--¡Pícaro D. Matías! ¡Estafar de ese modo a su compadre![105-4]
¡Pero véase cómo la casualidad ha vuelto a traer el
pergamino a mis manos!...
--Dirá usted a las mías...--observó el forastero.
20 --¡A las nuestras!--replicó el Alcalde, echando más
aguardiente.--¡Pues, señor! ¡somos millonarios! Partiremos
el tesoro mitad por mitad, dado que[105-5] ni usted puede excavar
en aquel terreno sin mi licencia, ni yo puedo hallar el
tesoro sin auxilio del pergamino que ha llegado a ser de
25 usted. Es decir, que la suerte nos ha hecho hermanos.
¡Desde hoy vivirá usted en mi casa! ¡Vaya otra copa!
Y, en seguidita que almorcemos,[105-6] daremos principio a las
excavaciones....
Por aquí iba la conferencia cuando la señá Torcuata volvió
30 de misa. Su marido le refirió todo lo que pasaba y le hizo la
presentación del señor Jaime Olot. La buena mujer oyó con
tanto miedo como alegría la noticia de que el _tesoro_ estaba a
punto de parecer; santiguóse repetidas veces al enterarse de la
traición y vileza de su compadre D. Matías de Quesada, y miró (p106)
con susto al forastero, cuya fisonomía le hizo presentir grandes
infortunios.
Sabedora, en fin, de que tenía que dar de almorzar a aquel
hombre, entró en la despensa a sacar de lo más precioso y
05 reservado que contenía, o sea lomo en adobo y longaniza
de la reciente matanza, no sin decirse mientras destapaba las
respectivas orzas:
--¡Tiempo es de que parezca el _tesoro_; pues, entre si
parece o no parece,[106-1] nos lleva de coste los treinta y dos
10 duros de la famosa jícara de chocolate, la antigua amistad del
compadre D. Matías, estas hermosas tajadas, que tan ricas habrían
estado con pimientos y tomates en el mes de Agosto, y el tener
de huésped a un forastero de tan mala cara. ¡Malditos sean
los tesoros, y las minas, y los diablos, y todo lo que está debajo
15 de tierra, menos el agua y los fieles difuntos!