Capítulo I A las aguas de Marmolejo
Capítulo II Conozco a la hermana San Sulpicio
Capítulo III Me enamoro de la hermana San Sulpicio
Capítulo IV Peteneras y seguidillas
Capítulo V A Sevilla
Capítulo VI El patio de las de Anguila
Capítulo VII Preparativos para el bloqueo
Capítulo VIII Con perdón de ustedes, pelo la pava
Capítulo IX Hago amistad con un bendito señor
Capítulo X Tropiezo con un grave escollo
Capítulo XI Me dedico a buscar a Paca
Capítulo XII Paseo por el Guadalquivir
Capítulo XIII Doy una bofetada que puede costarme cara
Capítulo XIV Principio a ser un héroe de novela
Capítulo XV Tropiezo de nuevo con el malagueño
Capítulo XVI En qué paró la hermana San Sulpicio
I
A las aguas de Marmolejo.
Quiero contar la historia puntual de un episodio de mi vida que no deja
de ofrecer algún interés; aunque mi impericia en el arte de escribir
quizá llegue a quitárselo. Los sucesos que voy a confiar al papel son
tan recientes, que el eco de sus vibraciones aún no se ha apagado en mi
alma. Esto hará seguramente más confusa la narración. No han tenido
tiempo a depositarse los sedimentos y no es fácil sumergir en esta época
importante de mi vida la mirada y distinguir lo que debe tomarse y
dejarse para hacer comprensivas y gratas estas confidencias. Pero, en
cambio, palpitará en ellas la verdad, y a su mágico influjo tal vez se
disipen y se borren las infinitas manchas que mi pluma habrá dejado
caer.
Ante todo, es bien que os informe de quién soy, cuál es mi patria y mi
condición. Estadme atentos.
Confieso que soy gallego, del riñón mismo de Galicia, pues que nací en
un pueblecillo de la provincia de Orense, llamado Bollo. Mi padre,
boticario de este pueblo, no tiene más hijo que yo, y ha labrado para mí
una fortuna que, si en Madrid significa poco, en Bollo nos constituye
casi en potentados. Cursé la segunda enseñanza en Orense, y la facultad
de medicina en Santiago. Mi padre hubiera deseado que fuese
farmacéutico, pero nunca tuve afición a machacar y envolver drogas.
Además, en el instituto de Orense observé que mis compañeros tenían por
más noble ejercicio el de la medicina, y esto me decidió enteramente a
desviarme de la profesión de mi padre. Así que hube terminado la
carrera, solicité y obtuve de él, no sin algún trabajo, la venia para
cursar el año del doctorado en Madrid, y a la Corte me vine, donde en
vez de dar consistencia a mis conocimientos, no muy seguros por cierto,
en las ciencias médicas, perdí bastante tiempo en los cafés, y lo que es
aún peor, contraje la funesta manía de la literatura. Quiso mi suerte
que fuese a dar con mis huesos a una casa de huéspedes donde alojaba
también un autor dramático al por menor, esto es, de los que fabrican
piezas para los teatros por horas, el cual me comunicó al punto su
inmensa veneración por el arte de recrear al público durante tres
cuartos de hora, y un desprecio profundo por todo lo que respetaba y
ponía sobre la cabeza anteriormente, por las ciencias exactas y
naturales y por los hombres que las profesaban. Collantes, que así se
llamaba el poeta, sonreía, no ya con desprecio, sino con verdadera
lástima, cuando le hablaba de mis sabios maestros de Santiago, y hasta
una vez tuvo la crueldad de tirarme de la lengua en el café delante de
otros compañeros, literatos también, para que desahogase mi entusiasmo
por Tejeiro y otros que a mí me parecían eminentes profesores. Dejáronme
hablar cuanto quise, y cuando más acalorado estaba en el panegírico,
soltaron a reír como locos, con lo cual quedé fuertemente avergonzado y
confuso. Después que se hartaron de reír, pasaron a tratar de sus
asuntos de teatro, pero todavía al despedirse me dijo uno de ellos:
«Adiós, Sanjurjo, hasta la vista; otro día hablaremos con más espacio
del Sr. Tejeiro», lo que hizo estallar de nuevo en carcajadas a sus
amigos. La broma llegó al punto de que cuantas veces me encontraban en
la calle, nunca dejaban de preguntarme por la salud de Tejeiro; y esto
duró algunos meses.
No había que hablar a aquellos jóvenes, que se reunían todas las tardes
y todas las noches del año en torno de una mesa del café Oriental, de
otra cosa que de teatros y comediantes. Conocían cuantas obras
dramáticas se habían puesto en escena desde 1830 hasta la fecha, y un
sabueso no rastreaba mejor la liebre que ellos las semejanzas o
filiación de las que se estrenaban en los teatros de la Corte. Eran
peritísimos en el arte de hacer reír al público con pisotones en los
callos, derrumbamiento de sombreros, tropezones, baños de agua fría con
un vaso que se derrama, y otros recursos análogos que jamás dejan de
producir dichoso resultado en el teatro. Sobre todo, algunos de ellos
eran habilísimos para formar un enredo, haciendo previamente tontos a
todos los personajes por medio de una serie de equivocaciones
chistosísimas, hasta que al final uno de ellos, iluminado súbitamente,
exclamaba: «¡Ah! ¿Conque usted no es el guarda de consumos, sino el
arcipreste de...? ¿Y usted no es el padre, sino el nieto de mi amigo
Pérez?... ¡Ahora lo comprendo todo!»
Poco a poco, y sin saber cómo, fue penetrando también en mi mente la
idea de que todo en el mundo era despreciable, excepto los teatros por
horas. La astronomía, la química, la filosofía, la fisiología,
_cursilerías_ propias para ser cultivadas por los hombres inferiores, de
los cuales mi amigo Collantes y sus compañeros se mofaban con mucho
donaire, o como ellos decían, con muy _buena sombra_. Esto de tener
buena sombra fue mi única ambición desde entonces, y me esforcé con
ahínco en alcanzar la ventura de poseerla. Pero mis chistes y equívocos,
preparados con anticipación en la soledad de mi cuarto, no tenían éxito
feliz en el Oriental. Ni una comedia que también forjé y les leí,
reuniéndolos al efecto en casa y regalándolos con cigarros y copas de
manzanilla, logró su aprobación. Después de fumar y beber cuanto
quisieron, comenzaron a saetear mi pobre obra lindamente, y como soy
amigo de la verdad, reconozco que lo hicieron con gracia. Pero los
gallegos somos casi tan tercos como los aragoneses. No me di por
vencido. Escribí otra, y después otra, y logré que se pusieran en
escena, y fui estrepitosamente pateado. Tampoco renuncié en absoluto a
la literatura, como debía. Escribí algunos artículos de costumbres en
los periódicos, y aunque no me dieron un cuarto por ellos, tuve la
satisfacción de que Collantes declarase solemnemente, a la hora de
almorzar, que «dramático, lo que se llama dramático, no lo sería nunca,
pero en el género descriptivo podría aún dar mucho juego». Con este
fallo tan lisonjero, confirmado por los tertulios del Oriental, quise
volverme loco de alegría y me puse desde entonces con tanto afán a
describir cuanto se me ofrecía delante, como si Dios me hubiera mandado
al mundo exclusivamente con ese objeto. Las prensas de Madrid y de
provincias comenzaron a gemir bajo el peso de mis descripciones. Pronto
me convertí en especialista. Poco faltó para que pusiera en las tarjetas
_Ceferino Sanjurjo, poeta descriptivo_. Fui al Ateneo y leí un poema
describiendo la siega del trigo, que me valió el ser saludado con los
pañuelos por las damas y calurosamente palmoteado por los caballeros.
En esto ¡quién se acordaba, por supuesto, de la medicina legal y de las
otras asignaturas del doctorado! Fui a pasar el verano a Bollo, y
convencí a mi buen padre de que yo no había nacido para tomar pulsos,
sino para describir en verso todo lo creado, y me facilitó dinero para
volver al año siguiente a Madrid. Seguí haciendo la misma vida de antes
y cultivando la misma especialidad con que casual y dichosamente había
acertado. Mas, por efecto de la vida sedentaria y desarreglada que
llevaba, o por ventura porque las descripciones cuando se abusa de ellas
van directamente al estómago y se sientan en él, es lo cierto que vine a
enfermar de este órgano. Tan mal me puse que me resolví en la primavera
a ir a tomar las aguas de Marmolejo.
Aquí comienza el período de mi vida que he anunciado como interesante. Y
en verdad que ya me pesa, pues nada es peor para obtener buen éxito en
las narraciones como despertar la curiosidad con promesas halagadoras.
En fin, he cometido una torpeza, y es justo que la pague. Si os reís de
mí y de mi loca presunción, yo no estaré a vuestro lado, como la noche
funesta en que me silbaron en el teatro de Eslava, para oír vuestras
carcajadas. ¡Es horrible! Además, fío mucho en las descripciones.
Arreglados mis bártulos, y después de comer precipitadamente, tomé el
tren correo de Sevilla el día 4 de Abril de 188... Cuando hubieron
cesado las despedidas, y el pito del jefe dio la señal de marcha y el
prolongado tren salió de la estación, dirigí una mirada de examen a los
que me acompañaban. El viajero que tenía enfrente era un hombre pálido,
de cuarenta a cincuenta años, bigote negro y manos flacas y velludas; el
que se sentaba más allá era un caballero rechoncho, de ojos grandes y
saltones, con unas cortas patillas entrecanas que le bajaban poco de la
oreja, fisonomía abierta y risueña, mientras el otro parecía, por la
expresión recelosa y sombría de sus ojos, hombre de carácter oscuro y
malhumorado. Así que salimos de la estación, quitose éste, lanzando
apagados gemidos, las botas y se puso las zapatillas, colocó el sombrero
de castor sobre la rejilla y se encasquetó una gorra de paño.
--Padece usted de los callos, ¿verdad?--le preguntó el caballero gordo
con palabra insinuante sonriendo con amabilidad.
--No señor--contestó el otro secamente.
--¡Ah!... Como usted se quejaba al sacarse las botas...
--Es que tengo sabañones--replicó con peor humor y acento catalán bien
señalado.
--¡Oh! Pues si usted padece de sabañones es porque quiere.
El catalán le echó una mirada mitad de indignación mitad de curiosidad.
--Sí, señor; porque usted quiere--insistió el otro con aire petulante y
satisfecho, mirándole a la cara risueño.
El catalán bajó los ojos, sacudió levemente la cabeza y se dispuso a
encender un cigarro.
--Sí, señor; yo, aquí donde usted me ve, he padecido terriblemente de
sabañones.
Dijo esto con la misma entonación satisfecha y semblante risueño que si
contase que había llegado al polo Norte.
--Pero no tuve más que ponerme unos polvitos que yo tengo, de mi
exclusiva invención... y como con la mano.
--Pues hombre, si usted se ha inventado la medicina, ¿cómo quiere usted
que yo me haya curado con ella?--dijo el catalán.
--Es que yo puedo facilitárselos cuando usted quiera.
--Muchas gracias; no soy amigo de drogas.
--¿Drogas? Mis polvos no son drogas, señor mío; están hechos
exclusivamente con vegetales.
El catalán le miró fijamente, y después volvió la vista a mí, haciendo
una mueca expresiva.
--No entra una sola droga en su confección, y lo mismo curan los
sabañones, que la calentura, que la tisis, cuando no está en el cuarto
grado, se entiende. Las calenturas perniciosas que había en Simancas se
han desterrado, y la tisis no se conoce. Las chicas del pueblo los
llaman «los polvos de D. Nemesio».
Aquí el catalán soltó una carcajada sonora y brutal que dejó avergonzado
al buen D. Nemesio.
--Bueno, señor; si usted no cree en su eficacia, nada hay perdido.
Quedó un poco amoscado y tardó algún tiempo en hablar; pero al cabo de
algunos minutos no pudo contenerse y volvió a pegar la hebra asándonos a
preguntas. A dónde íbamos, de dónde éramos, qué profesión teníamos, etc.
El catalán le respondía con malos modos, cuando le respondía, que no era
siempre. Yo satisfice de buen grado su curiosidad. Quedó encantado al
saber que iba a Marmolejo. También él se dirigía a este punto, a curarse
una afección de la orina.
--Pero, hombre--exclamó el catalán groseramente,--¿no dice usted que
tiene usted unos polvos que lo curan todo?
--Sí, señor; que curan casi todas las enfermedades--repuso D. Nemesio
algo incomodado;--pero obran mucho mejor ayudados por otras medicinas.
Gracias a sus preguntas supe pronto que el catalán era juez electo de
primera instancia en un pueblo de la provincia de Córdoba y que iba a
Sevilla a presentarse al presidente de la Audiencia. Se llamaba Jerónimo
Puig. Fue todo lo que pudo sacar de él D. Nemesio, quien por su parte
nos enteró prolijamente de su patria, condición, familia, carácter y
cuantas circunstancias podían ser directa o indirectamente útiles para
su biografía. Era un propietario rico de Simancas, donde había nacido y
criádose, y tenía mujer y siete hijos, cuatro de ellos casados. La
exposición seria y concienzuda que nos hizo del carácter de cada uno de
sus yernos y nueras duró cerca de una hora. El catalán, cuando lo juzgó
conveniente, hizo de la capa almohada y se tendió a lo largo, y no tardó
en roncar. Yo me vi obligado a escucharle largo rato aún, si bien a la
postre concluí por pensar en mis asuntos, dejándole despacharse a su
gusto.
El tren corría ya por los campos de la Mancha, que se extendían por
entrambos lados como una llanura negra interminable que cortaba la
esfera brillante del firmamento poblado de estrellas. D. Nemesio,
fatigado al cabo de tanto hablar, comenzó a dar cabezadas, pero sin
decidirse a tumbarse, como si quisiera mantenerse siempre alerta para
coger el hilo del discurso en cuanto el sueño le dejase un momento de
respiro.
Paró el tren.--«Argamasilla, cinco minutos de parada»--gritó una
voz.--Di un salto en el asiento y me apresuré a abrir la ventanilla,
clavando mis ojos ansiosos en la oscuridad de la llanura. Aquel nombre
había hecho dar un vuelco a mi corazón; era la patria del famoso Don
Quijote de la Mancha; y aunque yo en mi calidad de poeta lírico he
despreciado siempre a los novelistas por falta de ideal, todavía el
nombre de Cervantes fascinaba mi espíritu por la gran fama de que goza
en todo el universo. La negra silueta del pueblo dibujábase a la lejos,
y una torrecilla alzábase sobre él destacando su espadaña con precisión
del fondo oscuro de la noche. ¡Pobre Cervantes! ¡Aquí fue preso y
maltratado como el último comisionado de apremio; en todas partes
despreciado y humillado, cual si no hubiese tropezado en el curso de su
vida más que con poetas líricos!
--¿Sabe usted que entra un fresquecito regular?--dijo D. Nemesio
despertándose.
--¿Quiere usted que levante el cristal?
--Si usted no tiene inconveniente...
--Ninguno--repuse, apresurándome a hacerlo.--Estaba mirando al pueblo de
Argamasilla, donde se dice que Cervantes fue preso y colocó la patria de
su héroe.
--¡Ah, Cervantes!... ¡Ya!--exclamó D. Nemesio abriendo mucho los ojos
para expresar que no era insensible a este nombre. Y luego, encarándose
conmigo, me preguntó con interés:
--Cervantes era un hombre muy despejado, ¿verdad?
--No, señor--respondí bruscamente, echándome a dormir y tapándome con la
manta.
Comenzó a clarear el día en Despeñaperros. Una banda rojiza y cárdena
que se extendía por el Oriente daba al cielo un aspecto fantástico de
panorama de feria. La crestería de la sierra lejana teñíase de verde.
Con los ojos hinchados por el sueño y sintiendo leves escalofríos en el
cuerpo, miré por la ventanilla y vi el pueblecillo de Vilches
pintorescamente colgado entre dos montañas no muy lejos de la vía:
parece sentado en un columpio cuyos cabos invisibles están amarrados a
la cima de aquéllas.
D. Nemesio se alzó del asiento restregándose los ojos, y apenas lo hizo
soltó el chorro de nuevo, haciéndome sabedor de los lances curiosos que
le habían pasado en los diferentes viajes que había corrido por aquella
línea. En Manzanares le habían dado en cierta ocasión un café
detestable; la manteca rancia: otra vez el jefe de la estación de
Alcázar no le había querido facturar el equipaje por llegar dos minutos
tarde: en otra ocasión, en la fonda de Menjíbar, no les dieron tiempo a
almorzar; pero él, que es un gran tunante, se burló del fondista
apoderándose de lo que había en la mesa y llevándoselo al coche.
Mientras tanto yo envidiaba al catalán que, enteramente cubierto por la
manta, no rebullía. Pero como no es posible la felicidad en este mundo,
cuando yo estaba pensando en ella, apareció el revisor y le despertó
exigiéndole el billete. Se levantó de muy mal humor, por no variar.
Llegamos a la estación de Baeza, donde el catalán se bajó del coche. Don
Nemesio y yo permanecimos en él. Sonó la campanilla, dio el mozo la voz
a los viajeros, se oyó el estrépito de las portezuelas al cerrarse, y
nuestro catalán no parecía. D. Nemesio experimentó viva inquietud.
--¡Caramba, cómo se descuida el señor de Puig!
Pasó un momento: todos los viajeros estaban ya en sus coches.
--¡Caramba, caramba, ese hombre va a perder el tren!
Cuando sonó el pito del jefe y la máquina contestó con un formidable
resoplido, D. Nemesio, presa de indescriptible ansiedad, asomó su calva
venerable por la ventanilla gritando:
--¡Puig! ¡Puig!... Mozo, mire usted si en el retrete hay un caballero
catalán...
El mozo se encogió de hombros con indiferencia.
Arrancó el tren y comenzó majestuosamente a separarse de la estación, y
mi compañero de viaje seguía gritando a la ventanilla:
--¡Puig! ¡Puig!
Al fin se dejó caer rendido en el asiento, con la consternación pintada
en el semblante.
--¡Válgame Dios! ¡Válgame Dios! ¡Pobre señor!...
Y principió a hacer comentarios tristísimos acerca de aquel lance
desgraciado. No me parecía a mí tan lamentable como a él, pero le seguí
el humor, deplorándolo amargamente.
--¡Pobre señor!... ¡Y mañana tenía que presentarse sin falta al
presidente de la Audiencia! Yo no comprendo cómo estos hombres se
descuidan... Bien es verdad que si una necesidad apremiante... ¡Vaya
por Dios! Y vea usted, vea usted, Sanjurjo, las botas y el sombrero allí
sobre la red...