De como don Alvaro Tarfe y otros caballeros çaragoçanos y granadinos
jugaron la sortija en la calle del Coso, y de lo que en ella sucedió á
don Quixote.
Tres dias estuvo violentado en la cama, á puros ruegos y guardas, don
Quixote, pues tenia siempre como tales á Sancho Pança y algunos pajes
de don Alvaro y dos caballeros amigos suyos, asi granadinos como de los
naturales de Çaragoça, con los cuales pasaron historias donosisimas;
porque por momentos se le representaba salia á la sortija, disputaba
con los jueces, reñia con gigantes forasteros, y otros cien mil
dislates; porque estaba rematadamente loco, y Sancho ayudaba más á todo
con sus simplicidades y boberias. Solo tenia de bueno don Quixote el
recado y regalo; porque se le daba bonisimo en presencia de don Alvaro,
que siempre comia y cenaba con él, acompañado de diferentes caballeros
cada vez. Llegó pues el domingo, en que los que habian de jugar la
sortija para universal pasatiempo, se aprestaron y adereçaron lo mejor
que pudieron de sus ricas libreas, llevando todos solamente á la
entrada del Coso unos escudos ó targetas blancas, y en ellas escrita
cada uno la letra que más á proposito venia á su pensamiento y al fin
de alegrar la fiesta. Pero no quiero pasar en silencio lo que habia en
dos arcos triunfales que estaban costosa y curiosamente hechos á las
dos bocas de la calle. El primero de la primera entrada, como venimos
de la plaça, era todo de damasco azul, de color de cielo, y estaba en
el medio dél, por lo alto, el invictisimo emperador Carlos V, abuelo
gloriosisimo de nuestro catolico y gran monarca el tercero Filipo
Hermenegildo, armado á la romana, con una guirnalda de laurel sobre la
cabeça y un baston de general sobre la mano derecha, ocupando lo más
alto del arco dos versos latinos que dezian desta manera:
Fraena quod imperii longo moderaris ab aevo
Austria, non hominis, numinis exstat opus.
El pie derecho tenia puesto sobre un mundo de oro, y al derredor dél
una letra que dezia:
Mandó su medio Alejandro;
Mas nuestro Cesar de veras
Sus tres partes mandó enteras.
El pie izquierdo tenia sobre tres ó cuatro turcos rendidos, con una
letra latina que dezia:
Qui oves amat, in lupos saevit.
Al pie del arco de la mano derecha, arrimado á la mesma coluna del
arco, estaba sobre una pequeña peana el famoso duque de Alba, don
Fernando Alvarez de Toledo, armado, con su baston de general en la mano
derecha, y al pie dél la fama, como la pintan, con una trompa, y en
ella escrito:
A solis ortu usque ad occasum.
Al pie de la otra coluna del arco, que era la izquierda, sobre otra
pequeña peana, estaba don Antonio Leiva, armado y con baston de
general, como el Duque, y tenia esta letra sobre la cabeça:
Si bien á mi rey servi,
Bien tambien premió mi amor.
A mi don dando un señor.
El segundo arco era todo de damasco blanco bordado, y sobre lo alto dél
estaba el prudentisimo rey don Felipe II, riquisimamente vestido, y á
sus pies este famoso epigrama del excelente poeta Lope de Vega Carpio,
familiar del santo ofizio:
Philippo Regi, Caesari invictissimo,
Omnium maximo Regum triumphatori,
Orbis utriusque et maris felicissimo,
Catholici Caroli successori,
Totius Hispaniae principi dignissimo,
Ecclesiae Christi et fidei defensori,
Fama, praecingens tempora alma, lauro,
Hoc simulacrum dedicat ex auro.
A la mano derecha estaba su cristianisimo y unico fenix don Felipe III,
nuestro rey y señor, vestido todo de una tela riquisima de oro, con dos
versos juntos a sí, que en lengua latina dezian:
Nulla est virtutis species quae, maxime Princeps,
Non colat ingenium nobilitate tuum.
A la siniestra mano estaba el invictisimo principe don Juan de Austria,
armado de todas pieças, con el baston de general en la mano, y puesto
el pie derecho sobre la rueda de la fortuna, y la mesma fortuna, que
con un clavo y martillo clavaba la rueda, haziendola inmoble, y esta
letra:
El merecimiento insigne
Que te levantó en mi rueda,
Cual clavo la tiene queda.
Otras muchas curiosidades de enigmas y cifras habia en los arcos,
que por evitar prolixidad y no hazer á nuestro proposito se dexan.
Solo digo que el dia que la sortija se habia de jugar, estuvo, en
comiendo, la calle del Coso riquisimamente adereçada, y compuestos
todos sus balcones y ventanas con brocados y tapices muy bien bordados,
ocupandolos infinitos serafines, con esperanças cada uno de recebir
de la mano de su amante, de la de alguno de aquellos caballeros
aventureros, la joya que ganase. Vino á la fiesta la nobleza del reino
y ciudad, Visorey, Justicia mayor, diputados, jurados y los demas
titulos y caballeros, poniendose cada uno en el puesto que le tocaba.
Vinieron tambien los jueces de la sortija, muy acompañados y galanes
que, como hemos dicho, eran un titular y dos caballeros de habito, y
pusieronse en un tablado no muy alto curiosamente compuesto; á cuyo
recebimiento començaron á sonar los menestriles y trompetas, y al
mesmo son començaron á entrar por la ancha calle, de dos en dos, los
caballeros que habian de correr. Los primeros fueron dos gallardos
mancebos con una mesma librea, sin diferenciar en caballos ni vestidos:
eran de raso blanco y verde, con plumas en los bonetes, de lo alto
de los cuales sacó el uno una mano con un rico salero, cuya sal iba
derramando sobre las mismas plumas, que daban al viento esta letra:
En mi alma el sol divino
Los rayos con que me inflama,
Cual sol de gracias, derrama.
El otro, que era recien casado con una dama muy hermosa, venia pintado
en el escudo trayendola él mismo de la mano, como que la escudereaba;
con una letra cual la siguiente:
Della gozo, y me ha quedado,
Por ser tan unica y bella,
Solo el temor de perdella.
Tras estos salieron otros dos, entrando vestidos de damasco azul
ricamente bordado: traian esta librea porque ambos eran moços
enamorados y celosos: el uno traia en el escudo pintada una ferocisima
leona vestida de piel de oveja, y él mismo venia pintado y puesto de
rodillas delante della, y con esta letra:
Solo con piel de cordero
De palabras me corona;
Que en las obras es leona.
El otro llevaba en campo negro el retrato de su dama, á quien él,
quitada[17] la gorra, pedia la mano, negandosela ella con desden; causa
por la cual habia venido á la sortija; y siendo mancebo desbarbado,
salió con barba blanca postiza, disfraz que dió harta suspension á toda
la gente que le conocia; pero quitabasela esta siguiente letra que
traia en el escudo:
[17] _Quitaba_, dice, por errata, la primera edición.
Amando tan desamado,
Caducando juzgo estoy,
Y asi dello muestras doy.
Tras estos dos, entraron otros dos, tambien gallardos moços totalmente
diferentes en las libreas; porque el uno venia vestido de tela de
plata, ricamente bordado, sobre un caballo blanco no menos ligero que
el viento, trayendo en el escudo, en campo tambien blanco, el retrato
de su dama, la cual abaxandose, daba la mano á un muerto que estaba ya
con la mortaja puesta y tenia por cruz en los pechos esta letra:
Matome su vista sola;
Mas por su divina mano
Nueva vida y gloria gano.
El segundo era un mancebo recien casado, rico de patrimonio, pero
grandisimo gastador, y tan prodigo, que siempre andaba lleno de deudas,
sin haber mercader ni ofizial á quien no debiese; porque aqui pedia,
acullá engañaba, aqui hazia una mohatra, alli empeñaba ya la más rica
cadena de oro que tenia, ya su mejor colgadura; de suerte que despues
que el padre le faltó, andaba tan empeñado, que la necesidad le
obligaba á no vestir sino bayeta, atribuyendolo al luto y sentimiento
de la muerte de su padre; y para satisfacer á la murmuracion del vulgo,
traia pintada en el campo negro de la adarga una beata, cubierta
tambien de negro, más oscura que el del campo de la adarga, con esta
letra:
Pues beata es la pobreza,
Cubrame la mia bien:
Bayeta y vaya me dén.
Tras estos entraron veinte ó treinta caballeros, de dos en dos, con
libreas tambien muy ricas y costosas, y con letras, cifras y motes
graciosisimos y de agudo ingenio, que dexo de referir por no hazer
libro de versos el que solo es coronica de los quimericos hechos de
don Quixote; y asi, de sola su entrada haremos mencion, la cual fue en
la retaguardia de todos los aventureros, al lado del señor don Alvaro
Tarfe; que esta traza habian dado para su entrada los jueces. Venia don
Alvaro en un buen caballo cordobes, rucio, rodado, enjaezado ricamente,
el vestido de tela de oro, bordado de azuçenas y rosas enlazadas, y
en el campo blanco de su escudo traia pintado á don Quixote con la
aventura del açotado, muy al vivo, y esta letra en él:
Aqui traigo al que ha de ser,
Segun son sus disparates,
Principe de los orates.
Con la letra rieron todos cuantos sabian las cosas de don Quixote, el
cual venia armado de todas pieças, trayendo hasta su morrion en la
cabeça. Entró con gentil continente sobre Rocinante, y en la punta del
lançon traia con un cordel atado un pergamino grande tendido escrita en
él con letras goticas, el Ave Maria, y sobre los motes y pinturas que
traia en su adarga habia añadido á ellas este cuartete, en explicacion
del pergamino que traia pendiente de la lança:
Soy muy más que Garcilaso,
Pues quité de un turco cruel
El Ave que le honra á él.
Maravillabase mucho el vulgo de ver aquel hombre armado para jugar
la sortija, sin saber á que proposito traia aquel pergamino atado
en la lança; si bien de solo ver su figura, flaqueza de Rocinante y
grande adarga llena de pinturas y figuras de bellaquisima mano, se
reian todos y le silbaban. No causaba esta admiracion su vista á la
gente principal, pues ya todos los que entraban en este numero sabian
de don Alvaro Tarfe y demas caballeros amigos suyos, quien era don
Quixote, su estraña locura y el fin para que salia á la plaça, pues
era para regocijarla con alguna disparatada aventura; y no es cosa
nueva en semejantes regocijos sacar los caballeros á la plaça, locos
vestidos y adereçados y con humos en la cabeça de que han de hazer
suerte, tornear, justar y llevarse premios, como se ha visto algunas
vezes en ciudades principales y en la misma Çaragoça. Con presupuesto
pues de regocijar la plaça, pasaron todos aquellos caballeros delante
de sus damas, haziendoles la debida cortesia: cual hazia hincar al
enseñado caballo de rodillas delante de aquella que era señora de su
libertad; cual le hazia dar saltos y corcovos con mucha ligereza; cual
le hazia hazer caracoles; y finalmente, todos hazian todo lo que con
ellos podian para parecer bien. Solo el de don Quixote iba pacifico y
manso, el cual llegando con don Alvaro á emparejar con el balcon donde
estaban los jueces, haziendo una cumplida cortesia los dos al titulo
y á los demas, uno dellos, que era el de mejor humor, se echó sobre
el antepecho del tablado y habló á don Quixote desta manera en voz
alta, con risa de los circunstantes: Famoso principe, espejo y flor
de la caballeria andantesca, yo y toda esta ciudad estamos en extremo
agradecidos de que v. m. haya tenido por bien el habernosla querido
honrar con su valerosa persona: ello es verdad que algunos destos
señores caballeros estan tristes porque tienen por cosa cierta que v.
m. les ha de ganar en esta sortija las más preciosas joyas; pero yo
he determinado, aunque v. m. las merezca y gane todas, no darle sino
solamente una de las más preciosas para mejor poder asi satisfacer á
todos estos principes y caballeros. Don Quixote con mucho sosiego y
gravedad le respondió, diziendo: Por cierto, ilustrisimo juez, más
recto que Rodamonte, espejo de los jueces, que estoy tan pesaroso en
no haberme hallado en las justas pasadas, que estoy para reventar; mas
la causa fue el estar ocupado en no sé que aventuras de no pequeña
importancia; pero ya que en ellas no pude por mi ausencia mostrar el
valor que hay en mi persona, quiero que en esta sortija, aunque ello
es cosa de juguete para mis exorbitantes brios, v. m. vea con sus
ojos si todo lo que ha oido dezir de mí y de mis cosas son tan firmes
y verdaderas como las de Amadis y las de los demas caballeros antiguos
que tanta honra ganaron por el mundo; aunque bien se echará de ver
mi valor, pues ya esta mañana al asomar por los balcones de nuestro
horizonte el ardiente enamorado de la esquiva Dafnes, me coroné con el
Ave de la fortaleça de Dios, que es dezir de la que traxo á la Virgen
el angel san Gabriel, habiendola quitado, como muestra la letra de
mi adarga, á un desaforado turco que la traia colgando de la cola de
un soberbio frison, con quien pasó delante de mi balcon, irritando
mi cristiana paciencia. Pero topó en mí otro manchego Garcilaso, con
mas brios y años que el primero, que vengó tal insolencia. Con esto
tomó el juez que hablaba con don Quixote su pergamino y adarga, y
enseñandolo todo á los otros dos jueces y demas caballeros que los
acompañaban, despues de haberlo mirado y bien reido, se lo volvió
todo. Pasó adelante don Quixote, tomadas sus prendas pomponeandose y
mirando muy hueco á todas partes; y llegado al cabo de la calle donde
los demas que habian de jugar la sortija estaban parados, començaron á
sonar las chirimias y trompetas en señal de que los primeros caballeros
querian ya empezar á correrla. Habian ordenado los jueces que despues
de haber corrido todos la sortija, se darian cada vez cuatro joyas á
los cuatro caballeros que mejor lo hubiesen hecho; asi, desta vez se
las dieron á cuatro, aunque solo el uno dellos se llevó el anillo en
la lança, que fue don Alvaro Tarfe, que quiso correr con los primeros;
el cual, por orden de los jueces, dixo á don Quixote que no corriese
hasta la postre, porque asi convenia. Llevaron aquellos caballeros
los precios que habian ganado, cada uno á su dama; y don Alvaro, que
tenia el sugeto de sus pasiones en Granada, dió el suyo, que era unos
guantes de ambar ricamente bordados, á una donzella harto hermosa,
hermana de un titular de aquel reino, la cual le recebió con muestras
de gran cortesia y agradecimiento. Corrieron segunda vez, y fueles
dado el premio á otros cuatro, de los cuales los dos se llevaron el
anillo, y estos, como los primeros, les presentaron á sus damas; de
suerte que muy pocos ó ningun caballero hubo que no presentase joyas
á la dama que mejor le parecia. Pues como ya se hiziese tarde, y don
Quixote diese prisa á don Alvaro que le dexase correr su lança, si no,
que á pesar de cuantos jueces habia en la Europa correria; advertida
su locura de los jueces, hizieron señas á don Alvaro para que le
dexase correr dos carreras; y asi, tomandole él por la mano, le puso
en medio de la calle, frontero del anillo, aguardando la seña de las
trompetas; al son de las cuales partió nuestro caballero solo con su
adarga en el braço izquierdo, espoleando muy aprisa á Rocinante, que
con toda la que él le daba, corria poco más de á medio galope; pero fue
tan desgraciado, que llegando á la sortija, echó el lançon cosa de dos
palmos más arriba della por encima de la cuerda y acabando la carrera,
baxó muy aprisa la lança, mirando con mucha atencion si llevaba en ella
el anillo; lo cual causó notable risa en toda la gente, y más viendo
que, como él no la halló en ella, començó con gran colera á volver el
caballo al principio de la carrera, adonde estaba don Alvaro, que le
dixo con disimulacion: V. m., señor don Quixote, dé luego al punto
segunda carrera, porque el caballo no se le resfrie; que aunque v. m.
no llevó la sortija, el golpe ha sido extremado, pues fue por arriba
no más de media vara. Don Quixote, sin responderle palabra, volvió
la rienda á Rocinante, y començó á correr, no con poca risa de los
que le miraban, yendo don Alvaro á medio galope tras él: llegó pues
don Quixote á la sortija segunda vez, y con la colera y turbacion que
llevaba, errola por parte de abaxo otra media vara; pero el discreto
don Alvaro, viendo cuan desgraciadamente lo habia hecho su compañero,
puesto de pies sobre los estribos, alargó cuanto pudo la mano desde
el caballo, y asiendo la sortija y llegandose á don Quixote con mucha
sutileza, se la puso en el hierro de la lança; que lo pudo hazer sin
que él lo echase de ver, por llevarla puesta sobre el hombro desque
hizo el golpe en señal de gala, y dixole: ¡Ay mi señor don Quixote,
lustre de la Mancha! ¡vitoria, vitoria! que la sortija lleva v. m.
en la lança, si no me engaño. Miró arriba don Quixote, el cual no
pensaba haber topado en ella, como era la verdad, y dixo: Ya yo me
maravillaba, señor don Alvaro, de que dos vezes la hubiese errado;
pero la culpa de la primer carrera la tuvo Rocinante, que mala pascua
le dé Dios, pues que no pasó con la velocidad que yo quisiera. Todo
se ha hecho muy bien, dixo don Alvaro, y asi vamos á los jueces, y
pidales v. m. la justicia que tiene. Iba el buen hidalgo tan ancho y
vanaglorioso, que no cabia en toda la calle; y puesto delante de los
jueces, dixo, levantando la lança con la sortija puesta en ella: Miren
vuesas señorias lo que pide esta lança y el anillo que della cuelga,
y adviertan que ella mesma por sí demanda el premio que justamente se
me debe. El juez que al entrar en la plaça habia hablado con él, habia
hecho traer á un paje dos dozenas de agujetas grandes de cuero, que
valdrian hasta medio real, y tomandolas en la mano, llamando primero á
todos los caballeros para que oyesen lo que dezia á don Quixote, se las
ató en el lançon, diziendole en voz alta: Yo, segundo rey Fernando, os
doy con mi propria mano, á vos el invicto caballero andante, flor de la
andantesca caballeria, esta insigne joya, que son unas cintas traidas
de la India, hechas de pellejo del ave fenix, para que las deis,
pues sois caballero desamorado, á la dama que os pareciere que tiene
menos amor de cuantas ocupan esos balcones; y fuera deso os mando, so
pena de mi desgracia, que vos y don Alvaro Tarfe ceneis conmigo en
mi propria casa esta noche, juntamente con un escudero vuestro, de
quien sé que es fidelisimo y digno de servir á persona de vuestras
prendas. Tocaron luego las chirimias, y don Quixote, al son dellas,
fue mirando á todos los balcones y ventanas, y vió en una que estaba
algo baxa á una honrada vieja, que debia saber más de la propriedad
de la ruda y verbena, que de recebir joyas; la cual estaba con dos
donzellas afeitadas de las que se usan en Çaragoça: á esta pues llegó
nuestro caballero, y poniendo las agujetas en el poyo de la ventana
con el lançon, la dixo en voz que todos lo pudieron oir: Sapientisima
Urganda la desconocida, este vuestro caballero, á quien tanto siempre
vos habeis favorecido en todas las ocasiones, os suplica le perdoneis
el atrevimiento, y recebais estas peregrinas cintas, hechas, segun
estoy informado, del mismo ave fenix, y tenedlas en mucho, porque
valen una ciudad. Las dos mugeres, que semejantes razones oyeron dezir
á aquel hombre armado, y veian que todo el mundo se estaba riendo de
verle presentar las agujetas de cuero á una vieja tal cual la que las
acompañaba, que pasaba de los sesenta, corridas y medio riendose, le
dieron con la ventana en los ojos, cerrandola y entrandose dentro sin
hablarle palabra. Quedó algo corrido don Quixote del suceso; pero
Sancho Pança, que desde el principio de las justas habia estado con
dos moços de cocina á ver la sortija y los premios que su amo habia de
ganar, como vió que daba las agujetas á aquella vieja, y no las habia
querido recebir, antes le habia cerrado la ventana, levantó la voz,
diziendo: ¡Cuerpo de quien la parió á la muy puta vieja del tiempo de
Mari-Castaña, muger del gran judio y más puto viejo de los dos de santa
Susana! ¿Asi ha de cerrar la ventana á uno de los mejores caballeros
de todo mi lugar, y no ha de querer recebir las agujetas que le dan, y
mal provecho le hagan si buena no ha de ser? Pero ¿que ha de ser quien,
como mi señor dize, se llama Urganda? Y siendolo, mal puede merecer
tales agujetas, que segun son ellas de grandes y buenas, sin duda
deben de ser de perro. Pues á fe que si agarro un medio ladrillo, que
yo las haga á todas que abran, aunque les pese. Y volviendose á don
Quixote, le dixo: Echelas acá v. m., pues no las quieren ni merecen;
que yo las guardaré, y eso nos ahorraremos; y más, que yo he menester
una como el pan de la boca para mis çaragüelles; que ya tengo esta
de delante llena de ñudos: muese acá digo, ¡cuerpo non de Dios! pues
servirán para esta mejor ocasion. Don Quixote abaxó la lança, diziendo:
Toma, Sancho, guarda estas preciosas cintas, y metelas en nuestra
maleta hasta su tiempo. Sancho las tomó, diziendo: ¡Miren, cuerpo de
Barrabas, lo que no quiso la muy hechicera! Pues en buena fe que no
me las saquen de las uñas ahora por menos de veinte maravedis, aunque
no los valgan; que por el menorete, son de liebre ó trucha ó no sé de
que diablos. Llegaronse diez ó doze personas á ver las joyas de las
agujetas que aquel labrador tenia en la mano: y fue el caso que entre
aquella gente que se juntó, llegó un moço de harta poca ropa, no menos
ligero de pies que sutil de manos, el cual con suma presteza asió de
dichas agujetas, y tomando las armas del conejo, en cuatro brincos
se puso fuera de la calle del Coso. Esto no lo vió don Quixote; que
á verlo, la mayor tajada del moço fuera la oreja. Pero el bueno de
Sancho Pança, que estaba seguro, á su parecer, de caso tan repentino,
començó á dar vozes, diziendo: Tenganle, señores, tenganle, pecador
de mí; que me lleva hurtada la mejor joya del torneo. Mas cuando el
pobre vió las esperanças perdidas de poderle alcançar, començó á llorar
amargamente, mesandose las espesas barbas, juntando una mano con otra
y diziendo: ¡Oh desventurada de la madre que me parió! ¡Oh dia aciago
para mí, pues en él he perdido unas agujetas tan preciosas y las
mejores de toda la Lombardia! ¡Ay de mí! ¿Que haré, y que cuenta daré
á mi señor de la joya que me encomendó? ¿Que excusa tendré para huir
de su andantesca colera, para que no me sacuda con ella las costillas
con algun ñudoso roble? Si le digo que las he perdido, tendrame por
escudero desmazalado; y si le digo que me las hurtó un picaro, tomará
tanto enojo, que desafiará luego á batalla campal, no solamente al
que las hurtó, sino á cuantos picaros se puedan hallar en toda la
picardia. ¡No vendria ya la muerte á llevarme para sí antes que pasar
tan gran dolor! Yo digo que de muy buena gana me mataria, si no fuera
porque temo hazerme mal: alto, manos á la labor; yo quiero ir luego
al cocinero coxo de don Alvaro, y pedirle dos cuartos prestados para
comprar una soga y ahorcarme con ella; que despues se los tornaré
doblados; y si acaso hallo algun arbol, como sea tal que desde él
pueda llegar los pies al suelo, echaré el cordel en la primera rama, y
aguardaré á que pase algun hombre caritativo, á quien rogaré con muchas
lagrimas me haga la limosna y caridad de ayudarme á ahorcar por amor de
Dios; que soy un pobre hombre, huerfano de padre y madre. Y asi, alto,
quedate con Cristo, don Quixote de la Mancha, el más valiente caballero
de cuantos andantes cria el cierzo y la tramontana; quedate en paz
tambien, Rocinante de mi alma, y acuerdate de mí, pues yo me acordaba
de tí todas las vezes que te iba á echar de comer; y acuerdate tambien
de aquel dia en que pasando descuidado por junto tu postigo trasero,
diziendo: ¿Amigo Rocinante, como va? Y tú, que no sabias aun hablar
romance, me respondiste con dos pares de castañetas, disparando por el
puerto muladar un arcabuzazo con tanta gracia, que si no le recebiera
entre hocicos y narizes, no sé que fuera de mí. Quedate pues, rocin de
mis ojos, con la bendicion de todos los rocines de Roncesvalles; que si
supieses la tribulacion en que estoy puesto, yo fio me enviaras algun
consuelo para alivio de mi gran dolor. Ahora sus, yo voy á contar mi
desgracia, como digo, á mi amigo el cocinero, de quien espero algun
remedio, pues más vale que lo que se ha de hazer temprano se haga
tarde; que al que Dios madruga, mucho se ayuda: en fin, allá darás,
sayo, en casa el rayo, pues más vale buitre volando que pajaro en
mano:--y á este compas se fue ensartando más de cuarenta refranes á
desproposito.