Si el lector quiere antes de que nos separemos para siempre echar otra
ojeada a aquel rinconcillo de la tierra llamado Villamar, bien ajeno sin
duda del distinguido huésped que va a recibir en su seno, le
conduciremos allá, sin que tenga que pensar en fatigas ni gastos de
viaje. Y en efecto, sin pensar en ello, ya hemos llegado. Pues bien,
amable lector, aquí tienes el birrete de Merlín: hazme el favor de
cubrirte con él, porque si permaneces tan visible como estás ahora,
turbarás con tu presencia aquel lugar sosegado y quieto, así como un
objeto cualquiera arrojado a las aguas dormidas y claras de un estanque
altera su transparencia y reposo.
Después de cuatro años, es decir, un día de verano de 1848, encontrarías
al dicho pueblo tan tranquilamente sentado al borde del mar, como si
fuera un pescador de caña. Vamos a dar cuenta de algunos graves sucesos
públicos y privados que habían ocurrido allí durante aquel intervalo.
Empecemos por la malaventurada inscripción que tantos afanes había
costado al alcalde ilustrado, de oficio herrero, el cual solía decir que
el hierro no era más duro que las cabezas de sus subordinados;
inscripción que había causado además un tremendo batacazo al maestro de
escuela y tres días de flatos a _Rosa Mística_; pero que, en
compensación, había hecho pasmar de admiración a don Modesto Guerrero.
Los demás habitantes habían tomado la inscripción por un bando, uno de
aquellos bandos que empiezan: «Cuatro ducados de multa al que arroje
inmundicias de cualquiera especie en este sitio.»
Los aguaceros de Andalucía, que parecen más destinados a azotar la
tierra que a regarla, habiendo caído en las hermosas letras que de mayor
a menor la componían, la habían casi borrado.
Temeroso el alcalde de que produjese esta vista una impresión análoga en
el patriotismo de los habitantes, se propuso despertar en su corazón
este noble sentimiento, por otro medio más eficaz y poderoso. El nombre
de CALLE REAL ofendía sus orejas representativas. Quiso _patriotizarlo_,
y publicó un bando para que aquel nombre malsonante se cambiase en el de
CALLE DE LOS HIJOS DE PADILLA.
Con este motivo hubo su poco de motín en Villamar. ¿Qué punto del globo
se escapa sin motines en el siglo en que vivimos?
Era el caso que había muerto uno de los habitantes de la misma calle,
llamado Cristóbal Padilla, y sus hijos heredaron naturalmente la casa
que en la misma localidad poseía. Pero en el mismo caso se hallaban los
López, los Pérez y los Sánchez, los cuales protestaron enérgicamente
contra tan infundada preferencia. En vano quiso explicarles el alcalde
que los llamados Hijos de Padilla compusieron en otro tiempo una
asociación de hombres libres; a esto respondían ellos que ya sabían que
los Padillas eran hombres libres, y que nadie pensaba en disputarles
este título. Pero que también lo eran, y lo habían sido desde la
creación del mundo, los López, los Pérez y los Sánchez; que ellos no
pasaban por la humillación de verse pospuestos a los Padillas; y que si
el alcalde insistía en su empeño, ellos se quejarían a la autoridad
competente, porque siempre habían existido tribunales superiores a donde
poder acudir contra la arbitrariedad y la injusticia, a menos que con
las novedades del día no se los hubiese llevado la trampa.
El alcalde, aburrido de tanto clamoreo, los envió a todos los demonios.
No sabiendo a qué santo encomendarse para dar a Villamar cierto aire
moderno, que lo elevase a la altura del día, imaginó dar al camino que
iba desde el pueblo a la colina en que estaban el cementerio y la
capilla del Señor del Socorro, el nombre patriótico de CAMINO DE URDAX,
por ser el de una batalla que precedió al convenio de Vergara.
Pero entonces le salió peor la cuenta. Hubo motín de mujeres: motín en
regla, capitaneado por _Rosa Mística_ en persona. Sus gritos y sus
lamentaciones habrían aturdido a los sordos.
--¿Qué quiere decir Urdax?--gritaba la una.
--¿Qué tenemos nosotros que ver con Urdax?--clamaba la otra.
--¿Quién ha de querer enterrarse en Urdax?--chillaba una vieja.
--Señor alcalde--dijo una pobre viuda--, si tanto empeño tiene usted en
hacer mejoras, disminuya usted las contribuciones, póngalas como estaban
antes, en tiempo del rey, y deje usted a las cosas los nombres que
siempre han tenido.
--Si tanto le place a usted el nombre de Urdax--dijo una joven--,
póngaselo a sí propio.
--Señor--dijo gravemente _Rosa Mística_--, ese camino es el de la _via
crucis_, y usted lo profana con ese nombre moruno.
El alcalde se tapó los oídos y echó a correr.
Frustradas tantas bellas ideas, declaró que los habitantes de Villamar
eran unos animales, unos brutos estólidos, partidarios del abominable
tiempo del absolutismo, sin otro móvil que el bajo interés pecuniario;
enemigos de todo progreso social y de toda mejora; despreciables
rutineros, que no merecían llamarse aldeanos, y mucho menos ciudadanos
libres.
Y después de este formidable anatema, Villamar y sus habitantes
continuaron pasándolo tan bien como antes.
Poco tiempo después, se leía en un periódico de los de fuste:
«Nuestro corresponsal de Villamar (Andalucía baja) nos escribe: la
tranquilidad pública ha estado amenazada en esta población. Algunos
malintencionados, excitados sin duda por los infames agentes de la
odiosa facción, han querido oponerse a las sabias mejoras, a los útiles
progresos, que nuestro digno alcalde don Perfecto Cívico quería
introducir, bajo el ridículo pretexto de que no eran necesarios. Pero la
admirable sangre fría, el valor heroico de que ha dado muestras aquella
excelente autoridad, intimidaron a los audaces, y todo ha entrado en el
orden, sin que hayamos tenido que deplorar ningún grave accidente. Vivan
sin inquietud los buenos patriotas. Sus hermanos de Villamar sabrán
frustrar las maniobras de nuestros enemigos.
»Como estamos en julio, la temperatura está bastante elevada. No podemos
decir positivamente hasta cuántos grados, porque la civilización no ha
proporcionado todavía a Villamar el beneficio de un termómetro.
»La cosecha se presenta bien, sobre todo en el ramo de calabazas, cuya
cantidad y dimensiones llenan de satisfacción y de alegría a sus
honrados cosecheros. Firmado.