Como don Quixote salió de Çaragoça para ir á la corte del rey Catolico
de España á hazer la batalla con el rey de Chipre.
Atormentaron tanto las traças de la desvanecida fantasia del desamorado
manchego su triste juizio y desvelado sosiego, que cuando empeçaban
sus ojos á tomar alguno á la madrugada, tocaron al arma de tal suerte
las fantasmas de los dislates quimereados en el sentido comun, que
siendolo en todos sus miembros la alteracion que por esta causa, y la
que dió con ella un sueño que tuvo de que habia entrado por traicion
en aquel castillo el soberbio Bramidan para matarle con ella más á su
salvo, cogiendolo descuidado, se levantó furiosisimo en su busca, como
si realmente supiera que estaba en casa, y con la vehemente aprension y
colera desto iba diziendo: Espera, traidor; que no te valdran traças,
estratagemas, embustes ni encantamientos para librarte de mis manos. En
esto se puso la celada, peto y espaldar, y tomando la adarga y lançon,
iba mirando por todas partes. Salió luego á la sala, en la cual vió
claridad que salia por la puerta de un aposentillo; que por amanecer
ya y estar la ventanilla dél entreabierta, entraba la primera luz de
la clara aurora por ella. Entrose ciego de rabia en el dicho aposento,
y quiso la desgracia que era el en que dormia el triste Sancho; y como
se habia acostado cansado y tarde, habiase dormido medio cubierta
la cabeça, junto á la cual se habia dexado el grande guante que le
habia él mesmo encomendado, y era el gaje del desafio que el rey de
Chipre Tajayunque habia hecho con él la noche antes. Antojosele á don
Quixote, en viendo el guante, que era el compañero del que él habia
dado en guarda á Sancho, y que el que dormia era el mismo gigante,
que, de cansado de escalar el castillo por la ventana, se habia echado
á reposar hasta hallar ocasion de poder executar lo que pensaba, á su
salvo, con muerte del mismo don Quixote. Con esta quimera, pues, le dió
luego con el lançon un terrible porrazo en las costillas, diziendo:
Asi pagan los traidores y alevosos las traiciones que urden. Muere,
vil Tajayunque, pues lo merece hazer quien, teniendo tales enemigos
como tú en mi tienes, duerme descuidado. Despertó Sancho á las vozes y
golpe, medio aturdido, y apenas se sentó en la cama para levantarse
y ver quien le daba tan buenos dias, cuando ya don Quixote, que habia
arrojado el lançon, le dió una grande puñada en los hocicos, diziendo:
No hay que levantarte, traidor; que aqui morirás. Empeçó Sancho á
vozear, saltando de la cama lo mejor que pudo; y saliendo á la sala,
dezia: ¿Que haze, señor? que ni yo he escalado el castillo ni soy sino
su escudero Sancho. No eres sino Bramidan, traidor, dixo don Quixote;
que bien se echa de ver en el guante con que te he hallado, compañero
del que ayer me arrojaste cuando aplaçaste el desafio. Estaban los dos
en camisa; porque don Quixote, con la imaginacion vehemente con que se
levantó, no se puso más de celada, peto y espaldar, como queda dicho,
olvidandose de las partes que por mil razones piden mayor cuidado de
guardarse. Sancho tambien salió en camisa, y no tan entera como lo
era su madre el dia que nació: la sala estaba algo escura; y como con
esto y con la colera no acabase don Quixote de conocer á Sancho, más
porfiaba en que le habia de matar; y estaba tan terco en esto, cuanto
Sancho lo estaba en invocar santos en su ayuda, en vozear y pedir
socorro. Alborotose la casa á las vozes de ambos, que eran tantas,
que bien se podia llamar casa de locos, pues lo eran los principales
que la regocijaban; y saliendo de sus aposentos en camisa algunos
criados para apaciguar la cuestion y ver quien la movia, fue su salida
echar leña al fuego; porque en viendolos don Quixote á todos de una
librea, antojosele que eran gigantes de nuevo venidos alli por arte de
encantamiento para ayudar al encantado Bramidan; y con esta quimera
empezó á jugar del lançon por todas partes con tanto desatino, que
aqui derribaba al uno, acullá descalabraba al otro, y todo tan á su
salvo, por haber salido sin ningunas armas, que eran un juizio oir los
gritos y maldiziones de los heridos; y lo peor fue que para asegurarse
de ellos cerró tras sí el aposento de Sancho, y se puso con un lançon
en la puerta de los criados, diziendo: Veamos si todos juntos ¡oh
viles malandrines! me ganareis la famosa puente deste inexpugnable
baluarte. Levantaba Sancho las vozes al cielo, llamando á don Alvaro,
el cual, sospechando todo lo que podia ser, abriendo las ventanas de
su aposento y tomando la espada en la mano, vestido de una ropa larga
de damasco, salió con chinelas á la sala; y pasmado de las figuras que
vió, y del miedo y llanto de tres ó cuatro pajes suyos, y de ver que
don Quixote estaba echando bravatas con el guante en la mano, se puso
para apaciguar aquella tragedia al lado de Sancho, diziendo: Ea, señor
don Quixote, mueran los bellacos; que aqui estamos Sancho y yo prestos
para dar la vida en servicio de v. m. y en defensa de su honra y en
vengança de sus agravios; pero para que lo podamos hazer todo como
deseamos, refieranos v. m. luego los que ha recebido y de qué gente;
que por vida de cuanto puedo jurar, juro de tomar vengança exemplar
de sus contrarios al punto. ¿Quienes han de ser los mios, dixo don
Quixote, sino los descomunales jayanes, insolentes gigantes, que tienen
por ofizio ir por el mundo haciendo tuertos, forjando desaguisados,
agraviando princesas, ofendiendo dueñas de honor, y finalmente traçando
otras traiciones iguales á la que contra mi persona y valor habia
traçado esta noche el insolente Bramidan de Tajayunque, que por arte
de encantamiento, acompañado desos malandrines que v. m. ahi ve, habia
escalado este fuerte castillo para darme muerte á traicion, medroso de
la que tenia por cierto le daria yo esta tarde en la plaça del Pilar
si conmigo salia en la aplaçada batalla? Pero no se le han logrado sus
intentos; que por secreto aviso del sabio Lirgando, en cuyo castillo
estuve en Ateca, y por cuyas manos recebí la salud y fuerças que las
del furioso Orlando con mil desaforadas feridas me habian quitado, he
sabido que habia escalado esta fortaleça para cogerme á su salvo y
descuidado; pero estandolo él, mi buena diligencia le ha cogido con
el hurto[18] en las manos y con este guante, adorno de las suyas y
compañero del que tiene Sancho; y por ello las mias se han dado la
debida priesa y diligencia en acabar con él; y hizieralo presto si v.
m. no saliera á enfrenar mi furia en compañia de Sancho; pero debo
al uno por mercedes recebidas, y al otro por fidelisimos servicios,
toda buena correspondencia y paga. ¡A fe que me la dió, dixo Sancho,
bonisima! Tal se la dé Dios á v. m. y á sus huesos. ¿Que le deben
los mios, señor, para molermelos á palos al amanecer? que ni soy yo
Bramidan ni Parteyunques; bramidos sí que los dan todos mis miembros
al cielo, cansados de verse molidos, ya en castillos, ya por caminos y
ya en melonares. Esa es mi quexa, dixo don Quixote, hijo Sancho: ¿que
es posible que á tí te ha ahora aporreado el desaforado Bramidan? ¡Oh
perro, vil, soez y de ruin ralea, que en mi fidelisimo escudero has
puesto las manos! Por todos los doze signos del zodiaco te juro que me
lo has de pagar al momento. Iba en esto á segondar los palos en los
pajes con una furia infernal; pero baxandose por la escalera ellos, y
deteniendole don Alvaro á él, hubo de dar los golpes en vazio; y asi,
con esto y con la impaciencia de Sancho, que se daba á treinta mil
diablos de ver que su amo, despues de haberle muy bien aporreado,
echaba la culpa á Bramidan, vino á dezir á don Alvaro con mucha
humildad don Quixote: En trance tan preciso, negocio tan arduo, peligro
tan grave y suceso tan estraño, déme v. m. el consejo que le pareciere
será bien siga: que no saldré dél un punto. Más de espacio, dixo don
Alvaro, se ha de hazer la consulta de tan inaudito caso; y asi, hasta
el debido tiempo; y hasta saber con resolucion deste mal gigante, y
la que ha tomado acerca de si saldrá ó no á la plaça, me pareze debe
v. m. recogerse en su aposento, sin mostrarse en publico, para más
asegurarle; que en lo demas yo haré los ofizios que debo en buscarle y
espiarle, y lo mismo hará Sancho por su parte; que harto por contento
se debe v. m. tener por ahora de haberle ahuyentado y obligado á que
se dexase en su poder ese guante, que será perpetuo testigo asi de su
cobardia como del valor dese braço. Pareciole bien á don Quixote el
consejo; y sin mas replicar se entró en su aposento, adonde volviendose
á desarmar, se acostó muy satisfecho de la vitoria alcançada. Cerrole
la puerta don Alvaro para más asegurarle; y estandolo de que no podia
salir, llamó á los pajes, que estaban no poco desatinados de la pesada
burla; y consolandolos lo mejor que pudo, con representacion de que
no habia que hazer caso ni que quexarse de cosas de un loco, sino
guardarse dél y dellas, les mandó se vistiesen para acompañarle fuera
de la casa los que estaban menos descalabrados para poderlo hazer.
Entrose, hecho esto, en un aposento á vestirse, y mandó á Sancho
trujese en él su ropa, de aquel en que habia dormido, porque queria
le hiziese compañia y le entretuviese en él mientras se vestia, pues
podria hazer él alli lo proprio; pero estaba Sancho tan medroso, que le
dixo: V. m. perdone; que por las encias, barbas y huesos de mi rucio le
juro de no entrar más en ese aposento ni tomar la ropa que tengo en él
en todos los dias de mi vida, aunque sepa andarme en cueros; que más
valia nuestro padre Adan, y lo andaba. ¡Cuerpo de mi sayo! Habiendome
sucedido dentro lo que me ha sucedido, ¿quiere v. m. que en entrando
vuelva otra vez mi amo hecho un Roldan, y me acabe de moler por el
lado derecho, como ha hecho por el izquierdo, para igualar la sangre,
pensando que otra vez ha vuelto á revestirse en mí Parteyunques? Bonita
ha sido la burla: yo se la daré á v. m. de cuatro la una, que se ponga
en mi lugar en mi cama, y sufra de mi amo lo que yo he sufrido: harto
hago en no salirme luego de casa y dexarle; pero no quiero perder lo
que tengo ganado por mi buena lança (ó por la mala de mi amo, que
mala se la dé Dios), que es el gobierno de la primera peninsula que
conquistará, que tantos dias há me ha ofrecido. Riose don Alvaro
infinito de su simplicidad y miedo; y entrando él mismo en el aposento,
le arrojó afuera la ropa, la cual tomandola Sancho baxo el sobaco, se
entró con don Alvaro en su aposento, siguiendole y vistiendose dentro
con la misma sorna que lo iba haziendo don Alvaro; pero iba diziendo
tantas simplicidades todo el dicho tiempo, que aunque duró más de hora
y media detenerse ambos dentro, se le hizo un instante á don Alvaro.
Apenas se habia acabado de vestir y salir del aposento para tratar
de hazerlo de casa, con fin de ir á la de don Carlos á darle cuenta
de la sucedida aventura y á reir della con él, tomando ocasion para
nuevos entretenimientos del desvanecimiento de don Quixote, en materia
de tener ojeriza con Bramidan, cuando vió subir por la escalera de su
casa al secretario de don Carlos, autor de la burla primera, que venia
de parte de su amo, bien ageno desta, á tratar con él de una ida que
á la corte se le ofrecia de repente, para concluir el casamiento de
su hermana con un titular de la Camara, deudo suyo, por cartas que
para emprenderla acababa de recebir con un proprio. Holgose don Alvaro
con la nueva por ser de tanto gusto para su amigo, y tambien porque
se le ofrecia la mejor compañia que podia desear para su vuelta hasta
la corte, que pensaba hacer luego; y despues de haber hablado en este
negocio y de cosas concernientes á él, le dixo: El mayor inconveniente
que hallo para efectuar mi partida, es el no saber como desembaraçarme
de don Quixote; porque es imposible yendo con él ir con la diligencia
necesaria, pues á cada paso se les ofreceran aventuras y historias que
habran menester muchos dias para reirlas y apaciguarlas, como la que
ahora se le acaba de ofrecer, la más donosa del mundo, con que me ha
dado tanto que reir á mi como á otros que llorar:--y contandosela muy
por extenso, se hizo cruzes el secretario del disparate, y eso mismo
le dió pie para dezirle: Antes es de importancia que demos orden, si
á v. m. le parece, que pieça tan singular y que es tan de rey, entre
por nuestra industria en la corte para regocijarla; y eso habemos de
procurar todos. No holgaria yo poco, dixo don Alvaro, de que él allá
llegase, como fuese yendo por diferente camino, y no con nosotros, sino
de suerte que hiziese el viage á su modo con Sancho, de manera que
cuando llegasemos allá, ó dentro de breves dias, topasemos con él para
darle á conozer. Traça se me ofrece á mi luego, dixo el secretario,
para hazer se haga todo muy á nuestro gusto, y más ahora que él está
con la quimera de que Bramidan se le ha escapado de miedo por los pies;
y para efectuarla, dexeme v. m. disfraçar y poner en trage de negro;
que con él entraré delante de todos los de casa á darle un recado,
como criado del mismo Bramidan, desafiandole con él de su parte, para
que dentro de cuarenta dias, so pena de cobarde, se presente en la
corte á ejecutar en ella la batalla y desafio aplaçado, atento que
no tiene para él por seguro este lugar, donde tiene tantos amigos,
padrinos y aficionados. Pareció tan aguda la invencion á don Alvaro,
que alabando por ella al secretario, le rogó se entrase luego en su
aposento para hazer el disfraz de la suerte que mejor le pareciese.
Hizolo asi en un instante, porque halló muy á mano en él cuanto podia
desear para el efeto. Disfrazado pues y salido á la sala, llamó don
Alvaro á todos sus criados, con uno de los cuales envió á sacar de la
cocina tambien á Sancho, que ya estaba en ella dando buenos dias á
sus tripas con lo que le habia ofrecido el cocinero coxo, compadecido
en parte de la lastima con que le habia contado los palos que su amo
le habia dado porque por ilusion del demonio le habia topado en su
cama en figura de Bramidan; y subido él y puesto al lado dellos, que
no sabiendo el misterio, estaban pasmados de ver aquel hombre vestido
con una ropa de terciopelo negro, y debaxo della una calça de color de
obra, con bonete muy adereçado de camafeos y plumas, cargado el cuello
de cadenas y joyas, con dorados tiros y espada, grande cuello, y el
rostro tiznado todo, y lo mesmo las manos, llenos sus dedos de sortijas
y anillos, y estaba en fin tal, que parecia un rey negro de los que
pintan en los retablos de la Adoracion, dixo don Alvaro: Ahora que hay
testigos, y tan abonados, podreis, noble mensagero, dezir quien sois
y lo que quereis. Al invicto principe manchego don Quixote, replicó
el secretario, busco, á quien traigo una importante embaxada, y sé
que posa en este gran palacio. Si posa, añadió don Alvaro, y en este
cuarto le podreis hablar. Y abriendo luego la puerta del aposento de
don Quixote, le entró en él con todos los demas, diziendo: Aqui tiene
v. m., señor don Quixote, un embaxador de no sé que principe:--y dicho
esto, levantó don Quixote la cabeça, y visto el negro, le preguntó
que embaxada tenia y de parte de quien, diziendo todo esto con voz
desentonada. El secretario respondió: ¿Eres tu por ventura el Caballero
Desamorado? Ese soy yo, replicó don Quixote: ¿que es lo que quieres?
Caballero Desamorado, dixo luego con grande boato el secretario,
Bramidan de Tajayunque, rey potentisimo de Chipre y señor mio, me envia
á tí, principe, para que te haga saber como se le ha ofrecido cierta
aventura de ayer acá en la corte del rey de España, á la cual no puede
dexar de acudir luego; y en parte huelga dello, por sacarte para el
desafio en la plaça mayor de Europa, y donde tengas menos padrinos
que tendrias en la desta ciudad; para aquella pues te desafia y reta,
con plaço de que vayas de comparecer en ella armado de todas armas
dentro de cuarenta dias; que alli quiere probar si todas las cosas
que el mundo publica y dize de tí son verdaderas, pues confirmará tu
opinion el animo que mostrares en no faltar á tan precisa obligacion y
justo reto: donde no, irá por todos los reinos y provincias del orbe
publicando tu cobardia y la poca opinion que mereces por eso: ocasion
se te ofrece de aumentarla, lo que no creo que hagas, peleando con un
principe de las fuerças que tiene mi rey, y en puesto en que, saliendo
con vitoria, seran la nobleza de España testigos de como quedas por
legitimo rey y señor por la fuerça de tu invencible espada, del
ilustre y ameno reino de Chipre, en el cual podrás hacer gobernador de
Famagusta ó Belgrado, que son las dos principales ciudades suyas, á un
fiel escudero que me dizen tienes, llamado Sancho Pança, proprio por
su buen natural y escuderil vigilancia, para regirlas, pues en ellas
se crian los fertiles arboles que producen las sabrosas albondiguillas
y dulces pellas de manjar blanco. Sancho, que habia estado escuchando
al mensagero, haziendosele la boca agua de oir nombrar albondiguillas
y manjar blanco, le dixo: Digame, señor negro (¡asi tales pascuas le
dé Dios como él tiene la cara!), esas dos benditas ciudades de Buen
grado y Fambre ajusta ¿estan pasado más allá de Sevilla y Barcelona ó
desta otra parte hazia Roma y Constantinopla? que daria un ojo de la
cara porque nos partiesemos luego para ellas. ¿Por ventura, dixo el
secretario, sois vos el escudero del Caballero Desamorado? El entonzes,
poniendose muy derecho, haziendo piernas y adereçandose los bigotes,
le dixo con voz arrogante, soñandose ya por gobernador de Chipre:
Soberbio y descomunal escudero, yo soy ese por quien preguntas, como
se echa de de ver en mi filosomococia. Aqui se le agotó á don Alvaro
todo el sufrimiento de disimulacion que habia tenido, y hubo de volver
el rostro diziendo: ¡Oh mi don Carlos, y que paso te pierdes! Disimuló
cuanto pudo con todo eso la risa, y prosiguió el secretario diziendo:
Respondeme con brevedad, Caballero Desamorado, porque tengo de alcançar
al gigante mi señor, que va ya camino de Madrid con mucha prisa. Tal
se la han dado mis manos, dixo don Quixote, para no ir por la posta;
pero decidle que vaya seguro de que acudiré dentro del aplaçado tiempo;
que las mismas manos y brios me terné alli que he tenido aqui esta
madrugada; pero bien haze de dilatar la batalla cuarenta dias, para
tener siquiera esos de vida quien la ha tenido tan jugada poco ha.
Id con esto en paz, y agradeced sois mensagero, y por serlo teneis
salvoconducto, segun buenas leyes, en todas las naciones, por más
contrarias que sean; que si no, sobre mi que pagarades la traicion
de vuestro amo y el mal tratamiento que ha hecho á mi fiel escudero
cogiendole durmiendo. El secretario se despidió medio riendo, y á la
que llegaba á la puerta del aposento, le llamó Sancho, diziendo: ¡Ah
señor negro! por los palos que dize mi amo que el suyo me dió, lo cual
no creo, que me diga si el gobernador de esas ciudades, que tengo de
ser yo, es señor disoluto de todas esas albondiguillas que dize. Sí,
hermano, respondió el secretario. Pues andad con Dios, dixo Sancho; que
presto iremos allá mi señor y yo con Mari-Gutierrez, que es mi muger,
como saben Dios y todo el mundo. Bien podeis, dixo el secretario; que
tambien ha de gobernar con el que rige la tierra, la muger suya á las
mugeres de Chipre. Par diez, dixo Sancho, mi muger no sabrá gobernar
más que mi rucio; y más, que si yo me empiezo á entretener entre
aquellas alhondiguillas, no se me acordará más de la gobernaduria, que
si no naciera para ello. Fuese el secretario, y volviendose al aposento
de don Alvaro, se desnudó y lavó y volvió á vestir sus vestidos sin
que los criados lo echasen de ver; porque de industria su amo los
habia entretenido con Sancho y don Quixote, hablando de la embaxada
y haziendo mil disparatados discursos y traças sobre ella, hasta que
le pareció habria tenido tiempo el secretario de hazer lo que habemos
dicho hizo, y de volverse á su casa á dar cuenta de todo á don Carlos,
como realmente lo habia ya hecho. Desde este dia siempre daba Sancho
prisa á su amo que fuesen á Chipre, y cada mañana se levantaba con
esta oracion, hasta que le dixo don Quixote que no podia ir allá sin
matar primero en publica batalla, en la plaça de Madrid, al gran
Tajayunque, rey de aquel reino. Don Alvaro se fue á ver con don Carlos,
y á tratar asi de la partida como de los dislates de don Quixote, y de
la determinacion con que quedaba por la embaxada del negro escudero
de Tajayunque; y concertados de que se partirian ambos con los demas
caballeros granadinos amigos suyos dentro de dos dias, se volvió á casa
á dar calor á la partida de don Quixote, para desembaraçarse dél. Llegó
de vuelta á casa y habló en ella á don Quixote, y aprestaron su viage
con tanta diligencia, que poca necesidad tuvo de valerse de la suya
don Alvaro para despedirle; porque en viendole, le dixo don Quixote:
No permite mi reputacion, señor don Alvaro, que me detenga más de un
dia en esta ciudad; sino que me es forçoso salir luego della, y ir á
los alcançes de mi soberbio contrario: v. m. me tenga por excusado, si
con tan pocos cumplimientos agradezco las mercedes recebidas; pero viva
seguro de que por ellas tendrá en mí un alquitran de sus enemigos, un
rayo de sus emulos, y mil Hercules, Hectores y Aquiles en este braço
invencible, para castigar las injurias que solo con el pensamiento le
hizieron los que mal le procuraren, aunque sean los mesmos gigantes que
fundaron la torre de Babilonia, si de nuevo volviesen á resucitar solo
para ello. Y volviendose á Sancho, le dixo: Ea, Sancho, ensilla presto
á Rocinante, pues te va tanto á tí en la brevedad del negocio como á
mí, por la feliz gobernacion que esperas. Sí espero, dixo Sancho; pero
tambien nos espera abaxo una muy buena comida, y no es razon perderla,
ni hacer agravio de no comerla al cocinero coxo, mi grande amigo, que
por mi respeto me dixo denantes la ha adereçado con la mayor elegancia
y policia que pueden imaginar cuantas imagenes hay en las boticas y
tiendas de todos los pintores del nuevo mundo; y á fe que por ello le
he ya ofrecido llevar á Chipre, y helle allá rey de los cocineros y
adelantado de las cazuelas, pues es más sabio en cosas de platos, que
lo fue Platon ó Pluton, ó como diablos le llaman los boticarios. Alabó
mucho don Alvaro el parecer de Sancho, y asi, mandó poner las mesas por
su voto; que si aguardaran el de don Quixote en esta parte, jamas se
tratara de comer. Hizieronlo todos juntos con gusto luego, dandoles una
muy buena comida el cocinero, que estaba prevenido de que lo hiziese,
porque aguardaba don Alvaro nuevos convidados y de consideracion, si
bien despues se le quedó con ellos don Carlos cuando fue á visitarle,
porque ya los halló con él tratando de su partida, cuya nueva se iba
publicando. Acabado de comer, ensilló Sancho á Rocinante y armó á su
amo, el cual subiendo con lança y adarga luego á caballo, se salió de
casa con una presteza increible, despedido de don Alvaro con esperanças
de verle en la corte, adonde le habia ofrecido acudir para apadrinarle
sin falta en el desafio. Enalbardó tambien Sancho á su jumento, y
echando en sus alforjas, por mandado de don Alvaro, los relieves de pan
y carne que de la mesa habian sobrado, que no eran pocos, envueltos en
una toalla, se despidió con mil aleluyas, disparates y promesas de su
gobernacion de Chipre, de amo y criados, y tras esto cargó al rucio de
las alforjas y maleta y de sus repolludos cuartos, arreandole á prisa
para ir, como él dezia, en busca de su señor don Quixote y en alcançe
del soberbio Bramidan.
[18] En la primera edición dice, por errata, _huerto_.