--Se ha quedado el pobre señor con gorra y zapatillas, sin abrigo
alguno, sin maleta... Se me ocurre una cosa. En la primera estación
dejamos estos efectos al jefe y le telegrafiamos, ¿no le parece a usted?
Encontré razonable la proposición, y como lo pensamos lo hicimos tan
pronto como el tren se detuvo un instante. Cumplido este deber de
humanidad, volvimos de nuevo al coche con la satisfacción que se
experimenta siempre que se lleva a cabo una acción buena, y principiamos
a departir alegremente, escuchando yo con más atención que antes los
pormenores biográficos en que se anegaba el propietario de Simancas. La
luz matinal, esplendorosa ya, y la perspectiva de llegar pronto nos
animaban. Sacó D. Nemesio una maquinita con espíritu de vino y se puso a
hacer chocolate, que tomamos con increíble apetito y alegría.
Pasaron volando cuatro o cinco estaciones más. Llegamos a Andújar.
--¡Hola, señores! ¿Cómo se va?--dijo una voz, y al mismo tiempo asomó
por la ventanilla el rostro cetrino del catalán, esta vez risueño y
desencogido, mirándonos con ojos benévolos.
D. Nemesio y yo quedamos petrificados y nos dirigimos una mirada de
angustia sin contestar al saludo.
--Buen día, ¿eh?... ¿Se ha tomado chocolate, por lo que veo?... Nosotros
nos hemos desayunado a la catalana... Vienen ahí unos paisanos, del
mismo Reus, ¿sabe? y vinimos de jarana y de broma... Tomamos unas
copitas de ojén, y luego una butifarrita.
Puig se había puesto de un humor excelente con aquel encuentro.
Nosotros, cada vez más confusos, le mirábamos con tan extraña fijeza y
ansiedad, que por milagro no se fijaba en nuestra rarísima actitud.
Abrió la portezuela al fin, y se acomodó alegremente a nuestro lado,
mientras a mí me corrían escalofríos por el cuerpo, y D. Nemesio sudaba
de angustia. No hacíamos otra cosa que dirigir vivas ojeadas a la
rejilla, esperando cuándo el catalán levantara la vista y echaba de
menos los bártulos. Al cabo de algunos minutos, no pudiendo sufrir más
tiempo tal congoja, decidí acabar de una vez.
--Señor Puig (mi voz salió un poco ronca. D. Nemesio me miró con
terror). Señor Puig... nosotros, con la mejor intención del mundo, le
hemos hecho un flaco servicio...
El catalán me miró con inquietud y me turbé un poco.
--Nosotros pensamos--dijo D. Nemesio--que usted había perdido el tren en
Baeza.
--Que se había usted quedado en el retrete--añadí yo.
--Y comprendiendo que su situación debía ser muy fastidiosa--siguió D.
Nemesio.
--Y que le vendría muy bien que su maleta no fuese a dar a Sevilla--dije
yo.
--Se la hemos dejado, con los demás bártulos, al jefe de la estación de
Jabalquinto--se apresuró a concluir D. Nemesio, clavando sus ojos
saltones y suplicantes en el catalán.
--¡Pues es verdad, voto a Dios!--exclamó éste levantando los suyos a la
rejilla.
--Dispénsenos usted por favor...
--Ya comprenderá usted que nuestra intención...
--¡Qué intención ni que Cristo, ni qué mal rayo que los parta!--profirió
Puig llevándose las manos a la cabeza.--¡La han hecho ustedes buena! ¿Y
cómo me presento yo en gorra y zapatillas al presidente?
--¿Quiere usted mi sombrero y mis botas?--le preguntó D.
Nemesio.--También le puedo facilitar alguna camisa.
--Déjeme usted en paz con sus botas y sus camisas... Lo que yo quiero es
mi equipaje, ¿sabe?... ¿Qué rayos tenía usted que ver con él, ni por qué
se ha metido donde no le llamaban?
--Oiga usted, señor mío, me parece que no hay razón para
faltarme--exclamó D. Nemesio encrespándose.
--La culpa ha sido de los dos, señor Puig, me apresuré yo a decir.
Cada vez más furioso, y tirándose de los pelos y revolviéndose en el
asiento, Puig comenzó a desahogarse en catalán, lo que fue una gran
fortuna, pues no lo entendíamos. Sólo por la entonación y por las
furiosas miradas que alguna vez nos dirigía, sabíamos que nos estaba
poniendo como trapos.
En esto íbamos llegando ya a la estación de Arjonilla. Cuando paró el
tren, nuestra víctima se apresuró a salir sin despedirse, dio un gran
golpe a la portezuela y no volvimos a verle más.