—¿Y las cartas acusadoras? —me preguntará alguno.
¡Bah! Eran las cartas que conservaba la vieja del desván; la vieja que
prestó su vestido y su espíritu a mi mujer aquella noche. En cuanto fue
de día, lo vi claramente.
¿Que por qué se dejó matar ella? ¿Que por qué fue dócil, hasta el
último instante de su vida, a la estúpida alucinación de creerse
adúltera?
¡Ah! ¿Qué sé yo?