Gracias á Dios.--Empieza el ceremonial.--Apretones de mano y
abrazos.--De cómo casi hube de reventar.--Por algo me había de hacer
célebre yo.--¿Qué más podían hacer los bárbaros?
Mucho me había costado llegar á Leubucó y asentar mi planta en los
umbrales de la morada de Mariano Rosas.
Pero ya estaba allí, sano y salvo, sin más pérdidas que dos caballos,
sin más percances que el susto á inmediaciones de Aillancó, á
consecuencia de la extraña y fantástica recepción del cacique Ramón.
Haber pretendido otra cosa habría sido querer cruzar el mar sin vientos
ni olas; andar en las calles de Buenos Aires en verano sin polvo,
en invierno sin lodo, lavarse la cara sin mojársela: ó como dice el
refrán, comer huevos sin romper cáscaras.
Me parece que tenía por qué conceptuarme afortunado, ó en términos más
cristianos, por qué darle gracias al que todo lo puede, como en efecto
lo hice, exclamando interiormente: ¡Loado sea Dios!
Con el caballo de la brida, esperaba indicaciones para adelantarme á
saludar á Mariano Rosas, pasando en revista los personajes que tenía al
frente, aunque afectando una gran indiferencia por cuanto me rodeaba.
Todos los bárbaros son iguales, ni les gusta confesar que no han visto
antes ciertas cosas, cuando éstas llaman su atención, ni que los que
penetran sus guaridas, hallen raro lo que en ellas ven.
En el Río 4.º yo me solía divertir, mostrándoles á los indios un reloj
de sobremesa, que tenía despertador, un barómetro, una aguja de marear
óptica, un teodolito y un anteojo.
Miraban y miraban con intensa ojeada los objetos, y como quien dice,
eso no llama tanto como usted cree mi atención, me decían: «Allá en
Tierra Adentro mucho lindo teniendo».
Un indio, que debía ser algo, como paje del cacique, habló con Mariano
Rosas, y en seguida con Caniupán, mi inseparable compañero.
Éste á su turno habló con Mora.
Mi lenguaraz, siguiendo la usanza, me dijo:
--Señor, dice el general Mariano, que ya lo va á recibir; que quiere
darle la mano y abrazarlo; que se dé la mano con sus capitanejos y
se abrace también con ellos, para que en todo tiempo lo conozcan y
lo miren como amigo, al hombre que les hace el favor de visitarlos,
poniendo en ellos tanta confianza.
Pasando por los mismos trámites, fué despachado el mensajero con un
recadito muy afectuoso y cordial.
Mora volvió á conversar con Caniupán, y me dijo después:
--Señor, dice Caniupán que ya puede adelantarse á darle la mano al
general Mariano; que haga con él y con los demás que salude _lo mismo
que ellos_ hagan con usted.
--¿Y qué diablos van á hacer conmigo?--le pregunté.
--Nada mi Coronel, cosas de los indios, así es en esta tierra--me
contestó.
--Supongo que no será alguna barbaridad--agregué.
--No señor, es que han de querer tratarlo con cariño; porque están muy
contentos de verlo y medio _achumados_--repuso.
--¿Pero, poco más ó menos, qué van á hacer?--proseguí.
--Es que han de querer abrazarlo y cargarlo, respondió.
Pues si no es más que eso, murmuré para mis adentros, no hay de qué
alarmarse, y como cuando grita uno á los que acaudilla en un instante
supremo, ¡adelante! ¡adelante!
--¡Caballeros!--dije, mirando á mis oficiales y á los dos franciscanos,
que estaban hechos unas pascuas, sonriéndose con cuantos los
miraban,--vamos á saludar á Mariano.
Avancé, me siguieron, llegamos á tiro de apretón de manos del cacique y
comenzó el saludo.
Mariano Rosas me alargó la mano derecha, se la estreché.
Me la sacudió con fuerza, se la sacudí.
Me abrazó cruzándome los brazos por el hombro izquierdo, lo abracé.
Me abrazó cruzándome los brazos por el hombro derecho, lo abracé.
Me cargó y me suspendió vigorosamente, dando un grito estentóreo; lo
cargué, y suspendí, dando un grito igual.
Los concurrentes, á cada una de estas operaciones, golpeándose la
boca abierta con la mano y poniendo á prueba sus pulmones, gritaban:
¡¡¡aaaaaaaa!!!
Después que me saludé con Mariano, un indio, especie de maestro de
ceremonias, me presentó á Epumer.
Nos hicimos lo mismo que con su hermano, en medio de incesantes y
atronadores ¡¡¡aaaaaaaa!!!
Luego vino Relmo,--igual escena á la anterior: ¡¡¡aaaaaaaa!!!
En seguida Cayupán,--lo mismo: ¡¡¡aaaaaaaa!!!
En pos de éste, Melideo (alias) _cuatro ratones_, indio sólido como una
piedra, de regular estatura; pero panzudo, gordo, pesado, ¿como quién?
como mi camarada Peña, el edecán del Presidente.
Aquí fueron los apuros para cargarlo y suspenderlo.
Mis brazos lo abarcaban apenas; hice un esfuerzo, el amor propio de
hombre forzudo estaba comprometido, no alcanzarlo me parecía hasta
desdoroso para los cristianos; redoblé el esfuerzo y mi tentativa
fué coronada por el éxito más completo, como lo probaron los
¡¡¡aaaaaaaaaaaaa!!! dados esta vez con más ganas y prolongados más que
los anteriores.
Aquello fué pasaje de comedia, casi reventé, casi se me salieron los
pulmones, porque esto de tener que dar un grito que haga estremecer
la tierra al mismo tiempo que el cuerpo se encorva, haciendo un gran
esfuerzo para levantar del suelo un peso mayor que el de uno mismo, es
asunto serio del punto de vista de la fisiología orgánica; pero que más
que á todo se presta á la risa.
Imaginaos á Orión, á este querido amigo, de quien la biografía dirá
algún día que tenía la impaciencia del bien, el sentimiento delicado
de la amistad, todo el talento chispeante del porteño, y bajo una
corteza de escéptico, por cierta inclinación al caricato, un corazón de
oro,--imaginaos, decía, á este amigo, en un día de público regocijo,
el próximo 9 de julio, verbigracia, en la Plaza de la Victoria, muy
emperifollado con sus adornos de papel, cartón, lienzo y engrudo,
subido sobre un tablado, luchando á brazo partido, en medio de las
más risueñas algazaras de una turbamulta, por cargar y levantar á
nuestro cofrade Hernández, ex-redactor del _Río de la Plata_, _cué_,
cuya obesidad globulosa toma diariamente proporciones alarmantes para
los que, como yo, le quieren, amenazando á remontarse á las regiones
etéreas ó reventar como un torpedo paraguayo, sin hacer daño á nadie;
imaginaos eso, vuelvo á decir, y tendréis una idea de lo que me pasó á
mí durante mi faena hercúlea con Melideo, cumpliendo con el ceremonial
establecido en la tierra donde me hallaba y con las leyes del orgullo
de raza y de religión que me prohibían cejar un punto, dar un paso
atrás, retroceder, aflojar en lo más mínimo.
¡Ah! si aquello se hubiera concluido con el abrazo de Melideo.
¡Pero qué! después de Melideo vinieron otros y otros capitanejos;
después de éstos varios indios de importancia; por conclusión, la
chusma ranquelina y cristiana.
No se oía más que la resonación producida por la repercusión de los
continuados gritos ¡¡¡aaaaaaa!!!
Yo sudaba la gota gorda, mi voz estaba ronca como el eco de un gallo en
frígida mañana de julio, mis fuerzas agotadas.
Se me figuraba que la atmósfera tenía mil grados sobre cero, que no era
transparente sino densa, como para cortarla en tajadas, pesaba sobre mí
como una plancha de hierro.
No me morí de calor, de cansancio, de tanto gritar, porque Alá es
grande, y nos sostiene y nos da energía física y moral cuando habemos
menester de ella, ¡tal es de bueno!
Mientras yo pasaba revista de aquellos bárbaros, me acordaba del dicho
de Alcibiades: á donde fueres, haz lo que vieres, y rumiaba: ¡Te había
de haber traído á visitar los ranqueles!
Al mejor se la doy, á abrazar cuatro veces, cargar y suspender otras
tantas á cualquiera, gritando como un marrano: ¡¡¡aaaaaaaaaaaa!!! no es
cosa.
Pero cuando ese cualquiera llega á pesar nueve arrobas, tanto como
Melideo; pero cuando hay que repetir la misma operación muscular y
pulmonar ochenta ó cien veces, el ejercicio es grave, y puede darle
á uno títulos suficientes para ocupar algún día en el mausoleo de la
posteridad un lugar preferente entre los gladiadores ó luchadores del
siglo XIX.
Por algo me había de hacer célebre yo, aunque las olas del tiempo se
tragan tantas reputaciones.
Espero, sin embargo, que en esta tierra fecunda no faltará un bardo
apasionado, que cual otro don Alonso de Ercilla, cante: No las damas,
no amor, no gentilezas,--si no las _loncoteadas_ de un pobre coronel y
sus franciscanos.
Asuntos más pobres y menos interesantes he visto cantados en estos
últimos tiempos por la lira de trovadores, cuyos nombres no pasarán á
remotos siglos, pero que son poetas, según el diccionario de la lengua,
en una de sus varias acepciones que en este momento se me ocurre:
«Cualquier titulado vate, bardo, trovador, sin méritos para ello;
cualquiera que versifica siquiera lo haga contra la voluntad de Dios y
falseando las leyes del Parnaso».
Los franciscanos no fueron obligados más que á dar la mano; lo mismo
mis oficiales; lo propio mis asistentes.
Muy cerca de una hora tardamos en abrazos, salutaciones y demás actos
de cortesanía indiana.
Con el último indio que yo saludé, abracé y cargué gritando lo más
fuerte que mis gastados pulmones me lo permitieron: ¡¡¡aaaaaaaaaaaaa!!!
se oyeron los postreros hurras y vítores de la multitud, que no tardó
en desparramarse montando la mayor parte á caballo, entregándose á los
regocijos ecuestres de la tierra, como carreras, _rayadas_, pechadas y
piruetas de toda clase, por fin.
Yo estaba orgulloso, contento de mí mismo, como si hubiera puesto
una pica en Flandes, no sólo por la energía y fortaleza de que había
dado pruebas incontestables y señaladas, sino porque ciertas frases
que oía vagar por la atmósfera hacían llegar hasta mi conciencia el
convencimiento de que aquellos bárbaros admiraban por primera vez en
el hombre culto y civilizado, en el cristiano representado por mí, la
potencia física, dote natural que ellos ejercitan tanto y que tanto
envidian y respetan.
De vez en cuando llegaban á mis oídos estos ecos: «Ese Coronel Mansilla
muy toro; ese Coronel Mansilla cargando; ese Coronel Mansilla lindo».
Y esto diciendo, un sinnúmero de curiosos se acercaban á mí, hasta
estrecharme y no dejarme mover del sitio. Mirábanme de arriba abajo,
la cara, el cuerpo, la ropa, el puñal de oro y plata que llevaba en el
costado, mostrando su cabo cincelado, las botas granaderas, la cadena
del reloj y los perendengues que pendían de ella; todo, todo cuanto
llamaba por su hechura ó color la atención. Y después de mirarme bien,
me decían alargándome la mano:
--Ese coronel, dando la mano, amigo. Y no sólo me daban la mano,
sino que me abrazaban y me besaban, con sus bocas sucias, babosas,
alcohólicas, pintadas.
Idénticas demostraciones hacían con los oficiales, con los asistentes y
con los franciscanos. Varias chinas y mujeres blancas cristianizadas,
por no decir cristianas, se acercaban á éstos, se arrodillaban, y
tomándoles los cordones les decían: «La bendición, mi Padre». De veras,
aquel recogimiento, aquel respeto primitivo me enterneció. ¡Qué cosa
tan grande es la religión, cómo consuela, conforta y eleva el espíritu!
Los franciscanos dieron algunas bendiciones, y á poca costa hicieron
felices á unas cuantas ovejas descarriadas ó arrebatadas á la grey.
El contento era general, ¡qué digo! ¡universal!
Nadie, y eso que había muchísima gente _achumada_, nos faltó al respeto
en lo más mínimo. Al contrario, caciques y capitanejos, indios de
importancia y chusma, cristianos asilados y cautivos, todos, todos nos
trataban con la más completa finura araucana.
Francamente, nos indemnizaban con réditos de los malos ratos,
hambrunas, detenciones é impertinencias del camino.
¿Qué más podían hacer aquellos bárbaros, sino lo que hacían?
¿Les hemos enseñado algo nosotros, que revele la disposición generosa,
humanitaria, cristiana de los gobiernos que rigen los destinos
sociales? Nos roban, nos cautivan, nos incendian las poblaciones, es
cierto. ¿Pero qué han de hacer, si no tienen hábitos de trabajo? ¿Los
primeros albores de la humanidad presentan acaso otro cuadro? ¿Qué era
Roma un día? Una gavilla de bandoleros, rapaces, sanguinarios, crueles,
traidores.
¿Y entonces, qué tiene que decir nuestra decantada civilización?
Quejarnos de que los indios nos asolen, es lo mismo que quejarnos de
que los gauchos sean ignorantes, viciosos, atrasados.
¿Á quién la culpa, sino á nosotros mismos?
Pero entremos al toldo de Mariano Rosas, quien antes de ofrecérmelo,
me preguntó: ¿Qué quería hacer con mis caballos, si hacerlos cuidar
con mi gente ó que él me los haría cuidar?--quien, preguntándome si mi
gente había comido, y habiéndole contestado que no, llamó á su hijo
_Lincoln_,--por qué se llama así no sé,--y le ordenó en castellano que
carneara pronto una vaca gorda.
El toldo de Mariano Rosas, como todos los toldos, tiene una enramada;
descansemos en ella hasta mañana, á fin de no alterar el método que me
he propuesto seguir en el relato.
También conviene hacerlo así para que ni tú, Santiago amigo, ni el
lector se hastíen,--que lo poco gusta y lo mucho cansa, aunque á este
respecto pueden dividirse las opiniones según sea el capítulo de que se
trate.
¿Quién se cansa de leer á Byron, á Goethe, á Juvenal, á Tácito?
Nadie.
¿Y á mí?
Cualquiera.