Capítulo XXXI

Si el lector quiere antes de que nos separemos para siempre echar otra

ojeada a aquel rinconcillo de la tierra llamado Villamar, bien ajeno sin

duda del distinguido huésped que va a recibir en su seno, le

conduciremos allá, sin que tenga que pensar en fatigas ni gastos de

viaje. Y en efecto, sin pensar en ello, ya hemos llegado. Pues bien,

amable lector, aquí tienes el birrete de Merlín: hazme el favor de

cubrirte con él, porque si permaneces tan visible como estás ahora,

turbarás con tu presencia aquel lugar sosegado y quieto, así como un

objeto cualquiera arrojado a las aguas dormidas y claras de un estanque

altera su transparencia y reposo.

Después de cuatro años, es decir, un día de verano de 1848, encontrarías

al dicho pueblo tan tranquilamente sentado al borde del mar, como si

fuera un pescador de caña. Vamos a dar cuenta de algunos graves sucesos

públicos y privados que habían ocurrido allí durante aquel intervalo.

Empecemos por la malaventurada inscripción que tantos afanes había

costado al alcalde ilustrado, de oficio herrero, el cual solía decir que

el hierro no era más duro que las cabezas de sus subordinados;

inscripción que había causado además un tremendo batacazo al maestro de

escuela y tres días de flatos a _Rosa Mística_; pero que, en

compensación, había hecho pasmar de admiración a don Modesto Guerrero.

Los demás habitantes habían tomado la inscripción por un bando, uno de

aquellos bandos que empiezan: «Cuatro ducados de multa al que arroje

inmundicias de cualquiera especie en este sitio.»

Los aguaceros de Andalucía, que parecen más destinados a azotar la

tierra que a regarla, habiendo caído en las hermosas letras que de mayor

a menor la componían, la habían casi borrado.

Temeroso el alcalde de que produjese esta vista una impresión análoga en

el patriotismo de los habitantes, se propuso despertar en su corazón

este noble sentimiento, por otro medio más eficaz y poderoso. El nombre

de CALLE REAL ofendía sus orejas representativas. Quiso _patriotizarlo_,

y publicó un bando para que aquel nombre malsonante se cambiase en el de

CALLE DE LOS HIJOS DE PADILLA.

Con este motivo hubo su poco de motín en Villamar. ¿Qué punto del globo

se escapa sin motines en el siglo en que vivimos?

Era el caso que había muerto uno de los habitantes de la misma calle,

llamado Cristóbal Padilla, y sus hijos heredaron naturalmente la casa

que en la misma localidad poseía. Pero en el mismo caso se hallaban los

López, los Pérez y los Sánchez, los cuales protestaron enérgicamente

contra tan infundada preferencia. En vano quiso explicarles el alcalde

que los llamados Hijos de Padilla compusieron en otro tiempo una

asociación de hombres libres; a esto respondían ellos que ya sabían que

los Padillas eran hombres libres, y que nadie pensaba en disputarles

este título. Pero que también lo eran, y lo habían sido desde la

creación del mundo, los López, los Pérez y los Sánchez; que ellos no

pasaban por la humillación de verse pospuestos a los Padillas; y que si

el alcalde insistía en su empeño, ellos se quejarían a la autoridad

competente, porque siempre habían existido tribunales superiores a donde

poder acudir contra la arbitrariedad y la injusticia, a menos que con

las novedades del día no se los hubiese llevado la trampa.

El alcalde, aburrido de tanto clamoreo, los envió a todos los demonios.

No sabiendo a qué santo encomendarse para dar a Villamar cierto aire

moderno, que lo elevase a la altura del día, imaginó dar al camino que

iba desde el pueblo a la colina en que estaban el cementerio y la

capilla del Señor del Socorro, el nombre patriótico de CAMINO DE URDAX,

por ser el de una batalla que precedió al convenio de Vergara.

Pero entonces le salió peor la cuenta. Hubo motín de mujeres: motín en

regla, capitaneado por _Rosa Mística_ en persona. Sus gritos y sus

lamentaciones habrían aturdido a los sordos.

--¿Qué quiere decir Urdax?--gritaba la una.

--¿Qué tenemos nosotros que ver con Urdax?--clamaba la otra.

--¿Quién ha de querer enterrarse en Urdax?--chillaba una vieja.

--Señor alcalde--dijo una pobre viuda--, si tanto empeño tiene usted en

hacer mejoras, disminuya usted las contribuciones, póngalas como estaban

antes, en tiempo del rey, y deje usted a las cosas los nombres que

siempre han tenido.

--Si tanto le place a usted el nombre de Urdax--dijo una joven--,

póngaselo a sí propio.

--Señor--dijo gravemente _Rosa Mística_--, ese camino es el de la _via

crucis_, y usted lo profana con ese nombre moruno.

El alcalde se tapó los oídos y echó a correr.

Frustradas tantas bellas ideas, declaró que los habitantes de Villamar

eran unos animales, unos brutos estólidos, partidarios del abominable

tiempo del absolutismo, sin otro móvil que el bajo interés pecuniario;

enemigos de todo progreso social y de toda mejora; despreciables

rutineros, que no merecían llamarse aldeanos, y mucho menos ciudadanos

libres.

Y después de este formidable anatema, Villamar y sus habitantes

continuaron pasándolo tan bien como antes.

Poco tiempo después, se leía en un periódico de los de fuste:

«Nuestro corresponsal de Villamar (Andalucía baja) nos escribe: la

tranquilidad pública ha estado amenazada en esta población. Algunos

malintencionados, excitados sin duda por los infames agentes de la

odiosa facción, han querido oponerse a las sabias mejoras, a los útiles

progresos, que nuestro digno alcalde don Perfecto Cívico quería

introducir, bajo el ridículo pretexto de que no eran necesarios. Pero la

admirable sangre fría, el valor heroico de que ha dado muestras aquella

excelente autoridad, intimidaron a los audaces, y todo ha entrado en el

orden, sin que hayamos tenido que deplorar ningún grave accidente. Vivan

sin inquietud los buenos patriotas. Sus hermanos de Villamar sabrán

frustrar las maniobras de nuestros enemigos.

»Como estamos en julio, la temperatura está bastante elevada. No podemos

decir positivamente hasta cuántos grados, porque la civilización no ha

proporcionado todavía a Villamar el beneficio de un termómetro.

»La cosecha se presenta bien, sobre todo en el ramo de calabazas, cuya

cantidad y dimensiones llenan de satisfacción y de alegría a sus

honrados cosecheros. Firmado.

La gaviota · 第 42 / 44 题