--i--
Al entrar en la calle de Mira el Río, encontraron a Severiana, a
quien doña Lupe había visto algunas veces. Llevaba un vaso con medicina,
tapado con un papel a estilo de botica antigua. Doña Lupe la interrogó,
y enterada la otra de que iban a ver a su hermana, hizo gustosamente de
introductora, guiándolas por el sucio portal, la menos sucia y tortuosa
escalera, hasta llegar al corredor. Ya se sabe que la vivienda de
Severiana era una de las mejores de aquel falansterio, y que por su
capacidad y arreglo bien podía pasar por lujosa en semejante vecindad.
Vivía en compañía con aquélla una tal doña Fuensanta, viuda de un
comandante, y la casa respondía a esta situación comanditaria, pues
constaba de dos salitas enteramente iguales, cada una con ventana a la
calle. Entre la puerta y la sala primera había un pasillo, en el cual se
veía la artesa de lavar y la entrada de la cocina, cuya reja daba al
corredor. Dos piezas interiores completaban el cuarto. Cuando
Guillermina, comprendiendo el fin próximo de Mauricia, indujo a
Severiana a sacarla del hospital por tercera vez y llevarla a su casa,
la señora viuda del comandante cedió su cuarto para tan benéfico objeto,
trasladando sus muebles al cuarto de otra vecina. Mauricia fue, pues,
instalada en la segunda de las dos salitas. Severiana tenía su cama en
la alcoba interior, y la sala primera estaba destinada a recibir
visitas, como lo declaraban el relativo lujo de la cómoda, las sillas de
Vitoria nuevecitas, el sofá de lo mismo, la mesa con cubierta de hule,
el cuadrito de los _dos corazones amantes_, el de la _Numancia_ en mar
de musgo, los retratos de militares cuñados de Severiana, la estera de
esparto flamante y sin ningún agujero, de empleitas rojas y amarillas, y
en fin, las laminotas que recientemente habían sido adquiridas en el
Rastro por una bicoca. Eran excelentes grabados ya pasados de moda, el
papel viejo y con manchas de humedad, los marcos de caoba, y
representaban asuntos que nada tenían de español, por cierto, las
batallas de Napoleón I, reproducidas de los un tiempo célebres retratos
de Horacio Vernet y el barón Gros. ¿Quién no ha visto el _Napoleón en
Eylau_, y _en Jena_, el _Bonaparte en Arcola_, la _apoteosis de
Austerlitz_ y la _Despedida de Fontainebleau_?
Doña Lupe y Fortunata entraron, precedidas de Severiana, en el aposento
de la enferma, que estaba incorporada en la cama. Le habían cortado el
pelo días antes para poderle curar la herida de la cabeza; su perfil
romano se había acentuado; era más fina la nariz, la quijada inferior
abultaba más, y la extenuación le agrandaba los ojos. Las curvas airosas
de la boca eran más rasgueadas, y la decomisura de los labios, que
parecía obra de un agudo punzón, dábale cierto aspecto de grandeza caída
o de humillación sublimemente resignada. Las cárdenas ojeras le cogían
media cara; el superciliar salía como una visera; los ojos, hermosos y
ardientes, quedábanse allá dentro, y rodeados de aquella piel morada
relumbraban más, como si acecharan el acaso que iba a pasar. Las cejas
negras formaban una sola línea recta. La frente era espaciosa, con un
mechón de pelo negro... En fin, que la Dura completaba la historia
aquella expuesta en las paredes: era el _Napoleón en Santa Helena_.
Cuando doña Lupe y Fortunata la saludaron, las estuvo mirando un rato,
como si tardara en reconocerlas. Después las nombró. ¡Qué voz! Siempre
fue ronca la voz de Mauricia; pero había bajado ya a lo más grave del
diapasón. «¡Dios mío!--se dijo Fortunata, oyéndola después de mirarla--,
¡si parece un hombre...!». Doña Lupe, en tanto, sentándose en una de las
sillas de paja, pronunciaba las frases de consuelo propias de la
ocasión, añadiendo: «Eso para que aprendas... y tengas formalidad.
A ver si cuando salgas de esta, te sirve de escarmiento».
Mauricia se volvió para Fortunata, que se había sentado junto a la
cabecera; la miró mucho, sin decir nada; después clavó sus ojos en el
techo, rezongando: «Sí... bien mala he sido, bien re-mala...». Y vuelta
otra vez hacia su amiga, le dirigió estas palabras:
«Oye tú, arrepiéntete... pero con tiempo, con tiempo. No lo dejes para
última hora, porque... eso no vale. Tú tampoco eres trigo limpio, y el
día que hagas sábado en tu conciencia, vas a necesitar mucha agua y
jabón, mucha escoba y mucho estropajo...».
Con tan buena fe lo dijo, que Fortunata no podía ofenderse. A doña Lupe
le pareció la amonestación muy impertinente y descortés, porque ¿a santo
de qué venía el hablar de pecados ajenos, teniendo tantos propios de qué
ocuparse? Verdad que su sobrina política no había sido un modelo; pero
ya estaba corregida y no había que volver sobre lo pasado. «Ya sabemos
que te tratan muy bien» dijo, para variar la conversación.
--Gracias a la madre de los pobres--declaró Severiana, que estaba en pie
arreglando la cama--, no le falta nada. ¡Qué señora esa!
--¡Una santa!--exclamó doña Lupe en el tono más encomiástico--. No le dé
usted otro nombre, porque ese es el que le cae bien...
--Pero esta se ha cerrado a no comer--dijo la hermana mirándola--, y sin
comer no viven más que los camaleones.
--Pero ayunas, ¿de verdad?....
--Para pasar el caldo tenemos que dárselo con Jerez... y por la mañana,
para que pase una tostadita, hay que darle un dedito de la horchata de
cepa, y por la noche otro dedito...
--¿Pero de veras le dais... esa perdición?--preguntó alarmadísima doña
Lupe.
--Lo ha mandado el médico. Dice que es medicina. Parece aquello de _al
revés te lo digo_.
--¡Qué cosas!... ¿Y no te comerías tú--le propuso Fortunata--, un
muslito de gallina, una ruedita de merluza, una croquetita?
Sólo de oír hablar de comida se ponía peor Mauricia. Le temblaban mucho
las manos, y de rato en rato le daban como ataques de asfixia, siendo su
respiración muy difícil, y quejándose de irresistible calor. Hallándose
presentes la de Jáuregui y su sobrina, estuvo la Dura un ratito como
quien desea romper a toser y no puede. Las tres mujeres la miraban con
pena, lamentándose de no saber aliviarle aquel ahogo... «Bebe un poco de
agua» le dijo Fortunata incorporándose. Pero aquello pasó, y la infeliz
volvió a hablar, cortando mucho las frases y tomando aire a cada
palabra.
«Ayer me trajeron a la niña... ¡qué guapa y qué señorita está!...».
--¿Pero no la tienes contigo?--preguntó la de Rubín.
--No, señora. Si está en el colegio...--replicó Severiana--; interna en
el colegio de señoritas de doña Visitación.
--Sí... más vale que esté... allá... _desapartada_ de mí. Ayer... ¡qué
pena!... no me conoció... ¡Tanto tiempo sin verme!... me tenía miedo...
¡pobrecita de mi alma!... miedo, así como se dice... Ni que su madre
fuera el coco...
En esto oyeron pasos, y miraron todas a la puerta. Era doña Guillermina,
que entró, como siempre, muy apresurada, encendidas las mejillas, con su
perdurable mantón oscuro, sus zapatones, su falda de merino. Doña Lupe y
Fortunata se levantaron, y la fundadora saludó con aquella gracia y
amabilidad que eran iguales para el Rey y para el último de los
mendigos. Doña Lupe creyó que no la reconocería, pues sólo se habían
hablado una vez en la función del Asilo; pero sí la reconoció, y aun la
nombró, porque Guillermina era como los grandes capitanes, que tienen
memoria felicísima de nombres y fisonomías, y soldado con quien hablan
una vez, no se les despinta. «Mi sobrina» dijo la viuda presentándola, y
Guillermina la miró sonriendo. «No me es desconocida su cara... la he
visto en las Micaelas... Por muchos años». En seguida dirigiose a
Mauricia, apoyando ambas manos en la cama. «¿Y qué tal te encuentras
hoy? ¿Comerías algo?... Nada, este chubasco te pasará pronto. Mañana
recibirás a Dios. ¿Cómo va esa conciencia? Buen limpión te vamos a dar.
Eso te conviene más que nada. Yo te quería coger por mi cuenta y hacerte
confesar, porque diciéndole tú misma al Señor lo buena pieza que eres,
el Señor te daría su gracia... Con que prepararse. Esta tarde volverá el
padre Nones. Me ha dicho que te confesaste bien. Se me figura que aún
tendrás algunas heces que sacar, ¿eh?».
Mauricia se sonreía, cortada y confusa. Con la cabeza dijo que sí.
--Pues estos pozos endurecidos hay que echarlos fuera, porque el demonio
se agarra de cualquier cosa--dijo la santa, acariciándole la barba--.
Con que ya sabes... mañana tenemos aquí gran fiesta... ¿Te parece? Viene
a visitarte el que hizo los Cielos y la Tierra... Te parecerá a ti que
no lo mereces... Pues aunque no lo merezcas, él viene, y sabido se
tendrá por qué.
La vivacidad, la gracia y el fervor con que Guillermina decía estas
cosas, impresionaron a las cuatro mujeres que las oían. Severiana
soltaba dos lagrimones. Fortunata sentía en su alma tanta admiración por
aquella mujer, que le habría besado la orla del vestido. «Luego dicen
que ya no hay gente buena en el mundo--pensaba--. ¿Pues y esta?...
¡Cuidado que mandar todo a paseo, casa, parientes, fortuna, querer, y
sacrificar su juventud para andar toda la vida entre miserias...!».
Asustábase de medir con el pensamiento la distancia que había entre ella
y la ilustre señora; distancia infinita sin duda, y que en manera alguna
podía acortarse, pues aunque la gente santa pecara, y ella hiciera
muchas obras de caridad, las dos almas no llegarían jamás a verse
próximas.
La fundadora, con aquella actividad vivaracha que en todo ponía, dictó a
Severiana algunas disposiciones para la ceremonia que se preparaba.
«Aquí pondrás la mesilla que está en la otra sala, y se hará el altar.
Yo te mandaré un crucifijo, y buscaremos flores... La ropa de la cama
hay que ponerla limpia, y adornar todo el cuarto lo mejor que se
pueda...».
Luego pasó a la sala, seguida de doña Lupe, que quería meter baza a todo
trance: «Tendremos sumo gusto en venir mañana. Aprecio mucho a Mauricia,
que a no ser por el maldito vicio, sería una buena mujer, trabajadora,
fiel... Y dígame usted: de noche habrá que velarla. Yo no tendría
inconveniente en quedarme alguna noche; y si no, mi sobrina...».
--Dios se lo pague a usted... Se acepta, se acepta. Póngase usted de
acuerdo con Severiana. La comandanta y yo nos hemos quedado anoche. Se
necesitan dos personas, porque cuando le dan convulsiones, cuesta Dios y
ayuda sujetarla.
--Verdaderamente--manifestó doña Lupe con adulación--; los ejemplos que
usted da, señora, hacen que todas las demás seamos mejores de lo que
seríamos si usted no existiera.
La flor estaba bien ideada; pero Guillermina se echó a reír,
agradeciendo la flor, pero no queriéndola tomar.
«¡Ejemplos yo! Eso quisiera. Me vendría bien que alguien me los diese a
mí. ¡Ay, hija! Estoy para que me enseñen, no para enseñar».
--¿Usted qué ha de decir? Ni aun le gusta que le saquen la cuenta de
todo lo que vale... Pues, amiga, no sea usted tan buena y rebajaremos.
--Quite usted, quite usted... Eso lo dice por disimular. ¡Sabe Dios las
misericordias que usted, a la calladita, habrá hecho en este mundo, con
esta misma Mauricia tal vez...! Y ahora me las quiere colgar a mí.
--¡Yo!... ¡Jesús! No digo que no tenga yo también algunas buenas obras
en mi cuentecita del cielo; ¡pero compararme con usted...! Calle por
Dios, señora.
--En fin, no es cosa de que nos pongamos a reñir por quién peca menos...
¿le parece a usted?--dijo la fundadora, uniendo la cortesía a la
modestia, y permitiéndose el característico guiñar de ojos, un tanto
picaresco--. Mi lema es este: «haga cada uno lo que pueda y lo que sepa,
y Dios verá».
--Eso mismo pienso yo...--Conque, usted me dispensará... tengo mucho que
hacer. Hasta mañana; no faltar...
Entre tanto, la de Rubín estaba sola con la enferma, porque Severiana se
fue a la cocina. Le arregló las almohadas, y después ambas se estuvieron
mirando. Fortunata pensaba en la simpatía inexplicable que aquella mujer
le había inspirado siempre, a pesar de ser tan loca y tan mala. ¿Sería
tal simpatía un parentesco de perversidad? Ejercía sobre ella una
atracción querenciosa, y como le dijera algún concepto lisonjero a su
corazón, sentíalo retumbar en su mente cual si fuera verdad pronunciada
por sobrenatural labio. Mil veces analizó la joven este poder fascinador
de su amiga, sin lograr encontrarle nunca el sentido. ¡Cosas del
espíritu, que no las entiende más que Dios!
Mauricia parecía melancólica y sosegada. «¡Qué señora esa!--exclamó
Fortunata--. ¿Habrá nacido de madre como nosotras?».
--Apuesto a que no--replicó la Dura--. ¡Qué mujer!... El día que me
quiso sacar de esos indinos protestantes, me entró el toque y la
insulté... ¡Qué mala fui!... (Iba a soltar un terno; pero se contuvo,
porque le estaba absolutamente prohibido pronunciar palabras feas,
siendo esto para ella un gran martirio, a causa de la poca variedad de
términos de su habitual lenguaje)... Y ella, como si le dijeran niña
bonita...
No has visto otra. ¡_Mia _ que traerme aquí y cuidarme como me cuida!,
¡re...! No sé cómo hablar... ¡_Mia_ que esto que hace conmigo!... Es
prima hermana del Nazareno; no hay quien me lo quite de la cabeza...
Figúrate lo que suponemos nosotras al compás de ella... ¡nosotras que
hemos sido unos peines...! Es que ni arrepentidas valemos para
descalzarle el zapato. Pues déjate que venga la otra... también aquella
es de la piel de Cristo...
--¿Quién?--La amiguita, la que protege a mi niña...
Fortunata vio delante de sí, súbitamente, una oscura niebla que se le
iba encima... El corazón le dio un salto... «Jacinta--dijo--; pues qué,
¿también viene aquí esa?».
--Ayer estuvo... Ella misma traía mi niña. Mira; créetelo porque te lo
digo yo: cuando entró _paicía_ que entraba una luz en el cuarto.
Fortunata sentía ganas de echar a correr.
«¿Pero todavía le tienes tirria?... ¡Ay, qué mala eres! Perdónala, que
bien lo merece. Te quitó tu hombre; pero ella no tenía culpa. ¡Qué
roña!... ¡ay!, se me escapó. Palabra fea, vuélvete para adentro; no,
quédate fuera... Pues chica, no seas pava... ¿crees tú, que el mejor día
no te vuelve a querer tu D. Juan?... Como si lo viera. Cuando una se va
a morir, ve las cosas claras, muy claritas; la muerte la alumbra a una,
y yo te digo que tu señor volverá contigo.
Es ley, hija, es ley, que no puede faltar... Y si me apuras, te diré que
a Jacinta no se le importa un pito. A cuenta que no le quiere nada...
Estas casadas ricas, como viven con _tantismo_ regalo, no quieren a sus
maridos... quieren a otros. No lo digo por ella, Dios me oiga, aunque
sabe Dios lo que hará, lo cual no quita que sea mayormente un ángel y
que reparta muchas caridades».
Fortunata no decía nada. La enferma se inclinó hacia ella, y dándose
unos aires evangélicos, en el tono que podría emplear un pastor de
almas, le amonestó así: «Arrepiéntete, chica, y no lo dejes para luego.
Vete arrepintiendo de todo, menos de querer a quien te sale de _entre
ti_, que esto no es, como quien dice, pecado. No robar, no _ajumarse_,
no decir mentiras; pero en el querer, ¡aire, aire!, y caiga el que
caiga. Siempre y cuando lo hagas así, tu miajita de cielo no te la quita
nadie».
Algo iba a contestarle su amiga; pero no pudo porque entró doña Lupe
dándole prisa para marcharse. Era un poco tarde y tenían que ir a otra
parte antes de regresar a casa. Despidiéronse con promesa de volver al
día siguiente, y salieron. Por la calle hablaban de Guillermina, de
quien dijo la de Jáuregui: «Es una mujer esa que electriza; y cuando se
la trata, sin querer se vuelve una también algo santa... Cincuenta y
tres reales me debía Mauricia.
Yo, de todas maneras, se los había perdonado; pero ahora, créelo, me
alegraría de que me debiera lo menos doscientos, para perdonárselos
también».
--ii--
Dos horas antes de la señalada para que Mauricia recibiera a Dios,
ya estaba allí la fundadora. «Pero Severiana, ¿en qué estás
pensando?--fue lo primero que dijo al entrar por el pasillo--. Quita de
aquí esta artesa. ¡Vaya un adorno! Ropa sucia y agua de jabón...».
--Señorita, lo iba a quitar... Pase usted. Me han dicho las vecinas que
las dos láminas de Napoleón que caen al lado del altar deben quitarse,
porque era muy protestante, _masónico_ y...
--Déjate de tonterías... ¿Y cómo está esta pájara hoy? ¿Qué tal, hija?
Aquel día estaba bastante aplanada, las manos más temblorosas,
respirando lentamente, aunque sin gran fatiga, con invencible tendencia
a permanecer muda y quieta, los ojos vagando por el techo o por la pared
de enfrente, cual si siguiera el vuelo de una mosca.
Enterose la dama minuciosamente de cómo había pasado la noche, de
quiénes se quedaron a velarla, de lo que había dicho el médico en la
visita de la mañana. A todo contestó Severiana: el doctor había mandado
que se le diera doble dosis de _la nuez cómica_, seguir con las
cucharadas por la noche, las papeletitas por el día, y a sus horas el
Jerez o Pajarete. Guillermina, sin dejar de oír esto, empezaba a poner
su atención en otra cosa. Frente a la ventana y formando ángulo recto
con la cama habían puesto la mesa, que debía ser altar, y en ella estaba
de rodillas Juan Antonio, el marido de Severiana, fijando en la pared
todos los clavos que creía necesarios para suspender la decoración
proyectada.
«No clavetee usted más, por Dios... Parece que va a derribar la casa...
Y que el ruido la molestará... ¿Pero qué van a poner ustedes ahí?».
La comandanta entró con unos pedazos de damasco rojo y amarillo, que
habían sido cortinas cuarenta años antes, pasando después por distintos
usos. Con aquella tela se forraría la pared, formando la bandera
española, y en el centro se pondría una lámina del Cristo del Gran
Poder, propiedad de la portera. «No me parece mal--dijo Guillermina,
sacando del estuche sus anteojos y calándoselos--. A ver, Juan Antonio,
si se luce usted. ¿Y flores, no tenemos?».
«De trapo... verá usted--replicó Severiana llevando a la señora a su
alcoba y mostrándole un montón de flores de papel dorado, tul y talco
extendidas sobre la cama. Había también allí cintas de cigarros, y esas
rosas con hojas plateadas que sirven para decorar los pitos de San
Isidro. «Esto es muy feo--opinó la santa--, ¿pero no hay naturales, o
siquiera ramaje?».
--Sí señora... El vecino del 6, que es no sé qué de la Villa, me ha
prometido traer rama de pino y carrasca. Esto lo pondrá Juan Antonio por
arriba haciendo cenefas...
--Buscar algún bonito tiesto de _bonibus_, hija; no se os ocurre
nada--dijo Guillermina, volviendo a la sala--, y en las ramas verdes
atáis flores de trapo, y resulta muy bonito--. Vaya, Juan Antonio, no
más clavazón; ya están bien sujetas las cortinas. Ahora, cuélgueme usted
la Virgen de las Angustias debajo del Señor, y a los lados...
La comandanta entró trayendo un cuadrote que representaba a Pío IX
echando la bendición a las tropas españolas en Gaeta. Para hacer juego,
propuso Juan Antonio poner al otro lado la _Numancia_. Guillermina
vaciló en dar su asentimiento; pero al fin... una risita y un guiño
resolvieron la duda. «Poner el barquito, ponerlo, que todo lo de la mar
es de Dios».
Salió luego al corredor, y habiendo notado que la escalera no estaba
barrida aún, llamó a la portera. «¿Pero usted en qué está pensando? ¿No
le han dicho que hoy viene el Señor a esta casa? ¡Y está ese portal que
da asco mirarlo! Coja usted la escoba mujer. Si no, la cogeré yo. Qué,
¿se cree usted que no lo hago como lo digo?».
La portera vio que doña Guillermina se quitaba el manto... «No,
señorita, no sea tan viva de genio. Barreremos... pero ya verá lo que
tarda esta granujería en volver a ensuciarlo».
--Pues lo vuelve usted a barrer. Bajó la señora al patio, donde había
entrado un ciego tocando la guitarra y estaban algunos chiquillos
jugando a los toros. «Eh, niños, hoy es preciso que tengamos mucha
formalidad. Y cuidadito con echarme basura en el portal y en la
escalera. Estas eneas y juncos que habéis esparcido en el patio, me los
vais a recoger y entregárselos a su dueño».
Los chicos oyeron esto sin chistar. En el fondo del patio se había
establecido un sillero que hacía fondos de junco y tenía montones de
ellos arrimados a la pared, los unos teñidos de rojo y puestos a secar,
los otros sin teñir, cortados y apilados. Eran enemigos jurados de este
industrial los _chavales_ de la vecindad, que bonitamente le robaban los
juncos para sus juegos y diabluras. Al ver a la santa parlamentando con
ellos, salió de su tenducho y encarándose con la infantil cuadrilla, les
dijo:
«Ya veis, gateras, lo que _vus_ dice la señorita. Que _vus_ estéis
quietos, que _vus_ estéis callados, que si no, _vus_ llevará a todos a
la cárcel».
--Tiene razón el maestro Curtis--dijo la fundadora, poniendo la cara más
severa que le fue posible--. A la cárcel van atados codo con codo, si no
se portan hoy como es debido, hoy que viene a honrar esta casa el...
La interrumpió un sacerdote anciano que entró y fue derecho hacia ella.
Era el Padre Nones. «Buenos días, maestra. Ya está usted en planta,
oficiando de capitana generala».
--Tengo que estar en todo. Si yo no tratara de enseñar a esta gente la
buena crianza, vendría usted luego con el Santísimo y tendría que entrar
pisando lodo, y cuanta inmundicia hay.
--¿Y qué importa?--observó Nones riendo.
--Claro que no importa; pero ¿por qué no hemos de tener limpieza y
decoro delante del Señor, siquiera por estimación de nosotros mismos? Se
limpia la casa cuando vienen el teniente alcalde y el médico del
Ayuntamiento con sus bastones de borlas, y se ha de dejar sucia cuando
viene el... Pero cállese usted hombre, por amor de Dios--esto se lo
decía al ciego de la guitarra, que habiéndose enterado de la presencia
de la señora, quiso que esta conociera la suya, y se acercaba tanto, que
al fin parecía querer meterle por los ojos el mango del instrumento. Al
propio tiempo tocaba y cantaba hasta desgañitarse...
«Que se calle usted... por amor de Dios... Nos deja sordos--dijo la
santa sacando su portamonedas--.
Tenga, y a la calle a cantar. Hoy no quiero aquí fandangos. ¿Me
entiende?».
Marchose el porfiado ciego, y la fundadora siguió hablando con el Padre
Nones: «Suba usted a ver si me la reconcilia y le da la última pasadita.
Paréceme que no está muy bien dispuesta. La encuentro peor de la
enfermedad del cuerpo; y en cuanto al alma, cada vez la entiendo menos.
¡Qué ideas tan extrañas! Arriba, arriba. Nos veremos luego. Yo no me voy
ya de la casa hasta que se acabe todo».
Subió Nones, y la dama, después de recomendar al sillero y a otros
vecinos que barrieran la delantera de las respectivas puertas, iba a
subir también; pero le interceptaron el paso dos sujetos que bajaban.
Era el uno don José Ido del Sagrario, a quien no conocerían los testigos
de sus románticas hazañas al principio de esta historia, según estaba ya
de bien trajeado y limpio. Visto por detrás, parecía otra persona; mas
de frente, lo desengonzado de su cuerpo, la escualidez carunculosa de su
cara y el desarrollo cada vez mayor de la nuez, le declaraban idéntico a
sí mismo. El que le acompañaba era un infeliz músico, habitante en el
segundo patio y en el mismo cuchitril en que anidara antes Izquierdo. Lo
primero que se notaba en él era la gran bufanda que le envolvía el
cuello subiendo en sus vueltas hasta más arriba de las orejas, y
descendiendo hasta el pecho. Llevaba gorra con galón, y de la bufanda
para abajo toda la ropa era de purísimo verano, y además adelgazada por
el uso. Temblaba de frío, y con el brazo derecho oprimía los aros
broncíneos de un trombón, dirigiendo la abollada boca hacia adelante
como si quisiera bostezar con ella en vez de hacerlo con la suya propia.
«Este amigo--dijo Ido, en son de presentación--, este amigo mío... un
italiano, señora... se llama el señor de Leopardi, un artista
desgraciado. Pues me ha dicho que si la señora quiere, naturalmente, se
pondrá en la escalera cuando pase el Santísimo y tocará la marcha
real...».
El otro infeliz murmuró algo, con marcado acento extranjero, llevándose
a la gorra la temblorosa mano.
«¡Pero qué cosas se le ocurren a este hombre! Ave María
Purísima--exclamó Guillermina con benevolencia--. Déjese usted de
marchas reales... No, no se quite la gorra; se va usted a constipar.
Caballeros, aquí, y durante la ceremonia, mientras menos música, mejor».
Ido y Leopardi se miraron desconcertados. A la observación de la señora
no se ocultó lo mal que estaba de ropa el infeliz artista, y le dijo que
se fuera a su cuarto, que tocara allí el trombón todo lo que quisiese y
por fin que... «Yo veré si encuentro por ahí unos pantalones».
Subió al principal, y de puerta en puerta exhortaba a los grupos de
mujeres que allí estaban peinándose. «A las doce... que no vea yo aquí
estos corrillos, ¿estamos? Y barrerme bien todo el corredor. La que
tenga velas que las saque; la que tenga flores o tiestos bonitos que los
lleve allá... Y todos estos pingajos que aquí veo colgados, están ahora
demás».
«¿Sirven estos ramos de caracoles?» dijo la del guarda de consumos,
mostrándolos en la puerta de su casa.
--Ya lo creo. Llévalos. Y tú, Rita, recógete esas melenas, mujer, que
pareces una cómica. Es preciso que estéis todas muy decentes.
La mujer del sereno se disponía a encender el farol de su marido y a
ponerlo colgado del chuzo en la reja de la cocina. Otra preguntaba si
valía el quinqué de petróleo. A las niñas que debían salir al portal con
velas, se les pusieron los pañuelos de Manila llamados de talle, y la
que tenía botas nuevas se las calzaba; la que no, salía como estaba, con
las alpargatas llenas de agujeros. «No se quiere lujo, sino decencia»
repetía Guillermina, que comunicaba su actividad febril a todos los
vecinos y vecinas de la casa. Cuando volvía al cuarto de Severiana,
encontró al Padre Nones que salía. «Le he enderezado las ideas, maestra;
ahora está bien preparada--le dijo el clérigo que, por su alta estatura,
tenía que encorvarse para hablar con ella--. Voy a la iglesia. Dentro de
tres cuartos de hora estamos aquí».
Entró la fundadora en la casa y vio el altar, que estaba muy bien. Juan
Antonio había claveteado las flores de trapo al borde de los lienzos de
damasco, formando como un marco. Resultaba un conjunto bonito y muy
simpático, y así lo declaró la señora, echándole sus gafas. Luego
cubrieron la mesa con una colcha muy hermosa que la comandanta, mujer de
gran habilidad, había hecho para rifarla. Era de cuadros de malla,
combinados con otros cuadros de _peluche_ carmesí. Encima se puso un
paño de altar traído de la parroquia, que tenía un hermoso encaje.
Trajeron luego las ramas de pino, y para colocarlas fue preciso
improvisar búcaros con barrilitos de aceitunas y de escabeche, que Juan
Antonio cubrió y decoró con pedazos de papeles pintados. Era papelista,
y en su arte, con paciencia y engrudo, hacía maravillas. Se colocaron
los ramos de caracoles, cajitas de dulce y estampas; y por fin, los
retratos de los dos sargentos hermanos de Juan Antonio, con su pantalón
rojo, muy a lo vivo, y los botones amarillos, asomaban por entre las
ramas de pino, como soldados que están en emboscada acechando al
enemigo.
Poco después apareció Estupiñá, de capa verde, trayendo bajo los
pliegues de ella una cosa que abultaba mucho y que guardaba con respeto.
Era el crucifijo de bronce de Guillermina, hermosa escultura de bastante
peso, y que Plácido no quiso entregar a nadie sino a la misma dueña de
él. Esta salió al pasillo, recibió de manos de Rossini la sagrada
imagen, y quitándole el pañuelo de seda que la envolvía, entró con ella
en la sala, pareciéndose mucho, en tal momento, a una verdadera santa
escapada del Año Cristiano para recibir culto en el pintoresco altar,
que simbolizaba la ingenua sencillez y firmeza de las creencias del
pueblo. Puso el Cristo en su sitio, regocijándose mucho con la
admiración que producía el bronce en los circunstantes, y después salió
a dar órdenes a Estupiñá. «Vaya usted a la parroquia para que acompañe
al Santísimo, y diga que traigan pronto las velas que se han de repartir
aquí».
En esto, ya habían entrado Fortunata y su tía, ambas de negro, muy
decentes, y mientras la de Jáuregui metía su cucharada en el corro de
Guillermina, la otra pasó a ver a Mauricia. Encontrola como aturdida,
sin saber lo que le pasaba. A las preguntas que le hizo, respondía con
la mayor concisión, porque el temor de decir alguna palabra fea
enfrenaba sus labios. Estaba reducida a usar tan sólo la tercera parte
de los vocablos que emplear solía, y aún no se le quitaban los
escrúpulos, sospechando que tuviese en algún eco infernal las voces más
comunes. Lo que Fortunata le oyó claramente fue esto: «¡Ay, qué gusto
salvarse!»...
Pero al punto frunció Mauricia el ceño. Le había entrado la sospecha de
que la palabra _gusto_ fuese mala. Comunicó estos temores a su amiga,
quien la tranquilizó sonriendo, y por fin le dijo que siendo su
intención limpia, no importaba que se le saliese de la boca sin querer
algún término sucio. Creyolo así la enferma; pero no las tenía todas
consigo y estaba como bajo la presión de un gran temor. En un momento
que cogió a Fortunata sola, le dijo temblorosa: «Arrepiéntete de todo,
chica, pero de todo... Somos muy malas... tú no sabes bien lo malas que
somos».
--iii--
Se acercaba la hora, y en el patio sonaba el rumor de emoción
teatral que acompaña a las grandes solemnidades. El pueblo ocupaba el
sitio infalible que la curiosidad dispone. En el portal no se cabía, y
todos los chicos del barrio se habían dado cita allí, cual si creyeran
que sin ellos no podía tener lucimiento alguno la ceremonia. Guillermina
recorría toda la _carrera_, desde la puerta del cuarto de Severiana
hasta la de la calle, dando órdenes, inspeccionando el público y
mandando que se pusieran en última fila las individualidades de uno y
otro sexo que no tenían buen ver. Había venido de la parroquia un hombre
asacristanado, y estaba repartiendo la carga de velas que trajo.
En la parte del corredor que había de recorrer el Viático, mandó que se
pusieran las niñas que lucían pañuelo de talle, y como no tuvieran
velas, ordenó que se les diesen. Abocose a ella la comandanta, como un
edecán de parada, para decirle que en la calle, frente al mismo portal,
se había puesto un condenado pianito, tocando jotas, polkas, y _la
canción de la Lola_; que esto era una irreverencia y no se podía
consentir. A lo que replicó la santa que no debían ocuparse de lo que
pasase fuera; pero observando al punto que el profano instrumento
molestaba mucho y estorbaba la edificación del vecindario, por el
apetito que algunos sentían de ponerse a bailar, bajó al portal y habló
con el de Orden Público que allí estaba. Todos los individuos de este
cuerpo que conocían a Guillermina, la obedecían como al mismo
gobernador. Total, que el piano tuvo que salir pitando, y sus arpegios y
trinos se oían después perdidos y revueltos, como si alguien estuviera
barriendo sus notas por la calle de Toledo abajo.
Llegó el momento hermoso y solemne. Oíase desde arriba el rumor popular;
y luego, en el seno de aquel silencio que cayó súbitamente sobre la casa
como una nube, la campanilla vibrante marcó el paso de la comitiva del
Sacramento. El altar estaba hecho un ascua de oro con tantísima luz, que
reflejaba en el talco de las flores. Había sido entornada la ventana, y
todos de rodillas esperaban. El _tilín_ sonaba cada vez más cerca; se le
sentía subir la escalera entre un traqueteo de pasos; después llegaba a
la puerta; vibraba más fuerte en el pasillo entre el muge-muge de los
latines que venía murmurando el acólito. Apareció por fin el Padre
Nones, tan alto que parecía llegaba al techo, un poco encorvado, la
cabeza blanca como el vellón del Cordero Pascual, llevando agasajado el
porta-formas entre los pliegues de la capa blanca. Arrodillose ante el
altar y allí estuvo rezando un ratito. Mauricia estaba en aquel instante
blanca, diáfana, y sus ojos entornados y como sin vida miraban al
sacerdote y lo que entre manos traía. Guillermina se le puso al lado y
acercó su rostro al de ella. Cuando el sacerdote se aproximaba, la santa
susurró al oído de la enferma, como secreto de ángeles, estas palabras:
«Abre la boca». El cura dijo: «_Corpus Domini Nostri_, etc.» y todo
quedó en silencio, y los párpados de Mauricia se abatieron, proyectando
sobre las ojeras la sombra de sus largas pestañas.
Poco después salió la comitiva, precedida de la campanilla, entre la
calle formada por mujeres arrodilladas, con velas o sin ellas. Se sintió
que bajaba, que salía y se alejaba por la calle. Cuando ya no se oía más
el _tilín_, Guillermina, cesando de rezar, acercó su cara a la de
Mauricia y empezó a darle besos. Todas las demás, lloriqueando, la
felicitaban con ruidosos aspavientos, y por fin la misma santa hubo de
mandar que cesaran aquellas manifestaciones de regocijo, porque la
enferma se afectaba mucho, y podría resultarle algún retroceso
peligroso. Mas por efecto de la excitación, Mauricia no sentía dolor ni
molestia alguna; estaba como bajo la acción de fortísimo anestésico, de
los que producen efectos infalibles aunque pasajeros. Desde la edad de
doce años, en que la llevaron a comulgar por primera vez, no había
vuelto a verse en otra como aquella, y con la impresión recibida
retrogradaba su pensamiento a la infancia, llegando hasta adormecerse
por breves momentos en la ilusión de que era niña inocente y pura, y de
que, como entonces, ignoraba lo que son pecados gordos.
También mandó Guillermina despejar la habitación y que se apagaran las
luces. Entre la mucha gente que había entrado, veíanse dos mujeres muy
bien vestidas a la chulesca, con mantón color café con leche, delantal
azul, falda de tartán, pañuelos de color chillón a la cabeza, el peinado
rematado en _quiquiriquí_ con peina de bolas, el calzado de la más
perfecta hechura y ajuste. Parecían deseosas de hablar a Mauricia; pero
no se atrevían a adelantarse hasta la cama. Guillermina, concluida la
ceremonia, no les quitaba ojo, y por fin resolvió darles el quién vive.
«Señoras mías--les dijo--, ¿qué bueno traen ustedes por aquí? Si han
venido por devoción, me parece muy bien. Pero si vienen a curiosear,
siento tener que decirles que tomen la puerta y que aquí no hacen falta
para nada».
Salieron las tales muy corridas, echando de sus bocas, por la escalera
abajo, palabras absolutamente contrarias a los latines que pocos
momentos antes se habían oído en el propio sitio. Todas las que
presenciaron la _indirecta_ que les echó la señora, la celebraron mucho,
diciéndole doña Lupe al pasar a la sala: «Vaya unas despachaderas que
tiene usted, amiga mía. Eso se llama carácter».
--Una de ellas--dijo Severiana--, es _Pepa la Lagarta_... mujer de
historia, ¿sabe?... la que dicen mató a su marido con una aguja de coser
serones... muy amigota de Mauricia, a quien debe quinientos reales... Y
no se los puede sacar... ¿Pero creen ustedes que no tiene dinero? Ya
quisiera yo... Gasta como una marquesa, y el mes pasado costeó, en San
Cayetano, una novena a la Virgen de las Angustias, que era lo que había
que ver...
--¿Novena?--Sí, porque sanara el _Clavelero_, un chulito que tiene muy
guapín, el cual recibió un achuchón en la plaza de Leganés... como que
le entró el pitón por salva la parte... Pues el _Clavelero_ sanó. ¿Y
eso...? Vea usted, señora, ¡qué cosas hace la Virgen!
--Ella se sabrá lo que le conviene, tonta.
Poco después se retiró Guillermina. La casa volvió a tomar su aspecto
ordinario. La comandanta y doña Lupe estaban en la sala hablando de la
rifa de la maravillosa colcha que decoraba el altar. Fortunata y
Severiana acompañaban a Mauricia, que se aletargaba lentamente, pues no
había dormido nada la noche anterior. Doña Fuensanta, deseosa de mostrar
a la señora de Jáuregui sus habilidades, la invitó a pasar a la casa
inmediata. Hay que decir de paso que doña Lupe estaba algo
desilusionada, pues había creído que Guillermina iba siempre a sus
visitas benéficas con un regimiento de señoras. «¿Pero dónde están esas
_damas distinguidas_ de que hablan los periódicos? Por lo que voy
viendo, aquí no viene más _dama_ que yo».
Viendo Fortunata que Mauricia se dormía profundamente, salió a la sala.
No había nadie. Acercose a la ventana, mirando a la calle por entre los
cristales, y allí estuvo un largo rato con la atención vagabunda y el
pensamiento adormilado, cuando un rumor en el pasillo la sacó de su
abstracción. Al volverse, se quedó atónita, viendo a Jacinta que,
detenida en la puerta, alargaba la cabeza para ver quién estaba allí.
Traía de la mano una niña, vestida a la moda, pero con sencillez y sin
pizca de afectación de elegancia. Avanzó hacia Fortunata; interrogándola
con aquella sonrisa angelical que vista una vez no se podía olvidar.
Sentía la de Rubín una gran turbación, mezcla increíble de cortedad de
genio y de temor ante la superioridad, y se puso muy colorada, después
como la cera. Debió Jacinta preguntarle algo; sin duda la otra no acertó
a responderle. La señora de Santa Cruz se acercó a la puerta que
comunicaba con la otra sala. Entonces Fortunata, que se hallaba detrás,
dijo: «Se ha quedado dormida».
Volviéndose hacia ella, otra vez le echó Jacinta aquella mirada y
aquella sonrisa que la asesinaban. «En ese caso, esperaremos un poco»,
indicó en voz casi imperceptible, sentándose en una de las sillas de
paja. Fortunata no sabía qué hacer. No tuvo valor para marcharse, y se
sentó en el sofá. Casi en el mismo instante la Delfina sintiose vacilar
en su asiento, porque la silla estaba inválida, y se pasó al sofá.
Halláronse las dos juntas, tocando falda con falda. Fortunata, por no
mirar a su rival, miraba a la niña, a quien aquella tenía en pie delante
de sí, cogiéndola de las manos. Observó la de Rubín el trajecito azul de
Adoración, sus botas, todo su decente atavío, y en aquella inspección
fisgona que hizo, sus miradas y las de Jacinta se encontraron alguna
vez. «¡Oh, si tú supieras al lado de quién estás!» pensaba Fortunata, y
aquí su temor se desvanecía un tanto, para dejar revivir la ira. «Si yo
te dijera ahora quién soy, padecerías quizás más de lo que yo padezco».
Adoración quería decir algo; pero Jacinta le tapaba la boca, y mirando a
la de Rubín se sonreía con esa ingenuidad que indica ganas de trabar
conversación. Comprendiolo la otra, diciendo para sí: «No, pues yo no he
de buscarte la lengua». La niña, aquel dato vivo de la bondad de la
Delfina, no podía menos de determinar en Fortunata un pensamiento
distinto de los anteriores. Pero sus renovados odios trataban de
envenenar la admiración: «¡Oh!, sí, señora--pensaba--. Ya sabemos que
tiene usted un sin fin de perfecciones. ¿A qué cacarearlo tanto...? Poco
falta para que lo canten los ciegos. Si estuviéramos como usted, entre
personas decentes, y bien casaditas con el hombre que nos gusta, y
teniendo todas las necesidades satisfechas, seríamos lo mismo. Sí,
señora; yo sería lo que es usted si estuviera donde usted está... Vaya,
que el mérito no es tan del otro jueves, ni hay motivo para tanto bombo
y platillo. Y si no, venga usted a mi puesto, al puesto que tuve desde
que me engañó _aquel_, y entonces veríamos las perfecciones que nos
sacaba la mona esta».
Y las miradas de la de Santa Cruz volvieron a flecharla. Eran un
comentario que con los ojos ponía a la tontería o pueril gracia que
Adoración acababa de decirle. Sin saber cómo, aquel nuevo flechazo trajo
a la mente de Fortunata un pensamiento que en cierto modo se eslabonaba
con la presencia de la niña. Acordose de que Jacinta había querido
recoger a otro niño, creyéndolo hijo de su marido... «¡Y mío...!
¡creyéndolo el mío!». Desde la altura de esta idea, se despeñó en un
verdadero abismo de confusiones y contradicciones... ¿Habría hecho ella
lo mismo? «Vamos, que no... que sí... que no, y otra vez que sí...». ¡Y
si el _Pituso_ no hubiera sido una falsificación de Izquierdo; si en
aquel instante, en vez de mirar allí a la niña de Mauricia, viera a su
pobre Juanín...! Le entraron tan fuertes ganas de echarse a llorar, que
para contenerse evocó su coraje, tocando el registro de los agravios,
segura de que le sacarían del laberinto en que estaba. «Porque tú me
quitaste lo que era mío... y si Dios hiciera justicia, ahora mismo te
pondrías donde yo estoy, y yo donde tú estás, grandísima ladrona...». No
siguió, porque Jacinta, no pudiendo resistir más las ganas de entablar
conversación, la miró otra vez y le hizo esta preguntita: «¿Qué tal
estuvo la Comunión? Y Mauricia, ¿qué tal?...». He aquí a la prójima otra
vez turbada y sin saber lo que le pasaba. «Muy bien... pero muy bien...
Mauricia contenta...».
Agradeció mucho Fortunata que en aquel momento se abriese suavemente la
puerta de la alcoba y apareciera la cabeza de Severiana. Hacia ella fue
corriendo Adoración. «Chitito--le dijo su tía, entrando pasito a paso--.
No hagas ruido, que tu mamá está dormida. Tiempo hace que no ha cogido
un sueño tan largo. ¡Ay, señorita, lo que se perdió usted! Ha estado
todo tan bien, que daba gusto».
Mientras la Delfina y Severiana hablaban, Fortunata, que continuaba
sentada, examinó con curiosidad a la esposa de _aquel_, fijándose
detenidamente en el traje, en el abrigo, en el sombrero... No le parecía
propio venir de sombrero; pero por lo demás, no había nada que criticar.
El abrigo era perfecto. La de Rubín hizo propósito de encargarse el suyo
exactamente igual. Y la falda, ¡qué elegante! ¿Dónde se encontraría
aquella tela? Seguramente era de París.
Oyose la voz ronca de Mauricia. Su hermana entró corriendo, y Jacinta
miraba por el hueco de la puerta entornada. Cuando Severiana volvió a la
sala, la señorita dijo: «Yo no entro. Pase usted con la pequeña. Yo me
quedo aquí». A pesar de lo trastornadas que estaban sus facultades,
Fortunata supo apreciar el verdadero sentido de aquella resistencia de
Jacinta a presentarse con la niña. Era un sentimiento de modestia y
delicadeza. Quería sustraerse a las manifestaciones de gratitud de la
pobre enferma, y evitarle a esta el sonrojo de su desairada situación
como madre.
«¿Será por eso por lo que no quiere entrar?--se preguntó mirándola de
espaldas--. ¡Qué remilgos estos! Cuando digo que me cargan a mí estas
perfecciones... ¡Qué monas nos hizo Dios! Pues lo que es yo, sí entro».
Severiana se acercó a la cama, llevando de la mano a la chiquilla.
«Mira, mira lo que te traigo... ¿Cuál visita te gusta más? ¿Esta o la
que estuvo antes?».
Mauricia le echó los brazos a su hija y le dio muchos besos. Un poco
asustada, la nena besó también a su madre, sin efusión de cariño, y como
besan a cualquier persona los chicos obedientes, cuando se lo manda la
maestra. «¡Ay, qué mala he sido!--exclamó la enferma, también sin
efusión, como quien cumple un trámite...--. Niña de mi alma, bien haces
en querer a la señorita más que a mí, porque yo he sido más mala que
arrancada, ¡re...!». Atravesósele el vocablo, y ella hizo como que
escupía algo. Luego revolvió a todos lados sus miradas anhelantes,
diciendo: «Severiana, o tú, o cualquiera, ¡si quisierais darme!...».
Doña Lupe y la comandanta habían entrado también. «¿Qué tal, Mauricia?
Hoy es para ti día feliz. Recibes a Dios, y ves a tu nena. ¡Oh, qué maja
está!».
Pero la Dura tenía todo su ser embargado por la ardentísima ansiedad
física que experimentaba, y sus ojos de águila se fijaron en Severiana
que escanciaba en un vaso algo del contenido de una botella. El licor
brillaba con reflejos de topacio engastado en oro. «¡Cómo lo miras,
bribona!--pensó la escéptica y observadora doña Lupe--. Esa es la
Eucaristía que a ti te gusta, el Pajarete...». Y viéndoselo tomar, decía
la muy picarona: «Eso, saboréate bien, y relámete. No lo hacías así
cuando recibías a Dios...».
Después del _trinquis_, Mauricia pareció como si resucitara, y su cara
resplandecía de animación y contento. Entonces sí demostró que en el
fondo de su ser existían instintos y sentimientos maternales; entonces
sí que abrazó y besó con efusión tiernísima a la hija que había llevado
en sus entrañas... Y tanto se excitó, que temiendo le diera un síncope,
quitáronle de los brazos a la nena. «Sí, que te lleven, que te quiten de
mi lado... No merezco tenerte... Me tienes miedo, rica... Como que
cuando seas mañosa, no te dirán 'que viene el coco', sino 'que viene tu
madre'. ¡Ay, qué pena!... Pero estoy conforme. Dicen que tengo que
salvar... ¡Ay, qué gusto! Y mi hija está mejor en la tierra con la
señorita que conmigo en el Cielo... Y nada más».
Adoración rompió a llorar entre afligida y espantada. Total, que
tuvieron que llevársela, porque aquel espectáculo no podía prolongarse.
Mauricia seguía dando besos al aire y diciendo cosas que enternecían a
las demás... «Sí, sí--pensó doña Lupe, que también estaba conmovida--.
¡Cuánto quieres a tu hija!... ¡Te la beberías!».
Fortunata no aguardó al fin de la escena. Sentía en su interior un
trastorno tan grande, que una de dos, o rompía en llanto o reventaba.
Refugiose en el cuarto interior, y echándose sobre un baúl, se echó a
llorar. Los sentimientos que desataban aquel raudal de lágrimas no eran
únicamente los producidos por la situación del momento; eran algo
antiguo y profundo, sedimentado en su alma, su tradicional desgracia, el
despecho combinado con un vago deseo de ser buena, «sin poderlo
conseguir... Cuidado que esto es de lo que se dice y no se cree».
Muchas lágrimas había derramado cuando sintió el ruido del coche de
Jacinta que partía, y entonces salió a la sala. Doña Lupe se despedía de
la comandanta, ofreciéndole tomar diez papeletas de la rifa de la
colcha, y hacía una seña a su sobrina indicándole que era hora de
retirarse. Dieron un vistazo y un apretón de manos a la enferma, y
salieron. Cuando iban por la calle, doña Lupe, que comprendió cuánto
había impresionado a su sobrina el encuentro con la señora de Santa
Cruz, intentó dos o tres veces aludir a esto; pero la prudencia y un
sentimiento de delicadeza retuvieron su charlatana lengua.
--iv--
En el portal de su casa se separaron; doña Lupe subió y Fortunata
fue a la botica, donde Maxi estaba solo, haciendo un emplasto. Contole
su mujer lo que había visto aquel día, recordando con feliz memoria
todos los pormenores. La visita de Jacinta fue omitida discretamente. Al
farmacéutico le agradaba que su cara mitad anduviera en aquellos trotes
de beneficencia, viese buenos ejemplos y se familiarizara con aquellos
cuadros hondamente humanos de la miseria y de la muerte, pues sin duda
serían más provechosos a su espíritu que los saraos, bullangas y
diversiones.
A la hora de comer se hablaba de lo mismo, y ponderaba doña Lupe la
solemnidad conmovedora del acto de aquel día. Discutiose si debían
volver por la noche a la calle de Mira el Río o irse a Variedades a ver
una pieza; mas como Fortunata mostrase gran repugnancia a las funciones
teatrales, prevaleció lo primero, y Maxi, muy complacido de aquella
aplicación a las obras de piedad, prometió que las acompañaría y que
iría a recogerlas a las once. «Y como no haya esta noche quien se quede
a velar, me quedaré yo» dijo la viuda, a quien no se le cocía el pan
hasta no dar a Guillermina prueba palmaria de humildad y abnegación.
Opusiéronse a esto el sobrino y su mujer, diciendo el primero que bueno
era lo bueno, pero no lo demasiado. La de Jáuregui decía con deliciosa
modestia: «¡Si yo no lo hago por buscar un elogio; si no hay en esto el
menor asomo de mérito...! Yo resisto perfectamente una noche toledana, y
hasta dos y tres. De modo que...».
Las nueve sería, cuando los tres entraban por el portal de la casa de
corredor, y no fue poco su asombro al ver en el patio resplandor de
hoguera y multitud de antorchas, cuyas movibles y rojizas llamas daban a
la escena temeroso y fantástico aspecto. ¿Qué era aquello? Que los
granujas de la vecindad habían pegado fuego a un montón de paja que en
mitad del patio había, y después robaron al maestro Curtis todas las
eneas que pudieron, y encendiéndolas por un cabo empezaron a _jugar al
Viático_, el cual juego consistía en formarse de dos en dos, llevando
los juncos a guisa de velas, y en marchar lentamente _echando latines_
al son de la campanilla que uno de ellos imitaba y de la marcha real de
cornetas que tocaban todos. La diversión consistía en romper filas
inesperadamente, y saltar por encima de la hoguera. El que llevaba el
copón, bien abrigadito con un refajo atado al cuello, daba las zapatetas
más atrevidas que se podrían imaginar, y hasta vueltas de carnero,
poniendo todo su arte en recobrar la actitud reverente en el momento
mismo de tomar la vertical. En fin, que semejante escena daba una idea
de aquella parte del Infierno donde deben tener sus esparcimientos los
chiquillos del Demonio. Maximiliano y su mujer se detuvieron un rato a
ver aquello; pero doña Lupe dirigió a la infantil tropa miradas y
expresiones de desdén, diciendo que la culpa la tenían los padres que
tal sacrilegio consentían.
Subieron, y cuando Fortunata pasó a la alcoba de Mauricia, que estaba
sola, retirose Maxi, diciendo que volvería a las once. Estaba aquella
noche la enferma sumamente inquieta, y lo poco que hablaba no era un
modelo de claridad. El temor de pronunciar palabras malas parecía
haberse desvanecido en ella, porque escupió de sus labios algunas que
ardían. La memoria no debía de estar muy firme, porque cuando su amiga
le dijo: «Sosiégate y acuérdate de lo de esta mañana» replicó: «¡Lo de
esta mañana...!, ¿qué ha sido...?». Y mirando con extraviados ojos al
techo, parecía entregarse al doloroso trabajo de recordar, cazando las
ideas como si fueran moscas. Más presente que la administración del
Sacramento tenía el _paso_ con su hija; ¡ay, qué paso!... «¿No vistes a
_la_ Jacinta?--preguntó a Fortunata, volviéndose de un costado y
poniéndole la mano en el hombro...--. ¿Habló contigo?... Tú eres una
sosona y no tienes genio... Si a mí me llega a pasar lo que te ha pasado
a ti con esa pastelera; si el hombre mío me lo quita una mona golosa, y
se me pone delante, ¡ay!, por algo me llaman Mauricia la Dura. Si me la
veo delante, digo, y me viene con palabras superfirolíticas... la trinco
por el moño y así, así, le doy cuatro vueltas hasta que la acogoto...».
Uniendo la acción a la palabra, Mauricia hacía contorsiones violentas,
se destapaba, rechinaba los dientes... no pudiendo sujetarla Fortunata,
llamó a Severiana: «¡Ay, venga usted! Está diciendo mil disparates...
por Dios, vea usted de reducirla... Dele algo para que se calme,
aguardiente...».
«A mí no me puede nadie--gritó la infeliz con frenesí, los ojos
desencajados, forcejeando contra los cuatro brazos que la querían
sujetar--. Soy Mauricia la Dura, la que le abrió una ventana en el casco
a aquella ladrona que me robaba los pañuelos, la que le arrancó el moño
a la Pepa, la que le arañó la cara a doña Malvina la _protestanta_...
Suéltame tiorra pastelera, o de una mordida te arranco media cara.
¡Persona decente tú!... tú, que dejas un soldado pa tomar otro... tú que
tienes ya el corazón como la puerta de Alcalá, de tanta gente como ha
entrado por él... Ja, ja, ja... Loba, más que loba, so asquerosa, judía,
con más babas que un perro tiñoso... cara de escupidera, zurrón, celemín
de peinetas... verás qué recorrido te doy... así, así, y te arranco la
nariz, y te escupo los ojos, y te saco todo el mondongo...». Por fin no
eran voces humanas las que de sus labios llenos de espuma salían, sino
rugidos de fiera sujeta y acorralada. No pudiendo librar sus brazos de
los vigorosos que la contenían, sus dedos se agarraron con rabia
epiléptica a lo que encontraban, y querían deshacer y rasgar la sábana y
la colcha. El fatigoso mugido iba calmándose poco a poco, las
contorsiones eran menos violentas, y por fin, cayó en un colapso
profundísimo. La sedación era instantánea, y a la misma muerte se
parecía.
La señora de Rubín estaba aterrada. Severiana le dijo: «ya ha tenido
esta noche tres achuchones de estos, y anteanoche tuvo seis. Si viniera
el médico la aplacaría dándole esos pinchacitos que llaman _yeciones_...
¿sabe?, una gotita de morfina». Sin duda por esta frecuencia de los
accesos veíalos Severiana con relativa calma, como los que se
acostumbran a los prodigios del dolor humano en las clínicas. A poco de
tranquilizarse Mauricia, la otra se dedicó a preparar la lámpara que
debía arder toda la noche, un vaso con agua, aceite y una mariposa
encima.
Media hora estuvo la tarasca como dormida, pronunciando en sueños
retazos de palabras y fragmentos de cláusulas groseras, como retumban en
lontananza los dejos de la tempestad que ha pasado. Despertó luego, y
con voz sosegada dijo a su amiga: «¿Estás aquí?... ¡qué gusto me da
verte! De todas las personas que veo aquí, la que me gusta más eres tú.
Te quiero más que a mi hermana. Lo primerito que he de pedirle al Señor
cuando me meta en el Cielo, es que te haga feliz, dándote lo que es muy
re-tuyo, lo que te han quitado... Su Divina Majestad puede arreglarlo,
si quiere...».
A Fortunata no se le ocurría nada que responder a estos disparates.
«Porque tú has padecido... ¡pobrecita! Buenas perradas te han jugado en
esta vida. La pobre siempre debajo, y las ricas pateándole la cara. Pero
déjate estar, que el Señor te arreglará, haciendo justicia y dándote lo
que te quitaron. Lo sé, lo he soñado ahora, cuando me dormí pensando que
me moría y que entraba en el Cielo escoltada por la mar de angelitos...
¡tan monos...! Créetelo, porque yo te lo digo... Y yo, _mismamente_ le
he de decir a la Virgen y al Verbo y Gracia que te hagan feliz y se
acuerden de las amarguras que has pasado».
Callose un instante, y después de los dos o tres suspiros que Fortunata
echó de su seno, volvió a hablar la enferma de este modo: «¿Has visto a
Jacinta?... porque ella fue quien trajo a mi niña. Es un serafín esa
mujer... Ahora cuando me pensé que estaba en el Cielo, la vi encima de
una nube con un velo blanco... Estaba allí, _entremedio_ de aquellos
grandes corros de ángeles. ¿Será que se va a morir? Lo sentiré por mi
niña. Pero Dios sabe más que nosotras, ¿verdad?, y lo que él hace, bien
sabido se lo tiene... Pero dime, ¿te habló ella? ¿Le soltaste alguna
patochada? Harías mal. Porque ella no tiene la culpa. Perdónala, chica,
perdónala; que lo primerito para salvarse es perdonar a una parte y
otra. Mírame a mí, que no hago más que lo que me manda el Padre Nones, y
he perdonado a la Pepa, a la Matilde, que me quiso envenenar, y a doña
Malvina la _protestanta_ y a todo el género mundano... ¡re...! Párate
boca que ya ibas a soltarlo... Pues sí, perdonar; créetelo porque yo te
lo digo. ¿Ves qué tranquila estoy? Pues a cuenta que lo mismo estarás
tú, y Dios te dará lo tuyo; eso no tiene duda... porque es de ley. Y por
la santidad que tengo entre mí, te digo que si el marido de la señorita
se quiere volver contigo y le recibes, no pecas, no pecas...».
Fortunata creyó prudente mandarla callar, pues aquel concepto se
armonizaba mal con la santidad de que hacía gala su amiga.
--Me parece--le dijo--, que si el Padre Nones te oye eso, te ha de
reprender... porque ya ves... quien manda manda, y está dispuesto que no
sean las cosas así.
--¡Qué risa contigo! ¿Pues tú qué sabes? Yo estoy arrepentida de todo lo
malo que he hecho; yo he perdonado a todo Cristo. ¿Qué más quieren? Esto
que te cuento es, como quien dice, una idea. ¿No puede una tener una
idea?... Cuando me muera, veremos, créetelo... el Santísimo me dirá que
tengo razón...
Callose fatigada, y Fortunata le impuso silencio. De repente determinose
una brusca sacudida en su espíritu, y tomándole la mano a su querida
amiga y apretándosela mucho, le dijo con expresión de terror:
«¿Qué te parece a ti, me salvaré yo?».
--¿Pues qué duda tiene?--replicó la otra tranquilizándola--Dicen que
aunque los pecados de una sean tantos como las arenas de la mar...
figúrate tú la cantidad de arenas que habrá en todita la mar...
--¡Oh!... ¡si habrá arenas en todita la mar y sus arenales!--repitió
Mauricia con voz patética.
--Pues aunque los pecados de una sean más que las arenas, Dios los
perdona cuando una se arrepiente de verdad.
--¿Y crees tú que una idea, pongo por caso, es también pecado?
--Según y conforme. Pero tú no tienes malas ideas. Estate tranquila.
--Dios te oiga... Se me arranca el alma de verte penando... con un
hombre que no quieres... ¡qué traspaso! Chavala querida, muérete, y
vente conmigo. Verás qué bien vamos a estar las dos allá. ¡Porque te
quiero tanto...! Dame un abrazo, hija, y muérete conmigo.
--No lo digas mucho--balbució Fortunata conmovidísima, acariciando a su
amiga--. Bien podría ser que me muriera pronto. Para lo que yo hago en
este mundo... no sé... valdría más... ¡Ay, qué desgraciada soy!
--¡Re...! ¡Bendita sea tu alma! Lo primerito que le pido al Señor, lo
juro por estas cruces, es que te mueras.
Las dos se echaron a llorar. En tanto doña Lupe sostenía una gallarda
disputa con Severiana. «Ya lo he dicho y no hay más que hablar. Yo me
quedo esta noche para que usted descanse un poco».--«Señora, no lo
consiento. Hay vecinas que se quieren quedar».--«¡Vecinas!... Aviada
está la enferma con las vecinas. ¡Son tan torpes y tan descuidadas...!
Verá usted cómo trabucan las medicinas y le encajan una por
otra».--«¡Oh!, no señora, no consiento que usted se moleste».--«Repito
que me quedo, ¡vaya! Si no hay en ello mérito alguno, ni sacrificio. No
me cuesta ningún trabajo estar en vela toda la noche. Y además, hija,
hay que hacer algo por el prójimo. Velaremos, pues, y no me hable usted
de gratitud que es ridículo hacer tanto aspaviento por lo que no vale
tres cominos».
La viuda de Jáuregui no hacía gran sacrificio, y su determinación estaba
calculada con habilidad, pues como una de las vecinas le dijera que
Guillermina pensaba echar un guante al día siguiente para atender a las
apremiantes necesidades de algunos inquilinos de la casa, doña Lupe
pensó de esta suerte: «Con quedarme a velar, cumplo; y eso del guante no
va conmigo, porque en todo el día de mañana no aparezco por aquí, ni a
media legua a la redonda».
Severiana explicó minuciosamente a la señora cuanto había que hacer,
advirtiéndole que la llamase si ocurría algo extraordinario. Otra vecina
se quedaba también, en calidad de ayudante. A las doce, Fortunata se
retiró a su casa con su marido, que fue a buscarla. Cogiditos del brazo
recorrieron el trayecto más tortuoso que largo que les separaba de su
domicilio, hablando de alcoholismo y de beneficencia domiciliaria, y
poniendo muy en duda que doña Lupe resistiese toda la noche sin
dormirse, pues era persona que en dando las diez ya estaba haciendo
cortesías aunque se encontrase en visita.
A la mañana siguiente, determinó la esposa ir a enterarse de la noche
toledana que habría pasado doña Lupe, y Maximiliano no se opuso a ello.
Cumplidas las sabias órdenes que había dado la directora de la casa,
Fortunata salió con Papitos, y después de encaminarla a la compra,
indicándole algunas cosas que debía tomar, separose de ella en la
plazuela de Lavapiés para dirigirse a la calle Mira el Río. Encontró a
su tía en el cuarto de la comandanta en un estado verdaderamente
aflictivo, ojerosa, con la cabeza pesada y un humor poco dispuesto a las
bromas.
«¡Bien por las valentías!...--le dijo Fortunata--. ¿Y qué tal se ha
portado la enferma?».
--No me hables, hija; noche más perra no la he pasado en mi vida. No me
ha dejado ni siquiera descabezar un sueño de diez minutos. La maldita
parecía que lo hacía a propósito y por vengarse de lo muy derecha que la
he obligado a andar cuando me corría mantones... Figúrate; en un puro
delirio hasta que Dios amaneció. Juraría que todo el aguardiente que ha
bebido en su vida se le subió a la cabeza esta noche. Ya se levantaba,
ya se revolvía, echaba las piernazas fuera de la cama, y los brazos como
aspas de molino... ¡Luego unas voces y unos berridos...! Ya sabes el
diccionario que gasta... Y a lo mejor se quedaba como un gato que
acecha, los ojos como ascuas, y hablando bajito, bajito, y señalando
para la mesa en que está el altar y la lamparilla, decía: «Mírenlo,
mírenlo; allí está». ¡A mí me daba un miedo...! Prefería oírla gritar...
Créete que me horripilaba cuando le veía señalar a la luz y al altarito.
Doña Lupe empezó a tomar el chocolate que le trajo doña Fuensanta, y a
renglón seguido continuó la relación, imitando la voz y la actitud de la
delirante.
«Y se ponía así: 'Allí está, mírenlo... el _señor_ de Sor Natividad...
La bribona lo tiene preso... Bribona, más que loba...'. ¿Sabes tú quién
es el _señor_... con retintín, de Sor Natividad? Pues la custodia, hija,
el Santísimo... Y seguía: 'Ahora voy allá, te cojo, te saco y te echo al
pozo...'. ¡Al pozo!, ¿has visto?, ¡arrojar la custodia al pozo! Mira tú
si tendrá malas ideas... Luego dice que se salva. ¡Como no se salve
esa...! Me ha dicho Severiana que cuando delira fuerte, siempre se sale
con eso, con que va a sacar del Sagrario la custodia y a guardarla en su
baúl, o qué sé yo qué. Verás: soltaba una risa que a mí me ponía los
pelos de punta, y decía muy callandito: «¡Qué guapo estás con tu cara
blanca, con tu cara de hostia dentro del cerco de piedras finas!... ¡Oh,
qué reguapo estás! No creas que te robo las piedras... Para nada las
quiero... Me gustas... ¡te comería! No me digas que no te coja, porque
te cojo, aunque me muera y me eches al infierno... Sor Natividad te
falta; para que lo sepas; te falta con el Padre Pintado...'. En fin,
hija, que era un horror. Suprimo las flores que iba entreverando, porque
me ardería la boca».
Doña Lupe hizo esfuerzos por atraer hacia su paladar, con la lengua y
con los rechupidos de sus labios, lo que en el fondo del pocillo
quedaba, y conseguido esto al fin, acabó así: «Con estos disparates
sacrílegos estuve toda la noche en vilo, horrorizada, el estómago
revuelto, y deseando que el día llegara».
--Me lo figuraba--dijo Fortunata, y después le dio cuenta de lo que
había dispuesto y de lo que le indicó a Papitos que comprase.
«¡Ay! Me parece que he estado un año fuera de mi casa. Me ocurría que no
sabríais desenvolveros y que la mona se declararía en cantón, haciendo
lo que le daba la gana. Ahora a casa, que es madre. Ya hemos cumplido.
Claro que esto no es ninguna santidad extraordinaria, ni un caso de
heroísmo; pero algo es algo...».
Vieron entonces que Guillermina pasaba en dirección al cuarto de
Severiana, y doña Lupe corrió a recibir de su boca augusta los plácemes
que merecía. «¡Oh, qué buena es usted!--le dijo la santa, estrechándole
las manos--. ¡Quedarse aquí cuidando a esta pobre...! No, no diga usted
que esto no vale nada. Vaya si vale. ¡Dejar las comodidades de su casa
para velar a la cabecera de una infeliz...! Pues lo que yo sé es que no
lo hacen todas... Dios se lo pagará. Más de agradecer es esto que los
donativos que hacen otras... quedándose muy abrigaditas en sus camas...
porque esta es la verdadera caridad que sale del corazón... En fin, veo
que su modestia se ofende, amiga mía, y no quiero sacarle a usted los
colores a la cara. Gracias, gracias».
Doña Lupe estaba muy satisfecha; pero sospechando que la fundadora iba a
sacar el temido guante, se despidió con prisa. «Amiga de mi alma, la
obligación me llama a mi choza...».
--Sí, sí--le dijo Guillermina--. La obligación antes que nada. Hasta
luego.
Y llevando aparte a Fortunata en el corredor, su tía le dijo: «Tú te
quedarás aquí un ratito; si hay petitorio, no quedaremos nosotras en mal
lugar. Le dices que apunte un duro por ti y otro por mí. Es bastante.
Bien debe saber que no somos potentadas. No me gustan guantes; pero sé
cumplir en todas las circunstancias y no hacer un mal papel. Un duro por
ti y otro por mí; no lo olvides. No digas si podemos o no podemos más.
Tú lo sueltas seco, sin achicarte ni engrandecerte; que ella, aunque se
le dé un ochavo, siempre da las gracias con la misma boquita de
merengue. Vaya... Mentira me parece que he de verme en mis cuatro
paredes...».
--v--
Cuando Fortunata, después de un ratito de palique con la
comandanta, penetró en la otra casa, vio cosas que la pasmaron.
Guillermina, dejando su mantilla y su libro de misa sobre el sofá,
desempeñaba junto a Mauricia las obligaciones más penosas del arte de
cuidar enfermos, acometiendo con actividad maquinal las faenas más
repugnantes, como persona que tiene la obligación y la costumbre de
hacerlo. Severiana se esforzaba en impedirlo; pero Guillermina no cedía.
«Déjame tú... si a mí esto no me cuesta ningún trabajo... Vete a ver lo
que quiere Juan Antonio, que está dando voces hace un rato». La pobre
menestrala deseaba tener tres o cuatro cuerpos para atender todo.
«Hombre, ten consideración. ¿Cómo quieres que deje a la señora en...?».
Al ver la de Rubín este tráfago y la poca gente que había para tan
diversos quehaceres, brindose gustosa a ayudar. Lo que hacía Guillermina
era para asustar a cualquiera. Fortunata no se creía con valor para
tanto. Y sin embargo, al ver a la insigne dama aristocrática humillarse
de aquel modo, avergonzose de no tener valor para imitarla, y sacando
fuerzas de flaqueza, ofreció su ayuda. Como hija del pueblo, no quería
ser menos que la _señora de la grandeza_ en aquellos bajísimos
menesteres... «Quite usted allá, por Díos, hija...--replicó la santa--.
No faltaba más; no lo consiento... de ninguna manera. ¿Es que quiere
usted ayudarnos? Pues si tan buen deseo tiene, barra la sala, que va a
venir el médico».
Apenas hubo cogido Fortunata la escoba, entró Severiana, y que quieras
que no, se la quitó de las manos. «No faltaba más... señorita. Se va
usted a poner perdida...».
--Por Dios, déjeme usted que la ayude. ¿Quiere que le haga el almuerzo a
su marido?
--¡Qué cosas tiene...!
--¡Ay qué gracia!... ¿Cree usted que no sé?... La tortillita en la
fiambrera, y el pan abierto con la sardina dentro. Si he hecho yo en mi
vida más almuerzos de obreros que pelos tengo en la cabeza...
--Hemos encendido la lumbre en la casa de la vecina. Allá está doña
Fuensanta; pero va a salir a la compra, y si usted hiciera el favor...
Fortunata no necesitó más, y fue a la otra casa, donde encontró a la
comandanta muy afanada, porque no era un almuerzo, sino tres los que
tenía que preparar, el de Juan Antonio y el de dos obreros más, cuyas
respectivas mujeres se habían ido ya para la fábrica, dejándole aquel
encargo. «Váyase usted a la compra--le dijo--, que de las tortillas se
encarga una servidora...». Mucho agradeció esto doña Fuensanta, y
poniéndose su toquilla encarnada, quedándose con la bata de tartán y las
gruesas zapatillas de orillo, cogió el cesto y el portamonedas y fue a
pedir órdenes a Severiana, que estaba en la sala, dentro de una nube de
polvo. «Tráigame usted un codillo como el del otro día, para ponerlo en
sal... un cuarterón de agujas cortas... Tocino hay en casa... ¡Ah!, no
olvide las zanahorias, ni el cuarto de gallina... Si trae para usted
sesada de carnero, cómpreme otra a mí...
Oiga, oiga; si ve una buena lengua, tráigamela descargada, y la
salaremos para las dos...».
Salió la viuda del comandante renqueando por aquellas escaleras abajo, y
a poco partieron Juan Antonio y los otros dos obreros con sus saquitos
de comida en la mano. La señora de Rubín había desempeñado su cometido
con tanta presteza como acierto, y mientras se lavaba las manos, dejose
llevar por su vagabundo pensamiento a un orden de ideas que no era nuevo
en ella. «¡Si es lo que a mí me gusta, ser obrera, mujer de un
trabajador honradote que me quiera...! No le des vueltas, chica; pueblo
naciste y pueblo serás toda tu vida. La cabra tira al monte, y se te
despega el señorío, créetelo, se te despega...».
Cuando pasó a decir a Severiana que estaba servida, esta había concluido
de limpiar la sala. Como había tan mal olor allí, trajeron una paletada
de carbones encendidos, y echando un puñado de espliego, la pasearon por
toda la casa, desde el pasillo hasta la cocina. Después del sahumerio,
Fortunata entró a ver a Mauricia, a quien encontró muy mal, en un estado
de decaimiento y postración muy visibles. El médico, que llegó entonces,
la examinó detenidamente, observando hinchazón en las piernas y en el
vientre. La parálisis agitante crecía de una manera aterradora. Antes de
partir, el doctor habló con Guillermina en la sala, diciéndole que
aquello no podía menos de acabar mal, y que a todo tirar, tiraría dos
días... Acercábase Fortunata para enterarse de esto, cuando vio entrar
inesperadamente a una persona cuya presencia le hizo el efecto de una
descarga eléctrica.
«¡Jesús, esa mona otra vez...!, yo me voy».
Jacinta y Guillermina hablaron un momento con el médico, que se despidió
luego. «Entraré un ratito a verla--dijo la Delfina a su amiga,
sentándose en el sofá--. ¿Va usted a estar aquí mucho tiempo?».
--Tengo que pasar al otro corredor a ver al zapatero... Pobre hombre, no
ha querido ir al hospital. Yo no había visto nunca un caso de hidropesía
semejante. La barriga de ese infeliz era anoche como un tonel... Y ya le
han dado tres barrenos; pero el de ayer con tan mala fortuna, que no le
sacaron más que medio litro, y dicen que tiene en aquel cuerpo la
friolera de catorce litros... ¡Qué humanidad, Dios mío!
Fortunata pasó a la otra sala, y a poco volvió diciendo que Mauricia
dormía profundamente. La fundadora hizo entonces una observación
humorística. Dirigiéndose a las dos, les dijo: «¿Oyen ustedes ese
trombón que toca la marcha real?». En efecto, se oía bien clara, aunque
lejana, la marcha real tocada con verdadero frenesí por Leopardi, que en
la repetición le ponía un lujo escandaloso de mordentes y apoyaturas.
«Pues ese pobre hombre--añadió la santa conteniendo la risa--, desde que
se entera de que estoy aquí, se pone a tocar como un descosido. Es la
manera de recordarme que le prometí vestirle, porque el desventurado
está mejor de pulmones que de ropa. Mira--propuso a Jacinta, cogiéndole
un brazo--; en cuanto vayas hoy a tu casa, has de ver si tiene tu marido
algunos pantalones que no le sirvan... Puede que no tenga porque ¡ya
hemos hecho tantos escrutinios en su guardarropa!».
--No sé, no sé--dijo la señora de Santa Cruz, procurando recordar...--me
parece.
--Si no--manifestó prontamente la de Rubín--, yo traeré unos del mío...
--Dios se lo pagará a usted... porque verdaderamente parte el corazón
ver a ese pobre hombre, en este tiempo, con unos calzones de hilo, de
los que traen los soldados de Cuba...
Salió Guillermina para ir al almacén de maderas de la Ronda, y Jacinta
la acompañó hasta el corredor. Sentose Fortunata en el sofá, creyendo
que las dos se marchaban. Pero la de Santa Cruz, después de hablar con
su amiga de varias cosas, le dijo: «Aquí la espero a usted. Lleve mi
coche, y luego me recogerá y nos iremos juntas». Entró inmediatamente,
sentándose también en el sofá.
¡Ponerse a su lado! ¡No conocerle en la cara que las dos no podían estar
juntas en parte alguna!...
Esto pensaba la mujer de Maxi, que sintió deseos de huir, y luego
vergüenza y miedo de hacerlo. Si la otra le hablaba, no tendría más
remedio que responderle. «Pues si yo le dijera quién soy, la haría
temblar. Veríamos entonces quién temblaba más».