Ramón no me abandonaba....
Emigré a Francia, y en Francia seguí tocando la corneta.
¡La corneta era yo! ¡Yo cantaba con la corneta en la boca!
Los hombres, los pueblos, las notabilidades[25-2] del arte se
20 agrupaban para oírme....
Aquello era un pasmo, una maravilla....
La corneta se doblegaba entre mis dedos; se hacía elástica,
gemía, lloraba, gritaba, rugía; imitaba al ave[25-3], a la fiera, al
sollozo humano....--Mi pulmón era de hierro.