--¿Te parece poco?--prosiguió la diabla, que de rabiosa que estaba,

tenía espuma de saliva en los labios--. Pues Ballester y doña

Guillermina lo decían hace poco: «Es un santo; pero no tiene el

sentimiento del honor». Conque ya sabes. Déjame en paz. No quiero verte

más. Unos dicen que estás cuerdo, y otros que estás loco. Yo creo que

estás cuerdo, pero que no eres hombre; has perdido la condición de

hombre, y no tienes... vamos al decir, amor propio ni dignidad... Conque

ahí tienes tu lección. Aguanta y vuelve por otra. ¿Qué creías?, ¿que yo

iba a sufrirte tus lecciones, y no te iba yo a dar las mías?

--Lo que dices (con glacial estoicismo) es propio de una criatura llena

de debilidades y de impurezas, en quien la razón se halla en estado

embrionario, y que habla y obra siempre al impulso de las pasiones y del

vicio.

--_¡Tiologías!_--gritó Fortunata exaltándose y moviendo los brazos como

una actriz en pasaje de empeño--. Si tú hubieras tenido tanto así de

dignidad, me habrías pegado un tiro... No lo has hecho. Mejor para mí. Y

otra cosa te digo. Si hubieras tenido un adarme de sangre de hombre,

cuando viste a ese y a esa, les habrías pegado seis tiros, dejándoles

secos a los dos. Pero tú no tienes sangre. Esa santidad y esa

cristiandad y esa pastelera razón son la horchata que tienes en las

venas...

Izquierdo, que oía desde la puerta, se alarmó, creyendo oportuno evitar

aquel coloquio que tan mal giro tomaba: «Ea--dijo entrando--, bastante

hemos hablado. Y usted, señor de Maxi, haga el favor de tomar

soleta...».

Le cogía por un brazo, sin que él hiciese resistencia. Rubín estaba algo

aturdido, como si analizara y descompusiera en su mente las acusaciones

de su mujer antes de darles la réplica que merecían. De repente, cual

movida de un impulso epiléptico, Fortunata se incorporó en el lecho,

echó los brazos hacia adelante, clavó los dedos de una mano en el hombro

de su marido con tanta fuerza que le tuvo atenazado, y comiéndoselo con

los ojos, le gritó de este modo: «Marido mío, ¿quieres que te quiera

yo?, ¿quieres que te quiera con el alma y la vida?... Di si quieres...

Yo me he portado mal contigo; pero ahora, si haces lo que te pido, me

portaré bien. Seré una santa como tú... Di si quieres...».

Maxi la interrogaba con su mirada luminosa.

«Di si quieres. Verás cómo lo cumplo. Seré una mujer modelo, y tendremos

hijos tú y yo... Pero has de hacer lo que te digo. Yo te juro que no me

volveré atrás, y te querré. Tú no sabes lo que es una mujer que se muere

por un hombre. ¡Pobretín, esa miel no la has catado nunca!... ¿No darías

tú algo porque yo te quisiera como tú me querías a mí?... ¿Te acuerdas

de cuando me adorabas, te acuerdas?... Pues figúrate que yo te adoro a

ti lo mismo y que te llevo estampado en mi corazón, como tú me llevabas

a mí...».

Maximiliano empezó a inmutarse... La máscara fría y estoica parecía

deshacerse como la cera al calor, y sus ojos revelaban emoción que por

instantes crecía, como una ola que avanza engrosando.

«Di si quieres...--repetía la diabla con exaltación delirante--. Déjate

de santidades y reconciliémonos y querámonos... Tú no lo has catado

nunca. No sabes lo que es ser querido... Verás... Pero ha de ser con una

condición... Que hagas lo que debiste hacer, matar a esa indina,

matarla... porque lo merece... Yo te compro el revólver... ahora

mismo...».

Sus manos revolvieron temblorosas bajo las almohadas buscando el

portamonedas. De él sacó un billete de Banco. «Toma, ¿quieres más?

Compras un revólver... bien seguro... pero bien seguro... la acechas, y

plim... la dejas seca... Oye otra cosa: Para que se te quiten los

celitos, y cumplas con tu honor como un caballero, les matas a los dos,

¿sabes?, a ella y a él, que también lo merece, y después de muertos (con

salvaje sarcasmo), después de muertos, ¡que tengan los hijos en el otro

mundo!... ¿Con que lo harás? Hazlo por mí, y por su pobrecita mujer, que

es un ángel... las dos somos ángeles, cada una a su manera... Dime que

lo harás... ¡Y luego te querré tanto...! No viviré más que para ti...

¡Qué felices vamos a ser!... tendremos niños... hijos tuyos, ¿qué te

crees?...».

Maxi, lelo y mudo, la miraba, y al fin sus ojos se humedecieron... Se

deshelaba. Quiso hablar y no pudo... La voz le hacía gargarismos.

«Sí... quererte a ti--añadió ella--. No sé por qué lo dudas. ¡Ah!, no me

conoces... no sabes de lo que soy capaz... déjate de _tiologías_... ¡El

amor! Yo te enseñaré lo que es... No lo sabes, tontín... ¡la cosa más

rica...!».

--Vamos, ¿qué _yeciones_ son estas?--clamó Izquierdo, tirando a Rubín de

un brazo--. Basta de música... A la calle, que esta chica está mu mala.

--Tío, déjele usted, déjele usted... Es mi marido, y queremos estar

juntos... ¡Vaya!...

Maxi se dejaba levantar del asiento como un saco. Se había quedado

inerte. De pronto, hubo algo en su espíritu que podría compararse a un

vuelco súbito, o movimiento de cosas que, girando sobre un pivote,

estaban abajo y se habían puesto arriba. Las manos le temblaban, sus

ojos echaron chispas, y cuando dijo _matarles, matarles_, su voz sonó en

falsete como en la noche aquella funesta, después del atropello de que

fue víctima en Cuatro Caminos.

«Mátameles, sí...--añadió la diabla, retorciéndose las manos--. ¡Hijos

ella!... En el infierno los tendrá...».

Cayó desplomada sobre las almohadas, chocando la cabeza contra los

hierros de la cama.

Maxi alargó la mano y recogió el billete, que estaba aún sobre la

colcha. Y a punto que Izquierdo le sacaba, resonó la voz de Juan

Evaristo con agudísimo timbre, y entraba Segismundo, asombrándose mucho

de ver al filósofo otra vez allí.

--x--

«¡Demonio de chico!--dijo a Izquierdo cuando volvía de acompañar

hasta la puerta al señor de Rubín--. Hay que tener mucho cuidado con él

y no perderle de vista cuando entra aquí. Y ella, ¿qué tal está?...

Buena moza, ¿cómo va ese valor?».

La joven no respondía. Estaba como aletargada. Pero el chico siguió

chillando, y al reclamo de él, la madre abrió los ojos, y tomándole en

brazos, le acercó a su seno. Ballester mandó a la criada que quitara la

luz, que acaloraba mucho la alcoba, y se sentó donde antes había estado

Maxi. Luego sacó una cajita de medicinas y una botellita con poción.

«Aquí traigo otra antiespasmódica. La he hecho yo mismo, y traigo

también el _percloruro de hierro_ y la _ergotina_, por si acaso... Mucho

cuidado, hija mía, mucho reposo; que las emociones y los disparates de

hoy nos pueden traer un trastorno. Apuesto a que Maxi ha venido a

contarle a usted alguna otra tontería. Es preciso prohibirle la

entrada».

Fortunata había vuelto a cerrar los ojos. El niño callaba y se oían sus

lengüetazos.

«Buenas tragaderas tiene el amigo--dijo Ballester; y para sí,

contemplando a la diabla, que dormía o fingía dormir--: ¡Qué hermosa

está!... Le daría yo un par de besos... con la intención más pura del

mundo... He aquí una mujer que hoy no vale nada moralmente, y que

valdría mucho, si reventara ese maldito Santa Cruz, que la tiene

_sugestionada_... ¡Lástima de corazón echado a los perros...!».

El chico rompió a llorar otra vez, y la madre parecía tan inquieta como

él.

«Amigo Ballester... ¿sabe usted que me parece que me quedo sin leche?...

Mi hijo chupa, chupa y no saca...».

--No asustarse. Es accidental. Procure usted dormir... A ver: ¿Maxi le

ha dicho a usted alguna tontería?

--Tontería no... verdades...

--¡Verdades!... (rompiendo a reír). ¿Y cómo sabe usted que son verdades?

--Porque las grandes verdades las dicen los niños y los locos.

--Es un refrán sin sentido común. Los locos no dicen más que disparates.

--Es que mi marido no está loco... Tiene ahora mucho talento. Tal creo

yo.

Juan Evaristo volvió a callar, pegándose al pezón con salvaje ahínco.

«Tome usted un poco de esta bebida. La he preparado como para usted...

Está riquísima. Es preciso calmar los nervios».

La chica trajo un vaso con cucharilla, y Fortunata tomó la

antiespasmódica.

«¡Qué bueno es usted, Segismundo! ¡Qué agradecida estoy a lo que hace

por mí!».

--Todo y mucho más se lo merece usted, carambita--replicó el

farmacéutico con efusión de cariño--. Hemos de ser muy amigos.

--Amigos sí, porque lo que es querer... No vuelvo yo a querer a ningún

hombre, como no sea a mi marido, siempre y cuando haga lo que le mando.

--¡A su marido! (tomándolo a broma). No me parece mal. Y ahora que está

hecho un santo...

--Santo, no... ¡qué simplezas dice usted!

--Santo; así como suena. De modo que será usted también santa... Pues yo

seré su discípulo. Nos iremos los tres a un desierto a hacer penitencia

y comer yerba.

--Cállese usted.--Usted es la que se va a callar... a ver si se duerme y

se le calman los nervios. La salida de hoy no tendrá consecuencias.

¿Sabe usted lo que venía pensando?, que si encontraba mal a la buena

moza, me quedaría aquí esta noche. Y al salir de casa, le dije a mi

madre que quizás no volvería. Nada, que estoy decidido a cuidarla como

si fuera mi cara mitad.

--No; si no es preciso que usted se moleste. Crea que me siento regular

esta noche, casi bien. Anoche ¿sabe?, estaba peor.

--Pues me estaré hasta las doce o la una. Me pondré a leer _La

Correspondencia_ o a jugar al tute con el señor de Izquierdo. Y si la

veo a usted tranquila y dormida, me retiraré. Si no, aquí me estoy de

centinela.

Así lo hizo, y no habiendo observado hasta más de media noche nada de

particular, salió de puntillas, dando a la placera instrucciones por si

la mamá o el niño tenían alguna novedad durante la noche. El _modelo_ se

fue también, y Segunda se metió en su cuchitril; mas apenas había

descabezado el primer sueño, la llamó Encarnación de parte de la

señorita, que se sentía mal. El chiquillo soltaba todos los registros de

su voz y no había manera de acallarle. Agotó la madre todos sus medios y

Encarnación los suyos, que eran cogerle en brazos y dar un paso adelante

y otro atrás, como si bailara, tratando de persuadirle con amorosas

palabras de que los niños deben estarse calladitos.

«Paréceme--dijo Fortunata con terror--, que me estoy secando».

--Pues si te secas--le contestó su tía, que hasta para consolar era

regañona y desapacible--, pues si te secas, ¡demonche!, mejor, ponemos

un ama, y a vivir...

--Diga usted, tía, ¿ha venido mi marido?

Segunda la miró asombrada. «¡Tu marido!... ¿sabes la hora que es? ¿Y

para qué quieres que venga acá ese tipo?».

--Tenía que hablarle...--¡Santo Cristo de Burgos, cortinas verdes!... A

buenas horas nos entra la fineza... El demonio que te entienda, chica,

¡ahora clamas por tu marido! Para lo que ha de servirte, más vale que no

parezca por acá en mil años.

--Es que le tenía que hablar. No ha estado aquí desde anoche.

Segunda la volvió a mirar, echándose a reír con descarada grosería.

«Pero, chica, si ha estado aquí esta noche, y se fue a las diez...».

--¡Ah!, ¿esta noche ha sido? Es que confundo yo las noches... Creí que

había habido un día entre medio. Cuando una está en la cama, se le va la

idea del tiempo...

La criatura seguía alborotando, y su madre se quejaba de un desasosiego

que no podía explicar. «¡Cuánto siento que se haya ido Segismundo! Él me

recetaría alguna cosa, o al menos, diciéndome que esto no es nada, yo me

lo creería».

Segunda propuso ir a llamarle; pero Fortunata no consintió en ello,

porque una noche, dijo, se pasaba de cualquier manera. Así fue, y la

verdad es que la pasaron todos muy mal, incluso Encarnación, que se

dormía en pie.

A la mañana siguiente, subió Estupiñá a preguntar por toda la familia

con un interés del cual Segunda sabía sacar partido. «¿Cómo ha pasado la

noche la mamá? Y el niño, ¿qué tal? Ya me he enterado del _artículo_ de

amas, y tengo noticias de tres muy buenas, la una pasiega, otra de Santa

María de Nieva y la tercera de la parte de Asturias, con cada ubre como

el de una vaca suiza. ¡Género excelente!».

«Pues no está demás que usted haya dado estos pasos, D. Plácido, porque

estoy en que se nos seca--dijo la placera, gozosa de meter su cucharada

en aquel asunto--; y si la señora (aludiendo a Guillermina), quiere que

se le ponga ama, yo soy de la misma conformidad».

Plácido, después de cotorrear un poco con Segunda en la puerta de la

casa de esta, bajó a la suya, y en la salita, tapizada de carteles de

novenas y otras funciones eclesiásticas, estaba Guillermina, en pie, el

rosario y el libro de rezos en la mano. La casera y el administrador

cotorrearon otro poco, y el resultado de esta nueva conferencia fue que

Rossini volvió a subir presuroso y a tener otra hocicada con Segunda en

la puerta. «Dígame usted, ¿está durmiendo ahora? ¿Y el niño mama o no

mama?»--«Pues ahora están los dos callados... _Paice_ que

duermen».--«Pues silencio. Cuide usted de que no haya ruido en la

casa... Yo, verá usted, como salgan los chicos del latonero a alborotar

en la escalera, les deslomo».

Y vuelta a bajar y a subir nuevamente con un mensaje. «Señá Segunda,

oiga. Que no deje usted de mandar recado hoy a ese señor de Quevedo,

para que la vea y nos diga si traemos el ama o no traemos el

ama».--«Bien está, bien».--«Yo estaré a la mira; ya las tengo

apalabradas, y las reconoceremos en mi casa. Buenas mujeres, y no tienen

pretensiones de cobrar un sentido. Como leche, señá Segunda, como leche,

creo que la asturiana nos ha de dar mejor resultado que ninguna. Tengo

yo un ojo... En fin, mucho cuidado».

Y tornó a bajar con toda su oficiosidad y diligencia, dispuesto a subir

cien veces si fuese menester. Guillermina estuvo aún un ratito en casa

de su amigo, el cual no sabía qué hacerse al ver su pobre vivienda

honrada con persona tan excelsa. Habría traído de San Ginés, si pudiera,

el trono de la Virgen del Rosario, para que se sentara. Pues, digo,

cuando llamaron a la puerta y fue a abrir, y vio ante sí la simpática

figura de Jacinta, creyó el pobre hombre que toda la corte celestial

penetraba en su casa. No dijo nada la señorita; no hizo más que sonreír

de un modo que significaba: «¡Qué raro verme aquí!». Guillermina alzó la

voz desde la sala diciendo: «Pasa, aquí estoy...». Estupiñá, siempre

delicado, se apartó para dejarlas hablar a solas. Parecía que la santa

reprendía paternalmente a la otra: «Si ya te he dicho que lo dejes de mi

cuenta. Yo me entiendo. Si te empeñas en meter la cuchara, creo que lo

vas a echar a perder... No, no te dejo subir... ¿te parece fácil entrar

a verle sin que se entere su madre? Atrevidilla te has vuelto... ¿Que le

bajen aquí? ¡Vamos; las cosas que se te ocurren...! Tiempo tienes de

verle. Si empezamos a hacer disparates y a portarnos como dos

intrigantas que se meten donde no las llaman, merecemos que nos tome Ido

por tipos de sus novelas. Vámonos ahora a San Ginés, y luego sabremos la

opinión del señor de Quevedo. Descuida, que no se nos morirá de hambre».

Salieron, y Plácido se fue con ellas a la iglesia, pues aunque ya había

estado en ella, érale muy grato acompañar a las señoras a misa. Oyeron

dos, y antes de salir, sentadas en un banco, la Delfina dijo a su amiga:

«¿Sabe usted que no he podido oír las misas con devoción, acordándome de

esa mujer? No la puedo apartar de mi pensamiento. Y lo peor es que lo

que hizo ayer me parece muy bien hecho. Dios me perdone esta barbaridad

que voy a decir: creo que con la justiciada de ayer, esa picarona ha

redimido parte de sus culpas. Ella será todo lo mala que se quiera; pero

valiente lo es. Todas deberíamos hacer lo mismo».

La santa no respondió, porque dentro de la iglesia no gustaba de tratar

ciertos asuntos de reconocida profanidad; pero cuando salían por el

patio que da a la calle del Arenal, tomó el brazo de su amiguita,

diciéndole: «Bueno estuvo el lance, bueno. ¡Qué par de alhajas!».

--¡Crea usted que a mí me daba una alegría cuando lo oí contar!...

Habría yo dado cualquier cosa por estar presente en aquella tragedia...

--Quite allá... es repugnante... Dos mujeres pegándose...

--Será lo que usted quiera; pero desde que me lo contaron, la bribona

antigua se ha crecido a mis ojos y me parece menos arrastrada que la

moderna.

--Este mundo, hija mía, está lleno de maldades. A donde quiera que mira

una, no ve más que pecados, y pecados cada vez más gordos, porque la

humanidad parece que se vuelve de día en día más descarada y menos

temerosa de Dios... ¡Quién había de decir que esa muchacha, esa

Aurorita, que parecía tan buena, tan lista...! No, como lista, ya lo es;

aunque la otra lo ha sido más... ¿Y qué dice Bárbara?, estaba encantada

con ella, y todos los días iba al obrador a verla trabajar... Pero

cállate, que aquí viene tu señora suegra...

Barbarita y la pareja se encontraron.

«Ya no alcanzas la del señor cura... ¡Qué horas de ir a misa!».

--Pero si no me han dejado salir en toda la mañana... Mira, Jacinta,

allí tienes a tu marido llama que te llama... Entré y... «Que dónde

estabas tú. Que qué tenías tú que hacer en la calle tan temprano».

Conque bien puedes darte prisa.

--Que espere... Pues no faltaba más...--replicó Jacinta con tedio--. Que

tenga paciencia, que también la tienen los demás.

--Y vosotras, ¿de dónde venís?

--¿Nosotras? De ver amas de cría--dijo la santa sonriendo.

--¡Amas de cría!...--Sí, no es broma... amas, amas, amas.

--¡Qué graciosa estás hoy!...

--Pues qué, ¿no te ha dicho esta tonta que hemos encontrado otro

_Pituso_?

Barbarita se echó a reír con donaire. «Pero qué, ¿os han dado otro

timo?».

--Quia; ahora no. Este es auténtico... este es de ley; _no tiene hoja_,

como el otro, por quien perdiste la chaveta.

--¡Bah!, no quiero oírte...--repuso Barbarita con humor festivo, y se

separó de ellas para ir presurosa a la iglesia.

--Oye... mira--dijo Guillermina llamándola...--Cuando salgas, date una

vuelta por las tiendas. Allí tienes a tu corredor, Estupiñá el Grande.

Aguarda, oye; te compras una buena cuna...

La dama se reía; todas se reían.

--xi--

El dictamen de Quevedo no fue alarmante con respecto a la madre;

pero al chico le dio el comadrón malas noticias, anunciándole que se

quedaba sin provisiones. Por la tarde, Plácido comunicó a la señora que

la mujer aquella se negaba a poner a su hijo en pechos de nodriza,

aunque esta fuese bajada del Cielo; insistía en que tenía leche; el niño

berreaba, dando a entender que su mamá faltaba descaradamente a la

verdad... «En fin, señora--agregó Estupiñá con oficiosidad sañuda--; que

a esa mujer hay que matarla. Es más mala que arrancada, y lo que ella

quiere es que la criaturita perezca...».

Fue allá la fundadora, y se alegró de encontrar a Ballester en la sala.

«A ver si la convence usted de que no puede criar. La pobre, como tiene

la cabeza un tanto débil y trastornada, se figura que le van a quitar a

su hijo... Y no es eso, no es eso... Hay interés en que le críe bien».

--Ya se lo he dicho... Casi he empleado las mismas palabras, señora...

Pero si viera usted... Hállase hoy en un estado de apatía y tristeza que

no me hace maldita gracia. No hay medio de sacarle una respuesta a nada

de lo que se le dice. Tiene el chico en brazos, y cuando le hablan de

amas o de que ella se está secando, le aprieta, le aprieta tanto contra

sí, que me temo que en una de estas le ahogue.

--Todo sea por Dios... Entraré a ver a la fiera, y trataremos de

amansarla.

Sin abandonar aquella actitud de desconfianza y miedo, Fortunata pareció

alegrarse de ver a Guillermina, que la saludó con extremada amabilidad,

demostrando un gran interés por ella y por su niño.

«¡Qué gusto verla a usted!--exclamó la pecadora sin moverse--. Tenía yo

ganas de que viniera para decirle una cosa...».

--Pues ya me la está usted diciendo, porque me voy a escape.

La infeliz joven puso el nene a su lado, mostrando menos desconfianza;

pero le rodeó con su brazo en ademán de protección.

«¿Pero me le quitará?... Diga si me le quería quitar... Fuera bromas. Lo

que usted me diga lo creeré».

--Muchas gracias, amiga mía... Me toma por ladrona de chiquillos. No

sabía yo que soy bruja...

--No; es que... verá. Yo pensaba que me lo iban a quitar, por lo mala

que he sido. Pero eso no tiene que ver, ¿verdad? Pues ahora soy mucho

más mala. ¡Ay!, señora, he cometido un pecado tan grande, tan regrande,

que no creo que me lo perdone Dios.

--¿Apostamos a que es cualquier tontería? (inclinándose hacia ella y

acariciándole la barba).

--¡Ay, señora, ojalá fuera tontería!... Voy a decírselo... Pero no me

riña mucho... Pues anoche estuvo aquí mi marido, hablamos, y le di

veinte duros para que comprara un revólver. El revólver es para matar a

_ese_ y a _esa_... sobre todo a la francesota, infame, traicionera...

Guillermina recibió impresión muy fuerte con estas palabras; pero hizo

un esfuerzo por aparentar que no perdía su serenidad. «Fuertecillo es,

sí, señora... Pero su marido de usted no hará nada. He hablado con él y

me ha parecido muy razonable».

--La razón es su tema... pero no hay que fiar... Lo que es los tiros,

crea usted que no se le escapan. Yo le calenté bien la cabeza... Toda

aquella sabiduría que ahora tiene se la quité con las cosas que le

dije... Se volvió loco otra vez, señora; le prometí quererle como él me

quiso a mí, y crea usted que hice la promesa con voluntad.

--Me hace usted temblar (alarmándose). Vamos; el pecado ese es de lo más

atroz que puede haber. Él, si los mata, peca menos que usted, por

haberle mandado que lo hiciera, acalorándole con promesas.

--Lo mismo me parece a mí, y por eso he estado con miedo toda la noche.

--Si usted reconoce que ha hecho mal, y le pide perdón a Dios de su mala

intención y procura limpiarse de ella, Dios tendrá piedad de la

pecadora.

--Es que... verá usted... estoy arrepentida por mitad. ¡Matarle a él!,

¿sabe usted que me da lástima? No, no, que no le mate... Pero lo que es

a esa bribona, tramposa, embustera... ¿Pues no tiene la poca vergüenza

de creer que tendrá hijos?... ¡Hijos ella...! Dígame usted, ¿qué se

pierde con que se vaya para el otro mundo un trasto semejante?

Esto lo decía con tanta naturalidad, que Guillermina, por un instante,

no supo si indignarse o tomarlo a risa. «Vaya, que las ideas de usted me

gustan... Se me figura que marido y mujer allá se van... en sabiduría.

Si usted no se desdice al momento en todos esos disparates me voy y no

vuelve a verme en su vida más. No se puede tolerar esto...».

--¿De modo que a esta tía _monstrua_ no se le da un castigo?... Eso sí

que está bueno. Y seguirá riéndose de nosotras... No lo entiendo.

--Dios es el que castiga; nosotros aprendemos.

Ambas callaron, mirándose. «Tengo que traerle a usted un confesor. Usted

no está buena ni del cuerpo ni del alma. Pues digo, si lo que Dios no

quiera, sobreviene la muerte a la hora menos pensada, y la coge así, le

cayó la lotería».

--Si me muero, me llevo a mi hijo conmigo--dijo la diabla, volviéndole a

coger y estrechándole contra sí.

--Otra barbaridad. Hoy estamos de vena.

--¿Pues no es mío?, ¿no le he dado yo la vida? (con febril impaciencia y

ardor).

--¡Cómo!... ¿darle vida usted? Hija, no tiene usted pocas pretensiones.

También quiere ponerse en competencia con el Creador del mundo y de

todas las cosas... Vamos, lo mejor es que me eche a reír... En fin,

estamos aquí como dos tontas, y hay que poner las cosas en su lugar.

Tiene usted que llamar a su marido y decirle que para quererle como Dios

manda, es preciso que no mate a nadie, absolutamente a nadie. ¿Lo hará

usted?

--Si usted me lo manda, sí... ¡Ay!, yo creí que matar al que nos engaña,

al que nos vende, no es pecado... vamos, que no era pecado muy gordo, se

me subió la hiel a la cabeza. ¡Le tengo tanta rabia a ésa...! Digo yo

que se puede tener rabia a otra persona, desear que la maten, y sin

embargo no ser una mala.

Incorporose para expresar con mímica más persuasiva un argumento que se

le había ocurrido y que creía de gran fuerza: «Vamos a ver, señora. ¿A

que la dejo callada ahora?, ¿a que, sabiendo usted tanto como sabe, no

me devuelve esta?».

--¿Qué?--Esta razón. Vamos a ver. La señorita Jacinta es, como quien

dice, un ángel... Todos la llaman así... Bueno; pues con todo su mérito

y su _santificación_, ¿no se alegrarla ella de que me quitaran a mí de

en medio?

Se volvió a reclinar en las almohadas, satisfecha, esperando la

respuesta, con la seguridad de que la santa no tenía más remedio que

mentir para no darle la razón.

«¿Qué está usted diciendo?--replicó Guillermina indignada--. ¡Jacinta

desear que maten a nadie!... ¡O usted es tonta o ha perdido el juicio!».

--Vamos... Pues bueno, diré otra cosa (retirándose a la segunda paralela

después de rechazada en la primera). ¿No se alegrará la señorita de que

yo me muera?...

--¿Alegrarse... de que usted se muera... de que se la lleve Dios...?

(titubeando). Tampoco... tampoco... Jacinta no desea el mal del prójimo,

y sabe que debemos amar a nuestros enemigos y hacer bien a los que nos

aborrecen.

Con un _ju ju_ melancólico expresaba Fortunata su incredulidad.

«¡Ay!, ¿no lo cree?...».

--¡Que me desea bien a mí!

_Tie_ gracia.

--Jacinta no sabe tener rencor... ni se acuerda de usted para nada...

--Pero de eso a que me mire con buenos ojos...

--Pues no faltaba más sino que la quisiera a usted como me quiere a

mí... Por cierto que ha hecho la niña merecimientos para ello. Con que

la perdone debe darse por satisfecha...

--¿Y me perdona de verdad?... ¿pero es de verdad?

--¿Pues qué duda tiene? Usted, como no sabe lo que es fe, ni temor de

Dios, ni nada, no comprende esto.

--¿Y podría ser mi amiga?...

--Hija, tanto como amiga... Eso ya es un poco fuerte (no pudiendo

contener la risa). Vamos, que no pide usted poco... Ahora quiere que

después de lo que ha pasado partan un piñón...

--¡Amigas!...--repitió la diabla frunciendo las cejas--. Por más que

usted diga, no me puede ver, mayormente ahora que he tenido un hijo y

ella no... Y lo que es ahora, ya no lo tiene, está visto... Que no le dé

vueltas.

Como Ballester se acercara a la puerta de la alcoba cuando oía reír a la

santa, esta le dijo: «Entre usted si quiere divertirse, pues esto es una

comedia. Su amiga de usted está por conquistar. ¡Qué ideas tiene! Por

cierto que yo le voy a traer al Padre Nones. Tenemos que darle una

limpia buena. En fin, me retiro, que con estas tonterías se me va la

mañana».

Se levantó, y Fortunata le tiró del vestido para hacerla sentar otra

vez. «Una duda me queda, señora. Sáqueme de ella».

--Veamos esa duda... otro despropósito. ¡Ay, qué cabeza!

--Siéntese usted un momento, que le voy a hacer otra pregunta. Dígame

(bajando la voz), ¿Jacinta faltó o no faltó con aquel caballero?

--¡Ave María Purísima!... ¿con qué caballero?

--Con aquel que se murió de repente...

--Cállese, cállese o le pego...

--No, si yo no lo creo ya. Lo creía; pero como fue la indecente de

Aurora quien me lo dijo, ya dejé de creerlo... sólo que tenía un poquito

de duda.

--¿Esa...? (con soberano desprecio). ¡Y se atrevía a decir...!

--Si es lo más mala... Usted no puede figurarse lo mala que es (con la

mayor buena fe). Aquí donde usted me ve, yo, al lado de ella, soy un

ángel.

--Lo creo (sonriendo). No nos ocupemos de esas miserias. ¡Jacinta

faltar! Estas pecadoras empedernidas creen que todas son como ellas...

--No, si yo no lo creo, señora, si no lo creí (muy apurada). Ella fue la

que lo dijo y lo creía... ¿Sabe una cosa? (Atrayéndola a sí y hablándole

en secreto). Créame esto que le voy a decir... Uno de los motivos porque

le pegué fue el haber dicho eso, el haberme encajado la bola de que

Jacinta era como nosotras... Y dígame, ¿no merecía el morrazo que le di

con la llave por afrentar a nuestra amiguita?... ¿No lo merecía? Claro

que sí...

Guillermina estaba confusa; no sabía si aprobar o desaprobar...

«Quedamos en una cosa--dijo levantándose--; mañana vendrá el Padre Nones

para usted, y para este ternerito un ama asturiana que, según dice

Estupiñá...».

--Ama, no... ¿para qué? Si puedo... ¿No ha visto lo satisfecho que está

el rey de la casa? ¿No es verdad, rico, que para nada te hacen falta

amas? Su mamá, su mamá le da al niño todo lo que quiere.

--El Sr. de Quevedo sabe más que usted... Aquí no se hace más que lo que

yo mando--declaró la santa con aquel ademán y tono autoritarios a los

cuales nadie se podía oponer--. Si de aquí a mañana Quevedo no varía de

opinión, vendrá la nodriza. Usted se calla y obedece... Yo pago y

dispongo. Conque a cuidarse, y ya hablaremos. El _excelentísimo_ señor

de Ballester queda encargado de la ejecución del presente decreto.

--xii--

Por la tarde llegó doña Lupe muy alarmada buscando a Maximiliano,

a quien suponía allí. No pasó de la sala, ni quiso ver a Fortunata, de

quien dijo que la compadecía, pero que no podía tener ninguna clase de

relaciones con ella. En la sala cuchicheó la _ministra_ con Segismundo

contándole lo ocurrido. Pues ahí era nada: Maximiliano había comprado un

revólver... ¿pero quién diablos le dio el dinero? Descubriolo la señora por

una casualidad... Le dio el olor, al verle entrar con un bulto entre

papeles. Lo peor del caso fue que no pudo quitárselo. Salió escapado de

la casa, y al poco rato los del herrero del bajo vinieron diciendo que

le habían visto en la Ronda, pegando tiros contra la tapia de la fábrica

del Gas, como para ejercitarse... ¡Ay!, _la de los Pavos_ estaba

aterrada. Toda aquella sabiduría lógica, que el pobre chico tenía en la

cabeza, se le había convertido en humo sin duda. Y lo peor era que no

había ido a almorzar, ni se sabía su paradero... «Tenemos que dar parte

a la policía, para evitar que haga cualquier barbaridad. Yo pensé que

habría venido aquí, y corrí desolada... ¿Dónde demonios estará?

Ballester, por Dios, averígüelo usted y sáqueme de este conflicto. Usted

es la única persona que le domina cuando se pone así... Salga a ver si

le encuentra; yo se lo ruego». A esto replicó el buen farmacéutico que

no podía repicar y andar en la procesión. Fuese la de Jáuregui

desconsoladísima, con intento de ver al Sr. de Torquemada, faro luminoso

que le marcaba el puerto en todas las borrascas de la vida.

Fortunata había oído la voz de doña Lupe, y cuando esta se retiró, quiso

que Ballester le explicase qué traía por allí.

«Pues nada, que _la ministra_ esa quiere meter las narices, y ver a

usted, y hablarle y decirle cosas que sin duda la marearán».

--¡Ah!, que no entre... no la puedo ver. Creo que me pondré mala si la

veo. Y de mi marido, ¿qué dijo?

--No le nombró.--Pues tampoco a Maxi le quiero ver... No sabe usted lo

mal que me sienta verle y hablar con él... Me trastorna. No les deje

usted pasar. Que se vayan a los infiernos. ¡Estoy tan tranquila aquí

solita con mi hijo, y los amigos que me protegen...! ¡Que no venga, por

Dios! ¿Usted me promete que no vendrán?

Lo pedía con terror suplicante. Ballester, deshaciéndose en

demostraciones de caballerosidad protectora y de fraternal hidalguía, le

dijo que los Rubín grandes y chicos, así los de carne y hueso como los

que tenían pechos de algodón, no entrarían en aquella alcoba sino

pasando sobre su cadáver.

Toda aquella tarde estuvo la joven con la idea fija de lo antipáticos

que eran los Rubín, y de lo que ella haría para no recibirlos si a verla

iban. El buen Segismundo se esforzaba en tranquilizarla sobre este

particular, y habiendo observado que el recuerdo de otras personas

excitaba y encendía su ánimo favorablemente, le habló de doña

Guillermina y de su hermosa vida. «¿Sabe lo que me dijo al salir? Pues

que si se le ofrece a usted algo no estando yo aquí, avise a D.

Plácido, al cual se ha encargado que se ponga a las órdenes de usted si

lo necesitara».

--Claro--dijo Fortunata rebosando de orgullo inocente--; como que

Plácido es todo _de la casa_, y desde chiquito no hace más que llevar

recados de los señores, y servirles en mil menudencias. Es un buen

hombre, y yo le quiero mucho... Y a doña Bárbara, ¿la conoce usted? Yo

tampoco... Pero cuando Jacinta y yo seamos amigas, también lo seré de

doña Bárbara... Francamente, estoy admirada del cariño que le tengo

ahora a _la mona del Cielo_, cuando en otro tiempo, sólo de pensar en

ella me ponía mala. Verdad que no acababa de aborrecerla, quiere

decirse, que la aborrecía y me gustaba... cosa rara, ¿verdad? Ahora

seremos amigas, crea usted que seremos amigas... ¿Lo duda usted?

--¿Cómo he de dudar eso, criatura?

--Es que usted parece como que se sonríe un poquitín, cuando me lo oye

decir.

--Está usted viendo visiones. Bueno va...

--Pues, aunque usted se guasee, seremos amigas... y nadie tendrá que

decir de mí ni esto, para que usted lo sepa... Porque voy a portarme...

¡Cristo, cómo me voy a portar ahora! Mi hijo, mi hijo, y nada más...

Vaya, ¿me sostendrá usted que no se sonríe ahora?

--Sí; pero es de satisfacción, por verla a usted tan regenerada...

¡Quién le tose a usted ahora, hallándose en relaciones con personas de

la corte celestial...!

--Y nada más... ¿Pues qué se creía usted?

Se sofocaba tanto, que el farmacéutico creyó prudente llevar la

conversación a un terreno insignificante; pero Fortunata se las componía

para volver a lo mismo, a que ella y la _Delfina_ iban a ser uña y

carne, y a que su conducta en lo sucesivo había de ser como de quien

está en escuela de serafines. «Aquí donde usted me ve, amigo Ballester,

yo también puedo ser ángel, poniéndome a ello. Todo está en ponerse... Y

es cosa muy sencilla. Al menos a mí me parece que no me ha de costar

ningún trabajo. Lo siento yo aquí _entre mí_».

--Depende también de las personas con quien uno se junta--le dijo su

amigo muy serio--. Hablemos ahora de otra cosa. De ciertos atrevimientos

que yo tenía y tengo respecto a usted, no quiero decirle nada, porque se

nos va a hacer santa... Aunque todo podía conciliarse, me parece a mí,

ser santa y querer a este hijo de Dios... Pero en fin, vuelvo la hoja.

¿Sabe usted que si me descuido pierdo mi colocación en la botica de

Samaniego? Si doña Casta sabe que estas ausencias mías son para venir a

visitar a la que le tomó las medidas a su niña, al instante me limpia el

comedero. Por eso no puedo tirar mucho de la cuerda, y esta noche no

vendré. Tengo que quedarme de guardia. Yo rompería con todo, si no fuera

porque me será difícil encontrar colocación inmediatamente, y crea usted

que un periodo de vacaciones me balda... Por mí no me importaría; pero a

mi madre y a mi hermana no quiero hacerlas ayunar. El pobre _pensador_,

mi ilustre cuñado, está mal de intereses, y si yo no tiro del carro, los

ayes y lamentos pidiendo pan se han de oír en Algeciras.

--Pero no sea usted tonto--dijo Fortunata con aquel arranque de

generosidad, que en ella era tan común--. Yo tengo _guita_. Si quiere

mandar a paseo a _las Samaniegas_, mándelas. Que se fastidien, que se

arruinen, que coman piedras... Yo le doy a usted lo que necesite para su

madre y para el _pensador_, hasta que encuentre otra botica. Tenga

confianza conmigo... O _semos_ o no _semos_.

Ballester era tan delicado, que de sólo oír tal proposición, le salieron

los colores a la cara, y se excusó con expresiones de gratitud. Poco

después de anochecer se retiró dando las órdenes más rigurosas a los

hermanos Izquierdo con respecto a visitas. Si algún Rubín, fuese quien

fuese, se presentaba, no abrir. Dejó sobre la mesa de la sala un arsenal

de medicamentos, y a Fortunata le recomendó la quietud, y que _diese con

la puerta del cerebro en los hocicos_ a toda idea triste que se

presentara.

Izquierdo se plantó de centinela en la sala, acompañado de una grande de

cerveza, y por si la grande no era bastante para pasar la noche, llevó

también una chica de añadidura. Segunda regresó a las diez, después de

la horita de tertulia que solía pasar en el puesto de carne, y viendo a

su sobrina muy despabilada, le dio un poco de palique: «¿Sabes a quién

he visto?, a la tía esa, _la de los Pavos_. Fue a buscarme al cajón, muy

ofendida porque el señor Ballester no la dejó entrar a verte. Anda a

caza del sobrino que se les escapó esta mañana, y todavía no ha

aparecido. ¿Sabes lo que me dijo? Te lo cuento para que te rías. Dice

que _las Samaniegas_ están trinando contigo, y que la viejona aquella,

doña Casta, no parará hasta no verte en el _modelo_. ¡Qué comedia!

Ríete, que eso es envidia. Pues verás, La tía esa indecente, _la

Fenelona_, francesota, más mala que el no comer, dice que este hijo que

tienes no es hijo de quien es, sino de D. Segismundo. Tú ríete, tonta,

que eso no es más que envidia».

La prójima no chistó; pero bien se conocía que aquellas palabras habían

hecho en su espíritu un efecto desastroso. Cuando se quedó sola, no le

fue posible contener los impulsos de levantarse. La rabia surgió

terrible en su alma, y sin reparar en lo que hacía, incorporose en el

lecho, alargando las manos a la percha para coger su ropa... «Ahora

mismo, ahora mismo voy, y con esta zapatilla le aporreo la cara hasta

chafarle la nariz... trasto, indecente. ¡Decir eso...!, ¡una mentira tan

grande! ¿Pero qué hora es? ¡Si están dando las doce! Sea la hora que

quiera, saldré, no me puedo contener... Voy, entro en la casa, la saco a

rastras de la cama, me paseo por encima de su alma... ¡Decir eso, decir

eso...!, sin creerlo, porque ella no lo cree. ¡Lo dice por deshonrarme!

Antes calumnió a Jacinta, y ahora me calumnia a mí».

Se sentó en la cama, entreviendo, a pesar de lo ofuscado que su espíritu

estaba, las dificultades de la empresa. «Si lo dejo para mañana, ya no

iré, porque me lo quitarán de la cabeza... Y yo le he de refregar la

jeta con la suela de mis botas. Si no lo hago, Dios mío, me va a ser

imposible ser ángel, y no podré tener santidad. Como no haga esto,

tendré que volver a ser mala; lo conozco en mí».

Y tan pronto se ponía una pieza de ropa como se la quitaba, con

vacilación horrible, fluctuando entre los ímpetus formidables de su

deseo y el sentimiento de la imposibilidad. Por fin se vistió, y

saliendo a la sala, vio a su tío dormido, de bruces sobre la mesa, junto

a la luz, la botella grande a su lado, medio vacía. «Podría salir sin

que me sintiera nadie... ¿Y si despertara a mi tío y le dijera que

viniese conmigo...?». La idea de asociar a _Platón_ a su temeraria

empresa, hízole ver la realidad, y lo disparatado de aquella idea.

«Pues lo que es mañana temprano--se dijo volviendo a la alcoba--, mañana

tempranito, antes de que salga para el obrador, voy y la acogoto...».

Al mirar a su hijo, la llama de su ira se avivó más. «¡Decir que no es

hijo de su padre...! ¡Qué infamia! La despedazaría sin compasión

ninguna. ¡Inocente!, ¡tan chiquito y ya le quieren deshonrar! Pero no le

deshonrarán, no, porque aquí está su madre para defenderle; y al que me

diga que este no es el _hijo de la casa_, le saco los ojos. _Él_ no

puede haberlo dicho... A mí me la soltó, pero fue así como en broma.

_Él_ no puede haberlo dicho, y si yo supiera que lo había dicho, juro

por esta cruz (haciéndola con los dedos y besándola), por esta cruz en

que te mataron, Cristo mío, juro que le he de aborrecer... pero

aborrecerle de cuajo, no de mentirijillas... ¡Ay, Dios mío! (echándose

en la cama, acongojadísima); si le dicen esta mentira tan gorda a

Guillermina y a Jacinta, ¿la creerán?... Puede que sí... Todo lo malo se

cree, y lo malo que de mí se diga, se cree más... Pero no, puede que no

lo crean... Es muy atroz el embuste. Esto no lo puede creer nadie, no

puede ser, no puede ser, y primero creerán que el mundo se vuelve del

revés, y que el día se hace noche, y el sol luna, y el agua fuego. Y si

alguien lo creyera, él lo desmentiría; estoy segura de que lo

desmentiría. Yo no he faltado, yo no he faltado (alzando la voz), y

quien diga que yo he faltado, miente, y merece que se le arranque la

lengua con unas tenazas de hierro echando fuego. Quieren que yo me

pierda; pero por más que hagan esos perros, no me quitarán, Dios mío,

que yo sea tan ángel como otra cualquiera. Que rabien, que rabien,

porque lo seré, lo seré».

Estaba inquietísima, dando vueltas en la cama. El hijito pidió y tomó el

pecho; pero no debía de encontrar muy abundante el repuesto, cuando a

cada instante apartaba su boca, chillando desesperadamente. A sus gritos

de necesidad y desconsuelo, uníanse los de su madre, que decía: «Hijo de

mi alma... qué, ¿no hay?... Esa, esa bruja ratera tiene la culpa; ella

te lo ha quitado. Ya verás cómo la arregla tu mamá... Pobretín, tan

chiquitito y ya le quieren deshonrar... Y mi niño es el rey de España, y

nada tiene que ver con Ballester, que es su amiguito y nada más... Y mi

niño es de quien es, y no hay otro en _la casa_, ni le habrá,

¿verdad?... ¿verdad, gloria, cielo, alegría del mundo?».

--xiii--

Todo esto era muy bonito y muy tierno; pero la leche no parecía,

por lo cual Juan Evaristo no se daba por satisfecho con aquellas

expresiones de tan poco valor en la práctica. Los alaridos que la madre

y el hijo daban, cada uno en su registro, no despertaron a José

Izquierdo, pues este era hombre que en cogiendo la mona, no le

enderezaba un cañón; pero sí sacaron de su letargo a Segunda, que fue a

ver lo que ocurría, y hallando a su sobrina medio vestida, se puso hecha

una furia y por poco le pega. «Mira que te estrello, si das en hacer

funciones de comedia--le dijo con aquellas formas exquisitas que

usaba--. ¿Pero no ves, burra, no ves que se te ha retirado la leche, y

el pobrecito no tiene qué mamar?».

Por fortuna, entre las cosas que dejó Ballester en previsión de todos

los contratiempos posibles, había un biberón muy majo. Segunda, con

determinación rápida, lo llenó de leche (de la cual tenía por casualidad

un par de copas) y probó a dárselo al chico. Este al principio extrañaba

la dureza y frialdad de aquel pezón que en su boquita le metían. Hizo

algunos ascos, pero al fin pudo más el hambre que los remilgos, y apencó

con la teta artificial. «Mira, mira, qué pronto se hace a todo el

angelito. ¡Si es lo más noble...! Rico... ¡qué carpanta estábamos

pasando!». La madre le miraba con desconsuelo, aunque contenta de que se

hubiera encontrado forma y manera de vencer la dificultad. «¿Sabes una

cosa?--le dijo su tía, poniéndole las manos en la cara--. Tienes

calentura... Eso es por ponerte a pensar lo que no debes. ¡Si hicieras

caso de mí, ahora que vas a ser la reina del mundo...! Porque lo que es

tu tanto mensual te lo tienen que dar. De eso hablamos _la de los Pavos_

y yo... ¡Vaya, pues no vas tú a ser ahora poco señora...! Chica, chica,

no te hagas de miel; levanta tu cabeza. ¡Aire!... ¿Pues no ves que las

señoronas esas te hacen la rueda? Como que será una potentada, y yo que

tú, no paraba hasta que la Jacinta viniera a besarme la zapatilla. Pues

qué... ¿crees que él no ha de venir también? Ya le llamará la sangre, y

en cuantito que vea a este retrato suyo, se le caerá la baba... y...

chica, créemelo, hasta coche vamos a tener... ¡qué comedia! ¡Cuando digo

que estaremos en grande! Vendrá, vendrá él, y te aseguro que si tarda

cuatro días es mucho tardar. ¿No ves que esa familia no tiene un nene

que la alegre?... ¡si se están todos muriendo de ganas de chiquillo...!

Tú, trabájalo bien, que nos ha venido Dios a ver con este hijo de

nuestras entrañas... Yo estoy muy orgullosa, porque él Santa Cruz es

como hay Dios; pero su poco de Izquierdo no se lo quita nadie: las dos

familias están de enhorabuena... Ya he empezado yo a sacudirme las

pulgas, y esta tarde le eché su puntadita a Plácido para que nos diera

la casa gratis... ¿Qué te crees?... Si están los Santa Cruz con tu hijo

como chiquillos con zapatos nuevos... Te diré una cosa que no sabes.

Ayer estuvo la Jacinta en casa de D. Plácido... Quería subir a verle;

pero esa otra, la santona, le dijo que otro día, por si tú te

remontabas... Conque vete enterando... ¡Ah! ¡Quién me lo había de

decir!... Todavía me he de ver yo cogida al brazo de don Baldomero,

dando vueltas en la Castellana... ¡y poco charol que me voy a dar...! Si

es una comedia... Tú date tono, no seas boba... que si sabemos

aprovecharnos, de esta hecha vamos para marquesas».

Fortunata, desde que su tía empezó a hablar, lloraba a lágrima suelta;

pero al oír lo de que iban a ser marquesas, una ráfaga de jovialidad

pasó por encima de la onda de tristeza, y la joven se echó a reír con la

cara anegada en llanto.

«No, no te rías; tanto como marquesas no; ni para qué queremos nosotras

ser _títulas_; pero lo que es nuestro coche no nos lo quita nadie... Yo

te aseguro que si hoy viene la Jacinta, tiene que subir... Verás qué

prontito viene el otro... Claro, cuando no esté aquí su mujer... Me

_paice_ a mí que su mujer, de esta hecha se tendrá que ir a plantar

cebollino. Tú, tú eres la que va a subir al trono ahora, o no hay

equidad en la tierra... Y no digan que eres casada y que tu hijo se

tiene que llamar Rubín... ¡Qué comedia! Tú eres mayormente viuda y

libre, porque a tu marido cuéntale como que está en gloria... Y bien

saben todos que a la vuelta lo venden tinto, y el chico en la cara trae

la casta, y lo que es la pensión verás cómo te la dan».

Fortunata no se rió más, ni Segunda dijo nada que excitase su hilaridad.

Hasta la madrugada estuvo la tía acompañándola, y viéndola relativamente

sosegada, se fue a descabezar un sueño antes de bajar al mercado. A poco

de quedarse sola, la joven sintió dentro de sí una cosa extraña. Se le

nublaron los ojos, y se le desprendía algo en su interior, como cuando

vino al mundo Juan Evaristo; sólo que era sin dolor ninguno. No pudo

apreciar bien aquel fenómeno, porque se quedó desvanecida. Al volver en

sí advirtió que era ya día claro, y oyó el piar de los pajarillos que

tenían su cuartel general en los árboles de la Plaza Mayor y en las

crines de bronce del caballo de Felipe III. Fue a coger a su hijo en

brazos, y apenas podía con él. Le faltaban las fuerzas; ¡pero de qué

manera!, y hasta la vista parecía amenguársele y pervertírsele, porque

veía los objetos desfigurados y se equivocaba a cada momento, creyendo

ver lo que no existía. Se asustó mucho y llamó; pero nadie vino en su

auxilio. Después de llamar como unas tres veces, fue a llamar la cuarta,

y... aquello sí era grave; no tenía voz, no le sonaba la voz, se le

quedaba la intención de la palabra en la garganta sin poderla

pronunciar. Dio algunos toques con los nudillos en el tabique; pero al

fin su mano se quedó como si fuera de algodón; daba golpes con ella, y

los golpes no sonaban. También podía ser que sonaran y ella no los

oyera. Pero ¿cómo no los oía Segunda, que estaba al otro lado del

tabique? Luego, el brazo se puso también como carne muerta,

resistiéndose a moverse. «¿Será que me estoy muriendo?» pensó la joven,

echando miradas a su interior. Pero poco pudo ver allí, por estar el

interior a oscuras o fantásticamente iluminado. Todas sus ideas

sufrieron trastornos más o menos febriles, las imágenes se disfrazaron,

cual si fuesen a las máscaras, tomando cara y apariencia de lo que no

eran, y la única sensación dominante con alguna claridad en aquel

desorden fue la de estar inmóvil y rígida, con los movimientos

involuntarios suspendidos y los voluntarios desobedientes al deseo. A su

parecer no respiraba; el oído y la vista daban de rato en rato alguna

impresión fugaz de la vida exterior; pero estas impresiones eran como

algo que pasaba, siempre de izquierda a derecha. Creyó ver a Segunda y

oírla hablar con Encarnación; pero hablaban a la carrera, como seres

endemoniados, pasando y perdiéndose en un término vago que caía hacia la

mano derecha. El piar de pájaros también se precipitaba en aquel sombrío

confín, y los chillidos con que Juan Evaristo pedía su biberón.

Pasado cierto tiempo, indeterminado para ella, recobró sus sentidos y

pudo moverse, apreciando fácilmente la realidad. «¿Quién eres tú?

--preguntó a Encarnación, única persona que estaba a su lado--. ¡Ah!, ya

te conozco... ¡Qué tonta soy! ¿No está mi tía?». Díjole la chiquilla que

la señá Segunda había bajado al mercado, y que subió con la leche para

el niño, y después se volvió a marchar. Sacó Fortunata de aquel

desvanecimiento una convicción que se afianzaba en su alma como las

ideas primarias, la convicción de que se iba a morir aquella mañana.

Sentía la herida allá dentro, sin saber dónde, herida o descomposición

irremediables, que la conciencia fisiológica revelaba con diagnóstico

infalible, semejante a inspiración o numen profético. La cabeza se le

había serenado; la respiración era fácil aunque corta; la debilidad

crecía atrozmente en las extremidades. Pero mientras la personalidad

física se extinguía, la moral, concentrándose en una sola idea, se

determinaba con desusado vigor y fortaleza. En aquella idea vaciaba,

como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en

aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y

quizás menos humano de su carácter, para dejar tras sí una impresión

clara y enérgica de él. «Si me descuido--pensó con gran ansiedad--, me

cogerá la muerte, y no podré hacer esto... ¡qué gran idea!...

Ocurrírseme tal cosa es señal de que voy a ir derecha al Cielo...

Pronto, pronto, que la vida se me va...». Llamando a Encarnación, le

dijo: «Chiquilla, vete corriendito al cuarto de abajo, y le dices a D.

Plácido que le necesito... ¿entiendes?, que le necesito, que suba...

Anda, no te detengas. Ya debe de estar ahí, de vuelta de la iglesia,

tomándose su chocolate... Anda prontito, hija, y te lo agradeceré

mucho».

En el tiempo que estuvo fuera Encarnación, la diabla no hizo más que dar

a su hijo muchos besos, diciéndole mil ternezas. El chico estaba

despierto, y callado la miraba, y aunque nada decía, a ella se le figuró

que hablaba... «Estarás tan ricamente... hijo mío. No te querrán tanto

como yo, pero sí un poquito menos... Me estoy muriendo... qué sé yo qué

tengo... La medicina esa... yo la tomaría... ¿dónde está?...

¡Encarnación!... Pero si ha ido abajo... Parece que me voy en sangre...

Hijo mío, Dios me quiere separar de ti; y ello será por tu bien... Me

muero; la vida se me corre fuera, como el río que va a la mar. Viva

estoy todavía por causa de esta bendita idea que tengo... ¡Ah!, qué idea

tan repreciosa... Con ella no necesito Sacramentos; claro, como que me

lo han dicho de arriba. Siento yo aquí en mi corazón la voz del ángel

que me lo dice. Tuve esta idea cuando estaba aquí sin habla, y al

despertar me agarré a ella... Es la llave de la puerta del Cielo... Hijo

mío, estate calladito, y no chistes, que si tu mamá se va es porque

Dios se lo manda... ¡Ah!, don Plácido, ¿está usted ahí?...».

--Sí, señora--dijo el hablador entrando en la alcoba con los ademanes

más oficiosos del mundo--. ¿Qué se le ofrece a usted? La señora me ha

encargado...

--Amigo, hágame el favor de traer pluma y papel... Espere; deme la

medicina, esos polvos amarillos... ¿cuáles?, no sé... Pero deje, deje,

que me tiene que escribir una carta.

--¡Una carta!... Pero antes... (revolviendo en la mesa de noche). ¿Qué

medicamento quiere?

--Ninguno, ¿ya para qué?... Ándese pronto, que me voy... que me muero.

--¡Que se muere! Vamos... no bromee usted.

--Don Plácido, si no me sirve para esto, llamaré a otra persona. Si

pudiera esperar a Ballester; pero no, no me da tiempo...

--No, hija, no hay que apurarse. Voy por el tintero--y no tardó cinco

minutos en volver, y al entrar de nuevo en la alcoba, vio que Fortunata

se había incorporado en su cama con el chiquillo en brazos, y que

después, entre ella y Encarnación, le ponían bien abrigadito en su cuna

de mimbres, la cual venía a ser como un canasto. Le pusieron entre las

manos su biberón para que no alborotase, y cubriéronle con un pañuelo

finísimo de seda. Estupiñá no entendía una palabra, ni veía la relación

que la pluma y papel pudieran tener con lo que veía. «Don Plácido--dijo

Fortunata con mucha animación--; hágame el favor de escribir... Aquí no

hay mesa. Chiquilla, tráele el tablero de las damas. Déjate de

medicinas... ¿Para qué ya?... Vaya, D. Plácido, prepárese; verá qué

golpe... Se me ocurrió una idea, hace poco, cuando estaba sin habla, al

punto que me entraba también la idea de mi muerte... Ponga ahí lo que yo

le diga: «Señora doña Jacinta. Yo...».

--Yo...--repitió Plácido.

--No; hay que empezar de otra manera... No se me ocurre. ¡Qué torpe soy!

¡Ah!, sí, ponga usted. «Como el Señor se ha servido llevarme con Él, y

ahora se me alcanza lo mala que he sido...». ¿Qué tal?, ¿va bien así?

--«Lo mala que he sido...».

--En fin, siga usted poniendo lo que le digo... «No quiero morirme sin

hacerle a usted una fineza, y le mando a usted, por mano del amigo D.

Plácido, ese _mono del Cielo_ que su esposo de usted me dio a mí,

equivocadamente...». No, no, borre el _equivocadamente_; ponga: «que me

lo dio a mí robándoselo a usted...». No, D. Plácido, así no, eso está

muy mal... porque yo lo tuve... yo, y a ella no se le ha quitado nada.

Lo que hay es que yo se lo quiero dar, porque sé que ha de quererle, y

porque es mi amiga... Escriba usted. «Para que se consuele de los tragos

amargos que le hace pasar su maridillo, ahí le mando al verdadero

_Pituso_. Este no es falso, es legítimo y _natural_, como usted verá en

su cara. Le suplico...».

--«Le suplico...».--Usted póngalo todo muy clarito, D. Plácido; yo le

doy la idea. Pues «le suplico que le mire como hijo y que le tenga por

_natural_ suyo y del padre... Y mande a su segura servidora y amiga, que

besa su mano...». ¿Qué tal? ¿Está con finura?... Ahora, veremos si puedo

echar mi nombre... Me tiembla mucho el pulso... Tráigame la pluma...

Puso un garabato, y luego mandó a Estupiñá abriese la cómoda y sacara la

inscripción de las acciones del Banco. Después de revolver mucho, fue

encontrado el documento. «Eso--dijo Fortunata--, se lo da usted a mi

amiga doña Guillermina».

--Pero no vale sin transferencia--replicó el hablador examinando el

papel.

--¿Sin qué?--Sin transferencia en toda regla.--Pamplinas. Es mío, y yo

lo puedo dar a quien quiera. Coja usted la pluma, y ponga que es mi

voluntad que esas acciones sean para doña Guillermina Pacheco. Le echaré

muchas firmas debajo, y verá si vale.

Aunque Estupiñá no creía válida aquella manera de testar, hizo lo que se

le mandaba.

--Ahora, amigo--dijo ella, perdiendo gradualmente el uso de la

palabra--, coja usted a mi hijo y lléveselo... ¡ay!, déjemelo besar otra

vez... Aguarde a que me muera... No; lléveselo antes de que venga mi

tía, o mi marido, o doña Lupe... gente mala. Pueden venir, y ya ve

usted... qué compromiso. No me dejarán hacer mi gusto, me enfadaré, y no

me moriré tan santamente... como quiero morirme.

No dijo más. Plácido, acercándose a contemplarla, se asustó

extraordinariamente. Creyó que estaba muerta o que le faltaba poco para

morirse; mandó a Encarnación en busca de Segunda y de José Izquierdo, y

cogiendo la cesta en que Juan Evaristo dormía, la puso en la sala. «No

me determino a llevármelo--pensó el buen viejo--. Pero al mismo tiempo,

si esos brutos se empeñan en impedirme que me lo lleve... ¡Ah!, no; yo

cargo con él, y que tiren por donde quieran». Cogió la cesta, y

bajándola a su casa con toda la rapidez que le permitían sus piernas no

muy fuertes, azorado como ladrón o contrabandista, volvió a subir y se

aproximó a la enferma, mirándola tan de cerca, que casi se tocaban cara

con cara. «Fortunata... _Pitusa_» murmuró echando _talmente_ la voz en

el oído de la joven. A la tercera o cuarta llamada, Fortunata movió

ligeramente los párpados, y desplegando los labios, apenas dijo:

«_Nene_...».

--xiv--

«¡Caracoles!, esta mujer se va... ¡Y yo solo aquí con ella!, y el

crío allá abajo. ¡Van a decir que le he robado! Anda, los ladrones serán

ellos. Que digan lo que quieran. ¿A mí, qué? Les presento el papelito

firmado por ella, y en paz. ¡Pobre mujer! (contemplándola horrorizado).

¡Virgen del Carmen, si se va en sangre!... Pero esta gentuza, ¿cómo es

que la abandona así? ¿No vieron el peligro? Y ese médico, ¿en qué está

pensando?... ¡Qué compromiso! ¿Y qué le diría yo?... Aquí hay medicinas;

se las daré. Pero ¿y si me equivoco? Cuidado con las drogas, Plácido, y

no hagas una barbaridad. Esperaremos. Pero qué... si cuando vengan ya

estará ella en el otro barrio. Dios la perdone y le dé lo que más le

convenga... Es preciso tratar de animarla... (hablándole al oído).

Fortunata, Fortunatita, abra usted los ojos, y no se nos muera así tan

tontamente... Le traeré el Viático, si quiera la Santa Unción... ¡Eh!,

hija, chica... Quia, no se entera... Esto está perdido. Hija mía, piense

usted en Dios y en la Santísima Virgen; invóqueles en esta hora tremenda

y la ampararán... Nada, como si le hablaran en griego; no oye, o es que

está tan aferrada a la maldad que no quiere que se le hable de religión.

Voy a tocar otro registro (con malicia).

Fortunata, buena moza, mire usted quién está aquí... despierte y verá...

¿No le conoce? Es aquel sujeto, el Sr. D. Juanito que viene a ver a

su... dama... Mírele, mírele tan afligido de verla a usted malita.

(Hablando para sí). ¡Cómo se sonríe la picarona! ¡Ah!, está dañada hasta

el tuétano. Abre los ojos y le busca con las miradas. Es como los

borrachos, que aunque estén expirando, si les nombran vino, parece que

resucitan... ¡Como no se salve esta! Al infierno se va de cabeza... Vean

qué manera de arrepentirse. Le nombro a Nuestro Divino Redentor y a

María Santísima del Carmen, y como si tal cosa... Sorda como una tapia.

Pero le nombro al señorete, y ya la tiene usted tan avispada, queriendo

vivir, y sin duda con intenciones de pecar. ¡Ah!, cualquier día se salva

esta... Me parece que sube ya la tía. Oigo sus resoplidos como los de

una loba marina... Sí, aquí vienen (saliendo al pasillo y hablando con

Segunda, que subía sofocadísima precedida de Encarnación). ¡Vaya una

calma que tiene usted! Se ha puesto muy mala, pero muy mala».

Apenas entró en la alcoba, Segunda empezó a dar gritos. «¡Hija de mi

alma, me la han matado, me la han matado, me la han asesinado! ¡Ay, qué

carnicería!, ¡cómo está!... Me la han matado... ¿Y el niño? Nos le han

robado, nos le han robado...».

--Atienda a su sobrina, y vea si la puede salvar--dijo Estupiñá

cogiéndola por un brazo--, y déjese de asesinatos, y de robos de hijos,

y no sea usted mamarracho.

--Niña de mi alma... ¿pero qué? Fortunata... ¿te han matado, o qué es

esto? A ver, cordera, ¿tienes heridas? _Paice_ que te han dado cien

puñaladas... Pero estás viva. Cuéntame qué ha sido, ¿quién ha sido? ¿Y

tu niño, nuestro niño, dónde está? ¿Te lo quitaron?...

--Llame usted al médico--indicó Plácido con ira--. ¿Dónde vive? Yo le

avisaré... Y no se cuide del niño, que está mejor que quiere, y nada le

falta.

--¿Pero dónde está?... D. Plácido, D. Plácido--exclamó Segunda,

descompuesta y furiosa--; me parece que va usted a ir al palo... Voy a

dar parte a la justicia. Usted es un forajido, sí señor, no me vuelvo

atrás... Usted nos ha birlado a la criatura.

--¡Atiza!... Pero mujer de Barrabás (retirándose por miedo a que Segunda

le sacara los ojos). ¿Quiere usted callarse? ¿No ve que su sobrina se

muere?

--Porque usted me la ha matado, so verdugo, caribe, usted, usted.

--Dale con gracia... Habrá que ponerle un bozal. Voy a avisar a la Casa

de Socorro.

--A la cárcel... es donde tiene que ir usted.

Y en aquel momento entró José Izquierdo, a quien su hermana quiso

incitar para que acometiese al bueno de Estupiñá. _Platón_ vacilaba, no

dando a Segunda todo el crédito que esta creía merecer.

«Ea, que me voy cargando... y quien va a traer el juez soy yo--afirmó el

anciano, dando una patada--. El chico está donde debe estar, y bien

saben que yo no miento. Y si no, pregúntenle a su madre».

--Hija de mi vida--chillaba Segunda, abrazando y besando a su sobrina,

que si no era ya cadáver, lo parecía--. Dinos lo que te han hecho,

dímelo, corazón. ¡Ay, qué dolor de hija!...

--Usted--dijo Plácido a Izquierdo autoritariamente--, corra a llamar a

ese señor boticario que suele venir, el que ahora la protege. Yo avisaré

a otra persona, y vamos a escape, que la muerte nos coge la delantera.

Se escabulló sin esperar la opinión de Segunda. _Platón_, comprendiendo

por instinto antes que por criterio, que las órdenes de Estupiñá eran

más prácticas que las de la placera, salió y fue presuroso a la calle

del Ave María.

La primera persona que llegó a la casa fue Guillermina, a quien Plácido

enteró por el camino de cuanto había ocurrido. Subiendo la escalera, la

santa dijo a su sacristán: «Entre usted en su casa a esperar a Jacinta

que vendrá en seguida. Adviértale que no quiero que suba. En cuanto

pueda, bajaré yo. A Jacinta que no se mueva de aquí y me aguarde».

Cuando la fundadora entró, la enferma continuaba en el mismo estado.

Segunda, llena de consternación, no hablaba ya de asesinato, y aunque no

acababa de comprender el _robo del chiquillo_, no se atrevió a mentarlo

ante la señora casera. Había intentado hacerle tomar a Fortunata fuertes

dosis de _ergotina_; pero no pudo conseguirlo. Apretaba los dientes, y

no había medio de traerla a la razón. Guillermina tuvo más suerte o puso

en ejecución mejores medios, porque logró hacerle beber algo de aquel

eficaz medicamento. Hubo gran barullo, aplicación precipitada de

remedios diferentes, externos e internos. La santa y la placera, ambas

con igual ardor, trabajaron por atajar la vida que se iba; pero la vida

no quería detenerse, y ante la ineficacia de sus esfuerzos, las dos

mujeres se pararon rendidas y desconsoladas. Fortunata miraba con

expresión de gratitud a su amiga, y cuando esta le cogía la mano,

trataba de hablarle; pero apenas podía articular algún monosílabo.

Calladas, se hablaron mirándose.

«El Padre Nones va a venir--dijo la santa--; le mandé recado al salir de

casa. Prepárese usted, hija mía, poniendo el pensamiento en Nuestro

Señor Jesucristo; y como le pida perdón de sus pecados con verdadera

contrición, se lo dará. ¿Se lo ha pedido usted?».

Fortunata dijo que sí con la cabeza.

«Mi amiguita se ha enterado del regalo que usted le ha hecho, y está tan

agradecida. Ha sido un rasgo feliz y cristiano».

En las nieblas que envolvían su pensamiento, la infeliz joven, al oír

aquello del _rasgo_, se acordó de Feijoo y de sus prohibiciones; pero

este recuerdo no la hizo arrepentirse de su acción.

«Jacinta me encarga que dé a usted las gracias. No le guarda ningún

rencor. Al contrario; usted ha sabido arreglarse para dejar buena

memoria de sí. Además, ella es de las pocas personas que saben perdonar.

Imítela usted ahora, que no le vendría mal en este instante sofocar sus

pasiones, amar a sus enemigos y hacer bien a los que la aborrecen. Hija

mía (abrazándola), ¿ha perdonado usted al hombre que tiene la culpa de

todos sus males y que la ha arrastrado tantas veces al pecado?».

Fortunata dijo que sí con la cabeza, y sus miradas daban a entender que

aquel perdón era de los fáciles, porque el amor andaba de por medio.

«¿Perdona usted también a esa mujer de quien se suponía ofendida, y a

quien usted ofendió de palabra y de obra, con o sin motivo?».

Este perdón sí que era de los duros. Callose la santa observando a la

diabla intranquila. Esta tenía la cabeza echada hacia atrás, moviéndola

sobre la almohada con cierta inquietud, y sus miradas vagaban por el

techo.

«¿Qué?, ¿duda usted?... Pues Dios, para perdonarnos, necesita saber si

perdonamos nosotros antes. ¿Para qué quiere usted ahora ese odio

mezquino? ¿De qué le sirve? De peso para impedirle subir al Cielo. Hay

que arrojar ese plomo (abrazándola con más cariño). Amiguita, hágalo por

mí, por _el mono del Cielo_, que debe quedar aquí rodeado de

bendiciones, no de maldiciones».

Fortunata se estremeció desde el cabello hasta los pies... Su

respiración fatigosa indicaba el afán de vencer las resistencias físicas

que entorpecían la voz. «No necesita usted hablar--le dijo la santa--;

basta que manifieste su intención respondiéndome con la cabeza. ¿Perdona

usted a Aurora...?». La moribunda movió la cabeza de un modo que podría

pasar por afirmativo, pero con poco acento, como si no toda el alma,

sino una parte de ella afirmase.

«Más, más claro».

Fortunata acentuó un poquitito más, y sus ojos se humedecieron.

«Así me gusta».

Entonces resplandeció en la cara de la infeliz señora de Rubín algo que

parecía inspiración poética o religioso éxtasis, y vencida

maravillosamente la postración en que estaba, tuvo arranque y palabras

para decir esto: «Yo también... ¿no lo sabe usted...?, soy ángel...».

Y algo más expresó; pero las palabras volvieron a ser ininteligibles, y

en la cara le quedó una expresión de dicha inefable y reposada. La santa

estuvo un instante sin saber qué actitud tomar.

«¡Ángel!... sí--dijo al fin--; lo será, si se purifica bien. Amiga

querida, es preciso prepararse con formalidad. El Padre Nones va a

venir, y él le dará a usted consuelos que yo no puedo darle... Ahora

recuerdo que usted tenía una idea maligna, origen de muchos pecados. Es

preciso arrojarla y pisotearla... Busque, rebusque bien en su espíritu y

verá cómo la encuentra; es aquel disparate de que el matrimonio, cuando

no hay hijos, no vale... y de que usted, por tenerlos, era la verdadera

esposa de... Vamos (con extraordinaria ternura), reconozca usted que

semejante idea era un error diabólico a fuerza de ser tonto, y prométame

que ha de renegar de ella y que no la olvidará cuando el amigo Nones la

confiese. Mire usted que si se la lleva consigo le ha de estorbar mucho

por allá».

La _Pitusa_ no expresaba nada, por lo cual su fervorosa amiga volvía al

ataque con más brío y pasión. «Fortunata, hija mía, por el cariño que me

tiene, y que yo no me merezco, por el que yo le he tomado y que le

conservaré toda mi vida, le pido que se arranque esa idea, y la arroje

aquí, como si fuera un adorno de los que se ponen las pecadoras, un

lunar postizo, un colorete. Eso no sirve allá, como no le sirva al

demonio para hacer de las suyas... Se la arranca usted, ¿sí o no? Hágalo

por mí, para que yo me quede tranquila».

Fortunata volvió a tener la llamarada en sus ojos, al modo de un reflejo

de iluminación cerebral, y en su cuerpo vibraciones de gozo, como si

entrara alborotadamente en ella un espíritu benigno. La voluntad y la

palabra reaparecieron; pero sólo fue para decir: «Soy ángel... ¿no lo

ve?...».

--Ángel, sí; bueno, esa convicción me gusta (con inquietud). Pero yo

quisiera...

Interrumpió a la señora la aparición del Padre Nones, que no cabía por

la puerta, y tuvo que inclinarse para poder entrar. Toda la estancia se

llenó de una negrura triste y severa. «Aquí estoy, _maestra_» dijo el

anciano, y la dama se levantó para dejarle el asiento. Algo susurraron

los dos antes de que ella se retirara. Nones habló cariñosamente a la

enferma, que le miraba con empañados ojos, sin dar ninguna respuesta a

sus palabras... Por fin, echó una voz que parecía infantil, voz

quejumbrosa y dolorida, como de una tierna criatura lastimada. Lo que

Nones creyó entender entre aquellas articulaciones de indefinible

sentimiento fue esto: «¿No lo sabe?... soy ángel... yo también... _mona

del Cielo_».

Y siguió su exhortación el cura, diciendo para sí: «Trabajo perdido...

cabeza trastornada».

Y en alta voz: «Ángel, sí; pero es preciso, hija mía, confesar la fe de

Cristo, consagrar a ella nuestros últimos pensamientos y pedirle con el

corazón que nos perdone. Es tan bueno, tan bueno, que no niega su amparo

a ningún pecador que se llegue a Él por empedernido que sea... Lo

principal es tener un interior puro, un...».

La miró alarmado. ¿Había dicho algo? Sí; pero Nones no pudo enterarse.

Fue sin duda aquello de _soy ángel_, y luego inclinó la cabeza como

quien se va a dormir. El sacerdote la miró más de cerca, y en alta voz

dijo: «Maestra, maestra, venga usted».

Entró Guillermina y ambos la observaron.

«Creo--dijo Nones--que ha concluido. No ha podido confesar... Cabeza

trastornada... ¡Pobrecita! Dice que es ángel... Dios lo verá...».

La maestra y el cura se pusieron a rezar en voz alta. Segunda empezó a

escandalizar, y en aquel momento llegaba Segismundo, quien sabedor en la

escalera de lo que ocurría, entró en la casa y en la alcoba más muerto

que vivo.

--xv--

Mientras estuvo allí el Padre Nones, Ballester se mantuvo en una

actitud consternada, contemplando el lastimoso cuadro con el respeto que

infunden los muertos, y encerrando su dolor en una compostura que tenía

cierta corrección. Pero cuando no quedaron allí más testigos que la

santa y Segunda, el buen farmacéutico creyó que no tenía para qué

sujetar la onda impetuosa que del corazón le salía, y llegándose al

cuerpo todavía caliente de su infeliz amiga, la abrazó, y estampó

multitud de besos en su frente y mejillas.

«¡Ah!, señora--dijo a la fundadora, secándose las lágrimas--; veo que se

asombra usted de... de verme llorar así, y de estas demostraciones... Es

que yo la quería mucho... era mi amiga... iba a ser mi querida...

digo... no, dispense usted, éramos amigos... Usted no la conocía bien;

yo sí... Era un ángel... digo, debía serlo, podría serlo; dispense

usted, señora, no sé lo que me digo; porque me ha llegado al alma esta

desgracia. No la esperaba... Ha sido un descuido. Ella misma, con los

disparates que hacía... porque era de estos ángeles que hacen muchos

disparates... ¿me entiende usted?... ¡Pobre mujer... tan hermosa y tan

buena!... La hemorragia ha provenido sin duda de no haberse verificado

la involución... Me lo temía... La salida antes de tiempo, la agitación

moral... Añada usted descuidos, falta de asistencia, de vigilancia, y de

una autoridad que se le hubiera impuesto. ¡Ah!, si yo hubiera estado

aquí. Pero no podía, no podía. Mis obligaciones... ¡Ah!, señora, crea

usted que tengo el corazón destrozado, y que tardaré en consolarme de

esta pesadumbre... La había tomado yo tanto cariño, que a todas horas la

tenía en el pensamiento. Mi destino me ligaba a ella, y hubiéramos sido

felices, sí, felices, créalo usted... Nos habríamos ido a otro país, a

un país lejano, muy lejano. Con permiso de usted, la voy a besar otra

vez. No la había besado nunca. No me atrevía, ni ella lo habría

consentido, porque era la persona más honrada y honesta que usted puede

imaginar».

Guillermina sentía tanto asombro como lástima ante las demostraciones de

aquel buen hombre que con tanta franqueza se expresaba. Poco a poco fue

tomando el dolor de Segismundo acentos más tranquilos, y sentado a la

cabecera del lecho mortuorio, habló con la santa de un asunto que

necesariamente y por la fuerza de la realidad se imponía.

«¡Ah!, no señora; dispense usted. Los gastos del entierro los pago yo.

Quiero tener esa satisfacción. No me la quite usted, por Dios...».

--Pero, hijo--replicó la fundadora--, si usted es un pobre. ¿Qué

necesidad tiene de ese gasto? Si no hubiera más remedio, muy santo y muy

bueno. Pero no sea usted tonto y guarde su dinero, que bastante falta le

hace. Esta obligación la pagará quien debe pagarla, y no digo más: al

buen entendedor...

No dándose por vencido, Ballester persistió en su idea: pero Guillermina

hubo de machacar tanto, que al fin se la quitó de la cabeza. Segunda y

sus dos compañeras de plazuela amortajaron a la infeliz señora de Rubín,

y en tanto el farmacéutico se ocupaba con incansable actividad en los

preparativos del entierro, que debía de ser a la mañana siguiente. En

todo aquel día no abandonó la casa mortuoria. Al mediodía estaba solo en

ella, y el cuerpo de Fortunata, ya vestido con su hábito negro de los

Dolores, yacía en el lecho. Ballester no se saciaba de contemplarla,

observando la serenidad de aquellas facciones que la muerte tenía ya por

suyas, pero que no había devorado aún. Era el rostro como de marfil,

tocado de manchas vinosas en el hueco de los ojos y en los labios, y las

cejas parecían aún más finas, rasgueadas y negras de lo que eran en

vida. Dos o tres moscas se habían posado sobre aquellas marchitas

facciones. Segismundo sintió nuevamente deseos de besar a su amiga. ¿Qué

le importaban a él las moscas? Era como cuando caían en la leche. Las

sacaba, y después bebía como si tal cosa. Las moscas huyeron cuando la

cara viva se inclinó sobre la muerta, y al retirarse tornaron a posarse.

Entonces Ballester cubrió la faz de su amiga con un pañuelo finísimo.

Guillermina volvió más tarde. Subía del cuarto de Plácido a decir a

Ballester algo referente al entierro. Un rato hablaron, y como ella se

mostrase recelosa de que el marido de la difunta fuese por allá y armara

un escándalo, el farmacéutico la tranquilizó diciéndole: «No tema usted

nada. Esta mañana hemos conseguido encerrarle. Está furioso el infeliz,

y costó Dios y ayuda quitarle un maldito revólver que ha comprado y con

el cual quiere fusilar a las pobres _Samaniegas_ y a otra persona que

suele pasear por el barrio. La célebre doña Lupe estaba con el alma en

un hilo. Acudimos Padilla y yo, y con gran trabajo pudimos desarmar al

filósofo y encerrarle en su cuarto, donde quedó dando cabezadas contra

las paredes y pegando unos gritos que se oían desde la calle».

--Ya lo dije yo. Tanta y tanta lógica tenía que parar en eso... Conque

ya sabe usted. A las diez habrá misa y responso en el cementerio. Y se

ha dispuesto, por quien debe hacerlo, que el entierro sea de primera,

coche de lujo con seis caballos; irán los niños del Hospicio... Usted

dirá que esta ostentación no viene al caso.

--No, yo no digo nada.

--No tendría nada de particular que lo dijera, porque a primera vista es

absurdo. Pero la complicación de causas trae la complicación de efectos,

y por eso vemos en el mundo tantas cosas que nos parecen despropósitos y

que nos hacen reír. Vea usted por qué yo profeso el principio de que no

debemos reírnos de nada, y que todo lo que pasa, por el hecho de pasar,

ya merece algo de respeto. ¿Se va usted enterando?

Algo más iba a decir; pero entró Plácido, sombrero en mano, y con

ciertos aires de ayudante de campo anunció a su generala que había

llegado doña Bárbara.

Bajó, pues, la santa, y encontró a su amiga un poco adusta, observando

los cariñosos extremos de Jacinta con aquel canario de alcoba que estaba

en su poder, como si se lo hubiera encontrado en la calle o se lo

hubieran puesto en una cesta a la puerta de su casa. Algo le decían

también a la señora de Santa Cruz las facciones del chiquitín; pero

escarmentada y previsora, se contenía por no incurrir en la ridiculez de

un chasco semejante al de marras. Estaba, pues, la señora, indecisa, sin

resolverse a entusiasmarse; y las razones que Guillermina le dio para

convencerla no la sacaron de aquella actitud reservada y suspicaz. Los

afectos que se desbordaban del corazón de la Delfina eran combinación

armoniosa de alegría y de pena, por las circunstancias en que aquella

tierna criatura había ido a sus manos. No podía apartar su pensamiento

de la persona que un poco más arriba, en la misma casa, había dejado de

existir aquella mañana, y se maravillaba de notar en su corazón

sentimientos que eran algo más que lástima de la mujer sin ventura, pues

entrañaban tal vez algo de compañerismo, fraternidad fundada en

desgracias comunes. Recordaba, sí, que la muerta había sido su mayor

enemiga; pero las últimas etapas de la enemistad y el caso increíble de

la herencia del _Pituso_, envolvían, sin que la inteligencia pudiera

desentrañar este enigma, una reconciliación. Con la muerte de por medio,

la una en la vida visible y la otra en la invisible, bien podría ser que

las dos mujeres se miraran de orilla a orilla, con intención y deseos de

darse un abrazo.

Las tres señoras dijeron a un tiempo: «¿y qué hacemos ahora?». Entablose

discusión breve sobre el punto a que llevarían aquella adquisición

preciosa. Guillermina cortó las dificultades, proponiendo que le

llevaran a su casa. Se dieron órdenes a Estupiñá para que fuesen

conducidas también al domicilio de la santa las tres mujeronas entre las

cuales sería elegida, a toda conciencia, la que había de criar al _mono

del Cielo_.

Por la noche de aquel célebre día, hubo en la casa de Santa Cruz una

escena memorable.

Jacinta y su suegra cogieron por su cuenta al Delfín, y le pusieron en

duro compromiso, refiriéndole lo ocurrido, mostrándole la carta

redactada por Estupiñá y obligándole (con lastimoso desdoro de su

dignidad) a manifestarse sinceramente consternado, pues el caso no era

para puesto en solfa, ni para rehuido con cuatro frases y un pensamiento

ingenioso. Había faltado gravemente, ofendiendo a su mujer legítima,

abandonando después a su cómplice, y haciendo a esta digna de compasión

y aun de simpatía, por una serie de hechos de que él era exclusivamente

responsable. Por fin, Santa Cruz, tratando de rehacer su destrozado amor

propio, negó unas cosas, y otras, las más amargas, las endulzó y confitó

admirablemente, para que pasaran, terminando por afirmar que el chico

era suyo y muy suyo, y que por tal lo reconocía y aceptaba, con

propósitos de quererle como si le hubiera tenido de su adorada y

legítima esposa.

Cuando se quedaron solos los Delfines, Jacinta se despachó a su gusto

con su marido, y tan cargada de razón estaba y tan firme y valerosa, que

apenas pudo él contestarle, y sus triquiñuelas fueron armas impotentes y

risibles contra la verdad que afluía de los labios de la ofendida

consorte. Esta le hacía temblar con sus acerados juicios, y ya no era

fácil que el habilidoso caballero triunfara de aquella alma tierna,

cuya dialéctica solía debilitarse con la fuerza del cariño. Entonces se

vio que la continuidad de los sufrimientos había destruido en Jacinta la

estimación a su marido, y la ruina de la estimación arrastró consigo

parte del amor, hallándose por fin este reducido a tan míseras

proporciones, que casi no se le echaba de ver. La situación desairada en

que esto le ponía, inflamaba más y más el orgullo de Santa Cruz, y ante

el desdén no simulado, sino real y efectivo, que su mujer le mostraba,

el pobre hombre padecía horriblemente, porque era para él muy triste,

que a la víctima no le doliesen ya los golpes que recibía. No ser nadie

en presencia de su mujer, no encontrar allí aquel refugio a que

periódicamente estaba acostumbrado, le ponía de malísimo talante. Y era

tal su confianza en la seguridad de aquel refugio, que al perderlo,

experimentó por vez primera esa sensación tristísima de las irreparables

pérdidas y del vacío de la vida, sensación que en plena juventud

equivale al envejecer, en plena familia equivale al quedarse solo, y

marca la hora en que lo mejor de la existencia se corre hacia atrás,

quedando a la espalda los horizontes que antes estaban por delante.

Claramente se lo dijo ella, con expresiva sinceridad en sus ojos, que

nunca engañaban. «Haz lo que quieras. Eres libre como el aire. Tus

trapisondas no me afectan nada». Esto no era palabrería, y en las

pruebas de la vida real, vio el Delfín que aquella vez iba de veras.

Durante algún tiempo, el _Delfinito_ siguió en casa de Guillermina,

donde estaba la nodriza, hasta que enteraron de todo a D. Baldomero, y

se le pudo llevar a la casa patrimonial. Jacinta vivía consagrada a él

en cuerpo y alma, y tenía la satisfacción de que todos en la casa le

querían, incluso su padre. A solas con él, la dama se entretenía

fabricando en su atrevido pensamiento edificios de humo con torres de

aire y cúpulas más frágiles aún, por ser de pura idea. Las facciones del

heredado niño no eran las de la otra, eran las suyas. Y tanto podía la

imaginación, que la madre putativa llegaba a embelesarse con el

artificioso recuerdo de haber llevado en sus entrañas aquel precioso

hijo, y a estremecerse con la suposición de los dolores sufridos al

echarle al mundo. Y tras estos juegos de la fantasía traviesa, venía el

discurrir sobre lo desarregladas que andan las cosas del mundo. También

ella tenía su idea respecto a los vínculos establecidos por la ley, y

los rompía con el pensamiento, realizando la imposible obra de volver el

tiempo atrás, de mudar y trastocar las calidades de las personas,

poniendo a este el corazón de aquel, y a tal otro la cabeza del de más

allá, haciendo, en fin, unas correcciones tan extravagantes a la obra

total del mundo, que se reiría de ellas Dios, si las supiera, y su

vicario con faldas, Guillermina Pacheco. Jacinta hacía girar todo este

ciclón de pensamientos y correcciones alrededor de la cabeza angélica de

Juan Evaristo; recomponía las facciones de este, atribuyéndole las suyas

propias, mezcladas y confundidas con las de un ser ideal, que bien

podría tener la cara de Santa Cruz, pero cuyo corazón era seguramente el

de Moreno... aquel corazón que la adoraba y que se moría por ella...

Porque bien podría Moreno haber sido su marido... vivir todavía, no

estar gastado ni enfermo, y tener la misma cara que tenía el Delfín, ese

falso, mala persona... «Y aunque no la tuviera, vamos, aunque no la

tuviera... ¡Ah!, el mundo entonces sería como debía ser, y no pasarían

las muchas cosas malas que pasan...».

--xvi--

En el entierro de la señora de Rubín contrastaba el lujo del

carro fúnebre con lo corto del acompañamiento de coches, pues sólo

constaba de dos o tres. En el de cabecera iba Ballester, que por no ir

solo se había hecho acompañar de su amigo el crítico. En el largo

trayecto de la Cava al cementerio, que era uno de los del Sur,

Segismundo contó al buen Ponce todo lo que sabía de la historia de

Fortunata, que no era poco, sin omitir lo último, que era sin duda lo

mejor; a lo que dijo el eximio sentenciador de obras literarias, que

había allí elementos para un drama o novela, aunque a su parecer, el

tejido artístico no resultaría vistoso sino introduciendo ciertas

urdimbres de todo punto necesarias para que la vulgaridad de la vida

pudiese convertirse en materia estética. No toleraba él que la vida se

llevase al arte tal como es, sino aderezada, sazonada con olorosas

especias y después puesta al fuego hasta que cueza bien. Segismundo no

participaba de tal opinión, y estuvieron discutiendo sobre esto con

selectas razones de una y otra parte, quedándose cada cual con sus ideas

y su convicción, y resultando al fin que la fruta cruda bien madura es

cosa muy buena, y que también lo son las compotas, si el repostero sabe

lo que trae entre manos.

En esto llegaron y se dio tierra al cuerpo de la señora de Rubín,

delante de las cuatro o cinco personas acompañantes, las cuales eran

Segismundo y el crítico, Estupiñá, José Izquierdo y el marido de una de

las placeras, amiga de Segunda. Ballester, afectadísimo, hacía de tripas

corazón, y se retiró el último. De regreso a Madrid en el coche, llevaba

fresca en su mente la imagen de la que ya no era nada. «Esta

imagen--dijo a su amigo--, vivirá en mí algún tiempo; pero se irá

borrando, borrando, hasta que enteramente desaparezca. Esta presunción

de un olvido posible, aun suponiéndolo lejano, me da más tristeza que

lo que acabo de ver... Pero tiene que haber olvido, como tiene que haber

muerte. Sin olvido, no habría hueco para las ideas y los sentimientos

nuevos. Si no olvidáramos no podríamos vivir, porque en el trabajo

digestivo del espíritu no puede haber ingestión sin que haya también

eliminación».

Y más adelante: «Mire usted, amigo Ponce, yo estoy inconsolable; pero no

desconozco que, atendiendo al egoísmo social, la muerte de esa mujer es

un bien para mí (bienes y males andan siempre aparejados en la vida);

porque, créamelo usted, yo me preparaba a hacer grandes disparates por

esa buena moza; ya los estaba haciendo, y habría llegado sabe Dios a

dónde... ¡calcule usted qué atracción ejercía sobre mí! Me tengo por

hombre de seso, y sin embargo, yo me iba derecho al abismo. Tenía para

mí esa mujer un poder sugestivo que no puedo explicarle; se me metió en

la cabeza la idea de que era un ángel, sí, ángel disfrazado, como si

dijéramos, vestido de máscara para estampar a los tontos, y no me

habrían arrancado esta idea todos los sabios del mundo. Y aun ahora, la

tengo aquí fija y clara... Será un delirio, una aberración; pero aquí

dentro está la idea, y mi mayor desconsuelo es que no puedo ya, por

causa de la muerte, probarme que es verdadera...

Porque yo me lo quería probar... y créalo usted, me hubiera salido con

la mía».

A la semana siguiente, Ballester salió de la botica de Samaniego, porque

doña Casta se enteró de sus relaciones (que a ella se le antojaron

inmorales) con la infame que tan groseramente había atropellado a

Aurora, y no quiso más cuentas con él. Doña Lupe le rogó varias veces

que fuese a ver a Maximiliano, que continuaba encerrado en su cuarto, y

le daban la comida por un tragaluz, no atreviéndose a entrar ni la

señora ni Papitos, porque los aullidos que daba el infeliz eran señal de

agitación insana y peligrosa. Segismundo fue el primero que penetró en

la estancia, sin miedo alguno, y vio a Maxi en un rincón, hecho un

ovillo, con más apariencias de imbecilidad que de furia, demudado el

rostro y las ropas en desorden.

«¿Qué?--le dijo el farmacéutico inclinándose y tratando de levantarle--.

¿Se va pasando eso?... Como hace días nos quiso usted morder, cuando le

quitamos el revólver, y daba mordiscos y patadas, y quería matar a todo

el género humano, tuvimos que encerrarle. Justo castigo de la

tontería... ¿Qué? ¿Ha perdido el uso de la palabra? Míreme de frente y

no hagamos visajes, que se pone muy feíto. ¿No me conoce? Soy Ballester,

y ahí tengo la vara aquella para enderezar a los niños mal criados».

--Ballester--dijo Maxi mirándole fijamente y como quien vuelve de un

letargo.

--El mismo, ¿y qué?... ¿Quiere que le dé noticias del mundo? Pues

prométame tener juicio.

--¿Juicio...? Ya lo tengo, ya lo tengo. ¿Pues acaso he perdido yo alguna

vez ni tanto así del juicio?

--¡Quia! Nada en gracia de Dios. ¡Usted perder el juicio! Bueno va...

--Ello es que yo he dormido, amigo Ballester--dijo Rubín con relativa

serenidad levantándose--. Lo que recuerdo ahora es que yo estaba cuerdo,

más cuerdo que nadie, y de repente me entró el frenesí de matar. ¿Por

qué, por qué fue?

--Eso, rásquese la cabecita a ver si hace memoria... fue porque _semos_

muy tontos. Era usted el espejo de los filósofos, y ya iba para santo,

cuando de repente le dio por comprar un revólver...

--¡Ah!... sí (abriendo espantado lo ojos), fue porque mi mujer me dio

palabra de quererme con verdadero amor, de quererme con delirio, ¿oye

usted?, como ella sabe querer.

--Bueno va. Y ahora le quiere echar la culpa a la otra pobre.

--Ella, sí, ella fue. Me arrebató... y arrebatado estoy. Tengo dentro de

mí el espíritu del mal... y apenas me queda un recuerdo vago de aquel

estado de virtud en que me hallaba.

--¡Qué lástima, hijo, qué lástima! Tenemos que volver a las duchas y al

bromuro de sodio. Es lo mejor para echar virtud y filosofía.

--Volveré--dijo Maxi con gravedad suma--, cuando haya cumplido la

promesa que a mi mujer hice. Mataré, gozaré después de aquel amor

inefable, infinito, que no he catado nunca y que ella me ofreció en

cambio del sacrificio que le hice de mi razón, y luego nos consagraremos

ella y yo a hacer penitencia y a pedir a Dios perdón de nuestra culpa.

--¡Bonito programa, sí, señor, bonito contrato! Sólo que ya no puede

realizarse, porque falta una de las partes.

--¿Qué parte?--La que ponía el amor, ese amor tan sublime y...

delirante.

Maxi no comprendía, y Ballester, decidido a darle la noticia sin rodeos

ni atenuaciones, concluyó así:

--Sí, su mujer de usted ya no existe. La pobrecita se nos ha muerto hace

hoy ocho días.

Y al decirlo, se conmovió extraordinariamente, velándosele la voz. Maxi

prorrumpió en una risa desentonada. «Otra vez la misma comedia, otra

vez... Pero ahora, como entonces, no cuela, Sr. Ballester... ¿Apostamos

a que con mi lógica vuelvo a descubrir dónde está? ¡Ay, Dios mío!, ya

siento la lógica invadiendo mi cabeza con fuerza admirable, y el talento

vuelve... sí, me vuelve, aquí está, le siento entrar. ¡Bendito sea

Dios, bendito sea!».

Doña Lupe, que escuchaba este coloquio desde el pasillo, aplicando su

oído a la puerta entornada, fue perdiendo el miedo al oír la voz serena

de su sobrino, y abrió un poquito, dejando ver su cara inteligente y

atisbadora.

«Entre usted, doña Lupe--le dijo Segismundo--. Ya está bien. Pasó el

arrebato. Pero no quiere creer que hemos perdido a su esposa. Ya; como

la otra vez le engañamos... Pero él tuvo más talento que nosotros».

--Y ahora también, y ahora también--afirmó Rubín con maniática

insistencia--. Empezaré al instante mis trabajos de observación y de

cálculo.

--Pues no necesitará calentarse la cabeza, porque yo se lo probaré... yo

demostraré lo que he dicho. Doña Lupe, hágame el favor de traerle la

ropita, porque no está bien que salga a la calle con esa facha.

--¿Pero a dónde le va usted a llevar? (alarmada).

--Déjeme usted a mí, señá ministra. Yo me entiendo. ¿Teme que le robe

esta alhaja?

--Mi ropa, tía, mi ropa--dijo Maxi tan animado como en sus mejores

tiempos, y sin ninguna apariencia de trastorno mental.

Por fin, se hizo lo que Ballester deseaba; Maxi se vistió y salieron. En

el pasillo, Segismundo comunicó su pensamiento a doña Lupe: «Mire

usted, señora, yo tengo que ir al cementerio a ver la lápida que he

hecho poner en la sepultura de esa pobrecita. La costeo yo; he querido

darme esa satisfacción... una lápida preciosa, con el nombre de la

difunta y una corona de rosas...».

--¡Corona de rosas!--exclamó _la de los Pavos_, que con toda su

diplomacia no supo disimular un ligero acento de ironía.

--De rosas... ¿y qué más le da a usted...? (quemándose). ¿Acaso tiene

usted que pagarla?... Yo hubiera querido hacerla de mármol; pero no hay

posibles... y es de piedra de Novelda; tributo modesto y afectuoso de

una amistad pura... Era un ángel... Sí; no me vuelvo atrás, aunque usted

se ría.

--No, si no me he reído. Pues no faltaba más.

--Un ángel a su manera. En fin, dejemos esto y vamos a lo otro. Como ha

de influir mucho en el estado mental de este pobre chico el convencerse

de que su mujer no vive, le pienso llevar... para que lo vea, señora,

para que lo vea.

Aprobó doña Lupe, y los dos farmacéuticos salieron y tomaron un simón.

Por el camino iba Maxi cabizbajo, y la aproximación al cementerio le

imponía, subyugando su ánimo con la gravedad que lleva en sí la idea del

morir. «Adelante, niño» le dijo su amigo cogiéndole por un brazo, y

llevándole dentro del camposanto. Atravesaron un gran patio lleno de

mausoleos de más o menos lujo, después otro patio que era todo nichos;

pasaron a un tercero en el cual había sepulturas abiertas, recién

ocupadas, y paráronse delante de una en la cual estaban aún los

albañiles, que acababan de poner una lápida y recogían las herramientas.

«Aquí es--dijo Ballester, señalando la gran losa de cantería de Novelda,

en cuyo extremo superior había una corona de rosas, bastante bien

tallada, debajo del R.I.P. y luego un nombre y la fecha del

fallecimiento--¿Qué dice ahí?».

Maximiliano se quedó inmóvil, clavados los ojos en la lápida... ¡Bien

claro lo rezaba el letrero! Y al nombre y apellido de su mujer se añadía

_de Rubín_. Ambos callaban; pero la emoción de Maxi era más viva y

difícil de dominar que la de su amigo. Y al poco rato, un llanto

tranquilo, expresión de dolor verdadero y sin esperanza de remedio,

brotaba de sus ojos en raudal que parecía inagotable. «Son las lágrimas

de toda mi vida--pudo decir a su amigo--, las que derramo ahora... Todas

mis penas me están saliendo por los ojos».

Ballester se le llevó no sin trabajo, porque aún quería permanecer allí

más tiempo y llorar sin tregua. Cuando salían del cementerio, entraba un

entierro con bastante acompañamiento.

Era el de D. Evaristo Feijoo. Pero los dos farmacéuticos no fijaron su

atención en él. En el coche, Maximiliano, con voz sosegada y dolorida,

expresó a su amigo estas ideas:

«La quise con toda mi alma. Hice de ella el objeto capital de mi vida, y

ella no respondió a mis deseos. No me quería... Miremos las cosas desde

lo alto: no me podía querer. Yo me equivoqué, y ella también se

equivocó. No fui yo solo el engañado, ella también lo fue. Los dos nos

estafamos recíprocamente. No contamos con la Naturaleza, que es la gran

madre y maestra que rectifica los errores de sus hijos extraviados.

Nosotros hacemos mil disparates, y la Naturaleza nos los corrige.

Protestamos contra sus lecciones admirables que no entendemos, y cuando

queremos que nos obedezca, nos coge y nos estrella, como el mar estrella

a los que pretenden gobernarlo. Esto me lo dice mi razón, amigo

Ballester, mi razón, que hoy, gracias a Dios, vuelve a iluminarme como

un faro espléndido. ¿No lo ve usted?... ¿pero no lo ve?... Porque el que

sostenga ahora que estoy loco es el que lo está verdaderamente, y si

alguien me lo dice en mi cara, ¡vive Cristo, por la santísima uña de

Dios!, que me la ha de pagar».

--Calma, calma, amigo mío (con bondad). Nadie le contradice a usted.

--Porque yo veo ahora todos los conflictos, todos los problemas de mi

vida con una claridad que no puede provenir más que de la razón... Y

para que conste, yo juro ante Dios y los hombres que perdono con todo mi

corazón a esa desventurada a quien quise más que a mi vida, y que me

hizo tanto daño; yo la perdono, y aparto de mí toda idea rencorosa, y

limpio mi espíritu de toda maleza, y no quiero tener ningún pensamiento

que no sea encaminado al bien y a la virtud... El mundo acabó para mí.

He sido un mártir y un loco. Que mi locura, de la que con la ayuda de

Dios he sanado, se me cuente como martirio, pues mis extravíos, ¿qué han

sido más que la expresión exterior de las horribles agonías de mi alma?

Y para que no quede a nadie ni el menor escrúpulo respecto a mi estado

de perfecta cordura, declaro que quiero a mi mujer lo mismo que el día

en que la conocí; adoro en ella lo ideal, lo eterno, y la veo, no como

era, sino tal y como yo la soñaba y la veía en mi alma; la veo adornada

de los atributos más hermosos de la divinidad, reflejándose en ella como

en un espejo; la adoro, porque no tendríamos medio de sentir el amor de

Dios, si Dios no nos lo diera a conocer figurando que sus atributos se

transmiten a un ser de nuestra raza. Ahora que no vive, la contemplo

libre de las transformaciones que el mundo y el contacto del mal le

imprimían; ahora no temo la infidelidad, que es un rozamiento con las

fuerzas de la Naturaleza que pasan junto a nosotros; ahora no temo las

traiciones, que son proyección de sombra por cuerpos opacos que se

acercan; ahora todo es libertad, luz; desaparecieron las asquerosidades

de la realidad, y vivo con mi ídolo en mi idea, y nos adoramos con

pureza y santidad sublimes en el tálamo incorruptible de mi pensamiento.

--Era un ángel--murmuró Ballester, a quien, sin saber cómo, se le

comunicaba algo de aquella exaltación.

--Era un ángel--gritó Maxi dándose un fuerte puñetazo en la rodilla--.

¡Y el miserable que me lo niegue o lo ponga en duda se verá conmigo...!

--¡Y conmigo!--repitió Segismundo, con igual calor--. Lástima de

mujer... ¡Si viviera!

--No, amigo, vivir no. La vida es una pesadilla... Más la quiero

muerta...

--Y yo también--dijo Ballester, cayendo en la cuenta de que no debía

contrariarle--. La amaremos los dos como se ama a los ángeles. ¡Dichosos

los que se consuelan así!

--¡Dichosos mil veces, amigo mío!--exclamó Rubín con entusiasmo--, los

que han llegado, como yo, a este grado de serenidad en el pensamiento.

Usted está aún atado a las sinrazones de la vida; yo me liberté, y vivo

en la pura idea. Felicíteme usted, amigo de mi alma, y deme un gran

abrazo, así, así, más apretado; más, más, porque me siento muy feliz,

muy feliz.

Al entrar en su casa lo primero que dijo a doña Lupe fue esto: «Tía de

mi alma, yo me quiero retirar del mundo, y entrar en un convento donde

pueda vivir a solas con mis ideas». Vio el cielo abierto la de Jáuregui

al oírle expresarse de este modo, y respondió: «¡Ay, hijo mío, si ya te

tenía yo dispuesta tu entrada en un monasterio muy retirado y hermoso

que hay aquí, cerca de Madrid! Verás qué ricamente vas a estar. Hay en

él unos señores monjes muy simpáticos que no hacen más que pensar en

Dios y en las cosas divinas. ¡Cuánto me alegro de que hayas tomado esa

determinación! Anticipándome a tu deseo, te estaba yo preparando la ropa

que has de llevar». Apoyó Ballester la idea que a su amigo le había

entrado, y todo el día estuvo hablándole de lo mismo, temeroso de que se

desdijera; y para aprovechar aquella buena disposición, al día siguiente

tempranito, él mismo le llevó en un coche al sosegado retiro que le

preparaban. Maxi iba contentísimo y no hizo ninguna resistencia. Pero al

llegar, decía en alta voz como si hablara con un ser invisible: «¡Si

creerán estos tontos que me engañan! Esto es Leganés. Lo acepto, lo

acepto y me callo, en prueba de la sumisión absoluta de mi voluntad a

lo que el mundo quiera hacer de mi persona. No encerrarán entre murallas

mi pensamiento. Resido en las estrellas. Pongan al llamado Maximiliano

Rubín en un palacio o en un muladar... lo mismo da».

Madrid.--Junio de 1887.

Fortunata y Jacinta: dos historias de casadas · 第 47 / 49 题