_Don Tristán_, _D. Ramón_ y _Zulema_. _Doña Brianda_ entre bastidores
atisbando lo que pasa y asomando de vez en cuando la cabeza.
_D. Ramón_.
Solos ya, satisface mi deseo:
desembózate.
_D. Tristán_.
¡Mira!
_D. Ramón_.
¡Ay, Dios! ¡qué veo!
Don Tristán eres tú, mi amigo caro.
¿Por qué caso tan raro
te encontré solo en la tremenda lid,
más valiente que el Cid,
entre fieros paganos?
_D. Tristán_.
Yo me volvía a tierra de cristianos
después de estar en la imperial Granada,
de donde traigo a esta mujer robada.
Es mi dicha suprema,
es mi esposa, es mi bien,
es la hermosa Zulema,
hija mayor del rey Muley Hacen.
Contempla su hermosura.
(Don Tristán se dirige a Zulema, le quita el negro capuz y ella aparece
deslumbradora, con rico traje oriental, todo cuajado de oro y de piedras
preciosas.)
_D. Ramón_.
(Mirando a Zulema y como en éxtasis.)
¡Un sol en el zenit se me figura!
¿qué vas a hacer con tan sin par doncella?
_D. Tristán_.
Me casaré con ella
cuando esté en mi lugar y busque al cura,
que de antemano le dará el bautismo:
Ya una esclava católica
le enseñó el catecismo.
Ella está melancólica
porque deja a su padre y a su grey
en la maldita ley
del Profeta Mahoma,
que sin fallar los llevará al infierno.
_D. Ramón_.
Harto pesada broma
das tú entretanto al rey
con hacerte su yerno.
_D. Tristán_.
Déjate de discursos y razones.
_D. Ramón_.
Me callo, pues. Di tú lo que dispones.
_D. Tristán_.
Aquí pernoctar quiero
hasta que raye el matinal lucero.
Entonces prosiguiendo en mi camino
me volveré al castillo de D. Suero,
mi padre muy amado,
conduciendo a mi dueño idolatrado
sobre las ancas de mi fiel rocino.
_Zulema_.
¡Ah! sí, vámonos pronto, D. Tristán.
Temo que aún nos ocurra algún desmán.
_D. Ramón_.
No tema Vuestra Alteza,
que está segura en esta fortaleza.
Venid, pues, al mejor de mis salones
a descansar del hórrido combate,
y a lavaros también.
Después os servirán el chocolate,
con bollos de manteca, mojicones,
buñuelos y otras frutas de sartén. (Vanse.)