O demasiado vestida (¡qué fatiga!)

Pero en el fondo...

Las mujeres siempre han sido amigas del demonio.

Cuando cansado ya de emplear todo género de persuasiones con Nicanora,

acabé de convencerme de que no habia contra su tiranía otro derecho que

el sagrado de la insurreccion, esto es, el de la bofetada y la vuelta de

coces, y pretendí ponerlo en práctica, me encontré conque la Nicanora lo

habia previsto, y estaba dispuesta á sostener su tiranía por las vías de

hecho.

--¡Quiá! ¡no señor!--me dijo:--no te quiero yo tanto, para que te burles

de mí como te has burlado de tantas otras.

Yo te tengo cogido, y bien cogido: tú eres mi esposo, y no te me vas.

Figúrate que estás en la cárcel, y que yo soy el juez.

Tú no saldrás de la cárcel sino atado á mi por lo _cevil_ y por la

vicaría.

Si piensas valerte de los puños, te engañas, porque yo tengo más puños

que tú, y en diciendo que tú me levantes la mano, te doy una paliza que

te pongo verde.

Y te quiero, y te requiero, ¿lo entiendes tú?

Y conmigo vas á tener tú la gloria de Dios.

Y mira si te querré, que para poder mantenerte como yo quiero mantenerte

y regalarte, porque la que quiere tener á su marido gordito, que le dé

un traguito, y para que no te falte nunca una onza en el bolsillo, he

robado á doña Emerenciana.

Y eso que yo no he robado nunca.

¿Pero qué quieres, hijo?

Me has vuelto loca.

¡Y tan pronto, señor, tan pronto!

A la Nicanora se la saltaban los ojos de amor.

Se la agitaba el seno que era una atrocidad.

Tenia hinchadas y le palpitaban las arterias de la garganta.

Aquello era un temblor de tierra.

Una tempestad, con truenos y relámpagos.

Un cataclismo.

--¿Qué has robado tú á doña Emerenciana?--exclamé asustado.

--Sí,--me respondió con un grande aplomo:--la he quitado las alhajas que

tenia sobre el tocador; mira.

Y se fué á su baul, que estaba en un rincon, y sacó de él un pañuelo de

seda que envolvia algo.

Lo desenvolvió, y aparecieron:

Un rico brazalete de oro macizo y pedrería.

Un collar de gruesas perlas, con medallon de diamantes, esmeraldas y

rubíes.

Dos broquelillos, y en ellos dos gruesos solitarios.

Un imperdible, cuajado de ricas piedras.

Un broche admirable.

Y media docena de sortíjas de gran valor.

--Si no hay aquí diez mil duros, no hay nada,--dijo la Nicanora:--en eso

lo ha tasado un platero que yo conozco, y que me ha dicho que le dará

salida.

Con este dinero me meto yo al trato, y le hago crecer como la espuma.

Ya verás, dentro de poco con palacio y coche.

Conque yo te tengo mucha cuenta, chaval: déjate de señoritingas, que no

son ni _chicha_ ni _limoná_, y de viejas que apestan, y _apégate_ á mí,

que ya sabes si valgo más que otras que se dán tono de hermosas.

¡Digo: porque sí!

Y volvió á envolver en el pañuelo las joyas que dejó sobre la mesa de

noche.

Como podeis suponerlo, mis adorables lectoras, me sentó muy mal aquel

acto de mi terrible amante.

Podia muy bien creérseme cómplice del robo, si me encontraban encerrado

con ella.

Habia una razon más, y poderosa, para escapar.

Cuando ya desesperado, y con miedo á la cárcel y al presidio, me decidia

á usar á todo trance de la fuerza, sonaron pasos presurosos y fuertes de

muchos hombres en las escaleras.

La Nicanora se puso pálida, y se aturdió.

Pero instantáneamente dominó el aturdimiento, y cogiendo el pañuelo

donde estaban las alhajas, le arrebujó, se lo metió entre el seno, y

exclamando:

--Á obra que no á mí,--se fue á la lucana, la abrió, y escapó por el

tejado.

Yo respiré.

Salí á la cocina.

Apagué la luz.

Me fuí á la puerta, y escuché.

El ruido de los pasos que habian espantado y ahuyentado á la Nicanora,

se sentían ya al pié de las escaleras.

Al mismo tiempo se oian vocea de tres ó cuatro mujeres que gritaban:

--¡A esos pillos! ¡ladrones!

Era, en fin, una culebra, que por fortuna mia, habia engañado á la

Nicanora.

No me fué difícil correr con mi navaja el fiador de la vieja cerradura.

Salí al pasillo.

Las melisendras no gritaban ya.

Las escaleras estaban silenciosas.

Me lancé por ellas.

Las bajé con la misma rapidez que si hubieran estado iluminadas.

Llegué á la puerta de la calle.

Los de la zalagarda la habian dejado abierta.

Ciego, desatentado, temiendo siempre sentir las manos de la Nicanora

que me agarraban, corrí, llegué á la plazuela de Santo Domingo, donde me

esperaba mi carruaje, me zambullí en él, y dije al lacayo:

--A escape: á la Zarzuela.

La vieja verde: Estudios al natural · 第 28 / 37 题