De las razones que entre don Carlos y Sancho Pança corrieron acerca de
que él se queria volver á su tierra ó escribir una carta á su muger.
Estaba ya don Carlos en vigilia de celebrar las bodas de su hermana
con el titular, y queria por gusto del Archipampano y mayor solemnidad
dellas, tener de asiento en Madrid á Sancho; y asi, para obligarle
á que, trayendo alli su muger, no pensase más en su tierra, le dixo
un dia que se halló con él en casa del Archipampano: Ya sabeis, mi
buen Sancho, el deseo que de vuestro bien he tenido desde que os vi
en Çaragoça, y el cuidado con que os regalé de mi mano en la mesa la
primer noche que entrastes en mi casa, y cuanta merced os han hecho
siempre en ella mis criados, particularmente el cocinero coxo: pues
habeis de saber que lo que me ha movido siempre á esto, ha sido el
veros tan hombre de bien y de buenas entrañas, teniendo lastima de
que una persona de vuestra edad y buenas partes padeciese, y más en
compañia de un loco tal cual es don Quixote, en la cual, por serlo
tanto, no podiades dexar de dar en mil desgracias, porque sus locuras,
desatinos y arrojamientos no pueden prometer buen suceso á él ni á
quien le acompañare; y no digo cosa de que ya no tengais experiencia
vos desde el año pasado; y si no, dezidme: ¿que sacastes de las
antiguas aventuras, sino muchos palos, garrotazos, malas noches y
peores dias, tras mucha hambre, sed y cansancio, tras veros manteado
de cuatro villanos, con tantas barbas como teneis? ¡Pues monta, que
es menos lo que habeis padecido en esta ultima salida! en la cual las
insulas, peninsulas, provincias y gobernaciones que habeis conquistado
vos y vuestro amo, son haber sido terrero de desgracias en Ateca,
blanco de desdichas en Çaragoça, recreacion de picaros en la carcel
de Sigüença, irrision de Alcala, y ultimamente mofa y escarnio de
esta corte. Pero pues ha querido Dios que entraseis en ella al fin de
vuestra peregrinacion, agradecedselo; que sin duda lo ha permitido
para que se rematasen aqui vuestros trabajos, como lo han hecho los de
Barbara, que recogida en una casa de virtuosas y arrepentidas mugeres,
está ya apartada de don Quixote, y pasa la vida con descanso y sin
necesidad, con la limosna que le ha hecho de piedad el Archipampano,
la cual es tan grande, que no contentandose de ampararla á ella, trata
de hazer lo mesmo con vuestro amo; y asi le perdereis presto, mal que
os pese, porque dentro de cuatro dias lo envia á Toledo con orden de
que le curen con cuidado en la casa del Nuncio, hospital consignado
para los que enferman del juizio, cual él; y no contenta su grandeza
en amparar á los dichos, trata con mis veras y mayor amor de ampararos
á vos más de cerca, y de las puertas adentro de su casa, en la cual os
tiene con el regalo, abundancia y comodidad que experimentais tantos
dias ha: lo que queda que hazer es que vos de vuestra parte procureis
conservaros en la privanza que estais, que es notable, como lo es lo
que él, su muger y casa os aman, de la cual no saldreis vos y vuestra
muger Mari-Gutierrez mientras vivais, á quien de mi consejo habeis
de traer á ella, enviandola á buscar; que yo daré mensagero seguro y
pagaré los gastos, pues gustará dello y de teneros en este palacio el
Archipampano, dandoos en él á ambos un cuarto y salario y muy honrada
racion todos los dias de vuestra vida, con que la pasareis alegre y
descansadamente en uno de los mejores lugares del mundo: por tanto,
lo que habeis de hazer es condecender con lo que os pido, y darme en
breve la respuesta cual merece el celo que de vuestro bien tengo. Calló
don Carlos dichas estas razones, y despues de haber estado Sancho
suspenso un buen rato de oillas, le respondió á ellas: Muy grande es
por cierto, señor don Carlos, el servicio que v. m. y el Arcadepampanos
me ha hecho estos dias, si bien les pido perdon dello, por si acaso no
ha sido tanto como yo merezco; que eso ya me lo veo, y no me lo podran
pagar con cuanta moneda tienen todos los ropavejeros desta tierra,
pero con todo se lo agradezco, y ahi estan para hazelles merced en la
Argamesilla veinte y seis cabeças de ganado que tengo, dos bueyes, y
un puerco tan grande como los de por acá, el cual habemos de matar, si
Dios quiere, para el dia de San Martin, para el cual estará hecho una
vaca: asi que digo que para respondelle me dé, si le parece, algunos
meses de termino; que no son cosas estas de mudar de tierra que se
hayan de hazer de repente: lo que yo haré será ir á comunicallo con mi
Mari-Gutierrez, ó cuando mucho, le escribiré cuanto v. m. me dize; y si
ella dize con una mano que sí, yo diré lo mesmo con ambas de bonisima
gana: busque pues v. m. tinta y papel, si le parece, y escribamosla
luego al punto una carta, en que se le diga como el Ave Maria todo
eso; y digo escribamos porque harto haze quien haze hazer; que yo por
mis pecados no sé escribir más que un muerto, aunque tuve un tio que
escribia lindamente; pero yo sali tan grandisimo bellaco, que cuando
siendo muchacho me enviaban á la escuela, me iba á las higueras y viñas
á hartarme de uvas y higos, y asi sali mejor comedor dellos que no
escribanador. Quedó contento de la respuesta don Carlos, y difirieron
el escribir la carta hasta despues de comer; y habiendolo hecho con
el Archipampano le dixo sobre mesa don Carlos como ya tenia el sí de
Sancho en lo que era traer á la corte su muger, si á ella le parecia,
y que solo faltaba el escribirselo, y que asi, traxesen tinta y papel
para que alli fuese secretario de la carta que le habia de dictar
Sancho. Traxose todo al punto, y apenas habia empeçado don Carlos á
doblar el pliego, cuando le dixo Sancho: ¿Saben, señores, lo que me
parece? Que á fe mia que seria harto mejor y más acertado volverme yo
á mi casa y quitarme de aquestos cuentos, pues ha que sali della cerca
de seis meses, andandome hecho un haragan tras de mi señor don Quixote
por unos tristes nueve reales de salario cada mes; si bien hasta agora
no me ha dado blanca, lo uno porque dize dará el rucio en cuenta y lo
otro porque harto me pagará, pues me ha de dar la gobernacion de la
primera insula ó peninsula, reino ó provincia que ganare; pero pues
á él le llevan vs. ms., como ha dicho don Carlos, á ser nuncio de
Toledo, y yo no puedo ser de iglesia, desde agora renuncio todos los
derechos y pertinencias que en cuanto conquistare me pueden pertenecer
por herencia ó tema de juizio, y me determino volver á mi tierra agora
que viene la sementera, en que puedo ganar en mi lugar cada dia dos
reales y medio y comida, sin andarme á caça de gangas: por tanto,
burlas aparte. V. m., señor Arcapampanos, me mande volver luego mis
çaragüelles pardos, y tome allá estos suyos de las Indias (¡quemados
ellos sean!) y denme juntamente mi sayo y la otra caperuça, y adios,
que me mudo; que yo sé que mi Mari-Gutierrez y todos los de mi lugar
me estaran aguardando; que me quieren como la lumbre de sus ojos.
¿Quien me mete á mí con pajes, que no me dexan en todo el dia, sin
otros demonios de caballeros, que no hazen sino molerme con Sancho acá,
Sancho acullá? Y aunque aqui se come lindamente, si no siempre con la
boca, á lo menos siempre con los ojos, todavia lo que son salarios se
paga muy mal, y muchas vezes veo que se fingen culpas en los criados
para negarselos ó quitarles la racion ó despedillos mal pagados; y
cuando no suceda en salud, es cierto que en enfermedad no hay señor
que mande ni mayordomo que execute obra de caridad con los pobres
criados: en fin, bien dizen los picaros de la cocina que la vida de
palacio es vida bestial, do se vive de esperanças y se muere en algun
hospital: ello es hecho, señor don Carlos; no hay que replicar; que
mañana, en resolucion, pienso tomar las de Villadiego: verdad es que
si el señor Arcapampanos me asegurase un ducado cada mes y dos ó tres
pares de çapatos por un año, con cedula de que no me lo habia de poner
despues en pleito, y v. m. saliese por fiança dello, sin duda ternia
moço en mí para muchos dias: por eso, si lo determina hazer, no hay
sino efetuarlo, y encomendarme su par de mulas, y dezirme cada noche
lo que tengo de hazer á la mañana, y adonde tengo de ir á arar ó á dar
tal vuelta á tal ó tal rastrojo, y de lo demas dexeme el cargo á mí,
que no se descontentará de mi labor: verdad es que tengo dos faltas;
la una es que soy un poco comedor, y la otra que para despertarme á
las mañanas, algunas vezes es menester que el amo se llegue á la cama
y me dé con algun çapato; que con eso despierto luego como un gamo, y
echado de comer á mi vientre y á las mulas, voy á la fragua á sacar
la reja, alço los fuelles mientras el herrero la machaca, vuelvome á
casa una hora antes que amanezca, cantando por el camino siete ó ocho
siguidillas que sé lindisimas, do por refrigerar el aliento pongo á
asar cuatro cabeças de ajos, tomandolas con dos ó tres vezes de la bota
que tengo de llevar á la labrança; y á la que alborea, subo, hecha
esta prevencion, en la mula castaña que está mas gorda... Y de alli
iba á proseguir; pero atajole don Carlos, maravillado de su simple
discurso, y dixole: Ello se ha de hazer puntualmente lo que os tengo
aconsejado, pues se os cumpliran todas las condiciones que pedis. A fe
que lo dudo, replicó Sancho, de quien no tuvo vergüença de tomar de
un escudero como yo dos reales y medio por la primer cena que me dió,
y asi no quiero nada con él, sino que Dios le eche á aquellas partes
en que más de él se sirva. Dixole el Archipampano, viendo que dezia
las dichas razones por él: Estad cierto, Sancho, que cumpliré cuanto
en mi nombre os ha prometido el señor don Carlos, mejor de lo que vos
lo sabreis desear, y estad cierto de que no os faltará en mi casa la
gracia de Dios. La gracia de Dios, dixo Sancho, es en mi tierra una
gentil tortilla de huevos y torreznos, que la sé yo hazer á las mil
maravillas, y aun de los primeros dineros que Dios me depare, he de
hazer una para mí y el señor don Carlos, que nos comamos las manos
tras ella. Mucho gustaré de comella, respondió don Carlos; pero ha de
ser con condicion de que por amor de mí os pongais sombrero, como lo
usamos en la corte, y dexeis la caperuça. En todos los dias de mi vida,
replicó Sancho, no he gustado de sombreros, ni sé á que saben, porque
se me asienta la caperuça en la cabeça que es bendición de Dios, porque
en fin es bonisimo potage, pues si hace frio, se la mete el hombre
hasta las orejas, y si aire, se cubre con su vuelta el rostro, cual si
llevara un papahigo, yendo tan seguro de que se le caiga, como lo está
la rueda de un molino de moverse, y no se bambalea á todas partes, como
lo hazen los sombreros, que si les da un torbellino ruedan por esos
campos cual si les tomara la maldicion; y más que cuestan doblado una
dozena dellos que media de caperuças, pues no pasa cada una dellas de
dos reales y medio con hechura y todo. Bien parece, Sancho, le dixo
el Archipampano, que conoceis la necesidad que tengo de vos, y que no
tengo de reparar en cosa á trueque de que quedeis en mi casa, pues
pedis tantas gullorias: pero para que conozcais mi liberalidad, mañana
os mandaré pagar dos años de salario adelantados á vos y á vuestra
muger y en llegando ella os vestiré á ambos muy de pascua. Beso á v.
m. las manos, le respondió Sancho, por ese buen servicio. Agora solo
resta saber si las tierras de v. m. que tengo de sembrar este otoño
estan lexos; tras que, como no las sé, será menester ir á ellas el
domingo que viene, y tambien conocer las mulas y saber qué resabios
tienen, y si tienen buenas coyundas y todo el demas aparejo; porque no
quiero diga despues de mí v. m. que soy descuidado. Todo está, Sancho,
le replicó don Carlos de la manera que deseais; lo que se ha de hazer
es que escribamos la carta á vuestra muger. Escribamos por cierto,
respondió él, con la bendicion de Dios; pero v. m. advierta que ella
es un poco sorda, y será menester que la escribamos un poco recio
para que la oiga. Haga la cruz y diga: «Carta para Mari-Gutierrez mi
muger, en el Argamesilla de la Mancha, junto al Toboso.» Ahora bien,
digale que con esto ceso, y no de rogar por su anima. ¡Que es lo que
dezis, Sancho! le dixo don Carlos, aun no le habemos dicho cosa, ¡y ya
dezis: Con esto ceso! Calle, respondió él; que no lo entiende: ¿quiere
saber mejor que yo lo que tengo de dezir? El diablo me lleve si no me
ha hecho quebrar el hilo que llevaba, con la más linda astrologia que
se podia pensar; pero diga, que ya me acuerdo, «Habeis de saber que
desde que yo sali del Argamesilla hasta agora no nos hemos visto; mi
salud dizen todos que es muy buena; solo me duelen los ojos de puro
ver cosas del otro mundo, plegue á Dios que tal sea de los vuestros.
Avisadme de como os va del beber, y si hay harto vino en la Mancha para
remediaros la sed que mi presencia os causa, y mirad por vida vuestra
escardeis bien el huertecillo, de las malas hierbas que le suelen
afligir. Enviadme los çaragüelles viejos de paño pardo que estan sobre
el gallinero, porque acá me ha dado el Arcapampanos unos çaragüelles de
las Indias, que no me puedo remecer con ellos: guardarlos he para vos,
que quiçás se os asentaran mejor, y más que sin mucho trabajo traereis
guardado el hornillo de vidrio, pues tienen por delante una puerta que
se cierra y abre con una sola agujeta. Si quereis venir, ya os tengo
dicho lo que nos dará el Arcapampanos cada mes de salario; y asi, os
mando que antes que esta carta salga de aqui, os vengais á servir á la
Arcapampanesa, trayendo todos los bienes muebles y raizes con vos, que
ahi estan, sin dexar un palmo de tierra ni una sola hoja del huerto;
y no me seais repostona, que me canso ya de vuestras impertinencias,
y tanto será lo de más como lo de menos; y no os haya de dezir, como
acostumbro, con el palo en la mano: Jo, que te estriego, burra de mi
suegro.» Volviose, escritas estas razones, á don Carlos, diziendole:
Sepa v. m., señor, que las mugeres de hogaño son diablos, y en no
dandoles en el caletre, no haran cosa buena si las queman. Pues á fe
que lo ha de hazer, ó sobre eso oxte, morena. Esto dixo quitandose el
cinto, y tomandole en la mano con mucha colera, añadiendo que él sabia
de la suerte que se habia de tratar Mari-Gutierrez, mejor que el papa.
Maravillado estaba el Archipampano y cuantos en la sala asistian, de
ver tan natural simpleza, y aun aguardaban á cuando habia de dar con el
cinto á don Carlos; pero sin hazerlo prosiguió diziendo: «Ya os digo,
Mari-Gutierrez, que estaremos aqui lindamente; que aunque vos seais
enemiga de estar en casa de estos hidalgotes, todavia el Arcapampanos
está tan hombre de bien, que me ha jurado que en estando vos aqui, nos
vestirá á ambos y nos dará el salario de dos años adelantado, que es un
docado por bestia cada mes, el uno á mí y el otro á vos: mirad pues, si
por lo menos vivimos mil meses, si ternemos harto dinero. Del señor don
Quixote solo os digo que está mas valiente que nunca, y le han hecho
nuncio de Toledo: si le habeis menester, en dichas casas le hallareis,
y no poco acompañado, cuando paseis por alli: la Arcapampanesa, vuestra
ama, con quien habeis de estar, os besa las manos y tiene más deseo de
escribiros que de veros: es muger muy honrada, segun dize su marido, si
bien á mí no me lo parece, por lo que la veo holgazana, pues desde que
estoy aqui jamas le he visto la rueca en la cinta. Rocinante me dizen
está bueno y que se ha vuelto muy persona y cortesano: no creo lo sea
tanto el rucio, ó á lo menos no lo muestran sus pocas razones, si ya no
es que calla, enfadado de estar tanto tiempo en la corte.»
Pareceme que no hay más que escribir, pues aqui se le dize cuanto
le importa, tan bien como se lo podria decir el mejor boticario del
mundo, y yo trasudo de puro sacar letras del caletre. Ved vos, Sancho,
dixo don Carlos, si quereis dezille otra cosa; que aqui estoy yo para
escribillo, pues hay harto papel, gloria á Dios. Cierrela, respondió
Sancho, y horro Mahoma. Mal se puede cerrar, replicó don Carlos, carta
sin firma, y asi dezid de que suerte soleis firmar. ¡Buen recado
se tiene! respondió Sancho: sepa que no es Mari-Gutierrez amiga de
tantas retoricas: no hay que firmar para ella, que cree bien firme y
verdaderamente todo lo que tiene y cree la santa madre Iglesia de Roma,
y asi, no necesita ella de firma ni firmo. Leyose la carta, hecho esto,
en voz alta, con increible risa de los circunstantes y atencion del
mismo Sancho, á quien dixo el Archipampano luego: ¿Como llevará don
Quixote el quedaros, Sancho, vos en mi casa? que no querria se enojase
y viniese despues á ella desafiandome á singular batalla, con que mal
de mi grado me obligase á hazeros volver con él. No tenga v. m. miedo,
respondió Sancho; que yo le hablaré claro antes que vaya á Toledo, y
le volveré su rucio, la maleta y juntamente el desaforado guante del
gigante Bramidan, que puse guardado en ella la noche que él se le
arrojó desafiandole en casa del señor don Carlos, para que le vuelva á
la infanta Burlerina, ó le dé en presente el arçobispo cuando entre por
nuncio en Toledo; que yo no quiero nada de nadie; y más que le diré se
vaya con Dios, pues desde aqui al dia del juizio reniego de las peleas,
sin querer más cosa con ellas; pues tan pelado y apaleado salgo de sus
uñas, cual saben mis pobres espaldas; y libré tan mal habrá dos meses
en una venta, que por poco me hizieran volver moro unos comediantes, y
aun me circuncidaran, si no les rogara con vivas lagrimas no tocasen
en aquellos arrabales, pues seria tocar á las niñas de los ojos de
Mari-Gutierrez; y despues me costó muy gentiles golpes la defensa de un
ataharre que mi amo llamaba preciosa liga; y aunque él me quiere tanto,
que entiendo me dará lo que me tiene prometido, que es la gobernacion
de algun reino, provincia, insula ó peninsula, todavia diré mañana como
no puedo ir allá con él, por estar ya concertado con v. m., y que lo
que podrá hazer será enviarmela, que tan hombre seré para gobernalla
acá como allá. ¿Pero sabe v. m. que me parece? Que pues para de aqui
al Argamesilla no se hallará mensajero cierto, será acertado que yo,
que sé el camino, lleve la carta, pues le aseguro que no haré más de
darle fielmente en manos de mi muger, y volverme luego. Pues para
eso, Sancho, dixo el Archipampano, ¿que era menester escribirla, si
vos habiais de ir allá en persona? No cuideis della; que yo buscaré
quien la lleve con brevedad, y traiga luego respuesta, aunque dudo sea
ella tan elegante como vuestra carta, en que mostrais haber estudiado
en Salamanca toda la sciencia escribal que alli se profesa, segun la
habeis enriquecido de sentencias. No he estudiado, respondió Sancho,
en Salamanca; pero tengo un tio en el Toboso, que hogaño es ya segunda
vez mayordomo del Rosario, el cual escribe tan bien como el barbero,
como dize el cura; y como yo he ido muchas vezes á su casa, todavia me
he aprovechado algo de su buena habilidad; porque, como dizen, ¿quien
es tu enemigo? el de tu ofizio; en la arca abierta siempre el malo
peca: y finalmente, quien hurta al ladron harto digno es de perdon; y
asi dél sé escribir cartas; y si le he hurtado algo de lo que él sabe
desto, como se ve en ese papel, no importa; que bien me lo debia, pues
dia y medio anduve á segar con él, y lleve el diablo otra blanca me
dió sino un real de á cuatro; y á mi muger, que fue á escardar doze
dias en su heredad el mes de março, no le dió sino un real amarillo
que no sabemos cuanto vale: por eso estoy yo mejor con los cuartos y
ochavos, que son moneda que corre, y los han de tomar hasta el mismo
rey y papa, aunque les pese. Levantaronse en esto de la mesa para
salir á pasearse, dexando el Archipampano orden al secretario, de que
enviasen él y el mayordomo luego dos criados con aquella carta al
Argamesilla, con mandato de que no viniesen sin la muger de Sancho en
ningun caso, procurando traerla regalada y con brevedad. Hizose asi.
Llegó Mari-Gutierrez á la corte con ellos dentro de quinze dias, do
la recebió Sancho con donosos favores, y el Archipampano fue el señor
más bien entretenido que habia en la corte aquellos dias; y no solo
él, sino muchos della, con toda su casa, tuvieron alegrisimos ratos de
conversacion y pasatiempo muchos meses con Sancho y su Mari-Gutierrez,
que no era menos simple que él. Los sucesos destos buenos y candidos
casados remito á la historia que dellos se hará andando el tiempo, pues
son tales que piden de por sí un copioso libro.