a su sobrina una maternal caricia; tales eran su gozo y satisfacción. Un
pensamiento se le salía del magín a cada instante; pero lo reservaba en
la hoja más escondida de su gramática parda. Ni la sombra de este
pensamiento dejaba entrever a Fortunata.
Guardábalo para sí y se recreaba con él a solas. «¿Le habrá dado
dinero?». Siempre que se hacía esta pregunta, se contestaba
afirmativamente. «Tiene que haberle dado algo, quizás grandes
cantidades. ¿Pero dónde demonios las tiene? ¿Qué hace que no me las da
para que se las coloque?... Como si lo viera: es que tiene vergüenza de
poner en mis manos dinero adquirido por tales medios. Esta delicadeza la
honra... Y no es otra cosa; le da vergüenza de decírmelo. Pero al fin
ello saldrá».
Y una tarde que el matrimonio había ido a paseo, la gran capitalista, no
pudiendo enfrenar por más tiempo su curiosidad, mandó a Papitos a un
recado, por quedarse sola, y con determinación admirable hizo un
registro en la cómoda y baúl de Fortunata. Valiéndose del sin fin de
llaves que tenía, abrió todos los cajones y revolvió en ellos
cuidadosamente, esmerándose en dejar las cosas, después de bien
examinadas, en la misma disposición que antes tenían. Este proceder
jesuítico lo practicaba siempre que metía sus manos escudriñadoras en
donde no debían estar. Busca por allí, busca por allá, y nada. Los
billetes se esconden tan fácilmente, que no hay manera de encontrarlos.
Pero tenía doña Lupe tan fino olfato para descubrir dinero, que estaba
segura de dar con los billetes si los había. «¿Tendralos cosidos en la
ropa?--pensó--. Puede ser. Esa socarrona parece que no sabe jota, ¡y
sabe más...!». En la cómoda no había nada que a dinero se pareciese, ni
tampoco cartas. Algunas joyas y chucherías vio, que le parecieron
recuerdo o prenda de amores; pero lo que es _guano_, ni el olor.
«Es muy particular--gruñía la viuda, registrando el baúl, después del
reconocimiento minucioso que en la cómoda hizo--. ¡Y no se comprende que
siendo él tan rico y ella una pobre...!». El baúl, que sólo contenía
ropas viejas, no dio tampoco nada de sí. «Pues tiene que haber
algo...--rezongó la señora--, tiene que haber algo. En alguna parte está
el escondrijo. Dinero hay, o no hay dinero en el mundo».
Cansada de su inútil escrutinio y guardando las llaves, que formaban
apretado racimo, digno del arsenal de una compañía de ladrones, doña
Lupe se sentó a meditar, y poniéndose una mano sobre el pecho de algodón
y acariciándoselo, se rascó con los dedos de la otra la frente, allí
donde principia el cabello, como quien estimula la generación de una
idea, y dijo: «Pues si efectivamente no le ha dado nada, hay que
reconocer que ese hombre es el mayor de los indecentes».
--vii--
Apretaba el calor, y las escenas que he descrito se repetían,
reproduciéndose con ese amaneramiento que suele tomar la vida humana en
ciertos periodos, cual fatigado artista que descuida la renovación de la
forma. Los paseítos por la noche para tomar el tranvía del _barrio_; las
excursiones a algún teatro de verano; las tertulias en casa de Samaniego
o de Rubín; las garatusas del crítico en la calle; la romántica figura
de Olimpia colgada en el balcón como una muestra o insignia que dijera:
«aquí se ama por lo fino»; las extravagancias de Ballester; los espasmos
de Maxi, todo continuaba repitiéndose de día en día con regularidad de
programa.
En Agosto ocurrió algo que no estaba en los papeles, y fue del modo
siguiente. Una mañana fue Torquemada a ver a doña Lupe para tratar de
negocios. Con su traje de verano, tenía el buen D. Francisco aspecto
semejante al de los militares que vienen de Cuba, pues a más del
trajecito azul, se había encasquetado un sombrero de paja de ala ancha.
Su camisa, de rayas coloradas, parecía la bandera de los Estados Unidos;
y para recalcar más su facha americana, llevaba una joya en la corbata y
una cadena de reloj interminable, que le daba muchas vueltas de una
parte a otra del pecho. Los pantalones eran tan cortos, que al sentarse
se le veía media pierna. Allí venía bien decir que el _difunto era más
chico_. Todo ello parecía prendas heredadas, o venidas a su poder por
embargo judicial, o cogidas a algún filibustero. Servíale el sombrero
de abanico, cuando estaba en visita, con la ventaja de que las personas
circunstantes participaban de la ventilación que daba aquella prenda
tropical tan bien manejada.
Un rato llevaban de interesante conferencia, cuando sonó la campanilla,
y a poco entró Maxi en el gabinete, que era donde su tía y don Francisco
estaban. Fortunata estaba planchando. En cuanto vio llegar a su marido,
fue a ver qué se le ofrecía, pues algo desusado debía de ser. A tal
hora, las diez de la mañana, no venía jamás a casa el pobre chico.
Echándose un pañuelo por los hombros, porque el calor de la plancha la
obligaba a estar al fresco, pasó al gabinete. Lo mismo ella que su tía
se pasmaron de ver en el semblante del joven una alegría inusitada, Los
ojos le brillaban, y hasta en la manera de saludar a D. Francisco
advirtieron algo extraño, que las llenó de alarma. «Hola, D. Paco; yo
bien, ¿y usted?... Y doña Silvia y Rufinita, ¿siguen tomando los baños
del Manzanares?». Este lenguaje tan confianzudo, era lo más contrario al
temperamento y a la timidez de Maxi.
«¿Qué traes por aquí a esta hora?» le preguntó su tía, disimulando su
sorpresa.
Fortunata le examinaba atentamente, sentada lejos del grupo principal,
en una silla próxima a la puerta de la alcoba de doña Lupe. Él no se
sentó, y después de aquel saludo tan campechano que le echó al usurero,
se puso de espaldas al balcón con las manos en los bolsillos, mirando a
todos como quien espera recibir felicitaciones. «Pues nada--dijo--, que
estoy de enhorabuena».
--Qué, ¿te ha caído la lotería?
--No es eso... ¿Para qué quiero yo loterías? Ni falta... Es mucho más
que eso, porque he encontrado lo que buscaba. Ya le dije a usted que
estaba pensando, que sólo me faltaba una fórmula para completar...
--¡La combinación!... Pues qué, ¿has encontrado la _panacea_?--expresó
la tía con incredulidad.
--No es mal nombre si usted se lo quiere dar--dijo el pobre chico,
exaltándose más a cada palabra--. De _pan_, que significa todo... y
_akos_ que es lo mismo que decir _remedio_. Que lo sana y purifica todo,
vamos...
--¡Gracias a Dios que haces algo de provecho!--declaró doña Lupe,
recelosa, observando las miradas de Maxi, cuyo resplandor de júbilo era
enteramente febril.
--Anoche estuve toda la noche discurriendo muy intranquilo, los sesos
como ascuas, porque al plan, mejor dicho, al sistema no le faltaba más
que una fórmula para estar completo... ¡La maldita fórmula...! Por fin,
ahora, hace un ratito, se me ocurrió; di un brinco de alegría.
Ballester, que no comprende esto, ni lo comprenderá nunca, se enfadó
conmigo y no me quería dar papel y tinta para escribir la fórmula y
dejarla consignada... Temo que se me escape, que se me vaya de la
cabeza... Mi memoria es una jaula abierta, y los pájaros... pif...
Doña Lupe y Fortunata se miraron con tristeza. «Bueno--dijo la tía,
viendo que le venía encima una nube--. Tranquilízate, escribirás la
fórmula, harás tu _panacea_, tendrá un gran éxito y ganaremos mucho
dinero».
--¡Ah!...--exclamó él con la expresión que se da a toda idea de un
trabajo abrumador--. No crea usted... para exponer el sistema completo
con claridad bastante para que todos lo comprendan, se necesita quemarse
las cejas... ¡digo! Tendré que pasar las noches de claro en claro. No
importa; cuando esto empiece a correr, verán ustedes; adquiriré una
reputación y una gloria tan grandes, pero tan grandes que...
--Adiós mi dinero--murmuró doña Lupe, y Fortunata dijo para sí algo
parecido.
--El problema que quedaba por resolver--dijo Maxi acercándose a su tía y
dando castañetazos con los dedos--, era el de la emanación de las almas.
¿De dónde emana el alma? ¿Es parte de la sustancia divina, que se
encarna con la vida y se desencarna con la muerte para volver a su
origen?... ¿o es una creación accidental hecha por Dios, subsistiendo
siempre impersonal? Aquí estaba el intríngulis.
Doña Lupe dio un gran suspiro, mirando a D. Francisco que guiñaba los
ojos de una manera entre burlesca y compasiva.
«¡Hijo, por Dios!--dijo Fortunata acercándose--, no discurras esas cosas
que dan dolor de cabeza... Sí, está muy bien; pero todo lo que hay que
averiguar sobre esto, está ya averiguado... No te calientes la cabeza».
--Querida mía (rechazándola con dulzura y tomando un tonillo enfático),
si en este _via crucis _ de trabajos y persecuciones que me espera; si
en el camino doloroso y glorioso de este apostolado, no me quieres
acompañar tú, lo sentiré por ti más que por mí; pero tú al fin vendrás.
¿Cómo no, si eres pecadora, y para los pecadores, para su redención y
para su salvación es para lo que yo pienso lo que pienso y propongo lo
que propongo?
Fortunata volvió a la apartada silla en que antes estuvo, y doña Lupe,
después de llevarse las manos a la cabeza, hizo un gesto de conformidad
cristiana. Le faltaba poco para echarse a llorar. En este punto creyó
oportuno Torquemada intervenir, con esperanza de que sus discretas
razones enderezaran el torcido _intellectus_ del desdichado joven. «Mire
usted, amigo Maximiliano, yo creo que todo lo que debemos saber sobre
eso, ya nos lo han enseñado. Y lo que no, más vale que no lo sepamos...
porque el mucho apurar las cosas le quita a uno la fe. Esta vida no es
más que un mediano pasar: así lo encontramos y así lo hemos de dejar; y
por mucho que miremos para el Cielo no ha de caer el maná... «Ganarás el
pan con el sudor de tu frente», dijo quien dijo, y no hay más. ¿Qué saca
usted de ponerse a cavilar sobre si el alma es esto o aquello? Si al fin
nos hemos de morir... Tengamos la conciencia tranquila; no hagamos cosas
malas, y ruede la bola... y no temamos el materialismo de la muerte; que
al fin polvo somos, y...».
--Basta, no siga usted--dijo Maxi, ceñudo, cortándole el discurso--. Si
usted es materialista, nunca nos entenderemos.
--No, si lo que yo digo es que el alma tiene el pago que merece, y como
el cuerpo no es más que a la manera de un cascarón, cuando este se
pudre, a mí no me asusta el materialismo de hacerse uno polvo.
--Ya... comprendido--dijo el otro con mayor exaltación, y acentuando la
contrariedad que experimentaba--. Usted es de la escuela de mi hermano
Juan Pablo: _fuerza y materia_. Ya discutiremos eso. Yo expondré mi
doctrina; que exponga Juan Pablo la suya, y veremos quién se lleva tras
sí a la señora humanidad.
Diciendo esto giró sobre un tacón, y rápidamente salió, marchándose a su
cuarto. Su mujer fue tras él muy afligida. Maxi se sentó en la mesilla
en que tenía algunos libros y recado de escribir. Apoyando la mano en el
hombro de él, su mujer miró los garrapatos que trazaba con febril mano
sobre un papel.
«Ved aquí fijados los puntos capitales--balbucía él, escribiendo--.
Solidaridad de sustancia espiritual. La encarnación es un estado
penitenciario o de prueba. La muerte es la liberación, el indulto o sea
la vida verdadera. Procuremos obtenerla pronto...».
--Chico, descansa ahora un ratito--díjole su esposa, tratando de
quitarle la pluma de la mano--. Bastante has trabajado hoy con esos
cálculos tan difíciles... Mañana seguirás... No, no creas que me parece
mal; yo te ayudaré a pensar... hablaremos de esto. Yo también discurro.
Contra lo que esperaba, Maxi no se irritó. Tenía su semblante expresión
seráfica; sus modales eran suaves y más parecía un iluminado antiguo,
cuya demencia se elaboraba en la soledad claustral, que el insensato de
estos tiempos, educado para el manicomio en los febriles apetitos de la
sociedad presente.
«Tú también discurres--le dijo con dulzura--. Lo sé, tú piensas, porque
sientes; tú me comprendes, porque amas. Has pecado, has padecido; pecar
y padecer son dos aspectos de una misma cosa; por consiguiente, tienes
el sentimiento de la liberación... Usando una parábola, te escuece en
las muñecas el grillete de la vida».
Fortunata se quedó en ayunas de toda esta cantinela, pero por no
contrariarle, respondía que sí. «Lo que es por padecer no ha de quedar,
porque toda mi vida ha sido un puro suplicio... Pero ahora no te ocupes
más de eso».
Doña Lupe miraba por el hueco de la puerta entornada.
«Tú me ayudarás--prosiguió Maxi con ráfagas de inspiración religiosa en
sus ojos encandilados--, tú me ayudarás a propagar esta gran doctrina,
resultado de tantas cavilaciones, y que no habría llegado a ser
completamente mía sin el auxilio del Cielo. El gran misterio de la
revelación se ha renovado en mí. Lo que sé, lo sé porque me lo ha dicho
quien todo se lo sabe».
Observando entonces que su tía le miraba, extendió la mano para
llamarla, y le dijo: «Tía, pase usted... Aquí no hablamos en secreto.
También usted será conmigo en la inmensa... en la inmensa y dolorosa
propaganda... Por cierto que no me explico, que no sé cómo ustedes dejan
entrar aquí a ese materialista...».
--¡Don Francisco...!, hijo, ¿pues qué mal puede hacerte?
--Mucho, tía, mucho, porque todos los de esa infame secta no me pueden
ver ni pintado, y si ese hombre sigue entrando en esta casa con tanta
confianza, podría intentar el descrédito de mi sistema, robándome antes
mi honor.
Y miraba a Fortunata como para buscar en su rostro la aseveración o
apoyo de lo que decía. Ella lo comprendió. «Tiene razón, tía... ese
materialista que no entre más aquí».
--Pues no entrará, hijo, no entrará... Vaya. Yo le diré que se largue
con su materialismo a los infiernos.
--¿Te sientes bien? ¿Quieres tomar algo?--le dijo su mujer con cariño.
--Me siento tan bien como nunca me he sentido, créanmelo (demostrando en
su tono y semblante la placidez de su alma). Desde que di con la tan
rebuscada fórmula, paréceme que soy otro... Antes mi vida era un
martirio, ahora no me cambio por nadie. No me duele nada, me siento
bien, y para colmo de felicidad no tengo ganas de comer ni de dormir...
--Pues es preciso que tomes algo.--No lo necesito... créanmelo. Verán
cómo no lo necesito. Si soy otro, si no tengo ya carne ni para nada la
quiero. No tengo más que el esqueleto, y él se basta para llevar el
alma.
A Fortunata se le humedecieron los ojos. Poco después, cuando salió un
instante, encontró a doña Lupe lloriqueando. «Está perdido--le dijo la
señora de Jáuregui--, enteramente perdido... Ya esto no tiene
soldadura».
--viii--
Aquella tarde pasaron las dos pobres mujeres ratos muy malos.
Quedose él como aletargado en el sofá de la alcoba, más propiamente en
éxtasis, porque tenía los ojos abiertos, y no parecía enterarse de nada
de lo que a su alrededor pasaba. Fortunata tomó su costura y se le sentó
al lado, esperando a ver en qué paraba aquello. Doña Lupe entraba y
salía, dando suspiros y haciendo algún puchero. Al llegar la hora de
comer, Maxi se despabiló un poco, resistiéndose a tomar alimento. Ellas
no tenían ganas de probar bocado, y le instaban a él a que lo hiciese,
empleando los más extraños medios de persuasión. Por fin, doña Lupe
obtuvo resultado con este argumento: «No sé yo cómo vas a resistir esa
vida de trabajos sin comer algo. Se dice de Cristo que ayunaba; pero no
que estuviera días y días sin probar bocado. Al contrario, su
institución fundamental, la Eucaristía, la hizo cenando...».
Con esto, Maxi se avino a tomar un plato de sopa y un poco de vino; pero
de aquí no le hicieron pasar. Después parecía más exaltado. Tomándole
las manos a su mujer, le dijo:
«Yo no soy más que el precursor de esta doctrina; el verdadero Mesías de
ella vendrá después, vendrá pronto; ya está en camino. Quien todo se lo
sabe me lo ha dicho a mí».
Fortunata no entendía palotada.
Doña Lupe mandó recado a Ballester, que fue a verle después de
anochecido. No sabía vencer el farmacéutico su genio vivo y zumbón, ni
mostrarse tan habilidoso como el caso exigía, y aunque Fortunata le
tiraba de los faldones de la levita para que tomase un tono más
contemporizador, el maldito no se podía contener: «Vaya con la que saca
ahora... Pero, hombre de Dios, ¿a usted qué le importa que el alma venga
de acá o venga de allá? ¿Qué se mete usted en el bolsillo con esto?
¿Cree que le van a dar algo por el descubrimiento? Anteayer me dio usted
la gran jaqueca con aquello de _la cosa en sí_... Pues pongamos que sea
_la cosa en no_. Yo digo que esto es música pura; _la cosa en sí bemol_.
¡Ah, qué tontita es la criatura y qué refistolera! Porque esto de meter
las narices en la eternidad, es una cosa que a Dios le debe cargar
mucho. A nadie le gusta que le estén atisbando de cerca y viendo lo que
hace o deja de hacer. Por esto Dios, a todos los sobones y entrometidos
que le siguen los pasos y le cuentan las arrugas, les castiga
volviéndolos tontos. Conque, saque usted la consecuencia. Parece mentira
que un hombre que podría ser el más feliz del mundo, casado con esta
perla de Oriente y sobrino de esta tía, que es otra perla, se devane
los sesos por cosas que no le importan. ¡Si nadie se lo ha de
agradecer!... En fin, que si estas señoras me autorizan, yo le curo a
usted con el extracto de fresno administrado en vírgulas, uso externo,
por la mañana y por la tarde».
Maxi le miraba con desdén, y el otro, viendo que sus cuchufletas no
hacían el efecto de costumbre, púsose más serio y tomó por otros rumbos.
Al salir, acompañado hasta la puerta por las dos señoras, les dijo: «Le
voy a dar la _hatchisschina_, o _extracto de cáñamo indiano_, que es
maravilloso para combatir el abatimiento del ánimo, causante de las
ideas lúgubres y de la manía religiosa. Efecto inmediato. Verán
ustedes... Si se le da a un anacoreta, en seguida se pone a bailar».
Como la nueva fase del trastorno de Maxi era pacífica, tía y esposa
estaban en expectativa. Por las noches no se movía de la cama, y si bien
es verdad que hablaba solo, hacíalo en voz baja, en el tono de los
chicos que se aprenden la lección. A pesar de esto, Fortunata se ponía
tan nerviosa que no podía pegar los ojos en toda la noche, durmiendo
algunos ratos de día. El enfermo no iba ya a la botica, ni mostraba
deseos de ir a parte alguna, pareciendo caer en profunda apatía y
reconcentrar toda su existencia en el hervidero callado y recóndito de
sus propias ideas. Fuera de los paseos que daba en el comedor o en la
alcoba, no hacía ejercicio alguno, y después de la inapetencia de los
primeros días, le entró un apetito voraz, que las dos mujeres tuvieron
por buen síntoma. A la semana, manifestó deseos de salir; pero una y
otra trataron de disuadirle. Estaba tranquilo, y como hablara de algo
distinto de aquellas manías de la emanación del alma y de la doctrina
que iba a predicar, se expresaba con seso y hasta con donaire. Poco a
poco iban siendo menos los ratos de extravío, y se pasaba largas horas
completamente despejado y tratando de cualquier asunto con discreta
naturalidad. Fortunata hacía que le ayudase a estirar la ropa o a
devanar madejas, y él se prestaba a todo con sumisión; doña Lupe solía
encargarle que le arreglase alguna cuenta, y con esto se entretenía, y
nadie le tuviera por dañado en la parte más fina de la máquina humana. A
principios de Setiembre, habiendo llegado a estar tres días sin mentar
para nada aquel galimatías del alma, las dos señoras estaban muy alegres
confiando en que pasaría pronto el ramalazo. Volvieron los paseos de
noche, y por fin le permitieron salir solo, y reanudó sus trabajos en la
botica, cuidadosamente vigilado por Ballester.
Fortunata tenía además otros motivos de hondísima pena. _Aquél _ no le
había escrito ni una sola carta, faltando a su solemne promesa.
¡Ingrato! ¿Qué le costaba poner dos letras diciendo, por ejemplo: _Estoy
bueno y te quiero siempre_? Pero nada, ni siquiera esto... Revelaba
estas tristezas a su única confidente, Aurora, en aquellos ratos de
charla sabrosa que las señoras mayores les permitían. La inauguración de
la tienda de Samaniego, que se verificó hacia el 15 de Setiembre, tuvo a
la viuda de Fenelón muy atareada en aquellos días. Pocas veces se vio en
un comercio de Madrid tanto movimiento ni más claras señales de que
había caído bien en la gracia y atención del público. Las novedades de
exquisito gusto, traídas de París por Pepe Samaniego, atraían mucha
gente, y las señoras se enracimaban y caían como las moscas en la miel.
Los dependientes no tenían manos para enseñar, y Aurora estaba rendida
de trabajo, porque los encargos de _trousseaux_ y _ajuares _ se sucedían
sin interrupción. Doña Casta no estaba tranquila el día en que no iba a
meter las narices en la tienda y taller, para traerle luego el cuento a
doña Lupe de los encargos que había, y de lo que se estaba haciendo para
la Casa Real y otras que sin ser reales tienen mucho dinero. Fortunata
iba poco, por propia inspiración y también por consejo de Aurora, pues
no convenía que la viesen allí las de Santa Cruz, que frecuentaban mucho
el taller y tienda.
Los domingos pasaban juntas las dos amigas toda la tarde en la casa de
una o de otra, y allí era el comer dulces y el contarse cositas,
sentadas al balcón, viendo las idas y venidas del crítico desde la calle
de los Tres Peces a la de la Magdalena. Él no tendría criterio, pero lo
que es piernas...
Un domingo de los últimos de Setiembre, la Fenelón llevó a la otra una
noticia importante: «Mañana vienen. Hoy ha estado Candelaria limpiando
toda la casa».
Lo que Fortunata sintió era una combinación de pena y alegría que no la
dejaba hablar. Porque deseando que volviese, al mismo tiempo tenía
presentimientos de una nueva desgracia. ¡Cuidado que no haberle escrito
ni una sola letra, pero ni una...! Aurora convenía en que era una gran
bribonada. Después que pusieron a esto los comentarios propios del caso,
la de Fenelón dijo a su compinche algo más que fue oído con
extraordinaria curiosidad y atención: «¿Creerás que se me ha metido una
cosa en la cabeza?... Ello no será; pero bien podría ser. Ayer estuvo
doña Guillermina en la tienda. Pepe le había ofrecido una cantidad para
su obra, si salía bien la inauguración, y nada... que se plantó allí a
cobrar... Pues hablando de la familia, dijo que el primo Moreno viene
también mañana con ellos. Se fue con ellos y con ellos vuelve. Yo sé que
han pasado el verano en Biarritz, y después han ido todos a París...
¿Qué te parece a ti? El primo Manolo no viene a España más que, _por
ejemplo, _ en invierno; nunca ha venido en Setiembre. Y eso de pegarse a
la familia de Santa Cruz, ¡él, que gusta de andar siempre solo! Ello no
será; ¡pero hay tantas cosas que parece que no pueden ser y luego son!
Antes de que partieran, me pareció a mí, por ciertas cosas que vi y oí,
que al _buen hombre_ le gustaba demasiado Jacinta. ¡Si habrá algo...! ¿A
ti qué te parece?».
Fortunata estaba absorta y como lela. Le parecía increíble lo que su
amiga contaba.
«¡Porque es muy rara esa persecución! ¡Siempre con ellos... un hombre
que no hace su nido en ninguna parte...! Yo no sé, no sé. ¿Habrá
algo?... ¿Qué te parece a ti?».
--Pues...--dijo la de Rubín pensándolo mucho--, a mí me parece que no.
--Pues como haya algo, no se me ha de escapar, porque estoy allí, como
quien dice, en mi garita de vigilancia. Desde la ventana de mi
entresuelo, veo los miradores de la casa de Santa Cruz y los de Moreno.
Como haya telégrafos, cuenta que les atrapo el _juego_... A ti qué te
parece... ¿Habrá...?
--Me parece que no--volvió a decir Fortunata, pensándolo cada vez más.
--ix--
La noticia del regreso de los de Santa Cruz, que le fue comunicada
por Casta, avivó en la viuda de Jáuregui los deseos de emprender su
campaña reparadora en favor de su sobrina. Cogiola muy a mano aquel día
y le endilgó otra perorata: «Ahora o nunca. El enemigo en puerta. Estoy
a tus órdenes, por si quieres consejos o un plan de defensa en toda
regla». Dicho esto, trató de meterle los dedos en la boca para salir de
dudas respecto a si había recibido o no alguna cantidad gruesa de manos
de su amante.
Fortunata no apartaba los ojos de la ropa que estaba repasando.
«Comprendo--expuso la señora con acento parlamentario--, que tengas
cortedad para confesarme ciertas cosas, y por mi parte, te soy franca:
no te tengo yo por peor de lo que eres; no creo, como podrían creerlo
otras personas, que tu debilidad es interesada, y que quieres a ese
hombre porque es rico, y que no lo querrías si fuese pobre. No, yo no te
hago ese disfavor... para que veas. Tengo la seguridad de que arrastrada
y todo como eres, loca y sin pizca de juicio, tus faltas nacen del amor
y no del interés; y los mismos disparates que haces por un hombre
poderoso, que te da grandes cantidades, lo harías si fuera un pobre
pelagatos y tuvieras que comprarle tú a él una cajetilla».
--¿Qué está usted ahí hablando de grandes cantidades?--preguntó
Fortunata mirándola con sorpresa, y casi casi echándose a reír.
--No, si esto no es para que me digas la cifra exacta. Cállatela... haz
el favor... que ciertas cosas vale más que se queden dentro. No vayas a
creerte que pretendo me entregues a mí esos capitales para
colocártelos... No, ya sabrás tú manejarte bien...
--¿Pero qué está usted diciendo... señora?...
--No, yo no digo nada. Me repugnaría, puedes creerlo, manejar esos
fondos.
--¿Pero qué fondos, ni qué...? Usted está soñando.
--Vaya... si pretenderás que me trague yo esa rueda de molino más grande
que esta casa. ¡Si me querrás hacer creer que no te da...!
--¡A mí!--No me hagas tan tonta...--No sé de dónde ha sacado usted...
Para que lo sepa de una vez: No tengo nada. Me daría si me viera en una
necesidad. Me ha ofrecido... pero yo no he querido tomarlo.
Iba doña Lupe a soltarle otra andanada. «Valiente turrón te ha caído,
grandísima idiota. Por no saber, no sabes ni siquiera perderte». Pero se
contuvo y se tragó su ira, desahogándola después en agitado soliloquio:
«No he visto otra. No tiene vergüenza, ni tampoco sentido común. ¡Qué
canalla y al mismo tiempo qué bestia! Si hubiera un Infierno para los
tontos, ahí debieras ir tú de cabeza».
Maximiliano volvía lentamente a la vida regular, sin que esto quiera
decir que se le quitara de la cabeza la idea aquella. Habíase
transformado, y así como en las crisis hepáticas hay derrames de bilis,
en aquella crisis mental parecía haberse verificado un derrame de
sentimientos. No sólo era ya pacífico, sino tiernísimo, y sus afectos se
habían sutilizado, como el licor que pasa por el alambique. Las fórmulas
de cariño que con su tía y su mujer usaba eran extraordinariamente
suaves y hasta empalagosas; se afligía cuando causaba alguna molestia, y
agradeciendo mucho los cuidados que se le prodigaban, los rehuía como
pudiera. Iniciábase en él cierta tendencia a imponerse privaciones y
sufrimientos, y la mortificación, que antes le sublevaba, por liviana
que fuese, ya le complacía. Si en la conversación, o en aquellas
polémicas que con su familia tenía a las horas de comer, se le escapaba
una palabra más alta que otra, luego sentía remordimientos de haberla
pronunciado, y si no la recogía, pidiendo perdón de ella, era porque la
timidez le ponía un freno.
Un día hubo de decirle a Papitos, porque no le había limpiado las botas:
«Vaya con la chiquilla esta... ¡Verás tú!». Y al salir de la casa
sintió tal pena de haberse expresado con displicencia y ardor, que le
faltaba poco para derramar una lágrima. «¡Cuándo se me quitará esta
costumbre viciosa de ultrajar a los humildes!... ¿Qué más da que estén
las botas con o sin betún? La que debe tener lustre es el alma, no el
calzado. Parece mentira que los humanos demos tal valor a estas
niñerías. ¡Injusto estuve con la pobre chiquilla! ¡Inocente y angelical
criatura! Soy un animal... ¿Pero quién es el guapo que de estrellas
abajo entiende y practica la justicia? El tenido por justo hace setenta
y dos barbaridades cada día. Trabajillo cuesta el desprenderse de esta
sarna moral, heredada, con la cual nace uno y con la cual vive hasta que
llega la hora de la liberación».
«¿Qué trae usted ahí entre ceja y ceja? ¿Saco la vara?--le dijo
Ballester con aquella dureza que era, según él, el más eficaz
tratamiento--. Porque hoy me parece que venimos muy _evangelísticos_.
Cuidadito. Ya sabe usted cómo las gasto».
--Pégueme usted. No me importa--le contestó Maxi, dejando el sombrero en
la percha--. Lo merezco, como lo merece toda persona que se enfada
porque no le han limpiado las botas. ¡Qué humanidad tan imbécil! Amigo
Segismundo, ¡qué hermosa es la muerte!
--Si me vuelve usted a decir que es hermosa la muerte--replicó el otro
cogiendo la vara y esgrimiéndola cómicamente--, le lleno el cuerpo de
chichones. ¡Decir que es guapa esa tarasca, mamarracho, más fea que el
no comer! Mírela usted allí, mírela allí con esa cara que da asco...
mírela, y como diga que es guapa, le pulverizo.
Señalaba a un emblema pintado en el techo de la botica, en el cual
estaban, decorativamente combinados, la serpiente de Esculapio, el reloj
de arena del Tiempo, un alambique, una retorta, el busto de Hipócrates y
una calavera.
«Si quiere usted contemplar toda la gracia del mundo, míreme a mí--dijo
Ballester, que dejando la vara, dio una vuelta, cogiéndose los faldones
de la levita--. Estoy guapo, ¿sí o no?».
Ballester ostentaba aquel día zapatillas nuevas, estrenaba traje de
lanilla de los más baratos, y se había ido a la peluquería, donde
después de cardarle la caballera, se la habían rizado con tenacillas.
«Vaya, que está usted elegante» dijo Maxi, poniéndose a pesar unas dosis
para píldoras.
--Pues más he de estarlo mañana. Mañana se casa mi hermanita con
Federico Ruiz, un chico de mucho talento. ¿Le conoce usted? Los
periódicos, que hablan constantemente de él, anteponen siempre a su
nombre algún mote muy salado. Ahora le llaman _el distinguido pensador_.
¿A que no le llaman a usted así, a pesar de lo mucho que piensa? Porque
usted no piensa con juicio y él sí.
Por la noche estaban en la botica, además de Ballester, los dos
practicantes Padilla y Rubín. Como apareciese en la acera de enfrente el
célebre crítico, Segismundo se vio acometido a la ira cómica que le
producía la presencia de aquel personaje de tan indudable importancia en
la república de las letras. «Tengo a ese caballerito--decía--, sentado
en la boca del estómago... sobre todo, desde que elogió aquella obra tan
mala, estrenada este invierno, diciendo que en ella se _planteaba el
problema_, y qué sé yo qué. Veréis: Es aquel dramita moral en que se
recomienda el matrimonio y las buenas costumbres; como que allí resulta
que todos los solteros somos unos pillos; y porque un joven se retira
tarde y se gasta algún durete en picos pardos, me le llaman monstruo y
el papá le maldice... Hay una escena en que todos se desmayan, porque
sale uno muy malo, que resulta ser un hombre dedicado a la ciencia, el
cual dice con la mayor frescura que él no cree en Dios aunque le
fusilen. Total, que cuando la vi representar, pensé que me tragaba todos
los eméticos que hay en mi farmacia. La moraleja de la obra es que sin
religión no hay felicidad, y por eso la pone en las nubes este ángel de
Dios, que es el alcaloide de la cursilería».
Cerró la noche y Ponce se acercó para telegrafiarse con su amada. Del
balcón descendía una cuerda, a la que el joven ataba un papel.
«Le manda su último artículo--dijo el regente a sus amigos, acechando en
la puerta de la farmacia--. Ahora baja la cuerda con un dulce... Como
anoche, lo mismo que anoche. Veréis, veréis la broma que le tengo
preparada».
Con nerviosa presteza fue a la rebotica y sacó del cajón un objeto del
tamaño de una yema, blanco y de apariencia azucarada. Padilla se
desternillaba de risa, y Maxi observaba con atención simpática.
«Pero es preciso que me ayudéis. Tú, Padilla, que le conoces, sales, te
haces el encontradizo, le hablas de literatura dramática, le entretienes
un rato volviéndole la cara para allá; y entretanto, yo, con muchísimo
disimulo, me escurro pegado a la pared, en el momento en que baja el
bramante con el dulce. Quito la yema, ¿sabes?... y pongo esta. La hice
anoche. Es estricnina, a la dosis que se echa a los perros, bien
neutralizado el sabor con regaliz, y forrada de azúcar. Se la come y
revienta como un triquitraque».
Padilla se partía de risa, y Maxi lo tomaba a broma.
«Hombre, matarle no--dijo Padilla--. Si la hubieras hecho de jalapa,
escamonea o cosa así...».
--No, chico; si yo lo que quiero es que reviente... Iré a presidio... me
pierdo. ¿Y qué? No se la perdono... ¡Ultrajar a los hombres de ciencia
y a los solteros!
Llevando su broma hasta el fin, Ballester porfiaba que la yema era
venenosa; mas como el otro rechazara la complicidad en aquel homicidio,
diose a partido el exaltado boticario, diciendo que la pelotilla era de
azúcar con aceite de croto, que es el derivativo drástico por
excelencia. Maxi, que le había ayudado a hacerla, se sonreía. Como en
estos dimes y diretes se pasó bastante tiempo, cuando Ballester quiso
poner en ejecución la chuscada, ya había bajado el hilo con una yema de
coco, y el crítico se la estaba comiendo. El otro se consoló pensando
que otra noche consumaría su trágica venganza. «Él se la tiene que
comer...--dijo guardando la bola--. Como me llamo Segismundo, se la
tiene que tragar, y entonces diré como mi tocayo: '¡Vive Dios que pudo
ser!'».
--x--
Aquella noche, cuando Maxi subió a comer, encontró a su mujer un
poco enferma. Le dolía la cabeza y tenía náuseas. Doña Lupe, que la
estaba observando siempre, veía en su mal un pretexto para esconder de
la familia los pesares que la consumían. «Lo que tú tienes--pensaba--,
es el afán de volver al reclamo. Estás luchando contigo misma. Quieres
ir y no te determinas». Algo de esto debía de ser, pues Fortunata se
metió en su alcoba, resistiéndose a tomar alimento. Maximiliano no le
instaba a que comiera, pues aquella actitud de su mujer tomábala él por
querencia de privaciones, por iniciación del aniquilamiento, o apetito
de muerte y liberación. Doña Lupe, fatigada de lidiar con tanta
insensatez de una y otra parte, se retiró, dejándoles solos y diciendo:
«Haced lo que queráis. Allá os arregléis a vuestro gusto. Yo estoy
rendida». Comió sola, y con Papitos les mandaba de algún plato, que
volvía casi intacto. Después entró un instante en la alcoba para
preguntarles qué tal estaban, y se fue a descansar. «No puedo resistir
más esta vida de perros--decía--. Dios tenga compasión de mí».
Fortunata habría deseado que su marido se durmiese y la dejase en paz.
Pero no parecía él dispuesto a hacerle el gusto en esto. Presentábase
aquella noche bastante locuaz, lo que la disgustó mucho, pues pocas
veces se había sentido con menos ganas de conversación. A poco de
acostarse, observó que su marido, sentado frente a la mesa donde estaba
la luz, sacaba del bolsillo un paquete, después otro, objetos envueltos
en papeles, y los ponía frente a sí, como un hombre que se prepara a
trabajar. El ligero ruido estridente que hace el papel al ser
desdoblado, ruido que se acrecía con el silencio de la noche, molestaba
a Fortunata atrayendo su atención. Lo primero que hizo Maxi fue sacar de
un envoltorio de regular tamaño multitud de paquetes chicos muy bien
doblados, como los que en Farmacia se llaman _papeletas_, forma en que
se dividen y expenden las dosis de las medicinas en polvo. Pero después
vio la joven que desliaba otro paquete de forma larga y... ¡Ay, Dios
mío, era un cuchillo!... Lo estuvo él contemplando un rato por un lado y
por otro, y acercaba la yema del dedo a la punta como para probar si era
bien aguda. La esposa sintió sudor frío en todo su cuerpo... No pudo
contenerse, y como si despertase a un durmiente para librarle de los
fingidos horrores de angustiosa pesadilla, le dijo... «Maxi, hijo, ¿qué
haces?». Él la miró con gran tranquilidad.
«Yo creí que dormías. ¿No tienes sueño? Pues charlaremos de cosas
agradables».
--Como quieras. Pero más vale que te acuestes, y dejes las cosas
agradables para mañana.
--No... de seguro que te gustará lo que voy a decirte. Espera un poco.
Recogió todos sus paquetes y el cuchillo, y trasladándose a la silla que
estaba junto a la cama, lo puso todo sobre la mesa de noche.
«Ajajá... Ahora verás--dijo sonriendo cariñosamente, como el que se
dispone a dar a la persona amada la sorpresa de un regalito--. Esto, ya
lo ves: es un puñal».
Fortunata se estremeció como si la hoja fría le tocara las carnes, y se
puso a dar diente con diente.
«Lo compré hoy en la tienda de espadas de la calle de Cañizares. Aquí
dice: _Toledo, 1873_. Es bonito, ¿verdad? Hace días que vengo pensando
en cuál es la mejor manera de hacerle al alma el gran favor de mandarla
para el otro barrio. ¿A ti que te parece? No decido nada sin tu consejo;
y lo que tú prefieras, eso preferiré yo».
La infeliz mujer estaba tan medrosa, que apenas podía hablar.
«Guarda eso, por Dios... Mira que me da mucho miedo».
--¡Miedo!--exclamó él con asombro y desconsuelo--. Pues yo creí que
habría conseguido infundirte mi idea y que ya mi idea te era familiar.
¡Miedo a la muerte!, es decir, ¡miedo a la libertad y amor al calabozo!
¿Ahora salimos con eso? Si lo primero, mil veces te lo he dicho, es
mirar a la muerte como el fin de los padecimientos, como miran a la
playa los infelices que luchan con las olas, agarrados a un madero.
--No, si no tengo miedo--dijo ella con deseos de tranquilizarle, porque
observó que se exaltaba--. Pero es que... esas cosas, más vale dejarlas
para de día. Ahora, a dormir.
--¡Dormir!... Ahí tienes otra tontería. Dormir, ¿y qué saca uno de
dormir? Pues embrutecerse, olvidarse de lo principal, que es el
desprendimiento y la evasión. Querida mía, o estás conmigo o estás
contra mí; decídete pronto. ¿Estás dispuesta a tomar la llave de la
puerta y escaparte conmigo? ¿Sí? Pues lo primero es no tener horror a la
muerte, que es la puerta, estar siempre mirándola, y prepararse para
salir por ella cuando llegue la hora feliz de la liberación.
Fortunata se arropó bien, porque le había entrado más frío. ¡Ay qué
miedo tan grande!
«El momento de la liberación es aquel en que uno se considera
suficientemente purificado para apechugar con el paso de un mundo a
otro, y dar ese paso por sí mismo. Las religiones dominantes prohíben el
suicidio. ¡Qué tontas son! La mía lo ordena. Es el sacramento, es la
suprema alianza con la divinidad... Bueno; pues las personas que por
medio de la anulación social, y cultivando la vida interior, llegan a
purificarse, comprenden por su propio sentido cuándo llega el momento de
tomar el portante. La liberación no debiera llamarse suicidio. La
expresión mejor es esta: matar a la bestia carcelera. Llega un momento
en que el alma no puede ya aguantar la esclavitud, y es preciso
soltarse. ¿Cómo? Mira».
Fortunata tiritaba, discurriendo si se levantaría para llamar a doña
Lupe.
«Esto es un puñal... bien afilado... Hay que tener en cuenta que la
bestia se defiende, por muy decaída que esté. La carne es carne, y
mientras tenga vida hace la gracia de doler. Por eso conviene que la
liberación sea con el menor dolor posible, porque la misma alma, con
toda su fortaleza, se amilana, siente lástima de la bestia carcelera e
intercede por ella. Tú fíjate bien, y si el arma blanca no te gusta, me
lo dices con franqueza. ¿Prefieres el arma de fuego? Pueden fallar los
tiros, y entonces el alma se impacienta; suele suceder que la bala no
toma la dirección conveniente y queda la bestia a medio matar con medio
cuerpo muerto y medio cuerpo vivo. Por eso yo te traigo aquí los medios
tóxicos, que son callados y seguros».
Empezó a mostrar aquellas papeletas tan bien hechas y bien dobladas,
sobre las cuales había escrito con clarísima letra el nombre de cada
droga. Mirábalas Fortunata con indecible terror, y se tapaba la nariz y
la boca, temerosa de que, respirando tales ingredientes, pudiera
envenenarse.
«Vete enterando. Esta sustancia que ves aquí, blanca y en cristalitos,
es la _estricnina_... Muerte segura y tetánica, y que produce muchas
angustias, por lo cual no te la recomiendo. La _atropina_ es esta, y
esta la _cicutina_. ¿Ves?, polvos blancos. La _citutina_ tiene una
ventaja, y es que con ella se liberó el señor de Sócrates, lo que la
hace venerable. Ambos son venenos virosos, es a saber, que se queda uno
dormido y en sueños se acaba. Pero yo me pregunto: En las tinieblas del
sueño, ¿no producirán los pataleos de la bestia horribles martirios?
¿Qué te parece a ti? ¿Preferiremos la _digitalina_, que mata por
asfixia? ¿O nos fijaremos en los mercuriales? Míralos aquí: El _ioduro
de Mercurio_, rojo; el _cianuro de Mercurio_, blanco. También tengo un
preparado de fósforo, que mata por envenenamiento de la sangre. Pero lo
bueno está aquí, míralo; el verdadero _ojo de boticario_, la bendición
de Dios. Esto sí que mata, y pronto. ¿Ves este polvo gris? Es la
_gelsemina_, la maravilla de la toxicación. La bestia se estremece sólo
de verla; porque sabe que con esto no hay bromas. Muerte instantánea».
--Basta, basta--dijo Fortunata, que ya no podía resistir más--. Si no
guardas todo eso, me levanto y me voy.
Él la miró con semblante en que se pintaban un desconsuelo siniestro y
un asombro compasivo. Esta mirada le aumentó a ella el miedo, y
comprendiendo que era forzoso disimularlo, acariciándole la manía para
evitar cualquier barbaridad, le dijo:
«Todo está muy bien... yo comprendo... Claro, la bestia hay que matarla.
Pero si quieres que yo te quiera, ha de ser con condición de que no me
traigas acá venenos...».
--¡Ah!, corriente... Si prefieres las armas de fuego... Pero en este
caso hay que ejercitarse. Preciso es que mueras primero tú, después
yo... ¿Y si me falla el tiro y me quedo vivo y viene gente y me
sujetan...?
--No, hijo no; cada cual coge una pistola, y apunta uno para el otro
como en los desafíos... Se da la señal, ¡pum!, y ya verás cómo quedan
las dos bestias.
Maximiliano meditaba. «No me parece muy practicable tu solución».
--Sí, chico, sí, te digo que sí. Hazme el favor de coger todos esos
polvos y tirarlos por la ventana al patio. No, mejor será que los
envuelvas en un paquete y me los des; yo los guardaré. Te prometo
guardarlos. Pero qué, ¿desconfías de mí?... Gracias, hombre.
De veras que desconfiaba, porque cuando ella extendió sus manos para
coger las papeletas, acudió él a defenderlas como se defiende una
propiedad sagrada. «Tate, tate; déjame esto aquí. Yo lo guardaré...».
--Bueno, mételo en el cajón de la mesa de noche, y también el
cuchillito. Yo te prometo no tocarlo.
--¿Me lo juras?--Te lo juro... No parece sino que yo te he engañado
alguna vez. ¡Qué cosas tienes!... Pero te has de acostar...
--Si no tengo sueño, a Dios gracias. Cuando duermo algo, sueño que soy
hombre, es decir, que la bestia me amarra, me azota y hace de mí lo que
le da la gana... ¡Infame carcelero!
Impaciente, Fortunata se lanzó a las determinaciones que exigen los
casos graves. Echose de la cama tal como estaba, y casi a la fuerza,
mezclando los cariños con la autoridad, como se hace con los niños, le
hizo acostar. Quitole la ropa, le cogió en brazos, y después de meterle
en la cama, se abrazó a él sujetándole y arrullándole hasta que se
adormeciera. Decíale mil disparates referentes a aquello de la
liberación, de la hermosura de la muerte y de lo buena que es la matanza
de la bestia carcelera. «A cada bestia le llega su San Martín» repetía,
con otras frases que habrían sido humorísticas, si las circunstancias no
las hicieran lúgubres.
Ella durmió muy poco. Al amanecer, viéndole en profundo letargo,
levantose cautelosamente y echó mano al puñal y las papeletas. Escondido
el primero, vació todo el contenido de las segundas en un periódico,
metiéndolo todo revuelto en un cucurucho para llevárselo a Ballester.
Con ayuda de doña Lupe, que se horripilaba oyendo contar el paso de la
noche anterior, pusieron en cada papelillo cantidad proporcionada de sal
o azúcar molida, y bien dobladitos como estaban, volvieron a meterlos en
la mesa de noche. Lo primero que él hizo al despertar fue ver si le
habían quitado su tesoro, y como extrañase no hallar el puñal, díjole su
mujer: «El puñal lo he guardado yo... Es monísimo. Descuida, que no lo
perderé. ¿Tienes o no confianza en mí? Tocante a esos polvos, encárgate
tú de guardarlos, y si el caso llega, chico, no seré yo quien les haga
ascos, porque, bien mirado, para lo que sirve esta vida... Lucidas
estamos; ¡siempre penando, siempre penando! Espera que te espera, y cada
día un desengaño... Te aseguro que el vivir es una broma pesada».
--Dame un abrazo--le dijo Maxi arrojándose a ella medio vestido--. Así
te quiero. Tú has padecido, tú has pecado... luego eres mía.
Y como en aquel momento entrara su tía trayéndole el chocolate, se fue
hacia ella, en pernetas, con intento de abrazarla, diciéndole:
--También usted ha padecido, también usted ha pecado, querida tía.
--¡Pecar yo!...--Y es usted de mi tanda.--Todo lo que quieras, con tal
que te tomes ahora este chocolatito.
--Lo tomaré, lo tomaré, aunque no tengo apetito. Venga... Por aquello de
cumplir.
--Dices bien; una cosa es enamorarse de la muerte, y otra cumplir
nuestras obligaciones mientras no llega el momento--dijo doña Lupe con
naturalidad--. De mí te sé decir que estoy harta de la vida, pero harta,
y si no he tomado ya una determinación es porque como tiene una tanto
que hacer, no le queda tiempo ni para pensar en lo que le conviene. Pero
ya lo arreglaremos, hijo, y a mí me tienes dispuesta a darle la morrada
a la bestia cuando menos ella se lo piense. Ya no la puedo sufrir.
Tía y esposa, disimulando su tristeza, le contemplaban mientras tomó el
chocolate, admiradas de que lo tomase con ganas. Las ganas teníalas la
bestia, él no.
--xi--
A eso de las diez salió Fortunata para llevar a Ballester el
paquete de sustancias venenosas. «Ahí tiene usted la que nos preparaba
su amigo--le dijo con desabrimiento--. ¡Vaya un cuidado que tiene usted!
Vea lo que llevó a casa...».
Ballester examinaba las terribles drogas... Después se puso muy serio:
«Ese tonto de Padillita tiene la culpa. No sé cómo le permitió andar en
esto. Descuide usted, que le echaré hoy una buena peluca. Lo mejor será
que no trabaje más aquí; cualquier día nos mete en un conflicto... Pero
siéntese usted...».
Al ofrecerle una silla, Ballester parecía poner especial cuidado en dar
a conocer sus botas nuevas, resplandecientes; en que Fortunata admirase
su levita y su cabellera rizada a fuego, la cual despedía fuerte olor a
heliotropo. En todo reparó ella, demostrándolo con una sonrisa
picaresca.
«Se ríe usted de lo reguapo que me he puesto hoy, ¿verdad? Acostumbrada
a verme hecho un cavador... Pues le diré: hoy se casa mi hermana con ese
a quien llaman el _distinguido pensador_, Federico Ruiz. Voy a la boda,
y esta noche le traeré a usted los dulces».
Fortunata volvió a su tema: «Es preciso tomar una determinación. Las
medicinas que usted le da, no le hacen ningún efecto. Hoy hemos hablado
mi tía y yo. Antes de llevarle a un manicomio, es preciso probar algún
otro medicamento. ¿No se decide usted a darle eso que decía?... no me
acuerdo cómo se llama... eso que suena así como un estornudo...».
--¡Ah!, el _hatchiss_... lo prepararemos. Usted manda en esta casa... es
usted el ama, y me manda a mí, y si me pide una cataplasma hecha con
picadillo de mi corazón, al momento se la hago.
--¿Ya está usted con sus guasas?
--Y ahora me toca a mí pedirle un favor...
--Usted dirá.--Esta noche traigo los dulces de la boda. Mando al segundo
una parte, otra la dejo aquí para los amigos que vengan. ¿Irá usted
arriba a casa de doña Casta, o vendrá aquí?
--Iremos arriba... Si paseamos, puede que entremos aquí. Según esté ese.
--Bueno; esta noche ha de venir mi amigo el crítico. Padilla le invitará
a entrar y le ofrecerá dulces. Quiero que se coma uno que tengo yo aquí
preparado para él... No sabe usted cuánto le odio.
Fortunata, que tenía la cabeza caldeada con ideas de envenenamiento, se
asustó.
«¿Pero qué demonios le va usted a dar a ese infeliz? Si es un buen
chico».
--Nada, no se asuste usted... No es más que un derivativo... La fiesta
consiste en que luego le invite doña Casta a subir, y que suba...
--No sea usted bruto. ¡Si es un chico muy bueno! Me han dicho que
mantiene a su madre...
--¡Que mantiene a su madre! Pues estará lucida. ¿Y con qué la mantiene?
¿Con los artículos?
--Le dan dos duros por cada uno. Ya ve usted. Y hace cuatro todas las
semanas.
--Buen pelo, buen pelo... Pero en fin, aunque mantenga a su madre y a su
abuela y a toda su familia, y sea un excelente chico, yo le quiero dar
esta broma inocente. ¿Me hará usted el favor que le pido?
--¿Cuál?--No le pido a usted que me dé un beso, porque si le pidiera ese
pedazo de la gloria, usted no me lo daría, y si me lo diera, al instante
me tendrían que poner en manos del amigo Ezquerdo... Pues mis
aspiraciones se concretan hoy, querida amiga, a que usted, si está aquí
cuando entre ese niño ilustrado, le ofrezca la yema que yo tengo
dispuesta. Dándosela usted no sospechará... Además, usted le dirá a doña
Casta o a Aurora que le inviten a subir para que oiga tocar la pieza...
--Quítese usted de ahí... Yo no me meto en esas intrigas. ¡Pobre
muchacho! Me pongo de su parte. ¡Qué malo es usted!
--Más mala es usted... En pago de su infamia le voy a dar una buena
noticia.
--¿A mí noticias?...--Y tan buena que le ha de saber a usted mejor que
los dulces que le enviaré esta noche... ¡Ay!, me consuela una cosa,
amiga mía; y es que si conmigo es usted ingrata, lo es también con
otros. ¡Mal de muchos...!
--¿Qué está diciendo?
--Pues que bien le pasean a usted la calle... Y la niña sin parecer por
ninguna parte. El niño rompía el pescuezo mirando para los balcones, y
usted atormentándole con su ausencia. ¡Pobre señor!... toda la tarde
calle arriba calle abajo...
Fortunata palideció, y con la mayor seriedad del mundo se dejó decir:
«¿Quién... y cuándo?...».
--No se haga usted la tonta... Pues ayer tarde, cuando se retiró, ¡iba
con una cara de mal humor...! Plantón como aquel no se ha llevado nunca.
Yo le miraba y me decía: «bien merecido te está... Aguántate, cachete...
Todos somos iguales». ¿Quiere usted que le dé un consejo? Pues trátele a
la baqueta. Que suspire, que pasee, que le tome la medida a la calle.
Toda la hiel no ha de ser para mí... ¿Quiere que le dé otro consejo?
Pues a usted le conviene un corazón como este que yo tengo aquí
guardadito, virgen, créalo usted, virgen. Acéptelo, y déjese de querer a
ingratos...
Fortunata se había puesto tan desasosegada, que no oía las amorosas
confianzas del farmacéutico. «Abur, abur--dijo levantándose--. Tengo que
volverme a mi casa».
--Vamos a ver... Y si vuelve esta tarde, ¿qué le digo?
--Quítese usted allá...--indicó ella corriendo hacia la puerta, y el
otro detrás.
--¿Qué le digo?... Porque aunque no le he hablado nunca, le hablaré, si
usted me lo manda. ¿Dígole que no parezca más por aquí?... ¡Ay, qué
mujer! Allá va como una exhalación. Está tocada, tan tocada como su
marido... Todo por no enamorarse de un hombre digno, como por ejemplo...
un servidor. ¡Ah! Segismundo, paciencia. Imita a los pescadores de caña;
espera, espera, que al fin ella picará.
Doña Lupe, cuando entró su sobrina bastante sofocada por haber subido
muy aprisa la escalera, admirose de verla tan alegre. «Sabe Dios--dijo
para sí--; sabe Dios por qué estarán los tiempos tan divertidos...
Probablemente esta salidita, con pretexto de llevarle a Ballester los
polvos, sería para verle... Él le diría que pasaba a tal hora... ¡Y qué
colorada viene! Sin duda ha habido hocicadas en el portal».
Maxi continuaba tranquilo. Más bien parecía un convaleciente que un
enfermo. Estaba muy débil y no apetecía más que sentarse junto a los
cristales del balcón del gabinete, contemplando con incierta mirada a
los transeúntes. Esto no le hacía maldita gracia a Fortunata, porque...
«si _al otro_ le da la gana de pasar también esta tarde y Maxi le ve, se
va a excitar mucho». Por tal motivo estuvo muy inquieta, y a cada
instante se asomaba y volvía para adentro, tratando de que su marido se
pusiese en otra parte. Pero al otro no le dio la gana de pasar aquella
tarde. Lo que hizo fue mandar un recadito a su amiga, sacándola del
purgatorio de incertidumbre y tristeza en que estaba. Servía de
Celestina para estas comunicaciones la tía de Fortunata, Segunda
Izquierdo, que en Mayo último se le había presentado, miserable y
llorosa, a que le diera una limosna. Desde entonces iba todas las
semanas, y su sobrina la socorría, unas veces con dinero, otras con
comida sobrante o alguna prenda de vestir.
Santa Cruz la amparaba también, y ella se servía de su mendicidad para
introducir en la morada de Rubín los mensajes de amor; y tan ladinamente
lo hacía, que la sagaz doña Lupe no sospechaba nada. Pues aquella tarde,
después de mucho tiempo de entrar allí _con las manos vacías_, puso en
las de Fortunata una esquelita. Al fin, ¡oh, dicha increíble!... Cuando
pudo, leyó la feliz mujer el papelito, en el cual se le citaba a tal
hora y a tal sitio para el día siguiente.
Por la noche fueron todos a casa de doña Casta, quien tomó por su cuenta
a Maxi, prodigándole mil cuidados, ofreciéndole golosinas, y tratando de
refrescarle el cerebro con una plácida disertación sobre las aguas de
Madrid, y sobre las propiedades por que se distinguen las de la
Acubilla, Abroñigal, y fuente de la Reina, de las de Lozoya.
La viuda de Fenelón llegó a la hora de costumbre, y a poco subió el mozo
de la botica con la bandeja de dulces que mandaba Ballester. No tardaron
en presentarse el señor y la señora del tercero de la derecha. Él, por
una de esas ironías tan comunes en la vida, era el hombre más grave,
seco y desapacible del mundo, comadrón de oficio, y se llamaba _D.
Francisco de Quevedo_ (hermano del cura castrense, Quevedo, a quien
conocimos en la tertulia del café, junto con el _Pater_ y Pedernero). Su
mujer competía en elegancia con una boya de las que están ancladas en
el mar para amarrar de ellas los barcos. Su paso era difícil, lento y
pesado, y cuando se sentaba, no había medio de que se levantara sin
ayuda. Su cara redonda semejaba farol de alcaldía o Casa de Socorro,
porque era roja y parecía tener una luz por dentro; de tal modo
brillaba. Pues a esta monstruosidad la llamaba Ballester _doña
Desdémona_, por ser o haber sido Quevedo muy celoso, y con este mote la
designaré, aunque su verdadero nombre era doña Petra. No tenía niños
este matrimonio, y mientras D. Francisco se pasaba la vida sacando a luz
los hijos del hombre, su esposa sacaba y criaba pájaros, para lo cual
tenía muy buena mano. Estaba la casa llena de jaulas, y en ellas se
reproducían diversas familias y especies de aves cantoras. Y para colmo
de contrastes, era la señora del comadrón una mujer chistosísima, que
contaba las cosas con mucha sal. En cambio, D. Francisco de Quevedo no
tenía más chiste que el que podría tener un caimán.
--xii--
Aurora y Fortunata, después de cumplir un rato con la visita,
riéndole las gracias a _doña Desdémona_, se fueron al balcón. La viuda
tenía que contar a su amiga cosa de mucha importancia, y al instante
empezó el secreto. «Ya no me queda duda. Ciertos son los toros. ¿Sabes
que el primo Moreno no sale de la tienda? Allí se va por las mañanas, y
no quita los ojos del portal de Santa Cruz, acechando si entran o salen.
El muy tonto, ¡qué mal lo disimula! Parece mentira que se chifle así un
hombre de su edad... porque anda ya cerca de los cincuenta; un hombre
enfermo... porque los médicos dirán lo que quieran, pero el mejor día
hace el _crac_... ¿Y qué más prueba de su embrutecimiento que estar
aquí?... ¿Por qué no se va al extranjero como otros años? Buen pajarraco
está. Ya ves; un hombre, _por ejemplo_, que podría haber hecho la
felicidad de cualquier muchacha honrada, se ve ahora sin amor, sin
familia propia, solo, triste... ¡Ah!, le conozco bien: es un disoluto,
un inmoral, un corrompido. No le gustan más que las casadas. Me lo ha
dicho a mí misma... a mí me lo ha dicho».
--¿Pero tú...?--Espera, te contaré--dijo Aurora con cautela,
asegurándose de que ningún curioso se destacaba de la tertulia para
acecharlas--. Pues este primo Moreno, aunque pariente lejano, y más
lejano por ser rico y nosotras pobres, nos visitaba alguna vez... hará
de esto trece o catorce años. Mamá le consideraba mucho, y cuando venía
a casa le recibía poco menos que en palio. Tuvo mamá en un tiempo la
ilusión ¡qué tontería!, de casarme con él. Yo tenía dieciocho años, él
treinta y pico. ¿Te vas enterando?
Fortunata atendía con toda su alma.
«¿Quieres que te hable con franqueza? Pues a mí no me disgustaba; pero
nunca me dijo nada... Tenía buena figura y unos aires de caballero como
los tienen pocos... Mamá y papá hechos unos tontos con aquella
esperanza... ¡qué inocentes! Es muy lagarto ese hombre. ¡Casarse
conmigo! Sí, para mí estaba. A lo mejor, meses y meses sin parecer por
aquí. Yo me acordaba de él y de cuando venía a casa; como que al verle
entrar nos quedábamos todos turulatos y nos parecía que entraba por esa
puerta la Divina Majestad... Pues como te digo, dejó de venir. En aquel
tiempo conocí a Fenelón; fue mi novio y me pidió. Mamá tenía todavía
ilusiones; papá se había curado de ellas. Nos casamos... ¿Pues creerás
que al mes de casados, viene el primo a Madrid y empieza a hacerme la
corte por lo fino?».
Fortunata parecía que estaba oyendo leer el relato más novelesco, según
el interés y asombro que mostraba.
«Pues verás. Fenelón era un bendito; de estos que juzgan a todo el mundo
por sí mismos, y que no ven el mal aunque se lo cuelguen de la nariz. No
se enteraba de la persecución, y yo pasando la pena negra. ¡Ay hija, qué
peligro tan grande! Siempre que salía, ¡pin!, me le encontraba. Yo no
sé... parecía que me olía como los perros huelen la caza. Una tarde que
llovía, me cogió y casi a la fuerza me metió en su coche. Estuve a dos
dedos del abismo, casi a dedo y medio; pero no, no caí. ¡Dios mío, qué
hombre!, es absurdo».
--¿Pero tú le querías?--preguntó la de Rubín, que con la idea del querer
resolvía todos los problemas.
--Yo... te diré... me pasaba una cosa particular. Temblaba siempre que
nos encontrábamos... le tenía miedo, y... de ti para mí, me gustaba.
Pero, lo que yo digo, ¿por qué no se casó conmigo?
--Claro.--Yo le hubiera querido mucho, y no le habría faltado por nada
de este mundo. Pero estos hombres, ¡qué malos son, pero qué malos! Pues
verás. Me voy a Burdeos con mi marido, pasan meses y meses, llega el
verano y nos vamos a pasar una corta temporada en Royan, un pueblo de
baños de mar. Pues, hija, estaba yo una tarde en el muelle viendo
desembarcar a los pasajeros que venían en el vaporcito de Burdeos,
cuando me veo al primo Moreno. Me quedé... ¡ay!, no te quiero decir
nada.
--¿Y tu marido estaba contigo?
--No; ese es el caso. Fenelón había ido a París a hacer compras. En
París estaba Moreno, le vio... y chitito callando se fue a Royan,
sabiendo que me cogía sola y descuidada. Descuido fue, que aquella vez,
hija, no pude zafarme como cuando la del coche... ¡Ay!, estas cosas te
las cuento a ti, porque sé que eres callada y no me has de hacer
traición. ¡Si mamá lo supiera...! En fin, que el muy tunante se divirtió
todo lo que quiso, y después la del humo. Llegó el 70, y al pobrecito
Fenelón le mataron esos infames prusianos. Fue un dolor... ¡ah! por ser
valiente, ¡por empeñarse en salir en una descubierta! Era un hombre tan
patriota, que por salvar a su querida Francia, habría dado él cien vidas
que tuviera... Pero vamos al otro, a ese solterón estragado... Cuando
enviudé, dije: «Pues ahora, si de veras le gusto...». ¡Quia! Me le
encontré en Madrid al año siguiente, y como si tal cosa. ¿Creerás que me
dijo algo de amor? ¿Creerás que se acordaba de cumplir las promesas que
me había hecho? Buen cumplimiento nos dé Dios. Hija, frialdad igual no
he visto. Te aseguro, que me dan ganas, _por ejemplo_, de clavarle un
puñal... Cierto que me ofreció lo que yo quisiera para establecerme...
pero no quise tomar nada de aquellas manos. ¡Monstruo! Cuando le dio al
primo Pepe el dinero para la gran tienda, puso por condición que me
había de colocar al frente de las labores... Pero no se lo agradezco,
palabra de honor, no se lo agradezco...
--A tu primo no le gustan más que las casadas.
¡Valiente tuno!--dijo Fortunata moviendo la cabeza, como quien comprende
tarde lo que debió de comprender antes.
--Estos solterones vagabundos y ricos son así... Están viciosos,
estragados, mimosos; y como se han acostumbrado a hacer su gusto, piden
_mediodía a catorce horas_. Ahí le tienes ya, aburrido, enfermo; no sabe
qué hacerse; quiere calor de familia y no le encuentra en ninguna parte.
Bien merecido le está; me alegro. Que lo pague. Y para mayor desgracia,
se engolosina ahora con Jacinta. Lo que a él le enciende el amor es la
resistencia; y las que tienen fama de honradas, le entusiasman, y las
que sobre tener fama, lo son, le vuelven loco. Con Jacinta debe de haber
sostenido una guerra tremenda, sí, tremenda; pero al fin, ella se ha
rendido, no te quepa duda. Yo fui Metz, que cayó demasiado pronto; y
ella es Belfort, que se defiende; pero al fin cae también... ¡Ah!, las
señas son mortales. El primo va a la casa todos los días, y la acecha
cuando sale, para hacerse el encontradizo... Algunas tardes no parece
por la tienda. ¿Tendrán citas? He aquí mi idea. Te juro que lo he de
averiguar. Imposible que yo no lo averigüe. Aunque tuviera que perder mi
colocación, aunque me quedara sin camisa que ponerme... ¡Qué infamia! Y
miren la otra, la mosquita muerta, con su cara de Niño Jesús y su fama
de virtud. Sí; santidades a cuarto; véase la clase. Te aseguro que el
día en que esto estalle y haya la gran tragedia, será el día más feliz
de mi vida. ¿Pues qué cree ese? ¿Que se puede engañar, y engañar, y
engañar siempre, y burlarse de los pobres maridos? Pues ya cayó otro;
_solamente_ que ahora no da con mi Fenelón, que era un santo y no
sospechaba de nadie más que de los prusianos. Ahora da con un hombre
templado, tu amigo, que no se conformará con esta deshonra, ¿verdad? Te
aseguro que le va a arder el pelo al tal primito con todo su mal de
corazón y su extranjerismo.
Fortunata no chistó. Aquella revelación le había dejado tan atontada,
cual si le descargasen un fuerte golpe en la cabeza.
Jacinta... ¡Jesús!.. el modelito, el ángel, la mona de Dios... ¿Qué
diría Guillermina, la _obispa_, empeñada en convertir a la gente y en
ver la que peca y la que no peca?... ¿Qué diría?... ja, ja, ja... ¡Ya no
había virtud! ¡Ya no había más ley que el amor!... ¡Ya podía ella alzar
su frente! Ya no le sacarían ningún ejemplo que la confundiera y
abrumara. Ya Dios las había hecho a todas iguales... para poderlas
perdonar a todas.
-II-