CAPITULO XI

De como don Alvaro Tarfe y otros caballeros çaragoçanos y granadinos

jugaron la sortija en la calle del Coso, y de lo que en ella sucedió á

don Quixote.

Tres dias estuvo violentado en la cama, á puros ruegos y guardas, don

Quixote, pues tenia siempre como tales á Sancho Pança y algunos pajes

de don Alvaro y dos caballeros amigos suyos, asi granadinos como de los

naturales de Çaragoça, con los cuales pasaron historias donosisimas;

porque por momentos se le representaba salia á la sortija, disputaba

con los jueces, reñia con gigantes forasteros, y otros cien mil

dislates; porque estaba rematadamente loco, y Sancho ayudaba más á todo

con sus simplicidades y boberias. Solo tenia de bueno don Quixote el

recado y regalo; porque se le daba bonisimo en presencia de don Alvaro,

que siempre comia y cenaba con él, acompañado de diferentes caballeros

cada vez. Llegó pues el domingo, en que los que habian de jugar la

sortija para universal pasatiempo, se aprestaron y adereçaron lo mejor

que pudieron de sus ricas libreas, llevando todos solamente á la

entrada del Coso unos escudos ó targetas blancas, y en ellas escrita

cada uno la letra que más á proposito venia á su pensamiento y al fin

de alegrar la fiesta. Pero no quiero pasar en silencio lo que habia en

dos arcos triunfales que estaban costosa y curiosamente hechos á las

dos bocas de la calle. El primero de la primera entrada, como venimos

de la plaça, era todo de damasco azul, de color de cielo, y estaba en

el medio dél, por lo alto, el invictisimo emperador Carlos V, abuelo

gloriosisimo de nuestro catolico y gran monarca el tercero Filipo

Hermenegildo, armado á la romana, con una guirnalda de laurel sobre la

cabeça y un baston de general sobre la mano derecha, ocupando lo más

alto del arco dos versos latinos que dezian desta manera:

Fraena quod imperii longo moderaris ab aevo

Austria, non hominis, numinis exstat opus.

El pie derecho tenia puesto sobre un mundo de oro, y al derredor dél

una letra que dezia:

Mandó su medio Alejandro;

Mas nuestro Cesar de veras

Sus tres partes mandó enteras.

El pie izquierdo tenia sobre tres ó cuatro turcos rendidos, con una

letra latina que dezia:

Qui oves amat, in lupos saevit.

Al pie del arco de la mano derecha, arrimado á la mesma coluna del

arco, estaba sobre una pequeña peana el famoso duque de Alba, don

Fernando Alvarez de Toledo, armado, con su baston de general en la mano

derecha, y al pie dél la fama, como la pintan, con una trompa, y en

ella escrito:

A solis ortu usque ad occasum.

Al pie de la otra coluna del arco, que era la izquierda, sobre otra

pequeña peana, estaba don Antonio Leiva, armado y con baston de

general, como el Duque, y tenia esta letra sobre la cabeça:

Si bien á mi rey servi,

Bien tambien premió mi amor.

A mi don dando un señor.

El segundo arco era todo de damasco blanco bordado, y sobre lo alto dél

estaba el prudentisimo rey don Felipe II, riquisimamente vestido, y á

sus pies este famoso epigrama del excelente poeta Lope de Vega Carpio,

familiar del santo ofizio:

Philippo Regi, Caesari invictissimo,

Omnium maximo Regum triumphatori,

Orbis utriusque et maris felicissimo,

Catholici Caroli successori,

Totius Hispaniae principi dignissimo,

Ecclesiae Christi et fidei defensori,

Fama, praecingens tempora alma, lauro,

Hoc simulacrum dedicat ex auro.

A la mano derecha estaba su cristianisimo y unico fenix don Felipe III,

nuestro rey y señor, vestido todo de una tela riquisima de oro, con dos

versos juntos a sí, que en lengua latina dezian:

Nulla est virtutis species quae, maxime Princeps,

Non colat ingenium nobilitate tuum.

A la siniestra mano estaba el invictisimo principe don Juan de Austria,

armado de todas pieças, con el baston de general en la mano, y puesto

el pie derecho sobre la rueda de la fortuna, y la mesma fortuna, que

con un clavo y martillo clavaba la rueda, haziendola inmoble, y esta

letra:

El merecimiento insigne

Que te levantó en mi rueda,

Cual clavo la tiene queda.

Otras muchas curiosidades de enigmas y cifras habia en los arcos,

que por evitar prolixidad y no hazer á nuestro proposito se dexan.

Solo digo que el dia que la sortija se habia de jugar, estuvo, en

comiendo, la calle del Coso riquisimamente adereçada, y compuestos

todos sus balcones y ventanas con brocados y tapices muy bien bordados,

ocupandolos infinitos serafines, con esperanças cada uno de recebir

de la mano de su amante, de la de alguno de aquellos caballeros

aventureros, la joya que ganase. Vino á la fiesta la nobleza del reino

y ciudad, Visorey, Justicia mayor, diputados, jurados y los demas

titulos y caballeros, poniendose cada uno en el puesto que le tocaba.

Vinieron tambien los jueces de la sortija, muy acompañados y galanes

que, como hemos dicho, eran un titular y dos caballeros de habito, y

pusieronse en un tablado no muy alto curiosamente compuesto; á cuyo

recebimiento començaron á sonar los menestriles y trompetas, y al

mesmo son començaron á entrar por la ancha calle, de dos en dos, los

caballeros que habian de correr. Los primeros fueron dos gallardos

mancebos con una mesma librea, sin diferenciar en caballos ni vestidos:

eran de raso blanco y verde, con plumas en los bonetes, de lo alto

de los cuales sacó el uno una mano con un rico salero, cuya sal iba

derramando sobre las mismas plumas, que daban al viento esta letra:

En mi alma el sol divino

Los rayos con que me inflama,

Cual sol de gracias, derrama.

El otro, que era recien casado con una dama muy hermosa, venia pintado

en el escudo trayendola él mismo de la mano, como que la escudereaba;

con una letra cual la siguiente:

Della gozo, y me ha quedado,

Por ser tan unica y bella,

Solo el temor de perdella.

Tras estos salieron otros dos, entrando vestidos de damasco azul

ricamente bordado: traian esta librea porque ambos eran moços

enamorados y celosos: el uno traia en el escudo pintada una ferocisima

leona vestida de piel de oveja, y él mismo venia pintado y puesto de

rodillas delante della, y con esta letra:

Solo con piel de cordero

De palabras me corona;

Que en las obras es leona.

El otro llevaba en campo negro el retrato de su dama, á quien él,

quitada[17] la gorra, pedia la mano, negandosela ella con desden; causa

por la cual habia venido á la sortija; y siendo mancebo desbarbado,

salió con barba blanca postiza, disfraz que dió harta suspension á toda

la gente que le conocia; pero quitabasela esta siguiente letra que

traia en el escudo:

[17] _Quitaba_, dice, por errata, la primera edición.

Amando tan desamado,

Caducando juzgo estoy,

Y asi dello muestras doy.

Tras estos dos, entraron otros dos, tambien gallardos moços totalmente

diferentes en las libreas; porque el uno venia vestido de tela de

plata, ricamente bordado, sobre un caballo blanco no menos ligero que

el viento, trayendo en el escudo, en campo tambien blanco, el retrato

de su dama, la cual abaxandose, daba la mano á un muerto que estaba ya

con la mortaja puesta y tenia por cruz en los pechos esta letra:

Matome su vista sola;

Mas por su divina mano

Nueva vida y gloria gano.

El segundo era un mancebo recien casado, rico de patrimonio, pero

grandisimo gastador, y tan prodigo, que siempre andaba lleno de deudas,

sin haber mercader ni ofizial á quien no debiese; porque aqui pedia,

acullá engañaba, aqui hazia una mohatra, alli empeñaba ya la más rica

cadena de oro que tenia, ya su mejor colgadura; de suerte que despues

que el padre le faltó, andaba tan empeñado, que la necesidad le

obligaba á no vestir sino bayeta, atribuyendolo al luto y sentimiento

de la muerte de su padre; y para satisfacer á la murmuracion del vulgo,

traia pintada en el campo negro de la adarga una beata, cubierta

tambien de negro, más oscura que el del campo de la adarga, con esta

letra:

Pues beata es la pobreza,

Cubrame la mia bien:

Bayeta y vaya me dén.

Tras estos entraron veinte ó treinta caballeros, de dos en dos, con

libreas tambien muy ricas y costosas, y con letras, cifras y motes

graciosisimos y de agudo ingenio, que dexo de referir por no hazer

libro de versos el que solo es coronica de los quimericos hechos de

don Quixote; y asi, de sola su entrada haremos mencion, la cual fue en

la retaguardia de todos los aventureros, al lado del señor don Alvaro

Tarfe; que esta traza habian dado para su entrada los jueces. Venia don

Alvaro en un buen caballo cordobes, rucio, rodado, enjaezado ricamente,

el vestido de tela de oro, bordado de azuçenas y rosas enlazadas, y

en el campo blanco de su escudo traia pintado á don Quixote con la

aventura del açotado, muy al vivo, y esta letra en él:

Aqui traigo al que ha de ser,

Segun son sus disparates,

Principe de los orates.

Con la letra rieron todos cuantos sabian las cosas de don Quixote, el

cual venia armado de todas pieças, trayendo hasta su morrion en la

cabeça. Entró con gentil continente sobre Rocinante, y en la punta del

lançon traia con un cordel atado un pergamino grande tendido escrita en

él con letras goticas, el Ave Maria, y sobre los motes y pinturas que

traia en su adarga habia añadido á ellas este cuartete, en explicacion

del pergamino que traia pendiente de la lança:

Soy muy más que Garcilaso,

Pues quité de un turco cruel

El Ave que le honra á él.

Maravillabase mucho el vulgo de ver aquel hombre armado para jugar

la sortija, sin saber á que proposito traia aquel pergamino atado

en la lança; si bien de solo ver su figura, flaqueza de Rocinante y

grande adarga llena de pinturas y figuras de bellaquisima mano, se

reian todos y le silbaban. No causaba esta admiracion su vista á la

gente principal, pues ya todos los que entraban en este numero sabian

de don Alvaro Tarfe y demas caballeros amigos suyos, quien era don

Quixote, su estraña locura y el fin para que salia á la plaça, pues

era para regocijarla con alguna disparatada aventura; y no es cosa

nueva en semejantes regocijos sacar los caballeros á la plaça, locos

vestidos y adereçados y con humos en la cabeça de que han de hazer

suerte, tornear, justar y llevarse premios, como se ha visto algunas

vezes en ciudades principales y en la misma Çaragoça. Con presupuesto

pues de regocijar la plaça, pasaron todos aquellos caballeros delante

de sus damas, haziendoles la debida cortesia: cual hazia hincar al

enseñado caballo de rodillas delante de aquella que era señora de su

libertad; cual le hazia dar saltos y corcovos con mucha ligereza; cual

le hazia hazer caracoles; y finalmente, todos hazian todo lo que con

ellos podian para parecer bien. Solo el de don Quixote iba pacifico y

manso, el cual llegando con don Alvaro á emparejar con el balcon donde

estaban los jueces, haziendo una cumplida cortesia los dos al titulo

y á los demas, uno dellos, que era el de mejor humor, se echó sobre

el antepecho del tablado y habló á don Quixote desta manera en voz

alta, con risa de los circunstantes: Famoso principe, espejo y flor

de la caballeria andantesca, yo y toda esta ciudad estamos en extremo

agradecidos de que v. m. haya tenido por bien el habernosla querido

honrar con su valerosa persona: ello es verdad que algunos destos

señores caballeros estan tristes porque tienen por cosa cierta que v.

m. les ha de ganar en esta sortija las más preciosas joyas; pero yo

he determinado, aunque v. m. las merezca y gane todas, no darle sino

solamente una de las más preciosas para mejor poder asi satisfacer á

todos estos principes y caballeros. Don Quixote con mucho sosiego y

gravedad le respondió, diziendo: Por cierto, ilustrisimo juez, más

recto que Rodamonte, espejo de los jueces, que estoy tan pesaroso en

no haberme hallado en las justas pasadas, que estoy para reventar; mas

la causa fue el estar ocupado en no sé que aventuras de no pequeña

importancia; pero ya que en ellas no pude por mi ausencia mostrar el

valor que hay en mi persona, quiero que en esta sortija, aunque ello

es cosa de juguete para mis exorbitantes brios, v. m. vea con sus

ojos si todo lo que ha oido dezir de mí y de mis cosas son tan firmes

y verdaderas como las de Amadis y las de los demas caballeros antiguos

que tanta honra ganaron por el mundo; aunque bien se echará de ver

mi valor, pues ya esta mañana al asomar por los balcones de nuestro

horizonte el ardiente enamorado de la esquiva Dafnes, me coroné con el

Ave de la fortaleça de Dios, que es dezir de la que traxo á la Virgen

el angel san Gabriel, habiendola quitado, como muestra la letra de

mi adarga, á un desaforado turco que la traia colgando de la cola de

un soberbio frison, con quien pasó delante de mi balcon, irritando

mi cristiana paciencia. Pero topó en mí otro manchego Garcilaso, con

mas brios y años que el primero, que vengó tal insolencia. Con esto

tomó el juez que hablaba con don Quixote su pergamino y adarga, y

enseñandolo todo á los otros dos jueces y demas caballeros que los

acompañaban, despues de haberlo mirado y bien reido, se lo volvió

todo. Pasó adelante don Quixote, tomadas sus prendas pomponeandose y

mirando muy hueco á todas partes; y llegado al cabo de la calle donde

los demas que habian de jugar la sortija estaban parados, començaron á

sonar las chirimias y trompetas en señal de que los primeros caballeros

querian ya empezar á correrla. Habian ordenado los jueces que despues

de haber corrido todos la sortija, se darian cada vez cuatro joyas á

los cuatro caballeros que mejor lo hubiesen hecho; asi, desta vez se

las dieron á cuatro, aunque solo el uno dellos se llevó el anillo en

la lança, que fue don Alvaro Tarfe, que quiso correr con los primeros;

el cual, por orden de los jueces, dixo á don Quixote que no corriese

hasta la postre, porque asi convenia. Llevaron aquellos caballeros

los precios que habian ganado, cada uno á su dama; y don Alvaro, que

tenia el sugeto de sus pasiones en Granada, dió el suyo, que era unos

guantes de ambar ricamente bordados, á una donzella harto hermosa,

hermana de un titular de aquel reino, la cual le recebió con muestras

de gran cortesia y agradecimiento. Corrieron segunda vez, y fueles

dado el premio á otros cuatro, de los cuales los dos se llevaron el

anillo, y estos, como los primeros, les presentaron á sus damas; de

suerte que muy pocos ó ningun caballero hubo que no presentase joyas

á la dama que mejor le parecia. Pues como ya se hiziese tarde, y don

Quixote diese prisa á don Alvaro que le dexase correr su lança, si no,

que á pesar de cuantos jueces habia en la Europa correria; advertida

su locura de los jueces, hizieron señas á don Alvaro para que le

dexase correr dos carreras; y asi, tomandole él por la mano, le puso

en medio de la calle, frontero del anillo, aguardando la seña de las

trompetas; al son de las cuales partió nuestro caballero solo con su

adarga en el braço izquierdo, espoleando muy aprisa á Rocinante, que

con toda la que él le daba, corria poco más de á medio galope; pero fue

tan desgraciado, que llegando á la sortija, echó el lançon cosa de dos

palmos más arriba della por encima de la cuerda y acabando la carrera,

baxó muy aprisa la lança, mirando con mucha atencion si llevaba en ella

el anillo; lo cual causó notable risa en toda la gente, y más viendo

que, como él no la halló en ella, començó con gran colera á volver el

caballo al principio de la carrera, adonde estaba don Alvaro, que le

dixo con disimulacion: V. m., señor don Quixote, dé luego al punto

segunda carrera, porque el caballo no se le resfrie; que aunque v. m.

no llevó la sortija, el golpe ha sido extremado, pues fue por arriba

no más de media vara. Don Quixote, sin responderle palabra, volvió

la rienda á Rocinante, y començó á correr, no con poca risa de los

que le miraban, yendo don Alvaro á medio galope tras él: llegó pues

don Quixote á la sortija segunda vez, y con la colera y turbacion que

llevaba, errola por parte de abaxo otra media vara; pero el discreto

don Alvaro, viendo cuan desgraciadamente lo habia hecho su compañero,

puesto de pies sobre los estribos, alargó cuanto pudo la mano desde

el caballo, y asiendo la sortija y llegandose á don Quixote con mucha

sutileza, se la puso en el hierro de la lança; que lo pudo hazer sin

que él lo echase de ver, por llevarla puesta sobre el hombro desque

hizo el golpe en señal de gala, y dixole: ¡Ay mi señor don Quixote,

lustre de la Mancha! ¡vitoria, vitoria! que la sortija lleva v. m.

en la lança, si no me engaño. Miró arriba don Quixote, el cual no

pensaba haber topado en ella, como era la verdad, y dixo: Ya yo me

maravillaba, señor don Alvaro, de que dos vezes la hubiese errado;

pero la culpa de la primer carrera la tuvo Rocinante, que mala pascua

le dé Dios, pues que no pasó con la velocidad que yo quisiera. Todo

se ha hecho muy bien, dixo don Alvaro, y asi vamos á los jueces, y

pidales v. m. la justicia que tiene. Iba el buen hidalgo tan ancho y

vanaglorioso, que no cabia en toda la calle; y puesto delante de los

jueces, dixo, levantando la lança con la sortija puesta en ella: Miren

vuesas señorias lo que pide esta lança y el anillo que della cuelga,

y adviertan que ella mesma por sí demanda el premio que justamente se

me debe. El juez que al entrar en la plaça habia hablado con él, habia

hecho traer á un paje dos dozenas de agujetas grandes de cuero, que

valdrian hasta medio real, y tomandolas en la mano, llamando primero á

todos los caballeros para que oyesen lo que dezia á don Quixote, se las

ató en el lançon, diziendole en voz alta: Yo, segundo rey Fernando, os

doy con mi propria mano, á vos el invicto caballero andante, flor de la

andantesca caballeria, esta insigne joya, que son unas cintas traidas

de la India, hechas de pellejo del ave fenix, para que las deis,

pues sois caballero desamorado, á la dama que os pareciere que tiene

menos amor de cuantas ocupan esos balcones; y fuera deso os mando, so

pena de mi desgracia, que vos y don Alvaro Tarfe ceneis conmigo en

mi propria casa esta noche, juntamente con un escudero vuestro, de

quien sé que es fidelisimo y digno de servir á persona de vuestras

prendas. Tocaron luego las chirimias, y don Quixote, al son dellas,

fue mirando á todos los balcones y ventanas, y vió en una que estaba

algo baxa á una honrada vieja, que debia saber más de la propriedad

de la ruda y verbena, que de recebir joyas; la cual estaba con dos

donzellas afeitadas de las que se usan en Çaragoça: á esta pues llegó

nuestro caballero, y poniendo las agujetas en el poyo de la ventana

con el lançon, la dixo en voz que todos lo pudieron oir: Sapientisima

Urganda la desconocida, este vuestro caballero, á quien tanto siempre

vos habeis favorecido en todas las ocasiones, os suplica le perdoneis

el atrevimiento, y recebais estas peregrinas cintas, hechas, segun

estoy informado, del mismo ave fenix, y tenedlas en mucho, porque

valen una ciudad. Las dos mugeres, que semejantes razones oyeron dezir

á aquel hombre armado, y veian que todo el mundo se estaba riendo de

verle presentar las agujetas de cuero á una vieja tal cual la que las

acompañaba, que pasaba de los sesenta, corridas y medio riendose, le

dieron con la ventana en los ojos, cerrandola y entrandose dentro sin

hablarle palabra. Quedó algo corrido don Quixote del suceso; pero

Sancho Pança, que desde el principio de las justas habia estado con

dos moços de cocina á ver la sortija y los premios que su amo habia de

ganar, como vió que daba las agujetas á aquella vieja, y no las habia

querido recebir, antes le habia cerrado la ventana, levantó la voz,

diziendo: ¡Cuerpo de quien la parió á la muy puta vieja del tiempo de

Mari-Castaña, muger del gran judio y más puto viejo de los dos de santa

Susana! ¿Asi ha de cerrar la ventana á uno de los mejores caballeros

de todo mi lugar, y no ha de querer recebir las agujetas que le dan, y

mal provecho le hagan si buena no ha de ser? Pero ¿que ha de ser quien,

como mi señor dize, se llama Urganda? Y siendolo, mal puede merecer

tales agujetas, que segun son ellas de grandes y buenas, sin duda

deben de ser de perro. Pues á fe que si agarro un medio ladrillo, que

yo las haga á todas que abran, aunque les pese. Y volviendose á don

Quixote, le dixo: Echelas acá v. m., pues no las quieren ni merecen;

que yo las guardaré, y eso nos ahorraremos; y más, que yo he menester

una como el pan de la boca para mis çaragüelles; que ya tengo esta

de delante llena de ñudos: muese acá digo, ¡cuerpo non de Dios! pues

servirán para esta mejor ocasion. Don Quixote abaxó la lança, diziendo:

Toma, Sancho, guarda estas preciosas cintas, y metelas en nuestra

maleta hasta su tiempo. Sancho las tomó, diziendo: ¡Miren, cuerpo de

Barrabas, lo que no quiso la muy hechicera! Pues en buena fe que no

me las saquen de las uñas ahora por menos de veinte maravedis, aunque

no los valgan; que por el menorete, son de liebre ó trucha ó no sé de

que diablos. Llegaronse diez ó doze personas á ver las joyas de las

agujetas que aquel labrador tenia en la mano: y fue el caso que entre

aquella gente que se juntó, llegó un moço de harta poca ropa, no menos

ligero de pies que sutil de manos, el cual con suma presteza asió de

dichas agujetas, y tomando las armas del conejo, en cuatro brincos

se puso fuera de la calle del Coso. Esto no lo vió don Quixote; que

á verlo, la mayor tajada del moço fuera la oreja. Pero el bueno de

Sancho Pança, que estaba seguro, á su parecer, de caso tan repentino,

començó á dar vozes, diziendo: Tenganle, señores, tenganle, pecador

de mí; que me lleva hurtada la mejor joya del torneo. Mas cuando el

pobre vió las esperanças perdidas de poderle alcançar, començó á llorar

amargamente, mesandose las espesas barbas, juntando una mano con otra

y diziendo: ¡Oh desventurada de la madre que me parió! ¡Oh dia aciago

para mí, pues en él he perdido unas agujetas tan preciosas y las

mejores de toda la Lombardia! ¡Ay de mí! ¿Que haré, y que cuenta daré

á mi señor de la joya que me encomendó? ¿Que excusa tendré para huir

de su andantesca colera, para que no me sacuda con ella las costillas

con algun ñudoso roble? Si le digo que las he perdido, tendrame por

escudero desmazalado; y si le digo que me las hurtó un picaro, tomará

tanto enojo, que desafiará luego á batalla campal, no solamente al

que las hurtó, sino á cuantos picaros se puedan hallar en toda la

picardia. ¡No vendria ya la muerte á llevarme para sí antes que pasar

tan gran dolor! Yo digo que de muy buena gana me mataria, si no fuera

porque temo hazerme mal: alto, manos á la labor; yo quiero ir luego

al cocinero coxo de don Alvaro, y pedirle dos cuartos prestados para

comprar una soga y ahorcarme con ella; que despues se los tornaré

doblados; y si acaso hallo algun arbol, como sea tal que desde él

pueda llegar los pies al suelo, echaré el cordel en la primera rama, y

aguardaré á que pase algun hombre caritativo, á quien rogaré con muchas

lagrimas me haga la limosna y caridad de ayudarme á ahorcar por amor de

Dios; que soy un pobre hombre, huerfano de padre y madre. Y asi, alto,

quedate con Cristo, don Quixote de la Mancha, el más valiente caballero

de cuantos andantes cria el cierzo y la tramontana; quedate en paz

tambien, Rocinante de mi alma, y acuerdate de mí, pues yo me acordaba

de tí todas las vezes que te iba á echar de comer; y acuerdate tambien

de aquel dia en que pasando descuidado por junto tu postigo trasero,

diziendo: ¿Amigo Rocinante, como va? Y tú, que no sabias aun hablar

romance, me respondiste con dos pares de castañetas, disparando por el

puerto muladar un arcabuzazo con tanta gracia, que si no le recebiera

entre hocicos y narizes, no sé que fuera de mí. Quedate pues, rocin de

mis ojos, con la bendicion de todos los rocines de Roncesvalles; que si

supieses la tribulacion en que estoy puesto, yo fio me enviaras algun

consuelo para alivio de mi gran dolor. Ahora sus, yo voy á contar mi

desgracia, como digo, á mi amigo el cocinero, de quien espero algun

remedio, pues más vale que lo que se ha de hazer temprano se haga

tarde; que al que Dios madruga, mucho se ayuda: en fin, allá darás,

sayo, en casa el rayo, pues más vale buitre volando que pajaro en

mano:--y á este compas se fue ensartando más de cuarenta refranes á

desproposito.

El Quijote apócrifo · 第 20 / 58 题