CAPITULO XVIII.

En que doy fin y remate á mis aventuras de Tenorio y de buscavidas.

Algunos minutos despues el carruaje llegaba al teatro de Jovellanos, y

se quedaba esperándome.

A la entrada del salon se me presentó un dominó negro.

La concurrencia era enorme.

A la busconería las unas.

A la chulapería ellos.

El dominó negro se asió á mi brazo, y me habló con su voz natural.

Era Loreto.

Por bajo de la careta se la veia la preciosa barba.

Entre el capuchon entreabierto la hermosa garganta morena, con un collar

de corales, del cual pendia, entre las dos prominencias del seno, un

rico medallon.

Aturdia.

Daba el ópio.

--¿Qué te sucede?--me dijo:--¡estás pálido, temblando, fatigado; y con

unas ojeras!...

--Me he afanado mucho estos dias,--la respondí;--¿pero y Eloisita? ¿no

decias que la ibas á traer?

--Tu papá suegro es muy escamon, hijo mio: no ha querido dejármela.

Por lo demás, todo está convenido: me ha costado un sacrificio.

¿Pero qué sacrificio no soy yo capaz de apurar por tí?

Le he vuelto loco: agradécemelo.

He hecho por tí todo lo que por un hombre puede hacer una mujer que le

ama.

Arrumbales te dá su hija, y despues de que te cases con ella, no te

romperá el esternon como él dice.

Por el contrario, te amará como á su amadísima hija.

Yo entre tanto tendré que sufrir al viejo.

¿Qué hemos de hacer?

Este es el mundo.

Sacrificios, y más sacrificios.

Dependemos los unos de los otros.

Vivimos de engañarnos los unos á los otros.

De devorarnos á diente de cochino.

Yo me alegraré mucho de que no me engañes tú.

Vámonos, vámonos cuanto antes.

Estoy impaciente.

Mi marido me creerá en el baile.

No le extrañará que yo no vuelva á casa hasta que sea bien de dia.

Estoy contentísima.

Y tiraba de mí.

Salimos del salon.

Apenas estábamos en el vestíbulo, cuando una máscara, un dominó blanco y

azul, Adriana, aquella Adriana de Capellanes y de la Infantil; es decir,

Micaela, se nos puso delante.

--¡Ah!--exclamó:--¡así se deja á una señora sola casa de Casacon,

dándole un cambiazo!

¡Ah, ya sabia yo que te encontraria aquí!

--¿Quién es esta mujer?--exclamó con un desprecio agresivo Loreto.

Yo sudaba.

Una nueva tormenta se venia encima.

--¡Yo soy la que te va á arrastrar por el moño en seguida!--dijo

Micaela.

Y dicho y hecho.

Arremetió con Loreto, y con una furia tal, que la tiró por tierra.

Pero se levantó como una pantera, y arremetió á su vez con Micaela.

En vano me metia yo por medio.

En vano pretendia separarlas.

En torno nuestro, llamada por el escándalo, se habia reunido una

multitud enorme.

Los capuchones de las combatientes habian sido rasgados.

Las caretas habian caido por tierra.

Aquellos dos hermosos semblantes tenian ferocidades de tigre.

Los curiosos gritaban.

Las azuzaban.

Algunos silbaban.

Habian acudido los rabos de la autoridad.

Yo hice como si las oleadas de los curiosos me hubiesen separado de

ellas.

Tenia miedo.

No queria ponerme en evidencia.

El robo de la Nicanora me asustaba.

Creia que me iban á suponer cómplice suyo, y que me iban á echar mano.

Los inspectores y los _órden-público_ me daban la _jindama_.

Las dejé liadas, y me escapé.

Esto era cobarde.

Pero no pude hacer otra cosa.

Era necesario tomar el _olivo_.

Ampararme de algo que fuera una potencia.

Una jóven, y una casi vieja, se batian por mí, y hacian méritos para que

las aposentasen en la prevencion.

Otra vieja verde, Aurora, yacia en un lecho, por la virtud de un

garrotazo recibido por amor mio.

El excelentísimo señor don F... era su cuñado.

¿Quién otro podia protejerme mejor que él?

Me zambullí en el carruaje, y dí al lacayo las señas.

--Ya me contarán lo que haya sucedido,--dije en el momento en que el

carruaje partia al trote.

Llegué.

La puerta estaba abierta, y el portal iluminado, á pesar de la hora.

En la calle esperaban algunos carruajes.

Habia, pues, gentes casa de don F...

Sucedia algo importante.

En efecto, don F... no estaba sólo.

Le acompañaban los vecinos de la casa y gran parte de sus numerosos

conocimientos.

Cuando un hombre tiene una gran posicion, cuando puede servir de mucho,

tiene un número enorme de cortesanos serviles.

Algunos personajes, que sin saberse cómo, habían sabido que la Aurorita,

ó más bien, Auroraza, estaba enferma de peligro, habian acudido.

No se habia dicho que Aurorita era víctima de un palo de ciego, dado por

un lacayo celoso.

Se habia dicho que se habia caido por las escaleras.

Todos lo habian creido.

Se decia que la herida presentaba muy mal aspecto.

Cuatro médicos-cirujanos estaban allí de planton.

No se separaban del lecho dos hermanas de la caridad.

Se hablaba de preparar á la enferma.

Yo hice avisar á don F...

Este sobrevino al momento, con una vehemencia extraordinaria.

Me asió las manos, y dijo:

--Yo habia mandado se buscase á usted.

Y me llevó á su gabinete.

Se encerró conmigo.

--Esa está muy mala,--me dijo:--lo sé todo.

--¡Cómo! ¡todo!--exclamé.

--Sí señor, todo: usted es un hombre apreciabilísimo.

Un jóven de muchas esperanzas.

Su artículo ha causado una impresion profunda.

Ha empezado usted de una manera segura, y aún pudiera decirse que

brillante, su carrera política.

Es usted muy simpático.

Está usted dotado de grandes condiciones.

Yo hacia una reverencia á cada uno de estos elogios.

Don F... me sonreia.

Me miraba, como si no me hubiera conocido.

Como si yo le causara admiracion.

--Ya no me extraña,--añadió,--que mi cuñada Aurora haya sentido por

usted una pasion violenta y repentina.

La simpatía.

Algo misterioso é inexplicable.

Que impulsada por su extraordinaria sensibilidad, haya dado en una

inconveniencia.

Usted lo merece todo.

Aurora se ha empeorado.

Está en un estado grave.

Los médicos dicen, que si se pudiera calmar su excitacion aún se podrian

tener esperanzas.

Yo habia enviado en busca de usted; pero no se le habia encontrado.

Pero ha llegado usted muy á tiempo.

Se trata de un casamiento _in artículo mortis_.

Me extremecí.

¡Marido de la Aurora!

¡De aquel esqueleto, forrado de pergamino!

¡Horripilante!

¿Pero qué hacer?

Necesitaba de la proteccion de don F...

Él podia llevarme en poco tiempo á la cúspide.

Y luego si era verdad que Aurora estaba herida de muerte...

Además, habia que tener en cuenta que me daria desde el momento una gran

posicion mi alianza con el eminentísimo hombre político don F...

¿Pero y Micaela, y Eloisita y Loreto, y aún la misma Nicanora?

¿Qué me importaba?

Ellas podian ser las odaliscas de mi haren.

Me presté á la exigencia de don F...

Éste me llevó junto á su cuñada.

Hizo salir á los médicos.

A las hermanas de la caridad.

Nos quedamos solos.

Entonces adelanté yo, y me dejé ver de Aurora.

En cuanto me vió soltó un berrido de alegría.

Parecia como que de improviso, se mejoraba.

Se incorporó y extendió hácia mí sus dos brazos secos como dos

sarmientos.

Renuncio á ocuparme de la escena que sobrevino.

Mis lectores pueden figurársela.

Todo era allí falso ó asqueroso.

Todo ridículo.

Todo exagerado.

Se convino en que me casaria inmediatamente con Aurora, como si ésta

hubiese estado en un inminente peligro de muerte.

Los médicos habian firmado una declaracion de gravedad extraordinaria.

Se llamó al párroco.

Guadalupe, la egregia esposa de don F... estaba contentísima.

Al fin iba á tenerme en la familia.

Dentro de muy poco seria yo su cuñado.

Los cuñados y las cuñadas suelen llevarse bien.

Se preparó todo.

Habia allí bastantes personas importantes que podian servir de testigos.

Se preparó á la que se hacia pasar por moribunda.

Se procedió á la ceremonia.

Pero apenas se habia empezado, cuando me sentí agarrado por el cuello.

Pensé en la Nicanora.

Me volví, y ví al coronel Arrumbales que habia dejado encerrada á

Eloisita, y habia venido como buen vecino, á pasar la noche, como otros,

velando á la moribunda.

Habia llegado á tiempo.

Antes de que yo pronunciase el sí terrible me habia echado mano.

Me arrolló.

Se puso delante de mí con los puños crispados:

--Esto no puede ser,--dijo:--este hombre no puede casarse.

Este hombre es el prometido de mi hija.

Si se casa con otra que con mi hija le mato.

Al que directa ó indirectamente se mezcle en este negocio le estrangulo.

Ya se sabe quién es el coronel Arrumbales.

Basta un sólo aliento mio para que todo el mundo se aterre y se humille.

--Que vayan á buscar una pareja,--exclamó don F...--este hombre á la

cárcel.

--¿Quién tal dijo?

El coronel Arrumbales, soltó un grito pavoroso.

Un formidable grito de guerra.

Me retenia asido con su mano izquierda, y estendia el puño derecho

cerrado.

Estaba magnífico.

Puesto en guardia.

Rugía como un tigre.

Una locura de exterminio flameaba en sus ojos.

Estaba formidable.

Infinito.

Parecia omnipotente.

Los más tímidos huyeron.

El cura desapareció.

Aurora gritaba.

Sus gritos parecian chillidos de rata.

Don F... habia querido intervenir, y don Silvestre habia embestido con

él.

El grande hombre, convencido de su impotencia, por un gaznatazo, se

habia puesto en fuga.

La moribunda habia saltado de la cama, y habia escapado.

Los criados acudian con garrotes.

Entonces pude admirar la bravura de Arrumbales.

--Ayúdame,--me dijo,--si quieres hacerte digno de que yo te perdone.

Y bajó la cabeza, y embistió con los criados.

Yo le ayudé.

Rompimos al fin por medio.

Nos lanzamos por las escaleras.

El portero aturdido nos dejó el paso libre.

Salimos á la calle.

La puerta de la casa de Arrumbales estaba inmediata.

--Ya sabes quién soy yo, y tengo la seguridad de que tú procurarás que

yo no te extermine,--me dijo:--mañana terminaremos esto, ven á verme;

buenas noches.

Yo aproveché la ocasion.

Me gustaba más que el cuarto del hotel de París el cuarto de Eloisita.

--¡A mi casa!--dije:--yo no tengo casa.

--¡Cómo que no tienes casa!--me contestó:--¿pues no eres tú el marido de

mi hija?

--¡Ah, señor!

--¿Qué más dá?

Soy un filósofo.

Tu estás ya casado de hecho.

Yo no he podido evitar lo que me fuerza á considerarte como hijo mio.

Yo te he casado ya con mi hija.

Solo faltan las formas.

La ceremonia.

Como si dijéramos, la credencial.

Eso será mañana mismo.

Un mandamiento cerrado...

--Todo eso está muy bien,--le dije,--pero nos detenemos á la puerta.

Pueden sobrevenir.

--¡Que sobrevengan!

--¡Un escándalo en la calle!

--Pues bien, entra: estás en tu casa.

Despedí el carruaje.

Entré con Arrumbales.

Poco despues Eloisita se arrojaba en mis brazos, sollozando de amor.

Arrumbales me dejó en el cuarto de su hija, con la misma tranquilidad

que si hubiera estado casado con ella.

Era un original de primera fuerza aquel diablo de coronel.

Yo estaba muy contento.

Eloisita me amaba.

Las cosas se arreglaban.

¡Un millon de dote!

¡Otros cinco de herencia!

Además estaba seguro de hacer del coronel Arrumbales lo que quisiera.

Eloisa me parecia hermosísima.

Estaba traspuesta de amor.

Y parecia tan brava como su padre.

Me pidió cuentas.

Me dió celos.

¡Pero cuando una mujer está enamorada de un hombre, es tan fácil

convencerla!...

Habian pasado dos horas.

Eloisita dormia sonriendo.

Yo sentia necesidad de reposo; pero estaba terriblemente excitado.

La Nicanora, el robo, Micaela, Loreto, la situacion extraordinaria en

que me encontraba, todo esto excitaba mis nervios y me impedia el sueño.

Sentí tres golpes y repique á la puerta de la calle.

¿Quién podia ser?

Temí una nueva aventura.

Tal vez habia sido presa la Nicanora, me habia comprometido, y la

policía venia á buscarme.

Salté de la cama.

Eloisita, que me tenia abrazado, despertó.

Pasó un gran rato, casi otra hora.

Llamaron á la puerta del cuarto.

Acudí.

Era el papá.

Éste llamó á Eloisita, que acudió envuelta en un peinador.

--Hija mía,--la dijo su padre:--tienes una huéspeda por lo que queda de

noche: es necesario que la acojas.

--Bueno, papá,--dijo la niña con voz soñolienta y bostezando de una

manera deliciosa.

Arrumbales me llevó á su cuarto.

--Sé todo lo que ha pasado en el teatro de la Zarzuela,--me dijo con voz

severa,--y fuera de la Zarzuela. Loretito me lo ha contado todo: te

prevengo que si no te dejas de desórdenes y de tunanterías te acogoto;

tu tienes ya la obligacion de hacer feliz á mi hija: si la causas el más

leve disgusto, te hundo el cráneo.

Yo me deshice en protestas.

--Obras son amores y no buenas razones: tú eres un canalla: tú has

abandonado en el peligro á una grande amiga tuya: ha habido un gran

escándalo: se las han llevado á las dos á la prevencion: Loreto me ha

llamado en este apuro: yo he servido de fiador, y las han soltado: me he

traido á Loreto, y la otra se ha ido á su casa ó á donde ha querido:

mañana, ó más bien, luego, sera necesario que se eche tierra al juicio

de faltas.

--Tiene usted que pensar en que se eche tierra á otro negocio mio,--le

dije.

Y le conté lo de Nicanora.

--¡Ah!¡ah!--dijo:--pues es necesario confesar, que tú has nacido para

volver locas á las mujeres. ¡Peste! ¡un títere! Pero, en fin, así son

ellas.

Eso se arreglará también: acuéstate en mi cama, y descansa: debes estar

rendido, maldito.

Al fin habia yo dado fondo.

Se arregló todo.

Don Bruno se habia apoderado al fin por Completo de doña Emerenciana.

Esta, encontrándose indefensa, se resignó y se casó con él.

Micaela se resignó tambien.

Yo me habia casado, y disponia del dinero de mi suegro.

Micaela, pues, estaba en grande, y me tenia á su lado con frecuencia.

La Loretito estaba aliada conmigo.

Guadalupe y Aurora tuvieron paciencia.

Sin embargo, yo era muy amable con ellas.

Las necesitaba aún.

Por mi casamiento tenia asegurada mi fortuna.

¿Pero qué eran seis millones en comparacion de lo que podia producirme

la carrera política?

Yo me manejaba de tal modo con las dos estantiguas, que ellas me tenian

hecho el amo de la casa.

Don F... me protegia abiertamente.

Toda su influencia era mia.

Yo iba bien en popa.

No habia perdido nada.

Tenia mis odaliscas, de las cuales Eloisita era la sultana.

Nicanora, con quien nadie se habia metido, tomó en traspaso una posada

en la calle de Toledo con lo que habia robado á doña Emerenciana.

Habia transigido conmigo, viéndome casado.

Yo iba con mucha frequencia á la posada á comer callos y caracoles.

¡Ah! ¡las mujeres! ¡las mujeres!

Yo puedo decir que ellas han sido las yeguas que han tirado del carro de

mi fortuna.

Estoy en una gran posicion.

Tengo una envidiable reputacion de hombre sério.

De hombre de gobierno.

He desempeñado importantísimos cargos públicos.

Soy uno de los oradores terribles.

He llegado á hombre de partido.

He sido dos veces ministro.

Tengo un escaparate artístico, riquísimo, incrustado de nacar, marfil,

oro y plata; una preciosidad artística en que aparecen todas mis altas

condecoraciones nacionales y extranjeras.

Soy marqués de X.

Conde de Z.

Tengo... naturalmente... dos millones de renta.

No es bastante.

Tengo una prole numerosa.

Mi mujer gasta como el fuego.

¡Ah! ¡la representacion social de un grande hombre!...

De un ilustre hijo de sus obras.

De un chulo amparado por las mujeres...

De un bohemio redimido...

Indudablemente es necesario crecer más.

Creceré.

¡Oh! ¡la política!

Nadie sabe mi historia.

Yo soy respetable de toda respetabilidad.

Me faltaba un perfil, y voy á tenerlo.

He sido admitido en la Academia.

Os recomiendo, pues, las viejas verdes.

Ellas han hecho muchas posiciones.

Ellas lo revuelven todo.

Ellas empingorotan á sus amantes.

Ellas son la providencia de los buenos mozos.

Sí, yo recomiendo al jóven ambicioso, que venga á Madrid á hacer

fortuna, que el mejor medio para encontrarla, el más seguro es... una

vieja verde.

La vieja verde: Estudios al natural · 第 29 / 37 题