Entra _D.ª Brianda_ vestida con traje de mediados del siglo XV, y con un
candil en la mano.
_Doña Brianda_.
¡Ay que noche, Dios mío!
Siento a veces calor y a veces frío.
Truena y relampaguea,
y con furor tan bárbaro graniza
que el cabello en la frente se me eriza,
y tengo el corazón hecho jalea.
Y eso que soy valiente cual ninguna:
bien lo conoce D. Ramón, mi hermano,
que me abandona en noche tan fatal
y sale, confiado en su fortuna,
con todo el escuadrón fuerte y lozano
que manda y rige cual señor feudal.
Lo que piensan hacer es un misterio,
pero debe de ser lance muy serio.
A media legua de esta casa fuerte
está ya el reino moro de Granada,
donde estragos y muerte
van a llevar entrando en algarada.
Mas bien puede en el ínterin venir
a este castillo el moro,
y darme que sentir,
y hasta faltar un poco a mi decoro.
¡Grandes son mis recelos!
(Dan fuertes aldabonazos a la puerta de entrada.)
¡Qué horror! ¿Quién llamará? ¡Divinos cielos!
(Suena desde fuera una voz.)
_Voz._
¡Ah del castillo! ¡Hola!
_Doña Brianda_.
(Que se ha acercado a la puerta y ha mirado por el agujero de
la llave.)
Voz de mujer parece y está sola.
(Vuelve a mirar por el agujero.)
Mas no, que un negro bulto la acompaña.
¿Quién es?
_Voz de fuera_.
¡Ábreme!
_Doña Brianda_.
¡Cielos! ¿Qué maraña
es aquesta? ¿qué voz ora me saca
el corazón de quicio?
o he perdido el juicio,
o esta es la propia voz de doña Urraca.
_Doña Urraca_.
Yo soy. Abre, Brianda.
_Doña Brianda_.
Entra. Ya estoy como la cera blanda.