El fogón al amanecer.--Quién era Rufino Pereira.--Su vida y
compromisos conmigo.--Cómo consiguen los indios que los
caballos de los cristianos adquieran más vigor.
Dormí muy bien sin que nadie ni nada me interrumpiera.
El hombre se aviene á todo.
Mi cama desigual y dura, me pareció de plumas.
Si no me hubieran faltado algunas cobijas, podría decir que pasé una
noche deliciosa.
Me levanté con el lucero del alba, gritando:
--¡Fuego! ¡fuego!
En un abrir y cerrar de ojos hice mi _toilette_, á la luz de un candil.
Salí del rancho.
El fogón ardía ya y el agua hervía en la caldera.
Me puse á _matear_, divirtiéndome en escuchar los dicharachos y los
cuentos de los soldados.
Cada uno tenía una anécdota que referir.
Á todos les había pasado algo con los indios.
El uno había tenido que dar hasta los cigarros; el otro las botas; éste
el poncho; aquél la camisa.
Sólo un mendocino, muy agarrado, había tenido el talento de hacerse
sordo y mudo. Los pedigüeños no habían podido con él.
Mientras amanecía, me puse á hacerles un curso sobre la conducta y el
porte que debían observar; sobre los inconvenientes de que no fuesen
moderados, de que no cuidasen y respetasen á sus superiores más que
nunca.
Comprendían perfectamente mis razones, y las escuchaban con religiosa
atención.
Á Rufino le eché un sermón con aspereza.
Este Rufino era un gaucho de Villanueva, con quien nadie podía.
Azote de los campos, le tomaron y le destinaron al 12 de línea, junto
con otros de su jaez, haciéndome el Comandante militar las mayores
recomendaciones, previniéndome que tuviera con él muchísimo cuidado,
porque era un hombre de avería.
Comprendiendo que en el batallón 12 de línea sería un mal elemento, á
los tres días de destinado lo hice venir á mi presencia.
Le habían cortado su larga cabellera, le habían encasquetado ya el
kepis, plantificado la chaquetilla y la bombacha.
El gaucho había desaparecido bajo el exterior del recluta.
Era un hombre alto, fornido, de grandes ojos negros, de fisonomía
expresiva, de mirada inquieta, de movimientos fáciles, de aspecto
resuelto, en suma.
Entablé con él el siguiente diálogo:
--¿Cómo te llamas?
--Rufino Pereira.
--¿De dónde eres?
--No sé.
--¿Dónde has nacido?
--No sé.
--¿Quiénes son tus padres?
--No sé.
--¿En qué trabajabas antes de ser soldado?
--En nada.
--¿Sabes por qué te han destinado?
--No sé.
--Dicen que eres ladrón, cuatrero y asesino.
--Así será.
--¿Pero tú qué crees?
--Yo no soy hombre malo.
--¿Qué eres entonces?
--Soy hombre gaucho.
--Pero, por eso solamente no te han de haber destinado.
--Es que los jueces no me quieren.
--No te habrás querido someter á su autoridad.
--No me ha gustado ser soldado; cuando he sabido que me buscaban,
he andado á monte. He peleado algunas veces con la partida, y la he
corrido.
--¿Eso es todo lo que has hecho?
--Todo.
--Pero me has dicho que no trabajabas en nada, y para vivir sin hacer
daño al prójimo es menester trabajar en algo. Te vuelvo á preguntar,
¿de qué vivías?
--Soy jugador.
--¿Pero cómo es posible que digan que eres ladrón, cuatrero y asesino,
si no lo eres?
--Me han achacado las cosas de otros compañeros que no he querido
delatar, y dirán que soy asesino, porque les he dado algunos tajos á
los de la partida.
--¿Quieres que hagamos un trato?
--Como usted quiera, Coronel.
--¿Tienes palabra?
--Sí, señor.
--¿Tienes honor?
Rufino no contestó.
--¿Sabes lo que es el honor?
Volvió á guardar silencio.
--El honor consiste en cumplir uno siempre su palabra, aunque le cueste
la vida. ¿Me entiendes ahora?
--Sí, Coronel.
--Bien, vas á ser mi asistente, vas á cuidar mis caballos, vas á ser mi
hombre de confianza, y ahora mismo te voy á hacer poner en libertad.
El gaucho no contestó una palabra.
--¿Te animas á servirme bien? Yo no puedo darte la baja. Tienes que ser
soldado; te ayudaré en tus necesidades. ¿Qué te parece? ¿Te animas?
--Sí, mi Coronel.
Sólo entonces el gaucho me dijo al contestarme: _mi Coronel_.
Di las órdenes en el cuerpo, y al rato andaba Rufino por Villanueva,
como uno de tantos militares.
Vinieron á avisarme que se había desertado, y expliqué lo que había.
Me aseguraron que se iría, y contesté que lo dudaba.
Yo decía para mis adentros:
--Si el bandido se va, porque tiene la libertad de hacerlo, se irá
solo, no llevará otros consigo.
Yo vivía en la casa de Belzor Moyano.
Allí vivía él.
Todo el mundo estaba asombrado, tal era el terror que Rufino Pereira
inspiraba.
Una mañana estaba él en el zaguán, mientras yo hablaba en la puerta de
la calle con un sargento de la partida de Policía.
Entré con el sargento á mi cuarto, que tenía puerta al zaguán, y detrás
de mí, sin que yo lo viera, entró Rufino.
Cuando me apercibí de su presencia, estaba sentado en una silla.
--¿Por qué no se acuesta, amigo, en la cama--le dije,--con confianza?
Al oir esta irónica insinuación se puso de pie.
--Hola--le dije,--¿conque sabías que no debías sentarte delante de tu
jefe, ni entrar cuando él no te llamara?
Y esto diciendo le saqué de allí á fuertes empellones.
El gaucho hizo pie y se encrespó diciéndome con una tonada la más
cordobesa, con tonada de la Sierra:
--¿Y si no sé, por qué no me enseña pues?
--Pues, por esa compadrada, toma--le dije, y le di algo que solemos
dar los militares cuando queremos aventar un recluta que no tiene el
instinto de la disciplina y del respeto á sus superiores.
Durante algunos días el gaucho anduvo con el ceño fruncido, mirándome
de reojo, como viendo el lugar de mi cuerpo que más le convenía para
acomodarme una puñalada.
No había más que un solo medio de dominarle; despreciarle é inspirarle
confianza plena á la vez.
Llamélo y le dije:
--Mañana, en cuanto salga el lucero, ensillas mi zaino grande, empujas
la puerta de mi cuarto, entras despacio, te acercas á mi cama, me
llamas, y si no me despierto, me mueves.
Preparé un rollo de cincuenta bolivianos y una carta para el Comandante
Racedo, del Batallón 12 de línea, que estaba de allí cinco leguas,
diciéndole:
«Eso que lleva Rufino Pereira, es con el objeto de probarle, despáchele
sin demora, y anote la hora en que llega y la hora en que sale.»
Yo tengo el sueño sumamente liviano.
Á la hora consabida, sentí que abrían la puerta de mi cuarto; fingí que
roncaba. Rufino entró, llegó hasta mi cama, caminando despacito, porque
el cuarto estaba completamente á obscuras.
--Mi Coronel--me dijo.--No contesté. Volvió á llamarme. Hice lo mismo.
Me llamó por tercera vez. Permanecí mudo. Me tocó y me movió. Sólo
entonces, contestando como quien despierta de un sueño profundo:
--¿Quién es?--pregunté.
--Yo soy.
--Busca los fósforos que están ahí, en la silla, al lado de la
cabecera, y prende la vela.
Rufino obedeció, y tanteando encontró los fósforos, sacó fuego y se
hizo la luz.
Sin incorporarme siquiera metí la mano bajo la cabecera, saqué el rollo
de bolivianos y la carta, y dándoselos, le dije:
--¿Sabes dónde queda el arroyo de Cabral?
--Sí, mi Coronel.
--¿Has ensillado el zaino?
--Sí, mi Coronel.
--Llévale eso al Comandante Racedo, y á las doce estás de vuelta. Son
diez leguas. No tienes por qué apurarte. No me vayas á sobar el pingo.
--No--contestó. Se cuadró militarmente, hizo la venia, dió media vuelta
y salió.
Apagué la luz y me quedé dormido. Me había acostado muy tarde. Esa
noche había estado en un baile.
Dormía profundamente, sentí pisadas cerca de mi cama, me desperté, abrí
los ojos, miré--Rufino Pereira estaba ahí, de vuelta, alargándome la
mano con una carta.
La tomé, rompí la nema y leí.