Es excusado decir que este modelo de patriotismo era el mismo alcalde,
autor del artículo.
Este buen hombre había sido albéitar y, corriendo por el mundo, había
llegado a una altura prodigiosa en ideas modernas y miras avanzadas.
Hablaba mucho y se escuchaba a sí propio, con lo cual nunca le faltaba
auditorio. También era el único representante de su partido en Villamar;
así como el médico que había reemplazado a Stein lo era del _justo
medio_.
La pandilla del cura, de _Rosa Mística_ y de las buenas mujeres, como la
tía María, estaba por las ideas antiguas. La de Ramón Pérez y otros
cantarines no tenía color político. La de José y otros pobres de su
clase echaba de menos los bienes pasados, y deploraba los males
presentes, sin definir su origen. Quedaba el escribano, que era un
descarado bribón, como suele haberlos en los pueblos pequeños; acérrimo
defensor del partido triunfante, y lo que es peor, perseguidor
encarnizado del vencido; animal maléfico y hostil, que sólo se
domesticaba con plata.
Pero volvamos a nuestro asunto.
La torre del fuerte de San Cristóbal se había derrumbado, y con ella las
últimas esperanzas que abrigaba don Modesto de ver figurar su fuerte en
la misma línea que Gibraltar, Brest, Cádiz, Dunquerque, Malta y
Sebastopol.
Pero nada había causado tanta admiración en nuestros amigos, los
habitantes de Villamar, como la mudanza que se observaba en la tienda
del barbero Ramón Pérez.
Ramón Pérez, después de la muerte de su padre, que acaeció algunos meses
después de la partida de María, no había podido resistir al deseo de ir
también a la capital, siguiendo los pasos de la ingrata, que le había
sacrificado a un _desaborido_ extranjero. Emprendió, pues, su marcha, y
volvió al cabo de quince días, trayendo consigo:
Primero: un caudal inagotable de mentiras y fanfarronadas.
Segundo: una infinidad de canciones a la italiana, a cual más
detestables.
Tercero: un aire de taco, un gesto de _¿qué se me da a mí?_, una
desenvoltura, un _sans-faon_, capaz de rallar las tripas a todos los
habitantes de Villamar, cuyas desgraciadas orejas y más desgraciadas
mandíbulas conservaron largo tiempo deplorables testimonios de aquellas
nuevas adquisiciones.
Cuarto: las más funestas aspiraciones a imitar al león de los barberos,
Fígaro, que, por desgracia, vio ejecutar en el teatro de Sevilla. Por
consiguiente, a imitación de su modelo, había procurado sacar al alcalde
de la senda del progreso, para introducirlo en la del conde de Almaviva;
pero en primer lugar, como el alcalde era casado, habría sido difícil
encontrar en Villamar una Rosina que hubiera querido pasar por aquel
inconveniente. En segundo lugar, la alcaldesa era una gallega de
admirable fuerza y robustez, y naturalmente era más temible a sus ojos
que el doctor Bartolo lo había sido a los de su modelo.
Ramón Pérez había traído de sus viajes otra cosa, que no reveló a nadie,
y cuya adquisición hizo del modo siguiente:
Una noche, que rondaba la calle en que vivía _Marisalada_, suspirando
como una ballena, llamó la atención de un joven que guardaba una esquina
embozado en su capa hasta los ojos, y que, acercándose a él, le dijo
esta sola palabra: ¡Largo!
Ramón quiso replicar; pero recibió tan vigoroso puntapié, que el
cardenal que le resultó contribuyó poderosamente a que su viaje de
vuelta fuera sumamente penoso, puesto que había recaído en el lugar que
estaba en contacto con el albardón.
Por una circunstancia que se aclarará más adelante, el barbero había
conseguido reunir una buena suma de dinero. Entonces los recuerdos de
Sevilla y de Fígaro se habían despertado con nuevo ardor en su mente.
Había hermoseado su tienda con lujo asiático: magníficas sillas pintadas
de verde esmeralda; clavos romanos, tamaños como platos soperos, para
colgar las toallas de tela de un dedo de grueso, grabados que
representaban un Telémaco muy largo, un Mentor muy barbudo y una Calipso
muy descarnada; tales eran los adornos que rivalizaban en dar esplendor
al establecimiento. Ramón Pérez había afirmado, con tanta más certeza,
cuanto que él mismo lo creía así, que aquellas figuras eran San Juan,
San Pedro y la Magdalena. Algunos malcontentadizos habían observado,
meneando la cabeza, que todo se había renovado en el laboratorio de
Ramón Pérez, menos las navajas; pero él respondía que eran hombres del
otro jueves, y que no habían perdido la antigua maña de observar el
fondo de las cosas; cuando la regla del día era dar únicamente
importancia a la exterioridad y a la apariencia.
Pero lo que pasmó de admiración a los villamarinos fue una formidable
muestra que cubría gran parte de la fachada de la casa barbería. En
medio figuraba, pintado con arte maravilloso, un pie, que parecía un pie
chinesco, de color amarillento, del cual brotaba un chorro de sangre,
digno de rivalizar con las fuentes de Aranjuez y de Versalles. A los dos
lados estaban dos enormes navajas de afeitar abiertas, que formaban dos
pirámides; en el centro de estas había dos muelas colosales. En torno
reinaba una guirnalda de rosas, semejantes a ruedas de remolachas, y de
la guirnalda colgaba un monstruoso par de tijeras. Para colmo de
ostentación y de lujo, Ramón Pérez había recomendado al pintor el uso
del dorado, y el artista había distribuido el oro del modo siguiente: en
las espinas de las rosas, en las hojas de las navajas y en las uñas del
pie. Esta muestra indicaba lo que todos sabían; es decir, que su
poseedor ejercía en Villamar las cuádruples funciones de barbero,
sangrador, sacamuelas y _pelador_.
Pero la muestra resultó tener tal magnitud y tal peso, que la pared de
la casa de Ramón, compuesta de tierra y piedras, no pudo sostenerla. Fue
preciso levantar a los dos lados de la puerta dos estribos de ladrillo,
para apoyarla. Esta construcción formó a la entrada de la casa una
especie de portal o frontispicio, que Ramón Pérez declaró, con la más
grave e imperturbable desfachatez, ser una copia exacta del de la Lonja
de Sevilla, la que, como es sabido, es una de las obras maestras de
nuestro gran arquitecto Herrera.
Enterado ya el lector de las cosas pasadas, volvemos a tomar el hilo de
las actuales.
Era tan profundo el silencio en aquel rincón del mundo, que se oía desde
lejos la voz de un hombre, que se acompañaba con la guitarra, no las
rondeñas, ni las mollares, ni el contrabandista, ni la caña, ¡ah!, no,
sino una canción llorona, ¡la _Atala_! Y lo peor era que la adornaba con
tales gorgoritos, con tan descabelladas florituras, con cadencias tan
detestables, y que los versos eran tan malos, que Chateaubriand hubiera
podido citar, con harto derecho a juicio de conciliación, al poeta, al
compositor y al cantor, como reos de un abuso de popularidad.
Este canto infernal salía de la tienda cuya descripción hemos presentado
en el capítulo anterior, y quien lo ejecutaba era el poseedor de aquel
establecimiento, el insigne Ramón Pérez.
Entonaba las palabras _Triste Chactas_, etc., con una expresión, con un
entusiasmo que le conmovían a él mismo hasta llenarle los ojos de
lágrimas. Enfrente del cantor estaba erguido, como siempre, don Modesto
Guerrero, escuchando en actitud grave y recogida, idéntico al Mentor
respetable que adornaba la pared, sin más diferencia que estar muy bien
afeitado, y con su hopito muy liso, tieso y perpendicular.
De repente, se abrió de par en par la puerta que estaba en el fondo de
la tienda, y se vio salir por ella a una mujer con un niño en los
brazos, y otro que la seguía llorando agarrándose a sus enaguas. Esta
mujer pálida, delgada, de gesto altanero e indigesto, estaba cubierta
con un pañolón de espumilla desteñido y viejo. Sus largos cabellos mal
trenzados, desaliñados y sin peineta, colgaban hasta el suelo. Calzaba
zapatos de seda en chancletas, y llevaba largos pendientes de oro.
--¡Cállate, cállate, Ramón!--dijo con voz ronca al entrar en la
tienda--. No me desuelles los oídos. Más quisiera oír los graznidos de
todos los cuervos del coto, y los maullidos de todos los gatos del
pueblo, que tu modo de destrozar la música seria. Te he dicho mil veces
que cantes los cantos de la tierra. Eso, tal cual, se puede tolerar. Tu
voz es flexible, y no te falta la gracia que ese género requiere. Pero
tu malhadada manía de cantar a lo fino, no hay quien la resista. Te lo
digo, y sabes que lo entiendo. Tus disparatados floreos me afectan de
tal modo los nervios, que si persistes en imponerme este tormento me
marcho para siempre de esta casa. Calla--añadió dando un golpe en la
cabeza al niño que lloraba--, calla, que berreas lo mismo que tu padre.
--Vete con mil santos, y desde ahora--respondió el barbero picado en lo
más vivo de su amor propio. Vete, echa a correr, y no vuelvas hasta que
yo te llame, que de esta suerte podrás correr sin parar.
--¿Que no me llamarás, dices?--replicó la mujer--; sería quizá demasiado
favor, que harías a la que tantas veces ha sido llamada por los grandes,
por los embajadores, ¡por la corte entera! ¿Sabes tú, rústico, ganso,
zopenco, el dineral que se daba sólo por oírme?
--Si esos mismos--dijo el barbero--te vieran ahora con esa cara de
vinagre; y te oyeran esa voz de pollo ronco, estoy para mí que pagarían
doble por no verte ni oírte.
--¿Quién me ha metido a mí en este villorrio, entre este hato de
villanos?--exclamó la mujer, furiosa--. ¿Quién me ha casado con este
rapabarbas, con este mostrenco, que después de haberse comido la dote
que me envió el duque, se atreve a insultarme? ¡A mí, la célebre María
Santaló, que ha hecho tanto ruido en el mundo!
--Más te hubiera valido no haber hecho tanto--dijo Ramón, a quien daba
un valor inaudito el entusiasmo que le inspiraba la canción de Atala, y
su indignación al verla menospreciada.
Al oír estas palabras, la mujer se abalanzó a su diminuto marido, el
cual, lleno de espanto, sólo tuvo tiempo de poner la guitarra sobre una
silla y echarse a correr.
A la puerta tropezó con un personaje, a quien por poco derriba en
tierra, el cual se paró en el umbral.
Apenas lo percibió María, su cólera cedió a un impulso de risa, no menos
violento.
El personaje que lo ocasionaba era Momo, uno de cuyos carrillos estaba
horrorosamente hinchado. Traía un pañuelo atado alrededor de su deforme
rostro, y venía a que el barbero le sacase una muela.
--¡Qué horrenda visión!--exclamó María, entre sus carcajadas--. Dicen
que el sargento de Utrera reventó de feo. ¿Cómo es que no te sucede a ti
otro tanto? Capaz eres de pegar un susto al miedo. ¿Conque tienes
preñado el cachete? Pues parirás un melón, y podrás enseñarlo por
dinero. ¡Qué espantoso estás! ¿Vienes a que te retraten para que te
pongan en la Ilustración, que anda a caza de curiosidades?
--Vengo--dijo Momo--a que tu Ramón Pérez me saque una muela dañada, y no
a que me hartes de desvergüenzas; pero ¡_Gaviota_ fuiste, _Gaviota_ eres
y _Gaviota_ serás!
--Si vienes a que te saquen lo que tienes dañado--repuso María--, bien
pueden empezar por el corazón y las entrañas.
--¡Por vía de los gatos!, ¡miren quién habla de corazón y de
entrañas!--replicó Momo--; la que dejó morir a su padre en manos
extrañas, sin acordarse del santo de su nombre ni de enviarle siquiera
un mal socorro.
--¿Y quién tuvo la culpa, malvado ganso?--respondió María--. Nada de eso
habría sucedido si no hubieras sido tú un salvaje, que te volviste de
Madrid sin haber desempeñado tu encargo, y esparciendo la nueva de mi
muerte; de modo que cuando volví al lugar creyendo que mi padre vivía,
todos me tomaron por ánima del otro mundo. Solamente en tus
entendederas, que son tan romas como tus narices, cabe el haber creído
que una representación era una realidad.
--¡Representación!--repuso Momo--. Siempre dices que aquello era
fingido. Lo cierto es que si aquel Telo hubiera sabido darte la puñalada
en regla, y si no te hubiera curado tu marido, a quien todo el mundo
llora, menos tú, estarías ahora roída de gusanos, para descanso de
cuantos te conocen. Lo que es a mí, no me la cuelas, pedazo de
embustera.
--Pues sábete, Cara y Media--dijo María abriendo la mano, y poniéndola
delante de su nariz--, que he de vivir cien años, para que rabies, y
hacer que tu nariz roma se ponga tamaña.
Momo miró a María con toda la despreciativa dignidad compatible con su
tuerta cara, y dijo en voz profunda y tono concluyente, alzando y
bajando alternativamente el dedo índice:
--¡_Gaviota_ fuiste, _Gaviota_ eres, _Gaviota_ serás!
Y le volvió arrogantemente la espalda.
Cuando don Modesto, aturdido por los gritos de la disputa que hemos
referido, vio que las carcajadas sucedían a la explosión de cólera,
gracias a la fea y ridícula figura de Momo, de quien sólo el lápiz de
Cruikshank, el célebre dibujante inglés de caricaturas, podría dar cabal
idea, aprovechó aquella ocasión para escurrirse, sin ser sentido, de
aquel campo de batalla. Nuestros lectores saben que don Modesto,
esencialmente grave y pacífico, tenía una profunda antipatía contra toda
especie de disputas, altercados, riñas y quimeras. Pero apenas hubo
entrado en su casa, muy satisfecho del éxito de su oportuna retirada,
nuevos terrores vinieron a asaltarle, al ver el ojo válido de Rosita,
severo, iracundo y amenazador como un soldado sobre las armas; y su boca
grave, remilgada e imponente como un juez en su tribunal. Don Modesto se
sentó en un rincón, y bajó la cabeza, a manera de ave, que, presintiendo
la tempestad, se posa en la rama de un árbol y oculta la cabeza debajo
de un ala.
Ante todo es de saber que las buenas cualidades y los defectos de Rosita
habían ido en aumento con los años. Su aseo había llegado a convertirse
en angustiosa pulcritud. Don Modesto tenía que mudarse de zapatos cada
vez que entraba a verla. Si Rosita hubiera tenido noticia de las
chinelas, que se ponen en Bruselas los curiosos que van a visitar el
palacio del príncipe de Orange, no hay duda que habría adoptado el mismo
medio para preservar las bastas esteras de esparto que cubrían los
rajados ladrillos del pavimento de su sala. Si don Modesto dejaba caer
una aceituna en el mantel, Rosita se estremecía; si una gota de vino
tinto, lloraba. Su abstinencia y su sobriedad llegaban a los límites de
lo posible, y daban a entender que quería rivalizar con Manuela Torres,
la famosa mujer del pueblo de Gansar, que había muerto recientemente
después de haber vivido cuarenta años sin comer ni beber.
--Rosita--le decía don Modesto--, antes comía usted lo que un pájaro
puede llevar en el pico, pero ahora está usted acreditando que lo que se
cuenta del camaleón no es fábula.
--Ya ve usted--respondía Rosita--que gozo de perfecta salud, lo cual
prueba que necesitamos muy poco para vivir y que todo lo demás es pura
gula.
En cuanto a su austeridad, había llegado a ser algo más que severa; era
cáustica.
--¡Bien le sienta a usted!--dijo a don Modesto, mientras este se
encomendaba con todas las veras de su corazón a Nuestra Señora de la
Paz--, ¡bien le sienta a un hombre de su edad y dignidad de usted, a una
de las primeras autoridades del pueblo, a un hombre que se ha visto en
letra de molde en la _Gaceta_, ir a casa de esas gentes, de esos
casquivanos (por no decir otra cosa) y entrometerse en esa San-Francia
de matrimonio, que ha sido el escándalo de la vecindad.
--Pero Rosita--contestó don Modesto--, yo no me he entrometido en la
gresca, ella fue la que se entrometió donde yo estaba.
--Si no hubiera usted ido en casa de ese rapabarbas, cantor sempiterno;
si no hubiera usted estado allí con la boca abierta, oyendo sus cantos
impúdicos, no se habría usted hallado en el caso de ser testigo de ese
escándalo.
--Pero Rosita, usted no reflexiona que es preciso afeitarme de cuando en
cuando, so pena de parecer zapador de un regimiento; que ese buen Ramón
Pérez me afeita de balde, como lo hacía su padre, y que la política y la
gratitud exigen que, si se pone a cantar delante de mí, tenga yo
paciencia, y me preste a oírle. Además que no ha cantado nada
malsonante, sino una canción de las que cantan las gentes finas, en la
que dice que una joven llamada Atala...
--¿Qué pamplinas va usted a contarme, don Modesto?--dijo Rosita
indignada--. ¡Si no sabré yo lo que dice el Año Cristiano de Atila, que
fue un rey de los bárbaros que invadieron a Roma, y de quien triunfó la
elocuencia de San León el Magno, Papa a la sazón! Si ustedes quieren que
sea una joven enamorada, contra lo que dicen la sana razón y el Año
Cristiano, buen provecho les haga a usted y a Ramón Pérez. El siglo de
las luces, como dice ese caribe de alcalde, que quería convertir la _via
crucis_ en camino de Urdax, trastorna todas las ideas. Con que así,
crean ustedes, si les da la gana que fue una muchacha la que capitaneó
los feroces ejércitos de los bárbaros. En cuanto a canciones profanas y
malsonantes, sepa usted que no le pegan ni a mi edad ni a mi modo de
pensar. Pero los hombres tienen siempre los oídos abiertos a las cosas
amorosas. Usted se derrite al oír las canciones de esa gente, cuando yo
le he visto..., ¡sí!..., yo he visto a usted en el quinario de San Juan
Nepomuceno (modelo de confesores), cuando al fin se cantan las coplas en
honor del santo, yo he visto a usted dormido como un tronco.
--¡Yo!, Rosita, ¡Jesús! Mire usted que se ha equivocado de medio a
medio. Tendría los ojos cerrados, y usted tomaría mi recogimiento por un
sueño irreverente.
--No disputemos, don Modesto, porque capaz sería usted de pecar con
descaro contra el octavo mandamiento. Pero, volviendo a lo que decíamos,
digo a usted que es una vergüenza que esté usted uña y carne con esas
gentes.
--¡Ah, Rosita!, ¿cómo puede usted hablar en esos términos del buen
Ramón, que me afeita de balde, y de esa ilustre _Marisalada_ que ha sido
aplaudida por generales y por ministros?
--Nada de eso impide--replicó _Rosa Mística_--que haya sido cómica, de
las que antes estaban excomulgadas, y que deberían estarlo todavía. Yo
quisiera saber por qué no lo están ya.
--Es probable--dijo don Modesto--que el teatro sería entonces una cosa
muy mala, en lugar de que ahora, como dice el folletín del periódico, es
la escuela de las costumbres.
--¡La escuela de las costumbres... el teatro! No hay remedio; usted se
va pervirtiendo, don Modesto. Eso es peor que dormirse en el quinario.
¡Qué!, ¿toma usted los periódicos por textos de la Escritura? Dígole a
usted, señor, que el Papa ha hecho muy mal en levantar la excomunión a
esas mujeres provocativas.
--¡Jesús, María y José!--exclamó don Modesto asustado--. ¿Rosita, se
atreve usted a condenar lo que hace el Papa, justamente cuando se están
cantando himnos en su loor, como dice el periódico?
--Bien, bien--repuso Rosita--; ya lo sé mejor que usted. Y me guardaré
muy bien de condenar lo que hace el Papa; me limitaré a desear que no
tengamos que cantar el _miserere_ después del himno. Pero volviendo a
esa mujer que tantos personajes han aplaudido, ¿piensa usted que esos
necios aplausos la absuelvan de sus malos procederes y de su perversa
índole?
--No sea usted tan justiciera, Rosita. En el fondo no es mala: me ha
hecho una cucarda para el sombrero.
--Lo que ha hecho ha sido burlarse de usted dándole, en lugar de una
cucarda, una escarola tamaña plato. ¿Conque no es mala en el fondo, dice
usted, la que dejó morir a su padre, que tanto la quería, solo, pobre,
olvidado, mientras que ella se estaba haciendo gorgoritos en las tablas?
--Pero Rosita, si no sabía la gravedad...
--Sabía que estaba malo, y basta. Cuando un padre padece, la hija no
debe cantar. ¡Una mujer cuya conducta obligó al pobre de su marido a
huir e irse a morir de vergüenza allá en las Indias!...
--Murió de la epidemia--observó el veterano.
--Buena será ella--continuó la severa maestra de Amiga, enardeciéndose
cada vez más--cuando fue la única en el pueblo que no veló en su última
enfermedad a la tía María, que tanto la había querido, y tanto había
hecho por ella; la única que faltó a su entierro; la única que por ella
no rezó en la iglesia ni lloró por ella en el campo santo.
--Estaba de sobreparto, y no habría sido prudente antes de la
cuarentena.
--¿Qué entiende usted de sobrepartos ni de cuarentenas?--exclamó _Rosa
Mística_, exasperada al ver el empeño con que don Modesto defendía a sus
amigos--. ¿Ha parido usted alguna vez, para entender de esas cosas?
¿Conque tiene buen fondo la que cuando poco antes de la muerte de su
bienhechora, fray Gabriel la siguió al sepulcro; se echó a reír diciendo
que había creído que sólo en el teatro se moría la gente de amor y de
pena?
--¡Pobre fray Gabriel!--dijo don Modesto, conmovido por los recuerdos
que acababa de despertar su patrona--. Todos los viernes de su vida vino
al Cristo del Socorro para pedirle una buena muerte. Después de la de su
bienhechora venía todos los días, porque ya no le quedaba más que aquel
buen Señor, que le comprendiese y le consolase. Yo fui quien le encontré
un viernes por la mañana, de rodillas, delante de la reja de la capilla
del Cristo, inclinada la cabeza sobre las barras. Le llamé y no
respondió. Me acerqué..., ¡estaba muerto! ¡Muerto como había vivido: en
silencio y solo! ¡Pobre fray Gabriel!--añadió el comandante después de
algunos instantes de silencio--. Te moriste sin haber visto rehabilitado
tu convento. ¡Yo también moriré sin ver reedificado mi fuerte!