La buena educación en general, y en la mesa en particular, requieren
mucha armonía, y como las cuestiones sobre las que hay distinto
criterio la quebranta fácilmente, es de suma conveniencia evitar en
un convite toda conversación relativa a materias en que pueda haber
disidencias.
Ninguno de los comensales se permitirá hablar de modo que pueda
ofender a alguien de la reunión.
Sería inconveniente criticar un plato, citar con alabanza los que ya
hayan sido retirados de la mesa, o hablar de otra comida a que se
haya asistido.
También será impropio que así los dueños como los convidados hablen
con la servidumbre.
Los comensales han de procurar que la conversación sea general.
Durante ella puede cualquiera hablar con otro sin esforzar la voz, o
con un vecino sin bajarla demasiado.
Si algún lance de la conversación general mueve a risa, no debe ser
estrepitosa.
Cuando la conversación es particular, debe entablarse diálogo con un
vecino en voz natural sin gesticular, en especial si se tiene en las
manos el tenedor o el cuchillo.
No está bien el hablar bajo y reír.
Tampoco está bien visto que un caballero y una joven inmediatos sigan
una conversación muy seguida y animada.
La conversación de los caballeros ha de ser oportuna y amena, sin
pretensiones; la de las señoras amable, sin coquetería.
No se interpelará a una persona que se halle al opuesto extremo de la
mesa.
El que habla a un convidado tiene que inclinarse mirándole al
pronunciar su nombre.