La enramada de Mariano Rosas.--Parlamento y comida.--Agasajo.--Pasión
de los Indios por la bebida.--Qué es un yapaí.--Epumer
hermano mayor de Mariano Rosas.--Él y yo.--Me deshago de mi
capa colorada.--Regalos.--Distribución de aguardiente.--Una
orgía.--Miguelito.
De las dos proposiciones de Mariano Rosas sobre las bestias, opté por
la primera, teniendo presente que el ojo del amo engorda el caballo.
Llamé á Camilo Arias y le di mis órdenes; Mariano las completó con
varias indicaciones relativas al mejor pasto, al agua, á las horas de
recoger y encerrar, según lo que se dispusiera. Terminó recomendando el
mayor cuidado y vigilancia de día y de noche, por los _indios gauchos
ladrones_, probándome con lo primero, que era hombre entendido en
asuntos de campo, con lo segundo, que no es mal sastre quien conoce el
paño.
Pasamos á la enramada, que quedaba unida al toldo. Éste es siempre
de cuero, aquélla de paja, generalmente de _chala_ de maíz. Otro
día, cuando entremos en un toldo, veremos cómo está construido y
distribuido; hoy quedemos en la enramada, que era como todas, un
armazón de madera, con techumbre de plano horizontal. Tendría sesenta
varas cuadradas.
Allí habían preparado asientos. Consistían en cueros de carneros,
negros, lanudos, grandes y aseados; dos ó tres formaban el lecho,
otros tantos arrollados el respaldo. Estaban colocados en dos filas y
el espacio intermedio acababa de ser barrido y regado. Una fila era
para los recién llegados, otra para el dueño de casa, sus parientes
y visitas. La fila que me designaron á mí miraba al Naciente; á la
derecha, en la primera hilera, veíase un asiento que era el mío, más
elevado que los demás, con respaldo ancho y alto con dos rollos de
ponchos á la derecha é izquierda, formando almohadones.
Todo estaba perfectamente bien calculado, como para sentarse con
comodidad, con las piernas cruzadas á la turca, estiradas, dobladas;
acostarse, reclinarse ó tomar la postura que se quisiera.
Frente á frente de mí se sentó Mariano Rosas; aunque él habla bastante
bien el castellano, lo mismo que cualquiera de nosotros, hizo venir un
lenguaraz. Convenía que todos los circunstantes oyesen _mis razones_
para que llevasen lenguas á sus _pagos_ y se hiciese en favor mío una
atmósfera popular.
El parlamento comenzó como aquellos avisos de teatro del tiempo de
Rosas, que decían, después de los _vivas y mueras de costumbre_ (¡y qué
costumbre tan civilizada y fraternal!), se representará el lindo drama
romántico en verso _Clotilde_, _ó el crimen por amor_, verbigracia, que
cuadraba tan bien con el introito del cartel como ponerle á un santo
Cristo un par de pistolas.
Es decir, que en pos de las preguntas y respuestas de ordenanza:
Cómo está usted, cómo le ha ido con todos sus jefes y oficiales,
no ha perdido algunos caballos, porque en los campos sólo suceden
desgracias. Vinieron otras inesperadas; pero todas ellas sin interés.
Yo hablé de los dos caballos que me habían robado en Aillancó, del
saqueo de Wenchenao á las cargas, y lo hice con vivacidad, apostrofando
á los que así me habían faltado al respeto, pareciéndome que mi tono de
autoridad llamaba la atención de todos.
Haría cinco minutos que conversábamos, traduciendo el lenguaraz de
Mariano sus razones y Mora las mías, cuando trajeron de comer.
Entraron varios cautivos y cautivas--una de éstas había sido sirvienta
de Rosas,--trayendo grandes y cóncavos platos de madera, hechos por los
mismos indios, rebosando de carne cocida y caldo aderezado con cebolla,
ají y harina de maíz.
Estaba excelente, caliente, suculento y cocinado con visible esmero.
Las cucharas eran de madera, de hierro, de plata; los tenedores lo
mismo, los cuchillos comunes.
Sirvieron á todos, á los recién llegados y á las visitas que me habían
precedido.
Á cada cual le tocó un plato como una fuente.
Mientras se comía, se charlaba.
Yo no tardé en tomar confianza; estaba como en mi casa, mejor que en
ella, sin tener que dar ejemplo á mis hijos.
Comía como un bárbaro--me acomodaba á mi gusto en el magnífico asiento
de cueros y ponchos; decía cuanto disparate se me venía á la punta
de la lengua y hacía reir á los indios ni más ni menos que Allú á la
concurrencia.
Al que se me acercaba, algo le hacía--ó le daba un tirón de narices,
ó le aplicaba un coscorrón, ó le pegaba una fuerte palmada en las
posaderas.
Los más chuscos me devolvían con usura mis bromas.
Se acabó el primer plato y trajeron otro, como para frailes
_pantagruélicos_, lleno de asado de vaca, riquísimo.
Materialmente--me chupé los dedos con él, que no es lo mismo comer á
manteles que en el suelo y en Leubucó.
Después del asado nos sirvieron algarroba pisada, maíz tostado y
molido, á manera de postre; es bueno.
Trajeron agua en vasos, jarros y _chambaos_ (es un jarrito de aspa).
Y, á indicación del dueño de casa, que con impaciencia gritó varias
veces: ¡trapo! ¡trapo! (los indios no tienen voz equivalente) unos
cuantos pedazos de género de distintas clases y colores para que nos
limpiáramos la boca.
Se acabó la comida y empezó el turno de la bebida.
Este capítulo es serio, si es que después de sabias máximas, consejos
oportunos y graves reflexiones de Brillat Savarin, puede haber algo más
serio que el comer.
Aquel filósofo, inmortal en su género, tiene dos aforismos que podían
parafrasearse aquí, diciendo: díme lo que bebes, te diré lo que eres;
el destino de las naciones depende de lo que beben.
Manuel Gascón ha de pretender _á priori y á posteriori_, que para él el
problema está resuelto, sosteniendo que de todas las bebidas la mejor
es el agua.
Digo que esto depende de las circunstancias, como que no hayan visitas,
y prosigo.
Los indios beben, como todo el mundo, por la boca.
Pero ellos no beben comiendo.
Beber es un acto aparte.
Nada hay para ellos más agradable.
Por beber posponen todo.
Y así como el guerrero que se apresta á la batalla prepara sus armas,
ellos, cuando se disponen á beber, esconden las suyas.
Mientras tienen qué beber, beben; beben una hora, un día, dos días, dos
meses.
Son capaces de pasárselo bebiendo hasta reventar.
Beber es olvidar, reir, gozar.
No teniendo aguardiente ó vino, beben _chicha_ ó _piquillín_.
Esta vez estaban de fiesta con vino.
El acto está sujeto á ciertas reglas, que se observan como todas las
reglas humanas, hasta que se puede.
Se inicia con un _yapaí_, que es lo mismo que si dijéramos: _the
pleasure of a glass of wine with you?_ para que vean los de la colonia
inglesa que en algo se parecen á los ranqueles.
Pero esta invitación se diferencia algo de la nuestra.
Nosotros empezamos por llenar la copa del invitado, luego la propia;
bebemos simultáneamente, haciéndonos un saludo más ó menos risueño y
cordial, espiándonos por sobre el borde de la copa, á ver quién la
apura más; y es de buena educación, de estilo clásico, no beberla toda,
ni tampoco que parezca se ha aceptado el brindis por compromiso; como
que él significa:--Á la salud de usted cuando no se ha propuesto uno
por la patria, por la libertad ó por el Presidente de la República.
Los indios empiezan por decir _yapaí_, llenando bien el tiesto en que
beben, que generalmente es un cuernito.
La persona á quien se dirigen, contesta _yapaí_.
Bebe primero el que invitó, hasta poder hacer lo que los franceses
llaman _goute en l'ongle_, es decir, hasta que no queda una gota,
llenan después el vaso, copa, jarro ó cuernito exactamente, como él lo
bebiera, se lo pasa al contrario, y éste se lo echa al coleto diciendo
_yapaí_.
Si el yapaí ha sido de media cuarta, media cuarta hay que beber.
Por supuesto que no conozco nada peor visto que una persona que se
excusa de beber, diciendo:--No sé.
En un hombre tal, jamás tendrían confianza los indios.
Así como en toda comida bien dirigida, hay siempre un anfitrión que
la preside, que hace los honores, que la anima; así también en todo
beberaje de indios hay uno que lleva la palabra; es el que hace el
gasto, por lo común.
Esta vez, el que hacía el gasto ostensiblemente era Mariano Rosas, en
realidad el Estado, que le había dado sus dineros al Padre Burela para
rescatar cautivos.
Pero aunque Mariano Rosas hacía el gasto y era el dueño de la casa,
Epumer, su hermano, era el anfitrión.
Epumer es el indio más temido entre los ranqueles, por su valor, por su
audacia, por su demencia cuando está beodo.
Es un hombre como de cuarenta años, bajo, gordo, bastante blanco y
rosado, ñato, de labios gruesos y pómulos protuberantes, lujoso en el
vestir, que parece tener sangre cristiana en las venas, que ha muerto
á varios indios con sus propias manos, entre ellos á un hermano por
parte de madre, que es generoso y desprendido, manso estando bueno de
la cabeza, que no estándolo le pega una puñalada al más pintado.
Con este nene tenía que habérmelas yo.
Llevaba un gran facón con vaina de plata cruzado por delante, y me
miraba por debajo del ala de un rico sombrero de paja de Guayaquil,
adornado con una ancha cinta encarnada, pintada de flores blancas.
Yo llevaba un puñal con vaina y cabo de oro y plata, sombrero gacho
de castor, y alta ala, no le quitaba los ojos al orgulloso indio,
mirándole fijamente cuando me dirigía á él.
Bebíamos todos.
No se oía otra cosa que ¡_yapaí_, hermano! ¡_yapaí_, hermano!
Mariano Rosas no aceptaba ninguna invitación, decía estar enfermo, y
parecía estarlo.
Atendía á todos, haciendo llenar las botellas cuando se agotaban;
amonestaba á unos, despedía á otros cuando me incomodaban mucho con sus
impertinencias; me pedía disculpas á cada paso; en dos palabras, hacía,
á su modo, y según lo usos de su tierra, perfectamente bien los honores
de su casa.
Epumer no había simpatizado conmigo, y á medida que se iba _caldeando_,
sus pullas iban siendo más directas y agudas.
Mariano Rosas lo había notado, y se interponía constantemente entre su
hermano y yo, terciando en la conversación.
Yo le buscaba la vuelta al indio y no podía encontrársela.
Á todo lo hallaba taimado y reacio.
Llegó á contestarme con tanta grosería que Mariano tuvo que pedirme lo
disculpara, haciéndome notar el estado de su cabeza.
Y sin embargo, á cada paso me decía:
--Coronel Mansilla, ¡yapaí!
--Epumer, ¡yapaí!--le contestaba yo.
Y llenábamos con vino de Mendoza los cuernos y los apurábamos.
Mis oficiales se habían visto obligados á abandonar la enramada, so
pena de quedar tendidos, tantos eran los _yapaí_.
Los indios, _caldeados_ ya, apuraban las botellas, bebían sin método;
¡vino! ¡vino! pedían para _rematarse_, como ellos dicen, y Mariano
hacía traer más vino, y unos caían y otros se levantaban, y unos
gritaban y otros callaban, y unos reían y otros lloraban, y unos venían
y me abrazaban y me besaban, y otros me amenazaban en su lengua,
diciéndome _winca engañando_.
Yo me dejaba manosear y besar, acariciar en la forma que querían,
empujaba hasta darlo en tierra al que se sobrepasaba demasiado, y como
el vino iba haciendo su efecto, estaba dispuesto á todo. Pero con
bastante calma para decirme:
--Es menester aullar con los lobos para que no me coman.
Mis aires, mis modales, mi disposición franca, mi paciencia, mi
constante aceptar todo _yapaí_ que se me hacía, comenzaron á captarme
simpatías.
Lo conocí y aproveché la coyuntura.
La ocasión la pintan calva.
Llevaba una capa colorada, una linda, aunque malhadada capa colorada,
que hice venir de Francia, igual á las que usan los oficiales de
caballería de los cuerpos argelinos indígenas.
Yo tengo cierta inclinación á lo pintoresco, y durante mucho tiempo, no
he podido substraerme á la tentación de satisfacerla.
Y tengo la pasión de las capas,--que me parece inocente, sea dicho de
paso.
En el Paraguay usaba capa blanca siempre.
Hasta dormía con ella.
Mi capa era mi mujer.
Pero qué caro cuestan á veces las pasiones inocentes.
Por usar capa colorada me han negado el voto de los comicios.
Por usar capa colorada me han creído _colorado_.
Por usar capa colorada me han creído caudillo de malas intenciones.
Pero entonces, ¿cómo dicen que el hábito no hace al monje?
Decididamente, Figueroa es quien tiene razón. «Pues el hábito hace al
monje, por más que digan que no».
Me quité la histórica capa, me puse de pie, me acerqué á Epumer, y
dirigiéndole palabras amistosas, le dije:
--Tome, hermano, esta prenda, que es una de las que más quiero.
Y diciendo y haciendo, se la coloqué sobre los hombros.
El indio quedó idéntico á mí, y en la cara le conocí que mi acción le
había gustado.
--Gracias, hermano--me contestó, dándome un abrazo que casi me reventó.
Vi brillar los ojos de Mariano Rosas, como cuando el relámpago de la
envidia hiere el corazón.
Tomé mi lindo puñal, y dándoselo, le dije:
--Tome, hermano, usted úselo en mi nombre.
Lo recibió con agrado, me dió la mano y me lo agradeció.
Mandé traer mi lazo que era una obra maestra y se lo regalé á Relmo.
Ya estaba en vena de dar hasta la camisa.
Mandé traer mis boleadoras, que eran de marfil con abrazaderas de
plata, y se las regalé á Melideo.
Mandé traer mis dos revólveres y se los regalé á los hijos de Mariano.
Llevaba tres sombreros de los mejores, llevaba medias, pañuelos,
camisas, regalé cuanto tenía.
Y por último mandé traer un barril de aguardiente y se lo regalé á
Mariano.
Mariano me dijo:
--Para que vea, hermano, cómo soy yo con los indios, delante de usted
les voy á repartir á todos. Yo soy así, cuanto tengo es para mis
indios, ¡son tan pobres!
Vino el barril y comenzó el reparto por botellas, calderas, vasos,
copas y cuernos.
En tanto que Mariano hacía la patriarcal distribución, un hombre de su
confianza, un cristiano, se acercó á mí y á voz baja me dijo:
--Dice el general Mariano que si trae más aguardiente le guarde un
poquito para él, que esta noche cuando se quede solo piensa divertirse
_solo_; que ahora no es propio que él lo haga.
¿Qué te parece cómo se hila entre los indios?
Contesté que tenía otro barril, que repartiese todo el que acababa de
recibir.
La orgía siguió; era una bacanal en regla.
Epumer comenzó á ponerse como una ascua, terrible.
Mariano quiso sacarme de allí: me negué, su hermano quería beber
conmigo y yo no quería abandonar el campo, exponiéndome á las sospechas
de aquellos bárbaros.
Soy fuerte, contaba conmigo.
Si la fortuna no me ayudaba, alguna vez se acababa todo, algún día
termina esta batalla de la vida en que todo es orgullo y vanidad.
--Yapaí--me dijo Epumer, ofreciéndome un cuerno lleno de aguardiente.
--Yapaí--contesté horripilado;--yo podía beber una botella de vino en
una sentada. Pero un cuerno, al mejor se la doy.
En ese instante y mientras Epumer apuraba el cuerno, una voz suave me
llamó al oído.
Di vuelta sorprendido, y me hallé con una fisonomía infantil, pero
enérgica.
--Y ¿quién eres tú?
--Un cristiano, Miguelito.