UN SABIO

Al siguiente día de su llegada á Santander, ó acaso sin sacudirse el

polvo del camino, dase á conocer en tertulias y corrillos diciendo,

con la mayor impavidez, que España es un país de estúpidos, y que la

capital de la Montaña es el último rincón del país, puesto que no hay

un solo montañés que conozca _la telematología_, ni la _filosofía

del sentimiento estético en sus relaciones con la actividad del yo

pensante, en, dentro, sobre, sobre en y por debajo de la conciencia

universal_. Pero esta ignorancia no le sorprende en un pueblo en que

_todavía_ oyen misa los hombres que se llaman ilustrados, y desconocen

á _Jeeéguel_ (muy arrastrada la J) ó Hegel, como decimos las personas

vulgares.

Y ahora que el lector sabe algo sobre la venida de este huésped, voy á

decirle otro poco acerca de su procedencia.

La humana debilidad tiende, por instinto, á lo más cómodo, hacedero y

comprensible.

Por eso á los grandes apóstatas, aunque arrastrados á la apostasía por

el demonio de la soberbia, ó de la codicia, ó de la concupiscencia,

nunca les han faltado inocentes que formen su cortejo.

Pero llegó el siglo XIX, hijo legítimo de la glacial filosofía del

XVIII, y la masa dócil á tantas voluntades durante tantos siglos de

controversias y de charlatanes, endurecióse como el mármol, y hasta

el más lerdo se convenció de que en estos días esplendorosos, de luz

y de _pronunciamientos_, ya no cabe el cisma, por la sencilla razón

de que el que se separa de la verdad católica no es para proclamar

otra _creencia_, sino para dudar de todas; y dudar de todas equivale

á carecer de entusiasmo, que es hijo de la fe; y careciendo de fe y

de entusiasmo, no cabe la disputa ni, por consiguiente, la escuela.

Es decir, que los disidentes de la verdad «ya no creen en brujas», ó,

hablando más en «carácter de época», están «curados de espantos», en

plena _despreocupación_. Deducción lógica de esto: no puede darse una

ocasión que sea menos á propósito que la presente, para fundar sectas

religiosas y sistemas filosóficos.

Pues bien, lector: en ninguna otra, desde que el mundo es mundo,

se han hecho mayores esfuerzos para arrastrar á la razón humana á

los extremos que más la repugnan; jamás se ha visto mayor cúmulo

de desatinos presentados como armas de seducción, unos en el campo

religioso, otros en el filosófico y otros en el de la política; siendo

inútil advertir que todas estas agrupaciones, tan diferentes entre sí,

coinciden en un punto: el consabido odio _á las viejas instituciones y

creencias_.

Ni de los fundadores, ni de los pontífices, ni de los apóstoles

(aunque todo ello suele andar en una sola pieza) de estas doctrinas,

ni siquiera de los adeptos que lo sean _de veras_, voy á tratar aquí,

gracias á Dios.

Pero es el caso que alrededor de estas colmenas de insípida melaza,

bulle de continuo un enjambre de zánganos impresionables, que, so

pretexto de un amor desmedido á lo _nuevo_ y á lo _fuerte_, pero

incapaces de elaborar cosa propia, aunque sea mala, van chupando, á

hurtadillas, cien desatinos de la filosofía, cincuenta extravagancias

de lo religioso y doscientas majaderías de la política; y con estas

provisiones en el buche, mal digeridas, así por falta de jugos

como por la indigesta condición de lo engullido, échanse zumbando

por esos mundos de Dios, y aun pretenden elevar su vuelo hasta las

águilas, porque les han dicho que aquello que les nutre el menguado

entendimiento se llama _ciencia moderna_.

Uno de estos _sabios_ es el huésped consabido.

Y ya que tampoco ignoras de dónde viene, continúo leyéndote todas las

señas particulares de su pasaporte.

Generalmente es _tipo_ por su figura, ó por el corte de su vestido, y

joven; porque no se concibe que pueda llegar nadie á la edad de las

canas con tantos grillos en la cabeza.

Ni la experiencia, ni la erudición más vasta en el campo de los _viejos

sistemas_, le merecen el menor respeto; porque él ha asistido durante

dos meses á una cátedra de filosofía krausista en la universidad de

Madrid, y sabe, por boca de uno de los oráculos españoles de esta

escuela alemana, que «_cada filósofo debe construir su propia ciencia

sin necesidad de abrir un libro_». Y tan al pie de la letra ha tomado

el consejo; á tal extremo ha llevado el asco á los libros, que ni

siquiera conoce la gramática castellana.

Ya hemos visto, al dársele á conocer al lector, qué desparpajo le

presta ó le infunde esta _ilustrada_ ignorancia; mas como aquella tesis

la repite donde quiera que halla tres hombres reunidos, y como no es

raro que entre tantos haya muchos á quienes sobre de buen sentido lo

que les falte de _ciencia moderna_, su temporada de verano es una pelea

sin tregua ni sosiego.

Porque es de advertir que, aunque de pronto se le escucha como quien

oye llover, una vez _metido en barro_ ya no hay paciencia que sufra

tantas salpicaduras al sentido común, única _ciencia_, á mi entender,

que se _construye_ sin abrir un libro, por la sencilla razón de que no

hay libro que enseñe á construirla cuando Dios ha negado á alguno la

_materia prima_.

Sin ese lastre en la cabeza, claro es que, como todo lo henchido de

aire, ó menos pesado que él, este sabio, no bien se agita un poco, ya

está dando tumbos por el espacio y perdiéndose de vista en el infinito.

Por eso lo primero que _discute_, y con doble afán si hay mujeres en el

auditorio, es á Dios, es decir, al _Dios de las viejas creencias_.

Eso de _Dios Trino y Uno_, tiénelo él por _logomaquia_.

La _conciencia humana_ no siente este concepto _absurdo_; la mente, por

tanto, no le penetra, no le alcanza.

Entonces es la ocasión de echar atrás las solapas del levisac, poner la

cara hosca y lanzarse sobre los ignorantes con este párrafo que, según

el sabio, es claro, perceptible y concluyente:

--«_Dios es el absoluto ser, en su total unidad é integridad,

como lo que es y de lo que es, en la esencial sustantiva unión y

composición del ser y del existir, del conocer y del pensar, dándose y

determinándose en, dentro y debajo de la unidad, abiéndose de sí, para

sí y consigo, congrua, individual y homogéneamente, antes y sobre toda

determinación concreta de la materia caótica en tiempo y espacio, medio

en que lo objetivo y lo subjetivo recíprocamente comulgan_».

En seguida apoya su aserto con la autoridad de los _santos_ padres, ó

pontífices de _su_ iglesia, Krause, Sanz del Río y Salmerón; mira en

derredor de sí con cara de lástima, y pasa á otra cosa.

Nada le _repugnaba_ tanto cuando él _era_ católico, «por no disgustar

á su _pobre_ madre que creía como una _inocente_ todas _esas cosas_»,

como los milagros, lo sobrenatural; y lo del premio y el castigo

inmediatos á la muerte del cuerpo, ni más ni menos que si Dios llevara

una cuenta corriente á cada una de sus criaturas. Esto es empequeñecer

la idea; agraviar á la razón humana, que es un destello divino, etc.,

etc.

Y he aquí que comienza á cantar endechas al _espiritismo_, secta de

la cual se declara partidario y hasta miembro integrante. Y siendo

espiritista, cree, por ende, y así lo manifiesta, que los espíritus

vagan por el espacio, ramoneando de planeta en planeta, como carneros

trashumantes, para purificarse por una serie de transmigraciones,

hasta que Dios los llame junto á sí, después de juzgarlos dignos de

Él: cree, por tanto, en los meta-espíritus, y que el hombre está

en la tierra, de tránsito, procedente ya de otro planeta, ó de otra

criatura de diferente condición social ó naturaleza, y ni siquiera

niega que pueda él mismo haber sido asno tiempos atrás, por más

que--¡otro contrasentido!--no le guste que se lo llamen. En fin,

repugnándole todo lo sobrenatural, y hasta negándolo con indignación,

nos cuenta entusiasmado que se pasa las horas muertas hablando mano

á mano con el espíritu de Confucio... ó con el de Sancho Panza (pues

inspirados _eruditos_ hay en la secta que se lo han tragado), si es

_medium_, por su propia virtud, y si no, por el del hermano que la

posea; y le cuentan que esto está perdido, y que la Iglesia caerá, y

que prevalecerá lo que quieran Bassols, Solanot, Allan-Kardek y otros

cuantos apóstoles de la doctrina famosa... Y todo esto y mucho más se

lo cuentan en parábolas y rengloncitos entrecortados, que necesitan

luego una interpretación no poco ingeniosa.

También en este trance tapa la boca á los incrédulos que se ríen al

oirle, con nombres propios. En seguida enjareta una letanía de los

más sonados en España entre políticos y militares, los cuales sujetos

hacen lo mismo que él, y _aliquid amplius_, en esas conferencias con

los espíritus; prueba que, aunque irrecusable, porque es la pura

verdad, no levanta un ápice la cuestión ante el testarudo y arranciado

sentido común que escucha al sabio; pues se obceca aquel inconquistable

tribunal en sostener que en ninguna parte hay reunidas, en menos

terreno, más extravagancias, más monomanías, más opuestas condiciones

sociales que en un manicomio, y, sin embargo, á nadie se le ha ocurrido

tomar por lo serio aquella algarabía de insensatos.

Indígnale también que existan _todavía_ hombres que se llaman

ilustrados sosteniendo que la raza humana, entera y verdadera, procede

de Adán. Parécele absurda esta _teoría_; y buscando otra más verosímil,

y hasta solar más noble á la humanidad, agárrase á Darwin, y pónese

muy hueco al declarar con este otro sabio que el hombre desciende del

mono--cosa que muchos _ignorantes_ no negarían si todos los ejemplares

de la especie fueran idénticos al preopinante.--Verdad es que el

sustentar esta teoría le permite soltar la palabreja _antropiscos_ ó

_antropoides_, que no es despreciable para un sabio de su calibre, y

tapar con ella el resuello al que le pregunte por la raza que debió

llenar el abismo que separa al cuadrumano famoso, del más estúpido de

los hombres... Por eso me gustan á mí los sabios (y no aludo ahora

al de mi cuento): se tropiezan en sus investigaciones con un abismo

sin fondo, y le cubren con una palabra rimbombante; y saltando sobre

ella, para no sentir el vértigo que les perdería, siguen adelante tan

satisfechos como si la senda no tuviera un bache.

Volviendo ahora á nuestro sabio, digo que si se logra hacerle descender

de esas alturas en que se mece tan á su gusto, y bajar al mundo

terreno, se le ve lanzarse rápido sobre la memoria de los grandes

hombres; porque ésta es de las águilas que no pierden el tiempo cazando

moscas. La calidad del auditorio es lo que menos le importa.

Así, por ejemplo, al primer tratante en caldos que halla á mano, le

enreda en una discusión sobre Cervantes.

--_Concedo_--dice el _generoso_ sabio,--que no fué el autor del

_Quijote_ un hombre _enteramente vulgar_, teniendo en cuenta la

época en que vivió; pero ¿qué materiales dejó preparados para la

_arquitectónica_ de la ciencia moderna? ¿No están sus obras impregnadas

del estúpido fanatismo religioso? Lo mismo á él que á Calderón les

faltó la _filosofía de la estética_, que les hubiera enseñado lo poco

que valían sus creaciones _por sí, mediante, en, con relación al

idealismo transcendental, en cuanto, sobre, antes y después de_.

Por el mismo procedimiento demuestra el _idiotismo_ de Colón, la

_candorosa_ ignorancia de _Agustín_ (como no cree en brujas, le

suprime la santidad), el espíritu _mezquino_ de Raimundo Lulio, la

_charlatanería_ de Balmes, y la sublime metafísica de las coplas de

Mingo Revulgo.

Ninguno de estos hombres, ni otros infinitos que cita sin pararse en

barras, hicieron cosa alguna en beneficio de la humanidad _progresiva_;

les faltó la gran idea del símbolo, del _schema_, ó séase _la gráfica

determinación en que la naturaleza y el espíritu se unen en forma de

lenteja_.

¿Necesito añadir que la aspiración política de este mozo es ir tan

lejos como puedan llevarle _las corrientes de la idea nueva_, ó los

huracanes de la libertad de su altivo pensamiento?

Así es, en efecto; y conste que, según propia declaración, para

colocarse en la senda que necesita su razón sin trabas ni cortapisas,

ha comenzado por tomar en una logia masónica el nombre de _Wamba_, y

por jurar, _á obscuras_, sacrificarse en cuerpo y alma á la voluntad de

un superior á quien no conoce, sin que le sea lícito preguntar jamás el

_por qué_ ni el _para qué_ de los esfuerzos que se le _impongan_.

En fin, lector ignorante, después de volcar este ollón de potaje

religioso-filosófico-político en plazas, casinos, tiendas y cafés, es

cuando el sabio, para rematar la obra, encaja este ribete, pespunteado

con aires de protección y tono campanudo:

--Esto se llama, señores, estar penetrado del _ideal de la humanidad_;

esa ciencia sublime, mediante la cual, el hombre, _artista de su vida,

determinándose en todas las esferas de la actividad, se hace divino en,

bajo, mediante Dios_.

Mas, á pesar de la substancia de este luminoso dato, oigo al asombrado

lector preguntarme:--Pero ¿adónde va ese mozo con semejante grillera

entre los cascos?

¿Adónde va?--En Madrid, al Ateneo, si hemos de creerle.

En Santander, á lo que hemos visto, á difundir la luz; á tomar el

aire... y, muy á menudo, á la ruleta.

Mañana... (si antes no se cura) al Limbo, que es la mansión adonde van

á parar los que en vida tuvieron la enfermedad debajo del pelo.

[Ilustración]

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Bocetos al temple. Tipos trashumantes · 第 65 / 78 题