_Villalegre, 7 de Abril_.
Mi querido y respetado maestro: El tío Paco, que lleva desde aquí vino y
aceite a esa ciudad, me acaba de entregar la carta de usted del 4, a la
que me apresuro a contestar para que usted se tranquilice y forme mejor
opinión de mí. Yo no estoy enamorado de doña Juana ni la persigo como
ella se figura. Doña Juana es una mujer singular y hasta cierto punto
peligrosa, lo confieso. Hará seis años, cuando ella tenía cerca de
treinta, logró casarse con el rico labrador D. Gregorio. Nadie la acusa
de infiel, pero sí de que tiene embaucado a su marido, de que le manda
a zapatazos y le trae y le lleva como un zarandillo. Es ella tan
presumida y tan vana, que cree y ha hecho creer a su marido que no hay
hombre que no se enamore de ella y que no la persiga. Si he de decir la
verdad, doña Juana no es fea, pero tampoco es muy bonita; y ni por alta,
ni por baja, ni por muy delgada ni por gruesa llama la atención de
nadie. Llama, sí, la atención por sus miradas, por sus movimientos y
porque, acaso sin darse cuenta de ello, se empeña en llamarla y en
provocar a la gente. Se pone carmín en las mejillas, se echa en la
frente y en el cuello polvos de arroz, y se pinta de negro los párpados
para que resplandezcan más sus negros ojos. Los esgrime de continuo,
como si desde ellos estuviesen los amores lanzando enherboladas flechas.
En suma; doña Juana, contra la cual nada tienen que decir las malas
lenguas, va sin querer alborotando y sacando de quicio a los mortales
del sexo fuerte, ya de paseo, ya en las tertulias, ya en la misma
iglesia. Así hace fáciles y abundantes conquistas. No pocos hombres,
sobre todo si son forasteros y no la conocen, se figuran lo que quieren,
se las prometen felices, y se atreven a requebrarla y hasta a hacerle
poco morales proposiciones. Ella entonces los despide con cajas
destempladas. En seguida va lamentándose jactanciosamente con todas sus
amigas de lo mucho que cunde la inmoralidad y de que ella es tan
desventurada y tiene tales atractivos, que no hay hombre que no la
requiebre, la pretenda, la acose y ponga asechanzas a su honestidad,
sin dejarla tranquila con su D. Gregorio.
La locura de doña Juana ha llegado al extremo de suponer que hasta los
que nada le dicen están enamorados de ella. En este número me cuento,
por mi desgracia. El verano pasado vi y conocí a doña Juana en los baños
de Carratraca. Y como ahora estoy aquí, ella ha armado en su mente el
caramillo de que he venido persiguiéndola. No hallo modo de quitarle
esta ilusión, que me fastidia no poco, y no puedo ni quiero abandonar
este lugar y volver a Málaga, porque hay un asunto para mí de grande
interés, que aquí me retiene. Ya hablaré de él a usted otro día. Adiós
por hoy.