Quedose dormido el buen señor, que por haber pasado muy mala noche,

tenía sueño atrasado, y Fortunata permaneció a su lado sin chistar ni

moverse por no turbar su descanso. Examinaba la habitación y habría

deseado poder escudriñar la casa toda. De lo que en la alcoba observó,

hubo de sacar el conocimiento de que la casa estaba muy bien puesta. D.

Evaristo, que tan práctico quería ser en la vida social, debía de serlo

más en la doméstica, y, conforme a sus ideas, lo primero que tiene que

hacer el hombre en este valle de inquietudes es buscarse un buen agujero

donde morar, y labrar en él un perfecto molde de su carácter. Soltero y

con fortuna suficiente para quien no tiene mujer ni chiquillos ni

familia próxima, Feijoo vivía en dichosa soledad, bien servido por

criados fieles, dueño absoluto de su casa y de su tiempo, no privándose

de nada que le gustase, y teniendo todos los deseos cumplidos en el filo

mismo de su santísima voluntad. Más que por el lujo, despuntaba la casa

por la comodidad y el aseo. Gobernábala una tal doña Paca, gallega, que

tuvo casa de huéspedes distinguidos y recomendados, en la cual vivió

Feijoo mucho tiempo, y completaban la servidumbre una cocinera bastante

buena y un criado muy callado y ya algo viejo, que había sido asistente

de su amo.

Este despertó como a la media hora de haberse dormido, y restregándose

los ojos y gruñendo un poco, hubo de asombrarse de ver allí a su amiga,

y alargó la cabeza para mirarla. Viéndola reír, se expresó así:

«Pues con el sueñecito que he echado perdí la situación, chica, y al

despertar, no me acordaba de que habías quedado ahí... Y viéndote ahora,

me decía yo, en ese estado de torpeza que divide el dormir del velar:

'¿pero es ella la que veo? ¿Cómo y cuándo ha venido a mi casa?'».

Sacó su mano de entre las sábanas para tomar la de ella, y recogiendo al

punto las ideas que se habían dispersado, le dijo: «Fíjate bien en una

cosa, y es que doña Lupe _la de los Pavos_, que es la persona de más

entendimiento en toda esa familia, no se ha de llevar mal contigo, si

tienes tacto. Lo que a doña Lupe le gusta es mangonear, dirigir la casa,

y echárselas de consejera y maestra. Hay que darle cuerda por ahí, y

dejarla que mangonee todo lo que quiera. El gobierno de la casa lo ha de

llevar mucho mejor que tú, porque es mujer que lo entiende: la traté un

poco cuando vivía su marido, que era amigo y paisano mío. Por cierto que

cuando se quedó viuda, dio en la flor de decir que yo le hacía el oso.

¡Tontería y fatuidad suya!... Pero en fin, es mujer de gobierno. De modo

que dejándola que se explaye a su gusto en todo lo que sea el mete y

saca de la vida doméstica, podrás conservar tu independencia en lo

demás. No sé si me entiendes ahora; pero ya te lo explicaré mejor. En

último caso, si algún día tuvieras un choque con ella, te plantas y le

dices: «ea, señora, yo no me meto en lo que es de su incumbencia de

usted. No se meta usted en lo que es de la mía».

Se había hecho de noche y los dos interlocutores no se veían. Feijoo

llamó para que trajeran luz, y cuando la trajo doña Paca, la primera

claridad que se esparció por el aposento sirvió al ama de llaves para

examinar con rápida inspección el rostro de la amiga de su señor,

diciéndose: «esta es la pájara que nos le ha trastornado». Aquel

curioseo receloso de criado que espera heredar, fue seguido de

diferentes pretextos para permanecer allí con idea de pescar algo de la

conversación. Pero mientras Paca estuvo en la alcoba haciendo que

ordenaba las cosas, moviendo los trastos y revisando las medicinas, D.

Evaristo no desplegó los labios. Miraba a su ama de llaves, y su sonrisa

maliciosa quería decir: «tú te cansarás».

Así fue. Retirose la dueña, y D. Evaristo volvió a su tema: «Lo primero

que has de tener presente es que siempre, siempre, en todo caso y

momento, hay que guardar el decoro. Mira, chulita, no me muero hasta que

no te deje esta idea bien metida en la cabeza. Apréndete de memoria mis

palabras, y repítelas todas las mañanas a renglón seguido del

Padre-nuestro».

Como un dómine que repite la declinación a sus discípulos, machacando

sílaba tras sílaba, cual si se las claveteara en el cerebro a golpes de

maza, D. Evaristo, la mano derecha en el aire, actuando a compás como un

martillo, iba incrustando en el caletre de su alumna estas palabras:

«Guardando... las... apariencias, observando... las reglas... del

respeto que nos debemos los unos a los otros... y... sobre todo, esto es

lo principal... no descomponiéndose nunca, oye lo que te digo... no

descomponiéndose nunca... (A la segunda repetición del concepto, la mano

del dómine quedábase suspendida en el aire; y sus cejas arqueadas en

mitad de la frente, sus ojos extraordinariamente iluminados denotaban la

importancia que daba a este punto de la lección)... no descomponiéndose

nunca, se puede hacer todo lo que se quiera».

Después le entró tos. Doña Paca se apareció dando gruñidos y diciendo

que la tos provenía de tanto hablar, contra lo que el médico ordenaba.

«A usted no le ha de matar la enfermedad, sino la conversación... A ver

si toma el jarabe y cierra el pico». Para atenuar el efecto de esa

salida un tanto descortés, estando presente una visita, la señora

aquella agració a la intrusa con una sonrisilla forzada. ¿Cuál de las

dos daría al enfermo la cucharada de jarabe? Quiso hacerlo el ama de

llaves; pero Fortunata estuvo más lista. La otra tomó su desquite,

arrojando una observación de autoridad displicente a la cara de la

entrometida. «Eso es, dele el cloral en vez del jarabe, y la

hacemos...».

«¿Pero no es esta la medicina?».

--Esa es, sí... pero podía usted haberse equivocado. Para eso estoy yo

aquí.

--Que me dé lo que quiera--gruñó Feijoo con burlesca incomodidad--. ¿A

usted qué le importa, señora doña Francisca?...

--Es que...--Bueno; aunque me envenenara. Mejor.

--vii--

Al verse otra vez en su casa y sola, Fortunata no podía con la

gusanera de pensamientos que _le llenaba toda la caja de la cabeza_.

¡Volver con su marido! ¡Ser otra vez la señora de Rubín! Si un mes antes

le hubieran hablado de tal cosa, se habría echado a reír. La idea

continuaba teniendo para ella una extrañeza dolorosa; pero después de lo

que oyó al buen amigo no le parecía tan absurda. ¿Llegaría aquello a ser

posible y hasta conveniente? Un cuchicheo de su alma le dijo que sí,

aunque las antipatías que los Rubín le inspiraban no se extinguieran.

Que D. Evaristo se moría pronto era cosa indudable: no había más que

verle. ¿Qué iba a ser de ella, privada de la dirección y consejo de tan

excelente hombre?... ¡Cuidado que sabía el tal! Toda la ciencia del

mundo la poseía al dedillo, y la naturaleza humana, _el aquel de la

vida_, que para otros es tan difícil de conocer, para él era como un

catecismo que se sabe de memoria. ¡Qué hombre!

Así como en las mutaciones de cuadros disolventes, a medida que unas

figuras se borran van apareciendo las líneas de otras, primero una

vaguedad o presentimiento de las nuevas formas, después contornos, luego

masas de color, y por fin, las actitudes completas, así en la mente de

Fortunata empezaron a esbozarse desde aquella noche, cual apariencias

que brotan en la nebulosa del sueño, las personas de Maxi, de doña Lupe,

de Nicolás Rubín y hasta de la misma Papitos. Eran ellos que salían

nuevamente a luz, primero como espectros, después como seres reales con

cuerpo, vida y voz. Al amanecer, inquieta y rebelde al sueño, oíales

hablar y reconocía hasta los gestos más insignificantes que modelaban la

personalidad de cada uno.

Levantose la chulita muy tarde y recibió un recado de su amigo

diciéndole que estaba mejor y que se levantaría y saldría a la calle con

permiso del tiempo. Esperó su visita, y en tanto no cesaba de cavilar en

lo mismo. La gratitud que hacia Feijoo sentía, era más viva aún que

antes, y habría deseado que la vida que con él llevaba continuase, pues

aunque algo tediosa, era tan pacífica que no debía ambicionar otra

mejor. «Si dura mucho esto, ¿llegaré a cansarme y a no poder sufrir esta

sosería?

Puede que sí». El apetito del corazón, aquella necesidad de querer

fuerte, le daba sus desazones de tiempo en tiempo, produciéndole la

ilusión triste de estar como encarcelada y puesta a pan y agua. Pero no

se conformaba; quizás cada día la conformidad era menor... quizás veía

con agrado en las lontananzas de su imaginación algo nuevo y desconocido

que interesara profundamente su alma, y pusiera en ejercicio sus

facultades, que se desentumecían después de una larga inactividad.

Don Evaristo llegó en coche a eso de las cuatro muy animado, y le mandó

que le hiciera un chocolatito para las cinco. Esmerose ella en esto, y

cuando el buen señor tomaba con gana su merienda, le dijo entre otras

cosas que, si seguía mejor, al día siguiente hablaría con Juan Pablo,

planteándole la cuestión resueltamente. «Y también te digo una cosa. No

veo la causa de que tu marido te sea tan odioso. Podrá no ser simpático;

pero no es mala persona. Podrá no ser un Adonis; pero tampoco es el

coco. Mujeres hay casadas con hombres infinitamente peores, y viven con

ellos; allá tendrán sus encontronazos; pero se arreglan y viven... Tú no

seas tonta, que no sabes la ganga que es tener un hombre y una chapa

decorosa en el casillero de la sociedad. Si sacas partido de esto, serás

feliz. Casi estoy por decirte que mejor te cuadra un marido como el que

tienes, que otro de mejor lámina, porque con un poco de muleta harás de

él lo que quieras. Me han dicho que desde la separación está muy

taciturno, muy dado a sus estudios, y que no se le conocen trapicheos ni

distracciones... Por grandes que sean sus resentimientos, chica, creo

que en cuanto le hablen de volver contigo, se le hace la boca agua».

Fortunata, sonriendo, dio a entender su incredulidad.

«¿Que no? ¡Ay, chulita!, tú no conoces la naturaleza humana. Cree lo que

te he dicho. Maximiliano te abrirá los brazos. ¿No ves que es como tú,

un apasionado, un sentimental? Te idolatra, y los que aman así, con esa

locura, se pirran por perdonar. ¡Ah, perdonar! Todo lo que sea _rasgos_

les vuelve locos de gusto. Tú déjate querer, grandísima tonta, y hazte

cargo de que se te presenta un ancho horizonte de vida... si lo sabes

aprovechar».

Esto del horizonte avivó en la mente de la joven aquel naciente anhelo

de lo desconocido, del querer fuerte sin saber cómo ni a quién. Lo que

no podía era compaginar esperanza tan incierta con la vida de familia

que se le recomendaba. Pero algo y aun algos se le iba clareando en el

entendimiento.

Feijoo mejoró sensiblemente en los días que siguieron al arrechucho

aquel. Recobró parte de sus fuerzas, algo del buen humor, y las

presunciones de próxima muerte se desvanecieron en su espíritu. Mas no

por esto desistió de llevar adelante un plan que había llegado a ser

casi una manía, absorbiendo todos sus pensamientos. Decidido a hablar

con Juan Pablo, fue a verle una mañana al café de Madrid, donde tenía un

rato de tertulia antes de entrar en la oficina, pues al fin ¡miseria

humana!, hubo de aceptar la credencialeja de doce mil que le había dado

Villalonga, por recomendación del mismo Feijoo. No estaba contento ni

mucho menos con esto del orgulloso Rubín, y se quejaba de que una

amistad sagrada le hubiera puesto en el compromiso de aceptar el turrón

alfonsino. Por supuesto que la situación no duraba ni podía durar.

Cánovas no sabía por dónde andaba. Entre tanto, y supiera o no don

Antonio lo que traía entre manos, ello es que Juan Pablo se había

comprado una chistera nueva, y tenía el proyecto de trocar su capa, algo

deshilachada de ribetes y mugrienta de forros, por otra nueva. Eso al

menos iba ganando el país.

Pero de todas las mejoras de ropa que publicaban en los _círculos

políticos_ y en las calles de Madrid el cambio de instituciones, ninguna

tan digna de pasar a la historia como el estreno de levita de paño fino

que transformó a don Basilio Andrés de la Caña a los seis días de

colocado. Hundiose en los abismos del ayer la levita antigua, con toda

su mugre, testimonio lustroso de luengos años de cesantía y de arrastrar

las mangas por las mesas de las redacciones. Completaba el buen ver de

la prenda un sombrero de moda, y el gran D. Basilio parecía un sol,

porque su cara echaba lumbre de satisfacción. Desde que entró a servir

_en su ramo_ y en la categoría que le cuadraba, estaba el hombre que no

cabía en su chaleco. Hasta parecía que había engordado, que tenía más

pelo en la cabeza, que era menos miope, y que se le habían quitado diez

años de encima. Se afeitaba ya todos los días, lo que en realidad le

quitaba el parecido consigo mismo. No quiero hablar de las otras muchas

levitas y gabanes flamantes que se veían por Madrid, ni de las señoras

que trocaban sus anticuados trajes por otros elegantes y de última

novedad. Este es un fenómeno histórico muy conocido. Por eso cuando pasa

mucho tiempo sin cambio político, cogen el cielo con las manos los

sastres y mercaderes de trapos, y con sus quejas acaloran a los

descontentos y azuzan a los revolucionarios. «Están los negocios muy

parados» dicen los tenderos; y otro resuella también por la herida

diciendo: «No se protege al comercio ni a la industria...».

Cuando Feijoo entró en el café de Madrid, Juan Pablo no había llegado

aún, y decidió esperarle en el sitio que su amigo acostumbraba ocupar. A

poco entró D. Basilio presuroso, de levita nueva, el palillo entre los

dientes, y se dirigió al mostrador con ademanes gubernamentales. «Que me

lleven el café a la oficina» dijo en voz alta, mirando el reloj y

haciendo un gesto, por el cual los circunstantes podrían comprender, sin

necesidad de más explicaciones, el cataclismo que iba a ocurrir en la

Hacienda si D. Basilio se retrasaba un minuto más.

«Hola, D. Evaristo--dijo deteniéndose un instante a estrecharle la

mano--. ¿Cómo va la salud...? ¿Bien? Me alegro... Conservarse... Muy

ocupado... Junta en el despacho del jefe... Abur».

--Buen pelo echamos, ¿eh?... Sea enhorabuena. Yo tal cual. Adiós.

Al quedarse otra vez solo, D. Evaristo arrugó el ceño. Ocurriósele una

contrariedad que entorpecería su plan. Al ir hacia el café había

preparado por el camino el discurso que le espetaría a Juan Pablo. Este

discurso empezaba así: «Amigo mío, me he enterado de que la pobre mujer

de su hermano de usted vive en el más grande apartamiento, arrepentida

ya de su falta, indigente y sin amparo alguno...» y por aquí seguía.

Pero esto era insigne torpeza, porque si después de encarecer lo tronada

y hambrienta que estaba Fortunata, ¡la veían tan hermosa...! No, de

ninguna manera. Facilillo era compaginar la lozanía de la señora de

Rubín con su desgracia. ¿Y cómo evitar que del indicio de aquellas

apretadas carnes y de aquel color admirable indujeran los parientes la

certeza de una vida regalona, alegre y descuidada?... Uno rato estuvo mi

hombre discurriendo cómo probar que no es cosa del otro jueves que las

personas afligidas engorden, y aún no había logrado construir su plan

lógico, cuando llegó Juan Pablo, frotándose las manos, y dejando ver en

su cara la satisfacción íntima que el simple hecho de entrar en el café

le producía. Era como el tinte de placidez que toma la cara del buen

burgués al penetrar en el hogar doméstico. Saludáronse los dos amigos

con el afecto de siempre. Después de oír, acerca de su salud, todas las

vulgaridades hipocráticas con que el sano trastea al enfermo, como

aquello de _es nervioso... pasee usted... yo también estuve así_, Feijoo

abordó la cuestión, y por zancas y barrancas, soltando lo primero que se

le ocurría, llegó a decir que él se había propuesto, por pura caridad,

negociar la reconciliación.

«¡Probrecilla!--dijo Rubín, echando los terrones de azúcar en el vaso,

con aquella pausa que constituía un verdadero placer--. Dice usted que

pasando miserias y muy arrepentida... ¡Cuánto se habrá desmejorado!».

--Le diré a usted... Precisamente desmejorarse, no; lo que está es así,

muy... ensimismada. Pero sigue tan guapa como antes.

--¿Y Santa Cruz, no...?--Quite usted, hombre. Si hace la mar de tiempo

que tronaron. A poco de las trapisondas de marras... Desde entonces su

cuñada de usted ha vivido apartada del bullicio, llorando sus faltas y

comiéndose los ahorros que tenía, hasta que han venido los apuros. Ha

sido una casualidad que yo me enterara. Verá usted... me la encontré

hace días... contome sus cuitas... Me dio mucha pena. Hágase usted cargo

de lo que sufrirá una criatura con la conciencia alborotada y en esta

situación...

--¡Ah! Sr. D. Evaristo, a mí no me la da usted... Usted es muy tunante y

las mata callando...

Al oír esto, la diplomacia de Feijoo se alarmó, creyendo llegada la

ocasión de sacar, si no todo el Cristo, la cabeza de él.

«Mire usted, compañero--le dijo con reposado acento--; cuando trato las

cosas en serio, ya sabe usted que las bromas me parecen impertinentes,

¿estamos? Es poco delicado en usted suponer que he tenido algún lío con

esa señora, y que lo disimilo con la hipocresía de querer reconciliar el

matrimonio. Vamos, que se pasa usted de pillín...».

--Era un suponer, D. Evaristo--manifestó Rubín desdiciéndose.

--Pues hacía yo bonito papel... Hombre, muchas gracias...

--No, no he dicho nada...--Además, diferentes veces me ha oído usted

decir que hace tiempo que me corté la coleta.

--Sí, sí.--Y si en mis treinta, y en mis cuarenta y aun en mis

cincuenta, he toreado de lo fino, lo que es ahora... ¡Pues estoy yo

bueno para fiestas con mis sesenta y nueve años y estos achaques...!

Hágame usted más favor, y cuando le digo una cosa, créamela, porque para

eso son los buenos amigos, para creerle a uno...

--Tiene usted razón, y lo que siento ¡qué cuña!, es que no viera en mi

reticencia una broma...

--Me parecía a mí que el asunto, por tratarse de una persona de la

familia de usted y por iniciarlo yo, no era para bromear.

Rubín creyó o aparentó creer, y puso la atención más filosófica del

mundo en lo que su amigo siguió diciendo sobre materia tan importante. Y

aquí viene bien un dato: Juan Pablo había recibido de Feijoo algunos

préstamos a plazo indefinido. Este excelente hombre, viendo sus

angustias, halló una manera delicada de suministrarle la cantidad

necesaria para librarse de Cándido Samaniego, que le perseguía con saña

inquisidora. Estas caridades discretas las hacía muy a menudo Feijoo con

los amigos a quienes estimaba, favoreciéndoles sin humillarles. Por

supuesto, ya sabía él que aquello no era prestar, sino hacer limosna,

quizás la más evangélica, la más aceptable a los ojos de Dios. Y no se

dio el caso de que recordase la deuda a ninguno de los deudores, ni aun

a los que luego fueron ingratos y olvidadizos. Juan Pablo no era de

estos, y se ponía gustoso, con respecto a su generoso _inglés_, en ese

estado de subordinación moral, propio del insolvente a quien se le dan

todas las largas que él quiere tomarse. Demasiado sabía que un hombre de

quien se han recibido tales favores hay que creerle siempre todo lo que

dice, y que se contrae con él la obligación tácita de ser de su opinión

en cualquier disputa, y de ponerse serio cuando él recomienda la

seriedad. Allá en su interior pensaría Rubín lo que quisiese; pero de

dientes afuera se mantuvo en el papel que le correspondía.

«Por mi parte, no he de poner inconvenientes... Qué quiere usted que le

diga. No sé lo que pensará Maximiliano. Desde aquellas cosas, no le he

oído mentar a su mujer... Si algo se ha de hacer, crea usted que no se

dará un paso si mi tía no va por delante... Yo estoy un poco torcido con

ella... Lo mejor es que le hable usted».

Después se enteró Feijoo con mucha maña de ciertas particularidades de

la familia. Maxi había tomado el grado y estaba ya practicando en la

botica de Samaniego, a las órdenes de un tal Ballester, encargado del

establecimiento.

Supo además el anciano que doña Lupe no vivía ya en Chamberí, sino en la

calle del Ave María, y que todo el tiempo que le dejaba libre a Maxi la

farmacia, lo empleaba en darse buenos atracones de lectura filosófica.

Le había dado por ahí.

Luego hablaron de otras cosas. El filósofo cafetero dijo a su amigo que

cuando quisiera echar otro párrafo no le buscase más en el Café de

Madrid, porque allí había caído en un círculo de cazadores que le tenían

marcado y aburrido con la _perra pechona, el hurón_, y con _que si la

perdiz venía o no venía al reclamo_. No sabía aún a qué _local_ mudarse;

pero probablemente sería al Suizo Viejo, donde iban Federico Ruiz y

otros chicos atrozmente panteístas. De los antiguos cofrades sólo iban a

_Madrid_ D. Basilio, insufrible con su ministerialismo, Leopoldo Montes

y el _Pater_. Pero este se marcharía aquella misma noche a Cuevas de

Vera, su pueblo, a trabajar las elecciones de Villalonga. También charló

Juan Pablo de política, diciendo con mucho _tupé_ que el Gobierno

_estaba de cuerpo presente_, y que la situación duraría... a todo tirar,

a todo tirar, tres o cuatro meses.

--viii--

La primera vez que D. Evaristo visitó a su dama después de esta

entrevista, abrazola gozoso, y le dijo: «Albricias... vamos bien, vamos

bien».

--¿Pero qué... qué hay? ¿buenas noticias?

--Oro molido; mejor dicho, excelentes impresiones. Tu marido...

--¿Le ha visto usted?--No he tenido esa satisfacción. Pero me han

contado de él una cosa que es en extremo favorable. Te lo diré para que

no caviles. Maximiliano se ha dedicado a la filosofía...

Fortunata se quedó mirando a su amigo, sin saber qué expresión tomar. No

veía la tostada, ni sabía en rigor lo que era la filosofía, aunque

sospechaba que fuese una cosa muy enrevesada, incomprensible y que

vuelve _gilís_ a los hombres.

«No me llama la atención que te quedes con la boca abierta. Ya irás

comprendiendo... ¡Se da unos atracones de filosofía!, y me parece que

dijo Juan Pablo que era filosofía espiritualista...».

--¡Ah!... ¿De esos que hablan con las patas de las mesas? ¡Alabado

sea...!

--No, esos no. Pero estamos de enhorabuena: cualquiera que sea la secta

o escuela que le sorbe el seso a tu marido, tenemos ya noventa y seis

probabilidades contra cuatro de que te reciba con los brazos abiertos.

Tú lo has de ver.

Fortunata dudaba que esto fuera así. La partida que ella le había jugado

a Maxi era demasiado serrana para que este la olvidara por lo que dicen

los libros. Al otro día entró el simpático amigo más alegre y excitado.

Su proyecto llegó a dominarle de tal modo, que no sabía pensar en otra

cosa, y de la mañana a la noche estaba dando vueltas al tema. Había

mejorado mucho su salud y al mismo tiempo no ponía tanto cuidado como

antes en el adorno de su persona. Desde que tomara con tanto cariño las

funciones paternales, se había dejado toda la barba, usaba hongo y una

gran bufanda alrededor del cuello. Salía a sus diligencias en coche

simón por horas. Cuando la prójima le vio entrar aquel día con el

sombrero echado hacia atrás, los ojos chispeantes, los movimientos

ágiles, comprendió que las noticias eran buenas. «Con estos

alegrones--dijo él abrazándola--, se rejuvenece uno. Chulita, otro

abrazo, otro. Vengo de hablar con la mismísima doña Lupe _la de los

Pavos_». Fortunata se asustó sólo de oír el nombre de su tía política.

«Impresiones muy buenas--añadió el diplomático...--. Ha empezado por

ahuecar la voz, y por negarse a proponer la reconciliación. Pero

mientras más cerdea ella, más claro veo yo que hará lo que deseamos.

¡Oh!, entiendo bien a mi gente. También esta tiene sus filosofías

pardas, y a mí no me la da. Conozco las callejuelas de la naturaleza

humana mejor que los rincones de mi casa. Doña Lupe está deseando que

vuelvas; pero deseándolo, para que lo sepas. Se lo he conocido en la

cara y en el modo de decir que no... Yo no sé si te he contado que en un

tiempo, a poco de enviudar, tuvo sus pretensiones respecto a mí...

pretensiones honestas... Decía la muy fatua que yo le paseaba la calle.

¿Creerás que se le descompone la cara siempre que me ve?».

Fortunata soltó la carcajada. «Dime, ¿y cuando te pretendía, ya le

habían cortado el pecho que le falte?».

--Pues no lo sé. Por mí que le cortaran los dos... En fin, chica, que

esto marcha. Yo le dije que si había reconciliación, vivirías con ella,

pues yo estimaba muy conveniente esta vida común. Tan hueca se puso al

oírme decir esto, que aún creo que le nacía un pecho nuevo... Oye lo que

tienes que hacer cuando esto se realice: Yo te daré una cantidad que le

entregarás a ella el primer día, suplicándole que te la coloque. Te

niegas a admitirle recibo. Nada le gusta tanto como que tengan confianza

en ella en asuntos de dinero... ¡Ah!... leo en ella como leo en ti. ¿No

ves que la traté bastante en vida de Jáuregui, que, entre paréntesis,

era un hombre excelente? Ya te daré una lección larga sobre el tole tole

con que debes tratarla, una mezcla hábil de sumisión e independencia,

haciéndole una raya, pero una raya bien clarita, y diciéndole: «de aquí

para allá manda usted; de aquí para acá estoy yo...». Ahora la tecla que

me falta tocar es tu marido. He hablado pocas veces con él, apenas le

trato; pero no importa...

La mejoría se acentuó tanto, que D. Evaristo atreviose a salir de noche,

y lo primero que hizo fue ir en busca de Juan Pablo. No le encontró en

el Suizo Viejo. Allí estaban Villalonga, Juanito Santa Cruz, Zalamero,

Severiano Rodríguez, el médico Moreno Rubio, Sánchez Botín, Joaquín Pez

y otros que tenían constituida la más ingeniosa y regocijada peña que en

los cafés de Madrid ha existido. Habían hecho un reglamento humorístico,

del cual cada uno de los socios tenía su ejemplar en el bolsillo. De

aquellas célebres mesas habían salido ya un ministro, dos subsecretarios

y varios gobernadores. Aunque era amigo de algunos, no quiso Feijoo

acercarse, y se fue a una mesa lejana. Junto a él, los ingenieros de

Caminos hablaban de política europea, y más acá los de Minas disputaban

sobre literatura dramática. No lejos de estos, un grupo de empleados en

la Contaduría central se ocupaba con gran calor de pozos artesianos, y

dos jueces de primera instancia, unidos a un actor retirado, a un

empresario de caballos para la Plaza de Toros y a un oficial de la

Armada, discutían si eran más bonitas las mujeres con _polisón_ o sin

él. Después llamó la atención de D. Evaristo la facha de un hombre que

iba por entre las mesas, el cual sujeto más bien parecía momia animada

por arte de brujería. «Yo conozco esta cara--se dijo Feijoo--. ¡Ah! ya;

es el que llamábamos _Ramsés II_, el pobre Villaamil que sólo necesitaba

dos meses para jubilarse». Acercose tímidamente este desgraciado a

Villalonga, que ya estaba levantado para marcharse; y en actitud

cohibida, echando los ojos fuera del casco, le habló de algo que debía

ser los maldecidos dos meses. Jacinto alzaba los hombros, respondiéndole

con benevolencia quejumbrosa. Parecía decirle: «¡Yo, qué más

quisiera...! He hecho todo lo posible... Veremos... he dado una nota...

Crea usted que por mí no queda... Si, ya sé, dos meses nada más...». Un

instante después _Ramsés II_ pasó junto a D. Evaristo, deslizándose por

entre las mesas y sillas como sombra impalpable. Llamole por su nombre

verdadero Feijoo, y acercose el otro a la mesa, inclinando, para ver

quién le llamaba, su cara amarilla, requemada por el sol de Cuba y

Filipinas. Se reconocieron. Villaamil, invitado por su amigo, dobló su

esqueleto para sentarse, y tomó café... con más leche que café... «¡Ah!,

¿buscaba usted a Juan Pablo? Pues del salto se ha ido al café de

Zaragoza. Dice que le cargan los ingenieros...».

Como le convenía retirarse temprano, no fue D. Evaristo aquella noche al

indicado café.

Las nueve serían de la siguiente, cuando entró en el establecimiento de

la Plaza de Antón Martín, que lleno de gente estaba, con una atmósfera

espesa y sofocante que se podía mascar, y un ensordecedor ruido de

colmena; bulla y ambiente que soportan sin molestia los madrileños, como

los herreros el calor y el estrépito de una fragua. Desembozándose,

avanzó el anciano por la tortuosa calle que dejaran libre las mesas del

centro, y miraba a un lado y otro buscando a su amigo. Ya tropezaba con

un mozo encargado de _servicio_, ya su capa se llevaba la toquilla de

una cursi; aquí se le interponía el brazo del vendedor de

_Correspondencias_ que alargaba ejemplares a los parroquianos, y allá le

hacían barricada dos individuos gordos que salían o cuatro flacos que

entraban. Por fin, distinguió a Juan Pablo en el rincón inmediato a la

escalera de caracol por donde se sube al billar. Acompañábanle en la

misma mesa dos personas: una mujer bastante bonita, aunque estropeada, y

un joven en quien al pronto reconoció D. Evaristo a Maximiliano. Los dos

hermanos sostenían conversación muy animada. La _indivudua_ eran el amor

de Juan Pablo, una tal Refugio, personaje de historia, aunque no

histórico, de cara graciosa y picante, con un diente de menos en la

encía superior. Feijoo no la había visto nunca, ni el filósofo de café

acostumbraba a presentarse en público en compañía de aquella Aspasia,

por cuya razón quedose Rubín un tanto cortado al ver a su amigo.

Maximiliano saludó a D. Evaristo, preguntándole con mucho interés por su

salud, a lo que respondió el anciano con mucha viveza: «Ya ve usted...

_Cinco_ meses llevo así... un día caigo, otro me levanto... ¡_Cinco_

meses!... Nada; que viene un día en que la máquina dice, 'hasta aquí

llegamos, compañero' y no se empeñe usted en remendarla, ni echarle

aceite. Que no anda, y que no anda, y se tiene que parar».

--¿Pero qué es lo que usted tiene?--preguntó Maximiliano con presunción

de médico novel o de boticario incipiente, que unos y otros se desviven

por ser útiles a la humanidad.

--¿Que qué tengo? ¡Ah!, una cosa muy mala. La peor de las enfermedades.

¡Sesenta años!, ¿le parece a usted poco?

Todos se echaron a reír. «Me ha dicho mi hermano--añadió Maxi--, que

digiere usted mal».

--Cinco meses lleva mi estómago de indisciplina--replicó el ladino

viejo, que quería sin duda meterle a Maxi en la cabeza aquello de los

cinco meses--. Ya no le hago caso. Me he rendido, y espero tranquilo el

_cese_.

--Si quiere usted, le haré un preparado de peptona.

--Gracias... Veremos lo que dice mi médico.

--Poco mal y bien quejado--afirmó el otro Rubín, dándole palmadas en el

hombro.

--Pero ustedes estaban hablando de algo que debía de ser

interesante--dijo Feijoo--. Por mí no se interrumpan.

--Estábamos... pásmese usted... en las regiones etéreas.

--Nada, es que me quiere convencer--manifestó Maximiliano con calor--,

de que todo es fuerza y materia. Yo le digo una cosa, «pues a eso que tú

llamas fuerza, lo llamo yo espíritu, el Verbo, el querer universal; y

volvemos a la misma historia, al Dios uno y creador y al alma que de él

emana».

Don Evaristo, en tanto, miraba a Refugio, examinándole el rostro, la

boca, el diente menos. La muchacha sentía vergüenza de verse tan

observada, y no sabía cómo ponerse, ni qué dengues hacer con los labios

al llevarse a ellos la cucharilla con leche merengada.

«Eso, eso... por ahí duele--dijo el ex-coronel, arrimándose al partido

de Maximiliano--. ¡El alma!... Estos señores materialistas creen que con

variar el nombre a las cosas han vuelto el mundo patas arriba».

--Pero si ya te he dicho...--argüía sofocado Juan Pablo.

--Déjame que acabe...--No es eso... ¡qué cuña!

--Volvemos a lo mismo. ¿No me conozco yo en mí, uno, consciente,

responsable?

--¡Otra te pego! Pero ven acá...

--Aguarda. Si yo me reconozco íntimamente en la sustancia de mi yo...

Se expresaba con exaltación sin dejar meter baza a su hermano, y este,

en cambio, no se la dejaba meter a él, y simultáneamente se quitaban la

palabra de la boca.

--Espérate un poco... no es eso.

--Allá voy... yo vivo en mi conciencia, por mí y antes y después de mí.

--¡Ah!, pero lo primero es distinguir... Mira...

--¡Buen par de chiflados estáis los dos!--dijo para sí D. Evaristo

mirando con curiosidad el portillo que en la dentadura tenía Refugio.

--¡Dale, bola!...--replicó Maxi--. Si no es eso... Yo, ¿soy yo?... ¿me

reconozco como tal yo en todos mis actos?

--No, yo no soy más que un accidente del concierto total; yo no me

pertenezco, soy un fenómeno.

--¡Que yo soy un fenómeno!... ¡Ave-María Purísima, qué disparate!

--Estás tú fresco... Lo permanente no soy yo, ¡qué cuña!, es el

conjunto... Yo lo reconozco así en el fenómeno pasajero de mi

conocimiento.

¡Y estas cosas se decían en el rincón de un café, al lado de un

parroquiano que leía _La Correspondencia_ y de otro que hablaba del

precio de la carne! En una de las mesas próximas había un grupo de

individuos que tenían facha de matuteros o cosa tal. A la derecha

veíanse dos cursis acompañadas de una buscona y obsequiadas por un señor

que les decía mil tonterías empalagosas; enfrente una trinca en que se

disputaba acerca de Lagartijo y Frascuelo, con voces destempladas y

manotazos. Y por la escalera de caracol subían y bajaban constantemente

parroquianos, dando patadas que más parecían coces; y por aquella

espiral venían rumores de disputa, el chasquido de las bolas de billar,

y el canto del mozo que apuntaba.

«Si se me permite dar una opinión--dijo Feijoo, que empezaba a marearse

con tanto barullo--, voto con el pollo».

En esto sonó el piano, que se alzaba sobre una tarima en medio del café,

con la tapa triangular levantada para que hiciera más ruido; y empezó la

tocata, que era de piano y violín. La música, los aplausos, las voces y

el murmullo constante del café formaban un run run tan insoportable, que

el buen D. Evaristo creyó que se le iba la cabeza, y que caería redondo

al suelo si permanecía allí un cuarto de hora más. Decidió retirarse,

descontento de no haber encontrado solo a Juan Pablo, pues delante del

farmacéutico no podía hablar del espinoso asunto que entre manos traía.

Su enojo se trocó en alegría cuando Maxi, al verle en pie, dijo que él

también se iba porque era hora de volver a su farmacia. Salieron, pues,

juntos, y antes de llegar a la puerta, vio el anciano que le cortaba el

paso una figura macilenta y sepulcral. Era _Ramsés II_, que venía en

busca suya. «Señor D. Evaristo, por Dios, hable usted de mí al señor de

Villalonga» le dijo la momia, interponiéndose como si no quisiera darle

paso sino a cambio de una promesa.

--Se hará, compañero, se hará; hablaremos a Villalonga--dijo D. Evaristo

embozándose--; pero ahora estoy de prisa... no puedo detenerme... Hijo,

vamos.

Y abriéndose paso, salió con el chico de Rubín.

--ix--

Al cual dijo en la puerta: «¿Hacia dónde va usted con su cuerpo?».

--¿Yo? A la calle del Ave María.

--¡Qué casualidad! Yo llevo esa dirección. Iremos juntos... Deje usted

que me emboce bien... Ahora deme usted el brazo. Las piernas no me

ayudan. Ya se ve... cinco meses... cabalitos... fíjese usted bien... sin

digerir. No sé cómo estoy vivo. Desde Octubre del año pasado no levanto

cabeza... ¡Pero qué ideas las de Juan Pablo! Parece mentira... ¡un

muchacho de entendimiento!... Usted sí que sabe por dónde anda. Sí; no

espere usted a llegar a viejo y a ver de cerca la muerte para creer que

somos algo más que montoncitos de basura animados por fuerza semejante a

la electricidad que hace hablar a un alambre. Eso se deja para los

tontos y perdularios, para la gente que no piensa. Usted está en lo

firme, y será capaz de acciones nobles, de acciones que, por lo mismo

que son tan elevadas, no están al alcance del vulgo.

No comprendía Maximiliano a cuenta de qué era aquello; pero tenía su

espíritu admirablemente dispuesto para recibir toda sutileza que se le

quisiera echar; estaba hambriento de cosas ideales, y la meditación, el

estudio y la soledad habíanle dado una receptividad asombrosa para todo

lo que procediera del pensamiento puro. Por esta causa, sin entender de

qué se trataba, contestó humildemente: «Tiene usted mucha razón... pero

mucha razón».

«El hombre que como usted--prosiguió don Evaristo--, no se deja

engatusar por las sabidurías modernas, está en disposición de hacer el

bien, pero no el bien de cualquier modo, sino sublimemente ¡caramba!,

mirando para el cielo, no para la tierra...».

Tiempo hacía que Maxi se había dedicado a mirar al cielo.

«Mire uste, Sr. D. Evaristo--dijo sintiéndose lleno y ahíto de aquella

espiritual sustancia, acopiada a fuerza de barajar sus tristezas con las

hojas de los libros--. La desgracia me ha hecho a mí volver los ojos a

las cosas que no se ven ni se tocan. Si no lo hubiera hecho así, me

habría muerto ya cien veces. ¡Y si viera usted qué distinto es el mundo

mirado desde arriba a mirado desde abajo! Me parecía a mí mentira que yo

había de ver apagarse en mí la sed de venganza, y el odio que me

embruteció. Y sin embargo, el tiempo, la abstracción, el pensar en el

conjunto de la vida y en lo grande de sus fines me han puesto como estoy

ahora».

--Claro... ¿A qué vienen esos odios y esas venganzas de melodrama?--dijo

gozoso don Evaristo--. Para perderse nada más. ¡Dichoso el que sabe

elevarse sobre las pasiones de momento y atemperar su alma en las

verdades eternas!

Y para su sayo habló de este modo: «Tan metafísico está este chico, que

nos viene como anillo al dedo».

--En este bulle-bulle de las pasiones de los hombres del día--prosiguió

Maxi con cierto énfasis--, llega uno a olvidarse de que vivimos para

perdonar las ofensas y hacer bien a los que nos han hecho mal.

--Tiene usted razón, hijo... y dichoso mil veces el que como usted, así,

tan jovencito, llega a posesionarse de esa idea y a hacerla efectiva en

la vida real.

--La desgracia, un golpe rudo... ahí tiene usted el maestro. Se llega a

este estado padeciendo, después de pasar por todas las angustias de la

cólera, por los pinchazos que le da a uno el amor propio y por mil

amarguras... ¡Ay, señor don Evaristo! Parece mentira que yo esté tan

fresco después de haberme creído con derecho a matar a un hombre,

después de haberme ilusionado con la idea de cometer el crimen,

concluyendo por renunciar a ello. Mi conciencia está hoy tan tranquila

no habiendo matado, como firme y decidida estuvo cuando pensé matar...

Entonces no veía a Dios en mí; ahora sí que le veo. Créalo usted; hay

que anularse para triunfar; decir _no soy nada_ para serlo todo.

Feijoo, en vista de estas buenas disposiciones, se fue derecho al bulto.

«A un espíritu tan bien fortalecido--le dijo--, se le puede hablar sin

rodeos. ¿Doña Lupe no ha tratado con usted de cierto asunto...?».

Maximiliano se puso del color de la grana de su embozo, y contestó

afirmativamente con embarazo y turbación.

«Por mi parte--añadió D. Evaristo--, haré todo lo que pueda para que

esto cuaje. Si ello tiene que suceder. Es lo práctico, amigo mío; y ya

que usted es tan místico, conviene que sea un poquito práctico... Por

una casualidad intervengo yo en esto... Le advierto a usted que ella

desea volver...».

--¡Lo desea!--exclamó Rubín, dejando caer el embozo.

--¡Toma! ¿Ahora salimos con eso? Pues si no lo deseara ¿cómo me había de

meter yo en semejante negocio? ¿No comprende usted...?

--Sí... pero... No hay que confundir. El perdón puramente espiritual o

evangélico, ya lo tiene... Pero el otro perdón, el que llamaríamos

social, porque equivale a reconciliarse, es imposible.

--Vamos, que no será tanto--dijo para sí don Evaristo, subiéndose el

embozo.

--Es imposible--repitió Maxi.

--Piénselo bien, piénselo bien; pregúnteselo a la almohada, compañero...

Yo creo que cuando usted madure la idea...

--Me parece que aunque la estuviera madurando diez años...

--En estas cosas hay que poner algo de caridad; no se puede proceder con

simple criterio de justicia. Convendría que usted hablase con ella...

--¡Yo!... pero D. Evaristo...

--Sí, no me vuelvo atrás. Quien tiene ideas como las que usted tiene,

¡caramba!, y sabe sentir y pensar con esa alteza de miras... eso es, con

esa espiritualidad de la... pues... de... claro...

--¿Y cree usted que ella me podría dar explicaciones claras, pero muy

claras, de todo lo que ha hecho después que se separó de mí?

--Hijo, yo creo que las dará... pero es claro que usted no debe apurar

mucho tampoco... O hay perdón o no hay perdón. La caridad por delante,

detrás la indulgencia, y ver si en efecto hay propósitos sinceros de

enmienda. Por lo que he oído, me parece que los hay; se lo digo a usted

de corazón.

--Yo lo dudo.--Pues yo no. Juzgue usted mi opinión como quiera. Y sepa

que intervengo en esto por pura humanidad, porque se me ha ocurrido no

morirme sin dejar tras de mí una buena acción, ya que en la cuenta de mi

vida tengo tantas malas o insignificantes. No me gusta meterme en vidas

ajenas; pero en este caso, créalo usted... se me ha puesto en la cabeza

que a entrambos les conviene volver a unirse.

Ya en este terreno, D. Evaristo se descubrió más:

«Amigo--dijo parándose en la puerta de la botica--. Su mujer de usted me

ha parecido una mujer defectuosísima. Aunque la he tratado poco puedo

asegurar que tiene buen fondo; pero carece de fuerza moral. Será siempre

lo que quieran hacer de ella los que la traten».

Maximiliano le miraba con ojos atónitos. Lo mismo pensaba él.

«Yo le eché anteayer un largo sermón, recomendándole que se amoldara a

las realidades de la vida, que pusiera un freno a aquella

imaginacioncilla tan desenvuelta. 'Pero, hija mía, es preciso pensar lo

que se hace, y dejarse de tonterías'. Yo muy serio. Creo que algo he

conseguido. Usted lo ha de ver, compañero. Es lástima que teniendo buen

fondo, buen corazón... sólo que algo grande... y careciendo de las

malicias de otras, no posea un poco de juicio. Porque con un poco de

juicio, nada más que con un poco de juicio, no se pueden hacer las

tonterías que ella ha hecho... En fin, hijo, usted dirá que quién me

mete a mí a leñador, pero ¿qué quiere usted?, a los viejecillos nos

gusta arreglar a los jóvenes y marcarles el paso de esta vida para que

eviten los tropezones que hemos dado nosotros».

Dijo esto último sonriendo con tal hombría de bien, que Maximiliano se

llenó de confusiones. No sabía qué contestar, y sentía que se le

apretaba la garganta. Despidiose D. Evaristo, dejando al pobre chico en

tal grado de aturdimiento, que durante muchos días hubo de revolver en

su mente indigestada los dejos de aquel coloquio que tuvo con el

respetable anciano, en una noche fría del mes de Marzo.

Al siguiente día, D. Evaristo fue en coche a ver a Fortunata, a quien

encontró peinándose sola. Sentándose a su lado, y cogiéndola por un

brazo, la llamó a sí y le dio un beso, diciéndole: «El último beso... La

aventura del viejo Feijoo ha pasado a la historia... Entraremos pronto

en vida nueva, y de esto no quedará sino un recuerdo en mí y otro en

ti... Para el público nada. Estas cenizas sólo para nosotros esconden un

poco de calor».

Fortunata, que tenía en cada mano una de las gruesas bandas de sus

cabellos negros, apartándolas como si fueran una cortina, no sabía si

reír o echarse a llorar...

--¿Has hablado con él...?--dijo conmovida y al mismo tiempo sonriente.

--Vete acostumbrando a tratarme de usted...--replicó él con cierta

severidad--. No se te escape una expresión familiar, porque entonces la

echamos a perder. Yo también te trataré de usted delante de gente...

Todo acabó... Fortunata, no soy para ti más que un padre... Aquel que te

quiso como quiere el hombre a la mujer, no existe ya... Eres mi hija. Y

no es que hagamos un papel aprendido, no; es que tú serás verdaderamente

para mí, de aquí en adelante, como una hijita, y yo seré para ti un

verdadero papaíto. Lo digo con toda mi alma. Yo no soy aquel; yo me

moriré pronto, y...

Viéndole que se conmovía, la chulita no pudo aguantar más, y soltó el

trapo a llorar. Aquellas admirables guedejas sueltas la asemejaban a

esas imágenes del dolor que acompañan a los epitafios. Feijoo hizo un

mohín como de persona mayor que quiere dominar una debilidad pueril, y

le dijo:

«Pero no, no me avergüenzo de que se me salte una lágrima. Yo juro por

Dios, en quien siempre he creído, que el cariño paternal es lo que me la

hace derramar. Todo lo que en mí existía de varón, capaz de amar, ha

desaparecido; todo murió, y no me queda de ello nada; ni aun siquiera lo

echo de menos. Nunca he sido padre; ahora siento que lo soy... y mi

corazón se llena de afectos desconocidos, tan puros, pero tan puros...».

La prójima no había visto nunca a su amigo tan vencido de la emoción.

Tenía los ojos húmedos y le temblaban las manos. Sujetose ella en la

coronilla con una correa negra las crenchas de su abundante cabello,

porque no era posible repicar y andar en la procesión; no podía peinarse

y al mismo tiempo celebrar, entre lágrimas y castos apretones de mano,

la santificación de las relaciones que entre ambos habían existido. Poco

a poco se serenaron; don Evaristo, la hizo sentar a su lado en el sofá,

y con voz clara y firme le habló de esta manera:

«Me parece que esto se arregla. ¡Cuánto me gustaría morirme dejándote en

una situación normal y decorosa!... Bien veo que no es fácil que tu

marido te sea simpático; pero eso no es inconveniente invencible. Hay

que transigir con las formas, y tomar las cosas de la vida como son. ¿Y

quién te dice que tratándole algo, no llegues a tenerle afecto? Porque

él es bueno y decente. Anoche le vi, y no me ha parecido tan raquítico.

Ha engordado; ha echado carnes, y hasta me pareció que tiene un aire más

arrogantillo, más...».

Sonriendo tristemente, expresaba la joven su incredulidad.

«En fin, tú lo has de ver. Y en último caso, hay que conformarse. La

vida regular y el transigir con las leyes sociales tienen tal

importancia, que hay que sacrificar el gusto, hija mía, y la ilusión...

No digo que se sacrifique todo, todo el gusto y toda la ilusión; pero

algo, no lo dudes, algo hay que sacrificar. De tener un marido, un

nombre, una casa decente, a andar con la _alquila_ levantada, como los

simones, a éste tomo, a éste dejo, va mucha diferencia para que no te

pares a pensar bien lo que haces... Vamos a ver. Es preciso preverlo

todo. Yo te voy a presentar los dos casos que se te pueden ofrecer en tu

vida legal, y para los dos te voy a dar mi consejo franco, leal, con un

gran sentido de la realidad. Primer caso: supongamos que al poco tiempo

de vivir con Maximiliano, encuentras que el muchacho se porta bien

contigo, vas viendo sus buenas cualidades, que se manifiestan en todos

los actos de la vida, y supongamos también que le vas teniendo algún

cariño...».

Fortunata tenía la mirada fija en un punto del suelo, como una espada,

tan bien hundida que no la podía desclavar. Seguro de que le oía, aunque

no le miraba, Feijoo siguió hablando despacio, poniendo pausas entre las

cláusulas.

«Supongamos esto... Pues tu deber en tal caso, es esforzarte en que ese

cariño... llamémosle amistad, se aumente todo lo posible. Trabaja

contigo misma para conseguirlo. ¡Ah!, hija mía, el trato hace milagros;

la buena voluntad también los hace. Evita al propio tiempo la ociosidad,

y verás cómo lo que te parece tan difícil te ha de ser muy fácil. Se han

dado casos, pero muchos casos, de mujeres unidas por fuerza a un hombre

aborrecido, y que le han ido tomando ley poquito a poco hasta llegar a

ponerse más tiernas que la manteca. No digo nada si tienes chiquillos,

porque entonces...».

--¡Lo que es eso...!--indicó con viveza Fortunata.

--¡Mira qué tonta! ¿Y qué sabes tú? No se puede asegurar tal cosa. La

Naturaleza sale siempre por donde menos se piensa... Y con chiquillos,

ya llevas más de la mitad del camino andado para llegar al sosiego que

te recomiendo, pues en criarlos y en cuidarlos se te desgastará el

sentimiento que de sobra tienes en esa alma de Dios, y te equilibrarás,

y no harás más tonterías... Bueno; ya hemos hablado del primer caso, que

es el mejor; pasemos al segundo. Te lo presento en la previsión de que

falle el primero, lo que bien pudiera suceder. Vamos allá...

Fortunata esperaba con ansia la exposición del segundo caso, pero Feijoo

lo tomaba con calma, pues se quedó buen rato meditando, con el ceño

fruncido y la vista fija en el suelo.

«Lo mejor--prosiguió--es lo que acabo de decirte; pero cuando no se

puede hacer lo mejor, se hace lo menos malo... ¿me entiendes? Suponiendo

que no te sea posible encariñarte con ese bendito, y que ni el trato ni

las buenas prendas de él te lo hagan menos antipático; suponiendo que la

vida llegue a serte insoportable, y... Vaya que esto es temerario, y se

necesita de toda mi entereza para aconsejarte. Pero yo, antes que todo,

veo lo práctico, lo posible, y no puedo aconsejar a nadie que se deje

morir ni que se suicide. No se deben imponer sacrificios superiores a

las fuerzas humanas. Si el corazón se te conserva en el tamaño que ahora

tiene, si no hay medio de recortarlo, si se te pronuncia, ¿qué le vamos

a hacer? Dentro del mal, veamos qué es lo mejor entre lo peor, y...».

Feijoo rebuscaba las palabras más propias para expresar su pensamiento.

Las ideas se alborotaron un poco y necesitó someterlas para no

embarullarse. Dando un gran suspiro, se pasó la mano por la cabeza,

perdida la vista en el espacio. Saliendo al fin de su perplejidad, dijo

con voz cautelosa:

«Y en un caso extremo, quiero decir, si te ves en el disparadero de

faltar, guardas el decoro, y habrás hecho el menor mal posible... El

decoro, la corrección, la decencia, este es el secreto, compañera».

Detúvose asustado, a la manera del ladrón que siente ruido, y se volvió

a poner la mano sobre la cabeza, como invocando sus canas. Pero sus

canas no le dijeron nada. Al punto se envalentonó, y recobró la

seguridad de su lenguaje, diciendo: «Tú eres demasiado inexperta para

conocer la importancia que tiene en el mundo la forma. ¿Sabes tú lo que

es la forma, o mejor dicho, las formas? Pues no te diré que estas sean

todo; pero hay casos en que son casi todo. Con ellas marcha la sociedad,

no te diré que a pedir de boca, pero sí de la mejor manera que puede

marchar. ¡Oh!, los principios son una cosa muy bonita; pero las formas

no lo son menos. Entre una sociedad sin principios, y una sociedad sin

formas, no sé yo con cuál me quedaría».

--x--

Fortunata había comprendido. Hacía signos afirmativos con la

cabeza, y cruzadas las manos sobre una de sus rodillas, imprimía a su

cuerpo movimientos de balancín o remadera.

A Feijoo le había costado algún trabajo arrancarse a exponer su moral en

aquellas circunstancias, porque en la conciencia se le puso un nudo, que

le apretó durante breve rato; pero al punto lo deshizo evocando las

teorías que había profesado toda su vida. Lanzado, pues, el concepto más

peligroso, siguió luego como una seda, sin nudo y sin tropiezo.

«Ya sabes cuáles son mis ideas respecto al amor. Reclamación imperiosa

de la Naturaleza... la Naturaleza diciendo _auméntame_... No hay medio

de oponerse... la especie humana que grita _quiero crecer_... ¿Me

entiendes? ¿Hablo con claridad? ¿Necesitaré emplear parábolas o

ejemplos?».

Fortunata entendía, y seguía balanceándose de atrás adelante, acentuando

las afirmaciones con su cabeza despeinada.

«Pues no te digo más. Esto es muy delicado, tan delicado como una

pistola montada al pelo, con la cual no se puede jugar. Siempre es

preferible el primer caso, el caso de la fidelidad, porque de este modo

cumples con la Naturaleza y con el mundo. El segundo término te lo pongo

como un _por si acaso_, y para que... pon en esto tus cinco sentidos...

para que si te ves en el trance, por exigencias irresistibles del

corazón, de echar abajo el principio, sepas salvar la forma...».

Aquí volvió mi hombre a sentir el nudo; pero evocando otra vez su

filosofía de tantos años, lo desató.

«Hay que guardar en todo caso las santas apariencias, y tributar a la

sociedad ese culto externo sin el cual volveríamos al estado salvaje. En

nuestras relaciones tienes un ejemplo de que cuando se quiere el secreto

se consigue. Es cuestión de estilo y habilidad. Si yo tuviera tiempo

ahora, te contaría infinitos casos de pecadillos cometidos con una

reserva absoluta, sin el menor escándalo, sin la menor ofensa del decoro

que todos nos debemos... Te pasmarías. Oye bien lo que te digo, y

apréndetelo de memoria. Lo primero que tienes que hacer es sostener el

_orden público_, quiero decir la paz del matrimonio, respetar a tu

marido y no consentir que pierda su dignidad de tal... Dirás que es

difícil; pero ahí está el talento, compañera... Hay que discurrir, y

sobre todo, penetrarse bien del propio decoro para saber mirar por el

ajeno... Lo segundo...».

Aquí D. Evaristo se acercó más a ella, como si temiera que alguien le

pudiese oír, y con el dedo índice muy tieso iba marcando bien lo que le

decía.

«Lo segundo es que tengas mucho cuidado en elegir, esto es

esencialísimo; mucho cuidado en ver con quién... en ver a quién...».

La conclusión del concepto no salía, no quería salir. Viéndole Fortunata

en aquel apuro, acudió a remediarlo, diciendo: «Comprendido,

comprendido».

--Bueno, pues no necesito añadir nada más... porque si caes en la

tentación de querer a un hombre indigno, adiós mi dinero, adiós

decoro... Y lo último que te recomiendo es que si logras conseguir que

no pueda tentarte otra vez el mameluco de Santa Cruz, habrás puesto una

pica en Flandes.

Dicho esto, el anciano se levantó, y tomando capa y sombrero, se dispuso

a marcharse. De la puerta volvió hacia Fortunata, y alzando el bastón

con ademán de mando, le dijo:

«Repito lo de antes. Aquello se acabó... y ahora soy tu padre, tú mi

hija... trátame de usted... ocupemos nuestros puestos... Aprendamos a

vivir vida práctica... Por de pronto, serenidad, y concluye de peinarte,

que es tarde. Yo me voy, que tengo mucho que hacer».

Metiose el original moralista en su simón, y apenas había llegado a la

Plaza de los Carros, empezó a sentir en su alma una inquietud

inexplicable. Y tras la inquietud moral vino un cierto malestar físico,

con algo de temblor y escalofríos, acompañado de terror supersticioso...

Pero no podía definir la causa del miedo... El coche corría por la

Cava-Alta, y Feijoo se sentía cada vez peor. De improviso sintió como

una vibración intensísima en su interior, y un relámpago a manera de

lanceta fugaz atravesole de parte a parte. Creyó que una desconocida

lengua le gritaba: «¡Estúpido, vaya unas cosas que enseñas a tu

hija...!». Extendió la mano para detener al cochero y decirle que

volviera a la calle de Tabernillas; pero antes de realizar aquel

propósito, cesó la trepidación que en su alma había sentido, y todo

quedó en reposo... «¡Qué debilidades!--pensó--; estas son chocheces y

nada más que chocheces... ¿Pues no se me ocurrió volver allá para

desdecirme? No te reselles, compañero, y sostén ahora lo que has creído

siempre. Esto es lo práctico, es lo único posible... Si le recomendara

la virtud absoluta, ¿qué sería?, sermón absolutamente perdido. Así al

menos...».

Y siguió tan satisfecho. Con el ajetreo que traía aquellos días, en los

cuales hizo dos visitas a doña Lupe, celebró muchas conferencias con

Juan Pablo y otra muy sustanciosa con Nicolás Rubín, que andaba desalado

detrás de una canonjía, tuvo el buen señor una recaída en su enfermedad.

Una tarde de fines de Marzo se sintió tan mal, que hubo de retirarse a

su casa y se acostó. Doña Paca advirtió en él, juntamente con los

síntomas de agravación, cierta alegría febril, lo que juzgó de malísimo

agüero, pues si su amo se volvía niño o demente cuando tan malito

estaba, señal era esto de la proximidad del fin. Toda la noche estuvo

dando vueltas de un lado para otro, queriendo levantarse, y renegando de

que le tuvieran prisionero en la cárcel de aquellas malditas sábanas. A

la madrugada, se nublaron sus sentidos, y a punto de perder el

conocimiento, se despidió del mundo sensible con este varonil concepto

que apenas salió del magín a los labios: «Ya me puedo morir tranquilo,

puesto que he sabido arrancarle al demonio de la tontería el alma que ya

tenía entre sus uñas...».

Doña Paca y el criado, creyendo que su amo se quedaba en aquel espasmo,

empezaron a dar chillidos; llamaron al médico, dieron al señor muchas

friegas, y por fin volviéronle a la vida. Todos se pasmaron de verle

risueño y de oírle afirmar que no le dolía nada y que se sentía bien y

contento. Mas a pesar de esto, el doctor puso muy mala cara,

pronosticando que la debilidad cerebral y nerviosa acabaría pronto con

el enfermo. Por más que este se envalentonó, no pudo levantarse y las

fuerzas le iban faltando. Carecía en absoluto de apetito. Los amigos que

aquel día le acompañaban, convinieron en decirle de la manera más

delicada que se preparase espiritualmente para el traspaso final,

ocupándose del negocio de salvar su alma. Creyeron los más que D.

Evaristo se alborotaría con esto, pues siempre hizo alarde de libre

pensador; mas con gran sorpresa de todos, oyó la indicación del modo más

sereno y amable, diciendo que él tenía sus creencias, pero que al mismo

tiempo gustaba de cumplir toda obligación consagrada por el asentimiento

del mayor número. «Yo creo en Dios--dijo--, y tengo acá mi religión a mi

manera. Por el respeto que los hombres nos debemos los unos a los otros,

no quiero dejar de cumplir ningún requisito de los que ordena toda

sociedad bien organizada. Siempre he sido esclavo de las buenas formas.

Tráiganme ustedes cuantos curas quieran, que yo no me asusto de nada, ni

temo nada, y no desentono jamás. No descomponerse; ese es mi tema».

Todos los presentes se maravillaron al oírle, y aquel mismo día se le

administraron los Sacramentos. Después se puso mucho mejor, lo cual dio

motivo a que le dijeran, como es uso y costumbre, que la religión es

medicina del cuerpo y del alma. Él aseguraba que no se moría de aquel

arrechucho, que tenía siete vidas como los gatos, y que era muy posible

que Dios le dejase tirar algún tiempo más para permitirle ver muchas y

muy peregrinas cosas. Así fue en efecto, pues en todo el año 75 que

corría no se murió el filósofo práctico.

Durante la convalecencia de aquel ataque, no permitió que Fortunata

fuese a verle. Le escribía algunas cartitas, reiterándole sus consejos y

dándole otros nuevos para el día ya próximo en que la reconciliación

debía efectuarse. Al propio tiempo se ocupaba en la revisión de su

testamento y en tomar varias disposiciones benéficas que algunas

personas habían de agradecerle mucho. Tenía un pequeño caudal repartido

en diferentes préstamos hechos a amigos menesterosos. Algunos le habían

firmado pagarés de mil, de dos y hasta de tres mil reales. Todos estos

papeles fueron rotos. Dispuso cómo se habían de repartir las alhajas que

tenía, algunas de bastante valor, sortijas con hermosos solitarios,

botonaduras, y además cajitas primorosas de marfil y sándalo que había

traído de Filipinas, una hermosa espada, dos o tres bastones de mando

con puño de oro. Hizo la distribución de todo con un acierto que

declaraba su gran delicadeza y el aprecio que hacía de las amistades

consecuentes.

Respecto a Fortunata lo dispuso tan bien que no cabía más. No le dejaba

en su testamento más que algunos regalitos, llamándola _ahijada_; pero,

por medio de un agente de Bolsa muy discreto, se hizo una operación en

que la chulita figuraba como compradora de cierta cantidad de acciones

del Banco, dándole además, de mano a mano, algunas cantidades en

billetes. No olvidó por esto D. Evaristo a sus parientes, que eran dos

sobrinas, residentes la una en Astorga, la otra en Ponferrada. Ambas

quedaban muy bien atendidas en el testamento; y en cuanto a los socorros

que anualmente les enviaba, no perdió aquel año la memoria de esta

obligación, a pesar de los muchos quebraderos de cabeza que tuvo. Doña

Paca y los dos criados también se llevarían un pellizco el día en que el

amo faltara.

Indicáronle los clérigos de la parroquia si no dejaba algo para

sufragios por su alma, y él, con bondadosa sonrisa, replicó que no había

olvidado ninguno de los deberes de la cortesía social, y que para no

desafinar en nada, también quedaba puesto el rengloncito de las misas.

Fue a verle una tarde Villalonga, y lo primero que le dijo Feijoo,

mientras se dejaba abrazar por él, fue esto: «Pero, hombre, ¿será usted

tan malo que no le dé la canonjía a mi recomendado?».

--Por Dios, querido patriarca, tengamos paciencia... Haré lo que pueda.

Le puse una carta muy expresiva a Cárdenas mandándole la nota. Pero

considere usted que es un arco de iglesia. ¡Canonjía! Para mí la

quisiera yo.

--Y para mí también... Pero en fin, ¿puede ser o no? Es un cleriguito de

las mejores condiciones.

--Lo creo... ¡pero qué quiere usted! Estos cargos son muy solicitados, y

cuando vaca uno, hay cuatrocientos curas con los dientes de este tamaño.

--Sí, pero mi presbítero es un cura apreciabilísimo, un santo varón...

Como que ayuna todos los días...

--Ya... será un bacalao ese padre Rubín. ¿No le di ya a usted una

credencial de Penales para un Rubín? Usted por lo visto protege a esa

familia.

--Yo no protejo familias, niño. Déjese usted de protecciones... Sólo que

me intereso por las personas de mérito.

--Por mí no ha de quedar. Le daré otro achuchón a Cárdenas. Pero, lo que

digo, son plazas que tienen muchos golosos. Los pretendientes explotan

el valimiento y la influencia de las señoras. Casi siempre son las

faldas las que deciden quién se ha de sentar en los coros de las

catedrales.

--Pues suponga usted, compañero, que yo tengo faldas, que soy una

dama... ea.

--Pero si yo no lo he de decidir...

--Mire usted que si no me nombra mi canónigo, no me muero, y le estaré

atormentando meses y meses.

--Mejor... Viva usted mil años.

--¿Y esas elecciones, van bien?

--Como un acero. Tengo allá un padre cura que vale un imperio. Me está

haciendo unos arreglos en el distrito, que Dios tirita, y tirita toda la

Santísima Trinidad. Ese sí que merece, no digo yo canonjías, sino siete

mitras.

--Le conozco, el _Pater_... fue capellán de mi regimiento.

Villalonga se despidió reiterando sus buenos deseos respecto a Nicolás

Rubín.

«¡Eh, Jacinto, por Dios, una palabra!--dijo D. Evaristo llamándole

cuando ya estaba en la puerta--. Por Dios y todos los santos, no me

olvide usted a ese desdichado... al pobre Villaamil, a ese que llaman

_Ramsés II_».

--Está recomendado en una nota de _indispensables_. Conque más no puedo

hacer.

--Mire usted que no me deja vivir... Todos los días viene tres veces. La

noche que me dieron el Viático, en el momento aquel, miré para este lado

y lo primero que vi fue a _Ramsés II_, con una vela en la mano. ¡Cómo me

miraba el infeliz!... Creo que no me morí de tanto como rezó Villaamil,

pidiendo a Dios que viviera.

--Podrá ser... No le olvidaré. Abur, abur.

Y D. Evaristo se quedó solo, pensativo y dulcemente ensimismado,

saboreando en su conciencia el goce puro de hacer a sus semejantes todo

el bien posible, o de haber evitado el mal en la medida que la

Providencia ha concedido a la iniciativa humana.

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Fortunata y Jacinta: dos historias de casadas · 第 33 / 49 题