En que se prosiguen las graciosas demostraciones que nuestro hidalgo
don Quixote y su fidelisimo escudero Sancho hizieron de su valor en la
corte.
Parecioles al titular y á don Carlos que la primera cosa que habian de
hazer, salidos de casa y oida misa, era besar las manos á su magestad y
á algunos señores de calidad y del consejo, dandoles parte del estado
del casamiento. Efectuaronlo pues asi saliendo acompañados de don
Alvaro y de otros amigos que habian venido á visitar á don Carlos. Ya
estaban levantados sus huespedes don Quixote, Barbara y Sancho á la
que salian de casa; que no tuvieron poco en que entender con ellos en
hazerles quedar en ella; que no habia remedio con don Quixote, sino que
les habia de honrar con su compañia, subido en Rocinante; y á puras
promesas de que enviarian luego por él, dada razon de su venida á los
grandes, le hizieron quedar, aunque no sin guardas, para que de ninguna
suerte le dexasen á él ni á los de su compañia salir de casa. A la
que los señores salian della, se asomó de prisa Sancho á una ventana,
diziendo á vozes: Señor don Carlos, si acaso topare por ahi aquel
escudero negro, mi contrario, digale que le beso las manos, y que se
apareje para esta tarde ó mañana para acabar aquella batalla que sabe
con uno de los mejores escuderos que tiene barbas en cinta; y más, que
le desafio para despues de la pelea á quien segará mejor y más apriesa,
y aun le daré dos ó tres gabillas de ventaja, con tal condicion que
comamos primero un gentil gazapo con su ajo; que yo lo sé hazer á
las mil maravillas. Tirole en esto don Quixote del sayo con colera,
diziendo: ¿Es posible, Sancho, que no ha de haber para ti guerra,
conversacion ni pasatiempo que no sea de cosas de comer? Dexa estar al
escudero negro; que sobre mí que él te venga sobrado á las manos; y
aun á fe que entiendo que habras bien menester las tuyas para él. No
habré, replicó Sancho, porque pienso ir prevenido á la pelea, llevando
en la mano zurda una gran bola de pez blanda de çapatero, para cuando
el negro me vaya á dar algun gran moxicon en las narizes, reparar el
golpe en dicha bola, pues es cierto que dando él el golpe en ella con
la furia que le dará, se le quedará la mano pegada de manera que no
la pueda desasir; y asi, viendole yo con la mano derecha menos, y que
no se puede aprovechar della, le daré á mi salvo tantos y tan fieros
moxicones en las narizes, que de negras se las volveré coloradas á
pura sangre. Hizieron sus visitas el titular, don Carlos y don Alvaro,
teniendo ventura en poder besar las manos de espacio á su magestad,
y, de poder tratar de sus negocios con él y con los demas señores á
quienes tenian obligacion de dar los primeros avisos del casamiento;
y en la ultima visita que hizieron á un personage de su calidad y muy
familiar y amigo, casado con una dama de buen gusto, dieron cuenta de
los huespedes que tenian en casa y de los buenos ratos que pasaban
con ellos, pues eran los mejores que señor podia pasar en el mundo.
Encarecieron tanto los humores de ellos, que el marido y muger les
rogaron con notables veras se los llevasen á su casa aquella tarde para
pasarla buena. Ofrecieronlo de hazer, con condicion de que se habia
de fingir él gran archipampano de Sevilla, y su muger archipampanesa,
diziendo que don Quixote era hombre que solo se pagaba de principes
de nombres campanudos, porque el tema de su locura era ser caballero
andante, desfazedor de agravios, y defensor de reinos, reyes y reinas;
y que asi se le habia puesto en la cabeça que una feisima mondonguera
de Alcala, que traia por fuerça en su compañia, era la reina Zenobia,
que no la habia dexado menos perenal la vana y ordinaria lectura de
libros de fabulosas caballerias, á la cual se habia dado por el credito
que daba á todas las quimeras que en ellos se cuentan, teniendolas por
verdaderas. Con este concierto se volvieron á su casa á comer, dando
de parte del grande Archipampano un recado á don Quixote sobremesa, y
diziendole juntamente como todos habian de ir, caido el sol, á besarle
las manos él y Sancho, metidos en coches, por ser muy de principes
pasear la corte aquellos meses en carroças, y no en caballos. Aceptó
la ida don Quixote, y lo mismo hizo Sancho. En pareciendoles á los
señores hora, mandaron aprestar los coches, y metiendose todos dentro
con don Quixote, armado y embroquelado con su adarga, y con Sancho,
caminaron hazia la casa del fingido Archipampano, á quien dieron los
pajes luego aviso de las visitas que llegaban. En sabiendolo, se puso
baxo un dosel en una gran sala á recebilles; y entrando el titular,
don Carlos y don Alvaro en ella, le saludaron con notable cortesia y
disimulacion, y asentandose por su mandado junto á él, llena la sala
de la gente que los acompañaba y de la de casa, y estando en otro cabo
della, en un buen estrado, la muger con algunas dueñas y criadas, se
levantó don Alvaro, y tomando de la mano á don Quixote, le presentó
con notable cortesia delante del Archipampano, diziendo: Aqui tiene
vuesa alteza, señor de los flujos y reflujos del mar, y poderosisimo
archipampano de las Indias oceanas y mediterraneas, del Helesponto
y gran Arcadia, la nata y la flor de toda la caballeria manchega,
amigo de vuesa alteza y gran defensor de todos sus reinos, insulas y
peninsulas. Dicho esto, se volvió á asentar, y quedando don Quixote
puesto en mitad de la sala, mirando á todas partes con mucha gravedad,
puesto el cuento de la lança, que un criado le traxo, en tierra, estuvo
callando hasta que vió que todos habian visto y leido las figuras y
letras de su adarga; y cuando vió que callaban y estaban aguardando
á que él hablase, con voz serena y grave començó á dezir: Magnanimo,
poderoso y siempre augusto archipampano de las Indias, decediente de
los Heliogabalos, Sardanapalos y demas emperadores antiguos: hoy ha
venido á vuestra real presencia el Caballero Desamorado, si nunca
le oistes dezir, el cual, despues de haber andado la mayor parte de
nuestro hemisferio, y haber muerto y vencido en él un numero infinito
de jayanes y descomunales gigantes, desencantando castillos, libertando
donzellas, tras haber deshecho tuertos, vengando reyes, vencido reinos,
sujetado provincias, libertado imperios, y traido la deseada paz á las
más remotas insulas, mirando con los ojos de la consideracion á todo lo
restante del mundo, he visto que no hay en toda la redondez dél, rey
ni emperador que más digno sea y mejor merezca mi amistad, conversacion
y trato que vuesa alteza, por el valor de su persona, lustre de sus
progenitores, grandeza de su imperio y patrimonio, y principalmente
por el esfuerço que muestra su bella y robusta presencia, por tanto yo
he venido, magnanimo monarca, no á honrarme con vos, que asaz tengo
de honra adquirida; ni á procurar vuestras riqueças ni reinos, que
ahi tengo yo el imperio de Grecia, Babilonia y Trapisoda para cada y
cuando que los quisiere; ni á deprender cortesias ni otras cualesquier
gracias ni virtudes de vuestros caballeros, que mal puede aprender
quien es conocido por todos los principes de buen gusto, por espejo y
dechado de virtud, crianza y de todo prudencial y buen orden militar;
sino á que desde este dia me tengais por verdadero amigo, pues dello
os resultará no solamente honra y provecho, sino juntamente sumo
contento y alegria; que llano es que todos los emperadores del mundo,
en viendome de vuestra parte, os han de rendir, mal que les pese,
vasallage, enviar parias, multiplicar embaxadores, á fin solo de hazer
con vos inviolables y perpetuas treguas mientras yo en vuestra casa
estuviere, compelidos del temor que con el trueno de mi nombre y con
la gloria de mis fazañas les entrará por los oidos hasta lo intimo del
coraçon, y porque veais que la fama que de mis obras habeis oido, no
es solamente voz que se la lleva el viento, sino valentias heroicas y
conquistas celebres, acabadas con suma felizidad, y felizidad en gloria
de orden de la caballeria andantesca, quiero que luego en vuestra
presencia venga conmigo á las manos aquel soberbio gigante Bramidan de
Tajayunque, rey de Chipre, con quien ha más de un mes tengo aplaçada
batalla para delante de vos y de todos vuestros grandes, en cuya
presencia le he de cortar la monstruosa cabeça, y ofrecerla á la gran
Zenobia, reina hermosisima de las Amazonas, con cuyo lado me honro,
y á quien pienso dar el dicho reino de Chipre entre tanto que este
braço la restituye en el suyo, que el Gran Turco le tiene usurpado,
quedandome atras esta vitoria; la que tambien espero alcançar de cierto
hijo del rey de Cordoba, tan alevoso, que en mi presencia levantó un
falso testimonio á una reina, de quien es aliado; y por remate hazer
desistir de la vida ó de su pretension al principe Perianeo de Persia
en los amores de la infanta Florisbella, pues los solicita mi grande
amigo Belianis de Grecia, y no cumpliria con lo que á quien soy debo si
no le dexase sin pretendiente tan importante en tan grave pretension.
Vuesa alteza, pues, mande luego á los tres venir por orden á esta real
sala; que de nuevo les reto, desafio y aplaço. Dicho esto, quedaron
él callando, y todos los demas de la sala tan suspensos de oir los
concertados disparates de aquel hombre, y la gravedad y visages con que
los dezia, que no sabian quien ni como saliese á responderle. Pero al
cabo de rato el mismo Archipampano le dixo: Infinito huelgo, invicto
y gallardo manchego, de que hayais querido hazer eleccion de mi corte
y de los servicios que en ella os pienso hazer para bien suyo, gloria
vuestra y aumento de mis estados, y más de que haya sido vuestra venida
á ellos en tiempo que tan oprimidos me los tiene ese barbaro principe
de Tajayunque que dezis; pero porque es ardua la empresa del duelo
que con él teneis aplaçado, quiero, para deliberar sobre ello con más
acuerdo, que se dilate hasta que lo consulte con mis grandes; que
esotros desafios de los principes Perianeo y de Cordoba son de menos
consideración, y facilmente se comprenderan ó rendiran ellos despues,
cuando vean triunfais del rey de Chipre. La dilacion pues de su batalla
os pido consintais en primer lugar, y en segundo os ruego os retireis
cuanto pudieredes de las damas de mi casa y corte, pues estando vos en
ella, y siendo el Caballero Desamorado, y tan galan, dispuesto, bien
hablado y valiente, de fuerça han de estar todas ellas con grandisima
vigilancia, y aun competencia, sobre cual ha de ser la tan dichosa
y bien afortunada que os merezca; y no es mi intencion caseis con
ninguna dellas, porque pretendo casaros con la infanta mi hija, que
alli veis, luego que os vea coronado emperador de Grecia, Babilonia y
Trapisonda, y de aqui adelante recebiré á merced de que como yerno mio
en espera, tengais esta casa por propria, sirviendoos della y de mis
proprios caballeros y criados. Don Carlos llamó en esto por un lado de
la silla á Sancho y le dixo: Ahora es tiempo, amigo Sancho, de que el
poderoso Archipampano os conozca y vea vuestro buen entendimiento; y
asi no perdais la ocasion que teneis; antes dezidle con mucha y buena
retorica, se sirva de mandaros dar á vos tambien licencia para hazer
la batalla con aquel escudero negro que sabeis, pues venciendole, es
cierto os dará el orden de caballeria, quedando tan caballero y famoso
para toda vuestra vida, como lo es don Quixote. Apenas hubo oido Sancho
tal consejo, cuando se puso en medio de la sala, delante de su amo,
de rodillas, teniendo la caperuça en las manos, y diziendole en voz
alta: Mi señor don Quixote de la Mancha, si alguna merced le he hecho
en este mundo, le suplico por los buenos servicios de Rocinante, que
es la persona que más puede con v. m., me dé, en pago della y dellos,
licencia para hablar á este señor Arcadepampanos media dozena de
palabras de grandisima importancia, pues visto por él mi ingenio,
sin duda verná, andando dias y viniendo dias, á darme el orden de
caballeria con los hazes y enveses que v. m. le tiene. Don Quixote
le dixo: Sancho, yo te la doy; pero con condición que no hagas ni
digas necedad alguna de las que sueles. Para eso, dixo Sancho, buen
remedio; pongase v. m. tras mí, y en viendo que se me suelta alguna,
que no podrá ser menos, tireme de la halda del sayo, y verá como me
desdigo de cuanto hubiere dicho. Llegose inmediatamente don Quixote al
caballero que tenia por archipampano, y dixole: Para que vuesa alteza,
señor mio, vea que como verdadero andante traigo conmigo escudero de
calidad, y fidelisimo para llevar y traer recados á las princesas y
caballeros con quien se me ofrece comunicar, suplicole oiga este que
aqui le presento, llamado Sancho Pança, natural del Argamesilla de
la Mancha, hombre de bonisimas partes y respetos; porque tiene que
hablar con vuesa alteza un negocio de importancia, si para ello se
le diere licencia. El Archipampano le respondió que se la daba muy
cumplida, pues habia echado de ver en su talle, trage y fisonomia, que
no podia ser menos discreto que su amo. Pusose Sancho luego en medio, y
volviendo la cabeça, dixo á don Quixote: Deme v. m. esa lança, para que
me ponga como v. m. estaba cuando hablaba al Arcapampanos. Don Quixote
le respondió: ¿Para qué diablos la quieres? ¿No ves que no estás armado
como yo? Ya comienças á hacer necedades. Pues vaya v. m. contando,
replicó Sancho, que ya tengo una; y poniendo las manos en arco, sin
quitarse la caperuça, con no poca risa de los que le miraban, estuvo
un buen rato sin hablar, hasta que viendolos callar, començó á dezir,
procurando empeçar como su amo don Quixote, á cuyas razones habia
estado no poco atento: ¡Magnanimo, poderoso y siempre agosto harto
de pampanos...! Don Quixote le tiró del sayo, diziendo: Di augusto
archipampano, y habla con tiento; y él, volviendo la cabeça, dixo: ¿Que
más tiene augusto que agosto, y esotro de pampanos? ¿Todo no se va
allá? Y prosiguió diziendo: Habrá v. m. de saber, señor descendiente
del emperador Eliogallos y Sarganapalos, que yo me llamo Sancho Pança
el escudero, marido de Mari-Gutierrez por delante y por detras, si
nunca le oistes dezir, el cual por la gracia de Dios y de la santa sede
apostolica soy cristiano, y no pagano como el principe Perianeo y aquel
bellaco de escudero negro, y ha dias que ando en mi rucio con mi señor
por la mayor parte de este nuestro... Y volviendo la cabeça á su amo
le dixo: ¿Como diablos se llama aquel? ¡Oh maldito seas! replicó don
Quixote: hemisferio, simple. ¿Pues que quiere agora? replicó Sancho:
haga cuenta que tengo dos necedades á un lado: ¿piensa que el hombre
ha de tener tanta memoria como el misal? Digame como se llama, y tenga
paciencia; que ya se me ha tornado á desgarrar del caletre. Ya te he
dicho, respondió don Quixote, que se llama hemisferio. Digo pues,
prosiguió Sancho, que tornando á mi cuento, señor rey de Hemisferio,
yo no he hasta agora muerto ni dispilfarrado aquellos gigantones que
mi amo dize; antes huyo dellos como de la maldizion, porque el que ví
en Çaragoça en casa del señor don Carlos, era tal, que ¡mal año para
la torre de Babilonia que se le igualase! Y asi no quiero nada con él;
allá se las haya con mi señor: con quien quiero probar mis uñas es
con el escudero negro que trae, que negra pascua le dé Dios; que en
fin es mi mortal enemigo, y no tengo de parar hasta que me lave las
manos en su negra sangre en esta sala, en presencia de todos vs. ms.;
que haziendolo, confio que vuesa altura me hará caballero si bien es
verdad que puesto en mi rucio, tanto me lo soy como cualquiera: solo
advierto que en la pelea no me han de faltar del lado mi amo, el señor
don Carlos y don Alvaro, por lo que pudiese ofrecerse; tras que no
hemos de reñir con palos ni espadas, pues con ellas nos podriamos hazer
algun daño sin querer, teniendo que curar despues; sino que ha de ser
á finos moxicones ó cachetes, y el que se pudiere aprovechar de alguna
coz ó bocado, san Pedro se lo bendiga: bien es verdad que aun en esto
tendrá no poca ventaja el bellaco del negro, porque ha más de dos años
y medio que no he andado á moxicones con nadie, y esto, si no lo usan,
se olvida facilmente como el Ave Maria; pero el remedio está en la mano
del señor don Alvaro. ¿A quien digo? Lleguese acá, pesia á mi sayo.
Diga, señor Sancho, respondió don Alvaro; que bien le oigo, y haré todo
lo que fuere de su gusto. Pues lo que ha de hazer, prosiguió Sancho,
es echarmele unos antojos de caballo cuando salga á la pelea; porque
no viendome con ellos, errará los golpes, y llegando yo pasito, ya por
este lado, ya por esotro, le daré mil porrazos, hasta que le haga ir á
presentarse de rodillas delante de Mari-Gutierrez mi muger, pidiendole
me ruegue le perdone. He aqui señor rey agosto, ya vencida la batalla y
rendido el escudero negro; y asi no hay sino armarme caballero; que no
sufro burlas, y á perro viejo no hay cuz cuz. Por cierto que mereceis,
Sancho, dixo el Archipampano, el orden que pedis de caballeria; yo os
le daré el dia que se concluyere la batalla con el rey de Chipre,
haziendoos otras mercedes; pero contadme, por darme gusto, las hazañas
del señor don Quixote y las aventuras con que se ha topado por esos
hemisferios; que yo y la Archipampanesa mi muger, mi hija la infanta,
y todos estos caballeros holgaremos mucho de oiros. Apenas le dieron
pie para hablar á Sancho, cuando tomó tan de veras la mano á su amo
en referir cuanto les habia sucedido, que jamas le dexó hazer baça,
por más que con colera le porfiaba, contradezia y desmentia; y asi
fue contando lo de Ateca, de ida y vuelta, y cuanto les habia pasado
en Çaragoça, y con la reina Segovia en el bosque, Sigüença, venta,
Alcala, y hasta la misma corte. Tratole mal su amo de palabras cuando
acabó de dezir, y pasaron lindos cuentos sobre la averiguacion del de
la ataharre, de que rieron de suerte los circunstantes, que se vió
obligado don Quixote á dezirles: Por cierto, señores, que me maravillo
mucho de que gente tan grave se ria tan ligeramente de las cosas que
cada dia acontecen ó pueden acontecer á caballeros andantes: pues tan
honrado era como yo el fuerte Amadis de Gaula, y con todo me acuerdo
haber leido que habiendolo echado preso por engaño un encantador,
y teniendole metido en una oscura mazmorra, le echó invisiblemente
una melecina de arena y agua fria, tal, que por poco muriera della.
Levantose, acabadas estas razones, el Archipampano de su asiento,
temeroso de que tras ellas no descargase don Quixote algun diluvio de
cuchilladas sobre todos (que se podia temer dél, segun se iba poniendo
en colera); y llegandose á su muger, le preguntó que le parecia del
valor de amo y criado; y celebrandolos ella por pieças de rey, le
dixo don Carlos: Pues lo mejor falta por ver á vuesa alteza, que es
la reina Zenobia; y si no, digalo Sancho: el cual replicó, mirando á
las damas circunstantes: Par diez, señoras, que pueden vs. ms. ser lo
que mandaren; pero en Dios y en mi conciencia le juro que las excede
á todas en mil cosas la reina Segovia; porque, primeramente, tiene
los cabellos blancos como un copo de nieve, y sus mercedes los tienen
tan prietos como el escudero negro mi contrario: pues en la cara, ¡no
se las dexa atras! Juro non de Dios que la tiene mas grande que una
rodela, más llena de arrugas que gregüescos de soldado, y más colorada
que sangre de vaca; salvo que tiene medio jeme mayor la boca que vs.
ms., y más desembaraçada, pues no tiene dentro de ella tantos huesos ni
tropieços para lo que pusiere en sus escondrijos; y puede ser conocida
dentro de Babilonia, por la linea equinoccial que tiene en ella: las
manos tiene anchas, cortas y llenas de verrugas; las tetas largas,
como calabaças tiernas de verano. Pero ¿para que me canso en pintar
su hermosura, pues basta dezir della, que tiene más en un pie que
todas vs. ms. juntas en cuantos tienen? Y parece, en fin, á mi señor
don Quixote pintipintada, y aun dize della él, que es más hermosa que
la estrella de Venus al tiempo que el sol se pone; si bien á mí no me
parece tanto; como media noche era por hilo, los gallos querian cantar.
Celebraron mucho todos el dibuxo que Sancho habia hecho de la reina
Zenobia, y rogaron á don Carlos la traxese alli el dia siguiente á la
misma hora; y prometiendolo él, y llamando al titular su cuñado, que
estaba apartado á un lado apaciguando á don Quixote, les suplicaron á
ambos les dexasen aquella noche en casa á Sancho. Condescendieron con
los ruegos del Archipampano, y en particular don Quixote, á quien el
titular, don Alvaro y don Carlos dixeron no podia contradezir: tras
lo cual, despidiendose todos de sus altezas, se volvieron á su casa
con el acompañamiento que habian venido, y con no poco consuelo de don
Quixote, por ver empeçaban ya á conocerle y temerle los de la corte.