--i--
Dos o tres veces fue D. Evaristo al siguiente día a enterarse de la
salud de Fortunata; pero no la pudo ver. Dorotea le dijo que la señorita
no quería ver a nadie, y que de tanto pensar que era honrada, le dolía
horriblemente la cabeza. Al otro día la señorita estaba un poco mejor,
se había levantado y apetecido un sopicaldo. «Pero sigue con la misma
idea--añadió no sin malicia la chica, que era graciosa y avisada--. Se
lo prevengo, señor, para que le lleve el genio y le diga que sí».
--Descuida, hija--replicó el caballero--, que por mí no ha de quedar.
¿Puedo verla? ¿No la molestaré mucho? ¿Sabe que estoy aquí?
--Ya lo sabe. Espérese un ratito y pasará.
Quedose solo en el comedor mi hombre, y después de quince minutos de
espera, Dorotea le mandó pasar. Estaba Fortunata en su gabinete, tendida
en el sofá, la cabeza reclinada sobre un almohadón de raso azul. Tenía
puesta la bata de seda y un pañuelo blanco finísimo a la cabeza, tan
ajustado, que no se le veía más que el óvalo del rostro. Estaba ojerosa,
pálida y muy abatida. Como D. Evaristo se preciaba de saber algo de
medicina, tomole el pulso.
«Si está usted como un reloj, hija. Si no tiene fiebre ni ese es el
camino... ¡Bah!, coqueterías... un poco de rabietina y nada más. Y que
está usted guapísima con ese pañolito, ya, ya. No se le ven ni el pelo
ni las orejas. Parece una hermana de la Caridad... ¡Vaya con los males
de esta señora!».
--Ayer estuve muy malita--dijo ella con voz apagada--. La cabeza se me
partía, y como no me podía quitar de _entre mí_ aquella idea, y dale con
lo mismo... ¡Lo que una piensa!... Tengo que declarar que soy...
--Honrada, sí, hoy más que ayer y mañana más que hoy. Por sabido se
calla.
--No, hombre, no digo eso.--¿Cómo que no?--Lo que soy es muy mala, la
mujer más mala que ha nacido. ¿Pero usted sabe bien lo que yo he hecho?
Lo que me pasa me lo tengo bien ganado, sí, bien ganado me lo tengo,
¡porque cuidado que he hecho yo perrerías en este mundo...!
--¡Quite usted allá!... No habrá sido tanto.
--Vamos ahora a otra cosa--dijo la joven, sacando de debajo del manto
una mano, en la que tenía una carta--. Ayer me mandó esto.
--¿Quién? ¡Ah! Santa Cruz.
--No la he leído hasta esta mañana. Aquí se despide otra vez, dándome
consejos y echándoselas de santo varón. Me manda dentro de la carta
cuatro mil reales.
--Vamos... No se ha corrido que digamos.
--Quiero escribirle hoy mismo--indicó ella animándose un poco--.
Escribirle, no... nada más que meter los dos billetes de dos mil reales
dentro de un sobre y devolvérselos.
--Hija mía, párese usted y piense bien lo que hace--dijo el amigo,
acercándose cariñosamente a ella--. Eso de devolver dinero es un
romanticismo impropio de estos tiempos. Sólo se devuelve el dinero que
se ha robado, y usted tenía derecho a que él le diera, no sólo eso, sino
muchísimo más. Con que déjese usted de _rasgos_ si no quiere que la
silbe, porque esas simplezas no se ven ya más que en las comedias malas.
Nada, yo me he propuesto sacarla a usted del terreno de la tontería y
ponerla sólidamente sobre el terreno práctico.
--Lo que es el dinero no lo tomo--declaró la enferma del corazón,
alargando los labios como los niños mimosos.
--¡Ay, qué gracia!... Eso es, y coma usted mimitos--dijo el coronel,
haciendo también con sus labios la trompeta más larga que le fue
posible--. ¡Devolverle los santos cuartos! Sí, para que se ría más. Eso
es lo que él quiere... ¿Tiene usted ahorros?
--Tendré unos treinta duros.
--Pues eso y nada... ¿De qué va usted a vivir ahora?
--Quiero ser honrada.--Magnífico... sublime. Lo que no veo tan claro es
que para ser honrada sea preciso no comer... ¿Acaso piensa usted
trabajar? ¿En qué?... Al menos, con esos cuatro mil reales tiene tiempo
de pensarlo y vivir algunos meses. Con que a guardar los _monises_, y no
se hable más del asunto.
No se convenció Fortunata, que era algo terca; pero aplazó la devolución
de los billetes para el día siguiente. Como tenía clavada en su mente la
injuria recibida, sin querer hablaba de ella.
«¡Vaya la que me ha hecho!--murmuró después de una pausa, mirando al
suelo--. ¡Qué manera de pagarme! ¡Yo, que lo dejé todo por él, y a los
que me habían hecho decente les di una patada!... Perdone usted si hablo
mal. Soy muy ordinaria. Es mi ser natural; y como a los que me querían
afinar y hacerme honrada les di con su honradez en los hocicos... ¡Qué
ingrata, ¿verdad?, qué indecente he sido! Todo por querer más de lo que
es debido, por querer como una leona. Y para que calcule usted si soy
simple, aquí, donde usted me ve, si ese hombre me vuelve a decir tan
siquiera media palabra, le perdono y le quiero otra vez».
--Sí, ya se conoce que es usted más tierna que el requesón--dijo D.
Evaristo, meditando.
--Es que los demás me parece que no son tales hombres. Para mí hay dos
clases de hombres; él a este lado, todos los demás al otro. No voy de
aquí a esa puerta por todos ellos. Soy así, no lo puedo remediar.
--No me dice usted nada que yo no sepa. He visto mucho mundo--afirmó
Feijoo, con tolerancia de sacerdote hecho al confesonario--. Las
personas que son como usted suelen pasar una vida de perros. No hay
mayor desgracia que tener el corazón demasiado grande. Cerebro grande,
estómago grande, hígado grande, son males también; pero menores. Y yo he
de poder poco o le he de recortar a usted el corazón, para que haya
equilibrio.
--¿Equi...?--Equilibrio.--Ya; no lo digo bien; pero comprendo lo que es.
¿Y cómo me va usted a recortar?
--¡Oh! Se necesitan muchas lecciones... es la única manera de que usted
no sea desgraciada toda la vida. ¡Ah!, este mundo es una gaita con
muchos agujeros, y hay que templar, templar para que suene bien. Usted
no sabe de la misa la media. Parece que acaba de nacer, y que la han
puesto de patitas en el mundo. ¿Qué resulta?, que no sabe por dónde
anda. Devuelve el dinero que le dan, y se chifla dos, tres veces por una
misma persona. ¡Bonito porvenir! Yo le voy a enseñar a usted una cosa
que no sabe.
--¿Qué?--Vivir... Vivir es nuestra primera obligación en este valle de
lágrimas, y sin embargo... ¡qué pocos hay que sepan desempeñarla!... Se
lo dice a usted un hombre que ha visto mucho mundo, que ha tenido, como
usted, un corazón del tamaño de hoy y mañana. Conque prepararse, que
empiezo mis lecciones.
--¿Y seré feliz?--dijo Fortunata con expectación supersticiosa, como si
le estuvieran echando las cartas.
--Por de pronto, de lo que yo trato es de que sea usted práctica.
--¡Práctica!--replicó ella arrugando la nariz con salero, como hacía
siempre que afectaba no comprender una cosa y burlarse de ella al mismo
tiempo--. Práctica, ¿qué quiere decir eso?
--¿Y no lo sabe?... ¡No se haga usted más tonta de lo que es!--indicó D.
Evaristo arrugando también su nariz.
--Pues nos haremos _pléiticas_--dijo la señora de Rubín, ridiculizando
la palabra para ridiculizar la idea.
Poco más duró aquella visita, porque el señor de Feijoo no quería
molestar. Despidiose, prometiendo volver pronto. Por él, volvería dentro
de una hora. «Amiguita, usted no puede estar mucho tiempo sola, porque
esa cabeza se pone a trabajar... Como usted no me eche, aquí me tendrá
otra vez esta tarde».
Y volvió cerca de anochecido trayendo un ramo de flores, y poco después
fue un mozo de cuerda con dos o tres tiestos. A Fortunata le gustaban
mucho las flores, así vivas como cortadas; tenía los balcones llenos de
macetas y se pasaba buena parte de la mañana cuidándolas. Mucho
agradeció al buen caballero tales obsequios, que tenían mayor precio en
la estación que corría. Las flores del ramo eran de las más bellas,
raras y valiosas que hay en invierno. De lo que sobre plantas se habló
aquella tarde, coligió D. Evaristo que su amiga tenía gustos un poco
desacordes con el gusto corriente. No le hacía gracia ninguna flor que
no tuviese fragancia, y particularmente las camelias le eran
antipáticas. Entre la mejor de las camelias y el más amarillo y sosón de
los girasoles, no hallaba gran diferencia en cuanto al mérito. Diéranle
a ella un buen clavel, un nardo, una rosa de la tierra, y en fin, todas
aquellas flores que _ilusionan el sentido_ en cuanto uno se acerca a
ellas...
--¿Y qué tal nos encontramos esta tarde?--dijo D. Evaristo inclinándose
para verle la cara.
Echábaselas de médico; pero examinaba la cara por lo bonita que le
parecía, no por buscar en ella síntomas hipocráticos; y como avanzara la
noche y no había luz, tenía que acercarse mucho para ver bien.
Continuaba ella en el propio sitio y postura que por la mañana.
--Estoy lo mismo--replicó sin moverse--. Desde que usted se fue, estuve
llorando hasta ahorita.
--Pues no hay que devanarse los sesos para encontrar el remedio. Con no
moverme de aquí... Pero podría ser el remedio peor que la enfermedad, y
al fin tendría usted que llorar para que me marchase... Vamos, hija,
modere esos suspiros tan fuertes, que parece se le va a salir el alma
por la boca. Ya nos iremos consolando. El tiempo es un médico que se
pinta solo para curar estas cosas; y todavía he de ver yo a mi amiga más
contenta que unas Pascuas, sin acordarse para nada de lo que tanto la
aflige hoy. Y pronto, muy pronto... Y es preciso distraerse. ¿Sabe usted
jugar al tresillo?
--¿Yo? No sé más que el tute. _Ese_ quiso enseñarme el tresillo; pero
nunca lo pude aprender. No sabe usted bien lo torpe que soy.
--¿Le gusta a usted el teatro?
--Eso sí, sobre todo los dramas en que hay cosas que la hacen llorar a
una.
--¡Ave María Purísima!... Esas obras en que sale aquello de «¡hijo
mío!... ¡padre mío!...».
--Esas, y otras en que hay pasos de mucha aflicción, y sacan las
espadas, y se desmaya una actriz porque le quitan el hijo.
--¡Alabado sea el Santísimo!...--dijo Feijoo con socarronería--. En eso
sí que son contrarios nuestros gustos, porque yo, en cuanto veo que los
actores pegan gritos y las actrices principian a hacerme pucheritos, ya
estoy bufando en mi butaca y mirando para la puerta... Nada de lágrimas.
Lo que le conviene a usted ahora es reírse con las piececitas de Lara y
Variedades. Para dramas, hija, los de la realidad... ¿Le gustan a usted
los bailes de máscaras?
--Se va usted a reír--replicó Fortunata incorporándose--. En el poco
tiempo que anduve yo suelta en Barcelona, de la ceca a la meca, solía ir
a bailes y divertirme algo; después no... Este año me llevó Juan dos
veces, y otra vez fui yo sola con una amiga, por ver si le sorprendía
pegándomela con algún trasto... ¿Creerá usted que no me he divertido ni
esto? La careta me da un calor que me abrasa... me la quiero quitar.
Pues digo... si me pongo a dar bromas, yo misma me río de mi poca
gracia. No puede usted figurarse lo _desaborida_ que soy. No se me
ocurre nada más que sandeces. Juan me decía que no sirvo para nada, y
que no me merezco el palmito que tengo. Él se empeñaba en que yo fuera
de otro modo; pero la cabra siempre tira al monte. Pueblo nací y pueblo
soy; quiero decir, ordinariota y salvaje... ¡Ah, si viera usted lo
furioso que se ponía cuando le decía yo que me gusta un guisado de falda
y pechos como los que se comen en los bodegones!
Pues nada; que tenía que esconderme para comer a mi gusto. ¿Y cuando me
sermoneaba porque no tengo ese aire de francesa que tiene la Antoñita,
esa que está con Villalonga, y otra que llaman Sofía la Ferrolana?
«Hasta en la manera de sentarse se diferencian de ti--me decía--. Fíjate
bien en aquel aire de abandono o de viveza según los casos; en aquella
gracia, en aquel modo de andar por la calle. Tú cuando vas por ahí con
tu velito y ese pasito reposado, sin mirar a nadie, parece que vas de
casa en casa pidiendo para una misa». ¿Ve usted lo que me decía? ¿Y
cuando se empeñaba en que me pusiera yo esos cuerpos tan ceñidos, tan
ceñidos que con ellos parece que enseña una todo lo que Dios le ha
dado?...
--Esta mujer me vuelve loco--pensaba Feijoo, experimentando, al oír a
Fortunata, una sensación de inefable contento--. Si estoy chocho, si no
sé lo que me pasa... ¡Ay Dios mío, a mi edad!... No hay remedio, me
declaro... Pero no, refrénate, compañero, aún no es tiempo...
Al buen señor se le ponían los ojos encandilados oyéndole contar
aquellas cosas con tan encantadora sinceridad. Sonrisa de alegría y
esperanza contraía sus labios, mostrando su dentadura intachable. Su
cara, que era siempre sonrosada, poníasele encendida, con verdaderos
ardores de juventud en las mejillas. Era, en suma, el viejo más guapo,
simpático y frescachón que se podía imaginar; limpio como los chorros
del oro, el cabello rizado, el bigote como la pura plata; lo demás de la
cara tan bien afeitadito, que daba gloria verle; la frente espaciosa y
de color marfil, con las arrugas finas y bien rasgueadas. Pues de
cuerpo, ya quisieran parecérsele la mayor parte de los muchachos de hoy.
Otro más derecho y bien plantado no había.
«No, lo que es hoy no le digo nada--pensaba--. Temo hacer el bisoño.
Calma, compañero, y repliégate un poco; tiempo tienes de picar espuelas.
Hoy lo recibiría mal. Está muy reciente la herida».
--ii--
Pues lo que es hoy sí que no me quedo con esto dentro del
cuerpo--pensó mi hombre al otro día, entrando en la sala, hecho un sol
de limpio y despidiendo, como todas las mañanas al salir de su casa, un
fuerte olor a _colonia_--. ¿Y dónde está?, ¿qué hace que no sale? Es un
encanto esa mujer, y tengo al tal Santa Cruz por el gaznápiro más grande
que come pan... ¡Cuánto me hace esperar! Paréceme que oigo trastazos
como de dar con el zorro en los muebles. Estará de limpieza, aunque hoy
no es sábado. Pero no importa que no sea sábado. Eso le conviene:
trabajar, hacer ejercicio, distraerse, andar de aquí para allí.
¡Magnífico!... Sí, sí, sin duda está de limpieza. Es un diamante en
bruto esa mujer. Si hubiera caído en mis manos, en vez de caer en las de
ese simplín, ¡qué facetas, Dios mío, qué facetas le habría tallado
yo!... Y sigue el traqueteo allá dentro. Parece que arrastran muebles...
Bien, muy bien, dale duro. Para cosas del corazón, sudar, sudar. ¡Ay qué
contento estoy hoy! Tiempo hacía, compañero, mucho tiempo hacía que no
te sentías tan feliz como te sientes hoy. Desde que estuviste en
Filipinas... Pues ahora parece que están moviendo la cama de hierro.
¡Cómo rechina el metal!... ¡Ah!, por fin sale...».
--Dispénseme usted, amigo D. Evaristo--dijo Fortunata apareciendo en la
puerta del gabinete, con bata de diario, un delantal muy grande y
pañuelo liado a la cabeza--. Estoy de limpia». Tras ella se veía una
atmósfera polvorienta, turbia y luminosa; el sol entraba por el balcón,
de par en par abierto.
«Porque yo tengo esta costumbre... Cuando me siento con ganas de llorar
y dada a todos los demonios, ¿sabe usted qué hago?, pues coger el zorro,
las escobas, una esponja grande y un cubo de agua. Siempre que tengo una
pena muy grande le meto mano al polvo».
--Pues ¡ay, hija mía!, la compadezco a usted... porque la casa está como
una plata...
--¡Cómo ha de ser!... Sí, esta es mi única distracción. Y no sé ninguna
labor delicada; no sé coser en fino; no bordo ni toco el piano. Tampoco
pinto platos como esa Antonia, amiga de Villalonga, la cual está siempre
de pinceles; yo apenas sé leer y no le saco sentido a ningún libro...
¿qué he de hacer?, fregar y limpiar. Con esto no me acuerdo de otras
cosas.
--Me la comería--pensó D. Evaristo, que la contemplaba embobado, sin
decir nada.
--Conque lo mejor es que se vaya usted ahora, y vuelva más tarde. Le
vamos a llenar de polvo y basura.
--No, hija, yo no me voy de aquí.
--¡Uy!... Cómo huele usted a _colonia_. Ese olor sí que me gusta... Pero
le vamos a poner perdido. Mire que ahora empezaremos con la sala.
--No me importa--replicó el buen señor con sonrisa inefable--. ¿Me
empolva?, mejor. Yo me sacudiré.
--Como usted quiera... Pues ándese por ahí... Yo no tengo aquí _álbumes_
ni libros para que se entretenga.
--Maldita la falta que me hacen a mí los _álbumes_... Siga, siga usted y
trabaje firme. Eso, eso es lo que nos conviene. Luego hablaremos. Yo no
tengo absolutamente nada que hacer...
Y dos horas más tarde estaban sentados ambos en el gabinete, uno frente
a otro, ella en el mismo pergenio en que antes se presentara, y algo
fatigada...
«¡Debo tener una facha...!--dijo levantándose para mirarse al espejo que
sobre el sofá estaba--. ¡María Santísima! ¿Ve usted las pestañas cómo
las tengo, llenas de polvo?».
--No estarían así sino fueran tan negras y tan grandes y hermosas...
--Quisiera aviarme un poco. Es una falta recibir visitas con esta facha.
--Por mí no se apure usted... Me agrada más verla así. Descanse ahora y
echemos un parrafito. Voy a permitirme una pregunta. ¿Qué piensa usted
hacer ahora?
Fortunata, que se inclinaba hacia adelante para oír mejor, dejó caer la
cabeza sobre el respaldo; la mejor manera de expresar que no había
pensado nada sobre aquel punto.
--¿Piensa usted pedir perdón a su marido y reconciliarse con él?
--¡Jesús! ¡Y qué cosas se le ocurren!--exclamó ella, llevándose las
manos a la cabeza, cual si oyera el mayor de los absurdos.
--Pues me parece que no he dicho ningún disparate.
--Antes que volver con Maximiliano--afirmó Fortunata poniendo la cara
más seria que sabía poner--, todo lo paso, todo...
--Incluso la miseria, la deshonra...
--Sí señor.--Bueno. Pues quiere decir que cuando se acabe lo poquito que
usted tiene... y supongo que no habrá insistido en devolver los cuatro
mil reales... pues cuando se acabe, no tendrá usted más remedio que
buscarse la vida como pueda. Usted no sabe ningún trabajo honrado que
produzca dinero; conque claro es... si me aciertas lo que llevo en la
mano te doy un racimo.
Fortunata frunció el ceño, y sin levantar las miradas del suelo, doblaba
y desdoblaba un pico del delantal.
--Eso no tiene vuelta de hoja, compañera. O a casa con su marido, o a la
calle con Juan, Pedro y Diego, a ver si sale algún primo con quien ir
tirando. De este camino malo parten varios senderos, y no todos
concluyen en el hospital y en la abyección. De modo que piénselo usted.
Por más que se devane los sesos, no podrá salir de este dilema.
--¿De este qué?--Dilema; quiere decir que a fondo o a Flandes.
--Yo quiero ser honrada--afirmó la joven con la mayor seriedad del
mundo, atormentando más la punta del delantal.
--¿Honrada?, me parece muy bien. Y dígame usted con toda franqueza:
¿honrada comiendo o sin comer?
Fortunata se sonrió un poco. Aquella sonrisa iluminó su pena un
instante; pero pronto quedó su rostro envuelto otra vez en seriedad
sombría, señal de la duda horrible que agitaba su alma.
--Eso de la honradez es muy bonito--prosiguió Feijoo--. No hay nada que
se diga tan fácilmente y que luego resulte más difícil en la práctica.
Yo creo que usted ha querido decir honradez relativa...
--No; yo quiero ser honrada a carta cabal, honrada, honrada.
--¿Sin volver con su marido?
--Sin volver con mi marido. Feijoo hizo con los labios, con los ojos,
con todos los músculos de su cara un mohín muy humano y expresivo, signo
perteneciente al lenguaje universal y a la mímica de todos los países,
el cual quería decir:
«Hija mía, no lo entiendo...».
Ni Fortunata lo entendía tampoco, por lo cual estaba verdaderamente
anonadada. Faltábale poco para echarse a llorar.
«Vamos, vamos--dijo el coronel sacudiendo toda aquella argumentación
capciosa, como se sacuden las moscas--; hablemos claro y seamos
prácticos sin miedo a la situación verdadera. Las cosas son como son, no
como deseamos que sean. ¡Qué más quisiéramos sino que usted pudiera ser
tan honrada y pura como el sol! Pero _tarde piache_, como dijo el pájaro
cuando se lo estaban comiendo. De lo que tratamos ahora es de que usted
sea lo menos deshonrada posible. Porque me río yo de las virtudes que
sólo están en el pico de la lengua. ¿Y el vivir y el comer?
Usted, compañera, no tiene ahora más remedio que aceptar el amparo de un
hombre. Sólo falta que la suerte le depare un buen hombre. ¿Se echará
usted a buscarlo por ahí entre sus relaciones, o saldrá a pescar un
desconocido por las calles, teatros y paseos? A ver... Dígolo porque si
quiere usted ahorrarse ese trabajo, figúrese que aburrida ha salido por
esos mundos, que ha echado el anzuelo, que le han picado, que tira para
arriba, y que ¡oh, sorpresa!, me ha pescado a mí. Aquí me tiene usted
fuera del agua dando coletazos de gusto por verme tan bien pescado. Soy
algo viejo, pero sin vanidad creo que sirvo para todo, y por fuera y por
dentro valgo más que la mayoría de los muchachos. No tengo nada que
hacer, vivo de mis rentas, soy solo en el mundo, me doy buena vida y
puedo dársela a quien me acomoda. Conque a decidirse. Modestia a un
lado, dígole a usted que dificilillo le sería, en su situación,
encontrar un acomodo mejor. Bien lo comprenderá cuando le pasen las
tristezas, que ojalá sea pronto. Ahora no tiene la cabeza despejada. Y
no vacilo en decirlo--agregó alzando la voz, como si se incomodara--. Le
ha caído a usted la lotería, y no así un premio cualquiera, sino el
gordo de Navidad».
--Quiero ser honrada--repitió Fortunata sin mirarle, como los niños
mimosos que insisten en decir la cosa fea por que les reprenden.
--No seré yo quien le quite a usted eso de la cabeza--dijo el caballero
sonriendo, sin dudar de su victoria--. Y bien podría ser que hubiera
usted descubierto la cuadratura del círculo.
--¿Qué dice?--Nada... También se me ocurre que dentro de mi proposición
puede usted ser todo lo honrada que quiera. Mientras más, mejor... En
fin, no quiero marearla a usted más, y la dejo sola para que piense en
lo que le he dicho. Siga limpiando, trabaje, dé bofetadas a los muebles,
fregotee hasta que le escuezan los dedos; mecánica, mucha mecánica, y
mientras tanto, piense bien en esto, y mañana o pasado mañana... no hay
prisa... vengo por la _rimpuesta_, como dice el payo...
--iii--
Como lo que debe suceder sucede, y no hay bromas con la realidad,
las cosas vinieron y ocurrieron conforme a los deseos de D. Evaristo
González Feijoo. Bien sabía él que no podía ser de otro modo, a menos
que aquella mujer estuviese loca. ¿Qué salida tenía fuera de la
propuesta por él? Ninguna. ¿Qué honradez era aquella que apetecía, no
sabiendo trabajar, no queriendo volver con su marido y no teniendo
malditas ganas de irse a un yermo a comer raíces? Moraleja: Lo que tenía
que llegar, por la sucesión infalible de las necesidades humanas, llegó.
«Y para que veas si sé yo hacer las cosas y me intereso por ti--le dijo
un día D. Evaristo tuteándola ya--; me propongo evitar el escándalo por
ti y por mí. Pondré singular cuidado en que ignore esto Juan Pablo
Rubín, que fue quien me presentó a ti, en la calle, ¿te acuerdas?, y de
ahí viene nuestro dichoso conocimiento. Estas relaciones las hemos de
esconder y reservar hasta donde sea humanamente posible. Verás qué bien
vamos a estar. Yo te enseñaré a ser práctica, y cuando pruebes el ser
práctica, te ha de parecer mentira que hayas hecho en tu vida tantísimas
tonterías contrarias a la ley de la realidad».
Fortunata, preciso es decirlo, no estaba contenta, ni aun medianamente.
Hallábase más bien resignada y se consolaba con la idea de que dentro de
su desgracia no había solución mejor que aquella, y de que vale más caer
sobre un montón de paja que sobre un montón de piedras. En los primeros
días tuvo horas de melancolía intensísima, en las cuales su conciencia,
confabulada con la memoria, le representaba de un modo vivo todas las
maldades que cometiera en su vida, singularmente la de casarse y ser
adúltera con pocas horas de diferencia. Pero de repente, sin saber cómo
ni por qué, todo se le volvía del revés allá en las cavidades
desconocidas de su espíritu, y la conciencia se le presentaba limpia,
clara y firme. Juzgábase entonces sin culpa alguna, inocente de todo el
mal causado, como el que obra a impulsos de un mandato extraño y
superior. «Si yo no soy mala--pensaba--. ¿Qué tengo yo de malo aquí
_entre mí_? Pues nada».
Con estos diferentes estados de su espíritu se relacionaban ciertas
intermitencias de manía religiosa. En las horas en que se sentía muy
culpable, entrábale temor de los castigos temporales y eternos.
Acordábase de cuanto le enseñaron D. León y las Micaelas, y volvían a su
mente las impresiones de la vida del convento con frescura y claridad
pasmosas. Cuando le daba por ahí, iba a misa, y aun se le ocurría
confesarse; pero de pronto le entraba miedo y lo dejaba para más
adelante. Luego venía la contraria, o sea el sentimiento de su
inculpabilidad, como una reversión mecánica del estado anterior, y todas
las somnolencias y aprensiones místicas huían de su mente. Se pasaba
entonces dos o tres días en completa tranquilidad, sin rezar más que los
Padrenuestros que por rutina le salían de entre dientes todas las
mañanas. Su conciencia giraba sobre un pivote, presentándole, ya el lado
blanco, ya el lado negro. A veces esta brusca revuelta dependía de una
palabra, de una idea caprichosa que pasaba volando por su espíritu, como
pasa un pájaro fugaz por la inmensidad del Cielo. Entre creerse un
monstruo de maldad o un ser inocente y desgraciado, mediaban a veces el
lapso de tiempo más breve o el accidente más sencillo; que se
desprendiese una hoja del tallo ya marchito de una planta cayendo sin
ruido sobre la alfombra; que cantase el canario del vecino o que pasara
un coche cualquiera por la calle, haciendo mucho ruido.
Estaba muy agradecida al señor de Feijoo, que se portaba con ella como
un caballero, y no tenía nada de quisquilloso, ni las impertinencias que
suelen gastar los hombres. El primer día le leyó la cartilla, que era
muy breve: «Mira, yo te dejo en absoluta libertad. Puedes salir y entrar
a la hora que quieras, y hacer lo que te dé tu real gana. No soy
partidario del sistema preventivo. Quiero que seas leal conmigo, como yo
lo soy contigo. En cuanto te canses avisas... Aquí no me entres a ningún
hombre, porque si algún día descubro gatuperio, me marcho tan calladito
y no me vuelves a ver... Lo mismo haré si lo descubro fuera. Si te
portas bien, no dejaré de protegerte, ni aun en el caso de que me fuera
preciso dejarte».
Lo que propiamente llamamos amor, la verdad, Fortunata no lo sentía por
su amigo; pero sí le tenía respeto, y el cariño apacible a que era
acreedor por su hidalgo comportamiento. Teníale ella por la persona más
decente que había tratado en su vida. ¡Y cuánto sabía! ¡Qué experiencia
del mundo la suya, y con qué habilidad se las gobernaba! Para poner en
ejecución aquel plan de reserva de que hablara al principio, mandole
tomar un cuartito modesto. No por economía, pues bien podía él pagar una
casa como la que Santa Cruz pagaba; era por recato. Lo de la honradez,
que ella anhelaba ignorando el valor exacto de las palabras, no tenía
sentido; pero ya que no fuese honrada, al menos pareciéralo, y esto iba
ganando, que no era floja ganancia. Un cuartito modesto en un barrio
apartado era ya señal de que al menos se evitaba el escándalo. A poco de
instalada en su nuevo domicilio, D. Evaristo le compró una buena máquina
de Singer, con lo que ella se entretenía mucho. La visita del protector
era diaria, pero sin hora fija. Unas veces iba de tarde, otras de noche.
Pero siempre se retiraba a su casa a dormir. Convenía que Fortunata
tuviese una criada fiel, discreta y de cierta responsabilidad. Feijoo
estuvo cosa de un mes buscándola y al fin pudo encontrarla.
Si Fortunata, empezando por conformarse, acabó por sentirse bien, D.
Evaristo estuvo desde luego muy a gusto en aquella vida. «Yo no soy
celoso--le decía--, y aunque no pongo mi mano en el fuego por ninguna
mujer, creo que no me faltarás, como no se descuelgue otra vez el
danzante de marras. A este sí que le tengo miedo». Y ella declaraba con
su sinceridad de siempre que, en efecto, le conservaba ley al maldito
autor de sus desgracias... no lo podía remediar; pero que si la buscaba
otra vez, ya sabría ella resistir y darle con toda la fuerza de su
honradez en los hocicos, para que no volviera a ser pillo. Al oír esto,
Feijoo se mostraba benévolamente incrédulo y decía: «Pidámosle a Dios
que no te busque, por si acaso; que a Segura llevan preso».
Vivían retiradamente, y no se presentaban juntos en ninguna parte. La
calaverada de Feijoo no fue descubierta por sus amigos más sagaces;
Fortunata no daba que hablar a nadie, y la familia de su marido creía
que había desaparecido de Madrid. Con este sistema de cautela y recato,
les iba tan bien que D. Evaristo no cesaba de congratularse. «¿Ves,
chulita, cómo de este modo estamos en el Paraíso? Así se consiguen dos
cosas, la tranquilidad dentro, el decoro fuera. ¿Qué necesidad tengo yo
de que me llamen _viejo verde_? Y tú, ¿por qué has de andar en lenguas
de la gente? Aquí tienes lo que yo te quería enseñar, ser persona
práctica. Al mundo hay que tratarlo siempre con muchísimo respeto. Yo
bien sé que lo mejor es que uno sea un santo; pero como esto es
dificilillo, hay que tener formalidad y no dar nunca malos ejemplos.
Fíjate bien en esto; la dignidad siempre por delante, compañera».
Hablando de esto, se animaba llegando hasta la elocuencia. «Porque mira
tú, chulita, no predico yo la hipocresía. En cierta clase de faltas, la
dignidad consiste en no cometerlas. No transijo, pues, con nada que sea
apropiarse lo ajeno, ni con mentiras que dañan al honor del prójimo, ni
con nada que sea vil y cobarde; tampoco transijo con menospreciar la
disciplina militar: en esto soy muy severo; pero en todo aquello que se
relaciona con el amor, la dignidad consiste en guardar el decoro...
porque no me entra ni me ha entrado nunca en la cabeza que sea pecado,
ni delito, ni siquiera falta, ningún hecho derivado del amor verdadero.
Por eso no me he querido casar... Claro, es preciso contener algo a la
gente y asustar a los viciosos; por eso se hicieron diez mandamientos en
vez de ocho, que son los legítimos; los otros dos no me entran a mí.
¡Ah!, chulita, dirás que yo tengo la moral muy rara. La verdad, si me
dicen que Fulano hizo un robo, o que mató o calumnió o armó cualquier
gatería, me indigno, y si le cogiera, créelo, le ahogaría; pero vienen y
me cuentan que tal mujer le faltó a su marido, que tal niña se fugó de
la casa paterna con el novio, y me quedo tan fresco. Verdad que por el
decoro debido a la sociedad, hago que me espanto, y digo: «¡Qué
barbaridad, hombre, qué barbaridad!». Pero en mi interior me río y digo:
«ande el mundo y crezca la especie, que para eso estamos...».
Todo esto le pareció a Fortunata muy peregrino cuando lo oyó por primera
vez; pero a la segunda, encontrolo conforme con algo que ella había
pensado. ¿Pero no sería un disparate? Porque era imposible que ella y
Feijoo tuviesen razón contra el mundo entero.
«Conque ya sabes--añadió el coronel--; el día en que se te antoje
faltarme, me lo dices. Yo no creo en las fidelidades absolutas. Yo soy
indulgente, soy hombre, en una palabra, y sé que decir _humanidad_ es lo
mismo que decir _debilidad_... Pues vienes y me lo cuentas a mí, en mis
barbas; nada de tapujos... ¿Creerás que voy a venir con un revólver para
pegarte un tirito y pegarme yo otro?... ¡Valiente asno sería si lo
hiciera! No. En nombre de la humanidad y de la especie te miraré con
benevolencia... Cierto que me ha de escocer algo. Pero cogeré mi
sombrero y me marcharé de tu casa, sin que eso quiera decir que te
abandone, pues lo que haré será jubilarte, señalándote media paga».
--¡Pero qué hombre más raro, y qué manera de querer!--pensaba Fortunata.
--iv--
Aquel día comieron juntos; expansión que D. Evaristo se permitía
algunas veces. Dijo ella que sabía _poner unas judías_ estofadas a
estilo de taberna, que era lo que había que comer.
Quiso Feijoo probar también aquel plato, porque le gustaban algunas
comidas españolas. Fortunata tenía una despensa admirablemente provista,
y en ropa y trapos gastaba muy poco. Él era tan listo y tan práctico,
que supo sin esfuerzo hacerle disminuir el inútil y ruinoso renglón de
las modas. En la cuestión de _bucólica_, sí que no le ponía tasa, y le
recomendaba que trajese siempre lo mejor y más adecuado a cada estación.
Pero ella no necesitaba que su señor le hiciera estas advertencias,
porque, madrileña neta y de la Cava de San Miguel nada menos, sabía lo
que se debe comer en cada época. No era glotona; pero sí inteligente en
víveres y en todo lo que concierne a la bien provista plaza de Madrid.
Y la verdad era que con aquella vida tranquila y sosegada, eminentemente
práctica, se iba poniendo tan lucida de carnes, tan guapa y hermosota
que daba gloria verla. Siempre tuvo la de Rubín buena salud; pero nunca,
como en aquella temporada, vio desarrollarse la existencia material con
tanta plenitud y lozanía. Feijoo, al contemplarla, no podía por menos de
sentirse descorazonado. «Cada día más guapa--pensaba--, y yo cada día
más viejo». Y ella, cuando se miraba al espejo, no se resistía a la
admiración de su propia imagen. Algunos días le pasaba por bajo del
entrecejo la observación aquella de otros tiempos: «¡Si me viera
ahora...!».
Pero al punto trataba de alejar estas ideas, que no le traían más que
tristezas y cavilaciones.
Vivía en la calle de Tabernillas (Puerta de Moros), que para los
madrileños del centro es _donde Cristo dio las tres voces y no le
oyeron_. Es aquel barrio tan apartado, que parece _un pueblo_.
Comunícase, de una parte con San Andrés, y de otra con el Rosario y la
V.O.T. El vecindario es en su mayoría pacífico y modestamente acomodado;
asentadores, placeros, trajineros. Empleados no se encuentran allí, por
estar aquel caserío lejos de toda oficina. Es el arrabal alegre y bien
asoleado, y corriéndose al Portillo de Gilimón, se ve la vega del
Manzanares, y la Sierra, San Isidro y la Casa de Campo. Hacia los
taludes del Rosario la vecindad no es muy distinguida, ni las vistas muy
buenas, por caer contra aquella parte las prisiones militares y
encontrarse a cada paso mujeres sueltas y soldados que se quieren
soltar. Al fin de la calle del Águila también desmerece mucho el
vecindario, pues en la explanada de Gilimón, inundada de sol a todas las
horas del día, suelen verse cuadros dignos del Potro de Córdoba y del
Albaicín de Granada. Por la calle de la Solana, donde habita tanta
pobretería, iba Fortunata a misa a la Paloma, y se pasmaba de no
encontrar nunca en su camino ninguna cara conocida. Ciertamente, cuando
un habitante del centro o del Norte de la Villa visita aquellos barrios,
ni las casas ni los rostros le resultan Madrid. En un mes no pasó
Fortunata más acá de Puerta de Moros, y una vez que lo hizo, detúvose en
Puerta Cerrada. Al sentir el mugido de la respiración de la capital en
sus senos centrales, volviose asustada a su pacífica y silenciosa calle
de Tabernillas.
Don Evaristo vivía, desde que obtuvo el retiro, en el segundo piso de un
caserón aristocrático de la calle de Don Pedro. Era uno de esos palacios
grandones y sin arquitectura, construidos por la nobleza. En el
principal había una embajada, y cuando en ella se celebraba sarao,
decoraban la escalera con tiestos y le ponían alfombra. Habíase
acostumbrado Feijoo a la amplitud desnuda de sus habitaciones, a las
grandes vidrieras, a la altura de techos, y no podía vivir en _estas
casas de cartón_ del Madrid moderno. Su domicilio tenía algo de
convento, y su vecino en el segundo de la izquierda era un arqueólogo,
poseedor de colecciones maravillosas. En toda la casa no se oía ni el
ruido de una mosca, pues el Ministro Plenipotenciario del principal era
hombre solo, y fuera de las noches de recepción, que eran muy contadas,
creeríase que allí no vivía nada.
Por la solitaria calle de las Aguas se comunicaba brevemente Feijoo con
su ídolo. No me vuelvo atrás de lo que esta expresión indica, pues el
buen señor llegó a sentir por su protegida un amor entrañable, no todo
compuesto de fiebre de amante, sino también de un cierto cariño
paternal, que cada día se determinaba más. «¡Qué lástima,
compañero!--pensaba--, que no tengas veinte años menos... De veras que
es una lástima. ¡Si a esta la cojo yo antes...! Así como otros
estropearon con sus manos inhábiles esta preciosísima _individua_, yo le
hubiera dado una configuración admirable. ¡Qué española es, y qué chocho
me estoy volviendo!».
Al mes, ya Feijoo no podía vivir sin aumentar indefinidamente las horas
que al lado de ella pasaba. Muchos días comían o almorzaban juntos, y
como ambos amantes habían convenido en enaltecer y restaurar
prácticamente la hispana cocina, hacía la _individua_ unos guisotes y
fritangas, cuyo olor llegaba más allá de San Francisco el Grande. De
sobremesa, si no jugaban al tute, el buen señor le contaba a su querida
aventuras y pasos estupendos de su dramática vida militar. Había estado
en Cuba en tiempo de la expedición de Narciso López, y trabajó mucho en
la persecución y captura del famoso insurgente. Fortunata le oía
embelesada, puestos los codos sobre la mesa, la cara sostenida en las
manos, los ojos clavados en el narrador, quien bajo la influencia de la
atención ingenua de su amada, se sentía más elocuente, con la memoria
más fresca y las ideas más claras. «Tú no puedes hacerte cargo de
aquellas noches de luna en Cuba, de aquella bóveda de plata
resplandeciente, de aquellos manglares que son jardines en medio de los
espejos de la mar... Pues aquella noche de que te hablo, estábamos
acechando junto a un río, porque sabíamos que por allí habían de pasar
los insurgentes. Oímos un chapoteo en el agua; creímos que era un caimán
que se escurría entre las cañas bravas. De repente, pim... un tiro.
¡Ellos!... Al instante toda nuestra gente se echa los fusiles a la cara.
Ta-ra-ra-trap... Un negrazo salta sobre mí, y zas, le meto el machete
por el ombligo y se lo saco por el lomo... No me he visto en otra,
hija».
También había estado en la expedición a Roma el 48. ¡Oh, Roma! Aquello
sí que era cosa grande. ¡Qué bonito aquel paso de Pío IX bendiciendo a
las tropas! Y la conversación rodaba, sin saber cómo, de la bendición
papal a los amoríos del narrador. En esto era la de no acabar, y de la
cuenta total salían a siete aventuras por año, con la particularidad de
que eran en las cinco partes del mundo, porque Feijoo, que también había
estado en Filipinas, tuvo algo que ver con chinas, javanesas y hasta con
joloanas. Una salvaje le había trastornado el seso, demostrando que en
las islas de la Polinesia se dan casos de coquetería no menos refinada
que la de los salones europeos. «¡Ay, qué bueno!--exclamaba Fortunata
riendo con toda su alma, al oír ciertos lances--. ¡Si eso parece de
acá...! ¡Pero qué lista...! ¿Has visto? ¡Y luego dicen...!».
De europeas no había que hablar. Contó el ex-coronel aventuras con
solteras y casadas, que a su amiga le parecían mentira, y no las habría
creído si no las oyera de labios de persona tan verídica y formal.
--«¿Pero has visto? Si eso se dice, no se cree... Y si lo escriben,
pensarán que es fábula mal inventada. ¡Qué cosas hacen las mujeres! Bien
dicen que somos el Demonio».
Debo advertir que nada refería Feijoo que no fuese verdad, porque ni
siquiera recargaba sus cuadros y retratos del natural. Lo mismo hacía
Fortunata, cuando le tocaba a ella ser narradora, incitada por su
protector a mostrar algún capítulo de la historia de su vida, que en
corto tiempo ofrecía lances dignos de ser contados y aun escritos. No se
hacía ella de rogar, y como tenía la virtud de la franqueza, y no
apreciaba bien, por rudeza de paladar moral, la significación buena o
mala de ciertos hechos, todo lo desembuchaba. A veces sentía D. Evaristo
gran regocijo oyéndola, a veces verdadero terror; pero de todas estas
sesiones salía al fin con impresiones de tristeza, y pensaba así: «Si
hubiera caído antes en mis manos, si yo la hubiera cogido antes, todas
esas ignominias se habrían evitado... ¡Qué lástima, compañero, qué
lástima!... Y lo más raro es que después de tanto manosear hayan quedado
intactas ciertas prendas, como la sinceridad, que al fin es algo y la
constancia en el amor a uno solo...».
Ambos evitaban que en sus conversaciones surgieran ciertos nombres; pero
una noche se habló, no sé por qué, de Juanito Santa Cruz. «Anda--dijo
Fortunata--, que ya se habrá cansado otra vez de la tonta de su mujer. A
bien que ella se tomará la revancha...».
--No lo creo...--Pues yo sí...--afirmó la prójima fingiendo
convicción--. ¡Bah! No hay mujer casada que no peque... Ya saben tapar
bien esas señoras ricas.
--No me gusta, hija, que hables así de persona alguna y menos de esa. Yo
me explico que no la quieras bien; pero observa que es inocente de las
trastadas que te ha hecho su marido.
Feijoo conocía a algunas personas de la familia de Santa Cruz. A Jacinta
y a Juan no les había hablado nunca; pero sí a D. Baldomero y algo a
Barbarita. Trataba al gordo Arnaiz, y a otros muy allegados a la
familia, como el marqués de Casa-Muñoz y Villalonga; y el mismo Plácido
Estupiñá no era un desconocido para él.
«Es preciso que te acostumbres--prosiguió con cierta severidad--, a no
hacer juicios temerarios, huyendo de cuanto pueda herir o lastimar a una
familia respetable. Dobla la hoja y hazte cuenta de que esa gente se ha
ido a Ultramar, o se ha muerto».
--Te diré una cosa que ha de pasmarte--indicó Fortunata con la expresión
grave que tomaba cuando hacía una declaración de extremada y casi
increíble sinceridad--. Pues el día en que vi por primera vez a Jacinta,
me gustó... sin que por gustarme dejara de aborrecerla. Una noche me
acosté con el corazón tan requemado de celos, que me sentía capaz...
hasta de matarla... mira tú.
--¡Bah!, no digas tonterías... No me hace gracia que te pongas así...
Eso de matar a la rival es hasta cursi...
--Pero si no he acabado... déjame que te cuente lo mejor. La aborrezco y
me agrada mirarla, quiere decirse, que me gustaría parecerme a ella, ser
como ella, y que se me cambiara todo mi ser natural hasta volverme tal y
como ella es.
--Eso sí que no lo entiendo--dijo Feijoo cayendo en un mar de
meditaciones--. Caprichos del corazón.
Y al levantarse, apoyando las manos en los brazos del sillón, notó ¡ay!,
que el cuerpo le pesaba más; pero mucho más que antes.
--v--
No pararon aquí las observaciones referentes a su decaimiento
físico. Una mañana, al levantarse, notó que la cabeza se le mareaba.
Jamás había sentido cosa semejante. En la calle advirtió que para andar
completamente derecho, necesitaba pensarlo y proponérselo. Pasando junto
a la carcomida puerta del convento de la Latina, no pudo menos que
mirarse en ella como en un espejo. Se vio allí bien claro, cual vestigio
honroso conservado sólo por indulgencia del tiempo. «Todo envejece
--pensó--, y cuando las piedras se gastan, ¡cómo no ha de gastarse el
cuerpo del hombre!».
Y los síntomas de decadencia aumentaban con rapidez aterradora. Dos días
después notó Feijoo que no oía bien. El sonido se le escapaba, como si
el mundo todo con su bulla y las palabras de los hombres se hubieran ido
más lejos. Fortunata tenía que gritar para que él se enterase de lo que
decía. A lo penoso de esta situación uníase lo que tiene de ridículo.
Verdad que aún andaba al paso de costumbre; pero el cansancio era mayor
que antes, y cuando subía escaleras, el aliento le faltaba. Mirábase al
espejo por las mañanas, y en aquella consulta infalible notaba fláccidas
y amarillentas sus mejillas, antes lozanas; la frente se apergaminaba, y
tenía los ojos enrojecidos y llorones. Al ponerse las botas, la rodilla
derecha le dolía como si le metieran por la choquezuela una aguja
caliente, y siempre que se inclinaba, un músculo de la espalda, cuyo
nombre no sabía él, producíale molestia lacerante, que fuera terrible si
no pasara pronto... «¡Qué bajón tan grande, compañero--se decía--, pero
qué bajón! Y esto va a escape. Ya se ve. La locurilla me ha cogido ya
con los huesos duros y con muchas Navidades encima... Pero francamente,
este bajoncito no me lo esperaba yo todavía...».
Esto le ocasionó grandes tristezas que al principio trataba de disimular
delante de su querida; pero una tarde que estaban sentados junto al
balcón, se le abatieron tanto los espíritus que no pudo contener su pena
y la confió a su amiga: «Chulita, habrás notado que yo... pues... habrás
visto que mi salud no es buena. Y entre paréntesis, ¿qué edad me echas
tú?».
--Sesenta--dijo ella seriamente con la reserva mental de que se quedaba
algo corta.
--Hace unos días que he entrado en lo sesenta y nueve... Dentro de nada
setenta... ¿Sabes que de quince días a esta parte me parece que he
envejecido de golpe y porrazo veinte años? Yo me conservaba en mis
apariencias y en mis bríos de cincuenta, cuando de improviso la
naturaleza ha dicho: «¡Que me voy... que no puedo más...!».
Fortunata había notado el bajón; pero, como es natural, no hablaba de
semejante cosa.
«Lo que más me carga--dijo D. Evaristo con rabia, dando un puñetazo en
el brazo del sillón--, es que la vista... Yo siempre he tenido una vista
como un lince. Figúrate que en la Habana veía, desde el castillo de
Atarés, las señales del vigía del Morro, distinguiendo perfectamente los
colores de las banderas. Pues desde ayer noto no sé qué. Algunos objetos
se me oscurecen completamente, y cuando me da el sol, me pican los
ojos... Desde mañana pienso usar gafas verdes. Estaré bonito. En cuanto
al oído, ya te habrás enterado. Hace días era el izquierdo, ahora es el
derecho; he ascendido: era teniente y soy ya capitán. Te aseguro que
estoy divertido. Pero es insigne majadería rebelarse contra la
naturaleza. Tiene ella sus fueros, y el que los desconoce, lo paga. Yo
he sido en esto poco práctico, siéndolo tanto en otras cosas; pero ya
que se me olvidaron los papeles en el caso este de hacer el pollo a los
sesenta y nueve años, voy a recogerlos para prevenir las malas
consecuencias. Ahora es preciso que me ocupe más de ti que de mí. Yo,
poco puedo durar...».
--No... ¡qué tontuna!--dijo Fortunata, aquella vez más piadosa que
sincera.
--A mí no me vengas tú con zalamerías. Por mucho que tire... pon que
tire un año, dos; eso si no me quedo el mejor día hecho un monigote y en
tal estado que tengas tú que sonarme y ponerme la cuchara en la boca. De
todas maneras, ya tengo poca cuerda, chulita de mi alma, y tengo que
pensar mucho en ti, que la tienes todavía para rato, pues ahora estás en
la flor de tus años y en lo mejor de tu hermosura.
Y otro día, subiendo la escalera, notaba que casi la subía más con los
brazos que con las piernas, pues tenía que ampararse del pasamanos,
haciendo mucha fuerza en él. «Esto va por la posta. Si me descuido, no
tengo tiempo ni de dejar a esta infeliz bien defendida de los pillos y
de las propias debilidades de su carácter. ¡Pobre chulita! Hay que mirar
mucho cómo la dejo, porque esta al son que la tocan baila. Lo que se me
ha ocurrido para asegurarla contra incendios, es decir, contra los
_rasgos_ de todas clases, quizás no le guste; de fijo que no le gustará.
Pero ya irá comprendiendo que no hay otro camino... ¡Ay de mí, que aún
me falta un tramo! Dios nos asista. ¡Quién me había de decir a mí...!».
Al entrar en la casa, pasó insensiblemente del soliloquio al discurso,
dando voz a sus meditaciones. «¡Quién me había de decir a mí que
llegaría a ocuparme de que existan boticas en el mundo! Yo que jamás
caté píldora, ni pastilla, ni glóbulo, tengo mi alcoba llena de
potingues; y si fuera a hacer todo lo que el médico me dice, no duraría
tres días. ¡Y quién me había de decir a mí que le haría ascos a la
comida, yo que jamás le he preguntado a ningún plato por sus
intenciones! El estómago se me quiere jubilar antes que lo demás del
cuerpo, y ya debes suponer que faltando el jefe de la oficina... En fin,
qué le hemos de hacer».
Al llegar aquí, D. Evaristo tenía que alzar mucho la voz para hacerse
oír, porque en la calle se situó un pianito de manubrio, tocando polkas
y walses. Las del tercero, que eran las amas o sobrinas del ecónomo de
San Andrés, que allí vivía, se pusieron a bailar, y al poco rato
hicieron lo propio de los del segundo de la derecha. En el principal y
segundo de la casa de enfrente armose igual jaleo, y como los chicos
alborotaban tanto en la calle, la gritería era espantosa y D. Evaristo y
su amiga tuvieron que callarse, mirándose y riendo.
«Pues sobre que estoy sordo--dijo el simpático viejo--, la vecindad no
nos deja oírnos. Callémonos, que tiempo hay de hablar».
Fijó sus tristes miradas en el suelo y Fortunata, con los brazos
cruzados, mirábale atenta, contemplando los estragos de la degeneración
senil en su fisonomía, mientras se alejaban y extinguían en la calle los
picantes ritmos del baile. La tarde caía; pronto iba a ser de noche, y
como Feijoo tenía horror a la oscuridad, su amiga encendió luz, que puso
en la mesa de camilla, y cerró después las maderas.
«¿En dónde has estado hoy?» le preguntó D. Evaristo, que casi todas las
noches le hacía la misma pregunta, no por fiscalizar sus actos, sino
porque de aquella interrogación salía casi siempre una plática
agradable.
--Pues hoy al mediodía subí a casa de las del cura--dijo ella sonriendo
y pasándole el brazo por encima de los hombros--. Son dos sobrinas o qué
sé yo qué, guapillas, y se parecen aunque no son hermanas. Ayer
estuvieron aquí y me dijeron si les quería pespuntar y dobladillar unas
tiras para tableado de vestidos. Se componen mucho y tienen arriba la
mar de figurines. Están haciendo dos trajes, y si vieras... no pude por
menos de reírme; porque del terciopelo que les sobra hacen trajes para
Niños Jesús y para Vírgenes. Todo lo aprovechan, y hasta una hebilla de
sombrero que no puedan gastar, se la plantan a cualquier santo en la
cintura.
Había hecho Fortunata algunas relaciones en la vecindad más próxima. Se
visitaba con los inquilinos de la casa, y con alguna familia de la
inmediata, gente muy llana, muy neta; como que a todas las visitas iba
la prójima con mantón y pañuelo a la cabeza. En el tiempo que duró
aquella cómoda vida volvieron a determinarse en ella las primitivas
maneras, que había perdido con el roce de otra gente de más afinadas
costumbres. El ademán de llevarse las manos a la cintura en toda ocasión
volvió a ser dominante en ella, y el hablar arrastrado, dejoso y
prolongando ciertas vocales, reverdeció en su boca, como reverdece el
idioma nativo en la de aquel que vuelve a la patria tras larga ausencia.
La gente más fina de aquella vecindad, o la que más procuraba serlo, era
la familia del cura, y estas dos sobrinas eclesiásticas se esforzaban en
hacer contrastar su lenguaje atildado con el de su hermosa vecina.
«Pero ¿no sabes, _hijo_, lo que me han dicho hoy?--prosiguió Fortunata
conteniendo la risa--. ¡Ay qué gracia!... Te lo contaré para que te
rías. La mayor, que es la más estirada, levantó las cejas, y mirándome
como con lástima, y echando aquella voz tan fina, pero tan fina que
parece que se la han hecho las arañas, fue y me dijo, dice: '¿Pero ese
señor, no se casa con usted?'. Por poco suelto el trapo... Yo le
contesté 'puede' y siguió con el sermón. Para que me dejara en paz le
dije al fin que sí, que nos íbamos a casar, que ya estábamos sacando los
papeles y que pronto se echarían las proclamas».
--Bien contestado... ¡Qué ganas de meterse en lo que no les importa!
--Y ahora te pregunto yo--dijo Fortunata más cariñosa, pero bastante más
seria--. Si yo fuera soltera, ¿te casarías conmigo?
--Sobre eso ya sabes cuáles son mis ideas--replicó él de buen humor--.
¿Crees que han variado desde que estoy enfermo, y que los hombres
piensan de un modo cuando tienen el estómago como un reloj, y de otro
cuando la maquina principia a descomponerse? Algo de esto pasa, chulita,
y una cosa es hablar desde la altura de una salud perfecta y otra al
borde del hoyo... Pero en esto del matrimonio te aseguro que no han
variado mis ideas. Sigo creyendo que el casarse es estúpido, y me iré
para el otro barrio sin apearme de esto. ¡Qué quieres! Yo he visto mucho
mundo... A mí no me la da nadie. Sé que es condición precisa del amor la
no duración, y que todos los que se comprometen a adorarse mientras
vivan, el noventa por ciento, créetelo, a los dos años se consideran
prisioneros el uno del otro, y darían algo por soltar el grillete. Lo
que llaman infidelidad no es más que el fuero de la naturaleza que
quiere imponerse contra el despotismo social, y por eso verás que soy
tan indulgente con los y las que se pronuncian.
Por aquí siguió en su ingenioso tema; pero Fortunata no entendía bien
estas teorías, sin duda por el lenguaje que empleaba su amigo. A poco de
esto se puso ella a cenar. Feijoo no tomaba más que un huevo pasado y
después chocolate, porque su estómago no le permitía ya las cenas
pesadas. Pero en su frugal colación gozaba viendo comer a su protegida,
cuyo apetito era una bendición de Dios.
«Hija, tienes un apetito modelo. Te estoy mirando, y al paso que te
envidio, me felicito de verte tan bien agarrada a la vida. Así, así me
gusta... No te dé vergüenza de comer bien, y puesto que lo hay, aplícate
todo lo que puedas, que día vendrá... ojalá que no. Ya ves qué
contraste; yo voy para abajo, tú para arriba. ¡Cuando digo que tienes lo
mejor de la vida por delante...! Y buena tonta serás si no engordas todo
lo que puedas, y te pones las carnes aún más duras y apretadas si es
posible. Figúrate si con esas tragaderas estarás bien dispuesta para el
amor».
Después de esto y mientras Fortunata se comía una cantidad inapreciable
de pasas y almendras, cogiéndolas del plato una a una y llevándoselas a
la boca sin mirarlas, el bondadoso anciano siguió sus habladurías con
cierto desconcierto, y como desvariando. A ratos parecía incomodado, y
expresándose cual si refutara opiniones que acabara de oír, daba
palmetazos en los brazos del sillón:
«Si siempre he sostenido lo mismo, si no es de ahora esta opinión. El
amor es la reclamación de la especie que quiere perpetuarse, y al
estímulo de esta necesidad tan conservadora como el comer, los sexos se
buscan y las uniones se verifican por elección fatal, superior y extraña
a todos los artificios de la Sociedad. Míranse un hombre y una mujer.
¿Qué es? La exigencia de la especie que pide un nuevo ser, y este nuevo
ser reclama de sus probables padres que le den vida. Todo lo demás es
música; fatuidad y palabrería de los que han querido hacer una Sociedad
en sus gabinetes, fuera de las bases inmortales de la Naturaleza. ¡Si
esto es claro como el agua! Por eso me río yo de ciertas leyes y de todo
el código penal social del amor, que es un fárrago de tonterías
inventadas por los feos, los mamarrachos y los sabios estúpidos que
jamás han obtenido de una hembra el más ligero favorcito».
Fortunata le miraba con sorpresa mezclada de temor, el codo en la mesa,
derecho el busto, en una actitud airosa y elegante, llevando
pausadamente del plato a la boca, ahora una pasita, ahora una
almendrita. Feijoo le cogió la barbilla entre sus dedos, diciéndole con
cariño: «¿Verdad, chulita, que tengo razón? ¿Verdad que sí?... ¡Ay, qué
será de ti, chulita, cuando yo me muera!... ¿Y en lo que me queda de
vida, si esta se prolonga y voy más para abajo todavía...? Hay que
preverlo todo, compañera. ¡Me ha entrado un desasosiego...! ¡Qué gruesa
estás y qué hermosota, y yo... yo... concluido, absolutamente concluido!
Soy un reloj que tocó su última campanada, y aunque anda un poco
todavía, ya no da la hora».
--No--murmuró ella frotándole el pecho con su cabeza--, no... Todavía...
--¡Ay, qué ilusión! Yo acabé. El estómago me pide el retiro. Hay algo en
mí que ha hecho dimisión; pero dimisión irrevocable; efectividad
concluida, funciones que pasaron a la historia. Es preciso prevenir...
mirar por ti, asegurarte contra la tontería.
Fortunata se reía, y para calmarle aquel desasosiego que sus
estrafalarios pensamientos y aprensiones le causaban, prodigole aquella
noche, hasta que se separaron, los cariños y cuidados de una hija
amantísima con el mejor de los padres.
--vi--
Al siguiente día, Feijoo le dijo al entrar: «Hoy es la primera vez
que he tenido que tomar un coche desde la Plaza Mayor aquí. Hasta ahora
las piernas se han defendido; estas piernas que han hecho marchas de
seis leguas en una noche... Tengo el simón a la puerta. Vente conmigo y
vamos a dar una vuelta por las rondas del Sur». Fortunata no pensaba más
que en complacerle, y accedió con algún recelo, pues siempre que
paseaban juntos, aunque fuera por sitios apartados, temía encontrarse a
Maximiliano o a doña Lupe a la vuelta de una esquina. Esta idea le hacía
temblar.
Pasearon un buen ratito, sin que tuvieran ningún encuentro desagradable.
Dos días después, don Evaristo no fue a verla, y en su lugar llegó el
criado con una breve esquelita, llamándola. El señor había pasado muy
mala noche, y el médico le había ordenado que se quedase en la cama.
Corrió allá Fortunata muy afligida, y le vio incorporado en el lecho,
afectando tranquilidad y alegría. «No es nada de particular--le dijo,
haciéndola sentar a su lado--. El médico se empeña en que no salga. Pero
no estoy mal; casi casi estoy mejor que los días pasados. Sólo que como
no tengo costumbre de encamarme... Desde que pasé la fiebre amarilla en
Cuba hace cuarenta años, no sabía yo lo que son sábanas a las cuatro de
la tarde. ¡Qué ganas tenía de verte! Anoche me entró como una
angustia... Creí que me moría sin dejarte arreglada una vida práctica,
esencialmente práctica. Por lo que pueda tronar, te voy a decir lo que
desde hace días tengo pensado. Verás qué plan. Al principio puede que te
escueza un poco; pero... no hay otro remedio, no hay otro remedio».
Inclinose del lado en que la joven estaba, para poner su boca lo más
cerca posible del oído de ella, y le disparó cara a cara estas palabras:
«Resultado de lo mucho que cavilo por ti. Es preciso que te vuelvas a
unir a tu marido».
Contra lo que el simpático viejo esperaba Fortunata no hizo aspavientos
de sorpresa.
Puso, sí, una carita muy monamente apenada, y alzando la voz, dijo:
«Pero eso, ¿cabe en lo posible?».
--No necesitas alzar mucho la voz. Hoy estoy mucho mejor de la sordera.
Por este oído izquierdo me entra todo perfectamente, y no sale por el
otro... ¿Dices que si cabe en lo posible? De eso se trata; de hacerle
hueco. Ya he tanteado el terreno. Esta mañana estuvo Juan Pablo a verme
y le eché una chinita. Has de saber que anteayer me encontré a doña Lupe
en la calle y le arrojé otra chinita.
--¿Ellos saben...?--preguntó la señora de Rubín con los labios muy
secos.
--¿Esto?... Creo que no. Quizás lo sospechen; pero oficialmente no saben
nada.
--¡Ay!, no me podías decir nada--manifestó la joven dándose un
lengüetazo en los labios, que se le secaban más todavía--, nada que me
fuera más antipático, más...
--Yo lo comprendo...--Si tú no te has de morir--dijo Fortunata
irguiéndose con brío, en son de protesta--. ¡Si te pondrás bueno...!
Feijoo había cerrado los ojos, y se sonreía en las tinieblas de su
meditación. La chulita callaba mirándole. Con aquella sonrisa, que
parecía la que les queda a algunas caras después que se han muerto,
contestaba D. Evaristo mejor que con palabras.
«¿Y a Nicolás le has echado otra chinita?» preguntó ella después de una
pausa, queriendo alegrar conversación tan lúgubre.
--No, porque no le he visto. Es el más bruto de los tres. Tú créeme; si
ganamos a doña Lupe, todos los demás bajarán la cabeza, incluso tu
marido. Doña Lupe es la que manda allí, y peor para ellos si no mandara.
--¡Oh!, yo dudo mucho que quieran... Les jugué una partida muy
serrana--afirmó ella, gozosa de encontrar un argumento contra aquel plan
tan contrario a su gusto--, pero muy serrana. Lo que yo hice es de eso
que no se perdona.
--Todo se perdona, hija, todo, todo--dijo el enfermo con indulgencia
empapada en escepticismo--. Por muy grande que nos figuremos la masa de
olvido derramado en la sociedad como elemento reparador, esa masa supera
todavía a todos nuestros cálculos. El bien y la gratitud son limitados;
siempre los encontramos cortos. El olvido es infinito. De él se deriva
el _vuelva a empezar_, sin el cual el mundo se acabaría.
--¡Oh!, no, no es posible... No tienen vergüenza si me perdonan.
--Eso, allá ellos... Lo que me importa a mí es que tú quedes en una
situación correcta y sobre todo... práctica. Tienes tú en ti misma poca
defensa contra los peligros que a la vida ofrece continuadamente el
entusiasmo. Si te dejo sola, aunque te asegure la subsistencia, te
arrastrarán otra vez las pasiones y volverás a la vida mala. Necesita mi
niña un freno, y ese freno, que es la legalidad, no le será molesto si
lo sabe llevar... si sigue los consejos que voy a darle. Tonta,
tontaina, si todo en este mundo depende del modo, del estilo... Nada es
bueno ni malo por sí. ¿Me entiendes? Ojo al corazón es lo primero que te
digo. No permitas que te domine. Eso de echar todo por la ventana en
cuanto el señor corazón se atufa, es un disparate que se paga caro. Hay
que dar al corazón sus miajitas de carne; es fiera y las hambres largas
le ponen furioso; pero también hay que dar a la fiera de la sociedad la
parte que le corresponde, para que no alborote. Si no, lo echas todo a
rodar, y no hay vida posible. A ti te asusta el hacer vida común con tu
marido porque no le quieres...
--Ni tanto así; no le quiero, ni es posible que le quiera nunca, nunca,
nunca.
--Corriente. Pues todo se arreglará, hija, todo se arreglará... No te
apures ni pongas esa cara tan afligida. Hablaremos despacio. Por hoy no
quiero calentarte la cabeza, ni calentármela yo, que bastante he
charlado ya, y empiezo a sentirme mal. Está la cosa aprobada en
principio... en principio.