De como nuestro buen caballero don Quixote de la Mancha fue llevado á
Toledo por don Alvaro Tarfe, y puesto alli en prisiones en la casa del
Nuncio, para que se procurase su cura.
Cuando tuvo aprestada su vuelta para Cordoba don Alvaro, y estuvo
despedido de todos los señores de quienes tenia obligacion hazello
en la corte, traçó la noche antes de la partida, que, para arrancar
della á don Quixote, entrase un criado del Archipampano en casa cuando
acabasen de cenar, vestido de camino y con galas, como que venia de
Toledo en nombre de la infanta Burlerina á buscarle, para que fuese
en su compañia luego con toda diligencia á decercar la ciudad, y
libralla de las molestias que le hazia el alevoso principe de Cordoba.
Tuvole tan bien instruido, asi de lo que habia de hazer y dezir á don
Quixote cuando le diese el recado, como por el camino y en Toledo
(donde por orden del Archipampano le habia de acompañar, para mayor
encubrir el engaño, y traerle nuevas dél y del modo que quedaba),
que llegando la señalada noche y hora, á la que acababan de cenar en
casa del principe Perianeo con él en su mesa don Carlos, don Quixote
y don Alvaro, apenas él hubo dado aviso á don Quixote de como se
partia el dia siguiente para Cordoba, diziendole si mandaba algo para
Toledo, donde habia de pasar, cuando entró por la sala el dicho paje
del Archipampano, gallardamente adereçado, el cual, despues de haber
saludado cortesmente á todos los circunstantes, se volvió á don Quixote
y le dixo: Caballero Desamorado, la infanta Burlerina de Toledo, cuyo
paje soy, te besa las manos humildemente y suplica cuan encarecidamente
puede, que te sirvas de partir mañana sin falta conmigo, á la ligera y
sin ruido, á la gran ciudad de Toledo, donde ella y su afligido padre
y lo mejor y más lucido del reino te está por momentos aguardando,
pues no faltan más de tres dias para cumplirse los cuarenta que el
enemigo principe de Cordoba les tiene dado de plaço para deliberar ó la
entrega de la ciudad, ó el rendimiento de las inhumanas parias que les
tiene pedido; y si tú con tu valeroso braço no los socorres, sin duda
seran miserablemente todos muertos, la ciudad saqueada, quemados los
templos, y los cimientos de torres y las almenas ocuparan las alegres
calles, sirviendoles sus piedras de calçada y empedrado. La infanta mi
señora, y el Rey, por cierto postigo que el enemigo no sabe, te estan
esperando con todos los mejores caballeros de su corte, para que otro
dia antes que amanezca, tocando de repente al arma, con la voz y favor
de Santiago les demos, cogiendolos descuidados, un asalto tal que
quede el enemigo, como sin duda lo quedará, vencido, y tú vencedor;
tras lo cual serás, si te pareciere, aunque sea corto premio de tus
inauditas grandezas, casado con la hermosisima infanta Burlerina, la
cual ha desechado á otros muchos hijos de reyes y principes, solo por
casar contigo: por tanto, valeroso caballero, vete luego á reposar para
que, tomando la mañana, lleguemos á buena hora á la imperial ciudad de
Toledo, que espera tu favor por momentos. Don Quixote con mucha pausa
le respondió, diziendo: A muy buen tiempo habeis llegado, venturoso
paje, pues podré ir en esta ocasion acompañando al señor don Alvaro,
que me acaba de dezir que tambien por la mañana ha de partir para
Toledo: por tanto no hay sino que adereceis todo lo necesario para
que en amaneciendo partamos juntos, y pueda yo llegar con tan honrada
compañia á socorrer al Rey vuestro señor y á la infanta Burlerina,
sobrina del sabio Alquife, mi buen amigo. Verdad es que no soy de
parecer de que se me trate de eso que dezis, de casarme con dicha
infanta despues de vencido y muerto el alevoso principe de Cordoba, su
contrario, y saqueado su campo; que en efecto, siendo conocido en el
mundo por Caballero Desamorado, no será razon que ande en amores hasta
pasar primero algunas dozenas de años, pues podria suceder, como ha
sucedido muchas vezes á otros caballeros andantes, que andando yo por
tanta y tan varia multitud de reinos y provincias, me encontrase y aun
enamorase de alguna infanta de Babilonia, Transilvania, Trapisonda,
Tolomaida, Grecia ó Constantinopla; y si esto me sucede, cual confio,
desde aquel dia me tengo de llamar el Caballero del Amor, pues pasaré
notables trabajos, peligros y dificultades por el que á dicha infanta
tendré, hasta que despues de haber librado su reino ó imperio del
fortisimo enemigo que le tendrá cercado, le descubriré mi amor á dicha
infanta en su mismo aposento, do entraré bien armado con atentados
pasos por un jardin, guiado por una sabia camarera suya, una noche
obscura; y si bien al principio, por ser pagana, se açorará de oirme
soy cristiano todavia, prendada de mis partes y obligada de las razones
con que le persuadiré la verdad de nuestra santa religion, se casará
conmigo con publicas fiestas, bautizada ella y todo su reino; pero
sucederme han tales y tan notables guerras por ciertos motines de
invidiosos vasallos, que daran bien que contar á los historiadores
venideros. Viendo don Alvaro que ya començaba á disparatar, se
levantó diziendo: Vamonos á reposar, señor don Quixote, porque hemos
de madrugar mucho para llegar con tiempo á Toledo, por lo que hay de
peligro en la tardanza. Y dicho esto, se volvió al paje diziendole: Y
vos, discreto embaxador de la noble infanta Burlerina, idos luego á
cenar, y despues á acostar en la cama que el mayordomo os señalare.
Saliose el paje de la sala, y con él los demas, yendose todos á sus
camas sin reparar don Quixote más en Sancho que si nunca le hubiera
visto, que fue particular permision de Dios: verdad es que la mañana,
en levantandose, á la que ensillaban los criados de don Alvaro y paje
del Archipampano, preguntó por el escudero; mas divirtiole el humor
don Alvaro diziendole que no cuidase dél; porque ya se aprestaba
para seguirles, y que poco á poco se vernia detras, como otras vezes
solia. Tras esto y tras almorzar bien y despedirse del principe
Perianeo y de don Carlos, se salieron de la corte y caminaron para
Toledo, ofreciendoseles por el camino graciosisimas ocasiones de reir,
particularmente en Getafe y Illescas. Llegados á la vista de Toledo
dixo don Quixote al paje de la infanta Burlerina: Pareceme, amigo,
que seria bien antes de entrar en la ciudad, dar una gentil rociada
al campo del enemigo, pues vengo yo bien armado, y él muestra estar
descuidado del açote que tan cerca tienen sobre sí sus arrogancias
en mi esfuerço, pues seria empezar á hazerle baxar la cresta, que
tan engreida tiene. El paje le respondió: El orden, señor, que del
Rey é Infanta traigo es que sin rumor alguno vamos adonde nos estan
esperando. Discretisimo es ese orden, añadió don Alvaro, pues no hay
duda sino que seria poner en contingencia la vitoria, si les diese v.
m. la menor ocasion del mundo para prevenirse, y tendrian la grande de
hazello con el rumor que hariamos, pues es cierto que en sintiendonos,
darian aviso las despiertas centinelas de que hay enemigos. Digo, dixo
don Quixote, que quiero seguir ese parecer como más acertado, pues por
lo menos me asegura de que los cogeré de repente; y asi vos, paje de la
infanta Burlerina, guiad por donde habemos de entrar sin ser sentidos;
pero id prevenido de que si solos somos, tengo de hazer antes que
entre en la ciudad una sanguinolenta riça destos andaluzes paganos que
se han atrevido á llegar á los sacros muros de Toledo. El paje fue
caminando un poco adelante, guiando derecho hazia la puerta que llaman
del Cambron, dexando á la mano izquierda la de Visagra. Mas como don
Quixote no viese rumor de gente de guerra al rededor de la ciudad, y
viese por otra parte entrar y salir libremente por la puerta de Visagra
todos cuantos querian, dixo maravillado al paje: Dezidme, amigo, el
principe de Cordoba ¿donde tiene asentado su campo, que no veo por aqui
ningun aparato de guerra? Señor, respondió él, es astuto el enemigo, y
asi se ha alojado á la otra parte del rio, adonde nuestra artilleria
no le puede hazer mal ni ofender. Por cierto, dixo don Quixote, que él
sabe poco del arte militar, pues no echa de ver el necio que dexando
estas dos puertas libres y desembaraçadas, pueden los de adentro meter
facilmente los socorros y provisiones que les pareciere, como en efeto
lo meten todo hoy con sola mi entrada; pero en fin, no todos saben
todas las cosas. Entraron por la puerta del Cambron, como digo, y don
Quixote iba por las calles mirando á todas partes cuando y por donde le
saldrian á recebir el Rey, Infanta y grandes de la corte. Don Alvaro
fingió á la entrada del lugar que se queria quedar á aguardar á Sancho,
por poderse entrar libremente y sin el acompañamiento de muchachos que
don Quixote llevaba, en la posada do habia de aposentarse, como en
efeto lo hizo, enviando dos ó tres criados suyos en compañia del paje
del Archipampano y de don Quixote, con los cuales, y con una multitud
increible de niños que le seguian viendole armado, llegó el triste sin
pensar á las puertas de la casa del Nuncio, y quedandose en ellas para
su guarda los criados de don Alvaro, se entró solo con él y un moço de
mulas que le tuvo á Rocinante. El paje del Archipampano, en apeandose,
dixo á don Quixote: V. m., señor caballero, se esté aqui mientras
subo arriba á dar cuenta á la señora Infanta de su secreta y deseada
venida. Y subiendose una escalera arriba, se quedó solo en medio del
patio don Quixote, y mirando á una parte y á otra, vió cuatro ó seis
aposentos con rejas de hierro, y dentro dellos muchos hombres, de los
cuales unos tenian cadenas, otros grillos, y otros esposas, y dellos
cantaban unos, lloraban otros, reian muchos y predicaban no pocos, y
estaba en fin alli cada loco con su tema. Maravillado don Quixote de
verlos, preguntó al moço de mulas: Amigo, ¿que casa es esta? O dime
¿por que estan aqui estos hombres presos, y algunos con tanta alegria?
El moço de mulas, á quien ya habian instruido don Alvaro y el paje
del Archipampano de cómo se habia de haber con él, le respondió: Señor
caballero, v. m. ha de saber que todos estos que estan aqui son espias
del enemigo, á los cuales habemos cogido de noche dentro de la ciudad,
y los tenemos presos para castigarlos cuando nos diere gusto. Prosiguió
don Quixote preguntandole: ¿Pues como estan tan alegres? Respondiole
el moço: Estanlo tanto porque les han dicho que de aqui á tres dias
se entrega la ciudad al enemigo, y asi la esperada vitoria y libertad
les haze no sentir los trabajos presentes. Estando en esto, salió de
un aposento con un caldero en la mano un moço, el cual era de los
locos que iban ya cobrando un poco de juizio, y cuando oyó lo que el
moço de mulas habia dicho á don Quixote, dió una grandisima risada,
diziendo: Señor armado, este moço le engaña, y sepa que esta casa es
la de los locos, que llaman del Nuncio, y todos los que estan en ella
estan tan faltos de juizio como v. m.; y si no, aguardese un poco, y
verá como bien presto le meten con ellos; que su figura y talle y el
venir armado no prometen otra cosa sino que le traen engañado estos
ladrones de guardianes, para echalle una muy buena cadena y dalle muy
gentiles tundas hasta que tenga seso, aunque le pese, pues lo mismo han
hecho conmigo. El moço le dixo que callase, que era un borracho y que
mentia. En buena fe, replicó el loco, que si vos no creeis que yo digo
la verdad, tambien apostaré que venis á lo mesmo que este pobre armado.
Con esto don Quixote se apartó dél riendo, y se llegó bien á una de
aquellas rejas, y mirando con atencion quien estaba dentro, vió á un
hombre puesto en tierra en cuclillas, vestido de negro, con un bonete
lleno de mugre en la cabeça, el cual tenia una gruesa cadena al pie, y
en las dos manos unos sutiles grillos que le servian de esposas: estaba
mirando de hito en hito al suelo, tan sin pestañear, que parecia estaba
en una profundisima imaginacion, al cual como viese don Quixote, dixo:
¡Ah buen hombre! ¿que hazeis aqui? Y levantando el encarcelado con
gran pausa la cabeça, y viendo á don Quixote armado de todas pieças,
se fue poco á poco llegando á la reja y arrimado á ella se estaba sin
hablar palabra mirandole atentisimamente, de lo cual el buen caballero
estaba maravillado, y más viendo que á más de veinte preguntas que le
hizo, á ninguna respondia, ni hazia otra cosa más que miralle de arriba
abaxo; pero al cabo de un gran rato se puso en seco á reir con muestras
de grande gusto, y luego començó á llorar amarguisimamente, diziendo:
¡Ah señor caballero, y si supieses quien soy! Sin duda os moveria
á grandisima lastima, porque habeis de saber que en profesion soy
teologo, en ordenes sacerdote, en filosofia Aristoteles, en medicina
Galeno, en canones Ezpilcueta, en astrologia Ptolomeo, en leyes Curcio,
en retorica Tulio, en poesia Homero, en musica Enfion; finalmente, en
sangre noble, en valor unico, en amores raro, en armas sin segundo, y
en todo el primero; soy principio de desdichados y fin de venturosos.
Los medicos me persiguen porque les digo con Mantuano:
His etsi tenebras palpent, est data potestas
Excrutiandi aegros hominesque impune necandi.
Los poderosos me atormentan porque con Casaneo les digo:
Omnia sunt hominum, tenui pendentia fila,
Et subito casu quae valuere ruunt.
Los temerosos, odiosos y avaros me querrian ver abrasado porque siempre
traigo en la boca:
Quatuor ista, timor, odium, dilectio, sensus,
Saepe solent hominum rectos pervertire sensus.
Los detractores no me dexan vivir porque les digo ha de restituir la
fama cualquier que dice cosa que la tizna:
Imponens, augens, manifestans, in malum vertens
Qui negat aut minuit, tacuit, laudetve remisse.
Los poetas me tienen por hereje porque les digo del afecto con que leen
sus versos, lo de Horacio:
Indoctum, doctumque fugat recitator acerbus,
Quem vero arripuit tenet, occiditque legendo,
Non missura cutem nisi plena cruoris hirudo.
Y con ellos me aborrecen los historiadores porque les digo:
Exit in inmensum fecunda licentia vatum,
Obligat historica nec sua verba fide.
Los soldados no pueden llevar que les anteponga las letras y les diga
lo de Alciato:
Cedant arma togae, et quamvis durissima corda,
Eloquio pollens ad sua vota trahit.
Los letrados no pueden tolerar les dé en rostro, viendolos hablar
en cosas de leyes tan sin guardar la de Dios, con el recato de sus
predecesores sabios, que dezian:
Erubescimus dum sine lege loquimur.
Las damas me arman mil çancadillas porque publico dellas:
Sidera non tot habet coelum, nec flumina pisces
Quot scelerata gerit faemina mente dolos.
Las casadas reniegan de que haya quien diga de ellas:
Pessima res uxor, poterit tamen utilis esse
Si propere moriens det tibi quidquid habet.
Las niñas no toleran oir:
Verba puellarum foliis leviora caducis
Irritaque ut visum est ventus, et aura ferunt;
y tambien:
Ut corpus teneris, sic mens infirma puellis.