_Viage de los dos habitantes de Sirio y Saturno_
Ya estaban para embarcarse nuestros dos caminantes en la atmósfera de
Saturno con muy decente provision de instrumentos de matemáticas,
quando la dama del Saturnino, que lo supo, le vino á dar amargas
quejas. Era esta una morenita muy agraciada, que no tenia mas que mil
y quinientas varas de estatura, pero que con sus gracias reparaba lo
chico de su cuerpo. ¡Ha cruel! exclamó, despues que te he resistido
mil y quinientos años, quando apénas me habia rendido, no habiendo
pasado arriba de cien años en tus brazos, ¡me abandonas por irte á
viajar con un gigante del otro mundo! Anda, que no eres mas que un
curioso, y nunca has estado enamorado; que si fueras Saturnino
legítimo, mas constante serias. ¿Adonde vas? ¿qué quieres? ménos
errantes son que tú nuestras cinco lunas, y ménos mudable nuestro
anulo. Esto se acabó; nunca mas he de querer. Abrazóla el filósofo,
lloró con ella, puesto que filósofo; y la dama, despues de haberse
desmayado, se fué á consolar con un petimetre.
Partiéronse nuestros dos curiosos, y saltáron primero al anulo que
encontráron muy aplastado, como lo ha adivinado un ilustre habitante
de nuestro glóbulo; y desde allí anduviéron de luna en luna. Pasó un
cometa por junto á la última, y se tiráron á él con sus sirvientes y
sus instrumentos. Apénas hubiéron andado ciento y cincuenta millones
de leguas, se topáron con los satélites de Júpiter. Apeáronse en este
planeta, donde se detuviéron un año, y aprendiéron secretos muy
curiosos, que se habrian dado á la imprenta, si no hubiese sido por
los señores inquisidores que han encontrado proposiciones algo duras
de tragar; pero yo logré leer el manuscrito en la biblioteca del
Ilustrísimo Señor Arzobispo de ... que me permitió registrar sus
libros, con toda la generosidad y bondad que á tan ilustre prelado
caracterizan.
Volvamos empero á nuestros caminantes. Al salir de Júpiter,
atravesáron un espacio de cerca de cien millones de leguas, y
costeáron el planeta Marte, el qual, como todos saben, es cinco veces
mas pequeño que nuestro glóbulo; y viéron dos lunas que sirven á este
planeta, y no han podido descubrir nuestros astrónomos. Bien sé que el
abate Ximenez escribirá con mucho donayre contra la existencia de
dichas lunas, mas yo apelo á los que discurren por analogía; todos
excelentes filósofos que saben muy bien que no le seria posible á
Marte vivir sin dos lunas á lo ménos, estando tan distante del sol.
Sea como fuere, á nuestros caminantes les pareció cosa tan chica, que
se temiéron no hallar posada cómoda, y pasáron adelante como hacen dos
caminantes quando topan con una mala venta en despoblado, y siguen
hasta el pueblo inmediato. Pero luego se arrepintiéron el Sirio y su
compañero, que anduviéron un largo espacio sin hallar albergue. Al
cabo columbráron una lucecilla, que era la tierra, y que pareció muy
mezquina cosa á gentes que venian de Júpiter. No obstante, rezelando
arrepentirse otra vez, se determináron á desembarcar en ella. Pasáron
á la cola del cometa, y hallando una aurora boreal á mano, se metiéron
dentro, y aportáron en tierra á la orilla septentrional del mar
Báltico, á cinco de Julio de mil setecientos treinta y siete.