EL ESPEJO DE MATSUYAMA

Mucho tiempo ha vivían dos jóvenes esposos en lugar muy apartado y

rústico. Tenían una hija y ambos la amaban de todo corazón. No diré los

nombres de marido y mujer, que ya cayeron en olvido, pero diré que el

sitio en que vivían se llamaba Matsuyama, en la provincia de Echigo.

Hubo de acontecer, cuando la niña era aún muy pequeñita, que el padre se

vio obligado a ir a la gran ciudad, capital del Imperio. Como era tan

lejos, ni la madre ni la niña podían acompañarle, y él se fue solo,

despidiéndose de ellas y prometiendo traerles, a la vuelta, muy lindos

regalos.

La madre no había ido nunca más allá de la cercana aldea, y así no podía

desechar cierto temor al considerar que su marido emprendía tan largo

viaje; pero al mismo tiempo sentía orgullosa satisfacción de que fuese

él, por todos aquellos contornos, el primer hombre que iba a la rica

ciudad, donde el rey y los magnates habitaban, y donde había que ver

tantos primores y maravillas.

En fin, cuando supo la mujer que volvía su marido, vistió a la niña de

gala, lo mejor que pudo, y ella se vistió un precioso traje azul que

sabía que a él le gustaba en extremo.

No atino a encarecer el contento de esta buena mujer cuando vio al

marido volver a casa sano y salvo. La chiquitina daba palmadas y sonreía

con deleite al ver los juguetes que su padre le trajo. Y él no se

hartaba de contar las cosas extraordinarias que había visto, durante la

peregrinación, y en la capital misma.

--A ti--dijo a su mujer--te he traído un objeto de extraño mérito; se

llama espejo. Mírale y dime qué ves dentro.

Le dio entonces una cajita chata, de madera blanca, donde, cuando la

abrió ella, encontró un disco de metal. Por un lado era blanco como

plata mate, con adornos en realce de pájaros y flores, y por el otro,

brillante y pulido como cristal. Allí miró la joven esposa con placer y

asombro, porque desde su profundidad vio que la miraba, con labios

entreabiertos y ojos animados, un rostro que alegre sonreía.

--¿Qué ves?--preguntó el marido encantado del pasmo de ella y muy ufano

de mostrar que había aprendido algo durante su ausencia.

--Veo a una linda moza, que me mira y que mueve los labios como si

hablase, y que lleva ¡caso extraño! un vestido azul, exactamente como el

mío.

--Tonta, es tu propia cara la que ves;--le replicó el marido, muy

satisfecho de saber algo que su mujer no sabía.--Ese redondel de metal

se llama espejo. En la ciudad cada persona tiene uno, por más que

nosotros, aquí en el campo, no los hayamos visto hasta hoy.

Encantada la mujer con el presente, pasó algunos días mirándose a cada

momento, porque, como ya dije, era la primera vez que había visto un

espejo, y por consiguiente, la imagen de su linda cara. Consideró, con

todo, que tan prodigiosa alhaja tenía sobrado precio para usada de

diario, y la guardó en su cajita y la ocultó con cuidado entre sus más

estimados tesoros.

Pasaron años, y marido y mujer vivían aun muy dichosos. El hechizo de su

vida era la niña, que iba creciendo y era el vivo retrato de su madre, y

tan cariñosa y buena que todos la amaban. Pensando la madre en su propia

pasajera vanidad, al verse tan bonita, conservó escondido el espejo,

recelando que su uso pudiera engreír a la niña. Como no hablaba nunca

del espejo, el padre le olvidó del todo. De esta suerte se crió la

muchacha tan sencilla y candorosa como había sido su madre, ignorando su

propia hermosura, y que la reflejaba el espejo.

Pero llegó un día en que sobrevino tremendo infortunio para esta familia

hasta entonces tan dichosa. La excelente y amorosa madre cayó enferma, y

aunque la hija la cuidó con tierno afecto y solícito desvelo, se fue

empeorando cada vez más, hasta que no quedó esperanza, sino la muerte.

Cuando conoció ella que pronto debía abandonar a su marido y a su hija,

se puso muy triste, afligiéndose por los que dejaba en la tierra y sobre

todo por la niña.

La llamó, pues, y le dijo:

--Querida hija mía, ya ves que estoy muy enferma y que pronto voy a

morir y a dejaros solos a ti y a tu amado padre. Cuando yo desaparezca,

prométeme que mirarás en el espejo, todos los días, al despertar y al

acostarte. En él me verás y conocerás que estoy siempre velando por ti.

Dichas estas palabras, le mostró el sitio donde estaba oculto el espejo.

La niña prometió con lágrimas lo que su madre pedía, y ésta, tranquila y

resignada, expiró a poco.

En adelante, la obediente y virtuosa niña jamás olvidó el precepto

materno, y cada mañana y cada tarde tomaba el espejo del lugar en que

estaba oculto, y miraba en él, por largo rato e intensamente. Allí veía

la cara de su perdida madre, brillante y sonriendo. No estaba pálida y

enferma como en sus últimos días, sino hermosa y joven. A ella confiaba

de noche sus disgustos y penas del día, y en ella, al despertar, buscaba

aliento y cariño para cumplir con sus deberes.

De esta manera vivió la niña, como vigilada por su madre, procurando

complacerla en todo como cuando vivía, y cuidando siempre de no hacer

cosa alguna que pudiera afligirla o enojarla. Su más puro contento era

mirar en el espejo y poder decir:

--Madre, hoy he sido como tú quieres que yo sea.

Advirtió el padre, al cabo, que la niña miraba sin falta en el espejo,

cada mañana y cada noche, y parecía que conversaba con él. Entonces le

preguntó la causa de tan extraña conducta.

La niña contestó:

--Padre, yo miro todos los días en el espejo para ver a mi querida madre

y hablar con ella.

Le refirió además el deseo de su madre moribunda y que ella nunca había

dejado de cumplirle.

Enternecido por tanta sencillez y tan fiel y amorosa obediencia, vertió

él lágrimas de piedad y de afecto, y nunca tuvo corazón para descubrir a

su hija que la imagen que veía en el espejo era el trasunto de su propia

dulce figura, que el poderoso y blando lazo del amor filial hacía cada

vez más semejante a la de su difunta madre.

De varios colores · 第 54 / 73 题