«El Caballero Desamorado, flor y espejo de la nacion manchega,
desafia á singular batalla aquel ó aquellos que no confesaren que
la gran Zenobia, reina de las Amazonas, que conmigo viene, es la
más alta y fermosa fembra que en la redondez del universo se halla:
que será defendida con los filos de mi espada su rara y singular
belleza en la real plaça desta ciudad desde mañana á mediodia hasta
la noche; y el que intentare salir en batalla con dicho Caballero
Desamorado, ponga su nombre en el pie deste cartel.»
Hechas las copias dél, llamó á Sancho, diziendo: Toma, Sancho, estos
papeles, y busca un poco de engrudo ó cola, y ponlos en las esquinas de
la ciudad de manera que puedan ser leidos de todos; y advierte con toda
diligencia en cuanto los caballeros que llegaren á leerlos dixeren,
y en si se meten en colera, volviendo por sus amantes damas, y en si
dizen algun improperio (porque la virtud siempre es invidiada), ó en si
se alegran por la honra que ganan de solo entrar conmigo en batalla,
y finalmente, en si te preguntan donde estoy ó donde está la Reina
mi señora. Ve volando, Sancho mio, y por tus ojos que lo adviertas y
notes todo, para que me sepas dar, cuando vuelvas, cumplida cuenta y
razon dello; que yo, si fuere necesario, no haziendo caso de la cena,
iré luego á la hora á castigar su sandez y atrevimiento, para que de
aqui adelante no le tengan otros tales como ellos para dezir semejantes
desvarios contra quien tan bien sabe castigarlos. Sancho estuvo un
rato con los papeles en la mano pensativo, porque hazia él esto del
fijar carteles de desafio de muy mala gana, y quisiera más que don
Quixote le inviara por una pierna de carnero, porque traía razonable
apetito de cenar; y ansi con la cabeça baxa le dixo: ¡Valgame las
parrillas del señor san Lorenço, mi señor don Quixote! ¿Es imposible
que pudiendo nosotros vivir en haz y en paz de la santa madre Iglesia
catolica romana, gustemos de meternos de nuestro proprio caletre en
pendencias y guerreaciones necias que no nos va ni nos viene, y sin
para qué? ¿Quiere v. m. que salga algun Barrabas de caballero que,
habiendo estado muy descansado y regalado en esta ciudad él y su
caballo, y queriendo her batalla con nosotros, que venimos cansados,
y con Rocinante, que de puro molido no puede comer bocado, permita
la misericordia de Dios que nos venza, y demos con toda nuestra
caballeria en casa de Judas? ¿No será mejor, ya que tal intente, pedir
licencia al alcalde deste lugar para poner estos papeles, puesto me
veo ya desta hecha en cuatro mil peligros, desastres y desventuras?
Don Quixote le dixo: ¡Oh necio, oh pusilanime, oh cobarde! ¿Y eres tú
el que piensas recebir el orden de caballeria en Madrid con publico
honor, en presencia de la sacra, cesarea y real magestad del Rey
nuestro señor? Pues sabete que no es la miel para la boca del asno, ni
el orden de caballeria se suele ni puede dar sino á hombres de brio,
animosos, valientes y esforçados, y no á golosos ni pereçosos como tú.
Ve luego, y haz lo que te digo sin más replica. Sancho, que vió tan
enojado á su amo, calló y fuese, maldiziendo mil vezes á quien con él
le habia juntado; y compró en casa de un çapatero un cuarto de engrudo,
y llevandolo puesto sobre la suela de un çapato viejo, se fué á la
plaça, en la cual, como era sobre tarde, estaban algunos caballeros
y hidalgos y otra mucha gente tomando el fresco con el Corregidor.
Llegose Sancho sin dezir palabra á nadie á la Audiencia, y començó á
pegar en sus mismas puertas un papelon de aquellos; pero un alguacil
que estaba detras del Corregidor, viendo fixar á aquel labrador en
la Audiencia un cartel de letras gordas, pensando que fuesen papeles
de comediantes, se le llegó diciendo: ¿Que es lo que aqui poneis,
hermano? ¿Sois criado de algunos comediantes? Respondió Sancho: ¿Que
comediantes ó que nonada? Esto que aqui se pone, majadero, no es para
vos; que más alto pica el negocio; para aquellos de las capas prietas
se haze, y mañana lo vereis. Leyó el cartel el alguacil confuso, y
volviendose luego á Sancho, que estaba alli junto poniendo otro en un
poste, le dixo: Ven acá, hombre del diablo, ¿quien os ha mandado poner
aqui estos papelones? Respondió Sancho: Llegaos vos acá, hombre de
Satanas; que no os lo quiero dezir. A las porfias y vozes que Sancho y
el alguacil daban se volvieron el Corregidor y los que con él estaban,
y preguntando qué era aquello, llegó el alguacil diziendo: Señor,
aquel labrador anda, fixando por la plaça unos carteles en que desafia
no sé quien á batalla á todos los caballeros desta ciudad. ¡Desafios
pone! dixo el Corregidor. Pues ¿estamos ahora en carnestolendas?
Andad y traednos un papel de aquellos: veremos qué cosa es; no sea
algun dislate que llegue á oidos del Obispo antes que tengamos acá
noticia dél. Llegó el alguacil, y quitó el primero que halló fixado
en un poste, para llevarle al Corregidor; lo cual visto por Sancho,
se encendió en tanta colera, que se fue para él con un guijarro en
la mano, diziendo: ¡Oh sandio y descomunal alguacil! por el orden de
caballeria que mi amo ha recebido, que si no fuera porque tengo miedo
de ti y dese rey que traes en el cuerpo, te hiziera que pagaras con
la primer pedrada todas las alguacilerias que hasta aqui has hecho,
para que otros tales como tú y la puta que te parió, no se atrevieran
de aqui adelante á semejantes locuras. Como vió el Corregidor aquel
labrador con la piedra en la mano para tirar al alguacil, mandó que
le prendiesen y llevasen alli en su presencia. Llegaron media dozena
de corchetes á hazello, y él con su guijarro en la mano no se dexaba
asir de ninguno; pero cuando vió que el negocio iba de veras y que
ya desenvainaban las espadas contra él, soltó la piedra, y puesta
la caperuça sobre las dos manos, començó á dezir: ¡Ah señores! por
reverencia de Dios, que me dexen ir á dezir á mi amo como unos follones
y malandrines no me dexan poner los papelones del desafio; que veran
como viene hecho un cisne encantado y no dexa ningun pagano dellos á
vida. Los corchetes, que no entendian aquel lenguaje, tenian á Sancho
agarrado delante del Corregidor mientras acababa de leer el papel; y
cuando lo hubo leido, le comunicó con todos los circunstantes, que le
celebraron infinito; y vuelto á Sancho, le preguntó: Veni acá, buen
hombre; ¿quien os ha mandado poner estos papelones en la Audiencia?
porque á fe de hidalgo, que os ha de costar á vos y á quien os ha
enviado á fixarlos, más caro que pensais. ¡Ah desventurada de la madre
que me parió y del ama que me dió leche! dixo Sancho. Señor, mi amo,
que mal siglo haya, me los ha mandado poner; y bien se lo dezia yo, que
no tuviesemos guerreaciones en esta tierra hasta que primero hubiesemos
muerto aquel gigantazo del rey de Chipre, adonde habemos de llevar
á la señora reina Zenobia: sueltenme; que les juro, á fe de Sancho
Pança, que iré á dezirle corriendo lo que pasa, y veran como se viene
él aqui por sus pies ó por los de Rocinante, á hazer una carniceria
tal, que jamas otra como ella se haya oido ni visto. Preguntole el
Corregidor: ¿Como se llama tu amo? Sancho le respondió que su proprio
nombre era Martin Quijada, y que el año pasado se llamaba don Quixote
de la Mancha, y por sobrenombre el Caballero de la Triste Figura; pero
que hogaño, porque ya habia dexado á Dulcinea del Toboso (ingrata
causa de la excesiva penitencia que habia hecho en Sierra-Morena, si
bien despues mereció en premio della la conquista del precioso yelmo
de Mambrino), se llamaba el Caballero Desamorado. ¡Bueno por Dios!
dixo el Corregidor; y vos ¿como os llamais? Yo, señor, respondió él,
hablando con perdon de las barbas honradas que me oyen, me llamo Sancho
Pança, que no debiera, escudero feliz del referido caballero andante,
natural del Argamesilla de la Mancha, engendrado y nacido de mis padre
y madre, y bautizado por el cura. ¿Como lo fuerais si dixerades que
erais hijo de asno y bestia? respondió lleno de risa el Corregidor,
mandando juntamente al alguacil y corchetes que le llevasen á la
carcel, y echasen dos pares de grillos hasta que se informase de todo
el caso; y hecho esto, fuesen luego por todas las posadas del lugar, y
buscasen el amo de aquel labrador y se le traxesen alli. Llevaron al
desgraciado Sancho al punto á la carcel; y las cosas que hizo y dixo
por el camino y cuando se vió en ella y que le echaban dos pares de
grillos, no hay historiador, por diligente que sea, que las baste á
escribir; pero entre otras muchas simplicidades que se cuentan dél, es
que, cuando se los hubieron echado, dixo: Tornenme, señores, á quitar
estos demonios de trabas de hierro; que no puedo andar con ellas, y no
tenian para qué ponermelas, porque yo las diera por muy bien recebidas
sin que tomaran este trabajo. En dexandole en la carcel, se le llegaron
tres ó cuatro picaros que alli habia presos, con ciertos cañutillos
de piojos en las manos; y como le vieron simple, pareciendoles sano
de Castilla la Vieja, y viendo por otra parte que á cada paso daba
de ojos con los grillos, y que de ninguna manera sabia andar con
ellos, le echaron por lo descubierto del pescueço más de cuatrocientos
piojos, con que le dieron bien de rascar y sacar todo el tiempo que
en la carcel estuvo; y como ellos le daban tanta pesadumbre, no hazia
sino lamentarse de su fortuna y de la hora en que habia conocido á
don Quixote. Mesabase las barbas, despidiendose ya de su muger, ya
del rucio, ya de Rocinante; y obligado de la gran pesadumbre que los
grillos le daban, dixo á uno de aquellos moços: ¡Ah señor picaro! Asi
Dios le dé la salud cual el contento que muestra de mi trabajo, que
me quite esas cormas, que no me dexan remecer; y si esta noche las
tengo en los pies, no podré de ninguna manera pegar los ojos. Llegó
un moço del carcelero que le oyó, y dixo: Hermano, como vos deis un
real á mi amo, os los quitará por esta noche, para hazeros, placer y
buena obra. En oyendo esto, sacó Sancho de la faltriquera una bolsilla
de cuero, en la cual tenia seis ó siete reales; para el gasto que
aquella noche se habia de hazer en el meson; de la cual sacó un real
de plata, y se le dió al moço, con que al punto le quitó los grillos.
Cuatro ó cinco de aquellos presos, que eran aguilas en hallarse las
cosas antes que las perdiesen los dueños, mirando bien adonde habian
visto poner la bolsa á Sancho, se concertaron, y llegandose uno dellos
á él, le abraçó diziendo: ¡Ay, buen hombre, y como nos holgamos que
os hayan quitado aquellos malditos grillos! Por muchos años y buenos.
Y con esto guió la mano con tanta sutileza camino de la faltriquera,
que sin errar el golpe ni ser sentido le sacó della la bolsa; pero
procedió, hecho el lance, como liberal y honrado, pues le convidó á su
misma costa á unos barquillos, fruta y vino, en que gastó el dinero.
Mas volviendo á don Quixote, como viese que Sancho tardaba tanto en
poner los papeles por los cantones, sospechando lo que podia ser, se
entró en la caballeriza, y con toda presteza ensilló á Rocinante, y
subiendo en él con su adarga y lançon, caminó para la plaça; y como
entrase en ella muy paso á paso, acompañado de muchachos, y fuese visto
por el Corregidor, y todos los que con él estaban se admirasen de ver
aquella fantasma armada y circuida de gente, llegandose todos para
ver su pretension ó lo que hazia, oyeron que don Quixote, concebiendo
que estaba rodeado de principes, sin hazer cortesia á nadie, fixando
el cuento del lançon en tierra, les començó á dezir con gravedad. ¡Oh
vosotros, infanzones, que fincasteis de las lides, que no fincarades
ende! ¿Non sabedes por ventura que Muça y don Julian, magüer que el
uno moro y el otro á mi real corona aleve, las tierras talan por mí
luengo tiempo poseidas, y que fincar ademas piensan en ellas? Tan
cuellierguidos estan con las vitorias que asaz contra razon han ganado,
fugiendo nosotros de sus airadas fazes, non faziendo la resistencia que
á tales infanzones y homes buenos atañen, non considerando las cuitas
de nuestras fembras, ni los muchos desaguisados y fuerças que aquestos
mal andantes, con infinitos tuertos, cuidan fazer en pro de Mahoma y
en reproche de nuestra fe, fablando cosas non dezideras, llenas de mil
sandezes. ¡Erguid, erguid pues vuestras derrumbadas cuchillas! salga
Galindo, salga Garcilaso, salga el buen Maestre y Machuca, salga
Rodrigo de Narvaez. ¡Muera Muça, Zegri, Gomel, Almoradi, Abencerraje,
Tarfe, Abenamar, Zaide, mejor para cazar liebres que para andar en las
lides! Fernando soy de Aragon, doña Isabel es mi amantisima esposa y
reina; desde este caballo quiero ver si hay entre vosotros alguien tan
valiente,
Que me traiga la cabeça
De aquel moro renegado
Que delante de mis ojos
Ha muerto cuatro cristianos[23].
[23] Como prosa, en el original.
Fablad, fablad; non estedes mudos; que quiero ver si en esta plaça
se topa entre vosotros home que, teniendo sangre en el ojo, sepa
volver por su dama, contra la grande fermosura de la reina Zenobia que
conmigo traigo, la cual por sí sola es bastante como yo sé por luenga
experiencia, á daros bien que hazer á todos juntos y á cada uno por
sí: por tanto dadme luego la respuesta; que uno solo soy y manchego,
que para cuantos sois basta. El Corregidor y cuantos con él estaban,
que semejantes razones oyeron dezir á don Quixote, no sabian á qué
las atribuir ni qué responderle á ellas. Mas quiso Dios que, estando
en esta confesion, llegasen á la plaça dos hidalgos mancebos de la
ciudad, y viendo el estado y corrillo que hazian al hombre armado toda
aquella gente y el Corregidor, llegandose á ellos, el uno le dixo: Han
de saber vs. ms. que el armado que miran ha dias que me causó la misma
admiracion que á todos les causa; porque habrá como un mes, poco más
ó menos, que pasó por aqui con el mismo traje que le ven, y posó en
el meson del Sol, do viendole yo, y aqui el señor don Alfonso, á la
puerta, llegamos á hablarle, y de sus palabras coleximos que es loco
ó falto de juizio; porque él nos dixo tantos dislates, y con tales
afectos y visajes, ya del imperio de Trapisonda, ya de la infanta
Micomicona, ya de las inmensas heridas que en diferentes batallas
habia recebido, y de quien habia salido curado por el milagroso
balsamo de Fierabras, que jamas le podimos acabar de entender; pero
informandonos de un labrador harto simple que traia consigo y él
le llamaba su escudero, nos dixo como su amo era de un lugar de la
Mancha, hidalgo muy honrado y rico y muy amigo de leer libros de
caballerias, y por imitar los antiguos caballeros andantes habia dos
años que andaba de aquella manera; y con esto nos contó muchas cosas
que le habian sucedido á él y á su amo en la Mancha y Sierra-Morena;
de lo cual quedamos maravillados sin saber á qué poderlo atribuir,
sino solo á que el triste se habria desvanecido leyendo libros de
caballerias, teniendolos por autenticos y verdaderos: ansi que, de
cuanto aqui dixere no hagan vs. ms. caso; antes, si quieren gustar
dél, preguntemosle algo, y veran como habla con tal reposo, que parece
algun gran principe de los antiguos; y lea v. m., señor Corregidor,
las letras que trae en la adarga, que son tan ridiculas, que confirman
bastantemente cuanto he dicho. Oyendo esto el Corregidor, volvió la
cabeça, y llamando á un alguacil, le mandó fuese volando á la carcel,
y que, sacando della y de las prisiones en que estaba aquel labrador
que poco ha habia llevado á ella por su orden, se lo traxese suelto á
su presencia; y volviendose á don Quixote, que estaba aguardando la
respuesta lleno de coraje, le dixo: Señor caballero, yo el emperador y
todos estos duques, condes y marqueses que conmigo estan, agradecemos
mucho á v. m. su buena venida á esta corte, pues merecemos tener en
ella hoy la flor de la caballeria manchega y el desfazedor de los
agravios del mundo: por tanto, respondiendo á la su demanda, dezimos
que ninguno se atreve á entrar en batalla con v. m., porque su valor
es conocido y su nombre es manifiesto en este imperio, como lo es en
todos los del universo; y asi nos damos por vencidos y confesamos la
hermosura desa señora reina que dize. Solo pedimos á la su merced
sea servido de nos la hazer quedandose en esta corte quinze ó veinte
dias, en los cuales toda ella le servirá y regalará, no conforme v.
m. mereze, sino segun nuestra posibilidad permitiere; y tenga v. m.
por bien que yo y todos estos principes vamos á ver á su casa á esa
señora reina, para que, mereciendo besarle las manos, le ofrezcamos
nuestras vidas y haciendas. Don Quixote le respondió: Señor emperador,
de hombres sabios y discretos es arrimarse siempre al mejor y más
sano consejo; y asi vs. ms., como tales, reconociendo el valor de mi
persona, la fuerça de mi braço y la razon que llevo en defender la
grandisima fermosura de la reina Zenobia, han dado en la cuenta y
caido en el punto de la verdad; no como otros fieros jayanes, que,
fiandose del furor de sus indomitos coraçones y de las fuerças de sus
braços y de los filos de sus cortadoras espadas, han presumido como
locos entrar en batalla conmigo; pero ellos han llevado, y llevaran
cuantos los imitaren, el justo pago que merecieron sus sandezes y locas
arrogancias: por tanto, respondiendo á lo que vuesa serenidad y esos
potentados me piden, de que les honre con mi persona esta corte por
quinze dias, digo que no lo puedo hazer por agora de ninguna manera,
porque tengo aplaçada una fiera batalla para la corte del rey Catolico,
contra el arrogante y membrudo gigante Bramidan de Tajayunque, rey de
Chipre, y se acerca el plaço della; pero en acabandola, doy palabra
á todas vuesas altezas que, no estorbandolo otra alguna importante y
nueva aventura, como suele suceder muchas vezes, volveré á visitarles
y á ennoblecer este grandioso imperio con mi persona. Estando en estas
platicas, llegó el alguacil con el bueno de Sancho, el cual, como
viese á don Quixote en medio de tanta gente, se llegó á él diziendo:
¡Ah señor don Quixote! ¿no sabe ¡cuerpo non de Dios! como vengo de
pasar una de las más terribilisimas aventuras que el Preste Juan de
las Indias, ni el rey Cuco de Antiopia, ni cuantos caballeros andantes
se crian en toda la andantesca provincia pueden haber pasado? Ello es
verdad que unos estantiguos ó picarones que estaban alli presos me han
hurtado la bolsa por arte de encantamiento, y echado por el pescueço
abaxo invisiblemente más de setecientos mil millones de piojos; pero
á fe que quedan buenos, pues los dexo acomodados como ellos merecen,
para que otros tales no se atrevan á tal de aqui adelante con escuderos
tan andantes y de estofa como yo, sino que tomen exemplo, y viendo la
barba de su amigo remojar, echen la suya á quemar. ¡Oh mi Sancho! dixo
don Quixote: ¿que has habido y que te ha sucedido con esos malandrines
y ladrones que dizes? Cuentamelo, con el castigo que les has dado.
¿Disteles acaso á todos de palos? Peor, dixo Sancho. ¿Cortasteles
las cabeças? Peor, respondió él. ¿Partistelos por medio? Peor hize,
respondió. ¿Hiziste sus carnes tajadas muy pequeñas, para echarlas á
las aves del cielo? Peor, replicó Sancho. ¿Pues que castigo, dixo don
Quixote, les diste? El castigo, añadió Sancho, que les di (¡ay pobres
dellos, y cuales quedan!), que començamos á jugar al que es cosa y
cosa, y cuando hubieron dicho todos, les pregunté yo: ¿Qué es cosa y
cosa que parece burro en pelo, cabeça, orejas, dientes, cola, manos
y pies, y lo que más es, hasta en la voz, y realmente no lo es? Y no
me supieron jamas dezir que era la burra. ¡Mire v. m. si les paré
buenos, pues de corridos quedan hechos unas monas, sin saber qué les
ha sucedido! Y aun si no me llamara tan por la posta aqui el señor
alguacil, yo les dexara como nuevos con otra pescuda que tenia ya en
el pico de la lengua. Rieronse todos los que la simpleza de Sancho
oyeron; pero don Quixote, sin hazer caso della, haziendoles señas con
las manos les dixo que cuantos quisieren ver y besar las hermosisimas
manos de la reina Zenobia, se fuesen tras él. Hizieronlo todos asi,
yendo siempre por el camino el Corregidor hablando con Sancho, y riendo
mucho de las boberias que dezia. Llegaron pues al meson del Sol, y
entrando delante don Quixote, baxó de Rocinante, y llamando á Barbara
por su nombre de invictisima reina Zenobia, salió luego ella de la
cocina, donde estaba, con una capa vieja del huesped por saya; porque,
como arriba queda dicho, habia quedado la pobre en el bosque en camisa,
y faltabale el reparo que le habia hecho el manto del ermitaño, y
despues el de la ropa vieja de la muger del mesonero, que hasta alli
la habia traido. Apenas la vió don Quixote, cuando con grande mesura
le dixo: Estos principes, soberana señora, quieren besar las manos á
vuesa alteza. Y entrandose tras esto con Sancho en la caballeriza para
hazer desensillar y dar de comer á Rocinante, salió ella á la puerta
del meson con la figura siguiente: descabellada, con la madeja medio
castaña y medio cana, llena de liendres y algo corta; por detras la
capa del huesped, que diximos, traia atada por la cintura en lugar
del faldellin: era viejisima y llena de agujeros, y sobre todo tan
corta, que descubria media pierna y vara y media de pies llenos de
polvo, metidos en unas rotas alpargatas, por cuyas puntas sacaban
razonable pedazo de uñas sus dedos; las tetas, que descubria entre
la sucia camisa y faldellin dicho, eran negras y arrugadas, pero tan
largas y flacas, que le colgaban dos palmos; la cara trasudada y no
poco sucia del polvo del camino y tizne de la cocina, de do salia; y
hermoseaba tan bello rostro el apacible lunar de la cuchillada que se
le atravesaba: en fin, estaba tal, que solo podia agradar á un galeote
de cuarenta años de buena boya. Apenas hubo salido de la puerta,
obligada de las vozes de su bienhechor don Quixote, cuando, viendo
en ella al Corregidor, caballeros y alguaciles que le acompañaban,
quedó tan corrida, que se quiso volver á entrar; más detuvola el
Corregidor diziendole, disimulando cuanto pudo la risa que le causó
el verla: ¿Sois vos acaso la hermosa reina Zenobia, cuya singular
hermosura defiende el señor don Quixote el manchego? Porque si sois
vos, él anda muy necio en esta demanda, pues con sola vuestra figura
podeis defenderos, no digo de todo el mundo, pero aun del infierno;
que esa cara de requiem y talle luciferino, con ese resguiño[24] que
le amplifica, y esa boca tan poco ocupada de dientes cuanto bastante
para servir de postigo de muladar á cualquier honrada ciudad, y esas
tetas carilargas, adornadas de las pocas y pobres galas que os cubren,
descubren que más pareceis criada de Proserpina, reina del estigio
lago, que persona humana, cuanto menos reina. Turbada la triste Barbara
de oirle, y sospechando que la querria llevar á la carcel, porque acaso
habia sabido el mal trato de hechicera que, como abaxo diremos, habia
usado en Alcala, le respondió llorando: Yo, mi señor Corregidor, no soy
reina ni princesa, como este loco de don Quixote me llama, sino una
pobre muger natural de Alcala de Henares, llamada Barbara, que siendo
engañada por un estudiante, me sacó de mi casa, y á seis ó siete leguas
de Sigüença me dexó desnuda y desbalijada como estoy, atada de pies y
manos á un arbol, y me llevó cuanto tenia y quiso Dios que estando en
tal conflito, pasaron por junto de aquel pinar este don Quixote y el
labrador que le sirve de escudero, y me desataron, trayendome consigo
y prometiendome volver á mi tierra. Como el Corregidor le oyó dezir
que era de Alcala, llamó á un pajecillo suyo que detras dél estaba, y
dixo á Barbara: ¿Veis aqui este muchacho que ha venido de allá no ha un
mes? El paje, mirandola bien, la conoció, y dixo: ¡Valate el diablo,
Barbara de la cuchillada! ¿quien te ha traido á Sigüença? Su amo le
preguntó si la conocia, y él respondió que sí, y que era mondonguera en
la calle de los Bodegones de Alcala, con fama de harto espesa, y que
habia dos meses que la habian puesto á la puerta de la iglesia de San
Yuste en una escalera, con una coroça por alcahueta y hechicera; y que
se dezia por Alcala sabia bravamente de revender donzellas destrozadas
por enteras, mejor que Celestina. Como ella oyó lo que el paje dezia y
vió que se reian todos, le respondió con mucha colera, diziendo: Por
el siglo de mi madre, que miente el picaro desvergonçado; que si me
pusieron en la escalera, como dize, fue por invidia de unas bellacas
vecinas que yo tenia; cuanto y más, que por hazer bien á ciertos amigos
que me lo rogaron me vino todo ese mal. Pero á fe que no podran dezir
de mí otra cosa, pues no estuve alli por ladrona, como otras que sacan
á açotar cada dia por esas calles: por hazer bien, sea Dios alabado.
Y començó á llorar tras esto, al compas que los demas á reir. Salió
luego don Quixote; y como la vió llorando de aquella manera, le asió
de la mano, diziendola: Non vos cuitedes, fermosisima é poderosa reina
Zenobia; que asaz seria yo mal andante caballero si non vos fiziese tan
bien vengada de las sandezes de aquel estudiante y de las alevosias
que vos han fecho, que podais dezir sin reproche que si sois fermosa
fembra, que tambien el caballero que desfizo tal tuerto es uno de
los mejores del mundo. Y volviendose el Corregidor y á los que con
él venian, les dixo: Soberanos principes, yo me parto mañana para
la corte; si por algun tiempo, como suele suceder, algun caballero
tartaro ó rey tirano viniere á quereros perturbar la paz, cercando con
su fuerte exercito esta vuestra imperial ciudad, y llegare á teneros
tan apretados y puestos en tal extremo, que os vieredes compelidos,
por la grandisima hambre y falta de bastimentos en duro cerco á comer
los hombres, los caballos, jumentos, perros y ratones, y las mugeres
sus amados hijos, enviadme á llamar do quiera que estuviere; que os
juro y prometo por el orden de caballeria que recebi, de venir solo y
armado como veis, y entrar por el campo del pagano, de noche, haziendo,
en dos ó tres dellas, en él una espantosisima riça, pasando en la
ultima dellas, á fuerça de mi braço, por medio de todo el exercito del
contrario, y entrando, á pesar de sus centinelas, escaramuças y armas,
en la ciudad, de la cual luego saldreis todos con mucha alegria, al
son de una suave musica, á recebirme, acompañados de muchas hachas, y
estando las ventanas llenas de luminarias y de asombrados serafines
de mi valor, más hermosos todos que las tres bellas damas que vió
desnudas el venturoso Paris en el monte Ida, siendo imposible contener
sus regaladas vozes y dexar de dezirme: ¡Bien venga el valentisimo
caballero! Y porque no sé si será entonzes mi apellido del Sol, ó
de los Fuegos, ó de la Ardiente Espada, ó del Escudero Encantado,
no aseguro el que me daran; pero sin duda sé que al que me dieren
añadiran: Bien venga el deseado de las damas, el Febo de la discrecion,
el norte de los galanes, el açote de nuestros enemigos, el libertador
de nuestra patria, y finalmente, la fortaleça de nuestros muros.
Tras lo cual me llevará el Rey á su real casa, do regalandome él y
sirviendome sus grandes, y sobre todo, recuestandome importunamente
su hija, unica en sucesion y más en beldad y prudencia; dando exemplo
al mundo, y á los caballeros andantes que en él me sucedieren, de
continencia, cortesia y fuerças, emplearé las mias en atropellar los
nuciales deleites que toda la corte y la misma infanta me ofreceran,
obligado de algun benevolo planeta que para mayores y más grandiosas
empresas me llamará, en gloria de los dichosos coronistas, y más de
mi grande amigo Alquife, uno de los mayores sabios del mundo, que con
ellos merecerá en los siglos dorados que estan por venir, historiar
mis invencibles hechos. Salió en esto muy aprisa de la cocina Sancho
diziendo: Venga v. m., señor, pesia á cuantos historiadores han tenido
todos los caballeros andantes desde Adan hasta el Antecristo (que
mal siglo le dé Dios al muy hijo de puta); que es tarde, y dize el
mesonero que tiene, para v. m. y la reina Zenobia, asada á las mil
maravillas con ajos y canela una hermosisima pierna de carnero; y si
se tarda, temo no se vuelva en pierna de carbon, segun se va poniendo
ya dura, de cansada de aguardarnos. Fueronse, en oyendo el recado, el
Corregidor y los que con él venian llenos de risa y asombro, unos de
oir los dislates del amo y simplicidades del escudero, y otros de ver
el estraño genero de locura del triste manchego, efeto maldito de los
nocivos y perjudiciales libros de fabulosas caballerias y aventuras,
dignos ellos, sus autores, y aun sus letores, de que las republicas
bien regidas igualmente los desterrasen de sus confines; pero de lo que
más se fueron admirados, era de ver la facilidad que tenia don Quixote
en hablar el lenguaje que antiguamente se hablaba en Castilla en los
candidos siglos del conde Fernan Gonçalez, Perançules, Cid Ruiz-Diaz, y
de los demas antiguos. Cenaron don Quixote, la reina Zenobia y Sancho
con grande gusto, los dos por la buena cena y hambre con que llegaron á
ella, y don Quixote por la vanagloria con que quedó de ver el aplauso
con que á su parecer le habian recebido los principes de aquella
ciudad; y despues de cena, llamando al mesonero, dixo le traxese alli
un ropavejero, porque queria comprar luego un curioso vestido para
la reina Zenobia; y diziendole el mesonero que era imposible hazerlo
entonzes, por ser ya muy tarde, pero que en amaneciendo se levantaria y
le iria á buscar, se fueron á acostar cada uno en su aposento.
[24] Así en la edición original. Pero creemos que debe leerse
_rasguño_.
_Aqui da fin la sexta parte del
ingenioso hidalgo, don Quixote
de la Mancha_