--i--
Fortunata sintió ruido en la puerta y esta voz: «¿Se
puede?».--«Pase usted, D. Segismundo» dijo reconociendo al regente de la
botica. Y entró el tal con cara risueña y actitud oficiosa, como de
persona que cree ser útil. Estaba la joven incorporada en su lecho, con
chambra y pañuelo a la cabeza. «¡Qué reguapa está!--pensaba Ballester al
saludarla, apretándole mucho la mano--. ¡Lástima de mujer!».
«Ayer no pasó usted--le dijo ella con amabilidad--, porque yo no sabía
quién era, y no quiero recibir visitas. Estoy muerta de miedo, y por las
noches sueño que alguien viene a robármelo. ¿Quiere usted verle?...».
A su lado estaba, durmiendo con plácido sueño, el recién venido
personaje, cuyas precoces gracias quería mostrar a su amigo. Así lo hizo
con más orgullo que vergüenza, y apartó las sábanas, dejando ver la
carita sonrosada y los puños cerrados del tierno niño.
«¡Cuidado que es bonito!» dijo Ballester inclinándose--.
Tiene a quien salir por una y otra banda.
--Dos horas hace que está tan dormidito. ¡Qué ángel! ¡Y si viera usted
qué pillo es, y qué tragón! Viene determinado a darse buena vida. Si lo
viera usted cuando se pone a mirarme... ¡Pobrecito! Me quiere mucho.
Sabe que le quiero más que a mi vida, y que es para mí el mundo entero.
--Ya sabe usted lo convenido. Seré padrino de Su Excelencia. Usted me lo
prometió la última vez que nos vimos.
--Sí, sí, y no me vuelvo atrás. Usted será padrino.
--Y después del primer nombre, que usted designará (poniéndose muy
inflado), llevará el mío, Segismundo. ¿Qué le parece a usted?
--Muy bien. Se llamará Juan, después Evaristo, y después Segismundo.
--Bueno; transijo con el tercer lugar en el escalafón, pero de ahí no
paso; como usted me quiera echar al cuarto, me sublevo.
Ambos se rieron. Ballester se había sentado en una silla junto al lecho,
y no quitaba los ojos de aquella mujer, que le parecía entonces más
hermosa que nunca. «Le daría cuatro besos--pensaba--; pero de amistad,
de pura amistad, porque me interesa esta infeliz... y digan lo que
quieran, no es tan mala como se cree por ahí». Después empezó a dar
noticias de la familia y amigos, las cuales oía Fortunata con gran
curiosidad. «Doña Lupe, con toda su fiereza, no la olvida a usted. Todos
los días nos pide noticias a mí o a Quevedo, y pregunta también por el
muchacho, si es robusto, si mama bien, si tiene algún defecto
físico...».
--¡Defecto!...--exclamó la madre indignada--. Si es una preciosidad. Más
perfecto es que las perfecciones. Se lo enseñaré a usted desnudo, para
que vea qué hermosura de hijo. Estoy loca con él. Me parece que han de
venir a quitármelo. Y no crea usted; ¡hay tanta envidiosona...!
Dejando que pasara la racha de entusiasmo maternal, Ballester continuó
así: «Pero lo que la pasmará a usted es saber que el amigo Maxi está tan
mejorado, pero tan mejorado, que si le ve usted no le conoce».
--¿Pero es de verdad?... Quia: guasas de usted.
--No hija. Siempre que ocurre en la casa o en la vecindad algo difícil
de resolver, se le consulta a él. Está hecho un Salomón. _Doña
Desdémona_, cuando surge alguna dificultad en su república de pájaros,
le llama, y lo que él dice, se hace.
--Vaya, que hoy estamos de vena. Ojalá fuera verdad lo que usted dice.
Yo me alegraría mucho, con tal que no se acordara de mí para nada, ni
supiera que estoy viva.
--Pues eso sí que no lo logra usted... Todo lo sabe.
--¡Ay, no me lo diga, por Dios! (asustadísima y palideciendo). No sabe
usted el miedo que me ha entrado. Ya no voy a tener un minuto de
tranquilidad. ¿Pero es eso verdad? No se divierta conmigo, Ballester;
mire que estoy temblando de miedo.
--¿Miedo a qué? Si está muy razonable, y más tranquilo que nunca. Todas
sus ideas son ideas de benevolencia y tolerancia. Habla poco, y a lo
mejor se descuelga diciendo cosas muy buenas. No le suelta a usted un
disparate ni aunque se lo pida por favor. Respecto de usted, creo que el
sentimiento que tiene es la indiferencia, si es que la indiferencia se
puede llamar sentimiento.
--No me fío, no me fío (meditaba, demostrando en el tono que no las
tenía todas consigo). Verá usted cómo el mejor día...
La conversación pasó de Maximiliano a _las Samaniegas_, mostrando
Fortunata gran extrañeza de que Aurora no se acordase de ella. «Es una
mala crianza, porque bien sabe dónde estoy, y desde su obrador aquí se
viene en tres minutos. Y si no quería ella venir, ¿qué le costaba mandar
una oficiala a preguntar si vivo o si muero?... Crea usted que esto me
duele; porque yo, a quien me quiere como dos le quiero como catorce».
Ballester contestó con un gran suspiro, al cual no dio su interlocutora
la interpretación conveniente. De pronto el farmacéutico mudó el tema:
«¡Ah!, me olvidaba de lo mejor. ¿Sabe usted que el crítico y yo nos
hemos hecho amigos? ¡Quién lo creería! ¡Tanto como yo le odiaba! Pues
verá usted. Padillita le metió un día en la botica, y yo empecé a darle
guasa con sus críticas, diciéndole que me gustaban mucho. Pues resulta
que es muy modesto y que se asusta cuando le elogian lo que escribe.
Poco a poco hemos ido intimando, y toda la inquina que le tenía se ha
evaporado. Es tan honradito el pobre Ponce, que todo lo que escribe es
de conciencia, y hasta cuando elogió el dramón aquel que a mí me sacaba
de quicio, lo hizo porque le salía de dentro. Y aunque le paguen tarde,
mal y nunca, él tan conforme en su _sacerdocio_; lo toma en serio, y le
parece que nadie ha de tener opinión sobre las obras si él no la da. Ha
hecho oposición a una placita en el Tribunal de Cuentas y la ha ganado.
¿Pues qué cree usted? El infeliz tiene que mantener a su madre, que está
enferma; y yo, desde que me contó su historia, no le cobro nada por las
medicinas. Le damos bromas con Olimpia y la pieza que toca, diciéndole
que su adorada es muy romántica y que no tenga miedo de casarse, porque
no come. Ni necesitan cocinera, ni cocina, ni siquiera cesto para la
compra. Yo le digo que abandone el _sacerdocio_ y que deje a los
autores y al público que se arreglen como quieran. Está conforme
conmigo, y por fin me ha revelado un secreto: ha escrito un drama y lo
tiene en el Español; y como se represente, el exitazo es seguro. La
noche del estreno pienso ir con todos mis amigos para armar un alboroto
y llamar al autor a la escena lo menos cuarenta veces. Me quiere leer la
obra y yo le he dicho que me la deje allí. Sin leerla, le diré que es
magnífica, y un amigo mío periodista pondrá un sueltecito con aquello de
que _en los círculos literarios se habla mucho, etc_... Le digo a usted que
me interesa mucho ese infeliz, y que haría yo algo por él si pudiera. En
_bálsamo tranquilo_ le tengo dado ya más de medio cuartillo, y el
extracto de belladona se lo lleva de calle, porque lo que padece la mamá
es reuma. También le he hecho una bizma para la cintura que vale
cualquier dinero. Yo soy así; al que me entra por el ojo derecho, le doy
hasta la camisa. ¡Y si viera usted qué cariño me ha tomado Ponce!
Echamos largos párrafos sobre el arte realista, y el ideal, y la emoción
estética, y cuanto yo digo, aunque sea un gran desatino, porque en mi
vida las he visto más gordas, lo escucha como el Evangelio, y yo me doy
con él un lustre que no hay más que ver. Fuera de estas tonterías de la
crítica, es un alma de Dios, muy agradecido, muy delicado, sin más
debilidad que la de querer a Olimpia y figurarse que un hombre de sesos
se puede casar con semejante inutilidad. Yo me he propuesto quitárselo
de la cabeza, y creo que lo voy consiguiendo. Porque yo le digo: «¿Con
qué se van a mantener? ¿Con la pieza?». Si se casa, van a ser cuatro de
familia; el matrimonio y la mamá de él, enferma, y una hermanita que,
según me ha contado Ponce, debe de tener hambre canina. De esto hablamos
largamente en la botica, que llamamos el _círculo literario_, y le voy
engatusando. Olimpia me sacaría los ojos si supiera las cosas que le
digo a su novio; pero que se fastidie. Ya le he conocido siete _osos_, y
lo que es a este no le pesca tampoco. Yo le he tomado bajo mi
protección, y le he de salvar. ¡Buen turrón le caía si se casara...!».
--¡Qué risa con usted! ¡Pobre Ponce! Ya le decía yo que era un buen
chico, y usted empeñado en darle la morcilla.
--¡Ah!, de buena escapó. Guardo la fatídica yema para otro, sí, para
otro, en quien ahora recaen todos mis odios. No me pregunte usted quién
es, porque no se lo he de decir... Se lo diré después que se la haya
zampado, porque se la tiene que comer, como este es día.
En esto, el ruido de voces, que sonaba en la salita próxima aumentó
considerablemente, y a los oídos de Ballester llegaban estas palabras:
_envido a la chica, órdago a los pares_.
«Es mi tío José--dijo Fortunata--, que está jugando al mus con su amigo.
Le mando que venga aquí para que me acompañe mientras estoy en la cama,
porque tengo mucho miedo, y para que no se aburra, hago que le traigan
una botella de cerveza y le permito que venga su amigo a hacerle
compañía».
Ballester se asomó a la puerta entornada para ver a la pareja. No
conocía a ninguno de los dos; pero la cara de Ido del Sagrario no era
nueva para él, y creía haberla visto en alguna parte, aunque no
recordaba dónde ni cuándo.
--ii--
La primera vez que Ballester vio a Izquierdo y a su docto amigo,
no les dijo más que algunas palabras dictadas por la buena crianza; pero
a la segunda se cruzó entre ellos tal tiroteo de cumplidos,
ofrecimientos y franquezas, que no había de tardar la amistad en unirles
a los tres con apretado lazo.
Desde su alcoba, donde continuaba encamada, Fortunata se reía de las
ocurrencias de Segismundo buscándole la lengua a _Platón_ y a Ido del
Sagrario, a quien solía llamar _maestro_. Siempre que iba por las noches
el farmacéutico, les encontraba infaliblemente y se divertía con ellos
lo indecible.
Mucho agradecía la desdichada joven aquellas visitas. Ballester era el
corazón más honrado y generoso del mundo, y tenía cierta vanidad en
tomar sobre sí el cumplimiento de los deberes que correspondían a otros
y que estos otros olvidaban. Y aunque alentara, con respecto a la señora
de Rubín, pretensiones amorosas a plazo largo, no dejaban por eso de ser
puros y desinteresados sus actos de caridad, y habrían sido lo mismo aun
en el caso de que su amiga espantara de fea y careciese de todo
atractivo personal.
Fortunata iba adquiriendo confianza con él, y le revelaba sus
pensamientos sobre diferentes cosas. No obstante, algo había que no se
atrevía a manifestar, por no tener la seguridad de ser bien comprendida.
Ni Segunda ni José Izquierdo lo comprenderían tampoco. Y como le era
forzoso echar fuera aquellas ideas, porque no le cabían en la mente y se
le rebosaban, tenía que decírselas a sí misma para no ahogarse. «Ahora
sí que no temo las comparaciones. Entre ella y yo, ¡qué diferencia! Yo
soy madre del único _hijo de la casa_, madre soy, bien claro está, y no
hay más nieto de don Baldomero que este rey del mundo que yo tengo
aquí... ¿Habrá quien me lo niegue? Yo no tengo la culpa de que la ley
ponga esto o ponga lo otro. Si las leyes son unos disparates muy gordos,
yo no tengo nada que ver con ellas. ¿Para qué las han hecho así? La
verdadera ley es la de la sangre, o como dice Juan Pablo, la
Naturaleza, y yo por la Naturaleza le he quitado a la _mona del Cielo_
el puesto que ella me había quitado a mí... Ahora la quisiera yo ver
delante para decirle cuatro cosas y enseñarle este hijo... ¡Ah!, ¡qué
envidia me va a tener cuando lo sepa!... ¡Qué rabiosilla se va a
poner!... Que se me venga ahora con leyes, y verá lo que le contesto...
Pero no, no le guardo rencor; ahora que he ganado el pleito y está ella
debajo, la perdono; yo soy así».
«Pues él, ¡digo!, cuando lo sepa, ¿qué hará?, ¿qué pensará? ¡No acabo de
cavilar en esto, Dios mío! Él será un pillo, y un ingrato; pero lo que
es a su nene le tiene que querer. Como que se volverá loco con él. Y
cuando vea que es su retrato vivo ¡Cristo! ¡Pues digo, si doña Bárbara
le viera...! Y le verá, toma, le verá... Como hay Dios, que se vuelve
loca. ¡Qué contenta estoy, Señor, qué contenta! Yo bien sé que nunca
podré alternar con esa familia, porque soy muy ordinaria, y ellos muy
requetefinos; yo lo que quiero es que conste, que conste, sí, que una
servidora es la madre del heredero, y que sin una servidora no tendrían
nieto. Esta es mi idea, la idea que vengo criando aquí, desde hace
tantísimo tiempo, empollándola hasta que ha salido, como sale el
pajarito del cascarón... Bien sabe Dios que esto que pienso, no es
porque yo sea interesada.
Para nada quiero el dinero de esa gente, ni me hace maldita falta: lo
que yo quiero es que conste... Sí, señora doña Bárbara, es usted mi
suegra por encima de la cabeza de Cristo Nuestro Padre, y usted salte
por donde quiera, pero soy la mamá de su nieto, de su único nieto».
Quedábase muy convencida después de sentar estas arrogantes
afirmaciones, y la satisfacción le producía tal contento, que se ponía a
cantar en voz baja, arrullando a su hijo; y cuando este se dormía,
continuaba rezongando como la pájara en el nido. El gozo, algunas
noches, no la dejaba dormir, y se pasaba largas horas jugando con su
idea ya realizada, saltándola como Feijoo saltaba el _bilboquet_.
Quevedo iba a verla todos los días, y aunque la encontraba muy bien,
ordenaba que no se levantase. ¡Qué aburrimiento estar tanto tiempo
prisionera! Gracias que con su chiquitín se entretenía. De noche le
ayudaba Segunda a fajarlo y limpiarlo; por el día Encarnación, que era
muy lista y se volvía loca de gusto cuando su ama le dejaba tener el
pequeñuelo en brazos durante algunos minutos. En sus ratos de alegría
delirante, Fortunata se acordaba mucho de Estupiñá. «Pero, tía, ¿no se
ha tropezado usted en la escalera con Plácido? Dígale que pase, que le
tengo que hablar». Respondía Segunda que no una ni dos veces, sino más
de veinte había encontrado al tal; pero que todas las chinitas que le
echaba para que subiese habían sido como si no. «Me puso una cara,
chica, cuando le conté la novedad, que parecía un juez de primera
_estancia_. Y ayer me dijo: '¡Quite usted allá, so chubasca,
encubridora; a usted y a la otra farfantona, las voy a poner en la
calle!'».
--Ya se amansará. ¿Qué apostamos a que se amansa?--decía la joven
sonriendo--. Yo quiero que entre y vea esta estrella que se ha caído del
Cielo.
Tanto hizo Segunda y tales enredos armó, que Estupiñá entró una mañana,
gruñendo y echándoselas de hombre de mal genio que tiene que contraer
todos los músculos de su cara para enfrenar su indignación. A cuanto le
decían Segunda y su hermano, respondía con bufidos; y si la señora de
Izquierdo no me le sujeta por un brazo, de fijo que echa a correr por
las escaleras abajo. «No se puede tratar con estas tías farfantonas...
Vaya usted al rábano. Vaya usted muy enhoramala». Pero dando estos
respiros a su ira verdadera o falsa, ello es que no se marchaba, y
Segunda le metió casi a la fuerza en la alcoba. Obedeciendo a un impulso
instintivo, Estupiñá se quitó el sombrero en el momento en que sentía
los chillidos del heredero de Santa Cruz que estaba pidiendo la teta con
mucha necesidad. Al ver que el hablador descubría su venerable cabeza,
Fortunata sintió en su alma inundación de alegría, y se dijo: «Eso es,
saluda a tu amito. Él te protegerá como te han protegido sus abuelos y
su padre». Plácido se inclinó para verle, y aunque se quería hacer el
hombre terrible, se le escapó esta frase: «Clavado, _talmente_
clavado...».
«¡Qué feo es!... ¿verdad, D. Plácido?--dijo la madre, radiante de
gozo--. ¿Qué, no le da un beso?... ¿Cree que le va a pegar algo?
Descuide, que lo bonito no se pega... ¿Sabe una cosa don Plácido? Me
parece que le va usted a querer... y él a usted también. ¿A que sí?».
El hablador murmuraba algo que no se oía bien. Estuvo un momento como
indeciso entre el furor y la suavidad. Después rompió a hablar con
Segunda sobre si esta ponía o no ponía aquel año cajón en San Isidro, y
se retiró al fin, despidiéndose de una manera que bien podía pasar por
conciliadora. Fortunata estaba contentísima, y se decía: «De seguro que
ahora mismo va con el cuento. Es lo que yo quiero, que lleve el chisme».
Encadenando ideas, se daba a pensar en el gusto que tendría de ver a
doña Guillermina, presumiendo al mismo tiempo que si la viera había de
sentir mucha vergüenza. «Le pediré perdón por lo mal que me porté aquel
día, y me perdonará... como esta es luz. De fijo que me calienta las
orejas; pero paso por todo con tal de ver la cara que pone delante de
este hijo. A ver qué tiene que decir de mi idea. ¿Qué se le ocurrirá?
Alguna cosa que yo no entenderé ni la entenderá nadie... Diga lo que
quiera y tómelo por donde lo tome, Dios no puede volverse atrás de lo
que ha hecho; y aunque se hunda el mundo, este hijo es el _verídico
nieto natural_ de esos señores, D. Baldomero y doña Bárbara... y la
otra, con todo su ángel, no toca pito, no toca pito... eso es lo que yo
digo. Que me presente uno como este... No lo presentará, no. Porque Dios
me dijo a mí: _tú pitarás_; y a ella no le ha dicho tal cosa. Y si doña
Bárbara se chifló por el _Pituso_ falso, ¡cómo no se dislocará por el de
oro de ley! De lo contenta que estoy, creo que me voy a poner mala... Y
de fijo que Estupiñá lleva el cuento. La que yo quiero que lo sepa
primero de todos es mi amiga _la obispa_. ¿Apostamos a que viene a
verme? Ya... no se le queda a ella en el cuerpo el sermón que me tiene
preparado. ¡Vengan sermones! No me importa; mejor. Yo le diré que tiene
razón; pero que yo tengo el hijo, y allá se van hijos con razones».
Esta visita teníala por infalible, pues la santa era muy amiga de echar
réspices y de enderezar a las que cometían pecados gordos. Tan segura
estaba de verla, que siempre que sonaba la campanilla creía que era
ella, y se preparaba a recibirla, arreglando la cama y poniéndose con la
mayor decencia posible, trémula de emoción y esperanza.
--iii--
El bautizo se celebró con modestia suma en San Ginés, una mañana
de Abril, y le pusieron al chico los nombres de Juan Evaristo Segismundo
y algunos más. Ballester se corrió gallardamente aquel día a convidar a
Izquierdo y a Ido del Sagrario en el próximo café de Levante. Instó
mucho al _maestro_ a que tomara un _biftec_; pero D. José lo rehusó,
aunque buenas ganas tenía de aceptarlo. De solo oler la carne y ver la
sangre de ella y la grasa en el plato de sus amigos, le parecía que se
trastornaba. Su almuerzo fue un café con media tostada de abajo... y
otra media de arriba. Tras el café vinieron las incitantes copas, y
también les hizo escrúpulos el profesor; no así _el modelo_, que se
llenó el cuerpo de ron hasta que ya no podía más, sin que por eso se
perturbase su sólida cabeza, que debía de ser un alambique. Mientras
comían, vieron pasar a Maximiliano Rubín, que salía del café; pero como
él no aparentó verlos, no le dijeron nada. A eso de la una, Ballester se
fue a su botica y los dos Josés a la casa de la Cava. Era domingo y
ninguno de los dos tenía ocupaciones. Izquierdo mandó a Encarnación por
una _grande_ de cerveza, y sacando de una caja muy sucia el juego de
dominó, extendió y mezcló las fichas para empezar una partidita. Y
cuentan las crónicas _platónicas_, que antes de llegar a la mitad del
segundo juego, las pobres fichas se quedaron solas. Ido se había
levantado y daba paseos por la sala. Izquierdo se dejó caer sobre el
sofá de Vitoria y dormía como un _verídico_ bruto, el sombrero sobre los
ojos, la boca abierta y las cuatro patas estiradas. La señá Segunda se
llevó a Encarnación a la plazuela, porque la noche antes había habido
fuego en dos o tres puestos inmediatos al de ella, y se pasó la mañana
ayudando a sus compañeras a meter los trastos que se sacaron, y a
reparar lo que de reparación era susceptible.
Fortunata estuvo aquel día aburridísima, con muchas ganas de levantarse.
Por respeto a las ordenanzas del señor de Quevedo, seguía en la cama,
pero ya no aguantaría aquella cárcel enojosa dos días más. Juan Evaristo
Segismundo, después que le trajeron de San Ginés, estaba tan guapote y
satisfecho, cual si tuviera conciencia de su dichoso ingreso en la
familia cristiana; y para celebrarlo, en cuantito llegó al lado de su
madre, buscó la despensa y se puso el cuerpo que no le cabía una gota
más de leche. Oía Fortunata los ronquidos del venerable _Platón_, cual
monólogo de un cerdo, y sentía también los paseos de Ido, y algún
monosílabo ininteligible, suspiros que parecían ayes de pena o
invocaciones poéticas; y cuando el profesor llegaba en su deambulación
febril a la puerta de la alcoba, creía distinguir sus manos o parte de
un brazo que subían hasta cerca del techo. Luego sonó la campanilla y D.
José fue a abrir. Fortunata creyó que era Encarnación que volvía de la
plazuela; pero se equivocaba. No tardó en oír cuchicheos en la puerta.
¿Quién sería? Después sintió pasos y un chillar de botas que la hicieron
estremecer, y se quedó muda de terror al ver en la puerta a Maximiliano.
Era él; así lo afirmó después de dudarlo un momento. La estupefacción
que sentía apenas le permitió dar un grito, y su primer movimiento fue
echarle los brazos al nene, decidida a _comerse a bocados_ a quien
intentase hacerle daño o quitárselo. Rubín estuvo más de un minuto sin
dar un paso, clavado en la puerta y destacándose dentro del marco de
ella como la figura de un cuadro. ¡Cosa rara! Ningún signo de hostilidad
se veía en su cara ni en su ademán. Miraba a su mujer con seriedad, pero
sin dureza, y cuando dio los primeros pasos para acercarse a la cama, su
expresión era casi indulgente. Pero ella no las tenía todas consigo, y
le miró como quien se dispone a una defensa enérgica. «Tío, tío--dijo
alzando la voz--. Encarnación...». Como ni Izquierdo ni la criada
respondieran, quiso llamar al esperpento aquel que en el cuarto se
paseaba. Mas al ir a pronunciar su nombre se le borró de la memoria.
«¿Cómo diablos se llama este hombre?... Usted, venga acá... ¡Ah!, ya me
acuerdo. Señor Sagrario, haga el favor de despertar a mi tío». Pero ni
el tío despertaba, ni D. José se hacía cargo de que le llamaban.
«Parece que me tienes miedo, y que pides socorro--le dijo Maxi con fría
bondad--. No te voy a comer. Estás equivocada si piensas que vengo de
malas. Si no se trata ya de matarte ni de matar a nadie... Esa idea
estúpida voló... por fortuna de todos».
Diciendo esto se sentó en la silla, y quitándose el sombrero lo puso
sobre la cama. Fortunata le encontró más delgado; la calva parecía
mayor, y sus miradas tenían cierto reposo que la tranquilizó.
«Aunque nadie me ha dicho una palabra--prosiguió Rubín--, sé todo lo que
te ha pasado; lo he sabido por mi propia razón, y vengo a compadecerte y
a hacerte un gran bien... Porque yo perdí la razón, bien lo sabes; pero
luego la volví a adquirir. Dios me la quitó y me la volvió a dar tan
completa, que en este momento estoy más cuerdo que tú y que toda la
familia. No te asombres, hija, que bien conocerás por lo que voy a
decirte que mi cabeza está buena, tan buena como nunca lo estuvo. Qué,
¿no lo crees?».
Fortunata no sabía si creerlo o no. Su miedo no se había extinguido, y
esperaba que tras aquellas palabras tranquilas, vinieran otras airadas
y sin pies ni cabeza. No dijo nada, y siguió protegiendo a su hijo, en
actitud de defenderle al primer ataque. Maxi no parecía reparar en el
niño. Con gran serenidad habló así:
«Tan sano estoy de la cabeza, que me hago cargo de tu situación y de la
mía. Ya entre tú y yo no puede haber nada. Nos casamos por debilidad
tuya y equivocación mía. Yo te adoraba; tú a mí no. Matrimonio
imposible. Tenía que venir el divorcio, y el divorcio ha venido. Yo me
volví loco, y tú te emancipaste. Los disparates que habíamos hecho los
enmendó la Naturaleza. Contra la Naturaleza no se puede protestar».
Miraba el bulto que en la cama hacía Juan Evaristo; pero como su ademán
no tenía nada de hostil, Fortunata se iba sosegando.
«¡Ya sé lo que hay aquí! ¡Pobre niño! Dios no ha querido que sea mío. Si
lo fuera, me querrías algo. Pero no lo es, todo el mundo lo sabe, y lo
sé yo también... Divorcio consumado. Más vale así. Yo no debí casarme
contigo. Bien lo pagué perdiendo la razón. ¿Qué debo hacer ahora que la
he recobrado? Pues ver las cosas de muy alto, y acatar los hechos, y
observar las lecciones tremendas que da Dios a las criaturas... Antes me
las dio a mí... ahora a ti. Prepárate. No vengo a hacerte daño, sino a
anunciarte la buena nueva de la lección, porque estas pedradas que
vienen de arriba sanan, curan y fortalecen».
--Pero este hombre--se decía Fortunata--, ¿está cuerdo o está más loco
que antes? Buena jaqueca me está dando; pero como no pase de ahí, se le
puede aguantar.
Algo quiso decir en alta voz; pero él no la dejaba meter baza, y como si
trajera un discurso preparado y no quisiera dejar de pronunciar ninguna
de sus partes, pegó en seguida la hebra: «¿Te acuerdas de cuando yo
estaba loco? Los ratos que te di te los tenías bien merecidos; porque en
realidad te portabas muy mal conmigo. Tu infidelidad se me había metido
a mí en la cabeza; no tenía ningún dato en qué fundarme; pero el
convencimiento de ella no lo podía echar de mí. No sé decir bien si soñé
que ibas a ser madre, o si me inspiraron esta idea los celos que tenía.
Porque yo tenía unos celos ¡ay!, que no me dejaban vivir. 'Mi mujer me
falta--decía yo--, no tiene más remedio que faltarme; no puede ser de
otra manera'. Y como por lo mucho que te quería, yo no encontraba a tu
pecado más solución que la muerte, ahí tienes por qué me nació en la
cabeza, lo mismo que nace el musgo en los troncos, aquella idea de la
liberación, pretextos y triquiñuelas de la mente para justificar el
asesinato y el suicidio. Era aquello un reflejo de las ideas comunes, el
pensar general modificado y adulterado por mi cerebro enfermo. ¡Ay, qué
malo me puse! Te digo que cuando inventé aquel sistema filosófico tan
ridículo, estaba en el periodo peorcito. No me quiero acordar. Los
disparates que yo decía los recuerdo como se recuerdan los de las
novelas que uno ha leído de niño; y ahora me río de ellos, y calculo
cuánto se reirían los demás. ¿Te acuerdas tú?».
Fortunata respondió que sí con la cabeza. No le quitaba los ojos,
siguiendo atentamente sus movimientos por ver si se descomponía, y estar
preparada a cualquier agresión.
«Después me atacó lo que yo llamo la _Mesianitis_... Era también una
modificación cerebral de los celos. ¡El Mesías... tu hijo, el hijo de un
padre que no era tu marido! Empezó por ocurrírseme que yo debía matarte
a ti y a tu descendencia, y luego esta idea hervía y se descomponía como
una sustancia puesta al fuego, y entre las espumas burbujeaba aquel
absurdo del Mesías. Examínalo bien, y verás que todo era celos, celos
fermentados y en putrefacción. ¡Ay, hija, qué malo es estar loco! Cuánto
mejor es estar cuerdo, aunque uno, al recobrar el juicio, se encuentre
apagado el hornillo de los afectos, toda la vida del corazón muerta, y
limitado a hacer una vida de lógica, fría y algo triste».
Al oír esto, que Maxi expresó con cierta elocuencia, Fortunata volvió a
inquietarse, y llamó de nuevo a su tío, que seguía dando los ronquidos
por respuesta. El mismo resultado tuvieron las voces de «Señor Sagrario,
señor Sagrario... haga el favor de venir». D. José se asomó a la puerta,
echando a la pareja una mirada de maestro de escuela que inspecciona el
aula en que estudian sus alumnos, y vuelta a pasearse sin hacer caso de
nada.
Rubín acercó más la silla, y Fortunata tuvo más miedo: «Pero todo
aquello de la liberación y del Mesías voló. Los hechos reales
sustituyeron a las figuraciones de mi cerebro... Dios me devolvió mi
razón, y me la devolvió corregida y aumentada. Con ella vi los hechos;
con ella descubrí lo que mi familia me ocultaba; con ella reconstruí mi
ser, que había pasado por tantos cataclismos; con ella me penetré bien
de nuestro divorcio y deseché dos y hasta tres veces la idea de
homicidio; con ella pude llegar a considerarte mujer extraña, madre de
hijos que yo no podía tener, y con ella me he revestido de serenidad y
conformidad. ¿No te admiras de verme como me ves? Más te asombrarías si
pudieras leer en mi pensamiento, y comprender esta elevación con que yo
miro todas las cosas, la calma con que te veo a ti, la indiferencia con
que veo a tu hijo... ¡Un ser más en el mundo! Cuando él ha venido sus
razones tendrá. ¿Qué derecho tengo yo a estorbarle la vida? ¿Qué derecho
a matarte a ti porque se la hayas dado? Fíjate bien: es muy grave eso
de decir: 'tal o cual persona no debió de nacer'».
--¡Dios mío!--exclamó para sí Fortunata--. ¿Pero este hombre está cuerdo
o cómo está? ¿Eso que dice es razón, o los mayores disparates que en mi
vida le he oído...?
--Yo pregunto--añadió Maxi acercándose más--. El derecho a nacer, ¿no es
el más sagrado de todos los derechos? ¿Quién me mete a mí a poner
estorbo a ningún nacimiento? Estaría gracioso... Nazcan y vivan, que
viviendo aprenderán.
«Nada, para mí está peor que antes--pensaba la esposa--, y esto que dice
podrá ser cuerdo, pero yo no entiendo palotada».
--Parece que me tienes miedo--le dijo él siempre serio y tranquilo--. No
sé por qué. Ya habrás visto que a razonable no me gana nadie.
--Sí, es verdad; pero...--¿Pero qué...?--Tú dirás que gato escaldado del
agua fría huye (sonriéndose ligeramente, por primera vez en aquella
conferencia). Otra cosa: enséñame a tu hijo.
Fortunata volvió a sentir terror, y al ver que Maxi alargaba las manos
hacia donde estaba el pequeñuelo, las apartó con las suyas, diciendo:
«Otro día le verás... Déjale... está dormido y me le vas a despertar».
--¡Pero qué maniática eres!... Yo creí que después de haberme oído, te
convencerías de que mi razón está como un reloj y de que además me ha
entrado un gran talento. ¿Qué has visto en mí que te parezca sospechoso?
Nada absolutamente. Mis sentimientos son de paz; la última idea mala la
tuve hace días; pero la arranqué y estoy limpio de ira y de odio. Y para
decírtelo todo en una palabra: Fortunata, soy un santo. No es esto
jactancia, es la verdad... ¿Crees que voy a hacer daño a tu hijo? ¡Hacer
daño a una criatura! Eso no cabe en lo humano. Déjamele ver, y te diré
algo que te aprovechará.
Fortunata, al fin, sospechando que la contrariedad podía irritarle,
permitiole ver al nene, sin acercarse mucho, y protegiéndole con sus
manos. No dijo nada mientras le miraba. Después volvió a su asiento y
estuvo un rato con la mirada perdida entre los ramos de la colcha,
ligeramente fruncido el ceño.
«Se parece a tu verdugo. Lo malo no perece nunca. La maldad engendra y
los buenos se aniquilan en la esterilidad».
--iv--
«Tío, por Dios, tío, despierte usted» volvió a decir Fortunata
gritando; y como asomase a la puerta la flácida y carunculosa efigie de
Ido del Sagrario, la joven le dijo: «¿Pero qué hace usted que no
despierta a mi tío?... ¡Qué sola me tienen aquí! ¡Y esa chiquilla que no
viene!».
Ido refunfuñó algo que Fortunata no pudo entender. Mirando al profesor
con lástima, Maxi dijo a su esposa: «Este buen señor está tocado. Me da
mucha lástima, porque sé lo que es andar mal de la cabeza. Si él
quisiera seguir mi plan, yo me comprometía a ponerle como nuevo».
Y en alta voz, viendo al desgraciado Ido llegar otra vez hasta la puerta
de la alcoba y mirar hacia dentro con los ojos de estúpido: «Señor D.
José, serénese, y aprenda a ver la vida como es... Es tontería creer que
las cosas son como nos las imaginamos y no como a ellas les da la gana
de ser. Al amor no se le dictan leyes. Si la mujer falta, divorcio al
canto, y dejar que obre la lógica, pues ella castiga sin palo ni
piedra».
Y Fortunata se persignaba, llena de admiración, diciéndose: «¿Pero será
verdad, Dios mío, que a mi marido le ha entrado un gran talento, o estas
cosas que dice son farsa para tapar una mala idea? ¿Qué haré yo para que
se marche pronto? Porque a lo mejor me sale por malagueñas, y me da el
gran susto».
«¡Se parece a tu enemigo!--repitió Maxi, volviendo a la idea que le
había excitado ligeramente--. Es una desgracia para él. Y si en lo moral
saca la casta, peor que peor. El niño inocente no es responsable de las
culpas del padre; pero hereda las malas mañas. ¡Pobre niño!, tengo
lástima de él. Si se te muere debes alegrarte, porque si vive te dará
muchos disgustos».
A Fortunata le indignó esta idea; pero no se atrevió a contradecirla.
Que dijera todo lo que quisiese. Su plan era no contestarle nada, a ver
si se aburría y se marchaba pronto.
«Tiene a quien salir--añadió Maxi con lúgubre ironía--. Su papá es de
oro... No necesitas decirme que no te hace caso... Harto lo sé. Ni
siquiera habrá venido a verle... También me lo figuro. No vendrá; ten
por cierto que no vendrá».
--¡Quién sabe!...--se dejó decir la joven, sintiendo que se le apretaba
la garganta.
--Te repito que no vendrá... Tengo mis razones para asegurarlo.
--Claro... ¡qué ha de venir...! Ni falta.
--Dices bien; ni falta. Gracias que te oigo una expresión filosófica.
Ese hombre tiene ahora otros entretenimientos.
Fortunata sintió que toda la sangre se le subía al rostro, y se puso muy
sofocada. Rubín estiró el codo sobre el lecho, apoyándose en él con
actitud perezosa, semejante a la que tomaba en la botica cuando leía.
«Es preciso que lo sepas pronto. Todo lo que tardes en saberlo, tardas
en regenerarte».
La _Pitusa_ tenía mucho calor, y cogiendo un abanico que junto a la
almohada tenía, empezó a abanicarse.
--Es preciso que lo sepas--volvió a decir Maxi con cierta frialdad
implacable, propia del hombre acostumbrado al asesinato--. Tu verdugo no
se acuerda ya de ti para nada, y ahora tiene amores con otra mujer.
--¡Con otra mujer!--dijo ella, repitiendo la frase como una muletilla, a
la cual no se saca sentido. Sus miradas vagaban por los dibujos de la
colcha.
--Sí, con otra mujer a quien tú conoces.
El asesino le iba soltando a la víctima las palabras en dosis pequeñas,
y la miraba observando el efecto que le causaban. Fortunata quiso
sobreponerse a aquel suplicio, y sacudiendo la despeinada cabeza, como
para alejar y espantar una convicción que quería penetrar en ella, le
dijo: «¿Qué historias me vienes a contar ahí?... Déjame en paz».
--Esto que te cuento no es un enredo; es verdad. Ese hombre está
enamorado de otra mujer, y tú la conoces. Aprende, pues. Ahí tienes la
maravillosa arma de la lógica humana, con la cual te hiero para sanarte.
Más vale morir aprendiendo, que vivir ignorando. Esta lección terrible
puede llevarte hasta la santidad, que es el estado en que yo me
encuentro. ¿Y quién me ha traído a mí a este bendito estado? Pues una
lección, una simple lección.
Mira, Fortunata, bendito sea el cuchillo que sana.
--Falta que sea verdad lo que cuentas--dijo la víctima defendiéndose.
--Tú podrás creerlo o no creerlo, como un enfermo puede tomar o no la
medicina que el médico le da. Porque esto es la medicina de tu
conciencia. ¿Quieres otra? ¿Quieres el nombre de la que te ha robado lo
que tú robaste? Pues te lo voy a decir.
Fortunata sintió como un desvanecimiento, y al incorporarse se le iba la
cabeza, y la habitación daba vueltas en torno suyo. Llevándose la mano a
los ojos, dijo a su marido:
«Me lo tienes que decir».
--Es una amiga tuya.--¡Amiga mía!--Sí, y su nombre empieza con A.
--¡Aurora, Aurora es!--exclamó la joven dando un salto en su lecho, y
mirando a su marido como miran las personas de honor que han recibido
una bofetada.
--Ella es.--Hace tiempo que el corazón me decía algo de esto, pero muy
bajito, y yo no lo quería creer.
--Estoy tan seguro de lo que afirmo, que no puede ser más.
--Tú me engañas, tú me engañas--replicó la joven en actitud de
Dolorosa--. Tú me quieres matar, y en vez de pegarme un tiro, me vienes
con esta historia.
--Si lo tomas como golpe de muerte, tómalo--manifestó Rubín con
implacable frialdad.
--¡Aurora... Aurora!... ¡Dios mío!, ¡qué idea tan perra...! (agitándose
extraordinariamente). Pero no puede ser. Este hombre está loco y no sabe
lo que se dice.
--¿Que estoy loco?... (imperturbable). Bueno, defiéndete con eso. Pero
tú caerás, tú te convencerás. No tienes escape. La verdad se impone. Ahí
tienes un tiro que no yerra nunca. ¿Quieres más señas? Cuando Aurora
sale de su obrador, él la espera en la calle de Santo Tomás y van juntos
hacia el Ave-María. Los domingos, Aurora dice en su casa que va al
obrador, y a donde va es a...
--Cállate; te digo que te calles--gritó Fortunata retorciéndose los
brazos--. Eres un mentiroso, un calumniador.
--¿Pues qué querías tú...? (con sonrisa glacial). Hija, es preciso estar
a las agrias y a las maduras. ¿Qué querías? ¿Herir y que no te hirieran?
¿Matar y que no te mataran? El mundo es así. Hoy tiras tú la estocada, y
mañana eres tú quien la recibe... ¿Dudas todavía?
La víctima no dijo nada. No dudaba, no; lo denunciado por aquel hombre,
que a veces parecía demente, a veces no, revestía las apariencias de un
hecho cierto. Algo tenía la infeliz joven en su cabeza que se lo
confirmaba, inundándola de luz. Recordó frases y actos, ató cabos, y...
nada, que era verdad, como hay Dios. El infeliz chico estaría todo lo
enfermo que se quisiera suponer; pero lo que decía, verdad era.
«¿Lo dudas todavía?» volvió a preguntar él.
--No sé, no sé... ¿Y si te has equivocado?... (con extremada inquietud y
ráfagas de ira). No sé qué pensar... Maxi, Maxi, si me hubieras dado un
tiro, me habrías matado menos. Te juro que si es verdad, esa mujer, esa
hipócrita, esa sinvergüenza que me vendía amistad, no se ha de reír de
mí. Te juro que le pateo el alma más pronto que lo digo (revolcándose en
el lecho). Esto no puede quedar así. La mato, le saco los ojos, le
arranco el corazón... Que me traigan mi ropa. Tío, chiquilla; quiero
levantarme. ¡Pero qué abandonada me tienen!
--Comprendo que te dé tan fuerte. Así me dio a mí; pero luego me he
vuelto estoico. Aprende de mí. ¿No ves qué sereno estoy? He pasado por
todas las crisis de la ira, de la rabia y de la locura...
--Porque tú no eres un hombre (interrumpiéndole).
--Es que las lecciones me han valido.
--Bueno; porque eres un santo... Yo no soy santa, ni quiero.
--¿Y por qué no habías de serlo tú también? (tomándole las manos y
tratando de contener con suavidad sus movimientos de ira). ¿Por qué no
habías de aspirar al estado en que yo me encuentro? A él he llegado
pasando por la rabia, por la locura... Ahora mismo, no hace mucho,
cuando vi a ese diablo de hombre cometiendo una nueva infamia, sentí
otra vez la debilidad de espíritu que creía vencida... me entraron ganas
de pegarle un tiro, por librar a la humanidad de semejante monstruo...
Pero después he sabido vencerme y he dicho: Mejor castiga una
consecuencia lógica que un puñal.
--¡Quiere decirse que le viste con ella y te quedaste tan fresco!--gritó
la joven, furibunda, echando llamaradas de los ojos.
--No me quedé fresco... Me alboroté mucho; pero después vino la
reflexión. Lo que importa, me dije, no es que él muera, sino que ella
aprenda. Y tú has aprendido.
--¡Pues si yo les llego a ver...!
--Si les llegas a ver, acuérdate de mí. Hazte santa como yo... Les miras
y pasas...
--Tú no eres hombre... Tú no eres nada--exclamó la joven con
desprecio--. A ella, a esa bribona es a quien yo quisiera arreglar. Si
la cojo, no lo cuenta. ¡Infame, arrastrada, indecente, engañarme así!
--Tú, mira bien si tienes derecho a tratarla de ese modo.
--¡Pues no he de tener! (ofuscándose por completo y sin reparar en lo
que decía). Me ha quitado lo mío. Yo seré mala; pero ella lo es más,
mucho más.
--Comprendo tu exaltación. Yo, que no tenía otro móvil que la justicia,
cuando les vi, cuando me persuadí de que pecaban, creo que si tengo un
revólver, les suelto los seis tiros por la espalda.
--Bien, bien--dijo la esposa con ferocidad--. ¿Por qué no lo hiciste?
Eres un tonto... Aunque después me hubieras matado a mí también. Tienes
derecho a hacerlo.
--Les vi entrar en aquella casa... Fortunata abría los ojos con espanto.
«Les esperé para verles salir. Calle tal, número tantos. Me escondí en
un portal. ¡Oh!, la suerte de ellos fue que no llevaba revólver...».
--Yo te lo compraré... Hoy mismo, ahora mismo (agitándose en el lecho,
cogiendo a su hijo, volviéndolo a dejar, descubriéndose el pecho,
tapándoselo y sin saber qué hacer).
--¡Matar!... ¿Lección a ella? ¿Y la tuya?
--¿La mía, la mía? Ya la tengo, majadero. ¿Todavía quieres más lección?
A esa traicionera sí que se la voy a dar, y gorda.
--Irás a presidio si matas.--Pues iré contenta.--¿Y tu hijito? Al oír
esto, Fortunata tuvo un retroceso en su salvaje idea, y cogiendo al
chiquillo, que empezaba a rezongar, se lo llevó al seno.
La madre lloraba, el chico también, y el gran Ido apareció otra vez en
la puerta sin decir nada, contemplando a marido y mujer con miradas
semejantes a las de las estatuas de yeso o mármol, pues parecía no tener
niñas en los ojos. Gracias que la entrada de Segunda puso término a la
situación; y lo mismo fue ver a Rubín que volarse, soltando por aquella
boca sapos y culebras y echando la culpa de todo a su hermano y al
tagarote inútil de don José Ido, el cual, viéndose insultado, a su
parecer tan sin motivo, hacía contracciones casi inverosímiles con los
músculos de la cara, juntando un ojo con la boca y encaramando el otro
hasta la raíz del pelo. «Yo no sé lo que es--decía--, yo no sé lo que
es; pero hoy no tengo la cabeza buena... Y conste que si entró fue
porque quiso; que yo no le mandé entrar... y si la mata, sus razones
tendrá, naturalmente... ¡Vaya con la señora esta qué genio gasta!, ¡y
cómo me trata! ¿No sabe quién soy? Pues soy Josef... el Idumeo...
profesor en partos... intelectuales».
--v--
«Cállese usted, so _guillati_--chillaba Segunda, que por los
movimientos amenazadores que hizo, parecía dispuesta a desbaratar con
un par de bofetadas la frágil persona del _profesor idumeo_--. La culpa
la tiene este morral que está aquí durmiéndola».
Obra de romanos fue el despertar a _Platón_; por fin, su hermana le tiró
de una pata, mientras Encarnación tiraba de la otra, y el corpachón del
_modelo_, resbalando sobre el sofá, se desplomó con estruendo sobre el
piso. Un rato estuvo estirándose, refregándose los ojos con las manazas,
y escupiendo más _hostias_ que palabras. «¿Onde está el judío ladrón que
ha entrado sin mi premiso?, ¡hostia!, que le parto por la metá». El
lenguaje de Segunda no desmerecía del de su hermano por la finura ni por
lo escogido de las voces, lo que desagradaba extraordinariamente a Ido.
Maxi salió a la salita, y José Izquierdo se le cuadró ladrándole así:
«¡Ah!, era usté. Ora mismo a la calle... brrr... ¡Y que tengo yo un
genio mu blando...! Pues si le llego a ver antes ¡hostia!, me caso con
la santísima... si le llego a ver antes, por el judío balcón, ¡hostia!,
va solutamente a la calle».
Sin demostrar temor alguno, Maximiliano sonreía. Se armó tal zaragata,
que tuvo que intervenir Ido con frases de concordia, y Segunda
manoteaba, echando la culpa al calzonazos de su hermano, y este
increpaba a Encarnación, y la chiquilla daba de rechazo contra Maxi; y
fue tal el vocerío que hubo de presentarse en la puerta, que estaba
abierta, Estupiñá, y penetró en la casa con ademanes policiacos,
mandando callar a todo el mundo y amenazando con traer una pareja. «Ya
decía yo que en este cuarto no habría paz, y como sigan así, pronto los
planto a todos en la calle». Se fue refunfuñando, y al anochecer, cuando
ya Ido y Maxi se habían marchado, y los hermanos Izquierdo estaban
comiendo, volvió a subir, con bastón de mando, y dijo despóticamente:
«Orden, orden y el primero que meta ruido, va a la cárcel».
--Pues qué, D. Plácido, ¿va a venir el Viático?
--Poco menos--replicó el hablador entrando sin pedir permiso y
dirigiéndose a la alcoba--. Que va a venir el ama, la señora casera.
Mucho orden, señores, mucha formalidad.
Lo mismo fue oír _Platón_ que la señora de Pacheco venía, que el temor
de verla le intranquilizó y no tuvo ya sosiego. A trangullones despachó
la comida, apresurándose a largarse a la calle. Tal era su miedo de que
la señora le viese, que bajó la escalera a escape, y se le erizaba el
cabello pensando en que si Guillermina subía cuando él bajaba, no
tendría dónde meterse para evitar su encuentro.
Desde la entrevista con su marido, Fortunata se puso tan inquieta, que
Segunda tuvo que enfadarse para impedir que se levantara, pues quería
hacerlo a todo trance. El chiquitín debía de encontrar novedad en lo
tocante a provisiones de boca, porque estaba mal humorado, como si
quisiera también echarse a la calle, en son de pronunciamiento. El aviso
de la visita de la santa calmó bastante a la madre; pero no al hijo, que
no entendía aún ni jota de santidades. Presentose la dama a las nueve,
acompañada de Estupiñá; y después de saludar a Segunda como si fuera
esta la señora más encopetada, pasó, y antes de decir nada a la que fue
su amiga, examinó bien a Juan Evaristo Segismundo. Segunda acercaba una
vela para que la dama pudiera ver bien las facciones del niño, quien no
parecía entusiasmado, ni mucho menos, con inspección tan impertinente ni
con la viveza de la luz, tan próxima a sus ojitos.
«¡Qué mal genio tiene!» dijo la santa sentándose junto al lecho,
mientras Fortunata agasajaba a su hijo, y metiéndole el pecho en la
boca, trataba de aplacarle. Fue Guillermina muy parca en saludos y
demostraciones de afecto, y luego, cuando se quedaron solas la señora de
Rubín y la santa, esta no dijo nada de religión, ni mentó la virtud, ni
el pecado, ni cosa alguna concerniente al orden moral. Habló de si la
joven madre tenía o no mucha leche, y de si sentía esta o la otra
molestia, con otras cosas pertinentes al estado en que se hallaba.
Fortunata notó en la cara apacible de la fundadora cierta severidad
estudiada, y para romper aquel hielo, dijo lo siguiente, cuya
oportunidad podría dudarse: «Este sí que es el _Pituso_ legítimo, el de
la propia tía Javiera, ¿verdad, señora? ¡Ah!, ¿no sabe? En cuanto mi tío
José oyó decir que usted venía, salió de carrera, como alma que lleva el
diablo».
--Por el miedo que me tiene. Buena nos la dio... Déjele usted estar, que
como yo le coja a mano, le he de decir cuatro cosas.
Y cuando la madre puso al niño a su lado, ya harto y dormido,
Guillermina le volvió a mirar atentamente, observando sus facciones como
el numismático observa el borroso perfil y las inscripciones de una
moneda antigua para averiguar si es auténtica o falsificada. Después dio
un suspiro, y guiñando los ojos para mirar a Fortunata, se expresó así:
«¡Buena la hemos hecho, buena!...».
Y ambas estuvieron calladas un rato, mirándose.
--Señora--dijo de improviso la parida, como queriendo romper un secreto
que abruma--. Yo tengo que pedir a usted perdón...
--¡A mí!, perdón... ¿de qué?
--De las burradas que hice, de las atrocidades que dije aquella mañana
en su casa de usted. También a ella le pediría perdón si la viera... Me
porté mal, lo conozco. Yo no guardo rencor a nadie... digo, no se lo
guardo a ella, porque...
¡Ay, señora, usted no sabe lo que pasa, usted no sabe que a las dos nos
está engañando... y sé quién es la que nos le entretiene, una culebra,
una hipocritona, que me vendía amistad...! Esto no quedará así, señora,
no quedará así...
--No me traiga usted a mí cuentos, que no me dan frío ni calor (con
reprensión graciosa). Ahora lo que le conviene es tranquilidad; que
tiempo hay de ajustar cuentas atrasadas...
Y volvió a mirar al chico, recreándose silenciosamente en su hermosura y
lozanía. Fortunata le bebía a ella las miradas, jactándose de adivinarle
el pensamiento, el cual bien podía ser este: «¡Si Jacinta le viera...!».
¿Pero cómo le había de ver? Esto sí que era imposible. «Por mí--pensaba
la _Pitusa_--, no habría inconveniente... ¡Pero cuánto sufrirá la
pobrecilla, si le ve! Y puede que se le antoje... Sí, para ella
estaba... Amiga mía, tenerlos, tenerlos... Esta le irá contando cómo es;
le dirá: 'tiene la boca así, los ojos asado, y en esto se parece a su
padre y en lo otro a su madre. Criatura más perfecta no ha echado Dios
al mundo'».
«Cuando usted esté buena, hablaremos--indicó la santa con ánimo ya de
retirarse--. Yo tengo una idea... No es usted sola quien tiene ideas;
sólo que las mías no son malas, al menos no las tengo por tales. Y para
concluir por hoy, ¿necesita usted algo? Si no puede criar, no se apure,
le pondremos un ama a este caballerito, que me parece no habría de
hacerle ascos. Es preciso criarle bien».
--Yo puedo, yo puedo... ¡vaya!--replicó la otra contrariada--. ¿Qué cree
usted? Soy muy fuerte. Mi hijo no lo cría nadie más que yo.
--Pues alimentarse bien (recobrando su tono dulcemente autoritario). Y
cuidado con hacerme disparates. Obedecer al médico... Nada de arrebatos
de ira, ni devaneos. ¡Ah!, yo dudo mucho que usted sirva...
Y sintiendo uno de aquellos arranques de inspiración que la embellecían
y sublimaban, le dijo esto, ya en pie para marcharse:
«Porque ha de saber usted que Dios me ha hecho tutora de este hijo...
Sí, buena moza, no se espante ni me ponga esos ojazos. Su madre es
usted, pero yo tengo sobre él una parte de autoridad. Dios me la ha
dado. Si su madre le faltara, yo me encargo de darle otra, y también
abuela. Hijo mío, has venido al mundo con bendición, porque suceda lo
que suceda, no estarás nunca solo. Déjeme usted que le vea otra vez. No
me harto de mirarle. Quiero llevármele metido dentro de mis ojos.
¡Virgen del Carmen!, ¡qué lindísimo es...! Tiene a quien salir. Adiós,
adiós».
Salió acompañada de Estupiñá, diciendo al modo de rezo: «Acatemos la
voluntad de Dios... Él sabrá por qué ha mandado acá este angelote.
Jacinta, furiosa, dice que Dios está chocho y que no hace más que
disparates... Pobrecilla... ¡Qué limitada inteligencia la nuestra! No
comprendemos nada, pero nada, de lo que Él hace, y nos devanamos los
sesos por adivinar el sentido de ciertas cosas que pasan, y mientras más
vueltas les damos menos las entendemos. Por eso yo corto por lo sano, y
todas mis _matemáticas_ se reducen a decir: «Cúmplase la voluntad del
Señor».
Fortunata soñó aquella noche que entraban Aurora, Guillermina y Jacinta,
armadas de puñales y con caretas negras, y amenazándola con darle
muerte, le quitaban a su hijo. Después era Aurora sola la que cometía el
nefando crimen, penetrando de puntillas en la alcoba, dándole a oler un
maldecido pañuelo empapado en menjurje de la botica, y dejándola como
dormida, sin movimiento, pero con aptitud de apreciar lo que pasaba.
Aurora cogía al chiquillo y se lo llevaba, sin que su madre pudiera
impedirlo, ni siquiera gritar. Despertó acongojadísima. Se sentía mal,
propensa a desvaríos de la mente en cuanto se aletargaba, y con
muchísima sed. Esta llegó a ser tan fuerte, que no pudiendo despertar a
su tía dando con los nudillos en el tabique, tuvo al fin que levantarse
en busca de agua. Al volverse a acostar sintió bastante frío, y con
estas alternativas de frío y calor estuvo hasta la mañana.
--vi--
Ballester fue temprano, y a ella le faltó tiempo para hablarle de
la visita de Maxi y de la historia que este le había llevado. Mucho se
incomodó el regente al enterarse de esto, y con desusada seriedad y
calor hubo de negar lo que su amigo contara de _la Samaniega_.
«Mire, compañero--dijo ella--, mientras más se amontone usted para
negarlo, más creo yo en ello. Usted no habla nunca así; y cuando se pone
serio, no dice más que mentiras. Lo que quiere es que yo me serene. Se
lo agradezco; pero no puede ser. Y lo que es esa francesilla asquerosa
no se ríe de mí».
Agotó el buen amigo toda su lógica para arrancarle aquella idea, sin
adelantar nada. «Y por fin--dijo tomando el tono festivo y maleante que
empleara con Maxi en otra ocasión--, ¿para qué hacemos caso de lo que
diga ese desventurado?... ¡Ay qué románticas y qué súpitas... _semos_!
Mi amigo Rubín, con esas apariencias que ahora tiene de hombre de seso,
está más _tocati_ que nunca. Todo lo dice al revés, y el otro día me
sostenía que _doña Desdémona_ es una mujer hermosa. Me parece que si
seguimos por ese camino, tendré que traerme acá la vara...».
No afectaron a Fortunata estas bromas.
Observábala él con atención seria, notando que una idea muy siniestra y
tenaz la dominaba, y que no era fácil quitársela de la cabeza. Temió que
aquel estado de ánimo influyese desfavorablemente en su salud, y para
prevenirlo metiole miedo. «Me ha dicho Quevedo que en estos días hay que
tener mucho cuidado con usted, y que no le permitirá levantarse hasta la
semana que viene. Cualquier disparate que usted hiciera podría sernos
fatal. Conque, hija mía (tomándole las manos), muchísimo cuidado. No le
digo que lo haga por mí. ¿Qué caso hace usted de este pobre boticarín?
Ninguno, y con razón, porque yo para usted no soy nadie... hágalo por mi
amigo Juan Evaristo, a quien quiero ya como si fuera hijo mío, sí,
sépalo usted, y me constituyo en su tutor; hágalo por él, y _tutti
contenti_».
Parecía convencida, y Ballester se fue con la impresión de haber
triunfado. Tranquila estuvo toda la mañana; pero a eso del mediodía, al
despertar de un sueño breve, se sintió tan vivamente acometida de ganas
de salir a la calle, que no pudo sobreponerse a este ciego impulso.
Levantose, con gran sorpresa de Encarnación, única persona que en la
sala estaba, se peinó a la ligera y se puso su falda de merino oscuro,
pañuelo de crespón negro, otro de color a la cabeza, mitones colorados,
sus botas de caña clara, y... Pero antes de salir dedicó un gran rato a
su hijo, que habiendo despertado cuando la mamá se vestía, parecía
declarar con sus chillidos que le cargaba la salidita. Le convenció ella
dándole todo lo que quiso o lo que había, y el angelito se quedó dormido
en su cuna de mimbres. «Mira--dijo a Encarnación su ama--; yo voy a
salir. No estaré fuera sino poco tiempo, porque tomaré un coche, y haré
la diligencia en media hora. Tú no te separas de aquí, y si despierta el
niño, le arrullas y le meces, diciéndole que yo vendré en seguidita...
Cuidado cómo te separas de él. Oye; mientras yo esté fuera, no abres a
nadie... Mejor será otra cosa; yo cierro dando las dos vueltas y me
llevo la llave. Si viene Segunda, que espere en la escalera». Dio muchos
besos a su hijo, de quien por primera vez en aquella ocasión se
separaba, y salió, cerrando la puerta y llevándose la llave. «No sea
cosa que alguien venga y... No, no me le quitarán; pero se han dado
casos. Este ángel mío, veo que tiene muchos golosos. Y sobre todo esa
envidiosona de Jacinta es la que más miedo me da. De la pelusa que tiene
le van a salir más canas, y se va a poner como un alambre de flaca.
¿Pero qué remedio tiene sino conformarse...? Bastante he penado yo...
que pene ahora ella. ¡Ah!, siento pasos. Francamente, no quisiera que me
viera nadie, porque empezarán a decir que si salgo o no salgo, y no me
gustan _refirencias_.
Me parece que es D. Plácido el que sube. Me guardaré un poquito hasta
que entre en su casa... Ya llega, abre su puerta. Ahora me escabullo, y
Dios me acompañe. Debiera llevar algo que duela... ¡Ah!, la llave. Es
mejor que la mano del almirez. Con esto y las uñas... yo le juro
que...».
Tomó un coche y apenas entró en él se sintió tan mareada, a causa del
movimiento y de su propia debilidad, que hubo de cerrar los ojos e
inclinar la cabeza para no ver las casas volteando en torno suyo. «Debí
haber tomado un caldito antes de salir... Pero a buena hora me acuerdo.
En fin, esto pasará». Pasó ciertamente, y lo primero que hizo al
reponerse fue variar la orden que había dado al simón. Habíale dicho
_Ave María, 18_; pero tuvo una idea, y dijo _Cabeza, 10_, sacando la
suya por la ventanilla, alargando el brazo y tocando con la llave que en
la mano llevaba, al modo de un arma, el brazo del cochero. En la casa
últimamente designada estuvo como una media hora, y cuando bajó a tomar
de nuevo el carruaje, su cara pálida tenía transparencias de cera, los
labios no tenían color... «¿A dónde vamos, señora?» le preguntó el
cochero, viendo que pasaba tiempo sin que diera ninguna orden. «Subida a
Santa Cruz, esquina a la calle de Vicario Viejo». Y dicho esto, y al
rodar de la berlina, daba vueltas a este pensamiento: «Claro; lo que yo
dije. La Visitación a mí no me lo había de ocultar. ¡Y luego dice el
tonto de Ballester que mi marido está loco! Más razón tiene y más
talento que todos los cuerdos juntos... No se ha equivocado ni en tanto
así. Veinte duros le he dado a la Visitación por la cantinela... Claro;
a mí no me lo había de negar...». Y partiendo de esta idea, volvía a la
misma cien y cien veces, describiendo el doloroso círculo.
Apeose en la subida a Santa Cruz, y subió al obrador de Samaniego,
entrando por el portal, que estaba en la calle de Vicario Viejo. Iba tan
decidida, que no tuvo ni la más ligera vacilación. La puerta del
entresuelo tenía mampara de hule, que al abrirse hacía sonar un timbre.
Fortunata había estado allí en los días que precedieron a la
inauguración de la tienda, y recordaba perfectamente todo. No había que
llamar, sino que se empujaba la mampara, sonaba un _plin_ muy fuerte, y
ya estaba uno dentro. Así lo hizo aquel día, y apenas recorrió el corto
pasillo que a la estancia principal conducía, encarose con Aurora que en
aquel momento iba desde el centro, donde estaba la mesa, hacia una de
las ventanas, llevando telas en la mano. Alrededor de la mesa vio
Fortunata como unas seis o siete oficialas, cosiendo, y en un sofá,
junto a la ventana apaisada que daba a la calle, estaban dos señoras,
examinando a la luz encajes y telas.
«Buenos días» dijo la Rubín, deteniéndose un instante y recorriendo con
mirada fugaz todas las caras que delante tenía. Aurora, al verla, se
quedó tan inmutada, que no supo ni qué decir ni qué cara poner. «¡Ah!...
tú, Fortunata... ¡Cuánto tiempo...!». De improviso tomó un tonillo de
sequedad. «Dispensa... Estoy ocupada. Si quisieras volver a otra
hora...». Pero al instante cambió de registro. «¡Qué cara te vendes!
¿Has estado mala?».
--Y tú, ¿cómo estás?... siempre tan famosa...--le dijo Fortunata
acercándose y poniendo una cara fingidamente amable; pero en la cual no
era difícil ver la cruel suavidad con que algunas fieras lamen a la
víctima antes de devorarla.
--Y tú, ¿dónde te metes?--balbució Aurora muy cortada, sin saber para
dónde volverse.
Por fin se dirigió a las señoras que allí estaban; pero no supo qué
decirles. Fortunata se le puso delante cuando volvía hacia la mesa
central. «Tenía que hablar contigo... Como no se te ve... ¡Ay, qué
amigas estas, se muere una sin que le digan nada!».
Algo se tranquilizaba Aurora con este lenguaje, y sonriendo contestó:
«Hija, con tantas ocupaciones, no tiene una tiempo para visitas. Pensé
ir a verte... Pero siéntate».
--Estoy bien así... Pronto despacho.
Aurora se acercó otra vez a las señoras, y al volverse, su amiga le
tocó un brazo. «Tenía que hablarte dos palabras... una cosita que te
quería decir. Me estaba muriendo por verte. ¡Ingrata! ¡Sabiendo el gusto
que me da tu compañía...!».
--Tienes razón--dijo la otra volviendo a inquietarse, porque en la cara
de su amiga advirtió algo que la puso en cuidado--. Todos los días
pensaba ir...
--Sabiendo que te quiero tanto...--Y yo a ti... ¿Pero por qué no te
sientas?
--No... Me voy en seguida. No he venido más que a traerte una cosa...
--A traerme una cosa... ¡a mí!
--Sí, verás. Y diciendo _verás_, hizo con el brazo derecho un raudo y
enérgico movimiento, y le descargó tan de lleno la mano sobre la cara,
que la otra no pudo resistir el impulso, y dando un grito, se cayó al
suelo. Fortunata dijo: «¡Toma, indecente, púa, ladrona!».
Bofetada más sonora y tremenda no se ha dado nunca. Todas las ofícialas
corrieron espantadas al auxilio de su jefe; pero por pronto que
acudieron, no fue posible impedir que Fortunata, empuñando su llave con
la mano derecha, le descargase a la otra un martillazo en la frente; y
después, con indecible rapidez y coraje, le echó ambas manos al moño y
tiró con toda su fuerza. Los chillidos de Aurora se oían desde la
calle. Las dos señoras aquellas salieron a la escalera pidiendo socorro.
Gracias que las oficialas sujetaron a la fiera en el momento en que
clavaba sus garras en el pelo de la víctima, que si no, allí da cuenta
de ella. Sujetada por tantas manos, Fortunata hizo esfuerzos por
desasirse y seguir la gresca; pero al fin el número, que no el valor,
venció su increíble pujanza. A una de las modistillas la tiró patas
arriba de una manotada; a otra le puso un ojo como un tomate. Dando
resoplidos, lívida y sudorosa, los ojos despidiendo llamas, Fortunata
continuaba con su lengua la trágica obra que sus manos no podían
realizar. «Eso para que vuelvas, so tunanta, a meter tus dedos en el
plato ajeno... Embustera, timadora, comedianta, que eres capaz de
engañar al Verbo Divino. ¡Lástima de agua del bautismo la que te
echaron! Tramposa, chalana... Te pateo la cara aunque me deshonre las
suelas de las botas».
Y tal esfuerzo hizo por desasirse, que a punto estuvo de lograrlo. Dos
de ellas habían acudido a levantar a Aurora, que continuaba dando gritos
de dolor. Si no se presentan Pepe Samaniego y un dependiente, sabe Dios
la que se arma allí.
«¿Qué es esto? ¿Qué ha pasado aquí? ¿Quién es usted? ¿Qué busca usted?».
--¡Quién soy!...--gritó Fortunata con desesperación--. Una persona
decente...
--Sí, ya se conoce... Aurora, ¡por Dios!... ¿Qué es esto?
--Una persona decente, que he venido a ajustarle la cuenta a este
serpentón que tiene usted en su casa. Y también es calumniadora.
--Cállese usted y váyase muy enhoramala... ¿Pero qué es esto, Aurora?...
¡Jesús!, sangre en la cabeza. Una herida... Oiga usted, mujerzuela,
ahora mismo va usted a la cárcel... ¡Eh!, llamar a una pareja.
La Fenelón estaba como desmayada, y sus alumnas le desabrocharon el
vestido para aflojarle el corsé.
--Quien va a ir a la cárcel es esa--chilló la agresora, frenética,
revertida otra vez bruscamente a las condiciones de su origen, mujer del
pueblo, con toda la pasión y la grosería que el trato social había
disimulado en ella--. Yo no he faltado... A mí sí que me han faltado...
Esa bribona me ha engañado, nos ha engañado a las dos, porque somos dos
las agraviadas, dos, y usted debe saberlo... _Aquella_ es un ángel, yo
otro ángel, digo, yo no... Pero hemos tenido un hijo; _el hijo de la
casa_, y esta es una entrometida, fea, tiñosa y sin vergüenza que me la
tiene que pagar, me la tiene que pagar.
--¡Si no se calla usted...!--dijo Samaniego, llegándose a ella con
ademán amenazador--. Vamos, que por ser usted mujer, no le sacudo el
polvo ahora mismo.
--¿Usted a mí?... falta que pueda. Más le valdrá a usted no permitir las
indecencias que hace esta...
--Le digo a usted que si no se calla... No me puedo contener... ¡Eh!,
llamar a una pareja.
La escena tomó aún peor carácter con la aparición de doña Casta, que
hubo de llegar a la tienda en aquel instante, y enterada de la zaragata,
subió renqueando, y entró en el teatro del dramático suceso, dando
gritos. «¡Hija de mi alma!... ¡Pero qué!... ¡la han matado!...
¡Sangre!... ¡Ay, Dios mío! ¡Aurora... Aurora...! ¿Pero quién ha sido?...
¡Ah!, esa mujer...».
--Sí, yo, yo he sido--le dijo Fortunata desde el rincón donde la tenían
acorralada--. Mejor cuenta le tendría a usted, so bruja, no ser tapadera
de las tunanterías de su niña...
Doña Casta, acudiendo a su hija, no se hacía cargo de las flores que la
otra le echaba. Aurora volvió en sí exhalando gemidos. «No es nada, tía
--dijo Samaniego--. No se asuste usted... Una leve contusión, y el susto
correspondiente... ¿Pero no se calla esa salvaje?... A la prevención, a
la prevención...».
--Dejarla; que se vaya...--murmuró Aurora con los ojos cerrados.
--A la cárcel--gritaba ronca doña Casta.
--No, a la cárcel no--dijo la víctima, haciendo gala de
generosidad...--dejarla, dejarla... Pepe, no le hagas nada.
--No; si yo no le pego... Allá se entenderá con el juez.
--No, juez no, juez no--decía la de Fenelón muy apurada--. La perdono.
Dejarla; que se vaya, que se vaya pronto; que yo no la vea.
Fortunata, implacable, no se quería callar, y entre los que rodeaban a
la víctima se dividieron los pareceres respecto a lo que se debía hacer
con la agresora. Subió más gente, y el obrador, con tanto vocear y las
pisadas de los que entraban y salían, parecía un infierno.
--vii--
La primera que llegó a la casa de la Cava, durante la ausencia de
la _Pitusa_, fue Guillermina. Después de llamar dos veces, la voz de
Encarnación le respondió al través de los agujeros de la chapa: «La
señorita ha salido. Me ha dejado encerrada».
--¡Ha salido!... ¡Dios nos asista!... ¿Pero es eso verdad, o es que no
quiere recibirme?
--No, señora, no está. Dijo que volvería pronto. Echó la llave con dos
vueltas.
--¿Y el niño?--Sigue tan dormidito.--Esperaré un rato--dijo la santa
dando un suspiro; y cansada de estar en pie, se sentó en el más alto
escalón del tramo. Parecía una pobre que espera se abra la puerta para
pedir limosna--¿Pero dónde habrá ido esa loca?... Lo que yo digo: a
esta no la sujeta nadie. No va a poder criar a su hijo. Tiene a lo mejor
algunas corazonadas felices; pero cuando menos se piensa la pega... El
mejor día abandona a su niño o lo mete en la Inclusa... No, eso sí que
no se lo consentimos. Si el pobrecito tiene una madre descastada, no le
faltará quien mire por él.
Cuando esto pensaba, sintió subir a otra persona. Era Ballester, quien
al verla, se quedó algo cortado. «¿Viene usted a esta casa?--le dijo la
dama--. Pues tómelo con paciencia, que el pájaro voló. La señora esa se
ha ido a la calle. Dentro están el chico y la criada; pero como se llevó
la llave, no podemos entrar. Aguante usted el plantón, como yo, si no
tiene prisa, que ya no puede tardar».
--¡Pero si le habíamos prohibido que saliera! (asustadísimo y
disgustado). Anoche, según me dijo D. Francisco de Quevedo, estaba algo
excitada. Por eso yo venía a ver... ¡Qué disparates hace!
--¡Ya lo creo que es disparate! ¿Y usted no sospecha dónde podrá estar?
--Yo... nada. En fin, esperaremos. Sentose el regente dos escalones más
abajo, y la santa guiñó los ojos para mirarle. Como no se paraba en
barras cuando creía necesario interrogar a alguna persona, de buenas a
primeras acometió a Ballester en esta forma: «Dígame usted, caballero,
y dispense la confianza. ¿Es usted la persona que ahora... tiene más
ascendiente con esta mujer?».
--Yo, señora... ascendiente no creo tenerlo... La conozco hace poco
tiempo. Soy su amigo; me intereso algo por ella.
--No trato yo de que usted me diga qué clase de amistad es esa...
--Las relaciones más puras... ¿Qué, no lo cree usted?
--Sí, yo creo todo. Precisamente, tengo mucha fe (riendo con gracia);
pero no se trata ahora de esto. ¿A mí qué me importa? Lo que quiero
decir es que si usted tiene algún influjo sobre ella, debe aconsejarle
que... Porque el día mejor pensado, esta mujer vuelve a las andadas, y
se cansará de criar a su niñito. Lo mejor sería que le pusiera un ama,
entregándoselo a personas que le habrían de cuidar mejor que ella.
Aconséjele usted esto.
--Yo... que quiere usted que le diga... creo que no le abandonará. Está
muy entusiasmada con él.
--Sí; buen entusiasmo nos dé Dios. ¡Mire usted que esta...! ¡Marcharse a
paseo!, qué ganas de calle tenía. Ni sé cómo el angelito aguanta tanto
tiempo sin mamar...
No había acabado de decirlo, cuando oyeron los chillidos del pobre niño.
No pudiendo contenerse, Guillermina se levantó y fue hacia la chapa
agujereada, y por allí echó estas vehementes expresiones: «¡Hijo mío,
esa loca que no viene!... tienes razón... ¡bribona! Aguárdate un
poquitín, un poquitín». Llamó para que viniese a la puerta la chiquilla,
y le dijo: «Oye, niña, a ver cómo le entretienes un momentito, que tu
ama no puede tardar. Mécele en su cunita, cántale algo, sosona».
Y volviendo al peldaño, charló con su compañero de plantón: «¡Qué alma
de mujer...! ¡Ay!, tengo el genio tan vivo, que rompería la puerta,
cogería al niño y le llevaría a que le dieran de mamar... ¿Es usted
médico?».
--No, señora; soy farmacéutico.
Se calló porque sintieron pasos, ya muy cerca, como de una persona que
subía con cautela, y miraron a la meseta intermedia, esperando a que el
que subía diese la vuelta. La aparición de aquella persona les dejó a
ambos muy sorprendidos. Era Maximiliano, quien al ver a doña Guillermina
y a Segismundo sentados en la escalera, hizo el siguiente razonamiento:
«Dos personas que esperan y que se sientan cansadas. Luego, hace tiempo
que esperan, y la casa está cerrada».
Un rato estuvo inmóvil sin saber si seguir subiendo o volverse para
abajo. El regente se reía y Guillermina le miraba con gracejo.
«Nada--le dijo esta--, que tiene usted que esperar también. ¿Tiene usted
llave?».
--¿Llave yo?--La del campo--indicó Ballester con mal humor, discurriendo
que maldita la falta que hacía Maxi allí--. Más vale que se vaya usted,
amigo Rubín, y vuelva, porque esto va largo.
--Esperaré yo también--contestó el otro sentándose debajo de Ballester.
Y volvieron a oírse los desesperados gritos del _Pituso_, y Guillermina
no disimulaba su impaciencia y zozobra. «Ya se ve, la pobre criatura
tiene ganita... ¡Cuidado que levantarse antes de tiempo y plantarse en
la calle...! Le digo a usted que le pegaría...».
Maximiliano callaba, no quitándole los ojos a la santa, a quien nunca
había visto tan de cerca.
--Pues estamos lucidos--añadió ella--. Ya somos tres. Y esto va picando
en historia. Siento pasos. Si será al fin esa veleta...
Los pasos no parecían de mujer. ¿Quién sería? Miraron los tres, y
apareció José Izquierdo, quien al ver a doña Guillermina, se sobresaltó
extraordinariamente y miró para abajo, como si se quisiera tirar de
cabeza. Habría él dado cualquier cosa por tener dónde meterse. La santa
se reía en sus barbas, y por fin le dijo: «No me tenga usted miedo,
señor de _Platón_... ¿Por qué está usted tan asustado? No me como la
gente. Si somos amigos usted y yo...».
--Señora--dijo el _modelo_ con un gruñido--, cuando el endivido tiene
necesidad, no pue ser caballero y hace cualquiera cosa.
--Sí, hombre, ya lo sé; y aquel gran timo que usted nos dio está
olvidado... ¡Pues si viera usted qué guapo está el _Pituso_!
--¿De veras? ¡Ay!, ¡probe piojín de mis entrañas!
--Sí; se cría perfectamente. Y es tan listo y tan travieso que tiene
alborotado todo el asilo.
--¡Ay!, cómo se le conoce la santísima sangre de su madre, que revolvía
medio mundo. Si tenía aquel chico un talento macho... vamos que...
--Ahora está usted como quiere, Sr. de _Platón_, según he oído, ganando
unos grandes dinerales con la pintura.
--Defendemos el santo garbanzo, señora...
--Yo me alegro por diferentes motivos, pues estando usted tan en grande
no se le ocurrirá engañar a la gente.
Izquierdo se rascaba una oreja, y la habría dado porque la santa mudara
de conversación.
--Si la señora quiere, no miremos pa tras.
--Si esto no es mirar _pa tras_... Vamos, que ahora, si usted estuviera
mal de fondos, bien podría intentar otro negocio como aquel... y no con
moneda falsa, sino con legítima.
Ballester se reía y Maximiliano estaba muy serio, lo que reparó la
fundadora, apresurándose a decir: «Si no fuera por estas bromas, ¿cómo
pasaríamos el horrible plantón? Yo me consumo cuando tengo que esperar,
y cuando espero estúpidamente por la tontería de una persona, pierdo la
paciencia en absoluto...».
Volvió a oírse la quejumbrosa cantinela de Juan Evaristo, y Guillermina
tiró de la campanilla para decir a la criada: «Mujer, entretenle; dile
cositas. Pareces tonta... ¡Hijo mío, ya viene, ya viene!... Verás qué
soba le doy cuando entre, por tenerte así tan solito, muertecito de
hambre... Señores (volviendo al escalón), ustedes me han de dispensar, y
si alguno se cansa, no esté aquí por hacerme compañía. Algo debe de
haberle pasado a esa mujer, cuando tarda tanto. Propongo que se nombre
una comisión, que vaya a hacer un reconocimiento a la calle y averigüe
dónde puede estar». Al decir esto, miraba a Maxi, dando a entender que
fuera él de la citada comisión. El joven no hizo ademán alguno que
indicara intención de moverse, y en la misma actitud perezosa en que
estaba, mirando de soslayo a sus compañeros de plantón, dijo así: «Hace
como unos cinco cuartos de hora iba en un coche por la calle de
Atocha... Entró por la calle de Cañizares... Hace como unos tres cuartos
de hora, vi el mismo coche atravesar la plaza de Santa Cruz hacia la
calle de Esparteros...».
Ballester y Guillermina se miraron alarmados. «Pues propongo--repitió
ella--, que vaya una comisión a la calle de Esparteros...
¿Y no vio usted si el coche se detuvo en alguna parte?».
--No, señora... Yo creí que el coche venía hacia acá, pues aunque el
camino más directo desde la calle de Atocha es Plaza Mayor, Ciudad
Rodrigo y Cava, como en la entrada de la Plaza, por Atocha, están
adoquinando y no se puede pasar, dije yo: «Es que el cochero va a tomar
la calle Mayor». Pero por lo visto no ha venido aquí. Luego, ha ido a
otra parte. Quizás haya ido a visitar a alguna amiga: Aurora, por
ejemplo...
Ballester y la santa volvieron a mirarse con inquietud. «Lo que este
chico dice--indicó el farmacéutico, comunicando a la dama sus temores--,
me parece tan lógico, que casi casi me inclino a tenerlo por cierto».
Oyéronse pasos otra vez; pero eran muy pesados y los acompañaba un
carraspeo y resoplido de persona madura, por lo que nadie creyó fuera
Fortunata la que llegaba. «Es Sigunda», dijo izquierdo antes de verla, y
no se equivocó. La placera se puso en jarras al ver la escalonada
tertulia que allí había, y cuando apreció quién estaba sentada en el
lugar más alto, abrió medio palmo de boca, expresando su admiración de
esta manera: «¡Bendito Dios! ¡El ama de la casa sentadita en la
escalera, como una pobre que está esperando las sobras de la comida!
Pero qué, ¿no está esa diabla?
¡Se ha escapado a la calle! Me lo temía. ¡Qué cabeza! ¡Si estaba ella
anoche muy encalabrinada...! Pero señora, ¿por qué no pasa a casa de D.
Plácido? Allí habrá sillas, al menos, y podrán la señora y los señores
sentarse a gusto...».
--Hágame el favor de llamar en el tercero y ver si está Plácido. Tengo
la seguridad de que él la encuentra.
Segunda llamó, y Plácido no estaba.
«¿Quiere la señora que vaya a buscarla?... ¿Pero adónde?».
--Yo iré--dijo Ballester, que no podía desechar la idea de que en el
obrador de Samaniego darían razón de la fugitiva. Pero aún hablaba con
Guillermina en secreto, cuando Segunda, que había bajado en busca de una
llave o ganzúa con que abrir la puerta, gritó desde el principal: «Ya
está aquí, ya está aquí».
--¡Ah!, ¡gracias a Dios...!--exclamó Guillermina sin intención de doble
sentido--. Ya pareció la perdida. Veremos lo que trae.
--Una de dos--dijo Ballester suspirando--: o trae la cara arañada, o
trae sangre o quizás piel humana en las uñas.
--Es mucha mujer esta... Todos se levantaron menos Maximiliano, que
continuó echado apáticamente hasta que vio a su mujer. Esta subía
jadeante, sofocadísima, limpiándose con un pañuelo el sudor de la cara,
y levantándose las faldas para no pisárselas. En la mano traía la llave
de la casa. «¿Qué, he tardado?... Si no he tardado nada. Despaché en
seguida... ¡Ah!, doña Guillermina también aquí. Hija, yo creí
desocuparme más pronto... Y mi rey tiene hambre... ya le oigo llorar...
Voy, voy, hijo de mis entrañas... ¡Ay!, creí que no me dejaban venir. Si
me llevan a la cárcel, no sé... pobrecito mío».
--Abra usted, abra pronto...--le dijo Guillermina empujándola--,
callejera, cabra montés. Está visto; no sirve usted para madre... ¡Ángel
de Dios!, hace dos horas que está rabiando... Si usted no se enmienda,
tendremos que mirar por él.
--viii--
Abrió y entraron todos atropelladamente; Fortunata delante,
Guillermina agarrada a ella, y detrás Ballester, Maxi, Izquierdo y
Segunda. La madre corrió derecha a la alcoba, donde estaba el pequeño en
su cuna, dando unos gritos que enternecerían al caballo de bronce de
Felipe III. «Aquí estoy, rico mío, aquí está tu esclava... Ven, ven,
cielo de mi vida; toma la tetita, toma... ¡Ay qué hambre tan grande!...
¡Cuánto ha llorado mi ángel!... Yo desatinada por venir. ¡Qué contento
se pone mi niño!... Ya no llora más, ¿verdad? Ya no más...».
Sin quitarse el mantón, había cogido al chiquillo, disponiéndose a
aplacar su gran necesidad. Se sentó en la cama, para dejar a Guillermina
la única silla que en la alcoba había. La santa no atendía más que al
pequeñuelo, observando si la ansiedad con que mamaba iba acompañada de
satisfacción: «Me temo que con esos arrebatos se quede usted sin leche».
--¡Quia!, no señora... Vea usted, la tengo de sobra. Al contrario, creo
que si no me desahogo, me quedo seca. Estaba yo anoche, que no cabía en
mí. Me era tan preciso vengarme como el respirar y el comer. Pues verá
usted... después de darle una bofetada que debió de oírse en Tetuán, le
pegué un achuchón con la llave, y la descalabré... después metí mano a
las greñas...
--Cállese usted por Dios, que me da horror de oírla.
--Me querían llevar a la cárcel, y estuvieron cerca de una hora si me
llevan o no me llevan. Fueron los policías, y yo dije que estaba
criando. Total, que por fin me soltaron, y aquí me vine corriendo. ¡Si
no hay como ser así para que la respeten a una! Si no están allí las
condenadas modistas, me paseo por encima de su corpacho como por esa
sala. Porque mire usted que es remala; ¡engañar a dos, a dos, señora, a
mí y a la otra, que es un ángel, según dice todo el mundo! Dígale usted
que su cuenta con _la Samaniega_ está ajustada.
--Me parece que está usted muy trastornada... Cállese, cállese y atienda
a su hijo...
--Ya atiendo, señora, ya atiendo. ¿Pues no me ve?... Hijo, gloria de tu
madre, emperador del mundo... ¡Ay!, crea usted que si aquellos perros
guindillas no me dejan venir a dar de mamar a mi hijo, no sé lo que me
pasa... El mismo Samaniego fue quien me soltó, diciendo: «Que se vaya
noramala». Pues sí, señora, estoy contenta. Y crea usted que no me
alegro por interés... ¿Para qué quiero yo el dinero? Para nada. Me
alegro por tener _el hijo de la casa_, y esto no me lo quita nadie. Ni
con latines ni sin latines me lo quitan. ¿Verdad, señora? Usted está
ahora de mi parte. Y _ella_ también está ahora de mi parte, ¿verdad?
--Cuando digo que usted no tiene la cabeza buena (bastante alarmada).
Cállese la boca. Tengamos formalidad (dándole palmadas en el hombro),
porque si no le cría bien, le pondremos ama; y en último caso, hasta le
recogeremos para tenerlo con nosotras.
--¡Quia!... no señora... Yo no lo suelto (con gran excitación y
desbordamientos de alegría). ¡Estoy tan contenta!... Usted me va a
querer, señora ¿verdad? ¿Me querrá usted? Porque yo necesito que alguien
me quiera de firme. Verá usted qué bien me voy a portar ahora.
¿Hombres?, ni mirarlos. No quiero cuentas con ninguno. Mi hijito y nada
más.
--Sí... quien te conozca que te compre.
--¡Ah!, usted no me conoce, señora... ¿Cree que...? Ja, ja, ja... Mi
hijito, y aquí paz... Verá usted; nos haremos cargo de que es hijo de
las tres, y tendrá tres madres en vez de una...
A la santa le hizo gracia aquella extraña idea.
«Mire usted; después que Dios me ha dado al _hijo de la casa_, no le
guardo rencor a la otra... Porque yo soy tanto como ella por lo menos...
Como no sea más. Pero pongamos que soy lo mismo. No le guardo rencor, y
como me apuren mucho, hasta le tomaré cariño... Tres mamás va a tener
este rico, esta gloria: yo, que soy la mamá primera; ella la mamá
segunda, y usted la mamá tercera».
«¡Pero, hija, qué alborotada está usted, y qué disparates dice!
(tomándole el pulso y examinando con alarma el brillo de sus ojos).
Extraño mucho que el pobre Juanín encuentre qué sacar de ese pecho...».
Las demás personas que en la casa entraron estaban en la sala, sin
atreverse a pasar mientras durase aquel animado coloquio de la diabla y
la santa, cuyo lejano run run oían. Guillermina pasó a la salita en
busca de Ballester, que estaba muy cariacontecido junto a los cristales
de la ventana, mirando a la plaza, y le dijo: «Está esa mujer
excitadísima, y me temo que se seque... ¿Hay aquí antiespasmódica?».
--Sí, sí, la preparé yo con muchísimo esmero; pero traeré más esta
noche. ¿Dice usted que está excitadísima?
--Pero atroz... Cabeza trastornada; dice mil despropósitos. Entre usted.
Cuando Ballester le propuso que tomara la medicina, replicó la joven:
«Lo que quiero es agua. Tengo una sed horrible... la boca seca». Bebió
con ansia, y entre tanto, la fundadora llevaba aparte a Ballester y le
decía:
--Oiga usted. Y su marido, ese pobre hombre, ¿qué viene a buscar aquí?
¿Qué hace, qué dice, cómo ha tomado esto?
--Señora--replicó el regente fluctuando entre la seriedad y la risa--.
¿Usted no lo entiende?... pues yo tampoco. Su natural es tímido. Por
eso, cuando veo que rompe a hablar con personas que no son de confianza,
me escamo mucho. De algún tiempo acá todo cuanto ese chico habla es tan
atinado, que podrían tenerlo por suyo los siete sabios de Grecia.
--¿Pero no está...?--preguntó la dama llevándose a la sien su dedo
índice.
--A saber... Él fue quien le trajo el cuento de lo del tal con la cual,
quiero decir, con la _Fenelona_. Yo no me fío de la cordura de este
caballerito, y siempre que le cojo a mano le registro, a ver si trae
algún arma. No me gusta nada verle aquí.
Rubín e Izquierdo estaban sentados en el sofá de la sala, ambos
silenciosos, Fortunata llamó a Ballester y a _Platón_ para contarles lo
que había hecho, y en tanto Guillermina se fue a sentar junto a
Maximiliano, insinuándose con él por medio de una sonrisa de benignidad.
Quiso la dama hablarle, y no pudo decir una palabra, pues con todo su
talento y práctica del mundo no acertaba con la clave de las ideas que
ante aquel hombre, dada la situación de él, debía desarrollar. ¿Qué le
diría? ¡Este sí que era problema! ¿Qué tono tomaría? ¿Era cuerdo el tal
o no? Porque si había dificultades considerándole demente, tratándole
como sano las dificultades eran tales que rayaban en lo imposible. ¿Le
hablaría del niño?... Jesús qué disparate. ¿Le diría que su mujer era
una joya? ¡Qué barbaridad! ¿Acometería el estado real de las cosas? Ni
pensarlo. ¿Lo tomaría por el lado religioso y de la resignación?
Tampoco. ¿Por el lado mundano? Quia... Nunca se había visto la buena
señora enfrente de un problema de ciencia social tan enrevesado y
temeroso. Aquel enigma superaba a cuantos enigmas había visto ella en su
vida infatigable.
«Vamos--pensó la fundadora--, ¿a que tirando por la calle de en medio
salgo bien? Es lo mejor, y este sistema siempre me ha dado resultados.
Oiga usted, caballerito...».
--Señora... Y aquí se atascó el diálogo, porque la santa no se atrevía
a pasar adelante. Pero quiso Dios que la misma esfinge le abriese camino
diciéndole: «Yo conocía a usted de vista y de fama; pero nunca había
tenido el gusto de hablarle... Es usted una santa, y cuando se muera, la
canonizaremos y la pondremos en los altares».
--Gracias; es favor--replicó ella con gracejo--. Y a mí me parece que el
santo es usted.
--Yo... (sin maravillarse mucho de la lisonja). Pero de mí a usted hay
una gran diferencia. Cierto que yo he ganado algunas batallitas contra
mis pasiones; pero no he llegado, ni con mucho, al grado de perfección
que usted. Disto bastante todavía. Si con padecer se llegara, ya
estaríamos en el pináculo, porque yo he padecido mucho, señora. Usted se
pasmará de la serenidad que nota en mí. Todos se pasman, y no es para
menos. Porque aquí donde usted me ve, he estado loco, loco perdido...
--Lo sé, lo sé... ¡Ay, qué dolor!
--Y he ido pasando por este y el otro grado. Primero tuve el delirio
persecutorio, después el delirio de grandezas... Inventé religiones; me
creí jefe de una secta que había de transformar el mundo. Padecí también
furor de homicidio, y por poco mato a mi tía y a Papitos. Siguieron
luego depresiones horribles, ganas de morirme, manía religiosa, ansias
de anacoreta, y el delirio de la abnegación y el desprendimiento...
Pero Dios quiso curarme, y poco a poco aquellos estados fueron pasando,
y la razón, que estaba muerta, empezó a nacer, primero chiquitita, y
después creció tanto, tanto, que se me hizo un cerebro nuevo, y fui otro
hombre, señora. Y me encontré entonces con la novedad de un gran
talento, perdóneme usted la inmodestia, con una gran aptitud para juzgar
de todas las cosas...
Guillermina estaba pasmada y no se le ocurría nada que oponer a aquellas
razones. Expresábase él con admirable serenidad y con fácil y aun
ingeniosa palabra, sin atropellarse ni vacilar un instante, las
facciones reposadas, todo cortesía y aplomo.
«Y cuando volví a la vida, porque volver a la vida fue aquello,
encontreme como el que sube a un monte muy alto, muy alto, y ve todas
las cosas de golpe, reducidas a mínimo tamaño. 'Aquello--decía yo--que
me pareció tan grande, vedlo allá tan chiquitín'. Híceme cargo de todo
lo que había pasado durante mi enfermedad, que más bien me parecía
sueño, y vi la infidelidad de esa desgraciada, vi también que tenía una
cría, y la claridad de aquella razón nueva y robusta que yo había
echado, me hizo ver un caso de aplicación de la justicia, y consideré
que era de mi deber contribuir a la extirpación del mal en la humanidad,
matando a esa infeliz, con lo cual la redimía, porque yo he dicho
siempre: 'Bienaventurados los que van al patíbulo, porque ellos en su
suplicio se arrepienten, y arrepintiéndose se salvan'».
Guillermina iba a contestar algo a esto; pero el otro no la dejaba meter
baza.
«Aguárdese usted un poquito, que falta la segunda parte. Pensaba yo cómo
realizaría aquel acto de justicia, cuando la casualidad, mejor será
decir la Providencia, me deparó una solución mejor y más cristiana que
la muerte. Esta pobre mujer no necesitaba de mi justicia. Dios mismo
había dispuesto su castigo y una lección tremenda. ¿Qué debía yo hacer?
Dejar que hiriera la lección. La infidelidad castiga la infidelidad.
¿Hay nada más lógico que esto? Yo debía, pues, dejar que obrase la
lógica. Di gracias a Dios por aquella luz que hizo venir a mí. Dios es
el único que castiga, ¿verdad, señora? ¡Y qué bien que lo sabe hacer! ¿A
qué usurparle sus funciones? Dios, realizando la justicia por medio de
los sucesos, lógicamente, es el espectáculo más admirable que pueden
ofrecer el mundo y la historia. Así es que yo me lavo las manos, y dejo
que la lección natural se produzca y la justicia se cumpla. ¿Es esto ser
razonable? ¿Es esto ser cuerdo...?».
Hizo la pregunta cruzándose de brazos, y Guillermina después de vacilar,
le dijo: «Vaya si lo es. Y Cristo nos enseña que no debemos tomarnos la
justicia por nuestra mano, pues Dios castiga sin palo ni piedra, y Él
da a cada criatura lo que le conviene. Cuando alguna injusticia nos
envuelve, por picardías de los hombres, lo que debemos hacer es
aguantar, y cruzarnos de brazos y decir: 'Vengan palos. Mientras más me
humillen, más me levantaré después. Mientras más me azoten aquí, más
salud tendré allá'».
--Eso mismo pienso yo. Los resentimientos que había en mi corazón, los
he ido desechando... La idea de matar la considero yo ineficaz y
absurda, como un medicamento equivocado. Sólo Dios mata, y Él es quien
siempre enseña. Yo he tenido celos horribles, yo he tenido rencores
ardientes; sin embargo, toda esta maleza va cayendo bajo el hacha de la
razón... Razón y nada más que razón. Ya no pienso en matar a nadie, ni
aun a los que tanto odié. Veo las admirables enseñanzas de Dios, veo a
los malos recibir su castigo, y procuro no merecerlo yo... Este es mi
sistema, esta es mi vida.
Segismundo había llamado a Guillermina desde la puerta de la alcoba.
Allí cuchichearon algo referente a Fortunata, y habiéndole preguntado a
la santa su parecer respecto al joven Rubín, la fundadora se expresó de
este modo: «Lo último que me ha dicho es el colmo de la sabiduría y de
la cordura; pero...».
--No las tiene usted todas consigo... Ni yo tampoco.
--ix--
Izquierdo entró con una botella de cerveza y detrás el mozo del
café de Gallo con un _grande_ de limón, ponchera y copas. «La
señora--dijo él queriendo ser amable--, va a tomar un vasito de cerveza
con limón».
--¡Quite usted allá!--replicó la dama--. Yo no bebo esas porquerías. Se
lo agradezco...
A Fortunata la invitaron también; pero ella no quiso tampoco tomarlo, y
pidió leche. Ballester, atento a serle agradable, mandó a Encarnación
por la leche, y Guillermina se despidió para retirarse en el momento en
que entraba Plácido, que había subido presuroso y lleno de oficiosidad a
ponerse a sus órdenes.
Segismundo observaba a su amiga, y a la verdad, no le parecía su estado
muy católico. El falso gozo que la hacía reír a cada instante no era
buena señal, y hubiera él deseado que hablase menos. Pero todo se volvía
contar el lance con Aurora, dándole proporciones trágicas, y una vez
concluido, lo empezaba de nuevo, revelando contra la que fue su amiga
una saña implacable. Ballester la contradecía suavemente, recomendándole
la prudencia, la tolerancia y el perdón de las injurias. No sabiendo ya
qué decirle, llegó hasta sacarle el ejemplo de Maximiliano, que llevaba
con tan cristiana mansedumbre el cargamento de sus agravios. La diabla,
al oír esto, se reía más, diciendo que su marido era un santo, un
verdadero santo, y que si le canonizaban y le ponían en los altares,
ella le rezaría y le escupiría. Esto no lo oyó Rubín, que a la sazón
estaba jugando a las damas con Izquierdo.
Trajeron la leche, y cuando Encarnación se la servía a su ama, esta vio
que habían caído dos moscas; le entró mucho asco y puso a la chiquilla
como hoja de perejil, llamándola puerca y descuidada. El regente mandó
traer más leche, y dijo que la de las moscas se la bebería él, pues no
tenía asco de nada. Sacó los insectos con el dedo meñique, y su amiga le
criticó esta acción, llamándole sucio y tratándole con cierta sequedad.
Trajeron la leche bien tapada para que no cayeran moscas, y mientras
Fortunata se la bebía, Ballester se tomó la otra, diciendo bromas y
chuscadas, con las cuales no lograba disipar la negra tristeza en que la
joven había caído tras la ruidosa alegría. Mandola acostar, y
entretanto, pasó el farmacéutico a la sala, haciendo que atendía al
juego de las damas. No podía tener tranquilidad mientras Maxi estuviera
allí, ni se fiaba de sus apariencias resignadas y filosóficas. Con
disimulo, y fingiendo que le hacía cosquillas, por jugar, le tocó los
bolsillos, temeroso de que llevara algún arma. Pero nada encontró en su
disimulado reconocimiento. A pesar de todo, no quería Ballester irse
sin llevarle por delante, y tanto bregó con él, que hubo de conseguirlo.
Salió, pues, el regente haciendo propósito de volver, pues su amiga le
había puesto en cuidado.
_Platón_ se fue también al anochecer, pero a las nueve regresó
encendiendo luz en la sala. No eran las nueve y cuarto, cuando
Fortunata, que había empezado a dormitar, sintió pasos, y vio que un
hombre entraba en la alcoba. «¿Quién es?--preguntó alarmada, echando los
brazos a su hijo--. ¡Ah!, eres tú, Maxi; no te había conocido. Está esto
tan oscuro...».
La tos perruna de su tío la tranquilizó, diciéndole que no estaba sola.
Mandó a la chica que trajese luz, pues se le había despabilado el sueño,
y José, atento a custodiarla, se asomaba a cada instante a la alcoba.
Sentose Maximiliano junto a la cama como el día anterior, y
bondadosamente le dijo: «Esta tarde había aquí mucha gente y no pude
hablarte. Por eso he vuelto. Ya sé que tú y Aurora os pegasteis. Doña
Casta está furiosa, y mi tía, no puedes figurarte lo alborotada que está
contra ti. Sobre este suceso de hoy se me ocurre a mí una cosa que te
quiero comunicar».
--Dímelo, dímelo prontito--indicó ella, que sin saber por qué, esperaba
de aquel hombre, a quien tenía en tan poco ideas extrañas y quizás
consoladoras.
--Pues lo que has hecho esta tarde favorece a tu enemiga--afirmó Rubín
con severidad de médico, aguardando el efecto que tales palabras habían
de hacer en ella--. Sí; favorece a tu enemiga. Tú eres tonta y no
conoces la naturaleza humana. Yo, desde que entré en esta gran crisis de
la razón, todo lo veo claro, y la naturaleza humana no tiene secretos
para mí.
Fortunata no comprendía. «Me explicaré mejor. Quiero decir que al
maltratar a tu rival le has dado la victoria sobre ti. El hombre a quien
queréis las dos pudo haber vacilado antes de elegir la que
definitivamente había de merecer su amor. Ahora no vacilará. Entre una
que se descompone y hace las brutalidades que tú hiciste y otra que
padece y es maltratada, el amor tiene que preferir a la víctima. Toda
víctima es por sí interesante. Todo verdugo es por sí odioso. En un
pleito de amor, la víctima gana siempre. Ésta es una verdad que está
escrita en el corazón humano como en un libro, y yo leo en él tan claro
como leemos una noticia en _El Imparcial_. Yo lo sé todo; nada se me
oculta. Demasiadas pruebas tienes de ello».
A Fortunata le hizo esto tan mal efecto, que sintió ganas de coger la
palmatoria y tirársela a la cabeza. Respondió con despecho: «Pues si
gana ella, mejor. A mí no me importa nada que él la quiera ni que la
deje de querer...».
--Y ahora la va a querer tanto--agregó Maxi impasible y frío--, la va a
querer tanto, que los amantes de Teruel van a ser paja al lado de ellos.
La querrá porque ha sido atropellada, y las víctimas siempre inspiran
amor. Créetelo porque te lo digo yo, que todo lo sé. La querrá con
locura, más que a ti, más que a su mujer; y hará con ella lo que no hizo
con ninguna. Abandonará a su mujer y a sus padres para vivir a sus
anchas con ella... Y serán felices y tendrán muchos hijitos.
Lo que la de Rubín dijo no fue más que un mugido. Hizo ademán de coger
la palmatoria. Después se tapó la cara con la mano.
«Yo te digo estas cosas porque son la verdad, y te pego con la verdad
para que la lección escueza. Así, así es como aprendes. Bonita
enseñanza, ¿verdad? Cierto que duele y hace sangre; pero padecer y
aprender son sinónimos. Por tu bien es. Tu conciencia se purificará, y
ojalá te murieras con esta pena, porque te irías derecha al Cielo».
La joven lloraba con angustia, y él no parecía tenerle compasión.
«Veo que me crees y haces bien. Lo que te he dicho ha salido siempre
verdad. Yo lo sé todo, y mi razón me presenta la vida como un panorama
ante los ojos. Es un don que recibí de Dios. Cuando estaba loco,
adivinaba por inspiración; bien lo sabes, y recordarás que te anuncié
todo lo que iba a pasar... La verdad venía entonces a mí envuelta en
una especie de simbolismo, como las verdades reveladas a los pueblos de
Oriente. Pero luego entré en la época de la razón, y la verdad se me
ofrece clara y desnuda, y desnuda y clara te la digo. ¿Acerté a
encontrarte cuando todos me decían que te habías muerto? ¿Acerté a
descubrir lo de Aurora con los detalles de casa, hora a que se reunían,
etcétera? Pues ya ves. Nada se me esconde, y lo que acabo de decirte es
el Evangelio. Has dado la victoria a tu enemiga... aguanta el golpe. Tu
víctima y tu verdugo serán felices y tendrán muchos hijos».
--Cállate, cállate o verás...--dijo Fortunata amenazándole con el puño,
y tratando de vencer el terror sugestivo y supersticioso que su marido
le inspiraba--. Yo también sé verdades y te voy a decir una.
--Pues dímela pronto.--Digo que eres un hombre sin honor...
Maximiliano se estremeció ligeramente, pero nada más. Seguía oyendo. «¿Y
qué más?» dijo.