Capítulo XX

Completamente restablecido ya el niño de la condesa, había llegado la

noche que esta señora había fijado para recibir a María. Algunos

tertulianos estaban ya reunidos, cuando Rafael Arias entró

precipitadamente.

--Prima--dijo--, vengo a pedirte un favor: si me lo niegas, voy a

derechura a echarme de cabeza... en mi cama, bajo pretexto de una

jaqueca monstruo.

--¡Jesús!--replicó la condesa--. ¿De qué modo puedo yo evitar tamaña

desgracia?

--Vas a saberlo--continuó Rafael--. Ayer he tenido carta de uno de mis

camaradas de embajada: el vizconde de Saint Léger.

--Quítale el Saint y el vizconde, y deja Léger pelado--repuso el

general.

--Bien--dijo Rafael--; mi amigo, que según el tío no es ni vizconde ni

santo, me recomienda a un príncipe italiano.

--¡Un príncipe!, ¡pues ya!--dijo con sorna el general--. ¿Por qué no han

de llamarse las cosas por sus nombres? Lo que será es un carbonario, un

propagandista, una verdadera plaga. ¿Y de dónde es ese príncipe?

--No lo sé--repuso Rafael--; lo que sé es que la carta dice lo

siguiente: «Os agradeceré que hagáis conocer a mi recomendado las

mujeres más bellas y amables, las reuniones más escogidas y las

antigüedades más notables de la hermosa Sevilla, ese jardín de las

Hespérides.»

--Jardín del Alcázar querrá decir--observó la marquesa.

--Es probable--prosiguió Rafael--. Cuando me vi encargado de esta tarea,

sin saber a qué santo encomendarme, se me ocurrió la luminosa idea de

acudir a mi prima y pedirle licencia para traer al príncipe a su

tertulia, porque de este modo podrá conocer las mujeres más bellas y

amables, la sociedad más escogida y--añadió en voz baja y señalando con

el dedo la mesa del tresillo--las antigüedades más notables de Sevilla.

--Mira que mi madre está ahí--murmuró la condesa echándose a reír a

pesar suyo--; eres un insolente.--Y añadió en voz alta--: Tendré mucho

gusto en recibirle.

--¡Bien, muy bien!--exclamó el general, barajando violentamente los

naipes--¡Mimarlos, abrirles las puertas de par en par, ponerles

andadores!; se divertirán a vuestra costa y después se burlarán de

vosotros.

--Creed, tío--contestó Rafael--, que tomamos la revancha. Es cierto que

se prestan a ello admirablemente. Algunos vienen con el único designio

de buscar aventuras, muy persuadidos de que España es la tierra clásica

de estos lances. El año pasado tuve uno a cuestas, con esta monomanía.

Era un irlandés, pariente de lord W.

--Sí, ¡como yo del Gran Turco!--dijo el general aplicando su muletilla.

--El espíritu del héroe de la Mancha--continuó Rafael--se había

apoderado de mi irlandés, a quien llamaré _Verde Erín_[24] por habérseme

olvidado su verdadero nombre. Una tarde nos paseábamos en la plaza del

Duque. El cielo se oscureció y estalló de repente una tormenta; yo

traté de buscar abrigo, pero él siguió paseando porque tenía gana de

experimentar una tormenta española. A las justas observaciones que le

hice, de que iba a calarse hasta los huesos, contestó que todo lo que

tenía encima era _water-proof_[25] el sombrero, el gabán, los

pantalones, los guantes, las botas, todo. Le abandoné a su suerte.

[Nota 24: Nombre poético de Irlanda.]

[Nota 25: _A prueba de agua_.]

--¿Es eso creíble, Rafael?--dijo la condesa.

--Es más; es probable--dijo el general--; ningún inglés se va nunca a la

cama sin haber hecho una extravagancia.

--Sigue, Rafael, sigue, hijo--suplicó la marquesa--, porque ya preveo

que ese temerario va a saber por experiencia propia que no se debe

tentar a Dios.

--Pues mi Erín--siguió Rafael--estaba recibiendo el agua como el arca de

Noé, cuando cayó un rayo en el árbol bajo el cual se había sentado.

--Vaya, vaya--gritaron todos--, eso es cuento; ¡cosas de Rafael!

--Como soy, que es la verdad--exclamó éste colorado--; informaos, si

queréis, de más de cien personas que presenciaron el lance. Aseguro que

una acacia entera y verdadera se desplomó sobre mi pobre Erín. Por

fortuna estaba colocado de tal manera, que evitó el choque del tronco,

pero quedó preso entre las ramas, como un pájaro en la jaula. En vano

gritaba, en vano prodigaba el juramento nacional y las ofertas de

billetes de banco a los que viniesen a socorrerle. Tuvo que aguantarse

en su prisión vegetal casi todo el chubasco. Al fin pasó la tormenta y

volvió a salir la gente a la calle. Acudieron en su ayuda; pero la cosa

no era tan fácil: hubo que traer sierras y hachas y cortar las ramas

más gruesas. A medida que caían las paredes de su calabozo, se iba

descubriendo parte por parte la triste figura del hijo de Irlanda. Todos

los _water-proof_ habían _fato fiasco_. Sus brazos y sus cabellos, y las

alas del sombrero, pendían tiesos y perpendiculares hacia la tierra.

Parecía un navío empavesado en calma chicha. Imaginaos los chistes, las

bromas que descargaría sobre el pobre Erín nuestra gente sevillana, tan

chusca de suyo y tan burlona. El buen hombre tuvo que pasar no sólo por

el susto y el aguacero, sino por una risa homérica, de la que en su

tierra no había tenido ni aún idea. Confieso con vergüenza que habiendo

vuelto con intención de reunirme a él, no tuve valor y eché a correr.

--¿Y no tuvo más consecuencias ese lance?--preguntó la marquesa--. ¿No

le indujo a meditar?

--Ninguna consecuencia tuvo este accidente, ni en el orden físico ni en

el moral. Los ingleses tienen siete vidas como los gatos. Lo único que

resultó fue destruir su fe en los _water-proof_. Pero no fue esa la más

trágica de las aventuras de mi héroe. Le había traído a España una

afición decidida a ladrones: quería verlos a toda costa. El gusto de ser

robado era su idea, su capricho, el objeto de su viaje; habría dado diez

mil sacos de patatas por ver de cerca a José María en su hermoso traje

andaluz y con su botonadura de doblones de a cuatro. Traía _ex profeso_

para él un puñal con mango de oro y un par de pistolas de Mantón.

--¡Armar a nuestros enemigos!--exclamó el general--. Ese es su prurito.

¡Siempre los mismos!

--Queriendo irse a Madrid--continuó Rafael--, y sabiendo que la

diligencia tenía el mal gusto de llevar escolta, se decidió a irse en el

carro del correo. Todos mis argumentos para disuadirle fueron inútiles.

Partió en efecto, y más allá de Córdoba, sus ardientes deseos se

realizaron. Encontró ladrones; pero no ladrones de buen tono, no

ladrones _fashionables_ como José María, que parecía una ascua de oro,

montado en su brioso alazán. Eran ladrones de poco más o menos:

pedestres, comunes y vulgares. Ya sabéis lo que es ser _vulgar_ en

Inglaterra. No hay apestado, no hay leproso que inspire a un inglés

tanto horror como lo que es vulgar. ¡Vulgar! A esta palabra, Albión se

cubre de su más espesa neblina; los _dandys_ caen en el _spleen_ más

negro; las _ladys_ se llenan de _diablos azules_[26] las _mises_ sienten

bascas, y las modistas se tocan de los nervios. No es extraño, pues, que

Erín se creyese degradado, dejándose robar por ladrones vulgares; y así

es que se defendió como un león. No defendía, sin embargo, su tesoro,

pues me lo había confiado hasta su vuelta, y lo que de él tenía en más

estima, consistía en una rama del sauce que cubría el sepulcro de

Napoleón, un zapato de raso de una bolera, tamaño como una nuez, y una

colección de caricaturas de lord W..., su tío.

[Nota 26: _To have the blue devils_, tener los diablos azules; expresión

familiar inglesa que corresponde a _estar de mal humor_.]

--Eso pinta al hombre--dijo el general.

--Pero yo no hago más que charlar--dijo Rafael--. Adiós, prima. Me voy y

me quedo.

--¿Y qué? ¿Te vas, dejando al pobre Erín en manos de los ladrones? Es

preciso que acabes tu relación--dijo la condesa.

--Pues bien--continuó Rafael--, os diré en dos palabras que los ladrones

exasperados le maltrataron y dejaron sin conocimiento, atado a un árbol,

donde le halló una pobre vieja, quien hizo le llevasen a su choza y allí

le cuidó como una madre durante una enfermedad que le resultó del lance.

Yo estuve algún tiempo sin tener noticias suyas; y como se dice

vulgarmente que la esperanza era verde y se la comió un borrico, ya iba

creyendo que la misma desgracia había acontecido a mi verde Erín,

cuando me escribió contándome lo ocurrido. Me encargaba que diese diez

mil reales a la mujer que le había salvado y cuidado, sin tener la menor

idea de quién podría ser, porque su traje, cuando lo descubrieron, era

el mismo con que su madre lo parió. La recompensa era, como veis,

decente; porque es menester ser justos; nadie puede negar que los

ingleses son generosos. Pero aquí viene Polo con una elegía en los ojos.

El príncipe me aguarda. Me voy corriendo, aunque me caiga.

Con esto desapareció.

--¡Jesús!--dijo la marquesa--. Rafael me marea; parece hecho de rabos de

lagartijas. Se mueve tanto, gesticula tanto, charla tan sin cesar y tan

deprisa, que me quedo en ayunas de la mitad de las cosas que dice.

--Poco pierdes--dijo el general.

--Pues yo--añadió la condesa--querría a Rafael, por lo mucho que me

divierte, si no le quisiera ya tanto por lo mucho que vale.

--Aquí tienes, querida Gracia--dijo Eloísa entrando y abrazando a la

condesa--, el _Viaje de Dumas por el sur de Francia_.

La condesa tomó los libros. Polo y Eloísa hicieron una disertación sobre

las obras del escritor; disertación de cuya lectura dispensamos al

lector, que nos dará gracias por ello.

--¡Pobre Dumas!--dijo la condesa al coronel.

--¡Pobre!--exclamó el coronel--. ¿Pobre llamáis al que es rico y

personaje, al que todos festejan, obsequian y aplauden? ¿O será porque

algunas veces le critican?

--¿Porque le critican?--respondió la condesa--; no por cierto; yo me

tomo algunas veces la libertad de hacerlo. Todo el que se presenta al

público, le da ese derecho. No digo _pobre_ al oírle criticar; lo digo

al oír algunos elogios que de él hacen.

--¿Y por qué, condesa?, el elogio siempre es lisonjero.

--No podré explicarme bien--dijo la condesa--sino por medio de una

comparación, porque no soy elocuente como Eloísa. Hace algún tiempo que

vino a vemos una de nuestras parientas de Jerez, mujer muy devota, cuyo

marido es muy aficionado a las artes. Lo primero que traté de enseñarles

fue, por supuesto, nuestra hermosa catedral. En el camino se nos pegó,

sin que pudiésemos deshacernos de él, otro jerezano, hombre muy

ordinario, pero riquísimo, y tuvimos que conformarnos con que fuese de

nuestra comitiva. Al entrar en aquel sin igual edificio, mi prima alzó

la cabeza, cruzó las manos, atravesó con paso acelerado la nave y se

arrodilló bañada en lágrimas a los pies del altar mayor. Su marido quedó

como arrebatado, sin poder dar un paso adelante. Pero el ricacho

exclamó: «¡Buena posesión!, ¡y qué buena bodega haría!» ¿Habéis

comprendido mi idea?

--Sin duda--respondió el coronel riéndose--, que un necio elogio es peor

que una crítica; ya lo dice la fábula de Iriarte:

Si el sabio no aprueba, ¡malo!

Si el necio aplaude, ¡peor!

Pero el cuentecillo tiene su buena dosis de sal y pimienta.--Lo sentiría

mucho--dijo la condesa--. Es un recuerdo que he tenido al oír hacer la

apología de las obras de Dumas. ¡Tantas exclamaciones vacías y ni

siquiera una palabra de elogio para esa historia de la Magdalena y de

Lázaro, de la que no puedo leer un renglón sin derramar lágrimas!

--Condesa--dijo el coronel--, si alguna vez viene Dumas a España, me

obligo a traerle a vuestros pies para que os dé gracias por el modo que

tenéis de juzgar sus obras.

--¿No tendríais gusto en conocerle?

--En general no deja de tener inconvenientes el conocer a escritores de

gran mérito.

--¿Y por qué, condesa?

--Porque lo común es que desprestigia al autor. Un amigo mío, persona

de mucho talento, decía que los grandes hombres son al revés de las

estatuas, porque estas parecen mayores, y aquellos más pequeños, a

medida que uno se les acerca.

En cuanto a mí, si alguna vez me meto a autora (lo cual podrá suceder,

por aquello de que de poeta y loco todos tenemos un poco), a lo menos

tendré la ventaja de que me oirán sin verme, gracias a mi pequeñez, a la

escasa brillantez de mi pluma y a la distancia.

--¿Creéis, pues, que el autor ha de ser uno de los héroes de sus

ficciones?

--No; pero temería verle desmentir las ideas y los sentimientos que

expresa, y entonces se disiparía el encanto, porque al leer lo que me

habría arrebatado, no podría apartar de mí la idea de que el hombre lo

había escrito con la cabeza y no con el corazón.

--¡Cómo escriben esos franceses!--decía entre tanto Eloísa, resumiendo

el mencionado certamen literario.

--¿Qué es lo que no hacen bien esos hijos de la libertad?--repuso Polo.

--Pero señorita--dijo el general--, ¿por qué no leéis libros españoles?

--Porque todo lo español lleva el sello de una estupidez

chabacana--respondió Eloísa--. Estamos en todos los ramos y conceptos en

un atraso deplorable.

--¿Qué queréis que escriba un escritor culto en este detestable

país--añadió Polo algo picado--, si no estamos a la altura de nada y

sólo podemos imitar? ¿Cómo hemos de pintar nuestro país y nuestras

costumbres, si nada de elegante, de característico ni de bueno hallamos

en él?

--A no ser--dijo Eloísa, con remilgada sonrisa--que celebréis con los

alemanes el azahar y las naranjas; con los franceses, el bolero, y con

los ingleses, el vino de Jerez.

--¡Ah! Eloisita--exclamó entusiasmado Polo--, ese chiste es tan

_espiritual_, que si no es francés, merece serlo.

En lo que decía, plagiaba Polo, según su costumbre, un conocido dicho

francés.

Afortunadamente acababan de _dar un codillo_ al general, lo que hizo que

no oyese este precioso diálogo.

En este momento entró Rafael con el príncipe: le presentó a la condesa,

la cual le recibió con su acostumbrada amabilidad, pero sin levantarse,

según el uso español.

El príncipe era alto, delgado; representaba cuarenta y cinco años, y,

aunque príncipe, no de muy distinguida persona ni maneras. Con esto se

hallaba ya reunida toda la tertulia y todos aguardaban con impaciencia a

la cantatriz anunciada, no sin grandes dudas acerca de su mérito.

El mayor Fly se contoneaba en su silla, cerca de las jóvenes,

distribuyéndolas miradas tan homicidas como los botonazos de su florete.

Sir John tenía fijo su lente en Rita, la cual no lo notaba. El barón,

sentado cerca de un oidor viejo, le preguntaba si los moros blanqueaban

sus casas con cal.

--Carezco de datos para responderos--contestó el magistrado--. Es punto

que no ha merecido llamar la atención de Zúñiga, Ponz, don Antonio

Morales ni Rodrigo Caro.

«¡Qué ignorante!», pensaba el barón.

«¡Qué pregunta tan tonta!», pensaba el oidor.

--Tenéis una prima lindísima--dijo el príncipe a Rafael.

--Sí--respondió este--, es una Ondina de agua de rosa, a quien si el

amor no dio un alma, en cambio se la dio un ángel[27].

[Nota 27: Alusión a la novelita fantástica del autor alemán _La Motte

Fouquét_, nombrada _Ondine_. Está traducida al francés.]

--¿Y ese general que está jugando y que tiene un aspecto tan

distinguido?

--Es el Néstor retirado del Ejército. No tenéis en Pompeya una

antigüedad mejor conservada.

--¿Y la señora con quien juega?

--Su hermana, la marquesa de Guadalcanal, una especie de Escorial; es un

sólido compuesto de sentimientos monárquicos y monacales, con un

corazón, panteón de reyes sin trono.

En esto se oyó un gran ruido. Era el mayor, que al levantarse para ir a

reunirse con Rafael, había echado a rodar una maceta.

--El mayor--dijo Rafael--anuncia su llegada. Sin duda viene a suspirar

como un órgano, por el poco caso que de él hacen las damas.

--Serán delicadas de gusto--repuso el príncipe--, pues el mayor tiene

una hermosa figura.

--No digo que no--dijo Rafael--; es el más bello Sansón del mundo; pero,

en primer lugar, tiene una Dalila que va a ser muy en breve legítima

(gracias a los millones que ha ganado su padre con el té y con el opio).

Ella le aguarda entre las nieblas de su isla, mientras que él se recrea

bajo el hermoso cielo andaluz. Además, príncipe, los extranjeros que

vienen a España, tienen la preocupación de contar entre los goces que se

proponen disfrutar, esto es, el buen clima, los toros, las naranjas y

el bolero, _las conquistas amorosas_; y muchas veces se llevan chasco.

¡Cuántas quejas he oído yo de los que entraron como Césares y salieron

como Daríos!

Entre tanto, el barón se había acercado a las mesas y veía jugar.

--La señora--dijo, hablando con la marquesa--es la madre...

--De mi hija, sí, señor--respondió la marquesa.

Rita lanzó una de sus carcajadas repentinas.

--Barón--dijo la condesa, cuyo sofá estaba cerca de la mesa del juego--,

¿sois aficionado a la música?

--Sí, señora--respondió el barón--. La admiro y la venero; es decir, la

música profunda, sabia, seria; la música filosófica, como la han

entendido Haydn, Mozart y Beethoven.

--¿Qué está diciendo?--preguntó el general a Rafael, que se había

acercado para saludar a Rita--¡Música seria y sabia! ¡La filosofía del

taralá! ¿Cómo pueden decirse tamaños desatinos delante de gentes

sensatas? Yo creía que los franceses no gustaban más que de romances y

de contradanzas.

--¿Qué queréis, tío?--respondió Arias--. Los silfos de los jardines de

Lutecia se han convertido en gnomos teutónicos de la Selva Negra.

--No por eso son más amables--añadió la marquesa.

Rafael, huyendo del mayor, se intercaló en los grupos que formaban los

tertulianos. Llegó al de las jóvenes, algunas de las cuales eran sus

parientas. Entre ellas tenía gran partido, pero viendo que no les hacía

caso por atender a sus recomendados, se habían conjurado contra él y

querían vengarse. Apenas se les acercó, cuando todas quedaron de repente

graves y silenciosas.

--¿Si me habré convertido yo, sin saberlo, en cabeza de Medusa?--dijo

Arias.

--¡Ah!, ¿eres tú?--dijo una de las conspiradoras.

--Me parece que sí, Clarita--respondió Rafael.

--Es que hace tanto tiempo que no te veo, que ya te desconocía. Me

parece que estás avejentado. ¿Cómo has podido separarte de tus

extranjeros?

--¡Míos!--repuso Arias--, renuncio la propiedad, Y en cuanto a haber

envejecido, cuando yo nací, Clarita, era ya el siglo mayor de edad; por

consiguiente, ajusta la cuenta.

--Serán los afanes y fatigas que te dan tus recomendados los que te han

puesto viejo.

--Hay quien dice--añadió otra muchacha--que los extranjeros están

haciendo una suscripción para levantarte una estatua.

--Y que la reina te va a crear MARQUÉS DE ITÁLICA[28]--dijo otra.

[Nota 28: Santi-Ponce, la Itálica romana, donde se ven muchas antigüedades,

que visitan los extranjeros que van á Sevilla.]

--Y que están gastadas las losas del Alcázar con tus botas.

--Y que el San Félix de Murillo te conoce de vista, y te da la bendición

cuando te ve llegar con un nuevo admirador.

--Señoritas--exclamó Rafael--, ¿es esta una declaración de guerra, una

conspiración? ¿En qué quedamos?

Entonces siguieron todas interpelándole como un fuego graneado.

--¡Jesús, Arias, oléis a carbón de piedra! Rafael, mira que cuando

hablas, tienes dejo. Arias, se os ha pegado el _desgavilo_. Arias, te

vas volviendo rubio. Rafael, cántale al barón:

Cuando el rey de Francia

toca el violín,

dicen los franceses

Uí, uí, Uí, Uí, uí.

--Arias--dijo Polo--, parecéis un oso en medio de un enjambre de abejas.

--La comparación--respondió Arias--no es muy poética, para ser de un

discípulo de las nueve solteronas. Apolo recusará ser tocayo vuestro.

Pero quedaos como la rosa entre estas abejas, prodigándoles los raudales

de vuestra miel hiblea, mientras yo voy por un paraguas que me preserve

del aguacero.

En este momento, los tertulianos, que estaban reunidos junto a la puerta

del patio, hicieron calle para dejar entrar a María, a quien el duque

conducía por la mano; Stein los seguía.

La gaviota · 第 30 / 44 题