Jacinta la miró. Ya el día anterior había despertado su curiosidad

hermosura tan expresiva. Y cuando sus ojos se encontraban con el rayo de

aquellos ojos negros, sentía una impresión no muy grata, al modo de esos

presentimientos inseguros que son, no como el contacto de un objeto,

sino como la sensación del aire que hace el objeto al pasar rápidamente.

«Según ha dicho el médico--indicó la Delfina decidida a pegar la

hebra--, la pobre Mauricia no saldrá de esta».

--No saldrá la pobre--opinó Fortunata algo cortada, porque le asaltaba

la idea de que su lenguaje no sería bastante fino.

--Si sigue así, traeré esta tarde a la niña, para que la vea... De todos

modos, debo traerla ¿no le parece a usted?

--Sí, tráigala. Jacinta sabía que aquella desconocida no era soltera,

porque había ofrecido unos pantalones _de su marido_. Hízole, pues, la

pregunta que ingenuamente se le salía siempre de los labios cuando se

encontraba delante de una casada: «¿Tiene usted niños?».

--No señora--replicó la de Rubín con alguna sequedad.

--Yo tampoco. Pero me gustan tanto los niños, que tengo verdadera manía

por ellos, y los ajenos me parece que deberían ser míos... y, créalo

usted, no tendría escrúpulo de conciencia en robar uno, si pudiera...

--Pues yo también, si pudiera...--declaró Fortunata, que no quería ser

menos que su rival en aquello de la manía materna.

--¿Pero es que se le han muerto a usted, o que no los ha tenido?

--Tuve uno, sí señora... va para cuatro años...

--¿Y en cuatro años no ha tenido usted más que uno? ¿Qué tiempo lleva

usted de matrimonio? Perdone mi indiscreción.

--¿Yo?...--murmuró la otra vacilando--. Cinco años. Yo me casé antes que

usted...

--¡Antes que yo!--Sí, señora... pues decía que tuve un niño y se me

murió, sí señora, y si me viviera, le digo a usted que...

Como advirtiera la dama en los ojos de su interlocutora una lucidez y

movilidad singularísimas, sospechó si aquella mujer padecería

enajenación mental. Su tono y su mirar eran muy extraños, impropios del

lugar y de la sosegada conversación que ambas sostenían. «A esta mujer

hay que dejarla--pensó Jacinta--; me callaré».

Guardaron silencio un rato mirando al suelo. Jacinta no pensaba en nada

importante; Fortunata sí, y por la mente le pasó toda su historia como

envuelta en una nube de fuego. Se le vinieron a la boca palabras duras

para increpar a aquella _mona del Cielo_, que le había quitado lo suyo.

¿Pues no era esto una gran injusticia? Los agravios se le revolvían en

el seno, saliéndole a los labios en esa forma descomedida y grosera de

las hijas del pueblo, cuando se ponen a reñir. «¡La cojo y la...!--decía

para sí clavándose las uñas en sus propios brazos--. ¿Que es un ángel?

Pues que lo sea... ¿Que es una santa? ¿Y a mí qué?...». Pero de los

labios para fuera, nada... «¡Qué cobarde soy! Con una palabra la haré

caer redonda, y me tendrá un miedo tan grande que no le darán ganas de

volverme a hacer preguntitas...».

En esto _la mona del Cielo_, impaciente porque no venía Guillermina,

salió un instante al corredor. Al verse sola, creyó sentirse la otra con

más valor para dar un escándalo... Toda la rudeza, toda la pasión gozosa

de mujer del pueblo, ardiente, sincera, ineducada, hervía en su alma, y

una sugestión increíble la impulsaba a mostrarse tal como realmente era,

sin disimulo hipócrita. «¡Si no volverá!...» se dijo mirando al

corredor, y al decir esto su espíritu volvía sobre sí, penetrándose del

sentido lógico de las cosas... «Ella es una mujer de mérito y yo he sido

una perdida... Pero yo tengo razón, y perdida o no, la justicia está de

mi parte... porque ella sería yo, si estuviera en mi lugar...».

En esto vio que _la mona_ volvía... Verla y cegarse fue todo uno. No

podía darse cuenta de lo que le pasó. Obedecía a un empuje superior a su

voluntad, cuando se lanzó hacia ella con la rapidez y el salto de un

perro de presa. Juntáronse, chocando en mitad del angosto pasillo. La

prójima le clavó sus dedos en los brazos, y Jacinta la miró aterrada,

como quien está delante de una fiera... Entonces vio una sonrisa de

brutal ironía en los labios de la desconocida, y oyó una voz asesina que

le dijo claramente: «Soy Fortunata».

Jacinta se quedó sin habla... después lanzó un ¡ay! agudísimo, como la

persona que recibe la picada de una víbora. En tanto Fortunata movía la

cabeza afirmativamente con insolente dureza, repitiendo: «Soy... soy...

soy la...». Pero tan sofocada estaba, que no articuló las últimas

palabras. La Delfina bajó los ojos, y dando un tirón se soltó. Quiso

decir algo, no pudo. La otra se apartó, echando llamas de sus ojos y

resoplidos de su pecho, y andando hacia atrás siguió diciendo, sin que

las palabras llegaran a articularse: «Te cojo y te revuelco... porque si

yo estuviera donde tú estás, sería...». Aquí recobró el aliento, y pudo

decir: «¡Mejor que tú, mejor que tú...!».

La de Santa Cruz recobró la serenidad, y entrando en la sala, volvió a

ponerse en el sofá. Su actitud revelaba tanta dignidad como inocencia.

Era la agredida, y no sólo podía serenarse más pronto, sino responder a

la ofensa con desdén soberano y aun con el perdón mismo. La otra sintió,

por el contrario, tremendo peso dentro de sí. ¡Ay, su acción

descompuesta y brutal le gravitó en el alma como si la casa se le

hubiera desplomado encima! No tuvo ánimo para entrar también; tembló de

pensar lo que diría Severiana si se enteraba; pues ¿y doña

Guillermina?... Refugiose en el cuarto de la comandanta, donde había

dejado velo y manguito. La cobardía que sintió impulsábala a correr

hacia la calle. Huir, sí, y no volver a poner los pies en aquella casa

ni en parte alguna donde pudiera tener tales encuentros... Salió sin

hacer ruido, deslizándose, y al pasar frente a la puerta, miró y la vio

allá dentro, al extremo del largo pasillo, que parecía un anteojo. La

veía de perfil, la mano en la mejilla, muy pensativa, y Jacinta no la

veía a ella. Bajó y se puso en la calle, acordándose de una de las

principales recomendaciones que le había hecho Feijoo: «No descomponerse

nunca». Pues bien se había descompuesto aquel día... «Pero

verdaderamente--discurrió tratando de serenarse--. Yo ¿qué le he hecho?,

nada... Únicamente decirle quién soy, para que me conozca...».

¡Cosa extraña!, le entraron ganas de esperar para verla salir. Púsose de

centinela en la calle del Bastero, y cinco minutos después vio a la

fundadora entrar en la casa. «Han de subir por la calle de

Toledo--pensó--; desde allí las veré sin que me vean. Siguió a la calle

de Toledo, poniéndose en acecho en la acera de enfrente, junto a la

puerta de una taberna. Al cabo de un cuarto de hora, apareció por la

boca-calle la berlina con las dos damas. «Hablan de mí, y le está

contando cómo pasó el lance... me imita, remedando mi movimiento, cuando

la cogí por los brazos... ¿Qué dirán, Dios mío, qué dirán? Me parece

oírlas... Que soy un trasto y que me debían mandar a presidio».

--vi--

Cuando subía la escalera de su casa, se iniciaba en la conciencia

de la joven una reprobación clara de lo que había hecho. «...Hubiera

sido mucho mejor--pensó deteniendo el paso y tardando un minuto de

escalón a escalón--, decirle aquello de _yo soy Fortunata_, con calma,

reparando bien qué cara ponía ella al oírlo, y luego quedarme tan

fresca, esperando a ver por qué registro salía, o echarle tres o cuatro

chinitas, diciéndole que yo también soy honrada, claro, y que su marido

es un tunante... a ver por dónde la tomaba».

Al entrar en la casa, halló a doña Lupe muy incomodada con Papitos,

sobre cuya inocente cabeza descargaba el mal humor que la noche en vela

le produjo. Cuanto se había hecho en su ausencia le parecía mal,

dejándose decir que ni tan siquiera para una obra de caridad podía salir

de casa, pues en cuanto volvía la espalda, era todo un desbarajuste.

Fortunata comprendió que también quería meterse con ella; mas no

teniendo ganas de reñir, dejaba sin contestación sus refunfuños. «Mira

que es pifia mandar traer esta babilla y esta falda que no sirve ni para

el gato. Tienes la cabeza llena de viento. Nada, en cuanto yo me

descuido, ya no das pie con bola».

Fortunata empezaba a sentirse mal. Tenía escalofríos, dolor de cabeza y

ganas de bostezar a cada momento. Conociole doña Lupe en la cara la

desazón, y le preguntó con gran interés: «¿Tienes ascos, mareos...?».

--No sé lo que tengo; pero me acostaría de buena gana.

Doña Lupe, al irse a la cocina, iba pensando que aquellos síntomas

podrían anunciar tal vez la probable reproducción del tipo de Rubín en

la especie humana; pero bien sabía la otra que no era nada de esto, y

sin más explicaciones echose, bien envuelta en una manta, en el sofá de

su cuarto. Después que se le aplacara el frío, sintió somnolencia, que

la llevó a un delirio tranquilo, reproduciendo en su mente la escena

aquella con varias adiciones de importancia. ¿Eran estas algo que con la

prisa no pudo decir, pero que debió haber dicho, o eran simplemente

desvaríos de su cerebro encendido por la calentura?... «¡Si creerá esta

señora que no hay en el mundo más mujeres honradas que ella!... Que se

le quite a usted eso de la cabeza. ¡Vaya con el modelo!... ¡A buena

parte viene usted...! ¿Sabe usted, niña, que como a mí se me meta en la

cabeza, le doy a usted honradez y virtudes por los hocicos hasta que no

quiera más? Porque eso es cuestión de decir: '¡Ea!'... Sí, y si me atufo

no hay quien me tosa. ¿Pues qué cree usted, que a mí me costaría trabajo

cuidar enfermos y dármelas de muy católica? Pues si a mano viene me

pondré el mejor día a cuidar y limpiar y revolver los enfermos más

podridos, y me vestiré una saya, y recogeré niños que no tengan padres,

que de eso y de mucho más soy yo capaz... ¡Vaya con la _mona del Cielo_!

Ea... no venga acá vendiendo mérito... ¡Y ángel me soy! Pues para que lo

sepa, también yo, si me da la gana de ser ángel, lo seré, y más que

usted, mucho más. Todas tenemos nuestro ángel en el cuerpo...».

Después de esto, tornó a ver con claridad las cosas, y dejando vagar sus

miradas por la habitación solitaria y semioscura, pensaba en lo mismo,

pero apreciando mejor la realidad de las cosas. En aquella meditación,

lo que descollaba, después de vueltas mil, era un vivo deseo de ser no

sólo igual, sino superior a la otra. El cómo era lo difícil. «Porque lo

primero que tengo que hacer es querer a mi marido, y portarme bien para

que se olviden las maldades que he hecho...».

El pensamiento, recorriendo todas las caras del tema, iba de las cosas

más sutiles a las más triviales. «Me tengo que hacer una falda

enteramente igual a la que llevaba ella... lo mismito, con aquel

tableado; y si encontrara tela igual... La verdad es que tiene la mona

un aire de señorío y de... de... ¿de qué?, de majestad, sí... ¡Bah!,

esto es idea, idea nada más de los que la miran, porque con aquello de

que es ángel... A saber si lo es realmente, que las apariencias

engañan...».

Sacola de esta cavilación doña Lupe, que entró con pisadas de gato, y le

dijo que era preciso tomara algo. Negose Fortunata a comer cosa alguna,

y dijo que lo único que apetecía era una naranja para chuparla.

«¿Antojitos ya?» murmuró la tía sonriendo, y mandó a Papitos por la

naranja.

Mientras la chupaba, haciéndole un agujerito y apretándola como aprietan

los chicos la teta, a la señora de Rubín le pasó por el cerebro otra

ráfaga de aquel furor que determinó el acto de la mañana: «Tu marido es

mío y te lo tengo que quitar... Pinturera... santurrona... ya te diré yo

si eres ángel o lo que eres... Tu marido es mío; me lo has robado...

como se puede robar un pañuelo. Dios es testigo, y si no, pregúntale...

Ahora mismo lo sueltas o verás, verás quién soy...».

Quedose dormida, dejando caer al suelo la naranja. Despertó al sentir

sobre su frente la mano de su amante esposo, que había subido a comer, y

enterado de que estaba indispuesta, se asustó mucho, Doña Lupe quiso

hacerle concebir esperanzas de sucesión; pero él, moviendo la cabeza con

expresión escéptica y desconsolada, entró en la alcoba y le palpó la

frente a su mujer.

«Hija de mi vida, ¿qué tienes?».

Al oír esta terneza y al ver delante la figura de Maxi, Fortunata sintió

fuerte sacudida en su interior. Como una neurosis constitutiva de esas

que se manifiestan de repente, cuando menos se las espera, así se

presentó en el alma de la joven, a golpe, y a manera de explosión de

pólvora, la aversión que su marido le había inspirado en otro tiempo. Lo

primero que pensó fue cómo había retoñado tan de repente la infame

planta del odio que ella creía seca y muerta, o al menos moribunda. Le

miraba, y mientras más le miraba, peor... Se volvió del otro lado

respondiendo con sequedad: «Nada».

--¿Sabes lo que dice la tía?... oye...

La opinión de la tía aumentaba la malquerencia de la sobrina y el vivo

deseo de perder de vista a su marido. Cerrando los ojos, invocó a Dios y

a la Virgen, de quien esperaba auxilio para poder curarse de aquella

insana antipatía; pero ni por esas... «Si no le puedo ver; ¡si me iría

al fin del mundo por no verle...! ¡Y yo creí que le iba tomando cariño!

¡Buen cariño nos dé Dios! Ni sé yo en qué estaba pensando Feijoo...

Tonto él, y yo más tonta en hacerle caso».

Maxi, al tomarle el pulso, echó por aquella boca una retahíla de frases

de medicina, concluyendo por decir: «Subiré esta noche un

antiespasmódico, jarabe de azahar con bromuro, y quizás, quizás unas

pildoritas de sulfato de quinina. Hay fiebre, aunque poca. Principio de

un fuerte catarro. Tú te has enfriado en aquella maldita casa de

corredor... o te habrás atufado con algún brasero».

Fortunata pensó que, en efecto, se había atufado, pero no con brasero.

Cediendo a los ruegos de su marido y de doña Lupe, se acostó, y a prima

noche estaba más tranquila, desvelada, sin ningún apetito, oyendo con

desagrado el ruido de los platos y cucharas que del comedor venía a la

hora de cenar. Nicolás hablaba por los codos. «Mejor es que no tomes

nada, si no tienes gana--le dijo Maxi, que entró mascando el postre y

con un higo pasado en la mano--. Por si acaso, no bajaré esta noche a la

botica, y te acompañaré». La peor de las medicinas era esta, pues

gustaba la joven de estar sola, entretenida con sus pensamientos. Hizo

por dormirse; su marido le ató fuertemente un pañuelo a la cabeza, y

después se puso junto a la cama. Después de un breve sueño, vio ella la

escueta figura de Maxi dando paseos en la habitación. Tan pronto miraba

su persona como su sombra corriendo por la pared, larga, angulosa,

doblándose en las esquinas del muro. «¡Ah!... Jacinta, yo te quisiera

ver casada con este... Entonces me reiría, me estaría riendo tres años

seguidos».

Maximiliano se desnudaba para acostarse. Al quitarse el chaleco, salían

de las boca-mangas los hombros, como alones de un ave flaca que no tiene

nada que comer. Luego, los pantalones echaron de sí aquellas piernas

como bastones que se desenfundan. Todas sus coyunturas funcionaban con

trabajo, cual si estuvieran mohosas, y el pelo se le había hecho tan

ralo, que su cabeza ofrecía una de esas calvas sin dignidad que suelen

verse en jóvenes de poca y mala sangre. Al meterse en la cama y estirar

los huesos, exhalaba un _¡ah!_ que no se sabía si era de dolor o de

gusto. Fortunata, fingiendo dormir, se volvió para el otro lado y a

media noche dormía de veras.

A la madrugada abrió los ojos. La alcoba estaba en completa oscuridad.

Oyó la respiración de su marido, áspera a ratos, a ratos silbante y con

diversos flauteados, como si el aire encontrase en aquel pecho

obstrucciones gelatinosas y lengüetas metálicas. Incorporose Fortunata,

cediendo a un movimiento interior cuyo impulso inicial se determinó

cuando estaba dormida. Lo que pensaba entonces era por demás peregrino.

El disparate que se le había ocurrido, porque disparate era y de los

gordos, fue que debía echarse del lecho muy callandito, buscar a tientas

su ropa, vestirse... ir hacia la percha, coger su bata y ponérsela. El

mantón, ¿dónde estaba? No pudo recordarlo; pero lo buscaría, a tientas

también; y una vez hallado, saldría de la alcoba, cogería el llavín que

estaba colgado de un clavo en el recibimiento, y ¡aire!... ¡a la calle!

La idea de la evasión estuvo flameando un rato sobre sus sesos, como una

luz de alcohol, sin que pudiera entender cómo se había encendido

semejante idea. En el bolsillo de la bata tenía medio duro, una peseta,

y algunos cuartos, la vuelta del duro que dio a Papitos para que le

trajera... no recordaba qué. Pues con aquel dinero tenía bastante. ¿Para

qué más? ¿Y a dónde iría? A una casa de huéspedes. No... a casa de D.

Evaristo... No, porque D. Evaristo la reñiría. Esta idea de que la

reñiría su _padrino_ fue el golpe que le aclaró el sentido, porque la

idea de la fuga era un rastro del sueño. «¿Estoy despierta o dormida?»

se preguntaba al reconocer su desatino; y quedose un rato sentada en la

cama, con la mano en la mejilla. El pañuelo se le había desatado de la

cabeza, y deshecho el peinado, sus espesas guedejas le caían sobre los

hombros. «¡Qué marido este!--pensaba, recogiéndose el cabello--, ¡ni

atar un pañuelo sabe!». Después creyó ver ojos, que en aquella profunda

oscuridad la miraban. «Debo de estar soñando todavía. ¿Qué me miras tú?

¿Qué dices? ¿Que estoy guapa? Ya lo creo. Más que tu mujer».

Y se volvió a acostar. Maximiliano, al revolverse, le dio un

encontronazo con un omoplato. «¡Ay!, me ha hecho ver las estrellas» dijo

para sí Fortunata, recogiéndose más en su lado.

«¿Duermes, vidita?» murmuró el otro despertándose, y rechupando luego

como si tuviera una pastilla en la boca.

Pero sin oír la respuesta, se volvió a dormir.

--vii--

Al día siguiente Fortunata se sentía mejor; pero aún estaba en la

cama cuando su marido, después de dar una vuelta por la botica, subió a

verla. «¿Qué tal?--le dijo inclinándose sobre ella y besándola en

frente--. Te puedes levantar.

El día está bueno. ¡Ay!, yo tengo menos salud que tú, y no me quejo

tanto. Siento tal debilidad que a veces me cuesta trabajo mover un dedo.

Todos los huesos me duelen, y la cabeza la siento a ratos como si

estuviera vacía, sin sesos... Pero no me duele, y esto es mala señal,

porque las jaquecas son un puntal de la vida. Yo no sé lo que me pasa. A

ratos me distraigo, me entra como un olvido, me quedo lelo sin saber

dónde estoy ni lo que hago... Pues digo, ¿y cuándo pierdo la memoria y

se me va de ella lo que más sé?... Tú estarás buena mañana; pero yo no

sé a dónde voy a parar con estas cosas. Dice Ballester que tome mucho

hierro, pero mucho hierro, y que esto es falta de glóbulos en la sangre,

y así debe de ser... Esta máquina mía nunca ha sido muy famosa, y ahora

está que no vale dos cuartos...».

Fortunata le miraba y sentía una lástima profunda. Quizás esta lástima

refrescaba el cariño fraternal que había empezado a marchitarse. Pero no

estaba muy segura de esto, y cuando le vio salir, pensaba que si aquella

planta raquítica del cariño se agostaba, debía hacer ella esfuerzos

colosales por impedirlo.

Poco después, hallándose en el gabinete sentada junto al balcón, por

donde entraba el sol, sintió en los pasillos ruidos de voces que al

pronto no se podía saber si eran de gozo o de ira. Pero ni tuvo tiempo

de asustarse porque vio entrar a Nicolás haciendo aspavientos de júbilo,

el rostro encendido, los ojos chispos, y llegándose a su cuñada le dio

un fuerte abrazo:

«Denme todos la enhorabuena... Ya... al fin... No ha sido favor, sino

justicia. Pero estoy muy agradecido a las personas que...».

--¡Gracias a Dios! Ya tenemos a Periquito hecho fraile--dijo doña Lupe,

que después de haber recibido el estrujón en el pasillo, entraba tras

él, radiante de dicha, porque se le quitaba de encima aquella fiera

boca--. ¿Y de dónde?

--De Orihuela, tía--replicó el clérigo frotándose las manos--. Mala

catedral; pero ya veremos si sale una permuta.

--Canónigo te vean mis ojos, que Papa como tenerlo en la mano.

--¡Cuánto me alegro!--dijo Fortunata por decir algo, y miró a la calle

al través de los cristales, temiendo que le leyeran en la cara los

pensamientos que la canonjía de su cuñado le sugería.

«¡Lo que es el mundo!--pensaba--. Razón tenía D. Evaristo. Hay dos

sociedades, la que se ve y la que está escondida. Si no hubiera sido por

mi maldad, ¡cuándo habría sido canónigo este tonto de capirote,

ordinario y hediondo! ¡Y él tan satisfecho!».

--Me voy mañana mismo a que me den la colación... Pero antes convido a

todo el mundo. Juan Pablo no lo sabe todavía. ¡Que rabie!...

Ayer me apostaba que no me la darían. Ese Villalonga es una gran

persona, y Feijoo lo que se llama un caballero, y el Ministro también...

¿Sabéis quién me dio la noticia? Pues Leopoldo Montes, que está ahora en

Gracia y Justicia. Corrí allá, y cuando el jefe del personal de

catedrales me dijo que eran ciertos los toros, creí que me daba un

desmayo. La credencial estaba allí, y no me la habían mandado por no

saber mis señas... Lo repito, convido a todo Cristo... a lo que

quieran... y convido a las de Torquemada, a Ballester... a doña Casta y

sus simpáticas hijas...

--Para, hijo, para--dijo doña Lupe amoscándose--, que para esas

convidadas no te va a bastar el sueldo de un año; y si piensas que yo

cargo con el mochuelo de los gastos, te equivocas...

Nicolás se calmó luego, tomando el tono que cuadra a un sacerdote y con

el cual sabía él muy bien rectificar la descompostura que le producían

la ira o el contento. «Nada, yo estoy satisfecho, y aunque creo que me

lo merezco por mis estudios y por los servicios que he prestado en el

confesonario, no he de tener orgullo; y desde ahora lo digo, me he de

llevar bien con mis compañeros de cabildo... esta es la cosa. A mí me

gusta la paz y concordia entre príncipes cristianos. Una vida

descansada, mi misita por las mañanas con la fresca, mi corito mañana y

tarde, mi altar mayor cuando me toque, mi paseíto por las tardes, y

vengan penas».

Cuando estaban almorzando, Fortunata no podía alejar de sí este

comentario: «Si fue un bien que me adecentaras, estúpido, ya te lo he

pagado y no te debo nada».

«Yo tengo que ir al Monte--le dijo más tarde doña Lupe--, que hoy

empiezan las subastas. Ten cuidado con Papitos, que estos días anda muy

salida. Tú la echas a perder con tus benevolencias. Date una vuelta por

la cocina y no le quites ojo. Hazle que ponga el bacalao de remojo o

ponlo tú. Y que cuando yo venga esté lavada toda la ropa».

Quedose sola Fortunata con la chiquilla; pero no pudo vigilarla, porque

toda la tarde estuvieron entrando visitas. Primero fue doña Casta

Moreno, viuda de Samaniego, con sus hijas, dos jóvenes muy bien educadas

o que se lo creían ellas. La mamá pertenecía a la familia de los

Morenos, que en el primer tercio del siglo se dividieron en dos grandes

ramas, los _Morenos ricos_ y los _Morenos pobres_; pero habiendo nacido

en la primera de estas ramas, vino a parar a la segunda. Casó con

Samaniego, hombre de bien y muy entendido en Farmacia, pero que no supo

hacerse rico. Por los Trujillos, tenía doña Casta parentesco remoto con

Barbarita; pero habiendo sido muy amigas en la niñez, apenas se trataban

ya, porque la fortuna y las vicisitudes de la vida las habían alejado

considerablemente una de otra. Sus relaciones eran intermitentes. A

veces se veían y se saludaban; a veces no. Les pasaba lo que a muchas

personas que se han tratado en la infancia y que después están años y

más años sin verse. Resulta que cuando se encuentran dudan si hablarse o

no, y al fin no se hablan, porque ninguna se decide a ser la primera.

Más cercano y claro era el parentesco de Casta con Moreno-Isla, el

cual, a pesar de ser _Moreno rico_, mantenía cierta comunicación de

familia con aquella _Moreno pobre_, visitándola alguna vez. Se tuteaban

por resabio de la niñez; pero sus relaciones eran frías, lo

absolutamente preciso para salvar el principio del linaje. La rama de

los Moreno-Isla establecía además un enlace remoto entre doña Casta y

Guillermina Pacheco; pero este parentesco era ya de los que no coge un

galgo. Guillermina y la viuda de Samaniego no se habían tratado nunca.

Jactábase doña Casta de haber educado muy bien a sus dos hijas. La

mayor, Aurora, guapetona, viuda de un francés, era mujer de mucha

disposición para el trabajo. Había vivido algún tiempo en Francia,

dirigiendo un gran establecimiento de ropa blanca, y tenía hábitos

independientes y mucho tino mercantil. La segunda, Olimpia, había estado

asistiendo al Conservatorio siete años seguidos, y obtenido muchos

premios de piano. Su mamá quería que fuese profesora consumada, y para

demostrarlo en los exámenes y obtener buena nota, la hacía estudiar una

pieza, con la cual mortificaba a la vecindad día y noche, durante meses

y aun años. Contaba esta niña la serie de sus novios por los dedos de

las manos; pero lo que es a casarse no habían tocado todavía.

Fortunata simpatizaba mucho con Aurora y muy poco con la mamá y con

Olimpia. Temía que se burlasen de ella, por su falta de educación, y que

la estimaran en poco, sabedoras de su pasado. Reconociendo que le eran

las tres muy superiores por la crianza y el acertado empleo de palabras

finas, a veces quedábase a oscuras de lo que hablaban, y sólo asentía

con movimientos de cabeza. Siempre era de la opinión de ellas, pues

aunque pensara de distinta manera, no se atrevía a expresar su

disentimiento. Aquella tarde, por causa de su situación de espíritu,

estaba la de Rubín más cohibida que nunca y deseando que se marchasen.

Pero desgraciadamente nunca estuvo doña Casta más habladora. Sentía

mucho no encontrar a Lupe, pues deseaba comunicarle noticias de la mayor

trascendencia. Aurora iba a ponerse al frente de un establecimiento de

ropa blanca, montado a estilo de los mejores que hay en París y Londres.

¿Qué tal?

Esforzábase la mujer de Maxi en disimular el aburrimiento que esto le

causaba, y a la hipérbole de doña Casta respondía con exclamaciones de

pasmo y asentimiento. «Mi hija--añadió la viuda de Samaniego--, estará

encargada de la dirección de los _trousseaux_, canastillas de bautizo y

demás género elegante, y tendrá sueldo y participación en los

beneficios. El dueño de este gran establecimiento, que tanto ha de

llamar la atención, es Pepe Samaniego, a quien ha facilitado el dinero

para montarlo mi _primo_ D. Manuel Moreno-Isla, el hombre más bueno y

más generoso del mundo, y con un capital... ¡qué capital! Y vea usted,

es soltero... y se pasa la vida en Londres aburriéndose... Lo que yo

digo; podría haber hecho feliz a una joven, de las muchas que hay en la

familia... Siempre que viene a verme, le largo un _espich_ como él dice,

él se ríe, se ríe...».

--¡Pero qué me importarán a mí todas estas cosas!--pensaba Fortunata,

que ya no podía sostener más tiempo el papel, ni sabía de dónde sacar

los monosílabos y las sonrisas.

Por fin quiso Dios misericordioso que _las Samaniegas_ se marcharan;

pero no habían pasado diez minutos cuando entró D. Evaristo, con su

criado, que le sostenía por el brazo derecho, y Fortunata le condujo

hasta la sala en una de cuyas butacas se sentó el anciano pesadamente.

«¿Doña Lupe...?».

--No hay nadie--dijo ella, lo que significaba: estoy sola, puede usted

hablar con libertad.

--¡Ah!, sola... ¿y qué tal...? Me dijeron que estabas... que estaba

usted algo mala...

Después de decirle que su enfermedad no había sido nada, la chulita se

sentó junto a él, haciendo propósito de contarle la verdadera dolencia

que sufría, que era puramente moral, y con los más graves caracteres.

Pensaba preguntar a su sabio amigo y maestro, por qué todo aquel

desorden se había manifestado a consecuencia de las breves palabras que

cruzó con Jacinta. ¿Qué relación tenía aquella mujer con su conducta y

con sus sentimientos? Sobre esto le diría algo sustancioso aquel sagaz

conocedor del corazón humano y del mundo, porque ella se devanaba los

sesos y no podía dar con la razón de que _la mona_ le trastornase su

espíritu. Si era ángel, ¿por qué la hacía mala? ¿Por qué era con ella lo

que es el demonio con las criaturas, que las tienta y les inspira el

mal? Luego no era ángel. Otro punto oscuro quería consultarle, y era que

sentía deseos vivísimos de parecerse a aquella mujer, y ser, si no

mejor, lo mismo que ella. Luego Jacinta no era demonio.

Lo difícil era explicar esto de modo que el amigo Feijoo lo entendiese,

porque ya se sabe que no se daba buena mano para encontrar las palabras

que en el lenguaje corriente expresan las cosas espirituales y

enrevesadas.

--viii--

Lo peor del caso fue que aún no había empezado la consulta

cuando entró doña Lupe, quien invitó al Sr. de Feijoo a tomar chocolate.

No se hizo de rogar el buen caballero, y la misma viuda de Jáuregui se

lo sirvió. Mientras lo tomaba, hablaron de las visitas que tía y sobrina

hacían a la calle de Mira el Río. «Yo--declaraba doña Lupe--, reconozco

que no tengo valor ni estómago para practicar la caridad en ese grado.

Admiro mucho a _la amiga_ Guillermina; pero no la puedo imitar». Feijoo

expuso sobre aquel tema de la filantropía algunas consideraciones muy

sesudas, y despidiose, dando a cada una de las señoras un fuerte apretón

de manos.

Aquella noche notó Fortunata en su marido algo que la puso en cuidado.

Durante la comida no había dicho una palabra; tenía el color arrebatado,

estaba muy inquieto, dando a cada instante suspiros hondísimos. Cuando

subió a acostarse no tenía ya el rostro encendido, sino de color de

cola. «¿Tienes jaqueca?» le preguntó su mujer, viéndole desplomarse en

una silla y apoyar la cabeza en las manos. Contestó Maxi que no, que la

cabeza no le dolía nada, y que lo que le aterraba era sentir el cráneo

vacío, _desalquilado_, como una casa _con papeles_.

«Hace poco--dijo con desaliento amargo--, perdí la memoria de tal

modo... que... no sabía cómo te llamas tú. Venía subiendo la escalera, y

me entró tal rabia, que me pregunté a gritos: '¿Pero cómo se llama, cómo

se llama?...'. Me acordé al entrar en la casa. Hoy estaba haciendo una

medicina para un enfermo de los ojos, y en vez del sulfato de _atropina_

puse el de _eserina_, que es la indicación contraria. Si no lo advierte

Ballester... ¡qué atrocidad!, dejo ciego al enfermo... No puedo

trabajar. Esta cabeza se me ha trastornado. Figúrate que a ratos...».

Diciendo esto la miraba de hito en hito, y Fortunata no sabía disimular

bien el terror que aquellos ojos le causaban.

«Figúrate que a ratos me siento tan estúpido, pero tan estúpido, que

creo tener por cabeza un pedazo de granito. No salta aquí una idea

aunque me dé con un martillo. Y otros ratos parece que me vuelvo el

hombre de más seso del mundo, ¡y se me ocurren unas cosas...! De tan

sublimes que son no las puedo expresar; me tiembla la lengua, me la

muerdo y escupo sangre... Después me quedo como el que sale de un

desmayo».

--Acuéstate y descansa--le propuso su mujer compadecida y asustada--.

Eso no es más que cansancio de tanto discurrir.

Maximiliano empezó a desnudarse, deteniéndose a cada momento.

«En cuanto muevo un brazo--decía con terror--, me aumentan de tal modo

las palpitaciones que no puedo respirar. Ballester dice que es nervioso,

una hiperquinesia del corazón, producida por la dispepsia... gases...

Pero yo digo que no, que no, que esto es más grave. Es la aorta... Yo

tengo una aneurisma, y el mejor día, plaf... revienta...».

--No seas aprensivo... Si no leyeras librotes de Medicina no se te

ocurrirían esos disparates--opinó ella sacándole los pantalones.

Quedose con las piernas tiesas, en calzoncillos, esperando a que su

mujer le quitara también las botas. «Dios te lo pague, hija de mi vida.

Ayúdame, que bien lo necesita tu pobre marido. Estoy lucido, como hay

Dios».

Fortunata le cogió gallardamente en brazos y le metió en la cama. Aún

podía ella más. Ambos se reían; pero después de la risa, Maximiliano dio

un suspiro, diciendo con la tristeza mayor del mundo:

«¡Qué fuerza tienes!... ¡Y yo qué débil! ¡Y a este llaman sexo fuerte!

¡Valiente sexo el mío!».

«Duérmete y no pienses en tonterías» indicó ella que, movida de piedad,

creyó oportuno y caritativo hacerle algunas caricias.

--Si no fuera por ti--dijo él, como un niño mimoso--, no se me

importaría que la vida se me acabara... El mundo no vale nada sino por

el amor. Es lo único efectivo y real; lo demás es figurado.

Acostose también ella, y estuvo dándole conversación hasta que le entró

sueño. ¡Pobre chico! La lástima que Fortunata sentía, apagaba en su

espíritu la aversión, o al menos la escondía, como en un repliegue, no

permitiéndole manifestarse. Y la compasión hacía que brotaran en su

voluntad aquellos deseos de virtud sublime que a ratos surgían como flor

de un minuto, criada por la emulación. La emulación o la manía imitativa

eran lo que determinaba la idea de que si su marido se ponía muy malo,

muy malo, ella sería la maravilla del mundo por el esmero en asistirle y

cuidarle. Mas para que el triunfo fuese completo era menester que a Maxi

le entrase una enfermedad asquerosa, repugnante y pestífera, de esas que

ahuyentan hasta a los más allegados. Ella, entonces, daría pruebas de

ser tan ángel como otra cualquiera, y tendría alma, paciencia, valor y

estómago para todo. «Y entonces vería _esa_ si aquí hay perfecciones o

no hay perfecciones, y que cada una es cada una... Lo malo sería que no

lo viese, porque acá no ha de venir...».

Maximiliano la distrajo de esta meditación, dando quejidos profundos. Ya

conocía aquello su mujer y sabía el remedio, que era volverlo suavemente

del otro lado...

«¡Qué sueño!--murmuró Maxi medio despierto--. Soñaba que te habías

marchado... y yo te había cogido de un pie, y tú tirabas, y yo tiraba

más, y tirando se me rompía la bolsa del aneurisma, y todo el cuarto se

llenaba de sangre, todo el cuarto, hasta el techo...».

Le arrulló para que se durmiera, y ella se durmió también. Levantose

temprano porque tenía que trabajar. Después de las nueve, cuando entró

en la alcoba a ver si a su marido se le ofrecía alguna cosa, este se

estaba vistiendo, y en una disposición de ánimo muy distinta de la que

tuviera la noche anterior. No sólo parecía recobrado de su debilidad,

sino que estaba inquieto, ágil y como si acabara de tomar un excitante

muy enérgico. En cuanto entró su mujer, se fue derecho a ella,

abotonándose el cuello de la camisa, y en tono de acritud le dijo:

«Oye... estaba deseando que vinieras para decirte que esas visitas del

señor de Feijoo me cargan. Anoche te lo iba a decir y se me olvidó... Ya

lo sabes... Sé que ayer tarde estuvo aquí otra vez y le dieron chocolate

con mojicón. Me lo contó mi hermano Juan, que pasaba por la calle cuando

él salía, y hablaron».

Fortunata estaba pasmada de aquel exabrupto, y más aún del tono. Por las

mañanas, solía estar Maximiliano algo regañón y displicente; pero nunca

como aquel día. Volviéndose hacia el espejo para ponerse la corbata,

prosiguió diciendo: «Es que parece que hacen las cosas a propósito para

molestarme, para que rabie... Y no eres tú sola... mi tía también. Se

han propuesto sin duda hacerme perder la salud».

En el espejo pudo ver Fortunata la cara pálida y contraída de Maxi, cuya

susceptibilidad nerviosa se manifestaba en un movimiento vibratorio de

cabeza, la cual parecía querer arrancarse por sí misma del tronco.

Disculpose ella como pudo; pero él, en vez de calmarse, siguió

quejándose de que le mortificaban adrede, de que se proponían acabar con

él. La esposa callaba, sospechando que su marido no tenía la cabeza

buena, y que sería peor llevarle la contraria. Desde entonces pudo

observar que por las mañanas se repetía en Maxi la misma excitación, y

la terquedad de que todas las personas de la familia se confabulaban

contra él para atormentarle. Unas veces tomaba pie de alguna falta

advertida en la ropa, botón caído, ojal roto, o cosa semejante. Otras,

era que le ponían un chocolate muy malo para que reventara... ¡como que

le quedan envenenar...!, o bien que dejaban los balcones y las puertas

abiertas para que entrase un aire colado y le partiese. Estas manías

iban de mal en peor, poniendo a doña Lupe de un humor acerbísimo y

haciéndole presagiar alguna desgracia. Llegó día en que Maxi se

expresaba con una violencia muy opuesta a su carácter pacífico, y cuando

no le contradecían, se contestaba él, echando leña por sí propio en la

hoguera de su ira; y por fin se iba refunfuñando, cerraba con golpe

formidable la puerta, y bajaba la escalera de cuatro en cuatro peldaños.

Por las noches el lobo se trocaba en cordero. Creeríase que la fuerte

inervación de la mañana se iba gastando con los actos y movimientos de

la persona en el curso del día, y que esta llegaba a la noche en el

estado contrario, exhausta como el que ha trabajado mucho. Ya Fortunata

se había acostumbrado a este tira y afloja, y ninguna de las

extravagancias de su marido la cogía por sorpresa. Por las mañanas lo

mejor era no hacerle caso, aparentando sumisión a sus exigencias; por

las noches no había más remedio que halagarle y mimarle un poco; que

otra cosa habría sido cruel.

Diferentes veces, en las intimidades con su cara mitad, Maximiliano

había expresado esas tristezas tan comunes en los matrimonios que no

tienen hijos. Fortunata no gustaba de este tópico; pero no tenía más

remedio que aceptarlo. Una noche lo acogió con verdadero entusiasmo,

porque llevaba a él una felicísima idea que aquel día había tenido.

«Mira tú--dijo a su esposo--; si Dios no quiere darnos una criatura, él

se sabrá por qué lo hace. Pero podemos adoptar uno, buscar un huerfanito

y traérnosle a casa. A mí me gustaría mucho, y a los dos nos

distraería. ¿Por qué no he de hacer yo, aunque soy pobre, lo que hacen

las señoras ricas, que no tienen hijos? Es muy soso un matrimonio sin

chiquitín».

A Maximiliano le pareció bien la idea; pero doña Lupe, aunque no la

contradijo abiertamente, no pareció entusiasmarse con ella. Los

chiquillos ensucian la casa, todo lo revuelven y enredan, y dan enormes

disgustos con sus enfermedades y travesuras. Aunque expuso estas ideas

con mucha discreción, Fortunata se entristeció, porque se le había

metido en la cabeza desde la noche antes aquel tema de recoger un niño

huérfano, y encariñada con ella, le costaba mucho trabajo desecharla.

¡Manía de imitación!

--ix--

Doña Lupe la invitó, dos días después de la tarde del choque con

Jacinta, a volver a visitar a Mauricia. ¡Qué diría doña Guillermina si

no volvían! Negose Fortunata no sé con qué pretexto, a ir allá, y fue

sola doña Lupe. Era el día de San Isidro y no había ventas en el Monte

de Piedad. A eso de las diez regresó muy afectada, y entrando en el

gabinete donde su sobrina estaba cosiendo, le dijo: «Hija, rézale un

Padre nuestro a la pobre Mauricia».

--¡Se ha muerto!--exclamó Fortunata sintiendo una fuerte sacudida en su

alma.

--Sí, a las diez y media. Parecía que estaba esperando a que llegara yo

para morirse... ¡pobrecilla! Vengo horrorizada. Si yo lo sé, no parezco

por allá. Estos cuadros no son para mí. Cuando llegué estaba en su sano

juicio. ¡Preguntome por ti con un interés...! Dijo que te quería más que

a nadie, y que en cuantito que entrara en el Cielo, le iba a pedir al

Señor que te hiciera feliz. Yo, francamente, al oír esto, vi que estaba

fatal, y Severiana me dijo que anoche creyeron por dos o tres veces que

se les quedaba en las manos. Le dieron congojas tan fuertes, que se le

acababa la respiración... Noté también que su voz parecía salir del

hueco de un cántaro muy hondo, y sonaba como lejos... La cara la tenía

muy arrebatada, y los ojos hundidos, pero muy brillantes. Guillermina

estaba sentada a su cabecera, y a cada rato le daba abrazos y besos,

diciéndole que pensara en Dios, que padeció tanto por salvarnos a

nosotros... De repente, se descompuso, hija; ¡pero de qué manera...! se

quedó amoratada, empezó a dar manotazos y a echar por aquella boca unas

flores, ¡unas berzas...! Era un horror. En esto llegó el Padre Nones, a

quien Guillermina había mandado llamar para que la auxiliase; pero todo

inútil. Ni la pobre enferma podía oír lo que le decían, ni estaba su

cabeza para cosas de religión. La santa tuvo una idea feliz. Le dio a

beber una copa de Jerez, llena hasta los bordes. Mauricia apretaba los

dientes; pero al fin, debió darle en la nariz el olorcillo, porque

abriendo la bocaza, se lo atizó de un trago. ¡Cómo se relamía la

infeliz! Se calmó y ¡pum!, la cabeza en la almohada. Entonces

Guillermina, poniéndole una cruz entre las manos, le preguntaba si creía

en Dios, si se encomendaba a Dios y a la Santísima Virgen, y a tales y

cuales santos del Cielo, y contestaba ella que sí moviendo la cabeza...

El Padre Nones estaba de rodillas, reza que te reza. Encendieron una

vela, y te aseguro que el tufillo de la cera, los rezos y aquel

espectáculo me levantaron el estómago y me han puesto los nervios como

cuerdas de guitarra. Yo no quería mirar; pero la curiosidad... eso es lo

que tiene... me hacía mirar. Los ojos de Mauricia se le habían hundido

hasta ponérsele en la nunca, y la nariz, aquella nariz tan bonita, se le

afiló como un cuchillo. Guillermina, alzando la voz, decíale que se

abrazara a la cruz, que Dios la perdonaba, que ella la envidiaba por

irse derechita a la gloria, y otras muchas cosas que la hacían a una

llorar. La cabeza de Mauricia se iba quedando quieta, quieta... Luego la

vimos mover los labios, y sacar la punta de la lengua como si quisiera

relamerse... Dejó oír una voz que parecía venir, por un tubo, del sótano

de la casa. A mí me pareció que dijo: _más, más_... Otras personas

que allí había aseguran que dijo: _ya_. Como quien dice: «Ya veo

la gloria y los ángeles». Bobería; no dijo sino _más_... a saber,

_más Jerez_. Guillermina y Severiana le acercaron un espejo a la

cara y lo tuvieron un ratito... Después todos empezaron a hablar en

alta voz. Ya estaba Mauricia en el otro mundo; se había quedado de un

color violado tirando a azul. A los diez minutos su fisonomía estaba

tan variada, que si la ves no la conoces.

«Pero Guillermina... ¡Qué mujer esa!--prosiguió la de Jáuregui, después

de una triste pausa, poniendo los ojos en blanco--. ¿Creerás que la

amortajó con sus propias manos? No haría más si fuera su hija. Ella la

lavó... ella la vistió... ella le puso el hábito... y tan tranquila. Yo

habría querido ayudar; pero, francamente, no sirvo para esas cosas. Me

parecía natural el ofrecerme. Bien sabía yo que la santa no había de

ceder a nadie el llevar la batuta en aquella operación: lo ha tomado por

oficio. Pero me ofrecí, me ofrecí. Hay que estar en todo y quedar

siempre en buen lugar. Y créete que lo poco que hice tiene mérito,

porque en mí es un sacrificio cualquier niñería de este género, mientras

que en esa señora no lo es, por estar muy acostumbrada a revolverse

entre enfermos y difuntos, como las hermanas de la caridad. Habías de

verla. Y siempre con su carita tan sonrosada, y aquel pasito ligero y

vivaracho. Cuando concluyó, echamos las dos un largo párrafo en la

salita; hablamos de Mauricia, de la mucha miseria que hay en este

Madrid, y de que gracias a las buenas almas 'como usted' me dijo, se

remediaban muchos males. «¿Y la sobrinita, no ha venido?--me preguntó--.

El otro día me prometió unos pantalones de su marido».

--¡Ah!, sí--recordó Fortunata--. No crea usted que lo he olvidado. Ya

los aparté. Son para un hombre que toca la corneta, el trombón o qué sé

yo qué. Se los mandaremos a Severiana.

--Yo me encargo de eso--replicó doña Lupe, dando a entender que pensaba

volver allá.

--No, los llevaré yo, bien envueltitos en un pañuelo--dijo la sobrina, a

quien de súbito entraron ganas de ir a la casa mortuoria--. Llevaremos

cada una nuestro duro, por si piden para el entierro.

--Eso no está mal pensado. Pero a quien hay que darlos es a Guillermina

que es la que sabe agradecer. ¡Ah! Se me olvidaba decirte otra cosa. Me

invitó a ir a visitar su asilo, mejor dicho, nos invitó a las dos.

Iremos. Ese día estrenaré mi abrigo nuevo y tú la falda que te piensas

hacer. Habrá que echarle algo en el cepillo; pero no importa. Otros

petitorios me enfadan a mí; que a los cepillos no les temo.

Papitos entró, y su ama le dijo que hiciera una taza de té, porque tenía

el estómago revuelto. La señora no se había quitado el manto ni los

guantes; pero cuando se aligeraba, charlando, de la carga que en su

espíritu tenía, pensó en mudarse de ropa. En la mano traía un lío. Eran

varias cosillas que de paso compró para engolosinar a Maxi. Ballester

había recomendado que se le diera carne cruda; pero como él se negaba a

comerla, doña Lupe discurrió el darle menudillos, corazones de aves, y

suprimir para él el cocido y los feculentos. Para postre le trajo

_bruños_ de Portugal.

A nada de esto atendía Fortunata, por tener el pensamiento enteramente

ocupado con aquella idea de visitar el asilo de doña Guillermina. De

allí sacaría el huerfanito que quería prohijar. Pues digo... si estaba

todavía en el establecimiento aquel mismo nene que su tío Pepe Izquierdo

quiso venderle a Jacinta, ¡qué ocasión, Cristo!, ¡qué golpe! Que vieran,

sí, que vieran cómo también ella...

Pero pronto había de ocurrir algo que desconcertó por completo el plan

de adoptar un huerfanito. Al día siguiente, resistiendo al empeño de

Maxi que quería llevarlas a San Isidro, fueron, como estaba concertado,

a la calle de Mira el Río. Temía Fortunata aquella visita por diferentes

motivos, no siendo el menor la pena que le causaría, ver los restos de

Mauricia. Temerosa y sobresaltada, quedose en la salita, donde estaba

doña Fuensanta con un pañuelo negro por los hombros. Severiana entraba y

salía. Sus ojos revelaban que había llorado, y también tenía un mantón

negro por los hombros. Por un resquicio de la puerta que comunicaba la

sala primera con la cámara mortuoria, vio Fortunata los pies de la Dura

en el ataúd, y no tuvo ánimo para acercarse a ver más. Dábale pena y

terror, y no podía olvidar las últimas palabras que le dijo su infeliz

amiga: «Lo primerito que le he de pedir al Señor es que te mueras tú

también, y estaremos juntas en el Cielo». Aunque se tenía por

desgraciada, la de Rubín se agarraba con el pensamiento a la vida. Lo

que dijo Mauricia era un disparate. Cada uno se muere cuando le toca, y

nada más. Doña Lupe, que pasó a ver a la difunta, se afectó tanto, que

no pudo permanecer allí. «Hija mía--dijo a su sobrina secreteándose--,

yo no puedo ver estas cosas fúnebres. Creo que me va a dar algo. La

muerte me aterra, y no es que yo sea aprensiva. No me causa espanto

ninguna enfermedad, como no sea el mal de miserere. Es lo que temo... En

fin, que yo me voy de aquí al Monte. Necesito que me dé el aire. Quédate

tú por el buen parecer; ahí dentro está la santa. Toma mi duro, por si

hay la consabida suscricioncita. En cuanto se lleven el cuerpo te vas a

casa. Abur».

Cuando se fue la de Jáuregui, dejando sola a su sobrina, esta mudó de

sitio por no ver los pies de Mauricia, calzados con bonitas botas de

caña clara; pies preciosísimos que no darían ya un solo paso, Doña

Fuensanta salió y le dijo algunas palabras. Un ratito después, abriose

la puerta de la estancia mortuoria, y Fortunata tuvo un estremecimiento

nervioso, creyendo al pronto que era la propia Mauricia que aparecía...

Pero no, era Guillermina. Desde que dio esta el primer paso en la sala,

fijáronse sus ojos en la joven, quien otra vez tuvo miedo. La santa iba

derecha a ella, mirándola como no la había mirado nunca.

Tocándole suavemente un brazo, le dijo: «Tengo que hablar con usted».

«¡Conmigo!...».--Sí, con usted--y al decir esto le volvió a tocar. La

impresión de este contacto corríale por el brazo arriba hasta llegar al

corazón.

«Dos palabritas--añadió la santa; y luego se corrigió así--: Algunas más

serán».

Advertía Fortunata en aquella cara cierta severidad: iba a decir algo;

pero la otra no le dio tiempo, y tomándole el brazo, como se toma el de

los hombres, le dijo:

«Venga usted por aquí. ¿Tiene prisa?».

--No señora...--Yo no me había marchado por esperar a ver si usted

venía. Anoche también la esperé a usted, y no quiso venir.

Condújola a la casa próxima, donde doña Fuensanta vivía, y entraron en

una salita bastante desordenada, en la cual había más baúles que sillas,

y dos cómodas. Guillermina cerró la puerta, e invitando a Fortunata a

ocupar una silla, sentose ella en un cofre.

--x--

Fortunata no sabía qué decir, ni qué cara poner, ni para dónde

mirar; tanto la asustaba y sobrecogía la presencia de la respetable dama

y la presunción del grave negocio que en aquella conferencia se iba a

tratar. Guillermina, que no gustaba de perder el tiempo, abordó al

instante la cuestión de esta manera: «Yo tengo una amiga a quien quiero

mucho... la quiero tanto que daría mi vida por ella; y esta amiga tiene

un marido que... En una palabra, mi amiga ha padecido horriblemente con

ciertas... tonterías de su esposo... el cual es una excelente persona

también... entendámonos, y yo le quiero mucho... Pero en fin, los

hombres...».

La señora de Rubín miraba los trastos que obstruían el cuarto. Sin duda

buscaba algún mueble debajo del cual se pudiera meter.

«Vamos al caso--prosiguió la otra, dando un castañetazo con los

labios--. Yo soy muy clara en todas mis cosas; no me gustan comedias. Me

he comprometido a hablar con usted.

Primero se convino en acudir a la señora de Jáuregui; pero luego creí

mejor embestirla a usted directamente, y apelar a su conciencia, porque

me parecía a mí que llamando a esa puerta, alguien me respondería desde

dentro. Yo no creo que haya nadie malo, malo de todas veras. ¡Me he

llevado tantos chascos!... tantas veces me ha pasado ver que una persona

con fama de perversa salía de buenas a primeras con un acto de los más

cristianos, que ya no me sorprendo de ver saltar el bien en donde menos

se piensa. Que usted ha tenido sus extravíos, todo el mundo lo sabe.

¿Para qué hemos de decir otra cosa?».

--¡Claro!...--murmuró Fortunata sin enterarse del verdadero sentido de

las palabras.

--Yo no tenía el gusto de conocer a usted... Le confieso que me quedé

pasmada cuando mi amiguita me dijo ayer quién era usted. Ni remota

sospecha tenía yo... ¡Si esto parece comedia! ¡Encontrarse aquí, en un

acto de caridad dos personas tan... no se me ofenda si digo tan opuestas

por sus antecedentes, por su manera de ser...! Y no quiero rebajar a

nadie. Todo lo contrario: se me figura, no sé por qué... esto es cosa de

presentimiento, de adivinación, de corazonada... se me figura que usted,

si la sacuden bien, así como otros cuando los apalean sueltan bellotas,

si la sacuden bien, digo, ha de dejar caer alguna flor.

Fortunata dijo que sí con la cabeza, y el dogal que en el cuello sentía

empezó a aflojarse.

«Por esto apelo a su conciencia, y le pido que me declare, la mano

puesta en el corazón, si esta temporada, en estos días, tiene algún

trato con el esposo de mi amiga... Porque esta es la idea que se le ha

metido ahora en la cabeza. Con que a ver, dígame usted si...».

--¡Yo!--exclamó Fortunata, que casi perdió el miedo con el empuje de la

verdad que quería salir--. Yo... ¿ahora? ¿Está usted soñando? ¡Si hace

un siglo que ni siquiera le he visto...!

--¿De veras?--preguntó la santa, guiñando los ojos. Aquel modo de mirar

extraía la verdad como con tenazas; y ciertamente, la pecadora sentía

que la mirada aquella la penetraba hasta lo más profundo, trincando todo

lo que encontraba.

--¿Pero no lo cree?... ¿Pero lo duda?--añadió; y olvidándose de los

buenos modales, iba a hacer la cruz con los dedos y a besárselos jurando

_por esta_.

El deseo de ser creída resplandecía de tal modo en sus ojos, que

Guillermina no pudo menos de ver asomada en ellos la conciencia. Pero

como disimulaba esto, permaneciendo fría y observadora, la otra se

impacientaba y enardecía, no sabiendo ya qué decir para convencerla.

«¿Por qué quiere usted que se lo jure?...

¡Vamos, que dudar esto!... Ni verle, ni saber de él tan siquiera...».

--No diga usted más--manifestó Guillermina con cierta solemnidad--. Me

basta. Lo creo. Si usted me hubiera dicho lo contrario, yo le habría

pedido que hiciese todo lo posible por devolver a esa pobrecilla la

tranquilidad, eso es. Pero si no hay nada, me guardo mi súplica por

ahora; únicamente me permito hacerla de un modo condicional, ¿qué le

parece a usted?, mirando a lo futuro, y para el caso de que lo que ahora

no sucede, sucediera mañana o pasado.

La señora de Rubín miraba al suelo. Tenía el pañuelo metido en el puño y

este en la barba.

«Pero ahora--agregó la santa mujer--, se me ocurre hacer otra

preguntita... Usted tenga mucha paciencia; buena jaqueca le ha caído

encima. Vamos a ver: si ya no hay nada absolutamente entre usted y el

marido de mi amiga, si todo pasó, ¿por qué guardamos ese rencor a una

persona que no nos hace ningún daño?... ¿Por qué el otro día, ahí en ese

pasillo, la trató usted de una manera tan descompuesta y le dijo... no

sé qué? Francamente, hija, esto nos ha parecido muy extraño, porque

usted es casada, y vive en paz con su marido, al menos así lo parece. Si

aquellas diabluras se acabaron, ¿a qué venía maltratar de palabra y

hasta de obra a la pobre Jacinta, cuando lo que procedía era pedirle

perdón?».

--Eso fue que...--murmuró Fortunata, haciendo del pañuelo una perfecta

pelota--, eso fue... pues fue que...

Y no había medio de pasar de aquí. Las lágrimas salían a sus ojos, y el

nudo de la garganta volvió a apretársele de un modo horrible. En toda su

vida, en tiempo alguno, habíase visto la infeliz en trance semejante. La

persona que familiar y cariñosamente llamaban algunos la _rata

eclesiástica_, infundíale más respeto que un confesor, más que un

obispo, más que el Papa. Y la _rata_ guiñaba más los ojos, y en su

bondad quiso abrir camino a la confesión.

«Es que usted, como si lo viera, conserva resentimientos y quizá

pretensiones que son un gran pecado; es que usted no está curada de su

enfermedad del ánimo; es que usted, si no tiene ahora trato con aquel

sujeto, se halla dispuesta a volverlo a tener. Las cosas claritas».

Fortunata no contestó. «¿He acertado? ¿He puesto el dedo en la parte más

sensible de la llaga? Franqueza, señora mía; que esto no ha de salir de

aquí. Yo me tomo estas libertades, porque sé que usted no se ha de

enfadar. Bien sé que abuso y que me pongo insoportable y machacona; pero

aguánteme usted por un momento; no hay más remedio... Con que a ver...».

Tampoco dijo nada. Por fin, desliando el pañuelo y expresándose a

tropezones, quiso escapar por la tangente en esta forma: «Aquel día...

cuando le dije a esa señora... aquello... después me pesó».

--¿Y por qué no le pidió usted perdón?

--Digo que me pesó mucho.--Estamos en ello... corriente... pero conteste

claro, ¿por qué no le dio excusas?

--Porque me marché a mi casa.

--Bueno. ¿Y si ahora la viera usted?

Silencio completo. Guillermina no tuvo paciencia para esperar más la

respuesta, y acalorándose expresó lo que sigue: «¿Pero usted no sabe que

esa señora es mujer legítima... mujer legítima de aquel caballero?

¿Usted no sabe que Dios les casó y su unión es sagrada? ¿No sabe que es

pecado, y pecado horrible, desear el hombre ajeno, y que la esposa

ofendida tiene derecho a ponerle a usted las peras al cuarto, mientras

que usted, con dos adulterios nada menos sobre su conciencia, la ofende

con sólo mirarla? Pero vamos a ver, ¿usted qué se ha llegado a figurar,

que estamos aquí entre salvajes y que cada cual puede hacer lo que le da

la gana, y que no hay ley, ni religión, ni nada? Pues estaríamos lucidos

con esas ideítas, sí señor... No extrañe usted que me enfade un poco, y

dispense».

Fortunata estaba como si le hubieran vaciado sobre el cráneo una cesta

de piedras. Cada palabra de Guillermina fue como un guijarro.

En aquel momento, cogido el pañuelo por las dos puntas hacía con él una

soga. No se puede saber si fueron espontaneidad aturdida o bien

reflexión deliberada estas palabras suyas:

«Es que yo soy muy mala; no sabe usted lo mala que soy».

--Sí, sí; ya voy viendo que no somos una perfección--indicó la santa

irguiéndose en el asiento como para mirarla más de lejos--. Cuando hay

arrepentimiento el Señor perdona. ¡Pero usted, por lo visto, tiene una

frescura para mirar estas cosas de la moral...!, frescura que no le

envidio. Usted está casada: ya que la conciencia no le remuerde por un

lado, ¿cómo no le escuece por el otro?

--Me casé sin saber lo que hacía.

--¡Qué angelito!... ¡sin saber lo que hacía! Pues qué, ¿casarse es un

acto insignificante y maquinal como beber un buche de agua? ¿Puede

alguien casarse sin saber que se casa?... Hija mía, ese argumento

guárdelo usted para cuando hable con tontas, que conmigo no vale.

--Me casaron--agregó Fortunata, volviendo a hacer una pelota con el

pañuelo--me casaron sin que pueda decir cómo. Creí que me convenía y que

podría querer a mi marido.

--¡Ay, qué gracioso!... ¡Qué monísima es la criatura!--exclamó la

fundadora con amable ironía y gracejo--. Estas... hartas de pecados son

muy saladas cuando se hacen las inocentes. ¡Creyó que le podría querer!

¿Y qué hizo usted para conseguirlo?... ¡Ah! Lo que usted quería, digamos

las cosas claras, lo que usted quería era casarse para tener un nombre,

independencia y poder corretear libremente. ¿Más clarito todavía? Pues

lo que usted deseaba era una bandera para poder ejercer la piratería con

apariencias de legalidad. ¡Desdichado hombre el que cargó con usted! De

veras que le cayó la lotería. Y dígame, ¿al fin no saltó por alguna

parte ese cariño que usted quería tener?

--No señora--replicó Fortunata, rompiendo a llorar--. Pero si me habla

usted de esa manera, no podré seguir; tendré que retirarme.

La santa se corrió en el cofre que le servía de asiento para aproximarse

a la silla en que estaba la otra.

«Vamos, no llore usted--le dijo con bondad, poniéndole la mano en el

hombro--. No se ofenda por lo que he dicho. Ya le recomendé a usted que

me llevara con paciencia. Hay que tomarme o dejarme. Cuando me pongo a

sacar pecados no se me puede aguantar... Pues es claro, les duele; pero

luego sienten alivio. Y hasta ahora, nada me ha dicho usted en su

descargo».

--¿Pero qué culpa tengo yo de no querer a mi marido?--manifestó la

pecadora de la manera sofocada e intermitente que el llanto le

permitía--. Yo no lo puedo remediar. Yo no me casé por lo que la señora

dice, sino porque estaba equivocada, porque veía las cosas de otro modo

que como son. A mi marido no le quiero, ni le querré nunca, aunque me lo

manden todos los santos de la Corte celestial. Por eso digo que soy muy

mala, muy mala.

Guillermina dio un gran suspiro. En presencia de aquel terrible

antagonismo entre el corazón y las leyes divinas y humanas, problema

insoluble, su gran piedad inspirole una idea sublime. «Bien sé que es

difícil mandar al corazón. Pero eso mismo le da a usted motivo para

dejar de ser mala, como dice, y adquirir méritos inmensos. Pero, hija,

¿en qué ha estado pensando que no se le ha ocurrido esto? Cumplir

ciertos deberes, cuando el amor no facilita el cumplimiento, es la mayor

hermosura del alma. Hacer esto bastaría para que todas las culpas de

usted fueran lavadas. ¿Cuál es la mayor de las virtudes? La abnegación,

la renuncia de la felicidad. ¿Qué es lo que más purifica a la criatura?,

el sacrificio. Pues no le digo a usted más. Abra esos ojos, por amor de

Dios; abra ese corazón de par en par. Llénese usted de paciencia, cumpla

todos sus deberes, confórmese, sacrifíquese, y Dios la tendrá por suya,

pero por muy suya. Haga usted eso, pero claro, que se vea, que se palpe,

y el día en que usted sea como le propongo, yo... yo...».

Al decir _yo_, Guillermina se ponía la mano en el pecho y daba a sus

ojos la expresión más hermosa.

«Yo, yo... ese día, iré a confesarme con usted como usted se confiesa

ahora conmigo».

Esto dejó a Fortunata tan desconcertada, que sus lágrimas se secaron de

improviso. Miraba con verdadero espanto a la _rata eclesiástica_.

«No se asombre usted ni ponga esos ojazos--prosiguió esta--. Yo no he

tenido ocasión de tirar por el balcón a la calle una felicidad, ni una

ilusión, ni nada. Yo no he tenido lucha. Entré en este terreno en que

estoy como se pasa de una habitación a otra. No ha habido sacrificio, o

es tan insignificante, que no merece se hable de él. Ríase usted de mí,

si quiere; pero sepa que cuando veo a alguna persona que tiene la

posibilidad de sacrificar algo, de arrancarse algo que duele, le tengo

envidia... Sí; yo envidio a los malos, porque envidio la ocasión, que me

falta, de romper y tirar un mundo, y les miro y les digo: 'Necios,

tenéis en la mano la facultad del sacrificio y no la aprovecháis...'».

Esta idea, a pesar de ser tan alta, fue muy inteligible para Fortunata,

a quien se acercó Guillermina, y echándole el brazo por los hombros, la

apretó suavemente contra sí. Nunca, en tiempo alguno, ni en el

confesionario, había sentido la prójima su corazón con tantas ganas de

desbordarse, arrojando fuera cuanto en él existía. La mirada sola de la

virgen y fundadora parecía extraerle la representación ideal que de sus

propias acciones y sentimientos tenía aquella infeliz en su espíritu,

como la tenemos todos, representación que se aclara o se oscurece, según

los casos, y que en aquel resplandecía como un foco de luz.

--xi--

Abriose la puerta y entró Severiana llorando a gritos. Había

llegado el momento de que se llevaran el cuerpo de Mauricia, y este acto

tristísimo se conoció en los gemidos y sollozos de todas las mujeres que

en la casa mortuoria estaban. Cuando Guillermina y Fortunata salieron,

ya el ataúd era bajado en hombros de dos jayanes para ponerlo en el

carro humilde que esperaba en la calle. La curiosidad y el deseo de dar

el último adiós a su amiga empujaron a Fortunata hacia la escalera...

Alcanzó a ver las cintas amarillas sobre la tela negra, en la revuelta

de la escalera; pero fue un segundo no más. Después se asomó al balcón,

y vio cómo pusieron la caja en el carro, y cómo se puso en marcha este

sin más acompañamiento que el de un triste simón en que iban Juan

Antonio y dos vecinos. Se vio tan vivamente acometida de ganas de

llorar, que no recordaba haber llorado nunca tanto, en tan poco tiempo.

Y no era sólo la pena de ver desaparecer para siempre a una persona

hacia la cual sentía amor, afición, querencia increíble; era además una

necesidad de desahogar su corazón por penas atrasadas y que sin duda no

estaban bien lloradas todavía.

Pronto desapareció el carro, y de Mauricia no quedó más que un recuerdo,

todavía fresco; pero que se había de secar rápidamente. A los diez

minutos de haber salido el cuerpo, entró Severiana con los ojos

hinchados, y abrió todas las puertas, ventanas y balcones para que se

ventilara la casa. La comandanta empezaba a disponer el tren de

limpieza, y a sacar los trastos para barrer con desahogo.

--¡Pobre Mauricia!--dijo Fortunata a Guillermina, secándose el llanto a

toda prisa, pues no le parecía bien ser ella la que más llorase--. Mire

usted, señora, a mí me pasaba con esa mujer una cosa rara. Sabiendo que

era muy mala, yo la quería... me era simpática, no lo podía remediar. Y

cuando me contaba las barbaridades que hizo en su vida, yo no sé... me

alegraba de oírla... y cuando me aconsejaba cosas malas, me parecía, acá

para entre mí, que no eran tan malas y que tenía razón en

aconsejármelas. ¿Cómo me explica usted esto?

--¿Yo?... ¿que le explique yo?...--repuso la fundadora con cierto

aturdimiento--. Hay en el corazón misterios muy grandes, y en lo que

toca a la simpatía, misterios de misterios... ¡Pobre mujer! Y si viera

usted qué guapa era cuando polla. Se crió en casa de mis padres.

¡Lástima de chica! Su perfil elegante, la mirada, la expresión, eran de

lo poco que se ve. Después se echó a perder, y se le puso la cara dura y

hombruna, la voz ronca. Dicen que era el retrato vivo de Bonaparte, y

efectivamente...

Guillermina miró las láminas napoleónicas, y Fortunata también,

reconociendo el parecido. Después la santa se despidió de Severiana,

diciéndole que volvería al día siguiente. Le recomendó la paciencia, y

tomando el brazo de la de Rubín, se fue con ella. Severiana y la

comandanta las escoltaron hasta el portal.

«Tenemos mucho que hablar--le dijo Guillermina en la calle--; pero

mucho. Lo de hoy no ha sido más que desflorar el asunto. Me ha sabido a

nada. Y usted, ¿tendrá un poco más de paciencia para aguantarme? Porque

si no ha quedado harta de mí, le he de rogar que me dé otra audiencia.

¿Será usted tan buena que quiera tener conmigo otro rato de palique?».

--Todos los que usted quiera--replicó la señora de Rubín, encantada con

la indulgencia y cortesía de la ilustre dama.

--Bueno; ya fijaremos cuándo y cómo. ¿Va usted hacia su casa? Pues

iremos juntas, porque yo tengo que ir a la calle de Zurita a echarle un

réspice a mi herrero, y no hará usted nada demás si me acompaña un poco.

Pronto despacho, y la dejaré a usted en la puerta de su casa.

Aceptada con sumo agrado la proposición, anduvieron juntas el torcido y

desigual camino que separa la vertiente de la Arganzuela del barranco de

Lavapiés. Hablaban de cosas que nada tenían de espirituales, de lo caro

que se estaba poniendo todo... La carne sin hueso, ¡quién lo había de

decir!, a peseta; la leche a diez cuartos; el pan de picos a diez y

seis, y de las casas no dijéramos; un cuarto que antes costaba ocho

reales, ya no se encontraba por catorce. Llegaron por fin a la calle de

Zurita y se metieron en una herrería, grande, negra, el piso cubierto de

carbón, toda llena de humo y de ruido. El dueño del establecimiento

avanzó a recibir a la señora, con su mandil de cuero ennegrecido, la

cara sudorosa y tiznada, y quitándose la porra, le dio sus excusas por

no haber entregado los clavos _bellotes_.

«¿Pero y los gatillos, que es lo que hace más falta?--dijo la dama

amoscándose--. Hombre de Dios, usted se va a condenar por tantos

embustes como dice. ¿No me prometió que estarían por ayer? ¿Qué palabras

son esas? Vaya, que ni Job tendría paciencia para aguantarle a usted.

Están parados los carpinteros de armar, por causa de esa santa pachorra.

No me extraña que esté usted tan gordo, Sr. Pepe... Y póngase la gorra,

que está sudando y se puede constipar».

El herrero se excusaba con voz balbuciente, y por fin hizo juramento de

dar los gatillos para el jueves, sí, para el jueves, con toda

seguridad... Había tenido un encargo con muchas prisas... pero en

seguida se pondría con los gatillos de la señora, y los tendría, los

tendría _por encima de la cabeza de Cristo_ para el día señalado. Volvió

la fundadora a sermonearle, pues no se contentaba con promesas, y se

despidió diciendo que si no estaban el jueves, se podía quedar con

ellos. Salió el Sr. Pepe, haciendo cortesías, hasta media calle, y las

dos señoras subieron despacio hacia la del Ave-María.

«Bueno--dijo Guillermina--; antes de separarnos, quedaremos en algo.

¿Quiere usted ir a mi casa? ¿Sabe usted dónde vivo?».

Fortunata dijo que sí. Santa Cruz le había dicho varias veces que la

_rata eclesiástica_ vivía en la casa inmediata a la suya, y que ella y

Barbarita se comunicaban por los miradores. Para fijar el día, tuvo que

pensarlo porque no quería dar cuenta a doña Lupe de tal visita, temerosa

de que metiera en ella su cucharada, y discurrió que era preciso escoger

un día en que _la de los pavos_ fuera al Monte de Piedad.

«El viernes... ¿le parece a usted bien?, de diez a once de la mañana».

--Perfectamente... Adiós, hija, conservarse.

(Ya estaban en la puerta de la casa). Que la espero a usted. Que no me

dé un plantón.

--¡Quia!... No faltaba más.

Quedose un rato Fortunata en la puerta mirándola subir, calle arriba, y

después entró despacio, meditabunda. En todo el resto del día no la pudo

apartar de su mente. ¡Qué extraordinaria mujer aquella! Sentíala dentro

de sí, como si se la hubiera tragado, cual si la hubiera tomado en

comunión. Las miradas y la voz de la santa se le agarraban a su interior

como sustancias perfectamente asimiladas. Y por la noche, cuando Maxi se

durmió, y estaba ella dando vueltas en la cama sin poder coger el sueño,

vínole a la imaginación una idea que la hizo estremecer. Con tal

claridad veía a Guillermina como si la tuviera delante; pero lo raro no

era esto, sino que se le parecía también a Napoleón, como Mauricia la

Dura. ¿Y la voz?... La voz era enteramente igual a la de su difunta

amiga. ¿Cómo así, siendo una y otra personas tan distintas? Fuera lo que

fuese, la simpatía misteriosa que le había inspirado Mauricia, se pasaba

a Guillermina. ¿Cómo, pues, se podían confundir la que se señaló por sus

vergonzosas maldades y la santa señora que era la admiración del mundo?

«Yo no sé cómo es esto--discurría Fortunata--; pero que se parecen no

tiene duda. Y el habla de las dos me suena lo mismo... Señor, ¡qué será

esto!».

Se devanaba los sesos en el torniquete de su desvelo para averiguar el

sentido de tal fenómeno, y llegó a figurarse que de los restos fríos de

Mauricia salía volando una mariposita, la cual mariposita se metía

dentro de la _rata eclesiástica_ y la transformaba... ¡Cosa más rara!

¡El mal extremado refundiéndose así y reviviendo en el bien más puro!...

¿Pero no podría ser que Mauricia, arrepentida y bien confesada y

absuelta, se hubiera trocado, al morir, en criatura sana y pura, tan

pura como la misma santa fundadora... o más, o más? «¡Qué confusión,

Dios mío! Y que no haya nadie que le explique a una estas cosas...».

Después le causaba pavor la visión figurada de los pies de Mauricia...

En la oscuridad, que surcaban rayas luminosas, veía las botas elegantes

y pequeñas de la difunta... Los pies se movían, el cuerpo se levantaba,

daba algunos pasos, iba hacia ella y le decía: «Fortunata, querida amiga

de mi alma, ¿no me conoces? ¡Re...! Si no me he muerto, chica, si estoy

en el mundo, créetelo porque yo te lo digo. Soy Guillermina, doña

Guillermina, la _rata eclesiástica_. Mírame bien, mírame la cara, los

pies... las manos, el mantón negro... Estoy loca con este asilo

pastelero, y no hago más que pedir, pedir, pedir al Verbo y a la Verba.

Sr. Pepe, ¿me hace usted esos gatillos o no?... ¡peinetas se debían

volver!».

-VII-

Fortunata y Jacinta: dos historias de casadas · 第 36 / 49 题