Yo le dije: "Sí, señor."

"Pues vente tras mí -me respondió- que Dios te ha hecho merced en topar

comigo. Alguna buena oración rezaste hoy."

Y seguíle, dando gracias a Dios por lo que le oí, y también que me

parecía, según su hábito y continente, ser el que yo había menester.

Era de mañana cuando este mi tercero amo topé, y llevóme tras sí gran

parte de la ciudad. Pasábamos por las plazas do se vendía pan y otras

provisiones. Yo pensaba y aun deseaba que allí me quería cargar de lo

que se vendía, porque ésta era propria hora cuando se suele proveer de

lo necesario; mas muy a tendido paso pasaba por estas cosas. "Por

ventura no lo vee aquí a su contento -decía yo- y querrá que lo

compremos en otro cabo."

Desta manera anduvimos hasta que dio las once. Entonces se entró en la

iglesia mayor, y yo tras él, y muy devotamente le vi oír misa y los

otros oficios divinos, hasta que todo fue acabado y la gente ida.

Entonces salimos de la iglesia.

A buen paso tendido comenzamos a ir por una calle abajo. Yo iba el más

alegre del mundo en ver que no nos habíamos ocupado en buscar de comer.

Bien consideré que debía ser hombre, mi nuevo amo, que se proveía en

junto, y que ya la comida estaría a punto tal y como yo la deseaba y

aun la había menester.

En este tiempo dio el reloj la una después de mediodía, y llegamos a

una casa ante la cual mi amo se paró, y yo con él; y derribando el cabo

de la capa sobre el lado izquierdo, sacó una llave de la manga y abrió

su puerta y entramos en casa; la cual tenía la entrada obscura y

lóbrega de tal manera que parece que ponía temor a los que en ella

entraban, aunque dentro della estaba un patio pequeño y razonables

cámaras.

Desque fuimos entrados, quita de sobre sí su capa y, preguntando si

tenía las manos limpias, la sacudimos y doblamos, y muy limpiamente

soplando un poyo que allí estaba, la puso en él. Y hecho esto, sentóse

cabo della, preguntándome muy por extenso de dónde era y cómo había

venido a aquella ciudad; y yo le di más larga cuenta que quisiera,

porque me parecía más conveniente hora de mandar poner la mesa y

escudillar la olla que de lo que me pedía. Con todo eso, yo le

satisfice de mi persona lo mejor que mentir supe, diciendo mis bienes y

callando lo demás, porque me parecía no ser para en cámara.

Esto hecho, estuvo ansí un poco, y yo luego vi mala señal, por ser ya

casi las dos y no le ver más aliento de comer que a un muerto. Después

desto, consideraba aquel tener cerrada la puerta con llave ni sentir

arriba ni abajo pasos de viva persona por la casa. Todo lo que yo había

visto eran paredes, sin ver en ella silleta, ni tajo, ni banco, ni

mesa, ni aun tal arcaz como el de marras: finalmente, ella parecía casa

encantada. Estando así, díjome:

"Tú, mozo, ¿has comido?"

"No, señor -dije yo-, que aún no eran dadas las ocho cuando con vuestra

merced encontré."

"Pues, aunque de mañana, yo había almorzado, y cuando ansí como algo,

hágote saber que hasta la noche me estoy ansí. Por eso, pásate como

pudieres, que después cenaremos.

Vuestra merced crea, cuando esto le oí, que estuve en poco de caer de

mi estado, no tanto de hambre como por conocer de todo en todo la

fortuna serme adversa. Allí se me representaron de nuevo mis fatigas, y

torné a llorar mis trabajos; allí se me vino a la memoria la

consideración que hacía cuando me pensaba ir del clérigo, diciendo que

aunque aquél era desventurado y mísero, por ventura toparía con otro

peor: finalmente, allí lloré mi trabajosa vida pasada y mi cercana

muerte venidera. Y con todo, disimulando lo mejor que pude:

"Señor, mozo soy que no me fatigo mucho por comer, bendito Dios. Deso

me podré yo alabar entre todos mis iguales por de mejor garganta, y

ansí fui yo loado della fasta hoy día de los amos que yo he tenido."

"Virtud es ésa -dijo él- y por eso te querré yo más, porque el hartar

es de los puercos y el comer regladamente es de los hombres de bien."

"¡Bien te he entendido! -dije yo entre mí- ¡maldita tanta medicina y

bondad como aquestos mis amos que yo hallo hallan en la hambre!"

Púseme a un cabo del portal y saqué unos pedazos de pan del seno, que

me habían quedado de los de por Dios. Él, que vio esto, díjome:

"Ven acá, mozo. ¿Qué comes?"

Yo lleguéme a él y mostréle el pan. Tomóme él un pedazo, de tres que

eran el mejor y más grande, y díjome:

"Por mi vida, que parece éste buen pan."

"¡Y cómo! ¿Agora -dije yo-, señor, es bueno?"

"Sí, a fe -dijo él-. ¿Adónde lo hubiste? ¿Si es amasado de manos

limpias?"

"No sé yo eso -le dije-; mas a mí no me pone asco el sabor dello."

"Así plega a Dios" -dijo el pobre de mi amo.

Y llevándolo a la boca, comenzó a dar en él tan fieros bocados como yo

en lo otro.

"Sabrosísimo pan está -dijo-, por Dios."

Y como le sentí de qué pie coxqueaba, dime priesa, porque le vi en

disposición, si acababa antes que yo, se comediría a ayudarme a lo que

me quedase; y con esto acabamos casi a una. Y mi amo comenzó a sacudir

con las manos unas pocas de migajas, y bien menudas, que en los pechos

se le habían quedado, y entró en una camareta que allí estaba, y sacó

un jarro desbocado y no muy nuevo, y desque hubo bebido convidóme con

él. Yo, por hacer del continente, dije:

"Señor, no bebo vino."

"Agua es, -me respondió-. Bien puedes beber."

Entonces tomé el jarro y bebí, no mucho, porque de sed no era mi

congoja. Ansí estuvimos hasta la noche, hablando en cosas que me

preguntaba, a las cuales yo le respondí lo mejor que supe. En este

tiempo metióme en la cámara donde estaba el jarro de que bebimos, y

díjome:

"Mozo, párate allí y verás, cómo hacemos esta cama, para que la sepas

hacer de aquí adelante."

Púseme de un cabo y él del otro y hecimos la negra cama, en la cual no

había mucho que hacer, porque ella tenía sobre unos bancos un cañizo,

sobre el cual estaba tendida la ropa que, por no estar muy continuada a

lavarse, no parecía colchón, aunque servía dél, con harta menos lana

que era menester. Aquél tendimos, haciendo cuenta de ablandalle, lo

cual era imposible, porque de lo duro mal se puede hacer blando. El

diablo del enjalma maldita la cosa tenía dentro de sí, que puesto sobre

el cañizo todas las cañas se señalaban y parecían a lo proprio

entrecuesto de flaquísimo puerco; y sobre aquel hambriento colchón un

alfamar del mesmo jaez, del cual el color yo no pude alcanzar. Hecha la

cama y la noche venida, díjome:

"Lázaro, ya es tarde, y de aquí a la plaza hay gran trecho. También en

esta ciudad andan muchos ladrones que siendo de noche capean. Pasemos

como podamos y mañana, venido el día, Dios hará merced; porque yo, por

estar solo, no estoy proveído, antes he comido estos días por allá

fuera, mas agora hacerlo hemos de otra manera."

"Señor, de mí -dije yo- ninguna pena tenga vuestra merced, que sé pasar

una noche y aun más, si es menester, sin comer."

"Vivirás más y más sano -me respondió-, porque como decíamos hoy, no

hay tal cosa en el mundo para vivir mucho que comer poco."

"Si por esa vía es -dije entre mí-, nunca yo moriré, que siempre he

guardado esa regla por fuerza, y aun espero en mi desdicha tenella toda

mi vida."

Y acostóse en la cama, poniendo por cabecera las calzas y el jubón, y

mandóme echar a sus pies, lo cual yo hice; mas ¡maldito el sueño que yo

dormí! Porque las cañas y mis salidos huesos en toda la noche dejaron

de rifar y encenderse, que con mis trabajos, males y hambre, pienso que

en mi cuerpo no había libra de carne; y también, como aquel día no

había comido casi nada, rabiaba de hambre, la cual con el sueño no

tenía amistad. Maldíjeme mil veces -¡Dios me lo perdone!- y a mi ruin

fortuna, allí lo más de la noche, y (lo peor) no osándome revolver por

no despertalle, pedí a Dios muchas veces la muerte.

La mañana venida, levantámonos, y comienza a limpiar y sacudir sus

calzas y jubón y sayo y capa -y yo que le servía de pelillo- y vístese

muy a su placer de espacio. Echéle aguamanos, peinóse y puso su espada

en el talabarte y, al tiempo que la ponía, díjome:

"¡Oh, si supieses, mozo, qué pieza es ésta! No hay marco de oro en el

mundo por que yo la diese. Mas ansí ninguna de cuantas Antonio hizo, no

acertó a ponelle los aceros tan prestos como ésta los tiene."

Y sacóla de la vaina y tentóla con los dedos, diciendo:

"¿Vesla aquí? Yo me obligo con ella cercenar un copo de lana."

Y yo dije entre mí:

"Y yo con mis dientes, aunque no son de acero, un pan de cuatro

libras."

Tornóla a meter y ciñósela y un sartal de cuentas gruesas del

talabarte, y con un paso sosegado y el cuerpo derecho, haciendo con él

y con la cabeza muy gentiles meneos, echando el cabo de la capa sobre

el hombro y a veces so el brazo, y poniendo la mano derecha en el

costado, salió por la puerta, diciendo:

"Lázaro, mira por la casa en tanto que voy a oír misa, y haz la cama, y

ve por la vasija de agua al río, que aquí bajo está, y cierra la puerta

con llave, no nos hurten algo, y ponla aquí al quicio, porque si yo

viniere en tanto pueda entrar."

Y súbese por la calle arriba con tan gentil semblante y continente, que

quien no le conociera pensara ser muy cercano pariente al conde de

Arcos, o a lo menos camarero que le daba de vestir.

"¡Bendito seáis vos, Señor -quedé yo diciendo-, que dais la enfermedad

y ponéis el remedio! ¿Quién encontrara a aquel mi señor que no piense,

según el contento de sí lleva, haber anoche bien cenado y dormido en

buena cama, y aun agora es de mañana, no le cuenten por muy bien

almorzado? ¡Grandes secretos son, Señor, los que vos hacéis y las

gentes ignoran! ¿A quién no engañara aquella buena disposición y

razonable capa y sayo y quién pensara que aquel gentil hombre se pasó

ayer todo el día sin comer, con aquel mendrugo de pan que su criado

Lázaro trujo un día y una noche en el arca de su seno, do no se le

podía pegar mucha limpieza, y hoy, lavándose las manos y cara, a falta

de paño de manos, se hacía servir de la halda del sayo? Nadie por

cierto lo sospechara. ¡Oh Señor, y cuántos de aquéstos debéis vos tener

por el mundo derramados, que padecen por la negra que llaman honra lo

que por vos no sufrirían!"

Ansí estaba yo a la puerta, mirando y considerando estas cosas y otras

muchas, hasta que el señor mi amo traspuso la larga y angosta calle, y

como lo vi trasponer, tornéme a entrar en casa, y en un credo la anduve

toda, alto y bajo, sin hacer represa ni hallar en qué. Hago la negra

dura cama y tomo el jarro y doy comigo en el río, donde en una huerta

vi a mi amo en gran recuesta con dos rebozadas mujeres, al parecer de

las que en aquel lugar no hacen falta, antes muchas tienen por estilo

de irse a las mañanicas del verano a refrescar y almorzar sin llevar

qué por aquellas frescas riberas, con confianza que no ha de faltar

quién se lo dé, según las tienen puestas en esta costumbre aquellos

hidalgos del lugar.

Y como digo, él estaba entre ellas hecho un Macías, diciéndoles más

dulzuras que Ovidio escribió. Pero como sintieron dél que estaba bien

enternecido, no se les hizo de vergüenza pedirle de almorzar con el

acostumbrado pago. Él, sintiéndose tan frío de bolsa cuanto estaba

caliente del estómago, tomóle tal calofrío que le robó la color del

gesto, y comenzó a turbarse en la plática y a poner excusas no validas.

Ellas, que debían ser bien instituídas, como le sintieron la

enfermedad, dejáronle para el que era.

Yo, que estaba comiendo ciertos tronchos de berzas, con los cuales me

desayuné, con mucha diligencia, como mozo nuevo, sin ser visto de mi

amo, torné a casa, de la cual pensé barrer alguna parte, que era bien

menester, mas no hallé con qué. Púseme a pensar qué haría, y parecióme

esperar a mi amo hasta que el día demediase y si viniese y por ventura

trajese algo que comiésemos; mas en vano fue mi experiencia.

Desque vi ser las dos y no venía y la hambre me aquejaba, cierro mi

puerta y pongo la llave do mandó, y tórnome a mi menester. Con baja y

enferma voz e inclinadas mis manos en los senos, puesto Dios ante mis

ojos y la lengua en su nombre, comienzo a pedir pan por las puertas y

casas más grandes que me parecía. Mas como yo este oficio le hobiese

mamado en la leche, quiero decir que con el gran maestro el ciego lo

aprendí, tan suficiente discípulo salí que, aunque en este pueblo no

había caridad ni el año fuese muy abundante, tan buena maña me di que,

antes que el reloj diese las cuatro, ya yo tenía otras tantas libras de

pan ensiladas en el cuerpo y más de otras dos en las mangas y senos.

Volvíme a la posada y al pasar por la tripería pedí a una de aquellas

mujeres, y diome un pedazo de uña de vaca con otras pocas de tripas

cocidas.

Cuando llegué a casa, ya el bueno de mi amo estaba en ella, doblada su

capa y puesta en el poyo, y él paseándose por el patio. Como entro,

vínose para mí. Pensé que me quería reñir la tardanza, mas mejor lo

hizo Dios. Preguntóme dó venía. Yo le dije:

"Señor, hasta que dio las dos estuve aquí, y de que vi que V.M. no

venía, fuime por esa ciudad a encomendarme a las buenas gentes, y hanme

dado esto que veis."

Mostréle el pan y las tripas que en un cabo de la halda traía, a lo

cual él mostró buen semblante y dijo:

"Pues esperado te he a comer, y de que vi que no veniste, comí. Mas tú

haces como hombre de bien en eso, que más vale pedillo por Dios que no

hurtallo, y ansí Él me ayude como ello me parece bien. Y solamente te

encomiendo no sepan que vives comigo, por lo que toca a mi honra,

aunque bien creo que será secreto, según lo poco que en este pueblo soy

conocido. ¡Nunca a él yo hubiera de venir!"

"De eso pierda, señor, cuidado -le dije yo-, que maldito aquél que

ninguno tiene de pedirme esa cuenta ni yo de dalla."

"Agora pues, come, pecador. Que, si a Dios place, presto nos veremos

sin necesidad; aunque te digo que después que en esta casa entré, nunca

bien me ha ido. Debe ser de mal suelo, que hay casas desdichadas y de

mal pie, que a los que viven en ellas pegan la desdicha. Ésta debe de

ser sin dubda de ellas; mas yo te prometo, acabado el mes, no quede en

ella aunque me la den por mía."

Sentéme al cabo del poyo y, porque no me tuviese por glotón, callé la

merienda; y comienzo a cenar y morder en mis tripas y pan, y

disimuladamente miraba al desventurado señor mío, que no partía sus

ojos de mis faldas, que aquella sazón servían de plato. Tanta lástima

haya Dios de mí como yo había dél, porque sentí lo que sentía, y muchas

veces había por ello pasado y pasaba cada día. Pensaba si sería bien

comedirme a convidalle; mas por me haber dicho que había comido, temía

me no aceptaría el convite. Finalmente, yo deseaba aquel pecador

ayudase a su trabajo del mío, y se desayunase como el día antes hizo,

pues había mejor aparejo, por ser mejor la vianda y menos mi hambre.

Quiso Dios cumplir mi deseo, y aun pienso que el suyo, porque, como

comencé a comer y él se andaba paseando llegóse a mí y díjome:

"Dígote, Lázaro, que tienes en comer la mejor gracia que en mi vida vi

a hombre, y que nadie te lo verá hacer que no le pongas gana aunque no

la tenga."

"La muy buena que tú tienes -dije yo entre mí- te hace parecer la mía

hermosa."

Con todo, parecióme ayudarle, pues se ayudaba y me abría camino para

ello, y díjele:

"Señor, el buen aparejo hace buen artífice. Este pan está sabrosísimo y

esta uña de vaca tan bien cocida y sazonada, que no habrá a quien no

convide con su sabor."

"¿Uña de vaca es?"

"Si, señor."

"Dígote que es el mejor bocado del mundo, que no hay faisán que ansí me

sepa."

"Pues pruebe, señor, y verá qué tal está."

Póngole en las uñas la otra y tres o cuatro raciones de pan de lo más

blanco y asentóseme al lado, y comienza a comer como aquel que lo había

gana, royendo cada huesecillo de aquéllos mejor que un galgo suyo lo

hiciera.

"Con almodrote -decía- es éste singular manjar."

"Con mejor salsa lo comes tú", respondí yo paso.

"Por Dios, que me ha sabido como si hoy no hobiera comido bocado."

"¡Ansí me vengan los buenos años como es ello!" -dije yo entre mí.

Pidióme el jarro del agua y díselo como lo había traído. Es señal que,

pues no le faltaba el agua, que no le había a mi amo sobrado la comida.

Bebimos, y muy contentos nos fuimos a dormir como la noche pasada.

Y por evitar prolijidad, desta manera estuvimos ocho o diez días,

yéndose el pecador en la mañana con aquel contento y paso contado a

papar aire por las calles, teniendo en el pobre Lázaro una cabeza de

lobo. Contemplaba yo muchas veces mi desastre, que escapando de los

amos ruines que había tenido y buscando mejoría, viniese a topar con

quien no solo no me mantuviese, mas a quien yo había de mantener.

Con todo, le quería bien, con ver que no tenía ni podía más, y antes le

había lástima que enemistad; y muchas veces, por llevar a la posada con

que él lo pasase, yo lo pasaba mal. Porque una mañana, levantándose el

triste en camisa, subió a lo alto de la casa a hacer sus menesteres, y

en tanto yo, por salir de sospecha, desenvolvíle el jubón y las calzas

que a la cabecera dejó, y hallé una bolsilla de terciopelo raso hecho

cien dobleces y sin maldita la blanca ni señal que la hobiese tenido

mucho tiempo.

"Éste -decía yo- es pobre y nadie da lo que no tiene. Mas el avariento

ciego y el malaventurado mezquino clérigo que, con dárselo Dios a

ambos, al uno de mano besada y al otro de lengua suelta, me mataban de

hambre, aquéllos es justo desamar y aquéste de haber mancilla."

Dios es testigo que hoy día, cuando topo con alguno de su hábito, con

aquel paso y pompa, le he lástima, con pensar si padece lo que aquél le

vi sufrir; al cual con toda su pobreza holgaría de servir más que a los

otros por lo que he dicho. Sólo tenía dél un poco de descontento: que

quisiera yo me no tuviera tanta presunción, mas que abajara un poco su

fantasía con lo mucho que subía su necesidad. Mas, según me parece, es

regla ya entre ellos usada y guardada; aunque no haya cornado de

trueco, ha de andar el birrete en su lugar. El Señor lo remedie, que ya

con este mal han de morir.

Pues, estando yo en tal estado, pasando la vida que digo, quiso mi mala

fortuna, que de perseguirme no era satisfecha, que en aquella trabajada

y vergonzosa vivienda no durase. Y fue, como el año en esta tierra

fuese estéril de pan, acordaron el Ayuntamiento que todos los pobres

estranjeros se fuesen de la ciudad, con pregón que el que de allí

adelante topasen fuese punido con azotes. Y así, ejecutando la ley,

desde a cuatro días que el pregón se dio, vi llevar una procesión de

pobres azotando por las Cuatro Calles, lo cual me puso tan gran

espanto, que nunca osé desmandarme a demandar.

Aquí viera, quien vello pudiera, la abstinencia de mi casa y la

tristeza y silencio de los moradores, tanto que nos acaeció estar dos o

tres días sin comer bocado, ni hablaba palabra. A mí diéronme la vida

unas mujercillas hilanderas de algodón, que hacían bonetes y vivían par

de nosotros, con las cuales yo tuve vecindad y conocimiento; que de la

laceria que les traían me daban alguna cosilla, con la cual muy pasado

me pasaba.

Y no tenía tanta lástima de mí como del lastimado de mi amo, que en

ocho días maldito el bocado que comió. A lo menos, en casa bien lo

estuvimos sin comer. No sé yo cómo o dónde andaba y qué comía. ¡Y velle

venir a mediodía la calle abajo con estirado cuerpo, más largo que

galgo de buena casta! Y por lo que toca a su negra que dicen honra,

tomaba una paja de las que aun asaz no había en casa, y salía a la

puerta escarbando los dientes que nada entre sí tenían, quejándose

todavía de aquel mal solar diciendo:

"Malo está de ver, que la desdicha desta vivienda lo hace. Como ves, es

lóbrega, triste, obscura. Mientras aquí estuviéremos, hemos de padecer.

Ya deseo que se acabe este mes por salir della."

Pues, estando en esta afligida y hambrienta persecución un día, no sé

por cual dicha o ventura, en el pobre poder de mi amo entró un real,

con el cual él vino a casa tan ufano como si tuviera el tesoro de

Venecia; y con gesto muy alegre y risueño me lo dio, diciendo:

"Toma, Lázaro, que Dios ya va abriendo su mano. Ve a la plaza y merca

pan y vino y carne: ¡quebremos el ojo al diablo! Y más, te hago saber,

porque te huelgues, que he alquilado otra casa, y en ésta desastrada no

hemos de estar más de en cumplimiento el mes. ¡Maldita sea ella y el

que en ella puso la primera teja, que con mal en ella entré! Por

Nuestro Señor, cuanto ha que en ella vivo, gota de vino ni bocado de

carne no he comido, ni he habido descanso ninguno; mas ¡tal vista tiene

y tal obscuridad y tristeza! Ve y ven presto, y comamos hoy como

condes."

Tomo mi real y jarro y a los pies dándoles priesa, comienzo a subir mi

calle encaminando mis pasos para la plaza muy contento y alegre. Mas

¿qué me aprovecha si está constituido en mi triste fortuna que ningún

gozo me venga sin zozobra? Y ansí fue éste; porque yendo la calle

arriba, echando mi cuenta en lo que le emplearía que fuese mejor y más

provechosamente gastado, dando infinitas gracias a Dios que a mi amo

había hecho con dinero, a deshora me vino al encuentro un muerto, que

por la calle abajo muchos clérigos y gente en unas andas traían.

Arriméme a la pared por darles lugar, y desque el cuerpo pasó, venían

luego a par del lecho una que debía ser mujer del difunto, cargada de

luto, y con ella otras muchas mujeres; la cual iba llorando a grandes

voces y diciendo:

"Marido y señor mío, ¿adónde os me llevan? ¡A la casa triste y

desdichada, a la casa lóbrega y obscura, a la casa donde nunca comen ni

beben!"

Yo que aquello oí, juntóseme el cielo con la tierra, y dije:

"¡Oh desdichado de mí! Para mi casa llevan este muerto."

Dejo el camino que llevaba y hendí por medio de la gente, y vuelvo por

la calle abajo a todo el más correr que pude para mi casa, y entrando

en ella cierro a grande priesa, invocando el auxilio y favor de mi amo,

abrazándome dél, que me venga a ayudar y a defender la entrada. El cual

algo alterado, pensando que fuese otra cosa, me dijo:

"¿Qué es eso, mozo? ¿Qué voces das? ¿Qué has? ¿Por qué cierras la

puerta con tal furia?"

"¡Oh señor -dije yo- acuda aquí, que nos traen acá un muerto!"

"¿Cómo así?", respondió él.

"Aquí arriba lo encontré, y venía diciendo su mujer: "Marido y señor

mio, ¿adónde os llevan? ¡A la casa lóbrega y obscura, a la casa triste

y desdichada, a la casa donde nunca comen ni beben! Acá, señor, nos le

traen."

Y ciertamente, cuando mi amo esto oyó, aunque no tenía por qué estar

muy risueño, rio tanto que muy gran rato estuvo sin poder hablar. En

este tiempo tenía ya yo echada la aldaba a la puerta y puesto el hombro

en ella por más defensa. Pasó la gente con su muerto, y yo todavía me

recelaba que nos le habían de meter en casa; y después fue ya más harto

de reír que de comer, el bueno de mi amo díjome:

"Verdad es, Lázaro; según la viuda lo va diciendo, tú tuviste razón de

pensar lo que pensaste. Mas, pues Dios lo ha hecho mejor y pasan

adelante, abre, abre, y ve por de comer."

"Dejálos, señor, acaben de pasar la calle", dije yo.

Al fin vino mi amo a la puerta de la calle, y ábrela esforzándome, que

bien era menester, según el miedo y alteración, y me torno a encaminar.

Mas aunque comimos bien aquel día, maldito el gusto yo tomaba en ello,

ni en aquellos tres días torné en mi color; y mi amo muy risueño todas

las veces que se le acordaba aquella mi cosideración.

De esta manera estuve con mi tercero y pobre amo, que fue este

escudero, algunos días, y en todos deseando saber la intención de su

venida y estada en esta tierra; porque desde el primer día que con él

asenté, le conocí ser estranjero, por el poco conocimiento y trato que

con los naturales della tenía. Al fin se cumplió mi deseo y supe lo que

deseaba; porque un día que habíamos comido razonablemente y estaba algo

contento, contóme su hacienda y díjome ser de Castilla la Vieja, y que

había dejado su tierra no más de por no quitar el bonete a un caballero

su vecino.

"Señor -dije yo- si él era lo que decís y tenía más que vos, ¿no

errábades en no quitárselo primero, pues decís que él también os lo

quitaba?"

"Sí es, y sí tiene, y también me lo quitaba él a mí; mas, de cuantas

veces yo se le quitaba primero, no fuera malo comedirse él alguna y

ganarme por la mano."

"Paréceme, señor -le dije yo- que en eso no mirara, mayormente con mis

mayores que yo y que tienen más."

"Eres mochacho -me respondió- y no sientes las cosas de la honra, en

que el día de hoy está todo el caudal de los hombres de bien. Pues te

hago saber que yo soy, como vees, un escudero; mas ¡vótote a Dios!, si

al conde topo en la calle y no me quita muy bien quitado del todo el

bonete, que otra vez que venga, me sepa yo entrar en una casa,

fingiendo yo en ella algún negocio, o atravesar otra calle, si la hay,

antes que llegue a mí, por no quitárselo. Que un hidalgo no debe a otro

que a Dios y al rey nada, ni es justo, siendo hombre de bien, se

descuide un punto de tener en mucho su persona. Acuérdome que un día

deshonré en mi tierra a un oficial, y quise ponerle las manos, porque

cada vez que le topaba me decía: «Mantenga Dios a vuestra merced.»

«Vos, don villano ruin -le dije yo- ¿por qué no sois bien criado?

¿Manténgaos Dios, me habéis de decir, como si fuese quienquiera?» De

allí adelante, de aquí acullá, me quitaba el bonete y hablaba como

debía."

"¿Y no es buena manera de saludar un hombre a otro -dije yo- decirle

que le mantenga Dios?"

"¡Mira mucho de enhoramala! -dijo él-. A los hombres de poca arte dicen

eso, mas a los más altos, como yo, no les han de hablar menos de: «Beso

las manos de vuestra merced», o por lo menos: «Bésoos, señor, las

manos», si el que me habla es caballero. Y ansí, de aquél de mi tierra

que me atestaba de mantenimiento nunca más le quise sufrir, ni sufriría

ni sufriré a hombre del mundo, del rey abajo, que «Manténgaos Dios» me

diga."

"Pecador de mí -dije yo-, por eso tiene tan poco cuidado de mantenerte,

pues no sufres que nadie se lo ruegue."

"Mayormente -dijo- que no soy tan pobre que no tengo en mi tierra un

solar de casas, que a estar ellas en pie y bien labradas, diez y seis

leguas de donde nací, en aquella Costanilla de Valladolid, valdrían más

de doscientas veces mil maravedís, según se podrían hacer grandes y

buenas; y tengo un palomar que, a no estar derribado como está, daría

cada año más de doscientos palominos; y otras cosas que me callo, que

dejé por lo que tocaba a mi honra. Y vine a esta ciudad, pensando que

hallaría un buen asiento, mas no me ha sucedido como pensé. Canónigos y

señores de la iglesia, muchos hallo, mas es gente tan limitada que no

los sacaran de su paso todo el mundo. Caballeros de media talla,

también me ruegan; mas servir con éstos es gran trabajo, porque de

hombre os habéis de convertir en malilla y si no. «Andá con Dios» os

dicen. Y las más veces son los pagamentos a largos plazos, y las más y

las más ciertas, comido por servido. Ya cuando quieren reformar

conciencia y satisfaceros vuestros sudores, sois librados en la

recámara, en un sudado jubón o raída capa o sayo. Ya cuando asienta un

hombre con un señor de título, todavía pasa su laceria. ¿Pues por

ventura no hay en mi habilidad para servir y contestar a éstos? Por

Dios, si con él topase, muy gran su privado pienso que fuese y que mil

servicios le hiciese, porque yo sabría mentille tan bien como otro, y

agradalle a las mil maravillas: reílle ya mucho sus donaires y

costumbres, aunque no fuesen las mejores del mundo; nunca decirle cosa

con que le pesase, aunque mucho le cumpliese; ser muy diligente en su

persona en dicho y hecho; no me matar por no hacer bien las cosas que

él no había de ver, y ponerme a reñir, donde lo oyese, con la gente de

servicio, porque pareciese tener gran cuidado de lo que a él tocaba; si

riñese con algún su criado, dar unos puntillos agudos para la encender

la ira y que pareciesen en favor del culpado; decirle bien de lo que

bien le estuviese y, por el contrario, ser malicioso, mofador, malsinar

a los de casa y a los de fuera; pesquisar y procurar de saber vidas

ajenas para contárselas; y otras muchas galas de esta calidad que hoy

día se usan en palacio. Y a los señores dél parecen bien, y no quieren

ver en sus casas hombres virtuosos, antes los aborrecen y tienen en

poco y llaman necios y que no son personas de negocios ni con quien el

señor se puede descuidar. Y con éstos los astutos usan, como digo, el

día de hoy, de lo que yo usaría. Mas no quiere mi ventura que le

halle."

Desta manera lamentaba también su adversa fortuna mi amo, dándome

relación de su persona valerosa.

Pues, estando en esto, entró por la puerta un hombre y una vieja. El

hombre le pide el alquiler de la casa y la vieja el de la cama. Hacen

cuenta, y de dos en dos meses le alcanzaron lo que él en un año no

alcanzara: pienso que fueron doce o trece reales. Y él les dio muy

buena respuesta: que saldría a la plaza a trocar una pieza de a dos, y

que a la tarde volviese. Mas su salida fue sin vuelta. Por manera que a

la tarde ellos volvieron, mas fue tarde. Yo les dije que aún no era

venido. Venida la noche, y él no, yo hube miedo de quedar en casa solo,

y fuime a las vecinas y contéles el caso, y allí dormí. Venida la

mañana, los acreedores vuelven y preguntan por el vecino, mas a estotra

puerta. Las mujeres le responden: "Veis aquí su mozo y la llave de la

puerta."

Ellos me préguntaron por él y díjele que no sabía adónde estaba y que

tampoco había vuelto a casa desde que salió a trocar la pieza, y que

pensaba que de mí y de ellos se había ido con el trueco. De que esto me

oyeron, van por un alguacil y un escribano. Y helos do vuelven luego

con ellos, y toman la llave, y llámanme, y llaman testigos, y abren la

puerta, y entran a embargar la hacienda de mi amo hasta ser pagados de

su deuda. Anduvieron toda la casa y halláronla desembarazada, como he

contado, y dícenme:

"¿Qué es de la hacienda de tu amo, sus arcas y paños de pared y alhajas

de casa?"

"No sé yo eso", le respondí.

"Sin duda -dicen ellos- esta noche lo deben de haber alzado y llevado a

alguna parte. Señor alguacil, prended a este mozo, que él sabe dónde

está."

En esto vino el alguacil, y echóme mano por el collar del jubón,

diciendo:

"Mochacho, tú eres preso si no descubres los bienes deste tu amo."

Yo, como en otra tal no me hubiese visto -porque asido del collar, sí,

había sido muchas e infinitas veces, mas era mansamente dél trabado,

para que mostrase el camino al que no vía- yo hube mucho miedo, y

llorando prometíle de decir lo que preguntaban.

"Bien está -dicen ellos-, pues di todo lo que sabes, y no hayas temor."

Sentóse el escribano en un poyo para escrebir el inventario,

preguntándome qué tenía.

"Señores -dije yo-, lo que este mi amo tiene, según él me dijo, es un

muy buen solar de casas y un palomar derribado."

"Bien está -dicen ellos-. Por poco que eso valga, hay para nos entregar

de la deuda. ¿Y a qué parte de la ciudad tiene eso?", me preguntaron.

"En su tierra", respondí.

"Por Dios, que está bueno el negocio -dijeron ellos-. ¿Y adónde es su

tierra?"

"De Castilla la Vieja me dijo él que era", le dije yo.

Riéronse mucho el alguacil y el escribano, diciendo:

"Bastante relación es ésta para cobrar vuestra deuda, aunque mejor

fuese."

Las vecinas, que estaban presentes, dijeron:

"Señores, éste es un niño inocente, y ha pocos días que está con ese

escudero, y no sabe dél más que vuestras merecedes, sino cuánto el

pecadorcico se llega aquí a nuestra casa, y le damos de comer lo que

podemos por amor de Dios, y a las noches se iba a dormir con él."

Vista mi inocencia, dejáronme, dándome por libre. Y el alguacil y el

escribano piden al hombre y a la mujer sus derechos, sobre lo cual

tuvieron gran contienda y ruido, porque ellos alegaron no ser obligados

a pagar, pues no había de qué ni se hacía el embargo. Los otros decían

que habían dejado de ir a otro negocio que les importaba más por venir

a aquél. Finalmente, después de dadas muchas voces, al cabo carga un

porquerón con el viejo alfamar de la vieja, aunque no iba muy cargado.

Allá van todos cinco dando voces. No sé en qué paró. Creo yo que el

pecador alfamar pagara por todos, y bien se empleaba, pues el tiempo

que había de reposar y descansar de los trabajos pasados, se andaba

alquilando.

Así, como he contado, me dejó mi pobre tercero amo, do acabé de conocer

mi ruin dicha, pues, señalándose todo lo que podría contra mí, hacía

mis negocios tan al revés, que los amos, que suelen ser dejados de los

mozos, en mí no fuese ansí, mas que mi amo me dejase y huyese de mí.

Vida De Lazarillo De Tormes Y De Sus Fortunas Y Adversidades · 第 11 / 18 题