusticiar,

¡y no os queréis confesar!

¡Buena cristiandad, por Dios!,

pues el mal es para vos,

y para vos el pesar.

Aqueso es tomar venganza

de Dios; el poder alcanza

del impirio cielo eterno.

Enrico, ved que hay Infierno

para tan larga esperanza.

Es el quererte vengar

de esa suerte, pelear

con un monte o una roca,

pues cuando el brazo le toca,

es para el brazo el pesar.

Es, con dañoso desvelo,

escupir el hombre al cielo

presumiendo darle enojos,

pues que le cae en los ojos

lo mismo que arroja al cielo.

Hoy has de morir: advierte

que ya está echada la suerte;

confiesa a Dios tus pecados,

y ansí, siendo perdonados,

será vida lo que es muerte.

Si quieres mi hijo ser,

lo que te digo has de hacer;

si no (de pesar me aflijo),

ni te has de llamar mi hijo,

ni yo te he de conocer.

ENRICO.

Bueno está, padre querido;

que más el alma ha sentido

(buen testigo de ello es Dios)

el pesar que tenéis vos

que el mal que espero afligido.

Confieso, padre, que erré;

pero yo confesaré

mis pecados, y después

besaré a todos los pies,

para mostraros mi fe.

Basta que vos lo mandéis,

padre mío de mis ojos.

ANARETO.

Pues ya mi hijo seréis.

ENRICO.

No os quisiera dar enojos.

ANARETO.

Vamos, porque os confeséis.

ENRICO.

¡Oh cuánto siento el dejaros!

ANARETO.

¡Oh cuánto siento el perderos!

ENRICO.

¡Ay, ojos! Espejos claros,

antes hermosos luceros,

pero ya de luz avaros.

ANARETO.

Vamos, hijo.

ENRICO.

A morir voy:

todo el valor he perdido.

ANARETO.

Sin juicio y sin alma estoy.

ENRICO.

Aguardad, padre querido.

ANARETO.

¡Qué desdichado que soy!

ENRICO.

Señor piadoso y eterno,

que en vuestro alcázar pisáis

cándidos montes de estrellas,

mi petición escuchad.

Yo he sido el hombre más malo

que la luz llegó a alcanzar

de este mundo, el que os ha hecho

más que arenas tiene el mar

ofensas; mas, Señor mío,

mayor es vuestra piedad.

Vos, por redimir el mundo,

por el pecado de Adán,

en una cruz os pusisteis;

pues merezca yo alcanzar

una gota solamente

de aquella sangre real.

· · · · · · · · · · · · · · ·

¡Gran Señor, misericordia!

No puedo deciros más.

ANARETO.

¡Que esto llegue a ver un padre!

ENRICO.

(_Para sí._) La enigma he entendido ya

de la voz y de la sombra:

la voz era angelical,

y la sombra era el demonio.

ANARETO.

Vamos, hijo.

ENRICO.

¿Quién oirá

ese nombre, que no haga

de sus dos ojos un mar?

No os apartéis, padre mío,

hasta que hayan de expirar

mis ojos.

ANARETO.

No hayas miedo.

Dios te dé favor.

ENRICO.

Sí hará,

que es mar de misericordia,

aunque yo voy muerto ya.

ANARETO.

Ten valor.

ENRICO.

En Dios confío.

Vamos, padre, donde están

los que han de quitarme el ser

que vos me pudisteis dar.

ESCENA XVI

(PAULO _en el monte_.)

PAULO.

Cansado de correr vengo

por este monte intrincado;

atrás la gente he dejado

que a ajena costa mantengo.

Al pie deste sauce verde

quiero un poco descansar,

por ver si acaso el pesar

de mi memoria se pierde.

Tú, fuente, que murmurando

vas entre guijas corriendo,

en tu fugitivo estruendo

plantas y aves alegrando,

dame algún contento ahora,

infunde al alma alegría

con esa corriente fría

y con esa voz sonora.

Lisonjeros pajarillos

que no entendidos cantáis,

y holgazanes gorjeáis

entre juncos y tomillos;

dad con picos sonorosos

y con acentos süaves

gloria a mis pesares graves

y sucesos lastimosos.

En este verde tapete,

jironado de cristal,

quiero divertir mi mal

que mi triste fin promete.

(_Echase a dormir y sale el_ PASTOR _con la corona, deshaciéndola_.)

ESCENAS XVII Y XVIII

PASTOR.

Selvas intrincadas,

verdes alamedas,

a quien de esperanzas

adorna Amaltea;

fuentes que corréis

murmurando apriesa

por menudas guijas,

por blandas arenas;

ya vuelvo otra vez

a mirar la selva,

a pisar los valles

que tanto me cuestan.

Yo soy el pastor

que en vuestras riberas

guardé un tiempo alegre

cándidas ovejas.

Sus blancos vellones

entre verdes felpas

jirones de plata

a los ojos eran.

Era yo envidiado,

por ser guarda buena,

de muchos zagales

que ocupan la selva;

y mi mayoral,

que en ajena tierra

vive, me tenía

voluntad inmensa,

porque le llevaba,

cuando quería verlas,

las ovejas blancas

como nieve en pellas.

Pero desde el día

que una, la más buena,

huyó del rebaño,

lágrimas me anegan.

Mis contentos todos

convertí en tristezas,

mis placeres vivos

en memorias muertas.

Cantaba en los valles

canciones y letras;

mas ya en triste llanto

funestas endechas.

Por tenerla amor,

en esta floresta

aquesta guirnalda

comencé a tejerla.

Mas no la gozó;

que engañada y necia

dejó a quien la amaba

con mayor firmeza.

Y pues no la quiso

fuerza es que ya vuelva,

por venganza justa,

hoy a deshacerla.

PAULO.

Pastor, que otra vez

te vi en esta sierra,

si no muy alegre,

no con tal tristeza,

el verte me admira.

PASTOR.

¡Ay perdida oveja!

¡De qué gloria huyes,

y a qué mal te allegas!

PAULO.

¿No es esa guirnalda

la que en las florestas

entonces tejías

con gran diligencia?

PASTOR.

Esta misma es;

mas la oveja, necia,

no quiere volver

al bien que le espera,

y ansí la deshago.

PAULO.

Si acaso volviera,

zagalejo amigo,

¿no la recibieras?

PASTOR.

Enojado estoy,

mas la gran clemencia

de mi mayoral

dice que aunque vuelvan,

si antes fueron blancas,

al rebaño negras,

que las dé mis brazos

y, sin extrañeza,

requiebros las diga

y palabras tiernas.

PAULO.

Pues es superior,

fuerza es que obedezcas.

PASTOR.

Yo obedeceré;

pero no quiere ella

volver a mis voces,

en sus vicios ciega.

Ya de aquestos montes

en las altas peñas

la llamé con silbos

y avisé con señas.

Ya por los jarales,

por incultas selvas,

la anduve a buscar:

¡qué de ello me cuesta!

Ya traigo las plantas

de jaras diversas,

y agudos espinos

rotas y sangrientas.

No puedo hacer más.

PAULO.

En lágrimas tiernas

baña el pastorcillo

las mejillas bellas.

Pues te desconoce,

olvídate de ella

y no llores más.

PASTOR.

Que lo haga es fuerza.

Volved, bellas flores,

a cubrir la tierra,

pues que no fué digna

de vuestra belleza.

Veamos si allá

con la tierra nueva

la pondrán guirnalda

tan rica y tan bella.

Quedaos, montes míos,

desiertos y selvas,

adiós, porque voy

con la triste nueva

a mi mayoral;

y cuando lo sepa

(aunque ya lo sabe)

sentirá su mengua,

no la ofensa suya,

aunque es tanta ofensa.

Lleno voy a verle

de miedo y vergüenza:

lo que ha de decirme

fuerza es que lo sienta.

Diráme: “Zagal,

¿ansí las ovejas

que yo os encomiendo

guardáis?” ¡Triste pena!

Yo responderé...

No hallaré respuesta,

si no es que mi llanto

la respuesta sea. (_Vase._)

PAULO.

La historia parece

de mi vida aquesta.

De este pastorcillo

no sé lo que sienta;

que tales palabras

fuerza es que prometan

oscuras enigmas.

Mas ¿qué luz es esta

que a la luz del sol

sus rayos se afrentan?

(_Con la música suben dos ángeles el alma de_ ENRICO _por una

apariencia, y prosigue_ PAULO:)

Música celeste

en los aires suena,

y, a lo que diviso,

dos ángeles llevan

una alma gloriosa

a la excelsa esfera,

¡Dichosa mil veces,

alma, pues hoy llegas

donde tus trabajos

fin alegre tengan!

Grutas y plantas agrestes,

a quien el hielo corrompe,

¿no veis cómo el cielo rompe

ya sus cortinas celestes?

Ya rompiendo densas nubes

y esos transparentes velos,

alma, a gozar de los cielos

feliz y gloriosa subes.

Ya vas a gozar la palma

que la ventura te ofrece:

¡triste del que no merece

lo que tú mereces, alma!

[Ilustración: Muerte me han dado villanos.]

ESCENA XIX

(_Sale_ GALVÁN.)

GALVÁN.

Advierte, Paulo famoso,

que por el monte ha bajado

un escuadrón concertado,

de gente y armas copioso,

que viene sólo a prendernos.

Si no pretendes morir,

solamente, Pablo, huír

es lo que puede valernos.

[PAULO _y_ GALVÁN _se disponen a hacerles frente_.]

ESCENAS XX Y XXI

[_El_ JUEZ _y los villanos armados persiguen a_ PAULO, _el cual,

herido, cae rodando por las peñas. Sale_ PEDRISCO.]

PEDRISCO.

¿Cómo estás ansí?

PAULO.

¡Ay de mí!

Muerte me han dado villanos.

Pero ya que estoy muriendo,

saber de ti, amigo, aguardo

qué hay del suceso de Enrico.

PEDRISCO.

En la plaza le ahorcaron

de Nápoles.

PAULO.

Pues ansí,

¿quién duda que condenado

estará al Infierno ya?

PEDRISCO.

Mira lo que dices, Paulo;

que murió cristianamente,

confesado y comulgado

y abrazado con un Cristo,

en cuya vista enclavados

los ojos, pidió perdón

y misericordia, dando

tierno llanto a sus mejillas,

y a los presentes espanto.

Fuera de aqueso, en muriendo

resonó en los aires claros

una música divina;

y para mayor milagro

y evidencia más notoria,

dos paraninfos alados

se vieron patentemente,

que llevaban entre ambos

el alma de Enrico al Cielo.

PAULO.

¡A Enrico, el hombre más malo

que crió naturaleza!

PEDRISCO.

¿De aquesto te espantas, Paulo,

cuando es tan piadoso Dios?

PAULO.

Pedrisco, eso ha sido engaño:

otra alma fué la que vieron,

no la de Enrico.

PEDRISCO.

¡Dios santo,

reducidle vos!

PAULO.

Yo muero.

PEDRISCO.

Mira que Enrico gozando

está de Dios: pide a Dios

perdón.

PAULO.

¿Y cómo ha de darlo

a un hombre que le ha ofendido

como yo?

PEDRISCO.

¿Qué estás dudando?

¿No perdonó a Enrico?

PAULO.

Dios

es piadoso...

PEDRISCO.

Es muy claro.

PAULO.

Pero no con tales hombres.

Ya muero, llega tus brazos.

PEDRISCO.

Procura tener su fin.

PAULO.

Esa palabra me ha dado

Dios; si Enrico se salvó,

también yo salvarme aguardo. (_Muere._)

ESCENA XXII

[_Los villanos rodean el cadáver de_ PAULO. _Descúbrese fuego, y_ PAULO

_lleno de llamas_.]

PAULO.

Si a Paulo buscando vais

bien podéis ya ver a Paulo

ceñido el cuerpo de fuego

y de culebras cercado.

No doy la culpa a ninguno

de los tormentos que paso;

sólo a mí me doy la culpa,

pues fuí causa de mi daño.

Pedí a Dios que me dijese

el fin que tendría, en llegando

de mi vida el postrer día:

ofendíle, caso es llano;

y como la ofensa vió

de las almas el contrario,

incitóme con querer

perseguirme con engaños.

Forma de un ángel tomó,

y engañóme; que a ser sabio,

con su engaño me salvara;

pero fuí desconfiado

de la gran piedad de Dios,

que hoy a su juicio llegando,

me dijo: “Baja, maldito

de mi padre, al centro airado

de los oscuros abismos,

adonde has de estar penando.”

¡Malditos mis padres sean

mil veces, pues me engendraron!

¡Y yo también sea maldito,

pues que fuí desconfiado!

(_Húndese por el tablado, y sale fuego._)

JUEZ.

Misterios son del Señor.

GALVÁN.

¡Pobre y desdichado Paulo!

PEDRISCO.

¡Y venturoso de Enrico,

que de Dios está gozando!

JUEZ.

Por que toméis escarmiento,

no pretendo castigaros;

libertad doy a los dos.

· · · · · · · · · · · · · · ·

No más: a Nápoles vamos

a contar este suceso.

PEDRISCO.

Y porque éste es tan arduo

y difícil de creer,

siendo verdadero el caso,

vaya el que fuese curioso

(porque sin ser escribano

dé fe de ello), a Belarmino;

y si no, más dilatado

en la vida de los padres

podrá fácilmente hallarlo.

Y con aquesto da fin

_El Mayor Desconfiado,_

_y pena y gloria trocadas._

El cielo os guarde mil años.

[Ilustración]

[Ilustración]

LA PRUDENCIA EN LA MUJER

_La escena es en Toledo, León y otros puntos._

JORNADA PRIMERA

Sala en el alcázar de Toledo.

ESCENA I

_El infante_ DON ENRIQUE, _el infante_ DON JUAN, DON DIEGO DE HARO.

D. ENRIQUE.

Será la viuda reina esposa mía,

y daráme Castilla su corona.

O España volverá a llorar el día

que al conde don Julián traidor pregona.

¿Con quién puede casar doña María,

si de valor y hazañas se aficiona,

como conmigo, sin hacerme agravio?

Enrique soy; mi hermano, Alfonso _el Sabio_.

DON JUAN.

La Reina y la corona pertenece

a don Juan, de don Sancho _el Bravo_ hermano:

mientras el niño rey Fernando crece,

yo he de regir el cetro castellano.

Pruebe, si algún traidor se desvanece,

a quitarme la espada de la mano;

que mientras gobernare su cuchilla,

sólo don Juan gobernará a Castilla.

DON DIEGO.

Está vivo don Diego López de Haro,

que vuestras pretensiones tendrá a raya,

y dando al tierno Rey seguro amparo,

casará con su madre; y cuando vaya

algún traidor contra el derecho claro

que defiendo, señor soy de Vizcaya:

minas son las entrañas de sus cerros,

que hierro dan con que castigue yerros.

· · · · · · · · · · · · · · ·

D. ENRIQUE.

Vos, caballero pobre, cuyo Estado

cuatro silvestres son, toscos y rudos,

montes de hierro, para el vil arado,

hidalgos por Adán, como él desnudos,

adonde en vez de Baco sazonado,

manzanos llenos de groseros ñudos

dan mosto insulso, siendo silla rica,

en vez de trono, el árbol de Garnica,

¡Intentáis de la Reina ser consorte,

sabiendo que pretende don Enrique

casar con ella, ennoblecer su corte

y que por rey España le publique!

DON JUAN.

Cuando su intento loco no reporte

y edificios quiméricos fabrique,

mientras el reino gozo y su hermosura,

se podrá desposar con su locura.

· · · · · · · · · · · · · · ·

DON DIEGO.

Cuatro bárbaros tengo por vasallos,

a quien Roma jamás conquistar pudo,

que sin armas, sin muros, sin caballos,

libres conservan su valor desnudo.

Montes de hierro habitan, que a estimallos,

valiente en obras, y en palabras mudo,

a sus miras guardárades decoro,

pues por su hierro España goza su oro.

Si su aspereza tosca no cultiva

aranzadas a Baco, hazas a Ceres,

es porque Venus huya, que lasciva

hipoteca en sus frutos sus placeres.

La encina hercúlea, no la blanda oliva,

teje coronas para sus mujeres,

que aunque diversas en el sexo y nombres

en guerra y paz se igualan a sus hombres.

El árbol de Garnica ha conservado

sin que tiranos le hayan deshojado,

la antigüedad que ilustra a sus señores,

ni haga sombra a confesos ni a traidores.

En su tronco, no en silla real sentado,

nobles, puesto que pobres, electores

tan sólo un señor juran, cuyas leyes

libres conservan de tiranos reyes.

Suyo lo soy ahora, y del Rey tío,

leal en defendelle, y pretendiente

de su madre, a quien dar la mano fío,

aunque la deslealtad su ofensa intente.

Infantes, si a la lengua iguala el brío,

intérprete es la espada del valiente;

vizcaíno es el hierro que os encargo,

corto en palabras, pero en obras largo.

[Ilustración: ¡Ser mis esposos queréis...!]

ESCENA II

_La_ REINA DOÑA MARÍA, _de viuda_; DON ENRIQUE, DON JUAN, DON DIEGO.

REINA.

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