--i--
Segismundo Ballester (el licenciado en Farmacia que estaba al
frente de la botica de Samaniego) tenía frecuentes altercados con Maxi
por los garrafales errores en que este incurría. Llegó el caso de
prohibirle que hiciese por sí solo ningún medicamento de cuidado.
«¡Carambita!, hijo, si da usted en confundirme los _alcoholatos_ con las
_tinturas alcohólicas_, apaga y vámonos. Este frasco es el _alcohol de
coclearia_, y este otro la _tintura de acónito_... Vea usted la receta y
fíjese bien... Si seguimos así, lo mejor sería que doña Casta cerrase el
establecimiento».
Y expresándose así, con ínfulas y asperezas de dómine, Ballester le
quitó de las manos a su subalterno lo que entre ellas tenía. «Pero ¿qué
demonios ha echado usted aquí?--dijo luego con enojo, llevándose el
potingue a la nariz--. O esto es _valeriana_ o no sé lo que me pesco.
¡Cuando digo...! Hoy está usted muy malo. Más vale que se retire a su
casa. Yo me las arreglo mejor solo. Cuidarse; llévese usted un
derivativo... Mire, mire, llévese también un preparado de hierro. El
derivativo se lo zampa en ayunas... Luego en cada comida se atiza una
píldora de _hierro reducido por el hidrógeno_, con _extracto de
ajenjos_... por la noche al acostarse se atiza usted otra... Con estos
calores, conviene no abusar mucho del hierro, ¿sabe?, y sobre todo,
paséese usted y no lea tanto».
Relevado por su regente de la obligación de trabajar, Rubín se fue al
laboratorio, y tomando de debajo de la silla un librote, se puso a leer.
Profundísima tristeza se revelaba en su rostro enjuto y granuloso. Caía
en la lectura como en una cisterna; tan abstraído estaba y tan apartado
de todo lo que no fuera el torbellino de letras en que nadaban sus ojos
y con sus ojos su espíritu. Tomaba extrañas e increíbles posturas. A
veces las piernas en cruz subían por un tablero próximo hasta mucho más
arriba de donde estaba la cabeza; a veces una de ellas se metía dentro
de la estantería baja por entre dos garrafas de drogas. En los dobleces
del cuerpo, las rodillas juntábanse a ratos con el pecho, y una de las
manos servía de almohada a la nuca. Ya se apoyaba en la mesa sobre el
codo izquierdo, ya el sobaco derecho montaba sobre el respaldo de la
silla, como si esta fuera una muleta, ya en fin, las piernas se
extendían sobre la mesa cual si fueran brazos. La silla, sustentada en
las patas de atrás, anunciaba con lastimeros crujidos sus intenciones de
deshacerse; y en tanto el libro cambiaba de disposición con aquellos
extravagantes escorzos del cuerpo del lector. Tan pronto aparecía por
arriba, sostenido en una sola mano, como agarrado con las dos, más abajo
de donde estaban las rodillas; ya se le veía abierto con las hojas al
viento como si quisiera volar, ya doblado violentamente a riesgo de
desencuadernarse. Lo que nunca variaba ni disminuía era la atención del
lector, siempre intensa y fija al través de todos los sacudimientos de
la materia muscular, como el principio que sobrevive a las revoluciones.
Ballester iba y venía, trabajando sin cesar, y cantaba entre dientes
estribillos de zarzuelas populares. Era un hombre simpático, no muy
limpio, de barba inculta, la nariz muy gruesa, personalidad negligente,
terminada por arriba en una caballera de matorral, que debía de tener
muy poco trato con los peines, y por abajo en anchas y muy usadas
pantuflas de pana, que iba arrastrando por los ladrillos de la rebotica
y laboratorio.
«Pero, alma de Dios, ya que no trabaja usted... al menos despache
menudencias--dijo, parándose ante Rubín--. Mire, allí está esa mujer
esperando hace un cuarto de hora... Diez céntimos de diaquilón. En
aquella gaveta está. Vamos, menéese».
Rubín salía a la tienda y despachaba.
«¿En dónde están los frascos de _Emulsión Scott_?».
--Mírelos, mírelos; si los tiene casi en la mano. Dígole que es preciso
cuidar esa cabeza... ¡Otra vez a leer! Bueno; usted se acordará de mí...
leer, leer, y el aparato cerebro-espinal que lo parta un rayo... Tararí,
tararí...
Seguía cantando y el otro ¡plum!, se chapuzaba otra vez en su lectura.
«¿Y qué lee?... vamos a ver--dijo Ballester mirando el libro--. _La
pluralidad de mundos habitados_... Bueno va... ¡Cualquier día me iba yo
a ocupar de si había personas en Júpiter! Cuando digo que usted, amigo
Rubín, va a acabar mal. Aquí para entre los dos: ¿a usted qué le va ni
qué le viene con que haya gente en Marte o deje de haberla? ¿Le van a
dar a usted algo por el descubrimiento? Tararí... tararí. Yo doy de
barato--añadió luego, poniéndose a machacar en el mortero--, yo doy de
barato que haya familia en las estrellas; es más, declaro que la hay.
Bueno, ¿y qué? La consecuencia es que estarían tan jorobados como
nosotros».
Rubín no contestaba. A cierta hora, dejó el libro, metiéndolo en un
rincón de la anaquelería, que apestaba a fénico, entre dos potes de
este líquido; después se restregaba los ojos y estiraba los brazos y el
cuerpo todo, tardando lo menos cinco minutos en aquel desperezo que
activaba la circulación de su poca sangre. Cogía el hongo que de una
percha colgaba, y a la calle. Poco tenía que andar por ella para ir a su
casa. Entró en esta con la cabeza baja, las cejas fruncidas. Su tía le
dijo que Fortunata no había venido aún y que le esperarían para comer.
Maxi ocupó su sitio en la mesa, doña Lupe le recogió el sombreo, y
volviendo al poco rato, sentose en el sofá de paja; ambos esperaron un
rato en silencio.
«Cuidado que hoy tarda más que nunca» observó doña Lupe; y como notase
en el rostro de su sobrino señales de desasosiego, se apresuró a
entablar conversación más amena.
«Todo el día me he estado acordando de lo que hablamos anoche. ¡Ah!, si
tú fueras otro, si tú tuvieras ambición, pronto seríamos todos ricos. El
farmacéutico que no hace dinero en estos tiempos es porque tiene
vocación de pobre. Tú sabes bastante, y con un poco de trastienda y otro
poco de farsa y mucho anuncio, mucho anuncio, negocio hecho. Créeme, yo
te ayudaría».
--No crea usted, tía, yo también he pensado en eso. Ayer se me ocurría
una aplicación del _hierro dializado_ a sin fin de medicamentos... Creo
que encontraría una fórmula nueva.
--Estas cosas, hijo, o se hacen en gordo o no se hacen. Si inventas
algo, que sea _panacea_, una cosa que lo cure todo, absolutamente todo,
y que se pueda vender en líquido, en píldoras, pastillas, cápsulas,
jarabe, emplasto y en cigarros aspiradores. Pero hombre, en tantísima
droga como tenéis ¿no hay tres o cuatro que bien combinadas sirvan para
todos los enfermos? Es un dolor que teniendo la fortuna tan a la mano,
no se la coja. Mira el doctor Perpiñá, de la calle de Cañizares. Ha
hecho un capitalazo con ese jarabe... no recuerdo bien el nombre; es
algo así como _latro-faccioso_...
--El _lacto-fosfato de cal perfeccionado_--dijo Maxi--. En cuanto a las
_panaceas_, la moral farmacéutica no las admite.
--¡Qué tonto!... ¿Y qué tiene que ver la moral con esto? Lo que digo; no
saldrás de pobre en toda tu vida... Lo mismo que el tontaina de
Ballester: también me salió el otro día con esa música. ¿Nada os dice la
experiencia? Ya veis: el pobre Samaniego no dejó capital a su familia,
porque también tocaba la misma tecla. Como que en su tiempo no se
vendían en su farmacia sino muy contados específicos. Casta bufaba con
esto. También ella desea que entre tú y Ballester le inventéis algo, y
deis nombre a la casa, y llenéis bien el cajón del dinero... Pero buen
par de sosos tiene en su establecimiento...
Charla que te charla, doña Lupe miraba al reloj del comedor, mas no
expresaba su impaciencia con palabras. Por fin sonó la campanilla
débilmente. Era Fortunata que, cuando iba tarde, llamaba con timidez y
cautela, como si quisiera que hasta la campanilla comentase lo menos
posible su tardío regreso al hogar doméstico. Papitos corrió a abrir, y
doña Lupe fue a la cocina. Maxi habló con su mujer en un tono que
indicaba la complacencia de verla, y se quejó suavemente de que no
hubiese entrado antes. Tenía ella los ojos encendidos como de haber
llorado, y no era difícil conocer que disimulaba una gran pena. Pero
Rubín no reparaba en lo cabizbaja y suspirona que estaba su mujer
aquella noche. Hacía algún tiempo que la facultad de observación se
eclipsaba en él; vivía de sí mismo, y todas sus ideas y sentimientos
procedían de la elaboración interior. La impulsión objetiva era casi
nula, resultando de esto una existencia enteramente soñadora.
A doña Lupe sí que no se le escapaba nada, y de todo iba tomando notas.
Hablose en la mesa del tiempo, del gran calor que se había metido,
_impropio de la estación_, porque todavía no había entrado Julio, aunque
faltaban pocos días; de los trenes de ida y vuelta, y de la mucha gente
que salía para las provincias del Norte. Con cierta timidez, se aventuró
Fortunata a decir que su marido debía dejarse de píldoras, y decidirse
a ir a San Sebastián a tomar baños de mar. Mostrándose muy apático, dijo
el pobre chico que lo mismo era tomarlos en Madrid con las _algas
marinas del Cantábrico_, a lo que respondió su mujer con energía: «Eso
de las algas es conversación, y aunque no lo fuera, lo que más importa
es tomar las _brisas_».
Picando con el tenedor en el plato, para coger los garbanzos uno a uno,
la señora de Jáuregui se decía lo siguiente: «Te veo venir... buena
pieza. Ya sé yo las _brisas_ que tú quieres. Después de zarandearte
aquí, quieres zarandearte allá, porque se te va el amigo... Sí, lo sé
por Casta. Los señores de la Plazuela de Pontejos se marchan mañana.
Pero yo te respondo, picaronaza, de que con esa no te sales... ¡A San
Sebastián nada menos! Estás fresca... Ya te daré yo _brisas_...».
Vino luego doña Casta con Olimpia a proponerles dar un paseo al Prado.
Rubín vacilaba; pero su mujer se negó resueltamente a salir. Fuese doña
Lupe con sus amigas, y Fortunata y Maxi estuvieron solos hasta media
noche en la sala, a oscuras, con los balcones abiertos, a causa del
calor que reinaba, hablando de cosas enteramente apartadas de la
realidad. Él proponía los temas más extravagantes, por ejemplo: «¿Cuál
de nosotros dos se morirá primero? Porque yo estoy muy delicado; pero
con estos achaques, quizás tenga tela para muchos años. Los
temperamentos delicados son los que más viven, y los robustos están más
expuestos a dar un estallido». Hacía ella esfuerzos por sostener plática
tan soporífera y desagradable. Otra proposición de Maxi: «Mira una cosa;
si yo no estuviera casado contigo, me consagraría por entero a la vida
religiosa. No sabes tú cómo me seduce, cómo me llama... Abstraerse,
renunciar a todo, anular por completo la vida exterior, y vivir sólo
para adentro... este es el único bien positivo; lo demás es darle
vueltas a una noria de la cual no sale nunca una gota de agua».
Fortunata decía a todo que sí, y aparentando ocuparse de aquello,
pensaba en lo suyo, meciéndose en la dulce oscuridad y la tibia
atmósfera de la sala. Por los balcones entraba muy debilitada la luz de
los faroles de la calle. Dicha luz reproducía en el techo de la
habitación el foco de los candelabros, con las sombras de su armadura, y
esta imagen fantástica, temblando sobre la superficie blanca del cielo
raso, atraía las miradas de la triste joven, que estaba tendida en una
butaca con la cabeza echada hacia atrás. Maxi volvió a machacar: «Si no
fuera por ti, no se me importaría nada morirme, Es más, la idea de la
muerte es grata en mi alma. La muerte es la esperanza de realizar en
otra parte lo que aquí no ha sido más que una tentativa. Si nos
aseguraran que no nos moriríamos nunca, pronto se convertiría uno en
bestia, ¿no te parece a ti?».
--¿Pues qué duda tiene?--respondía la otra maquinalmente, dejando a su
idea revolotear por el techo.
--Yo pienso mucho en esto, y me entregaría desde luego a la vida
interior, si no fuera porque está uno atado a un carro de afectos, del
cual hay que tirar.
--¡Ay, Dios mío, la que me espera mañana!--pensó la esposa. Era probado:
Siempre que su marido estaba por las noches muy dado a la somnolencia
espiritual, al día siguiente le entraba la desconfianza furibunda y la
manía de que todos se conjuraban contra él.
Poco después de esto, dijo Maxi que se quería acostar. Fortunata
encendió luz, y él fue hacia la alcoba, arrastrando los pies como un
viejo. Mientras su mujer le desnudaba, el pobre chico la sorprendió con
estas palabras, que a ella le parecieron infernal inspiración de un
cerebro dado a los demonios: «Veremos si esta noche sueño lo mismo que
soñé anoche. ¿No te lo he contado? Verás. Pues soñé que estaba yo en el
laboratorio, y que me entretenía en distribuir bromuro potásico en
papeletas de un gramo... a ojo. Estaba afligido, y me acordaba de ti.
Puse lo menos cien papeletas, y después sentí en mí una sed muy rara,
sed espiritual que no se aplaca en fuentes de agua. Me fui hacia el
frasco del clorhidrato de morfina y me lo bebí todo. Caí al suelo, y en
aquel sopor... Tú vete haciendo cargo... en aquel sopor se me apareció
un ángel y me dijo, dice: 'José, no tengas celos, que si tu mujer está
encinta, es por obra del _Pensamiento puro_...'. ¿Ves qué disparates? Es
que ayer tarde trinqué la Biblia y leí el pasaje aquel de...».
Maxi se estiró en la cama, y cerrando los ojos, cayó al instante en
profundo sueño, cual si se hubiera bebido todo el láudano de la
farmacia.
--ii--
Fortunata no se acostó en la cama, porque hacía mucho calor.
Echose medio vestida en el sofá, y a la madrugada, después de haber
dormido algunos ratos, sintió que su marido estaba despierto. Oíale dar
suspiros y gruñir como una persona sofocada por la cólera. Sintiole
palpar en la mesa de noche buscando la caja de cerillas. Esta se cayó al
suelo, y en el suelo vio Fortunata la claridad lívida que los fósforos
despiden en la oscuridad. La mano de Maxi descendió buscando la caja, y
al fin pudo apoderarse de ella. Fortunata vio subir el azulado
resplandor, como difusa humareda. Este fenómeno desapareció con el
restallido del fósforo y la instantánea presencia de la luz alumbrando
la estancia. Los ojos del joven se esparcieron ansiosos por ella, y
viendo a su mujer acostada, dijo: «¡Ah!... estás ahí... ¡qué bien haces
el papel!».
Para evitar cuestiones tan a deshora, la esposa fingió que dormía. Pero
entreabriendo los ojos le vio encender la vela. Púsose Maxi la ropa
necesaria para no levantarse desnudo, y se bajó de la cama
cautelosamente. Cogiendo la vela, salió al pasillo. Fortunata le sintió
reconociendo el cerrojo de la puerta, registrando el cuarto en que ella
tenía su ropa, y después el comedor y la cocina. Tantas veces había
hecho Maxi aquello mismo, que su mujer se había acostumbrado a tal
extravagancia. Era que le acometía la pícara idea de que alguien entraba
o quería entrar en la casa con intenciones de robarle su honor.
Cuando Maxi volvió a la alcoba, ya principiaba a apuntar el día. «Si no
te cojo hoy, te cojo mañana--rezongaba--. No hay nada; pero yo sentí
pasos, yo sentí cuchicheos; tú saliste de aquí... Has vuelto a entrar y
estás ahí haciéndote la dormida para engañarme... Déjate estar... Yo
estoy con mucho ojo, y aunque parezca que no veo nada, lo veo todo... A
buena parte vienes... Que andaba un hombre por los pasillos, no tiene
duda. No vale el jurarme que no había nadie. Pues qué, ¿no tengo yo
oídos?... ¿Estoy yo tonto?».
Decía esto sentado al borde del lecho, la vela en la mano, mirando a su
mujer, que continuaba fingiéndose dormida, con la esperanza de que se
aplacara. Pero esto no era fácil, y una vez desatada la insana manía, ya
había jaqueca para un rato. Acabando de vestirse, empezó a dar trancos
por la habitación, manoteando y hablando solo.
«No, no, no... Si creen que me la dan, se equivocan. Lo más horrible es
que mi tía es encubridora... Pues qué, ¿entraría nadie en la casa si
ella no lo consintiera? Y Papitos también es encubridora. Buenas
propinas se calzará. Pero ya te arreglaré yo, _celestina_ menuda. Que no
me vengan con tonterías. Ayer noté yo bien marcadas en el felpudo de la
entrada las suelas de unas botas de persona fina. Dicen que el
aguador... ¡Qué aguador ni que niño muerto!... Y anteayer había en esa
misma alcoba la impresión, sí, la impresión de una persona que aquí
estuvo. No lo puedo explicar; era como huellas dejadas en el aire, como
un olor, como el molde de un cuerpo en el ambiente. No me equivoco; aquí
entró alguien. Lucido, lucido papel estoy haciendo. ¡Dios mío! ¿De qué
le vale a uno el poner su honor por encima de todas las cosas? Viene un
cualquiera y lo pisotea, y lo llena de inmundicia. Y no le basta a uno
vigilar, vigilar, vigilar. Yo no duermo nada, y sin embargo... Pero es
preciso vigilar más todavía y no perder de vista ni un momento a mi
mujer, a mi tía, a Papitos... Esta condenada Papitos es la que abre la
puerta, y yo la voy a reventar».
Fortunata creyó al fin que convenía hacer que despertaba. Lo particular
era que en aquella crisis el desventurado joven no pasaba de las
extravagancias de lenguaje a las violencias de obra; todo era quejas
acerbísimas, afán angustioso por su honor y amenazas de que iba a hacer
y acontecer.
«¿Qué disparates estás hablando ahí?--le dijo su mujer--. ¿Por qué no te
acuestas? Ya que tú no duermes, déjame dormir a mí».
--¿Te parece que después de lo que has hecho, se puede dormir? ¡Qué
conciencias, válgame Dios, qué conciencias estas!... Tú lo negarás
ahora... ¿Quién andaba por los pasillos? Claro, el gato. El pobre minino
paga todas las culpas. ¿Y tú a qué saliste?, a jugar con el gato,
¿verdad?, justo. ¡Y eso me lo he de tragar yo! Lo que me anonada es que
mi tía consienta esto, mi tía que me quiere tanto. ¡Tú, ya sé que no me
quieres; pero mi tía...! Vamos que... Pues esa víbora de Papitos, con su
cara de mona... ¡Qué humanidad, Dios mío! El hombre honrado no tiene
defensa contra tanto enemigo; la traición le rodea; la deslealtad le
acecha. Aquellos en quienes más confía le venden. Donde menos lo piensa,
en el seno de la familia, salta un Judas. En la tierra no hay ni puede
haber honor. En el Cielo únicamente, porque Dios es el único que no nos
engaña, el único que no se pone careta de amor para darnos la puñalada.
Fortunata se vistió a toda prisa. Sabía por experiencia que mientras más
le contradecía era peor. Un rato estuvo sentada en el sofá, oyéndole
disparatar y aguardando a que avanzara un poco la mañana par avisar a
doña Lupe. Antes de ir a lavarse, pasó por la alcoba de su tía, que ya
estaba vistiendo, y le dijo: «Hoy está atroz... ¡pobrecito!... A ver si
usted le puede calmar».
--Voy, voy allá... Veo que sin mí no os podéis gobernar. Si yo
faltara... no quiero pensarlo. Mira, pon en planta a Papitos, y que
encienda lumbre... Le haremos chocolate en seguida; porque la debilidad
es lo que le pone así, y hay que meterle lastre en aquel pobre cuerpo.
Toma las llaves, saca de aquel chocolate que nos dio Ballester,
_chocolate con hierro dializado_... ¡Qué chico, vaya por dónde le da...!
Salgo al momento.
Cuando su tía entró con el chocolate, Maxi seguía tan disparado como
antes. «Lo que yo extraño, tía, lo que yo no puedo explicarme--dijo
clavando en ella sus ojos que relampagueaban--, es que usted consienta
esto y lo encubra y me quiera matar, porque sépalo usted, para mí el
honor es primero que la vida».
--Hijo de mi alma--le contestó doña Lupe poniendo el chocolate sobre la
mesa--, después hablaremos de eso... Yo te explicaré lo que hay, y te
convencerás de que todo es una figuración tuya. Toma primero el
chocolate, que estás muy débil...
El joven se dejó caer en el sofá, inclinándose hacia la mesa próxima, en
que el desayuno estaba, y tomando un bizcocho lo mojó en el líquido
espeso. Antes de probarlo, se le fue la lengua otra vez acerca de lo
mismo, si bien en tono más tranquilo. «No sé cómo me va usted a
convencer, cuando yo tengo oídos, yo tengo ojos, y ante la evidencia, no
valen...».
Hizo un gesto de repugnancia y horror al probar el bizcocho mojado.
«Tía... ¡Fortunata!... ¿qué es esto?, ¿qué me dan?... Este chocolate
tiene arsénico».
--¡Hijo, por María Santísima!--exclamó doña Lupe consternada, a punto
que entraba su sobrina.
--¿Pero ustedes creen que a mí se me puede ocultar el gusto del
arsénico?...--dijo enteramente descompuesto, los ojos extraviados--. Y
no son tontas; ponen poca dosis... un centigramo, para irme matando
lentamente... Y apuesto a que ha sido Ballester el que les ha dado el
ácido arsenioso... porque también él está contra mí... ¿Qué infierno es
este, Dios mío?...
--Vamos, esto no se puede sufrir. ¡Decir que le hemos envenenado el
chocolate...!
--¡Gusto a arsénico!... clavado... ¡pero tan clavado...!
Levantose en actitud de desesperación y volvió a la inquietud delirante
de sus paseos...
«Tendré que dejarme morir de hambre... es horrible... Mi casa llena de
enemigos. Las personas que más me querían antes, ahora desean mi
muerte».
--¡Conque arsénico...!--dijo Fortunata tomándolo a broma, con esperanza
de obtener así mejor efecto--. Para que veas que eres un simple y un
majadero, voy a tomarme yo el chocolate.
Y en el acto empezó a tomarlo. Su marido la miraba atónito.
«A ver si espichamos de una vez... Él podrá tener veneno, pero bien rico
está... ¿Te convences ahora?... Me tomaría otra jícara. No creas, me
vendría bien que esto matara, porque así me iba pronto de este mundo,
que maldita la gracia que tiene, con las jaquecas que me das y lo mucho
que nos haces sufrir».
Doña Lupe, en tanto, trajo la cocinilla económica para hacer en
presencia de Maxi otro chocolate. Aun así, fue preciso sostener una
lucha penosa para que se decidiera a probarlo, pues insistía en que
también aquel tenía gusto a arsénico... «Aunque no tanto, convengo en
que no es tanto». Después, tomando tonos de transacción, les dijo: «Yo
creo que todo ello es cosa de Papitos... porque ustedes no saben lo
mala que es y la inquina que me tiene».
--Vamos, que es para pegarte--le contestó doña Lupe--. ¡Tomarla así con
la pobre Papitos!... Mira, cuando te den manías, échame a mí toda la
culpa. Yo sé desenvolverme y probar mi inocencia. Y ahora, ¿por qué no
os vais los dos a dar un paseíto por el Retiro? Hasta las nueve no hace
calor; la mañana está deliciosa.
Fortunata apoyó esta proposición, pero él no tenía ganas de salir.
Continuaba en el sofá, apoyado el codo en la mesilla y la cabeza en la
mano, mirando al suelo como si quisiera contar los juncos de la esterita
que había junto al sofá. Las dos mujeres se miraban, comunicándose con
los ojos malas impresiones.
«Eso--murmuró él de una manera torva y recelosa--. Quieren echarme a la
calle, para...».
--Pero alma de Dios, si va ella contigo...
--¿Y a dónde me quiere llevar? Sabe Dios... Alguna trampa que me quieren
armar. Si sólo fuera para asesinarme, pase; ¡pero si es para atentar al
sagrado de mi honor...!
--Todo sea por Dios.--¿No sabe usted, tía, que hace tres meses...? la
_Correspondencia_ lo trajo... una mujer llevó a su marido al Retiro, y
cuando iban por un paseo solitario salió el cómplice... sí, el cómplice,
que estaba escondido tras unas matas, y entre ella y aquel tuno cogieron
al pobre marido, le ataron de pies y manos y le arrojaron al
estanque...
--¡Jesús, qué barbaridad! ¿De dónde has sacado esos desatinos?
--La _Correspondencia_ no ha traído tal cosa--dijo Fortunata.
--Vamos, lo habrás soñado tú.
--Yo no lo he soñado--gritó él levantándose con golpe de resorte--. Es
verdad; lo he leído en la _Correspondencia_... y... ¡También me llaman
embustero! Yo no digo más que la verdad. Las embusteras son ustedes...
ustedes, con esas conciencias cargadas de crímenes...
Doña Lupe cruzaba las manos y miraba al Cielo, invocando la justicia
divina. Fortunata expresaba un gran abatimiento, cual si su paciencia
tocase ya al punto en que agotarse debía.
«Mira--dijo la viuda--, vete a la botica, ponte a trabajar, y con la
distracción se te despejará la cabeza».
Sabía por experiencia la señora de Jáuregui que en los ataques fuertes
de su sobrino, Ballester era la única persona que le hacía entrar en
razón, desplegando ante él, ya la burla descarada, ya la autoridad seca
y hasta cruel. Las personas de la familia, a quienes él quería, eran las
más ineptas para dominarle, pues contra ellas iba la descarga de su
recelo furibundo. «Bueno, bajaré--dijo Maxi tomando su sombrero--.
Tengo que ajustarle las cuentas al señor de Ballester. De mí no se ríe
más... Y en último caso, que me lo diga cara a cara. ¿A que no se
atreve? Es un cobarde y un traidor, que vendiendo amistad, hiere por la
espalda».
Tía y esposa no le dijeron nada, y fueron tras él. Cogiendo de la percha
del recibimiento la caña que usaba, salió dando un fuerte portazo. Bajó
rápidamente y estuvo hablando un rato con la portera. Desde el balcón le
vieron las dos señoras salir a la calle, pasar la acera de enfrente,
mirar hacia la casa... Ocultáronse ellas entonces, y asomándose con
cautela por entre los hierros, viéronle seguir, gesticulando y haciendo
molinete con el bastón. A cada instante se paraba y volvía hacia atrás.
Daba unos cuantos pasos y otra vez por la calle arriba. En una de estas
vueltas, salió Ballester a la puerta de la botica y le llamó con gesto
imperativo: «Aquí pronto... ¡Me gusta...! Venga usted aquí».
En actitud semejante a la de un perro que ante el palo de su amo agacha
las orejas y arrastra el rabo por el suelo, entró Rubín en la botica
diciendo a su regente: «Buenos días, amigo Ballester. No le había visto.
Iba a tomar un poco el aire. Y usted, ¿qué tal?».
--iii--
«Yo, bueno... conque a tomar el aire...--contestó Segismundo con
cara de muy mal genio--.
El aire que me va usted a tomar ahora es ponerle las etiquetas a estos
frascos de jarabes... Y cuidado con equivocarse. Las etiquetas rojas son
las del _jarabe de corteza de naranja amarga con yoduro potásico_; las
verdes el mismo con _hierro dializado_. Como usted me trueque las
papeletas, le trituro».
Poníase a trabajar, y, cosa por demás extraña, a pesar del desorden de
su cabeza, no cometía una sola equivocación, ni aun cuando le dieron
seis clases más de jarabes con sus correspondientes letreros de
diferentes colores. Ballester, que ya tenía noticia, por una esquelita
de doña Lupe, del rudo acceso de aquella mañana, le vigilaba
disimuladamente, mirándole por el rabillo del ojo, pero en una de las
vueltas que dio al laboratorio, Maxi dejó bruscamente el trabajo y se
fue a la calle sin sombrero. Al volver a la tienda y notar la ausencia
del joven, el regente se quedó muy tranquilo y no dijo más que: «Ya
voló... buena va». Tomaba con calma las extravagancias de su colega, y
su deseo era que una de aquellas escapatorias fuera la del humo. «Pero
no tendré yo esa suerte--decía--, y ya me lo volverán a traer para que
le amanse».
Maxi subió a su casa. Al abrirle la puerta, no se admiró Fortunata de lo
descompuesto que venía, porque ya no eran nuevas aquellas inesperadas
apariciones. «Supongo--dijo él con trémulo labio--, que no me lo
negarás ahora... Puede que mi tía lo niegue... ¡es tan hipócrita...!
Pero tú no, tú eres mala y sincera. Cuando das el golpe mortal lo dices,
¿verdad? Y ahora ante los hechos palpables, evidentes, ¿qué tenéis que
decir?».
«Otra vez... pero hijo...» chilló doña Lupe, saliendo al recibimiento.
--Usted, tía, se empeñará en negarlo ahora... pero esta no lo niega.
Cierto que no le cogeré; porque habrá saltado por el balcón; pero no me
negarán que entró... Le he visto yo, le he visto pasar por delante de la
botica... En la escalera ha dejado su huella, su rastro, rastro y
huella, señores, que no se pueden confundir con nada... pero con nada.
--¡Pues estamos divertidas!--dijo doña Lupe a Fortunata, que daba
suspiros mirando a su marido con lástima intensísima.
--La que me las va a pagar todas juntas es esa indecente de
Papitos--gritó él, dando algunos pasos hacia la cocina.
--¡Papitos!, está en la compra. ¡Pobre chica!... Ea, ya estamos hartas.
A ver si nos dejas en paz. Le encargaremos a Ballester que te amarre...
Niño, niño, se acabaron las tonterías.
Diciendo esto le cogía por un brazo y le sacudía con ira materna y
correccional. «Mira que no te podemos sufrir... Lo que tú tienes es
mucho mimo».
El desgraciado joven se dejó caer en un banco que en el recibimiento
había, el cual semejaba banco de iglesia, y allí se transformó la
máscara insana de su rostro, pasando de la furia a la consternación.
«Garantíceme usted... pues... que mi honor está... lo que llaman
intacto... y yo me tranquilizaré».
«¡Tu honor! ¿Pero quién diablos se ha metido con él? Si todo es humo,
humo que hay dentro de esta cabeza».
--¡Humo!... ¡ah!...--Sí, todo humo--dijo Fortunata, poniéndole
cariñosamente la mano en el hombro--. No pienses y no temerás nada. Es
la imaginación, nada más que la imaginación... la loca de la casa, como
decía tu hermano Nicolás.
--¿Sabes lo que vamos a hacer?--indicó doña Lupe, algún tiempo después,
aprovechando la relativa calma que en su sobrino se notaba--. Pues vamos
a darle de almorzar.
Su mujer le agarró por un brazo para llevarle a la mesa, y él no hizo
ninguna resistencia. Temían una y otra que no quisiese tomar nada,
fundándose en que la comida estaba envenenada; pero con gran sorpresa de
ambas, Maxi no manifestó recelo alguno sobre este particular. Tenía poco
apetito, y para que pasara algo, las dos hubieron de hacer a competencia
considerable gasto de palabras tiernas. Tan cariñosas se mostraron, que
Maxi comió más que otros días, sin hacer observación alguna ni quejarse
de lo mal condimentado que estaba todo. Hiciéronle café y esto fue lo
único que tomó con gana. De sobremesa, trató doña Lupe de alegrarse los
espíritus, charlando de cosas enteramente contrarias a aquella monserga
del honor; mas él daba a conocer con suspiros profundos que la tormenta
de su alma no estaba del todo extinguida. Pero la fuerza del ataque
había pasado, y pronto vendría la completa serenidad. Al despedirse para
volver a la botica, llevó a su mujer aparte y le dijo: «Prométeme no
salir esta tarde... prométeme no salir nunca sino conmigo».
--¡Salir yo!, ¡qué disparates se te ocurren! No pienso en tal
cosa--replicó ella sonriendo--. Aquí me estaré esperándote. A la noche
iremos a casa de doña Casta. ¿Quieres? O a paseo.
Mientras esto decía, doña Lupe, acechándola desde un rincón del pasillo,
fijaba en ella una mirada astuta.
Aquella tarde estuvo Maxi en la botica bastante más calmado. En un rato
que tuvo libre, se fue al rincón del laboratorio en que guardaba sus
libros, y cogió uno disponiéndose a sumergirse en la lectura. Pero
Ballester tomó una vara; se fue derecho a él, y arrebatándole el libro,
le amenazó con castigarle. «Ea, dejémonos de sabidurías, que eso es lo
que nos trastorna. ¿A ver qué es esto?... ¡Hombre, qué bonito!
_Errores de la teogonía egipcia y persa_... Esto reza el epígrafe del
capítulo... Pero, criatura, ¿que siempre ha de estar usted metiéndose en
lo que no le importa? ¿Qué le va a usted ni qué le viene con que
aquellos bárbaros, que ya se murieron hace miles de años, adoraran
muchos dioses?... Es gana de meterse en vidas ajenas. ¡Que tenían los
dioses por gruesas! Bueno, ¿y qué? ¿Acaso los tiene usted que mantener?
Lo que yo digo: es gana de entrometerse. No puedo ver tanta tontería
(exaltándose más a cada frase y llegando hasta la cólera); no puedo ver
que un cristiano se queme las cejas por averiguar cosas de las cuales ha
de sacar lo que el negro del sermón... Que le escondo los libros, que se
los quemo... Voy al momento».
Esto último se lo decía a un parroquiano que mostraba una receta.
«A ver, marmolillo (por Maxi) menéese usted. Alcánceme el alcanfor, el
nitro dulce, el polvo de regaliz...».
Confeccionada la medicina en un dos por tres, volvió Ballester a coger
la vara, y continuó la filípica de este modo:
«Lo mismo que la tontería en que ahora ha dado... que le van a quitar su
honor; que entran hombres en la casa... que por todas partes se le
tienden asechanzas a su honor... ¡Qué melodramáticos estamos y qué
simples _semos_! Parece mentira que tales absurdos se le ocurran a
quien está casado con una mujer, que es _la casta Susana_, sí señor, me
ratifico, _la casta Susana_, mujer que antes se dejaría descuartizar que
mirarle a la cara a un hombre. ¿Y si lo sabe usted, para qué arma esas
tragedias? ¡Ah!, si yo tuviera una hembra así, tan hermosa, tan
virtuosa; si yo tuviera a mi lado una virgen como esa, la adoraría de
rodillas y primero me apaleaban que darle un disgusto. ¡Su honor! Si
tiene usted más honor que... vamos, no sé con qué compararlo. Tiene
usted un honor más limpio que el sol... ¿qué digo sol, si el sol tiene
manchas? Más limpio que la limpieza. Y todavía se queja... Nada, yo le
voy a curar a usted con esta vara. En cuanto hable del honor, ¡zas!...
No hay otra manera. Lo que yo digo: esas cosas las hace usted por lo muy
mimadito que está. Tía que le cuida, mujer guapa que le mima también y
que se mira en las niñas de sus ojos... Como que es la verdad...
Carambita, pues si yo tuviera una mujer así...».
Al llegar a esta parte de la reprimenda que Segismundo le espetaba más
en serio que un ladrillo, Rubín se había tranquilizado tanto, que casi
estaba dispuesto a oírle con benevolencia y hasta con jovialidad. Y
concluyó por sonreír, y al cabo de un gran rato le dijo:
«Amigo Ballester, le convido a usted a Variedades esta noche. ¿Quiere?».
--¿Pues no he de querer? Bueno va. Pedradas de esas vengan todos los
días, ilustre amigo mío. Iremos... en el bien entendido de que venga
Padilla esta noche a quedarse de guardia. Vamos ahora, mi queridísimo
colega, a hacer estas píldoras de _protoioduro de mercurio_. Prepare
usted el regaliz y el mucílago de goma arábiga. Receta de cuidado. Mucho
ojo... Le digo a usted que no hay ciencia más sublime que la Farmacia.
¡Cuánto más bonita que averiguar si hubo o no tantas o cuántas docenas
de dioses! Vamos allá; mucho cuidado con este precioso mercurial. Aviado
estará el enfermo para quien sea. No, no le arriendo la ganancia. Pero a
fe que se habrá divertido bastante en este mundo con las mozas guapas, y
si buenos azotes le cuesta ahora, buenas ínsulas se habrá calzado.
¡Eh!... cuidado con las dosis. No sea usted tan vivo de genio. Mire que
va a jorobar al paciente, y la saliva que eche va a llegar hasta aquí...
¡Qué hermosa es la Farmacia! Para mí hay dos artes, la Farmacia y la
Música. Ambas curan a la humanidad. La Música es la Farmacia del alma, y
la... viceversa, ya usted me entiende. Nosotros, ¿qué somos si no los
compositores del cuerpo? Usted es un Rossini, por ejemplo, yo un
Beethoven. En uno y otro arte todo es combinar, combinar. Llámanse notas
allá, aquí las llamamos drogas, sustancias; allá sonatas, oratorios y
cuartetos... aquí vomitivos, diuréticos, tónicos, etc... El _quid_ está
en saber herir con la composición la parte sensible... ¿Qué le parecen
a usted estas teorías?... Cuando desafinamos, el enfermo se muere.
A poco llegó el practicante que sólo hacía servicio en la botica por las
noches, y llevándole aparte, le dijo Segismundo: «Amigo Padilla, hoy
mismo le voy a proponer a doña Casta que vengas de día, porque esta
calamidad de Rubín tiene la cabeza como un cesto, y me temo que si se
queda solo envenene a toda la parroquia».
--iv--
Aquella noche, después de comer, fueron todos a casa de doña
Casta, donde debían reunirse para ir a paseo. Pero a poco de estar allí,
entró Ballester diciendo que se había levantado un airote muy fuerte y
amenazaba tormenta, por lo que unánimemente se acordó no salir; se
encendió luz en la sala, y doña Casta dijo a Olimpia que tocara la pieza
para que la oyeran Maximiliano y Ballester.
Olimpia era la menor de las hijas de Samaniego, y hubiera causado gran
admiración en la época en que era de moda ser tísico, o al menos
parecerlo. Delgada, espiritual, ojerosa, con un corte de cara fino y de
expresión romántica, la niña aquella habría sido perfecta beldad
cincuenta años ha, en tiempo de los tirabuzones y de los talles de
sílfide. Quería doña Casta que sus niñas tuvieran un medio de ganarse la
vida para el día en que por cualquier contingencia empobreciesen, y
Olimpia fue llevada al Conservatorio desde edad temprana. Siete años
estuvo tecleando, y después tecleaba en casa bajo la dirección de un
reputado maestro que iba dos veces por semana. Tratábase de que ganara
premio en los exámenes, y para esto la niña estuvo por espacio de tres
años estudiando una dichosa pieza, que no acababa de dominar nunca.
Pieza por la mañana, pieza por tarde y noche. Ballester se la sabía ya
de memoria sin perder nota. No había logrado Olimpia _decir_ toda, toda
la pieza, desde el _adagio patético_ hasta el _presto con fuoco_, sin
equivocarse alguna vez, y siempre que tocaba delante de gente, se
embarullaba y hacía un pisto de notas que ni Cristo lo entendía. Por eso
doña Casta la mandaba tocar cuando había personas extrañas, para que
fuese perdiendo el miedo al _público_.
La determinación de no salir a paseo puso a la señorita de mal talante,
porque no podía hablar con su novio, que a aquella hora estaba clavado
en la esquina de la calle de los Tres Peces, esperando a que saliese la
familia para incorporarse. Era un chico de mérito, que estudiaba el
último año de no sé qué carrera, y escribía artículos de crítica
(gratis) en diferentes periódicos. A pesar de sus notables prendas,
doña Casta no le veía con buenos ojos, porque la crítica, francamente,
como oficio para mantener una familia, no le parecía de lo más
lucrativo. Pero Olimpia estaba muy apasionada; leía todos los artículos
de su novio, que este le llevaba recortados de los periódicos y pegados
en cuartillas, y con esta lectura se iba ilustrando considerablemente.
Todo aquel fárrago de sentencias estéticas lo guardaba con las cartas y
los mechones de pelo. Doña Casta no permitía aún al apreciable joven
entrar en la casa.
Tocó la niña su pieza con no poca fatiga, a ratos aporreando las teclas
como si las quisiera castigar por alguna falta que habían cometido, a
ratos acariciándolas para que sonaran suavemente con ayuda de pedal,
arqueando el cuerpo, ya de un lado, ya de otro, y poniendo cara afligida
o de mal genio, según el pasaje. Parecía que los dedos eran bocas, y que
estas bocas tenían hambre atrasada por las muchas notas que se comían.
En ciertas escalas difíciles algunas notas se anticipaban a sus
predecesoras y otras se quedaban rezagadas; pero cuando llegaba un
efecto fácil, la pianista decía «aquí que no peco», y se indemnizaba de
las pifias que cometiera antes. Durante el largo martirio de las teclas,
las exclamaciones de admiración no cesaban. «¡Qué dedos los de esta
chica!... Me río yo de Guelbenzu... ¡Y qué talento artístico, qué
expresión!» decía el gran tuno de Ballester.
Y doña Casta: «Ahora viene el paso difícil, ahora... En este trozo no
tiene pero... ¡Qué limpieza... qué manera de frasear!...». Doña Lupe
también hacía aspavientos, y Fortunata se veía obligada a expresar su
entusiasmo, aunque no entendía una palabra de tal cencerrada, y en su
interior se pasmaba de que aquello se llamase _arte sublime_, y de que
las personas formales aplaudiesen música semejante a la de un taller de
calderería. Cualquier tonadilla de los pianitos de ruedas que van por la
calle le gustaba y la conmovía más.
Olimpia tocaba con fe y emoción, presumiendo que el espejo de los
críticos la oía desde la calle. Cuando concluyó, estaba rendida,
sudorosa, le dolían todos los huesos y apenas podía respirar. Ni
siquiera tenía aliento para dar las gracias por las flores que todos le
echaban. La tos que le entró parecía anunciar un ataque de hemoptisis.
«Hija mía--le dijo su mamá, viéndola ir hacia el balcón--, no te asomes,
que estás sudando. Toma, ponte esta toquilla».
Y se la ponía, y no pudiendo refrenar las ganas de salir al balcón,
salió con Fortunata, y ambas estuvieron contemplando el alma en pena que
se paseaba en la acera de enfrente.
Al poco rato entró Aurora, la mayor de _las Samaniegas_, que era muy
distinta de su hermana, pelinegra, bien parecida sin ser una hermosura,
de esas que a un color anémico unen cierta robustez fofa y lozanía de
carnes incoloras. Su pecho era desproporcionadamente abultado, su cuello
corto, las caderas y el talle bien torneados, y las costuras de las
mangas parecían próximas a reventar por causa de la gordura creciente de
los brazos. La cabeza era bonita, de poco pelo y muy bien arreglada.
Tenía más entendimiento que su hermana; vestía con esa sencillez airosa
de las mujeres extranjeras que se ganan la vida en un mostrador de
tienda elegante, o llevando la contabilidad de un restaurant. Su traje
era siempre de un solo color, sin combinaciones, de un corte severo y
como expeditivo, traje de mujer joven que sale sola a la calle y trabaja
honradamente.
Expliquemos esto. Aurora Samaniego tenía treinta años y era viuda de un
francés, que vino a España representando casas extranjeras de droguería.
A poco de casarse, allá por el 65, el francés se fue con su mujer a
Burdeos y allí heredó de sus padres un establecimiento de ropa blanca,
que mejoró a fuerza de trabajo, poniendo en él las bases de una fortuna.
Pero entre Bismark y Napoleón III lo echaron todo a perder, pues por
causa de estos dos personajes sobrevino la guerra de 1870, que tantas
esperanzas había de segar en flor. Fenelón, que era hombre bonísimo y de
inteligencia mercantil, tenía el defecto del _chauvinisme_. Empuñó las
armas, se agregó a un cuerpo de ejército, y a los primeros disparos, los
prusianos le dejaron seco.
Viuda y con poco dinero, aunque también sin hijos, Aurora volvió a
Madrid, donde las disposiciones y hábitos de trabajo que había adquirido
no pudieron tener empleo por no existir aquí _grandes almacenes_, y los
que hay, están servidos por esos gandulones de horteras, que usurpan a
las muchachas el único medio decoroso de ganarse la vida. Había
aprendido la viuda de Fenelón cuanto hay que saber en lo concerniente al
ramo de ropa blanca; estaba fuerte en contabilidad; tenía nociones
claras del orden económico y del régimen a que debe sujetarse un negocio
bien montado, y hablaba el francés a la perfección. Pero todos estos
méritos habrían sido inútiles hasta el fin del mundo, si no se le
ocurriera a Pepe Samaniego establecer el comercio de ropa blanca _con
arreglo a los últimos adelantos del extranjero_, y llevar a él a persona
tan inteligente y para el caso como su prima. El plan era vastísimo.
Aurora estaría al frente del departamento de equipos de boda y
canastillas de bautizo, ropa de niños y de señora. El capital para la
instalación de esta importante industria habíalo facilitado D. Manuel
Moreno-Isla, que tenía confianza en la honradez y tino de Pepe
Samaniego. La tienda estaría en una casa nueva de la subida a Santa
Cruz, frente por frente a la calle de Pontejos, y sus escaparates serían
de seguro los más vistosos y elegantes de Madrid. Inauguración, el 1º de
Setiembre. Samaniego estaba en París haciendo compras, y en la fecha a
que esto se refiere, ya empezaban a venir algunas cajas. En la tienda
provisional, que estaba próxima a la definitiva, había ya mucho trabajo.
Aurora, al frente de una graciosa pléyade de oficiales habilísimas,
estaba disponiendo las piezas-modelo que se habían de presentar en los
primeros días, como muestras de las ricas confecciones de la casa. De
sol a sol vivía entre oleadas de batista con espuma de encajes
riquísimos, cortando y probando, puntada aquí, tijeretazo allá,
gobernando su hato de cosedoras con tanta inteligencia como autoridad.
Por las noches, cuando llegaba a su casa, rendida, su madre gustaba de
que estuvieran presentes doña Lupe, Fortunata o las demás amigas, para
dar rienda suelta a su vanidad. En cuanto la veía entrar, se le
iluminaba el rostro, y ya no se hablaba más que del establecimiento
nuevo, y de las cosas no vistas que en él admiraría el Madrid elegante.
Las cuatro mujeres no paraban el pico hasta las doce, y por eso
Ballester, aquella noche, al ver que se armaba el nublado de ropa
blanca, cogió por un brazo a Maxi y le dijo: «Nosotros nos vamos a ver
una piececita en Variedades». Dicho se está que Olimpia, no participando
de la presunción ni del entusiasmo mercantil de su mamá, seguía posada
en el antepecho del balcón del gabinete, viendo pasar la sombra
melancólica del aburrido Aristarco, y arrojándole desde arriba alguna
palabrilla, para que endulzara el plantón.
«Estarás muy cansada, siéntate--decía doña Casta a su hija, armando el
corrillo--. ¿Cómo va eso?».
--Hoy han estado probando el gas en la nueva tienda. Será una cosa
espléndida. Ya están llegando cajas de novedades, cosas, ¡ay!, _por
ejemplo_, tan bonitas, que en Madrid no se ha visto nada igual. Aquí no
saben poner escaparates. Verán, verán el nuestro, con _todo lo que hay
de más lindo_, para llamar la atención, y hacer que la gente se pare y
entre a comprar algo. Después que entran, se les enseña más, se les
_hace ver_ esta y la otra cosa de precio, se les engatusa, y al fin
caen. Los tenderos de aquí apenas tienen el arte del _etalaje_, y en
cuanto al arte de vender, pocos lo poseen. Hay muchos que pertenecen
todavía a la escuela de Estupiñá, que reñía a los que iban a comprar.
--Yo creo--dijo doña Lupe con expresión avariciosa--, que Pepe Samaniego
va a hacer un gran negocio. Madrid está por explotar. Todo consiste en
tener pesquis. ¡Oh!, pues en el ramo de Farmacia, Dios mío, hay una
verdadera mina. Yo estoy bregando con Maxi para que invente, para que
salga por ahí con su poco de _panacea_. Pero nos hemos vuelto todos muy
morales y muy rigoristas. Vean por qué esta nación no adelanta, y los
extranjeros nos explotan llevándose todo el dinero.
Esta última frase llevó la conversación al primitivo terreno, del cual
se había desviado un poco con aquello de la panacea.
«Por eso--dijo doña Casta--, un establecimiento montado como los mejores
del extranjero, no puede menos de hacerse de oro, pues habiéndolo aquí,
las señoras de la grandeza no tendrán que ir a Bayona y a Biarritz a
comprar la última novedad».
Aurora vestía un traje de percal, azul claro, con cinturón de cuero, y
en este una gran hebilla. Su atavío era todo frescura, sencillez de
obrera elegante. Fue un rato para adentro a tomarse la colación o
golosina que su madre le guardaba siempre, y volvió con un platito en
una mano y una cucharilla en la otra. Era compota de ciruelas lo que
tomaba, con un pedazo de rosca.
«¿Ustedes gustan?... Pues decía que en las cajas que están ahora en la
Aduana de Irún, vienen unos trajecitos de niño, de punto, que han de
hacer sensación. El modelo llegó ayer en gran velocidad, y también vino
un fichú del cual estamos haciendo imitaciones de clase inferior, con
puntilla ordinaria. Verán, verán ustedes... Pues el faldón de bautizo,
_por ejemplo_, que estamos arreglando con encaje _valenciennes_, no se
podrá poner menos de quinientos francos. (Aurora tenía la costumbre de
contar siempre por francos). Es verdaderamente encantador. Lo traeré
aquí cuando esté acabado para que lo vean ustedes».
--Mejor será que vayamos nosotras allá--dijo doña Lupe--, y así veremos
y hociquearemos todo antes de que se abra al público.
Fortunata decía también algo, aunque no mucho, porque lo de la tienda no
despertaba en ella gran interés. Después que apuró el platillo de la
compota, volvió Aurora para adentro, y trajo unas yemas en un papel.
¡Qué golosa era! Ofreció una a Fortunata, que la tomó, y doña Casta se
dispuso a obsequiar a sus amigos con vasos de agua. Ponía esta señora
sus cinco sentidos en los botijos para enfriar el agua, y tenía a gala
el que en ninguna parte la hubiese tan fresca y rica como en su casa.
Después de traer un plato con azucarillos, fue a escanciar el precioso
contenido de los botijos, pues eran varios, y en ellos graduaba la
temperatura, poniéndolos o no en el balcón, Doña Lupe la ayudaba en la
traída de aguas, y en tanto Aurora le pasó a Fortunata el brazo por la
cintura y ambas salieron al balcón de la sala.
Cada cual se comía una yema de chocolate, y después tomaron otra de
coco.
Lejos del oído impertinente de doña Lupe y doña Casta, Aurora se
secreteó con Fortunata: «Se han ido todos esta tarde... El primo Manolo
va también con ellos».
--v--
Aquí cuadra bien decir que Fortunata y la viuda de Fenelón se
habían hecho muy amigas. Esta mostraba a la de Rubín una gran simpatía,
y con esta simpatía, la dulce confianza que de ella emanaba, y por fin,
con el verdadero derroche de indulgencia que en favor de sus faltas
hacía, apoderose poco a poco de todos sus secretos. Por de contado,
estas intimidades sólo tenían lugar a espaldas de doña Lupe y muy lejos
de doña Casta, pues ni una ni otra habrían consentido que tales temas se
trajesen a las honestas y decorosas conversaciones de aquella casa.
Enlazadas por la cintura, brazo con brazo, estuvieron un rato las dos
mujeres sin decirse nada, comiéndose las yemas y mirando a la calle. De
pronto se echó a reír Aurora.
«Mira el tonto de Ponce, haciéndole cucamonas a Olimpia. Yo creo que mi
hermana es la única mujer que en el mundo existe capaz de querer a un
crítico. Merecería en castigo casarse con él. _Solamente_, que como es
mi hermana, no le deseo esta catástrofe».
«Vaya, que está apurado el hombre--decía Fortunata, riendo también--. Le
hace señas para que baje... Sí, ahora va a bajar. Estás tú fresco...
Será que quiere darle uno de esos artículos que escribe y en los cuales
cuenta el argumento de los dramas para que nos enteremos. Vaya, hombre,
no te apures, que ya le hablarás otra noche. Ahora no puede ser... ¡Qué
pesados son estos novios!, ¿verdad?».
Pasado otro rato, y cuando los brazos soltaron las cinturas y ambas
estaban limpiándose los dedos en sus respectivos pañuelos, Aurora volvió
a decir: «Pues sí, todos partieron esta tarde y el primo Moreno con
ellos. Creo que van a San Juan de Luz».
Fortunata volvió la cara para el balcón del gabinete, donde estaba
Olimpia. Después miró a su amiga, diciéndole en tono muy seco: «Van a
San Sebastián y a Biarritz, y a principios de Setiembre irán todos a
París».
--Niñas--dijo doña Casta, tocándoles en los hombros--. ¿De qué agua
quieren ustedes?... ¿_Progreso_ o Lozoya?
--Lo mismo me da--replicó Fortunata.
--Toma Lozoya, y créeme--insinuó doña Lupe, con su vaso en la mano--.
Por más que diga esta, _Progreso_ es un poquito salobre.
--Eso va en gustos... Y también influye el hábito--arguyó Casta con la
suficiencia y formalidad de un catador de vinos--. Como yo me he criado
bebiendo el agua de _Pontejos_, que es la misma que la de la Merced, que
hoy llaman _Progreso_, toda otra agua me parece que sabe a fango.
No insistiré en lo mucho que se dijo sobre este tratado de las aguas de
Madrid. Mientras las dos señoras mayores cotorreaban dentro, Fortunata y
Aurora lo hacían en el balcón. Las once y media serían cuando sintieron
la voz de Ballester. Este y Maxi las miraban desde la acera de enfrente.
«Si bajan ustedes--dijo Rubín--, las espero aquí».
--Olimpia--gritó Ballester--. Venimos de ver la obra que se estrenó
anteanoche. ¡Qué mala es! ¿Tiene usted ya noticias de ella?
--¿Yo?... ¿Qué está usted diciendo?
--Como usted se trata con autoridades...
Al decir esto pasaba el crítico junto a él.
«Oiga usted, Olimpa... La obra es una ferocidad; pero ciertos amigos del
autor la pondrán en las nubes. Quisiera yo verles para que me dijeran a
mí por qué engañan de este modo al público».
--Déjeme usted en paz... ¡Qué tonto es usted!--replicó Olimpia, y se
metió para adentro.
--¿Bajáis o no?--dijo Maxi; y su mujer le contestó que esperase en la
botica, que ellas bajarían. Aurora y Fortunata se reían mirando a
Ponce, que iba escapado por la calle arriba, como alma que lleva el
diablo.
Retiráronse las de Rubín a su domicilio, teniendo ambas señoras la
satisfacción de ver a Maxi tan mejorado de los desórdenes cerebrales de
aquella mañana, que no parecía el mismo hombre. Síntomas favorables eran
la obediencia a cuanto se le mandaba, y lo juicioso y sosegado de sus
respuestas. Aquella noche durmió con tranquilidad, y nada ocurrió que
saliera del canon ordinario. A la tarde siguiente convinieron marido y
mujer en dar un paseo a prima noche. Fue ella a buscarle a la botica a
la hora concertada, y no le encontró. «Ha ido a cortarse el pelo--le
dijo Ballester, ofreciéndole una silla--. Con las murrias de estos
últimos tiempos, el pobre chico no caía en la cuenta de que se iba
pareciendo a los poetas melenudos... Le he mandado que se trasquilase
esta misma tarde. Tenga usted presente una cosa: hay que imponérsele,
combatirle el abandono, las lecturas y no consentir que se ensimisme.
Antes que dejarle caer en las melancolías, vale más darle un disgusto.
Yo siempre le hablo gordo, y crea usted... me ha cogido miedo. Es lo que
hace falta».
--¡Pobrecito!...--exclamó Fortunata--. ¿Pero ve usted por dónde le ha
dado?... Yo no he visto un desatinar semejante.
Segismundo, que en aquel momento tenía poco que hacer, dejolo todo por
atender cortésmente a la señora de su amigo y serle grato en lo que de
él dependiera. Era hombre que tenía que contenerse mucho para no ser
galante y aun atrevido con cualquier mujer en cuya presencia estuviese.
Con Fortunata se había permitido alguna vez tal cual broma; aquel día se
corrió más. Llevándose los dedos a su rebelde cabellera para hacer con
ellos púas de peine, se la atusó, y arqueando el cuerpo, inclinose hacia
la señora para decirle con retintín:
«Muy triste está usted desde ayer... No, no me lo niegue... ¿Pues yo no
veo lo que pasa? Leo en las caras».
--Pues en la mía poco habrá leído usted.
--Más de lo que se piensa... Leo pasajes tiernísimos... estrofas de
despedida... ayes de soledad...
--¡Ay, qué majadero!--¡Oh!, a mí no se me escapa nada. Convengo en que
no hay motivos para que usted esté tan patética... Pero hay otra cosa...
a mí me gusta remontarme a los orígenes, me gusta buscar el por qué, y
francamente, cuando miro ese por qué, no puedo menos que lamentar la
equivocación de que usted viene padeciendo desde tiempos remotos.
Fortunata le miraba sonriendo, pues no creía que debía enojarse.
«Sí, no puedo menos de deplorar--prosiguió el regente inflándose--, que
usted sea tan consecuente con personas que no lo merecen... Habiendo en
el mundo tanto corazón leal, ir a buscar precisamente el más inconstante
y...».
--¿Qué disparates está usted diciendo?
--¡Oh!, no son disparates--replicó el farmacéutico, dando algunos pasos
delante de ella y procurando que dichos pasos fueran todo lo airosos
posible--. Perdóneme usted mi atrevimiento. Yo las gasto así; siempre he
sido Juan Claridades, y cuando una idea quiere salir de mí, le abro la
puerta para que salga, porque si la dejo dentro, estallo... Pues
decía... ¿Se va usted a enfadar?
--No, hombre, ¿qué me voy a enfadar yo? Suéltela, suéltela.
--Pues decía... (Ballester tomaba una actitud que a él le parecía
aristocrática), decía que a quien debiera usted querer es a mí... Ya ve
usted que no me muerdo la lengua.
--¡Ay, qué gracia! Me gusta usted por lo corto de genio.
--Al pan pan y al vino vino. Queriéndome a mí, verá lo que es corazón
amante, consecuente y tropical. Pero le advierto una cosa...
--¿Qué?--Que si se decide a quererme... usted no se decidirá, pero si se
decide, tenga cuidado de no decírmelo de sopetón... porque me moriré de
gusto... Sería como una descarga eléctrica.
--Estese tranquilo... Sí, se lo iré diciendo poco a poco...
preparándole, como cuando se dan malas noticias...
--No tanto, no tanto...--Vaya que es usted malo... Aquí, entre tanta
medicina, ¿no hay nada que le cure la cabeza?
--¡Pues si lo hubiera, amiga mía, si lo hubiera...! Y creen muchos que
la peor cabeza de esta casa es la del pobre Maxi, cuando la mía es una
pajarera. Verdad que dos palabras de quien yo me sé me harían la persona
más cuerda y más feliz de la tierra...
Viendo en esto que entraba Rubín, dio otro giro a su charla. «Aquí le
estaba diciendo a su cara mitad, que le voy a dar unas píldoras...
¡Dios, qué píldoras!».
--¿Para ella?--No hombre, para usted.--¿Y de qué son?--Bueno va; ya
quiere saber de qué son. Carambita, cuando uno discurre algo nuevo, debe
reservarse el secreto. Es un específico.
--Este Segismundo está ido--dijo Fortunata--. Vámonos.
--Yo no tomo píldoras sin saber la composición--indicó Maxi con la mayor
buena fe.
--Estos hombres felices son muy impertinentes. Todo lo quieren
averiguar... ¡Y ahora se va de paseíto con su tórtola! ¡Qué babosos...
_semos_! ¡Luego se queja el nene!... (tirándole de una oreja), se queja
de vicio... el niño mimado de la Providencia... Abur, divertirse.
Salió a despedirles a la puerta de la botica, se puso muy tieso, y
estirándose todo lo posible sobre la base de sus zapatillas, les siguió
con la vista hasta que desaparecieron en lo alto de la calle.
--vi--
Iban pasando los cansados días del verano, que es en Madrid la
estación de las tristezas, porque el sueño y el apetito escasean, la
sociedad disminuye, y los que aquí se quedan parece que comen el pan de
la emigración. En la familia de Rubín nada ocurría de particular, pues
Maxi no empeoraba, aunque todas las mañanas tenía su excitación
correspondiente, más o menos aparatosa; pero mientras no llegase a un
grado de furor como el de la célebre mañanita del arsénico, las dos
mujeres podían llevarlo con paciencia. De noche, las depresiones se
manifestaban levemente, y a veces no se conocían. Ballester había
conseguido, combinando la persuasión con la severidad, apartarle en
absoluto de toda lectura favorable a la concentración del ánimo.
Entre Fortunata y doña Lupe no era todo concordia, como se puede haber
comprendido, pues la señora de Jáuregui, observadora sagaz, había
comprendido que desde principios de Junio su sobrina andaba en malos
pasos. Todas las personas relacionadas con la familia de Rubín sabían la
historia de la mujer de Maxi, y el dramático papel que desempeñaba en
ella el señorito de Santa Cruz. Algunas, quizás, tenían conocimiento de
aquella tercera salida de la aventurera al campo de su loca ilusión;
pero nadie se atrevió a llevar el cuento a _la de los Pavos_. Esta, no
obstante, lo sabía por obra del puro cálculo y de sus facultades
olfatorias. Arrancose una vez a _armar la gorda_ «para que no
crea--pensaba--que me trago sus mentiras y que estoy aquí haciendo el
papamoscas». Pero Fortunata, recordando al instante las lecciones de su
amigo Feijoo, trazó la raya divisoria que este le recomendara, y vino a
decir en sustancia: «de aquí para allá, señora, gobierna usted; de aquí
para acá, están _mis cosas_ y en ellas no tiene usted que meterse».
No se dio por vencida la orgullosa viuda del alabardero, y volvió a la
carga dos o tres veces en esta forma: «Si el pobre Maxi estuviera bueno,
él te arreglara como cumple a todo hombre que se estima; pero no lo
está, y tengo que tomar yo a mi cargo el decoro de la familia. Me he
dicho mil veces: '¿daré el estallido o no daré el estallido?'. En la
situación de ese pobrecito, mi estallido sería su muerte. Por eso me
contengo y me trago todo el veneno. ¿Ves?, mi cabeza se está llenando
de canas desde que veo estas ignominias sin poderlas remediar...».
Fortunata volvió el rostro para ocultar sus lágrimas. Esta escena
ocurría en el gabinete, hallándose las dos cosiendo sus trajes de
verano.
«Después de lo que pasó en Noviembre del año pasado--prosiguió la viuda
con serenidad que espantaba--, después de tu enmienda verdadera o falsa;
después que se te perdonó (y por mi voto no se te habría perdonado);
después que echamos tierra al horrible crimen, me parece que estabas
obligada a portarte de otra manera. No vengas ahora con lagrimitas que
han de parecer de hipocresía. Porque yo digo una cosa. Óyeme
atentamente».
Doña Lupe dejó la costura y se preparó a hablar, como los oradores de
profesión. «Yo me pongo en el caso de una mujer que siente una pasión
antigua, con raigones muy hondos y que no se pueden arrancar. Hay casos,
y verdaderamente, esto es para mirarlo despacio. Pues si tú hubieras
venido a mí y me hubieras dicho: 'Tía, esto me pasa. Me persiguen; yo no
sé si podré defenderme; soy débil; ayúdeme usted...'. ¡Oh!, la cosa
variaba mucho. Porque yo te habría dirigido, yo te habría dado
fortaleza, consuelo... Pero no; se te antoja campar por tus respetos, y
hacer y acontecer, como una mozuela sin juicio... Eso es un disparate:
ahí tienes, ahí tienes el motivo de todas tus desgracias al no contar
para nada con las personas que deben guiarte. Total; que cuando acudas
pidiendo socorro ya será tarde, y esas personas te dirán: 'Entiéndete
ahora, húndete, y cúbrete de vergüenza y date a los demonios'».
Pronunciada esta elocuente filípica, continuó la señora un buen espacio
de tiempo dando resoplidos, y Fortunata no levantaba los ojos de su
costura. Discurría sobre la extrañeza de aquellos conceptos de la viuda,
que parecía dispuesta a ciertos temperamentos indulgentes en caso de que
se la consultara, y de que se la tuviera por dispensadora infalible de
protección y por sancionadora de las acciones. «Esta mujer quiere ser el
Papa--pensaba--, y con tal que la hagan Papa, se aviene a todo. Pero lo
que es por mí...». A Fortunata le repugnaba la moral despótica de doña
Lupe, en la cual entrevía más soberbia que rectitud, o una rectitud
adaptada jesuíticamente a la soberbia. No se conformaba esto con las
ideas absolutas de la joven criminal. Ella quería para sus actos la
absolución completa o la completa condenación. Infierno o Cielo, y nada
más. Tenía _su idea_ y para nada necesitaba de consejos ni de la
protección de nadie. Se las componía sola mucho mejor, y cualquiera que
fuese su cruz, no le hacía falta Cirineo. Sus acciones eran decisivas,
rectilíneas, iba a ellas disparada como proyectil que sale del cañón.
Enterada doña Lupe, en aquellos secreteos que con su amiga Casta tenía,
de que los de Santa Cruz se habían marchado a veranear, tomó pie de esta
circunstancia para endilgarle a su sobrina otro discurso, aunque en tono
menos catilinario que los anteriores.
Era aquella señora esencialmente gubernamental y edificaba siempre sobre
la base sólida de los hechos consumados todos sus planes y raciocinios.
«Mira tú por dónde podríamos llegar a entendernos--le dijo una tarde que
la volvió a coger a mano para el caso--. He sabido que la persona que te
trae dislocada no está ya en Madrid. ¿Qué mejor ocasión quieres para
emprender la reforma de tu estado interior, que está como una casa en
ruinas? Yo estoy dispuesta a ayudarte todo lo que pueda. No debiera
hacerlo; pero tengo caridad y me hago cargo de las flaquezas humanas.
Otra tomaría por la calle de en medio; yo creo que en cosas tan
delicadas se debe proceder con cierto ten con ten. Habrías de empezar
por ponerme en antecedentes, por confiarme hasta los menores detalles,
entiéndelo bien, hasta los menores detalles; por ponerme al tanto de lo
que piensas, de lo que sientes, de las tentaciones que te dan por la
mañana, por la tarde y por la noche; en fin, habías de declarar todos,
toditos los síntomas de esa maldita enfermedad, y darme palabra de hacer
cuanto yo te mandare». Hablaba, pues, la viuda como si tuviera en el
bolsillo las recetas para todos los casos patológicos del alma.
Por cumplir, más que por gusto, Fortunata tuvo la condescendencia de
decir algo, reservando, como es natural lo más delicado. Doña Lupe se
entusiasmó tanto con aquella muestra de sumisión, que hizo gala de sus
facultades profesionales, y terminó así: «Te aseguro que si me obedeces,
te quitaré eso de la cabeza y serás lo que no eres, un modelo de mujeres
casadas. Por de pronto, me comprometo a que no vuelvas a caer, aun en el
caso de que se te tendiera el lazo otra vez. ¡Vaya, con el caballerito!
Es cosa de dar parte a la policía. Tú déjate llevar; pon el pleito en
mis manos, déjame a mí... y verás. ¿Apuestas a que me planto un día en
casa de doña Bárbara y le canto clarito? Tú no sabes quién soy, tú no me
conoces. ¡Y has sido tan tonta que no has querido valerte de mí...! Bien
merecido tienes lo que te pasa. Pues lo que es ahora, que quieras que
no, tomo cartas en el asunto... Has de concluir por adorarme como se
adora a una madre».