_Marisalada_ pasaba su vida consagrada a perfeccionarse en el arte, que
le prometía un porvenir brillante, una carrera de gloria y una situación
que lisonjeara su vanidad y satisficiera su afición al lujo. Stein no se
cansaba de admirar su constancia en el estudio y sus admirables
progresos.
Sin embargo, se había retardado la época de su introducción en la
sociedad de las gentes de viso, por una enfermedad del hijo de la
condesa.
Desde los primeros síntomas había olvidado esta todo cuanto la rodeaba:
su tertulia, sus prendidos, sus diversiones, a _Marisalada_ y sus
amigos, y, antes que a todo, al elegante y joven coronel de que hemos
hablado.
Nada existía en el mundo para esta madre, sino su hijo, a cuya cabecera
había pasado quince días sin comer, sin dormir, llorando y rezando. La
dentición del niño no podía avanzar, por no poder romper las encías
hinchadas y doloridas. Su vida peligraba. El duque aconsejó a la
afligida madre que consultase a Stein; y, verificado así, el hábil
alemán salvó al niño con una incisión en las encías. Desde aquel
momento, Stein llegó a ser el amigo de la casa. La condesa le estrechó
en sus brazos; y el conde le recompensó como podría haberlo hecho un
príncipe. La marquesa decía que era un santo; el general confesó que
podía haber buenos médicos fuera de España. Rita, con toda su aspereza,
se dignó consultarle sobre sus jaquecas, y Rafael declaró que el día
menos pensado iba a romperse los cascos, para tener el gusto de que le
curase el GRAN FEDERICO.
Una mañana, la condesa estaba sentada, pálida y desmejorada a la
cabecera de su hijo dormido. Su madre ocupaba una silla muy baja, y,
como antídoto contra el calor, tenía el abanico en continuo movimiento.
Rita se había establecido delante de un gran bastidor y estaba bordando
un magnífico frontal de altar, obra que había emprendido en compañía de
la condesa.
Entró Rafael.
--Buenos días, tía: buenos días, primas. ¿Cómo va el heredero de los
Algares?
--Tan bien como puede desearse--respondió la marquesa.
--Entonces, mi querida Gracia--continuó su primo--, me parece que ya es
tiempo de que salgas de tu encierro. Tu ausencia es un eclipse de sol
visible, que trae consternada a la ciudad. Tus tertulianos lanzan
unánimes suspiros, que van a dejar sin hojas los árboles de las
Delicias. El barón de Maude añade a su colección de preguntas, las que
le arranca tu invisibilidad. Ese exceso de amor materno le escandaliza.
Dice que en Francia se permite a las señoras hacer muy bonitos versos
sobre este asunto; pero no tolerarían que una madre joven expusiese su
salud, marchitando la frescura de su tez, privándose de reposo y de
alimento, y olvidando su bienestar individual al lado del chiquillo.
--¡Disparate!--exclamó la marquesa--¿Cómo podrá persuadírseme de que hay
un país en el mundo en que una madre se aleje ni un solo instante de su
hijo cuando está malo?
--Pues el mayor es peor todavía--continuó Rafael--; al saber lo que
estás haciendo, logró agrandar sus ojos habitualmente espantados y dice
que no creía tan bárbaros a los españoles, que no tuviesen en sus casas
una _nursery_[22].
[Nota 22: _Nursery_ es en las casas inglesas el departamento destinado a los
niños y a las personas que los cuidan, que está retirado y en otro piso.]
--¿Y qué es eso?--preguntó la marquesa.
--Según él se explica--prosiguió Rafael--, es la Siberia de los niños
ingleses. Sir John apuesta a que te has puesto tan ligera y delgada, que
podrás pasar por hija del Céfiro con más razón que las yeguas
andaluzas, que gozan de esa reputación y que en la carrera se quedarían
muy atrás de su yegua inglesa _Atlante_, sin necesidad de derramar una
cuartilla de cebada en el camino para distraerla. Prima, el único que se
ha consolado de los males de la ausencia ha sido Polo, dando a luz un
tomo de poesías, y con este motivo casi nos hemos reñido.
--Cuéntanos eso, Rafael--dijo Rita--. Hubiera querido presenciar vuestra
disputa y no me habría divertido poco.
--Ya saben ustedes--dijo Rafael--que todas nuestras modernas
_ilustraciones_ aspiran por todos los medios posibles al título de
_notabilidades_.
--Sobrino--exclamó la marquesa--, déjate por Dios de esas palabras
extranjeradas, que me degüellan.
--Perdonad, tía--siguió Rafael--; pero son necesarias para mi historia y
participan de su esencia. Como estos señores, y, sobre todo, los que han
bebido en manantiales franceses, han visto que en Francia la partícula
_de_ es signo de nobleza, han querido también adoptarla; y como en
España no significa absolutamente nada, pueden lisonjear sus oídos con
la sonoridad del monosílabo inocente, así como con una cáfila de
apellidos, cada uno hijo de su padre y de su madre. Esto puede
deslumbrar a los extranjeros, que ignoran que en España el _de_, y la
muchedumbre de apellidos, son prácticas arbitrarias y pueden usarse _ad
libitum_.
--Por cierto--dijo la marquesa--, es cosa rara que uno ha de ser de
sangre noble, sólo por tener dos letras delante del apellido. Las
mujeres casadas añaden al suyo el de sus maridos, con su _de_ corriente,
y así, tu madre firmaba Rafaela Santa María de Arias. Hay muchos
apellidos nobles que no lo tienen. En Sevilla, el marqués de C... es J.
P. El conde del A..., F. E. El marqués de M..., A. S. Mi hermano se
llama León Santa María, y el duque de Rivas pone en el frontispicio de
sus obras Ángel Saavedra. Volviendo a nuestro Polo--prosiguió Rafael--,
no satisfecho con tener un nombre tan adaptado al título de una
colección de poesías, se le ocurrió la idea de poner también el de su
madre, o el de su abuela, según lo más o menos armonioso de las sílabas,
y tuvo la satisfacción de estampar con letras góticas en el frontispicio
de su obra: _Por A. Polo de Mármol_; y quedó tan contento al ver en
papel vitela su nombre prosaico prolongado, ennoblecido, sonoro,
distinguido y soberbio, a manera de un paladín antiguo que sale de la
tumba con su armadura mohosa, que se creyó otro hombre distinto del que
era antes; se admiró y se respetó, como aquel oficial portugués que
viéndose en el espejo, armado de pies a cabeza, se echó a temblar,
teniendo miedo de sí mismo. Su entusiasmo subió a tal punto que mandó
grabar sus tarjetas con la recién descubierta fórmula, añadiendo un
escudo de armas imaginarias, en que se ve un castillo...
--De naipes--dijo la marquesa, impaciente.
--Un león--continuó Rafael--, un águila, un leopardo, un zorro, un oso,
un dragón; en fin, el arca de Noé de la Heráldica; y encima, una corona
imperial. Por desgracia, el grabador, que no era un Estévez ni un
Carmona, no pudo poner cuerdas en una lira, que formaba parte de las
armas de Polo; pero es un pequeño contratiempo, de que nadie hace eso.
Dábale yo la enhorabuena por su nuevo nombre, asegurándole que el nombre
de Mármol venía de perlas después del de A. Polo, porque un APolo de
mármol valía más que un APolo de yeso; tomándolo él a sátira, se puso
tan furioso que me amenazó con escribir una sátira contra los humos de
los nobles. Le pregunté si la sátira a los nobles se extendería a las
_ídem._ Entonces se acordó de ti, mi querida prima; lanzó un suspiro y
se le cayó de las manos la formidable pluma; peinó, alisó y cubrió de
pomada la cabellera serpentina de su Némesis, y yo me he escapado de una
buena, gracias a los hermosos ojos de mi prima. Pero--añadió Rafael
viendo entrar a Stein--, aquí viene la más preciada de las _piedras_
preciosas[23]; piedra melodiosa como _Memnon_. Don Federico, ya que sois
observador fisiologista, admirad cómo en todas las situaciones de la
vida son inalterables en España la igualdad de humor, la benevolencia y
aun la alegría. Aquí no tenemos el _schwermuth_ de los alemanes, el
_spleen_ de los ingleses, ni el _ennui_ de nuestros vecinos. ¿Y sabéis
por qué? Porque no exigimos demasiado de la vida; porque no suspiramos
en pos de una felicidad alambicada.
[Nota 23: Stein significa en alemán piedra.]
--Es--opinó la marquesa--porque solemos tener todas las aficiones
propias de nuestra edad.
--Es--dijo Rita--porque cada uno hace lo que le da la gana.
--Es--observó la condesa--porque nuestro hermoso cielo derrama el
bienestar en nuestro ánimo.
--Yo creo--dijo Stein--que es por todo eso y además por el carácter
nacional. El español pobre, que se contenta con un pedazo de pan, una
naranja y un rayo de sol, está en armonía con el patricio que se
contenta casi siempre con su destino y se convierte en noble Procusto
moral de sí mismo, nivelando sus aspiraciones y su bienestar con su
situación.
--Decís, don Federico--observó la marquesa--, que en España cada cual
está satisfecho con lo que le ha tocado en suerte. ¡Ah doctor! ¡Cuánto
siento decir que ya no somos en esa parte lo que éramos! Mi hermano dice
que en la jerigonza del día hay una palabra inventada por el genio del
mal y del orgullo, especie de palanca a que no resisten los cimientos de
la sociedad y que ha ocasionado más desventuras a la especie humana que
todo el despotismo del mundo.
--¿Y cuál es esa palabra--preguntó Rafael--, para que yo le corte las
orejas?
--Esa palabra--dijo la marquesa suspirando--es la _noble ambición._
--Señora--dijo Rafael--, es que a la ambición le ha entrado la manía
general de nobleza.
--Tía--exclamó Rita--, si nos metemos en la política, y os ponéis a
repetir las sentencias de mi tío, os advierto que don Federico va a caer
en esa _quisicosa_ alemana, Rafael en el _spleen_ inglés y Gracia y yo
en el _ennui_ francés.
--¡Desvergonzada!--dijo su tía.
--Para evitar tamaña desgracia--dijo Rafael--hago la moción de que
compongamos entre todos una novela.
--¡Apoyado, apoyado!--gritó la condesa.
--¡Tal destino!--dijo su madre--. ¿Queréis escribir algún primor, como
esos que suele mi hija leerme en los folletines que escriben los
franceses?
--¿Y por qué no?--preguntó Rafael.
--Porque nadie la leerá--respondió la marquesa--, a menos de anunciarla
como francesa.
--¿Qué nos importa?--continuó Rafael--. Escribiremos como cantan los
pájaros, por el gusto de cantar, y no por el gusto de que nos oigan.
--Hacedme el favor, a lo menos--prosiguió la marquesa--, de no sacar a
la colada seducciones ni adulterios. Pues ¡es bueno hacer a las mujeres
interesantes por sus culpas! Nada es menos interesante a los ojos de las
personas sensatas que una muchacha ligera de cascos, que se deja
seducir, o una mujer liviana que falta a sus deberes. No vayáis
tampoco, según el uso escandaloso de los novelistas de nuevo cuño, a
profanar los textos sagrados de la Escritura. ¿Hay cosa más escandalosa
que ver en un papelito bruñido y debajo de una estampita deshonesta las
palabras mismas de nuestro Señor, tales como: «mucho le será perdonado,
porque amó mucho», o aquellas otras: «el que se crea sin culpa, tírele
la primera piedra?» ¡Y todo ello para justificar los vicios! ¡Eso es una
profanación! ¿No saben esos escritores boquirrubios que aquellas santas
palabras de misericordia recaían sobre las ansias del arrepentimiento y
los merecimientos de la penitencia?
--¡Cáspita!--dijo Rafael--, ¡qué trozo de elocuencia! Tía está
inspirada, iluminada; votaré por su candidatura a diputado a Cortes.
--Tampoco vayáis--continuó la marquesa--a introducir el espantoso
suicidio, que no se ha conocido por acá, hasta ahora, que han logrado
entibiar, sino desterrar la religión. Nada de esas cosas nos pegan a
nosotros.
--Tiene usted razón--dijo la condesa--; no hemos de pintar a los
españoles como extranjeros; nos retrataremos como somos.
--Pero con las restricciones que exige mi señora marquesa--dijo Stein--,
¿qué desenlace _romancesco_ puede tener una novela que estribe, como
generalmente sucede, en una pasión desgraciada?
--El tiempo--contestó la marquesa--; el tiempo, que da fin de todo, por
más que digan los novelistas, que sueñan en lugar de observar.
--Tía--dijo Rafael--, lo que estáis diciendo es tan prosaico como el
gazpacho.
--¿Te matarás si me caso con Luis?--le preguntó Rita.
--¡Yo verdugo, y de mi propia, interesante e inocente persona!, ¡yo mi
propio Herodes! ¡Dios me libre, bella ingrata!--contestó Rafael--.
Viviré para ver y gozar de tu arrepentimiento y para reemplazar a tu
Luis Triunfos, si se le antoja ir a jugar al _monte_ con su compadre
Lucifer, en su reino.
--No hagáis ostentación en vuestra novela--prosiguió la marquesa--de
frases y palabras extranjeras de que no tenemos necesidad. Si no sabéis
vuestra lengua, ahí está el diccionario.
--Bien dicho--repitió Rafael--; no daremos cuartel a las _esbeltas_, a
las _notabilidades_ ni a los _dandys_; perversos intrusos, parásitos
venenosos y peligrosos emisarios de la revolución.
--Más verdad dices de la que piensas--repuso la marquesa.
--Pero madre--dijo la condesa--; a fuerza de restricciones, nos pondréis
en el caso de hacer una insulsez.
--Me fío de tu buen gusto--respondió la marquesa--, y en lo que es capaz
de discurrir e inventar Rafael, para que así no sea. Otra advertencia.
Si nombráis a Dios, llamadle por su nombre, y no con los que están hoy
de moda, _Ser Supremo, Suprema Inteligencia, Moderador del Universo_ y
otros de este jaez.
--¡Cómo, señora tía!--exclamó Rafael--, ¿negáis a Dios sus poderes y sus
prerrogativas?
--No por cierto--respondió la marquesa--; pero en el nombre Dios se
encierra todo. Buscar otros más altisonantes es lo mismo que platear el
oro. Lo mismo me parece eso, que lo que aquí se hace de tejas abajo,
quitando al poder el título de rey para llamarlo presidente, primer
cónsul o protector. Estoy cierta de que antes de haber consumado del
todo su rebeldía, Lucifer nombraba a Dios el Ser Supremo.
--Pero tía, no podréis negar--observó Rafael--que es más respetuoso y
aun más sumiso.
--Anda a paseo, Rafael--contestó con impaciencia la marquesa. Siempre
me contradices, no por convicción, sino por hacerme rabiar. Dale a Dios
el nombre que se dio él mismo; que nadie ha de ponerle otro mejor.
--Tenéis razón, madre--dijo la condesa--. Dejémonos de flaquezas, de
lágrimas y de crímenes, y de términos retumbantes. Hagamos algo bueno,
elegante y alegre.
--Pero Gracia--dijo Rafael--, es menester confesar que no hay nada tan
insípido en una novela como la virtud aislada. Por ejemplo, supongamos
que me pongo a escribir la biografía de mi tía. Diré que fue una joven
excelente; que se casó a gusto de sus padres, con un hombre que le
convenía y que fue modelo de esposas y de madres, sin otra flaqueza que
estar un poco templada a la antigua y tener demasiada afición al
tresillo. Todo esto es muy bueno para un epitafio; pero es menester
convenir que es muy sosito para una novela.
--¿Y de dónde has sacado--preguntó la marquesa--que yo aspiro a ser
modelo de heroína de novela? ¡Tal dislate!
--Entonces--dijo Stein--, escribid una novela fantástica.
--De ningún modo--dijo Rafael--; eso es bueno para vosotros, los
alemanes; no para nosotros. Una novela fantástica española sería una
afectación insoportable.
--Pues bien--continuó Stein--: una novela heroica o lúgubre.
--¡Dios nos libre y nos defienda!--exclamó Rafael--. Eso es bueno para
Polo.
--Una novela sentimental.
--Sólo de oírlo--prosiguió Rafael--me horripilo. No hay género que menos
convenga a la índole española que el llorón. El sentimentalismo es tan
opuesto a nuestro carácter, como la jerga sentimental al habla de
Castilla.
--Pues entonces--dijo la condesa--, ¿qué es lo que vamos a hacer?
--Hay dos géneros que, a mi corto entender, nos convienen: la novela
histórica, que dejaremos a los escritores sabios, y la novela de
costumbres, que es justamente la que nos peta a los medias cucharas como
nosotros.
--Sea, pues; una novela de costumbres--repuso la condesa.
--Es la novela por excelencia--continuó Rafael--, útil y agradable. Cada
nación debería escribirse las suyas. Escritas con exactitud y con
verdadero espíritu de observación, ayudarían mucho para el estudio de la
humanidad, de la Historia, de la moral práctica, para el conocimiento de
las localidades y de las épocas. Si yo fuera la reina, mandaría
escribir una novela de costumbres en cada provincia, sin dejar nada por
referir y analizar.
--Sería, por cierto, una nueva especie de geografía--dijo Stein
riéndose--. ¿Y los escritores?
--No faltarían si se buscaran--respondió Rafael--, como nunca faltan
hombres para toda empresa, cuando hay bastante tacto para escogerlos. La
prueba es que aquí estoy yo, y ahora mismo vais a oír una novela
compuesta por mí, que participará de ambos géneros.
--Así saldrá ella--dijo la marquesa--. Don Federico, ya veréis algo
parecido a Bertoldo.
--Puesto que mi prima quiere algo bueno y sencillo; mi tía algo moral,
sin pasiones, flaquezas, crímenes ni textos de la Escritura, y mi prima
Rita algo festivo, voy a tomar por asunto la vida honrada y moral de mi
tío el general Santa María.
--No faltaba más--dijo la marquesa--sino que fueras a hacer burla de mi
hermano. No me parece que da margen a ello. ¡Vaya!
--No por cierto--replicó Rafael--; respeto y aprecio a mi tío más que
nadie en este mundo y sé que sus virtudes militares, que a veces pasan
de raya, le han merecido el dictado del Don Quijote del Ejército. Pero
nada de esto impide que también tenga su historia, porque si madame
Staël ha dicho que la vida de una mujer es siempre una novela, creo que
con igual derecho puede decirse que la vida de un hombre es siempre una
historia. Escuchad, pues, incomparable doctor, la historia de mi tío en
compendio. Santiago León Santa María nació predestinado para la noble
carrera de las armas, porque vio la luz del día, o por mejor decir, las
sombras de la noche, en el momento mismo en que la retreta pasaba por
delante de los balcones de la casa, de modo que hizo su entrada en el
mundo a son de caja.
--Eso es cierto--dijo la marquesa, sonriéndose.
--Yo no miento jamás... cuando digo la verdad--continuó gravemente
Rafael--. Como señal de aquella predestinación, nació con una espada
color de sangre en el pecho, dibujada por mano de la naturaleza con la
mayor propiedad; de modo que todas las comadres del barrio acudieron a
saludar al general _in partibus_ de los ejércitos de S. M. Católica.
--No hay tal cosa--dijo la marquesa--; tiene una señal en el pecho, es
verdad; pero es en figura de rábano, un antojo que había tenido nuestra
madre.
--Observad, doctor--continuó Rafael--, que mi tía desprestigia y
_despoetiza_ la historia de su querido hermano. ¡Un rábano en el pecho
de un valiente, en lugar de una orden militar! Vaya, tía, ¿hay cosa más
ridícula?
--¿Qué tiene de ridículo--dijo la marquesa--nacer con una señal en el
pecho?
--Prosigue, Rafael--dijo Rita--. Yo no sabía ninguna de esas
particularidades. Prosigue sin tantos paréntesis.
--Nadie nos corre, querida Rita--dijo Rafael--; ¿qué prisa tenemos? Una
de las ventajas que llevamos a otras naciones, es no vivir a galope,
como corredores intrusos. Conque apenas León Santa María cumplió los
doce años, entró de cadete en un Regimiento y se puso desde entonces
derecho como un huso, serio como un sermón y grave como un entierro.
Haciendo el ejercicio, y peleando como valiente muchacho en el Rosellón,
fue pasando el tiempo y llegó mi tío a la edad en que el corazón canta y
suspira.
--Rafael, Rafael--dijo su tía--, cuenta con lo que se habla.
--No tengáis cuidado, tía; no hablaré más que de amores platónicos.
--¿Amores qué?... ¿Hay acaso varias clases de amores?
--El amor platónico--contestó Rafael--es el que se encierra en una
mirada, en un suspiro o en una carta.
--Es decir--repuso la marquesa--, la vanguardia; pero ya sabes que el
cuerpo del ejército viene detrás; con que doblemos la hoja sobre ese
capítulo.
--Señora marquesa--repuso Rafael--, no os apuréis. Mi historia será tal,
que después de haberla oído cualquiera podrá retratar a mi tío con la
espada en una mano y la palma en la otra.
«Sus primeros amores fueron con una guapa moza de Osuna, donde estaba
acuartelado su Regimiento. El día menos pensado llegó la orden de
marchar. Mi tío dijo que volvería, y ella se puso a cantar _Mambrú se
fue a la guerra_; y lo estaría todavía cantando si un labrador grueso no
la hubiera ofrecido su gruesa mano y su gruesa hacienda. Sin embargo, al
principio estuvo inconsolable. Lloraba como las nubes de otoño y no
paraba de exclamar día y noche: ¡Santa María, Santa María!, tanto que
una criada que dormía cerca, creyendo que su ama estaba rezando las
letanías, no dejaba de responder devotamente: _Ora pro nobis._
»Mi tío--siguió Rafael--recibió orden de pasar a América; volvió para
tomar parte en la guerra de la Independencia, y no tuvo tiempo para
pensar en amoríos. De donde resultó que, no tratando con más bellezas
que las que podía hacer marchar a tambor batiente, adquirió tal acritud
de temple, que se le quedó el nombre del general _Agraz_.
--¿Cómo te atreves?...--exclamó la tía.
--Tía--contestó Rafael--, yo no me atrevo a nada; lo que hago es
repetir lo que otros han dicho. _Pian_ _pianino_ llegaron los sesenta
años, trayendo en pos la comitiva ordinaria de reumatismos y catarros,
con todas las trazas de convertirse en crónicos. Mi tía y todos los
amigos le aconsejaban que se retirase y se casase para vivir tranquilo.
Fijad las mientes, doctor, en el remedio: ¡casarse para vivir tranquilo!
Ya ve usted que mi tía se siente inclinada a la homeopatía.
--¿Ese sistema nuevo--preguntó la marquesa--que receta estimulantes para
refrescar? No lo creáis, doctor, ni vayáis a dar esa clase de remedios
al niño.
--Pues como iba diciendo--continuó Rafael--, había aquí una soltera de
edad madura, que no había querido casarse a gusto de su padre, ni su
padre la había querido dejar casar a su gusto; este tenía muchos humos,
en vista de que su hija se llamaba doña Pancracia Cabeza de Vaca. Ahora
bien, esta noble parte del animal...
La marquesa le interrumpió:
--Ríete cuanto quieras, como te ríes de todo; este es un privilegio que
la naturaleza te ha dado, como al sol el de brillar. Pero sabed, don
Federico, que ese nombre, tan ridículo a los ojos de mi sobrino, es uno
de los más ilustres y más antiguos de España. Debe su origen a la
batalla de las Navas de Tolosa...
--La cual--añadió Rafael--se dio por los años de 1212, y la ganó el rey
don Alfonso IX, llamado el Noble, padre de la reina de Francia Blanca,
madre de San Luis; y con aquella hazaña libertó a Castilla del yugo de
los sarracenos.
--Así es--repuso la marquesa--; todo eso se lo he oído contar a mi
cuñada. El Miramamolín, según ella cuenta, se había retirado a una
altura donde se atrincheró con sus tesoros en una especie de recinto
formado con cadenas de hierro. Un río separaba esta altura del ejército
cristiano. El rey, que no podía pasarlo, estaba desesperado. Entonces se
le presentó un pastor viejo, con su hopalanda y su capucha, y le
descubrió un sitio por donde podría vadear el río sin dificultad:
«Seguid la orilla--le dijo--, aguas abajo, y donde veáis la cabeza de
una vaca, que han devorado los lobos, allí está el vado.» De resultas de
este aviso se ganó aquella memorable batalla. El rey, agradecido,
ennobleció al que le había hecho un servicio tan señalado y le dio a él
y a sus descendientes el nombre de Cabeza de Vaca. Mi cuñada dice que
aún se conservan en la catedral de Toledo la estatua del pastor patriota
y las cadenas del campo del Miramamolín.
--Seiscientos años de nobleza--dijo Rafael--son un moco de pavo en
comparación de la nuestra, porque ha de saber usted, doctor, que el
nombre de Santa María eclipsa a todas las Cabezas de Vaca, aun cuando
arranque su árbol genealógico de los cuernos de la que Noé llevó a su
arca. Para que usted lo sepa, somos parientes de la Santa Virgen, nada
menos; y en prueba de ello, una de mis abuelas, cuando rezaba el rosario
con sus criadas, según la buena costumbre española...
--Costumbre que se va perdiendo--interrumpió suspirando la marquesa.
--Decía--prosiguió Rafael--: «Dios te salve MARÍA, prima y señora mía»,
y los criados respondían: «Santa MARÍA, prima y señora de usía.»
--No digas esas cosas delante de extranjeros, Rafael--dijo la condesa--,
porque o están bastante preocupados contra nosotros para creerlas, o sin
creerlas tienen bastante mala fe para repetirlas. Lo que acabas de
contar es una cosa que todo el mundo sabe; un chiste inventado para
burlarse de las exageradas pretensiones de antigüedad que nuestra
familia tiene.
--A propósito de lo que dicen los extranjeros, ¿sabes, prima, que lord
Londonderry ha escrito su _Viaje a España_, en el que dice que no hay
más que una mujer bonita en Sevilla, y es la marquesa de A...,
desfigurando, por supuesto, su nombre del modo más extraño?
--Tiene razón--dijo la condesa--; Adela es lindísima.
--Es lindísima--prosiguió Rafael--, pero decir que es la única, me
parece un disparatón de tomo y lomo. El mayor está furioso, y va a
ponerle pleito como calumniador, con plenos poderes de la Giralda, que
se tiene y se califica por la mejor moza de toda Sevilla.
--Eso es ser más realista que el rey--dijo Rita, con un gracioso
desdén--; y bien puedes asegurar al mayor, en nombre de todas las
sevillanas, que tanto nos da que ese lord nos encuentre feas como
bonitas. Pero sigue con tu historia, Rafael; te quedaste en los
preliminares del casamiento del tío.
--Antes que Rafael tome la ampolleta--interrumpió la marquesa--diré a
usted, don Federico, que la nobleza de nuestra familia estaba ya
reconocida en el año 737, porque uno de nuestros abuelos fue el que mató
al oso que quitó la vida al rey godo don Favila, y por eso tenemos un
oso en nuestro escudo de armas.
Rafael se echó a reír con tan estrepitosa carcajada que cortó el hilo a
la narración de su tía.
--Vaya--dijo--, aquí tenemos la segunda parte de _Prima y Señora mía_.
La marquesa tiene una colección de datos genealógicos, tan verídicos
unos como otros. Sabe de memoria la de los duques de Alba, que vale un
Perú.
--Si quisierais tener la bondad, señora marquesa, de referírmela--dijo
Stein--, os lo agradecería infinito.
--Con mucho gusto--respondió la marquesa--; y espero que daréis más
crédito a mis palabras que ese niño, tan preciado de saber más que los
que nacieron antes que él. Sabéis que nada ennoblece tanto al hombre
como los rasgos de valor.
--Por esa cuenta--dijo Rita--, José María podía ser noble y algo más,
grande de España de primera clase.
--¡Qué amigos de contradecir son mis sobrinos!--exclamó la marquesa con
alguna impaciencia. Pues bien: sí, señorita. José María podía ser noble
si no fuera ladrón.
--Ya que se trata de José María--dijo Rafael--, voy a contar a don
Federico un rasgo de valor de aquel personaje. Lo sé de buena tinta.
--No queremos saber las hazañas de los héroes del trabuco--dijo la
marquesa--. Rafael, tú hablas sin punto ni coma...
--Escuchad mi aventura de José María--continuó Rafael--. Un ladrón
héroe, caballeroso, elegante, galán y distinguido, es fruta que no nace
sino en nuestro suelo. Vosotros los extranjeros podréis tener muchos
duques de Alba, pero seguramente no tendréis un José María.
--¿Qué dices tú?--dijo la marquesa--, ¿que los extranjeros podrán tener
muchos duques de Alba? ¡Pues ya!, ¡fácil era! Escuchad, don Federico:
cuando el santo rey don Fernando estaba delante de los muros de Sevilla,
viendo que el sitio se prolongaba, propuso al rey moro...
--Que se llamaba Axataf por más señas--interrumpió Rafael.
--Poco importa el nombre--continuó la marquesa--; propúsole, pues, como
iba diciendo, que se decidiese la suerte de la ciudad sitiada en combate
singular, cuerpo a cuerpo, entre los dos monarcas. El moro tuvo
vergüenza de rehusar el reto. El rey Fernando ocultó a todo el mundo su
designio, y cuando llegó la hora convenida, salió solo y de noche de sus
reales, encaminándose al puesto señalado. Un soldado de su guardia que
le vio salir, tuvo algunas sospechas de su intento y temeroso de que el
rey cayese en alguna asechanza, se armó y le siguió de lejos. Llegado
que hubo el monarca al sitio que todavía se llama la _Fuente del Rey_, y
que era entonces un lugar muy agreste, se detuvo aguardando a que se
presentase el moro.
Pero por más que aguardaba, el otro en lo menos que pensaba era en
acudir a la cita. Así pasó la noche, y al clarear el alba, convencido
de que su contrario no vendría, iba a retirarse cuando oyó ruido en la
enramada y mandó que saliese al frente, quienquiera que fuese.
Era el soldado y obedeció.
«¿Qué haces ahí?», preguntó el rey.
«Señor--respondió el soldado--, he visto a vuestra majestad salir solo
del campo, e inferí su intento; he temido algún lazo y he venido a
defender a su persona.»
«¿Solo?», preguntó el rey.
«Señor--continuó el soldado--, ¿vuestra majestad y yo, acaso no bastamos
para doscientos moros?»
«Saliste de mis reales soldado--dijo el rey--y entras en ellos duque de
Alba.»
--Ya veis, don Federico--dijo Rafael--, que esa leyenda popular arregla
desafíos a medianoche y crea duques a pedir de boca.
--Calla por Dios, Rafael--dijo la condesa--, y déjanos esta creencia,
pues me gusta esa etimología.
--Sí--respondió Rafael--; pero el duque de Alba no le agradecerá a tu
madre la _ilustración_ que quiere darle. Ahora veréis lo que hay en el
asunto.
Diciendo estas palabras y echando a correr Rafael, volvió muy pronto con
un libro en folio y en pergamino, que sacó de la librería del conde.
--He aquí--dijo--la creación, privilegios y antigüedad de los títulos de
Castilla, por don José Berni y Catalá, abogado de los Reales Consejos.
Página 140. «Conde de Alba, hoy día duque. El primer fue don Fernando
Álvarez de Toledo, creado conde de Alba por Juan II, 1439. Don Enrique
IV lo hizo duque en 1469. Esta ilustre y excelsa familia es de sangre
real y ha tenido los primeros empleos de España en guerra y en política.
El duque mandó todo el ejército en la conquista de Flandes y en la de
Portugal, donde hizo maravillas. Esta ilustrísima familia tiene tanto
lustre y tantos méritos, que para enumerarlos sería necesario escribir
volúmenes.» Ya veis, tía, que la historia que nos habéis contado, aunque
muy propagada, es apócrifa.
--No sé lo que quiere decir--continuó la marquesa--, esa palabra griega
o francesa; pero volviendo a los Santas Marías, este nombre les fue dado
con motivo de...
--Tía, tía--exclamó Rita--, hacednos el favor de dispensarnos de oír
nuestra historia genealógica. ¿No tenemos bastante con la de los Cabezas
de Vaca y los Albas? Cuando penséis contraer segundas nupcias, entonces
podréis lucir estas galas genealógicas a los ojos del favorecido.
--El apellido de los duques de Alba--dijo Stein--es Álvarez, y así se
llama también mi patrón, que es un buen hombre, lleno de honradez y
tendero retirado. Me causa mucha extrañeza ver que en este país los
nombres más ilustres son comunes a las clases más elevadas y a las más
ínfimas. ¿Será cierto lo que se dice en mi país, que todos los españoles
se creen de noble sangre?
--Esa es una confusión de ideas--contestó Rafael--, como todas las que
generalmente tienen los extranjeros sobre las cosas de España; y así no
hay ninguno que no crea a puño cerrado que cada gañán arando, lleva
colgada a su lado la espada distintiva de caballero. Hay muchos
apellidos generales y como _mancomunes_ en España, no hay duda; pero
esto nace en gran parte de que, en tiempos pasados, los señores que
tenían esclavos les daban sus apellidos al emanciparlos. Estos nombres,
usados por los moros ya libres, debieron multiplicarse, en particular
los de los magnates, a medida que más esclavos tenían. Algunas de esas
nuevas familias se ilustraron y fueron ennoblecidas, porque muchas
descendían de moros nobles. Pero los grandes de España, que tienen
aquellos mismos nombres, llevan tan a mal ser confundidos con estas
familias, como con las de los artesanos que se hallan en el mismo caso.
También hay que observar que muchos han tomado los nombres de las
localidades de donde provienen, y así tenemos centenares de Medinas,
Castillas, Navarros, Toledos, Burgos, Aragonés, etc. En cuanto a esas
aspiraciones a sangre noble que están tan propagadas entre los
españoles, es observación que no carece de fundamento, porque es cierto
que este pueblo tiene orgullo y propensiones delicadas y distinguidas;
pero no deben confundirse estos rasgos de carácter nacional con las
ridículas afectaciones nobiliarias que hemos visto en tiempos modernos.
El pueblo español no aspira a engalanarse con colgajos ni a salir de la
esfera en que le ha colocado la providencia; pero da tanta importancia a
la pureza de su sangre, como a su honra; sobre todo en las provincias
del Norte, cuyos habitantes se jactan de no tener mezcla de sangre
morisca. Esta pureza se pierde por un nacimiento ilegítimo; por la menor
y más dudosa alianza con sangre mulata o judía, así como por los oficios
de verdugo y pregonero, o por castigos infamantes.
--¡Válgame Dios--dijo Rita--, qué fastidiosos están ustedes con su
nobleza! ¿Quieres, Rafael, hacernos el favor de continuar la historia
del tío?
--¡Dale!--exclamó la marquesa.
--Tía--respondió Rafael--, no hay cuento desgraciado, como el que lo
cuente sea porfiado. Conque, don Federico, Santa María y Cabeza de Vaca
se unieron como dos palomos. Muchas veces he oído decir que mi tía, que
está aquí presente, lloró de placer y de ternura al ver tan bien
concertada unión. Mi tío tranquilizó los recelos que hubiese podido
inspirarle el nombre de su cara mitad sólo con verla.
--¡Rafael, Rafael!--exclamó la marquesa.
--Pero quien quedó asombrado--prosiguió Rafael fue todo el mundo, y más
que nadie, mi tío, cuando al cabo de nueve meses la Cabeza de Vaca dio a
luz un pequeño Santa María, tamaño como un abanico, y que parecía
engendrado por una X y una Z, La Cabeza de Vaca se puso más oronda que
la de Júpiter cuando produjo a Minerva. Hubo, con este motivo, un gran
debate matrimonial. La señora quería que el dulce fruto de su amor se
llamase Pancracio, nombre que, desde la batalla de las Navas de Tolosa,
había sido el de los primogénitos de la familia. Mi tío se empestilló en
que el futuro representante de los venerables Santa María no llevase
otro nombre que el de su padre, nombre sonoro y militar. Mi tía los puso
de acuerdo, proponiendo que se bautizase la criatura con los nombres de
León Pancracio, de lo que ha resultado que su padre lo ha llamado
siempre León y su madre siempre Pancracio.
De repente interrumpió esta narración el general, entrando en la sala,
pálido como un muerto, con los labios apretados y lanzando rayos por los
ojos.
--¡Santo Dios!--dijo Rafael a Rita en voz baja--, quisiera estar ahora
siete estados debajo de tierra, con las estatuas romanas que sirvieron a
los moros para hacer los cimientos de la Giralda.
--Estoy furioso--dijo el general.
--¿Qué tenéis, tío?--le preguntó la condesa, colorada como un tomate.
Rita bajaba la cabeza sobre su bordado, mordiéndose los labios para
sofocar la risa.
La marquesa tenía la cara más larga que la de Don Quijote.
--Esto es peor que burlarse de la gente--continuó el general con voz
temblona--: ¡es un insulto!
--Tío--dijo la condesa suavizando la voz lo más posible--, cuando no hay
mala intención, cuando no hay más que ligereza, atolondramiento, gana de
reír...
--¡Gana de reír!--interrumpió el general--: ¡reírse de mí!, ¡reírse de
mi mujer! Por vida mía, que se le ha de pasar la gana. Ahora mismo voy
a presentar mi queja a la policía.
--¡A la policía! ¿Estás en tu juicio, hermano?--exclamó la marquesa.
--Si salgo con bien de esta--dijo Rafael a Rita--, hago voto a San Juan
el Silenciario de imitarle durante un año y un día.
--Mi querido León--prosiguió la marquesa--, por Dios te ruego que no des
tanta importancia a una niñería. Cálmate. Yo sé que te ama y te respeta.
¿Quieres dar un escándalo? Las quejas de familia no deben salir al
público. Vamos, León, hermano, quédese eso entre nosotros.
--¿Qué estás hablando de quejas de familia?--replicó el general
volviéndose hacia su hermana--. ¿Qué tiene que ver la familia con las
insolencias inauditas de ese desaforado inglés, que viene a insultar a
la gente del país?
Al oír estas palabras, la hermana y los sobrinos del general respiraron
con holgura, como si se les hubiera quitado una piedra de sobre el
corazón. Su temor de que nuestro cronista hubiese sido oído por el
inflexible veterano, carecía de fundamento, y Rafael preguntó con los
tonos más sonoros de su voz:
--¿Pues qué ha hecho ese gran anfibio?
--¿Lo que ha hecho?--contestó el general--. Voy a decírtelo. Sabéis que,
por desgracia mía, ese hombre vive enfrente de mi casa. Pues bien: a la
una de la noche, cuando todo el mundo está en lo mejor de su sueño, el
míster abre la ventana y se pone... ¡a tocar la trompa!
--Ya sé que es furiosamente aficionado a ese instrumento--dijo Rafael.
--Además de eso--continuó el general--, lo hace malísimamente y el soplo
de su vasto pecho saca del instrumento sonidos capaces de despertar a
los muertos de veinte leguas a la redonda; de modo que se ponen a aullar
todos los perros de la vecindad. Con esto tendréis una idea de las
noches que nos hace pasar.
Todos los esfuerzos que habían hecho hasta allí los oyentes para
contener la risa, fueron infructuosos. La carcajada fue tan simultánea y
tan estrepitosa, que el general calló de repente y les echó una mirada
indignada.
--¡No faltaba más, sobrinos!, no faltaba más sino que os parezca asunto
de risa tan descarada insolencia, tal desprecio de las gentes. ¡Reíos,
reíos!, ya veremos si se reirá también tu recomendado.
Dijo, y se salió de la pieza tan denodadamente como en ella había
entrado, con dirección a la policía.
Rita se desternillaba de risa.
--¡Válgame Dios, Rita!--dijo la marquesa, que no estaba para fiestas--.
Más propio sería que te indignases de tamaña falta de seso, que no
reírse de ella.
--Tía--contestó la joven--, bien sé lo que el caso merece; pero aunque
estuviese en el ataúd, me había de reír. Os prometo que, para vengar a
mi tío, cuando el mayor moscón venga a chapurrearme piropos, no me
contentaré con volverle la espalda, sino que he de decirle: guardad
vuestro resuello para tocar la trompa.
--Mejor harías--dijo Rafael--en imitar a las señoritas extranjeras, que
se ponen coloradas para dar los buenos días y pálidas para dar las
buenas noches.
--Eso sería mejor--contestó Rita--; pero yo prefiero hacer lo peor.
--A todo esto--dijo Stein con su perseverancia alemana--, me habíais
prometido, señor de Arias, contarme un rasgo de valor de José María.
--Será para otro día--respondió Rafael--. He aquí a mi general en
jefe--añadió sacando el reloj--: son las tres menos cuarto y a las tres
estoy convidado a comer en casa del capitán general. Doctor, si yo fuera
vos, iría a suministrar los socorros del arte a mi tía Cabeza de Vaca en
el estado crítico en que la ha puesto la trompa del mayor.