En que se continuan las hazañas de nuestro don Quixote, y la batalla
que su animoso Sancho tuvo con el escudero negro del rey de Chipre, y
juntamente la visita que Barbara hizo al Archipampano.
Quedaron con Sancho contentisimos aquella noche el Archipampano y su
muger, porque dixo donosas simplicidades; y no fue la menor dezir,
cuando vió subir la cena; y que le mandaban asentar en una mesilla
pequeña, junto á la de los señores, en la cual estaba una niña muy
hermosa, hija dellos: Pues, ¡cuerpo non de Dios! ¿por que han de sentar
á esa rapaza, tamaña como el puño, en esa mesa tan grande, y la ponen
delante esos platos, mayores que la artesa de Mari-Gutierrez, dexandome
á mí en esta mesilla menor que un harnero, siendo yo tamaño como
tarasca de Toledo, y teniendo tantas barbas como Adan y Eva? Pues si
lo hazen por la paga, tan buenos son los dos reales y medio que tengo
en la faltriquera para pagar lo que cenare, como cuantos tenga el rey,
y los que dieron por Jesucristo los judios á Judas; y si no, mirenlos.
Y diziendo esto, se levantó y sacó hasta tres reales de cuartos sucios
y untados, y echolos sobre la servilleta de la señora; pero apenas lo
hubo hecho, cuando viendo que ella los iba á dar con la mano, pensando
él que los queria tomar, los volvió á coger con furia diziendo: Por
Dios, no les dará golpe su merced, que no haya yo muy bien cenado:
á fe que le habian ya hinchido el ojo, como á la otra gordona moça
gallega de la venta, á quien mi señor llamaba princesa; y si no fuera
porque no traia ella tan buenos vestidos como v. m., ni esa rueda de
molino que trae al gaznate, jurara á Dios y á esta cruz que era v. m.
ella propria. Solemnizaron mucho la letania de simplicidades que habia
ensartado; y diziendole el maestresala: Callá, Sancho, que para que
ceneis más á vuestro placer os hemos puesto esa mesa aparte;--cuanto
mayor fuere la que me tocare desos avechuchos, replicó Sancho, más á
mi placer cenaré. Pues empezad por este plato dellos, le dixo luego,
dandole un buen plato de palominos con sopa dorada: comió ese y los
demas que le dieron, tan sin escrupulo de conciencia, que era bendicion
de Dios y entretenimiento de los circunstantes; y viendo acabada la
cena, y que la señora afloxaba la gorguera ó arandela, le dixo: ¿No me
dirá por vida de quien la mal parió, á que fin trae esas carlancas al
cuello, que no parecen sino las que traen los mastines de los pastores
de mi tierra? Pero tal deben de molestar todos estos podencos de casa,
para que no sea menester eso y más para defenderse dellos. Dicho esto
sacó otra vez el dinero diziendo: Tome v. m. agora y paguese lo que
fuere la cena; que no quiero irme á acostar sin rematar cuentas; que
asi lo haziamos siempre por el camino mi señor don Quixote y yo; que
esto, me dezia el Cura, mandan los mandamientos de la Iglesia cuando
mandan pagar diezmos y primicias. Tomolos el señor diziendo: Yo me doy
por satisfecho con lo que hay aqui, de lo que debeis de cena y cama, y
aun mañana os daré tambien de comer á medio dia por ello sin más paga.
Yo le beso las manos por la merced, respondió Sancho; que para esas
cosas con hilo de arambre me haran estar más quedo que una veleta de
tejado: y mire que le tomo la palabra; que aunque sé que hago harta
falta á mi señor, yo me disculparé con él, diziendo que no acerté la
casa: cuanto y más que cuando el hombre lleve media dozena de palos
por una buena comida, no es tanta la costa que no le salga demasiado
de barato, y otras vezes nos los han dado á mí y á él de balde y sin
comida alguna. Dieron orden en que le llevasen á acostar, haziendo
lo mismo ellos, como tambien lo hizieron, despues de bien cenados en
su casa, el titular, don Carlos, don Alvaro, don Quixote y Barbara;
si bien sobremesa tuvieron su pedazo de pendencia, porque diziendole
á ella el titular se aprestase para ir á visitar el dia siguiente
al Archipampano y Archipampanesa, que la aguardaban, respondió ella
excusandose, no la mandasen salir en publico delante de personas; que
era correrla demasiado y darla mucha prisa; que bien se conocia y sabia
era, como les habia dicho, una triste mondonguera, Barbara en nombre y
en cosas de policia; y que les suplicaba se diesen por satisfechos de
la paciencia con que hasta alli habia pasado con las pesadas burlas y
fisgas que el señor don Quixote hazia, y queria hiziesen todos della.
No hubo oido esto él, cuando le dixo: Por cuanto puede suceder en el
mundo, no niegue vuesa magestad, le suplico, señora reina Zenobia, su
grandeza, ni la encubra diziendo una blasfemia tan grande como la que
agora ha dicho; que ya estoy cansado de oirsela repetir otras vezes,
y no tomemos en la boca eso de mondonguera; que aunque para mí sé yo
claramente quien es y su valor, con todo, es necesario la conozca
todo el mundo: vaya vuesa alteza á hablar con quien el señor principe
Perianeo y estos caballeros la ruegan; que entre damas tales cual la
Archipampanesa y la Infanta su hija, ha de campear su beldad, pues yo
salgo fiador que en viendola, la estimen y respeten en lo que merece
y todos deseamos. No se hizo, como cuerda, de rogar más, conociendo
lo que debia á don Quixote, y que hasta entonzes no le habia ido
sino bien en condescender con sus locuras, de que se llevaba por lo
menos el pasar buena vida, y asi ofreció el ir. Venida la mañana, el
Archipampano salió á misa, llevando consigo á Sancho, al cual preguntó
por el camino si sabia ayudar á misa, y respondió diziendo: Sí, señor,
aunque es verdad que de unos dias á esta parte, como andamos metidos
tanto en este demonio de aventuras, se me ha volado de la testa la
confesion y todo lo demas, y solo me ha quedado de memoria el encender
las candelas y el escurrir las ampollas; y aun á fe que solia yo tañer
invisiblemente los organos por detras en mi pueblo divinamente, y en
no estando yo en ellos, todo el pueblo me echaba de menos. Rieronlo
de gana, y acabada la misa, volvieron á casa á comer, y despues de
haberlo hecho, no sin muy buenos ratos que pasaron con Sancho, le dixo
el Archipampano: Yo, en resolucion, quiero, señor Sancho, que de aqui
adelante os quedeis en mi casa y me sirvais, ofreciendome á daros más
salario del que os da el Caballero Desamorado; que tambien yo soy
caballero andante como él, y he menester servirme de un escudero tal
cual vos, en las aventuras que se me ofrecieren; y asi, para obligaros
desde luego, os mando un buen vestido por principio de paga; pero
dezidme: ¿cuanto es lo que os da por año el señor don Quixote? A esto
respondió Sancho: Señor, mi amo me da nueve reales cada mes, y de
comer, y unos çapatos cada año, y fuera deso me tiene prometido todos
los despojos de las guerras y batallas que vencieremos; aunque hasta
agora, por bien sea, los despojos que habemos llevado no han sido otros
que muy gentiles garrotazos, como nos los dieron los meloneros de
Ateca; mas con todo eso, aunque v. m. me añadiese un real más por mes,
no dexaria al Caballero Desamorado, porque á fe que es muy valiente,
á lo menos segun le oigo dezir cada dia; y lo mejor que tiene es ser
esforçado sin perjuizio ni daño de nadie, pues hasta agora no le he
visto matar una mosca. Replicó el Archipampano diziendo: ¿Es posible,
Sancho, que si yo os regalase más que vuestro amo, y os diese cada mes
un vestido y un par de çapatos, y juntamente un ducado de salario, no
me serviriades? Respondiole él: No es eso malo; pero con todo no le
serviria sino con condicion que me comprase un gentil rucio para ir por
esos caminos; que sepa que soy muy mal caminante de á pie, y más, que
habiamos de llevar muy buena maleta con dineros porque no nos viesemos
en los desafortunios que agora un año nos vimos por aquellas ventas
de la Mancha; tras que juntamente v. m. me habia de jurar y prometer
hazerme por sus tiempos rey ó almirante de alguna insula ó peninsula,
como mi señor don Quixote me tiene prometido desde el primer dia que le
sirvo; que aunque no tenga muy buen expediente para gobernar, todavia
sabriamos Mari-Gutierrez y yo juntos deslindar los desaforismos que en
aquellas islas se hiziesen; verdad es que ella tambien es un poco ruda;
pero creo que desde que ando por acá, no dexara de saber algo más.
Pues, Sancho, dixo el fingido Archipampano, yo me obligo á cumpliros
todas esas condiciones con que quedeis en mi casa, y traigas á ella
juntamente vuestra muger para que sirva á la gran Archipampanesa, que
me dizen sabe lindamente ensartar aljofar. Ensartar azumbres, dixera
v. m. mejor; que á fe que los enhila tan bien como la reina Segovia,
que no lo puedo más encarecer. Pusieron en esto los señores fin á la
platica por sestear un rato, habiendo dado aviso á algunos señores
amigos para que acudiesen aquella tarde á gozar del entretenimiento
que se les esperaba, con el caballero andante, su dama y su escudero.
La misma prevencion hizieron don Carlos, el titular, su cuñado y don
Alvaro. Llegada pues la hora y aprestados los coches, se metieron
en ellos con Barbara, á la cual quiso llevar don Quixote á su lado;
y con este entremes y no poca risa de los que los vian en el coche,
llegaron á casa del Archipampano; y subidos á ella y ocupando los
ordinarios asientos los caballeros y las damas, entró por la sala
don Quixote, armado de todas pieças, trayendo con gentil continente á
la reina Zenobia de la mano. En viendolos entrar, don Alvaro Tarfe se
levantó, y postrado delante del Archipampano, le dixo: El Caballero
Desamorado, poderoso señor, y la sin par reina Zenobia vienen á visitar
á vuesa alteza. Apenas oyó Sancho el nombre de su amo, cuando se
levantó del suelo, en que estaba asentado, y corriendo para su amo,
arrodillandose delante dél, le dixo: Sea mi señor muy bien venido, y
gracias á Dios que aqui estamos todos; mas digame v. m., ¿acordose
de echar de comer al rucio la noche pasada? que estará el pobre del
asno con gran pena por no haberme visto de ayer acá; y asi, le suplico
diga de mi parte cuando le vea, que les beso las manos muchas vezes
á él y á mi buen amigo Rocinante, y que por haber sido esta noche
convidado á cenar y á dormir, y hoy á comer, por solos dos reales y
medio, ¡ahorcado sea tal barato, plegue á la madre de Dios! del señor
Arcapampanos, no los he ido á ver; pero que aqui en el seno les tengo
guardadas para cuando vaya un par de piernas de ciertos mochuelos
reales. No hizo caso don Quixote destos disparates, sino que fue
caminando con gravedad, de la suerte que habia entrado, con la reina
Zenobia, hasta ponerse en presencia del Archipampano, do presentado,
dixo: Poderoso señor y temido monarca: aqui en vuestra presencia está
el Caballero Desamorado, con la escelentisima reina Zenobia, cuyas
virtudes, gracias y hermosura, con vuestra buena licencia, tengo de
defender desde mañana á la tarde en publica plaça contra todos los
caballeros, por rara y sin par. Con esto la soltó de la mano y mientras
los circunstantes, admirados entre sí, celebraban unos con otros la
locura dél y fealdad della, se volvió el amo al escudero á preguntarle
como le habia ido aquella noche con el Archipampano, y que le habia
dicho de su buen brio, fortaleça y postura. En esto llegó Barbara,
llamada adonde los caballeros y damas estaban, do puesta de rodillas,
callaba vergonzosisima, aguardando á ver lo que le dirian; los cuales
tenian tanto que hazer en admirarse de la fealdad que en ella miraban,
y más viendola vestida de colorado, que no acertaban á hablarla
palabra de pura risa: con todo, mortificandola cuanto pudo, le dixo
el Archipampano: Levantaos, señora reina Zenobia; que agora echo de
ver el buen gusto del Caballero Desamorado que os trae, porque siendo
él desamorado, y aborreciendo tanto á las mugeres, como me dizen que
las aborrece, con razon os trae á vos consigo, para que mirandoos á
la cara, con mayor facilidad consiga su pretension, si bien se podria
dezir por él el refran de que qui amat ranam, credit se amare Dianam;
pero con todo, estoy en opinion de que si fueran cual vos todas las
mugeres del mundo, todos los caballeros dél aborrecerian su amor en
sumo grado. El que estaba más cerca de su esposa le preguntó qué le
parecia de la señora reina Zenobia, que el Caballero Desamorado traia
consigo por dechado de hermosura. Yo aseguro, respondió ella, que
le den pocas ocasiones de pendencias los competidores de su beldad.
En esto prosiguió el Archipampano la conversacion con la Reina,
preguntandole de su vida; y enterado de su boca de como se llamaba
Barbara, y de lo demas tocante á su estado y su ofizio, y de la ocasion
por que seguia al loco de don Quixote, le dixo él si se atreveria á
quedar por camarera de su muger, que necesitaba de quien le acallase
una niña que le criaban, ofizio que le parecia que ninguno le haria
mejor que ella; la cual excusandose con su poca capacidad y experiencia
en cosas de palacio, tuvo luego al lado por abogado á Sancho, el cual
salió á la causa diziendo: No tiene, señor, v. m. que pescudarla; que
no saldrá el diablo de la Reina del camino carretero de adereçar un
vientre de carnero y cocer unas manecillas de vaca, pues no sabe otra
cosa. Y llegandose á ella, y tirandola de la saya colorada, que le
venia más de palmo y medio corta, dixo: Abaxe, señora Segovia, esa saya
con todos los Satanases, que se le parecen las piernas hasta cerca de
las rodillas: ¿como, digame, quiere que la tengan por reina tan hermosa
si descubre esas piernas y çancajos, con las calças coloradas llenas
de lodo? Y volviendose al Archipampano, le dixo: ¿Por que piensa v. m.
que mi amo ha mandado á la reina Segovia que traiga las sayas altas y
descubra los pies? Ha de saber que lo haze porque, como ve que tiene
tan mala catadura, y por otra parte aquel borron en el rostro, que
la toma todo el mostacho derecho, quiere con esa invencion hazer un
noverint universi que declare á cuantos le miraren á la cara como no
es diablo, pues no tiene pies de gallo, sino de persona, de que se
podran desengañar mirandola los pies, pues por la bondad de Dios los
trae harto á la vergüença, y aun con todo, Dios y ayuda. Don Quixote le
dixo: Yo apostaré, Sancho, que tienes bien llena la barriga y cargado
el estomago, segun hablas: guarda no se me suba la mostaça á las
narizes y te cargue otro tanto á las espaldas, por igualar la sangre.
Respondió Sancho: Si tengo lleno el estomago, buenos dos reales y
medio me cuesta. Llegó á la que estaban en estos dares y tomares, don
Alvaro, y haziendo apartar á Sancho y á don Quixote á un lado, dixo al
Archipampano, haziendole un gran acatamiento á la puerta de la real
sala: Aqui está, excelso monarca, un escudero negro, criado del rey
de Chipre Bramidan de Tajayunque; el cual trae una embaxada á vuesa
alteza, y viene á hazer no sé que desafio con el escudero del Caballero
Desamorado. En oyendolo, respondió aprisa Sancho, perdido el color:
Pues digale luego, por las entrañas de Jesucristo, que no estoy aqui y
que no me hallo agora para hazer pelea... Pero, ¡cuerpo del anima del
Antecristo! vayan y diganle que entre; que aqui estoy aguardandole, y
que venga mucho de noramala él y la puta negra de su madre; que yo,
si me ayudan mi amo y el señor don Carlos, que me quiere del alma, me
atrevo á hazerle que se acuerde de mí y del dia en que el negro de su
padre le engendró, mientras viva. Hase de advertir aqui que don Alvaro
y don Carlos habian dado orden á su secretario se tiznase el rostro,
como lo hizo en Çaragoça, y entrase en la sala á presentarse á Sancho
de la suerte que allá se le presentó á él y á su amo, continuando el
embuste del desafio. Entro pues dicho secretario, tiznada la cara y las
manos, y vestido una larga ropa de terciopelo negro, con una grande
cadena de oro en el cuello, trayendo juntamente muchos anillos de los
dedos y gruesos çarcillos atados á las orejas. En viendole Sancho,
como ya le conocia de Çaragoça, le dixo: Seais muy bien venido, monte
de humo: ¿que es lo que quereis? que aqui estamos mi señor y yo; y
guardaos del diablo, y mirad como hablais; que por vida de mi rucio,
que no pareceis sino uno de los montes de pez que hay en el Toboso para
empegar las tinajas. El secretario se puso en medio de la sala, y sin
hazer cortesia á nadie, volviendose á don Quixote, despues de haber
estado un rato callando, dixo desta manera: Caballero Desamorado, el
gigante Bramidan de Tajayunque, rey de Chipre y señor mio, me manda
venir á ti para que le digas cuando quieres acabar la batalla que
con él tienes aplaçada en esta corte; porque él acababa de llegar
ahora de Valladolid, de dar cima á una peligrosa aventura, en que ha
muerto él solo más de docientos caballeros sin más armas que una maça
que trae de acero colado: por tanto mandadme dar luego la respuesta,
para que vuelva con ella al gigante mi señor. Antes que don Quixote
respondiese, se llegó don Carlos á su negro y disfrazado secretario
diziendole: Señor escudero, con licencia del señor don Quixote, os
quiero responder como persona á quien tambien toca ser vengado de
las soberbias palabras de vuestro amo; y asi, digo por ambos, que la
batalla se haga el domingo en la tarde en el puesto que sus altezas
señalen, en cuya presencia se ha de hazer, y sea de la suerte y con las
armas que vinieren á él más á proposito; y con esto os podeis ir con
Dios, si otra cosa no se os ofrece. El secretario respondió diziendo:
Pues antes que me vaya quiero tomar luego en esta sala vengança de un
soberbio y descomunal escudero del Caballero Desamorado, llamado Sancho
Pança, el cual se ha dexado dezir que es mejor y más valiente que yo:
por tanto, si está entre vosotros salga aqui, para que, haziendole con
los dientes menudisimas tajadas, le eche á las aves de rapiña para que
se lo coman. Todos callaron; y viendo Sancho tan general silencio,
dixo: ¿No hay un diablo que, agora que es menester, hable por mí, en
agradecimiento y pago de lo mucho que yo otras vezes hablo por todos? Y
llegandose al secretario, le dixo: Señor escudero negro, Sancho Pança,
que soy yo, no esta aqui por agora; pero hallarle heis á la puerta del
Sol, en casa de un pastelero, do está dando cabo y cima á una grande y
peligrosa aventura de una hornada de pasteles: id por tanto á dezille
de mi parte que digo yo que venga luego á la hora á hazer batalla con
vos. ¿Pues como, replicó el secretario, siendo vos Sancho Pança mi
contrario, dezis que no está aqui? Vos sois una gran gallina. Y vos
un gran gallo, respondió Sancho, porque quereis que yo esté aqui á
pesar mio, no queriendo estar, por más que sea Sancho Pança, escudero
del Caballero Desamorado y marido de Mari-Gutierrez; y si niego lo
que soy, más honrado era san Pedro y negó á Jesucristo, que era mejor
que vos y la puta que os parió, mal que os pese; y si no, dezid al
contrario. No pudieron detener la risa los circunstantes del disparate;
y cobrando nuevo animo, prosiguió: Y sabed, si no lo sabeis, que estoy
aguardando poco á poco á que me venga la colera para reñir con vos;
y creed bien y caramente que si deseais con esa cara de cocinero del
infierno hazerme menudisimas tajadas con los dientes para echarme á
los gorriones, que yo con la mia de pascua, deseo hazeros entre estas
uñas rebanadas de melon, para daros á los puercos á que os coman: por
tanto, manos á la labor; pero ¿de que manera quereis que se haga la
pelea? ¿De que manera se ha de hazer, replicó el secretario, sino con
nuestras cortadoras espadas? ¡Oxte, puto! dixo Sancho; eso no, porque
el diablo es sutil, y donde no se piensa, puede suceder facilmente una
desgracia, y podria ser darnos con la punta de alguna espada en el ojo
sin quererlo hazer, y tener que curar para muchos dias. Lo que se podrá
hazer, si os parece, será hazer nuestra pelea á puros caperuçazos, vos
con ese colorado bonete que traeis en la cabeça, y yo con mi caperuça,
que al fin son cosas blandas, y cuando un hombre la tire y dé al otro
no le puede hazer mucho daño; y si no, hagamos la batalla á moxicones;
y si no, aguardemos al invierno que haya nieve, y á puras pelladas
nos podemos combatir hasta tente bonete, desde tiro de mosquete. Soy
contento, dixo el secretario, de que se haga la batalla en esta sala
á moxicones, como me dezis. Pues aguardaos un poco, respondió Sancho,
que sois demasiado de supito, y aun no estoy del todo determinado de
reñir con vos. Enfadose don Quixote, y dixole: Por cierto, Sancho, que
me parece tienes sobrado temor á ese negro, y asi entiendo es imposible
salgas bien desta hecha. ¡Oh mal haya quien me parió, replicó Sancho,
y aun quien me mete en guerreaciones con nadie! ¿V. m. no sabe que yo
no vengo en su compañia para hazer batallas con hombres ni mugeres,
sino solo para servirle y echar de comer á Rocinante y á mi asno, por
lo cual me da el salario que tenemos concertado? Tanto me hará, que dé
á Judas las peleas, y aun á quien acá me traxo. ¡Mirad que cuerpo non
de tal con v. m.! Estase ahi el señor Arcapampanos y su muger con todo
su abolorio y el principe Perianeo, y el señor don Carlos y don Alvaro
con los demas, desquixarandose de risa, y v. m., armado como un san
Jorge, contemplandose á su reina Segovia; y no quiere que tenga temor
estando delante de mi enemigo, con la candela en la mano, como dizen.
Igual fuera que se pusieran de por medio todos y nos compusieran, pues
saben fuera hazer las siete obras de misericordia. Bien dizes, Sancho,
dixo don Alvaro; y asi, por mi respeto, señor escudero, habeis de hazer
pazes con él y desistir de vuestra pretension y desafio, pues basta el
que tiene hecho vuestro amo con el suyo, para que en virtud dél quede
por vencido el escudero del señor que lo fuere de su contrario. A mí
se me haze, respondió el secretario, muy grande merced en eso; porque
si vá á dezir verdad, ya me bamboleaba el anima dentro las carnes,
de miedo del valeroso Sancho; y (replicó el secretario) no terné las
treguas por firmes si juntamente no nos damos los pies: Los pies, dixo
Sancho, y cuanto tengo os daré á trueque de no veros de mis ojos. Y
diziendo esto, levantó el pie para darsele; pero apenas lo hubo hecho,
cuando lo tuvo asido el secretario dél, de suerte que le hizo dar una
gran caida. Rieron todos, y saliose corriendo el secretario, tras lo
cual se llegó don Quixote á levantar á Sancho, diziendole: Mucho siento
tu desgracia, Sancho; pero puedeste alabar de que quedas vencedor, y
de que á traicion y sobre treguas, y lo que peor es, huyendo, ha hecho
tu contrario esta alevosia; pero si quieres te le traiga aqui para que
te vengues, dilo; que iré por él; hecho un rayo. No, ¡cuerpo de tal!
dixo Sancho, pues peor librará si pelearamos mano á mano; y como v.
m. dize, al enemigo que huye, la puente de plata. Avisaron tras esto
que ya era hora de la cena, porque se les habia pasado el tiempo sin
sentir en oir y ver estos y otra infinidad de disparates; y obligando
el Archipampano á todos que se quedasen á cenar con él, lo hizieron con
mucho gusto, pasando graciosisimos chistes en la cena: tras la cual se
fueron todos á reposar, unos á sus cuartos y otros á sus casas, solo
Sancho, que se hubo de quedar en la del Archipampano, medio mal de su
grado.