_Que da cuenta de lo que les sucedió en el globo de la tierra_.
Habiendo descansado un poco, se almorzáron dos montañas que les
guisáron sus criados con mucho aseo. Quisiéron luego reconocer el
mezquino pais donde se hallaban, y se dirigiéron de Norte á Sur. Cada
paso ordinario del Sirio y su familia era de unos treinta mil piés de
rey: seguíale de léjos el enano de Saturno, que perdia el aliento,
porque tenia que dar doce pasos miéntras alargaba el otro la pierna,
casi como un perrillo faldero que sigue, si se me permite la
comparacion, á un capitán de guardias del rey de Prusia.
Como andaban de priesa estos extrangeros, diéron la vuelta al globo en
treinta y seis horas: verdad es que el sol, ó por mejor decir la
tierra, hace el mismo viage en un dia; pero hemos de reparar que es
cosa mas fácil girar sobre su exe que anclar á pié. Volviéron al cabo
al sitio donde etaban primero, habiendo visto la balsa, casi
imperceptible para ellos, que llaman el Mediterráneo, y el otro
estanque chico que con nombre de grande Océano rodea nuestra
madriguera; al enano le daba el agua á media pierna, y apénas si se
habia mojado el otro los talones. Fuéron y viniéron arriba y abaxo,
haciendo quanto podian por averiguar si estaba ó no habitado este
globo: baxáronse, acostáronse, tentáron por todas partes; pero eran
tan desproporcionados sus ojos y manos con los mezquinos seres que
andan arrastrando acá baxo, que no tuviéron la mas leve sensacion por
donde pudiesen caer en sospecha de que exîstimos nosotros y nuestros
hermanos los demas moradores de este globo.
El enano, que á veces fallaba con alguna precipitacion, decidió luego
que no habia vivientes en la tierra, y su razon primera fué que no
habia visto ninguno. Micromegas le dió á entender con mucha urbanidad,
que no era fundada la conseqüencia; porque, le dixo, con vuestros ojos
tan chicos no veis ciertas estrellas de quinquagésima magnitud, que
distingo yo con mucha claridad. ¿Colegis por eso que no haya tales
estrellas? Si lo he tentado todo, dixo el enano. ¿Y si no habeis
sentido lo que hay? dixo el otro. Si está tan mal compaginado este
globo, replicó el enano; si es tan irregular, y de una configuracion
que parece tan ridicula, que todo él se me figura un caos. ¿No veis
esos arroyuelos, que ninguno corre derecho; esos estanques que ni son
redondos, ni quadrados, ni ovalados, ni de figura regular ninguna;
todos esos granillos puntiagudos de que está erizado, y se me han
entrado en los piés? (y queria hablar de las montañas). ¿No notais la
forma de todo el globo, aplastado por los polos, y girando en torno
del sol con tan desconcertada direccion, que por necesidad los climas
de ámbos polos han de estar incultos? Lo que me fuerza á creer de
veras que no hay vivientes en él, es que ninguno que tuviese razon
querria habitarle. ¿Qué importa? dixo Micromegas, acaso no tienen
sentido comun los habitantes, pero al cabo no es de presumir que se
haya hecho esto sin algun fin. Decis que aquí todo os parece
irregular, porque está todo tirado á cordel en Júpiter y Saturno. Pues
por esa misma razon acaso hay aquí algo de confusion. ¿No os he dicho
ya que siempre habia notado variedad en mis viages? Replicó el
Saturnino á estas razones, y no se hubiera concluido la disputa, si en
el calor de ella no hubiese roto Micromegas el hilo de su collar de
diamantes, y caídose estos; que eran unos brillantes muy lindos,
aunque pequeñitos y desiguales, que los mas gruesos pesaban
quatrocientas libras, y cincuenta los mas menudos. Cogió el enano
algunos, y arrimándoselos á los ojos vió que del modo que estaban
abrillantados, eran microscopios excelentes: cogió pues un microscopio
chico de ciento y sesenta piés de diámetro, y se le aplicó á un ojo,
miéntras que se servia Micromegas de otro de dos mil y quinientos
piés. Al principio no viéron nada con ellos, puesto que eran
aventajados; fué preciso ponerse en la posicion que se requeria. Al
cabo vió el morador de Saturno una cosa imperceptible que se meneaba
entre dos aguas en el mar Báltico, y era una ballena: púsola
bonitamente encima del dedo, y colocándola en la uña del pulgar, se la
enseñó al Sirio, que por la segunda vez se echó á reir de la enorme
pequeñez de los moradores de nuestro globo. Convencido el Saturnino de
que estaba habitado nuestro mundo, se imaginó luego que solo por
ballenas lo estaba; y como era gran discurridor, quiso adivinar de
donde venia el movimiento á un átomo tan ruin, y si tenia ideas,
voluntad y libre albedrío. Micromegas no sabia que pensar; mas
habiendo exâminado con mucha paciencia el animal, sacó de su exâmen
que no podia residir un alma en cuerpo tan chico. Inclinábanse pues
nuestros dos caminantes á creer que no hay razon en nuestra
habitacion, quando, con el auxîlio del microscopio, distinguiéron otro
bulto mas grueso que una ballena, que en el mar Báltico andaba
fluctuando. Ya sabemos que hácia aquella época volvia del círculo
polar una bandada de filósofos, que habian ido á hacer observaciones
en que nadie hasta entónces habia pensado. Traxéron los papeles
públicos que habia zozobrado su embarcacion en las costas de Botnia, y
que les habia costado mucho trabajo el salir á salvamento; pero nunca
se sabe en este mundo lo que hay por debaxo de cuerda. Yo voy á contar
con ingenuidad el suceso, sin quitar ni añadir nada: esfuerzo que de
parte de un historiador es sobremanera meritorio.