CAPITULO XII

Como don Quixote y don Alvaro Tarfe fueron convidados á cenar con el

juez que en la sortija les convidó, y de la estraña y jamas pensada

aventura que en la sala se ofreció aquella noche á nuestro valeroso

hidalgo.

Acabada de jugar la sortija y de haber corrido en ella los caballeros

de dos en dos delante de toda la ciudad, desocuparon todos sus puestos,

volviendose á sus casas, por venir la noche. Para hazer pues lo mesmo,

don Alvaro asió de la mano á don Quixote, diziendole: Vamos, mi señor

don Quixote, á dar un par de vueltas por esas calles mientras se haze

hora de acudir á cenar con el señor que v. m. sabe que como juez

liberalisimo nos ha convidado esta noche. Vamos, dixo don Quixote,

donde v. m. mandare. Y sin que hubiese remedio con él de que diera

la adarga y lançon á un paje, para que, como don Alvaro queria,

lo llevase á su casa, se fue con todo este carruage acompañandole.

Llegaron á muy buena hora á la noble casa del huesped que los habia

convidado á cenar; y tomando en el çaguan un paje suyo la lança y

adarga de don Quixote, se apearon y subieron al punto al aposento de

don Carlos, que asi se llamaba el juez, el cual se levantó, con otros

caballeros amigos que tenia tambien convidados, para ir á abraçar

á don Quixote, como lo hizo, diziendole: Bien sea venido el señor

caballero andante, y con la salud que todos deseamos, como lo hazemos

tambien que para mayor alivio del trabajo pasado, se quite v. m. las

armas, pues está en parte segura y entre amigos que desean servir á

v. m. y aprender de su valor todo buen orden de milicia; que creo lo

habemos bien menester, segun lo mal que los caballeros lo han hecho

en la sortija; que si v. m. no remediara sus faltas, quedaran las

fiestas harto frias. Don Quixote le respondió: Señor don Carlos, yo

no tengo por costumbre, en ninguna parte que vaya, sea de amigos ó

enemigos, quitarme las armas, por dos razones. La primera, porque

trayendolas siempre puestas, se haze el hombre á ellas; que como dizen

los filosofos, ab assuetis non fit passio; pues la costumbre, como v.

m. sabe, convierte las cosas en naturaleza, con que ningun trabajo hay

que dé pesadumbre. La segunda, porque no sabe el hombre de quien se

ha de fiar ni lo que le puede acontecer, por ser varios los sucesos

de la guerra; y me acuerdo haber leido en el autentico libro de las

hazañas de don Belianis de Grecia, que yendo él y otro caballero

armados de todas pieças, perdidos por un bosque, llegaron á cierto

prado donde hallaron diez ó doze salvages que estaban asando un venado,

los cuales por señas les convidaron á comer dél. Los caballeros, que

llevaban no poca necesidad y hambre, viendo la humanidad que mostraban

aquellos barbaros, baxaron de los caballos, quitandoles los frenos para

que paciesen; pero ellos no se quisieron quitar las celadas, sino,

levantadas un poco las viseras, sentados en las yerbas, comieron de

una pierna del venado que los salvages les pusieron delante; y apenas

hubieron comido media dozena de bocados, cuando, concertados entre

si, en lenguage que no entendieron los forasteros, llegando pasito

por detras dos de ellos con dos maças, á un tiempo les dieron tan

fuertemente sobre las cabeças, que á no llevar puestas las celadas,

fueran sin duda fatal sustento de aquellos barbaros: con todo,

cayeron en tierra aturdidos, y ellos con grande algazara començaron

á desarmarlos; pero como no sabian de aquel menester, no hazian sino

revolverlos por aquel prado acá y acullá: de suerte que dandoles un

poco el viento, y viendo el triste estado en que sus cosas estaban,

se levantaron muy ligeramente, y metiendo mano en sus ricas espadas,

començaron á dar tras los salvages como en real de enemigos, sin dar

reves con que no hiziesen de un salvage dos, por estar desnudos. Dezia

esto don Quixote con tanta colera, que metiendo él tambien mano en

su espada, prosiguió diziendo: Dando aqui tajos, acullá cuchilladas,

aqui partian uno hasta los pechos, alli dexaban otro en un pie como

grulla, hasta que mataron la mayor parte dellos. Don Carlos le hizo

envainar, riendo con aquellos caballeros de la colera que habia tomado

contra los salvages, pues parecia que los tenia delante; y asiendole

por la mano y entrandole en otra sala, hallaron puestas las mesas para

cenar; donde volviendo la cabeça don Carlos, dixo á un paje suyo de

los que alli estaban: Id volando á la posada del señor don Alvaro,

pues ya sabeis, y llamad al escudero del señor don Quixote, Sancho

Pança, diziendole que su amo le manda se venga luego con vos, que

tambien está convidado; y no vengais sin él de ninguna suerte. Tomó el

paje la capa, fue por él al momento, y hallandole en la cocina con el

cocinero, á quien con mucha melancolia estaba contando la desgracia del

hurto de las preciosas agujetas, le dixo: Señor Sancho, v. m. se venga

conmigo al instante, porque el señor don Quixote le llama, viendo que

mi señor don Carlos no se quiere asentar á la mesa con los convidados

hasta verle á v. m. en la sala. Señor paje, respondió con mucha flema

Sancho, v. m. podrá dezir á esos señores que les beso las manos, y que

no estoy en casa, y que por esto no voy, y porque ando por la plaça

buscando un cierto negocio de importancia que se me ha perdido; pero

que si Dios me alumbra con bien para que lo halle, les doy palabra de

ir luego. Eso no, dixo el paje: v. m. ha de venir conmigo; que asi

me lo han mandado, porque es tambien convidado á la cena. Hablara yo

para mañana, respondió Sancho; que siendo asi, claro está que iré de

muy rebuena gana al punto; y á fe que me coge en tiempo que no tengo

muy mala disposicion, porque há más de tres horas que no ha entrado

en mi cuerpo cosa alguna, sino es un platillo de carne fiambre y un

panecillo que me dió aqui el señor cocinero, que Dios guarde, con que

me tornó el alma al cuerpo. Pero vamos; que no quiero hazer falta

ni que me tengan por descuidado. Fueronse ambos en diziendo esto,

despidiendose primero del cocinero. Llegaron á la sala donde estaban

ya cenando, don Carlos á la cabeçera con don Quixote á su lado, y los

demas caballeros por su orden, que serian más de veinte. Llegó Sancho

junto á su amo, y quitandose la caperuça con entrambas manos, haziendo

una gran reverencia, dixo: Buenas noches dé Dios á vs. ms. y los tenga

en su santa gloria. ¡Oh Sancho, dixo don Carlos, seais bien venido!

Pero, ¿como dezis que Dios nos tenga en su santa gloria, pues aun no

somos muertos, si no es que estos caballeros lo estén de hambre, segun

es la cena poca? aunque si es asi, su falta suplirá mi voluntad, que

es mucha. Mi señor, dixo Sancho, como para mí no hay otra gloria sino

cuando está la mesa puesta, tengola grande viendo sobre esta tantos

platos llenos de avestruzes y carne y de pastel en botes, que no puedo

tragar la saliva de contento. Tomó don Alvaro Tarfe en esto un melon

que estaba en la mesa, y le dió á Sancho diziendo: Probad, Sancho, este

melon, y si sale bueno, yo os daré su peso de carne de la deste plato.

Dabale con él un cuchillo para que le hiziese la cala, y él dixo que

no le habia ido bien en el melonar de Ateca en partir con cuchillo los

melones, y que asi le partiria, con su licencia, como los partia en su

tierra; y diziendo esto le dexó caer de golpe en el suelo, y luego le

levantó hecho cuatro pieças diziendo: Hele aqui partido de una vez á

v. m., sin andar hendo rebanadicas con el cuchillo. A fe, Sancho, dixo

don Carlos, que sois curioso, y me huelgo de vuestra discrecion pues

hazeis de una vez lo que otros no hizieran de ocho. Tomad; que por mi

os habeis de comer este capon (esto dixo dandole uno famoso que habia

en un plato), que me dizen que para hazello os ha dado Dios particular

gracia. La santa Trinidad se lo pague á v. m., replicó Sancho, cuando

deste mundo vaya. Tomó el capon, el cual estaba ya partido por sus

junturas, y espetosele casi invisiblemente. Viendo la sutileza de sus

dientes, los pajes dieron en vaziarle en la caperuça cuantos platos

alcançaban de la mesa, con lo cual se puso en breve rato Sancho

hecho una trompa de Paris; pero don Carlos, tomando un gran plato de

albondiguillas, dixo: ¿Atreveros heis, Sancho, á comer dos dozenas de

albondiguillas si estuviesen bien guisadas? No sé, respondió Sancho,

que cosas son alhondiguillas; alhondigas sí, que las hay en mi pueblo;

pero no son esas de comer, sino el trigo que está dentro, despues de

amasado. No son sino estas pelotillas de carne, dixo don Carlos dandole

el plato, el cual tomó Sancho, y una á una, como quien come un racimo

de uvas, se las metió entre pecho y espalda, con harta maravilla de los

que su buena disposicion veian; y en acabando de comerlas dixo: ¡Oh hi

de puta, traidores, y que bien me han sabido! Pardiez que pueden ser

pelotillas con que juegen los niños del limbo: á fe que si torno á mi

lugar, que en un huerto que tengo junto á mi casa he de sembrar por

lo menos un celemin dellas, porque sé que no se siembran en todo el

Argamesilla; y aun podrá ser, si el año se acierta, que los regidores

me las pongan á ocho maravedis la libra; y si es asi, no seran oidas

ni vistas. Dezia esto Sancho tan sencillamente, como si en realidad

de verdad fuera cosa que se pudiera sembrar; y viendo que todos se

reian, dixo: Solo un desconveniente hallo yo en sembrar estas, y es,

que como soy de mi naturaleza aficionado á ellas, me las comeria

antes que llegasen á madurar, si no es que mi muger me pusiese algun

espantajo para que no llegase á ellas, y aun Dios y ayuda que bastase.

¿Casado sois, Sancho, dixo don Carlos, segun eso? Para servir á v.

m., con mi muger lo soy, replicó Sancho, la cual le besa muchas vezes

las manos por la merced que me haze. Rieron todos de la respuesta, y

preguntole de nuevo don Carlos si era hermosa; á lo cual respondió:

¡Y como, cuerpo de san Ciruelo, si es hermosa! Ello es verdad que,

si bien me acuerdo, hará por estas yerbas que vienen cincuenta y

tres años, y está un poco la cara prieta de andar al sol, con tres

dientes que le faltan arriba y dos muelas abaxo; más con todo eso no

hay Aristoteles que le llegue al çapato; solo tiene que en llegando á

su poder los dos ó tres cuartos, luego los deposita en casa de Juan

Perez, tabernero de mi lugar, para llevallos despues de agua de cepas

en un jarro grande que tenemos, desbocado de puro boquearle ella con

la boca. Vuestra muger buena bebedora, dixo don Carlos, y vos siempre

con buena disposicion de comer, hareis muy buenos casados. Y alargando

la mano tras esto á un plato grande que tenia seis pellas de manjar

blanco, le dixo: ¿Habeis dexado, Sancho, algun rincon desembarazado

para comer estas seis pellas? que segun habeis comido, no tendreis

apetito dellas. Beso á v. m. las manos, dixo Sancho alargando las

suyas y tomandolas, por la que me haze; y fie de mí que me las comeré,

siendo Dios servido y su bendita Madre. Y apartandose á un lado, se

comió las cuatro con tanta prisa y gusto, como dieron señales dello

las barbas, que quedaron no poco enjalbegadas del manjar blanco: las

otras dos que dél le quedaban se las metió en el seno con intencion de

guardarlas para la mañana. Acabada la cena, se sentaron todos, quitadas

las mesas, por su orden alrededor de la sala, y don Alvaro Tarfe y

don Quixote á la mano izquierda de don Carlos, que hizo sentar á sus

pies á Sancho Pança. A la que platicaban don Alvaro con don Quixote

(haziendole dezir mil dislates, por lo que en la cena habia estado

mudo, parte por dar lugar á que gustasen de Sancho los convidados,

y parte por las quimeras que revolvia en su entendimiento sobre la

vengança que seria bien tomase de la sabia Urganda, que tan en

publico le habia desfavorecido, cerrandole la ventana sin aceptar las

preciosas agujetas que le presentaba), y don Carlos con Sancho Pança,

y los demas caballeros entre sí, entraron por la sala dos extremados

musicos con sus instrumentos, y un moço que traian los representantes,

gallardo çapateador. Cantaron muchas muy buenas letras y tonos los

musicos, y despues çapateó y volteó el moço por extremo; y mientras lo

iba haziendo, baxó don Carlos la cabeça y preguntó á Sancho de manera

que todos lo pudieron oir, si se atreveria á dar algunas vueltas de

las que aquel moço daba; el cual respondió bosteçando y haziendose la

cruz con el dedo pulgar en la boca, porque le cargaba el sueño con

la mucha cena: Pardiobre, señor, que voltearia yo lindisimamente,

recostado ahora sobre dos ó tres jalmas: este diablo de hombre no debe

de tener tripas ni asadura, pues tan ligero salta; y si está hueco

de por dentro, no hay más que meterle una candela encendida por el

organo trasero y servirá de linterna. En esto llamó don Carlos á un

paje, y le habló al oido, diziendo: Andad y dezid al secretario que

ya es hora. Hase de advertir que entre don Alvaro Tarfe, don Carlos y

el mismo secretario habia concierto hecho de traer aquella noche á la

sala uno de los gigantes que sacan en Çaragoça el dia de Corpus en la

procesion, que son de más de tres varas en alto; y con serlo tanto,

con cierta invencion los trae un hombre solo sobre los hombros. Pues

estando la gente, como he dicho, en la sala, en recebiendo el recado

de don Carlos el secretario, entró con el gigante por un cabo della,

que de proposito estaba ya sin luz, y encima de la puerta por donde

entró estaba en lo alto, junto al techo, una ventana pequeña á modo de

claraboya, que venia á dar en la cabeça del mismo gigante, por ser de

su misma altura, y por la cual, arrimado á ella, habia, sin ser visto,

de hablar el secretario, que en sacando y poniendo en dicho puesto al

que traia sobre sus hombros dicho gigante, se volvió á entrar para

ponerse en dicha ventanilla. A la vista primera que todos tuvieron

del gigante, hizieron de industria como que se alborotaban, poniendo

las manos sobre las guarniciones de las espadas; mas don Quixote se

levantó diciendo: Las vs. ms. se sosieguen; que esto no es nada, y yo

solo sé que cosa puede ser; que destas aventuras cada dia sucedian en

casa de los emperadores antiguos: sientense todos, digo, y veremos lo

que este gigante quiere, y conforme á ello se le dará la respuesta.

Todos se asentaron; y el secretario, que era un hombre muy discreto

y estaba bien enseñado de lo que habia de hazer, cuando vió toda la

gente sosegada, començó á dezir en voz alta: ¿Quien de vosotros aqui

es el Caballero Desamorado? Todos callaron, y don Quixote con una voz

muy reposada le respondió, diziendo: Soberbio y descomunal gigante, yo

soy ese por quien preguntas. Gracias doy, dixo el secretario, hablando

desde lo alto, metida la cabeça dentro del hueco de la del gigante, á

los dioses inmortales, y principalmente al gran Marte, que lo es de

las batallas, pues al cabo de tan largo camino y de tantos trabajos he

venido á hallar en esta ciudad lo que con tanta solicitud mil dias ha

que ando buscando, que es el Caballero Desamorado. Sabed, principes y

caballeros que en este vuestro real palacio os habeis juntado, que soy

yo, si nunca le oistes dezir, Bramidan de Tajayunque, rey de Chipre, el

cual reino gané por sola mi persona, quitandosele á su legitimo señor

y aplicandomele á mí, como quien mejor que él le merecia; y llegando

en dicho mi reino á mis oidos las nuevas de las inauditas fazañas y

estrañas aventuras del principe don Quixote de la Mancha, llamado por

otro nombre el de la Triste Figura ó Desamorado; sintiendo por gran

mengua mia que haya en toda la redondez de la tierra quien á mi valor y

fortaleça iguale, he dexado mi reino, pasando por otros muchos estraños

á pesar de los que los gobernaban, buscando, inquiriendo y preguntando,

con asombro y miedo de cuantos me veian, adonde ó en que reino ó

provincia estaria dicho caballero, que tanta fama tenia por todo el

mundo; porque, como es verdad y no lo puedo negar, por do quiera que

he pasado no se trata ni se habla otra cosa en las plaças, templos,

calles, hornos, tabernas y caballerizas, hoy, sino de don Quixote de la

Mancha. Yo pues, como digo, estimulado de la invidia de tantas hazañas

tuyas, ¡oh gran don Quixote! he venido á buscarte solamente para dos

cosas: la primera, para hazer batalla contigo, y quitarte la cabeça

y llevarla á Chipre para ponerla en la puerta de mi real palacio,

haziendome con esto señor de todas las vitorias que has habido con

tantos gigantes y jayanes, para que acabe el mundo de entender que yo

solo soy sin segundo y solo quien merece ser alabado, estimado, honrado

y nombrado en todos los reinos del universo por más bravo, más valiente

y de mayor fama que tú y cuantos antes de ti fueron y despues de ti

seran. Por tanto, si te quieres excusar del trabajo de entrar conmigo

en batalla, manda luego á la hora, sin excusa ninguna, darme tu cabeça

para que la lleve en mi lança, y quedate á la buena ventura. La segunda

cosa á que vengo es, que tambien he oido dezir como tiene don Carlos,

dueño deste fuerte alcazar, una hermana de quinze años, de peregrina

hermosura y gracia, la cual quiero y es mi voluntad que juntamente con

tu cabeça se me dé al punto, para que me la lleve á Chipre y la tenga

por mi amiga todo el tiempo que me pareciere, pues dello le resultará

sobrada honra; y si no lo quisiere hazer, le desafio y reto á él y á

todo el reino de Aragon junto, y á cuantos aragoneses, catalanes y

valencianos hay en su corona, que salgan contra mí á pie ó á caballo;

que á la puerta deste gran palacio tengo mis fortisimas y encantadas

armas, las cuales tiran de un carro seis pares de robustisimos bueyes

de Palestina; porque mi lança es una entena de un navio, mi celada

iguala en grandeza al chapitel del campanario del gran templo de Santa

Sofia de Constantinopla, y mi escudo á una rueda de molino. Responde

pues luego á todo, tú, el Desamorado Caballero; porque estoy de prisa

y tengo mucho que hazer, y hago falta en mi reino. Calló en esto el

gigante, y todos los que la maraña sabian disimularon cuanto pudieron,

aguardando á ver lo que don Quixote responderia al gigante. El cual,

levantandose de su asiento, hincó las rodillas en tierra delante de don

Carlos, diziendole: Soberano emperador Trebacio de Grecia, la vuestra

magestad sea servida, pues me habeis acetado en este vuestro imperio

por hijo, de me dar licencia de hablar y responder por todos á esta

endiablada bestia, particularmente por vos y por todo este nobilisimo

reino, para que asi pueda mejor despues darle el castigo que sus

blasfemias y sacrilegas palabras merecen. Don Carlos, mordiendose los

labios de risa y disimulando cuanto pudo, le echó los braços al cuello

y le levantó diziendo: Soberano principe de la Mancha, esta causa no

solamente es mia, sino tambien vuestra; pero yo he cobrado tan gran

temor al gigante Bramidan de Tajayunque, que el coraçon se me quiere

saltar del cuerpo; y asi digo que, si á vos os parece, será bueno,

para librarnos de la universal perdicion que nos amenaza, concederle

las dos cosas que nos pide; y es que vos le deis vuestra cabeça: que

ya yo de mi parte estoy dispuesto, más por fuerça que por grado, de

darle tambien á mi bella hermana Lucrecia; y que se vaya con todos

los diablos antes que haga mayores males; y aunque este es mi voto,

con todo dexo al vuestro la resolucion del caso; y asi, conforme á él

dadle, amado principe, la respuesta que os pareciere, pues será la

más acertada. Sancho, que habia cobrado grandisimo temor al gigante,

como oyó lo que don Carlos habia dicho á su amo, le dixo hecho ojos:

Ea, mi señor don Quixote, por los quinze auxiliadores, de quien es

Miguel Aguileldo, sacristan de la Argamesilla, que es muy devoto, le

suplico haga lo que el señor don Carlos le dize. ¿Para que quiere hazer

batalla con este gigante? que dizen dél que parte por medio una yunque

mayor que la del herrero de nuestro lugar; que por eso refieren graves

autores se llama Tajayunque; y más, que, segun él dize, y lo creo

(porque tan gran hombre de bien no dirá una cosa por otra), trae una

rueda de molino por escudo: délo, pues esto es asi, á los satanases,

y despachemosle con lo que pide de una vez, y no perdamos más tiempo

con él ni demos que reir al diablo. Don Quixote le dió un puntillon

terrible en las nalgas, diziendo: ¡Oh villano, sandio y soez, harto

de ajos desde la cuna! ¿y quien te mete á tí en lo que no te va ni te

viene? Y poniendose en medio de la sala frontero del gigante, le dixo

con voz grave desta manera: Soberbio gigante Bramidan de Tajayunque,

con atencion he escuchado tus arrogantes palabras, de las cuales

entiendo tus locos y desvariados deseos; y ya hubieras llevado el pago

dellas y dellos antes que desta real sala salieras, si no fuera porque

guardo el debido respeto al emperador y principes que presentes estan,

y porque quiero darte el castigo merecido en publica plaça delante de

todo el mundo, y porque sirva de escarmiento para que otros tales como

tú no se atrevan de aqui adelante á semejantes disparates y locuras:

con que respondiendo ahora á tus demandas, digo que aceto la batalla

que pides, señalando por puesto della, para mañana despues de comer, la

ancha plaça que en esta ciudad llaman del Pilar, por estar en ella el

sacro templo y dichoso santuario que es felicisimo deposito del pilar

divino sobre quien la Virgen benditisima habló y consoló en vida á su

sobrino y gran patron de nuestra España el apostol Santiago. Era esta

plaça pues podras salir con las armas que quisieres, seguro de que si

tú tienes por escudo una rueda de molino, yo tengo una adarga de Fez

que no le haze ventaja la mesma rueda de la fortuna; y en cambio de

la cabeça que me pides, juro y prometo de no comer pan en manteles ni

holgarme con la reina (y en suma juro todos los demas juramentos que

en semejantes trances suelen jurar los verdaderos caballeros andantes,

cuya lista hallaras en la historia que refiere el amargo llanto que se

hizo sobre el malogrado Baldovinos) hasta cortarte la tuya y ponerla

sobre la puerta deste gran palacio del Emperador mi señor y padre.

¡Oh dioses immortales! dixo el secretario con voz gruesa y tremenda,

¿y como consentis que semejantes afrentas me diga un hombre solo, sin

que le haga y convierta luego mi colera en albondiguillas? Yo juro

por el orden de secretario que recebí, de no comer pan en el suelo

ni folgar con la reina de espadas, copas, bastos ni oros, ni dormir

sobre la punta de mi espada, hasta tomar tan sanguinolenta vengança

del principe don Quixote de la Mancha, que los braços le queden

colgados de los hombros, y las piernas y muslos asidos á las caderas,

y la cabeça se le ande á todas partes, y la boca, á pesar de cuantos

ni han nacido ni han de nacer, le ha de quedar debaxo de las narizes.

Aturdido Sancho del tropel de tan graves amenazas y execraciones, se

levantó del suelo donde estaba asentado, y poniendose entre don Quixote

y el gigante, quitandose primero la caperuça con ambas manos, le dixo

con mucha cortesia. ¡Ah señor Bramidan de Parteyunques! no, por la

pasion que Dios pasó, no le haga tanto mal á mi amo, que es hombre de

bien y no quiere her batalla con v. m., porque no está hecho á hazerla

con semejantes Comeyunques: traigale v. m. media dozena de meloneros;

que á fe que con ellos se entienda él lindisimamente; y aun con todo

es menester el favor del señor san Roque, abogado de la pestilencia.

El gigante, sin hazer caso de lo que Sancho dezia, sacó un guante de

dos pellejos de cabrito, que traia ya hecho para aquel efeto, y dixo

arrojandole á don Quixote: Levanta caballero cobarde, ese mi estrecho

y pequeño guante en señal y gaje de que mañana te espero en la plaça

que dixiste, despues de comer. Y con esto volvió las espaldas por la

puerta que habia entrado. Don Quixote alçó el guante, que era sin duda

de tres palmos, y diosele á Sancho, diziendo: Toma, Sancho, guarda ese

guante de Bramidan hasta mañana despues de comer; que verás maravillas.

Tomole Sancho, y santiguandose dixo: ¡Valgate el diablo por Balandran

de Tragayunques ó como es tu gracia, y que terribles manos que tienes!

¡Oh hi de puta, traidor, el bellaco que le esperase un bofeton! A fe,

señor, que tenemos bien en que entender con este demonio, segun es de

grande y despavorido; y acuerdese lleva jurado le ha de hazer como

aquellas albondiguillas que comimos esta noche. Pero v. m., antes que

llegue ese tiempo, hagale á él pellas de manjar blanco; que tambien

las hemos cenado, y me saben bien, y aun yo tengo dos dellas en el

seno para un menester. En esto se levantó don Carlos de la silla,

mandando encender hachas para acompañar con ellas aquellos caballeros

á sus casas, y por ser tarde, se despidió dellos y de don Quixote y

de don Alvaro, que asiendole de la mano, se le llevó, juntamente con

Sancho Pança, á su casa, adonde el buen hidalgo pasó una de las peores

noches que jamas habia pasado, pensando en la peligrosa batalla en que

otro dia habia de entrar con aquel desproporcionado gigante, que él

imaginaba ser verdadero rey de Chipre, como él mismo habia dicho.

_Aqui da fin la quinta parte del ingenioso hidalgo don Quixote de la

Mancha_

El Quijote apócrifo · 第 21 / 58 题