Tres años habían transcurrido. Stein, que era de los pocos hombres que
no exigen mucho de la vida, se creía feliz. Amaba a su mujer con
ternura; se había apegado cada día más a su suegro, y a la excelente
familia que le había acogido moribundo, y cuyo buen afecto no se había
desmentido jamás. Su vida uniforme y campestre estaba en armonía con los
gustos modestos y el temple suave y pacífico de su alma. Por otra parte,
la monotonía no carece de atractivos. Una existencia siempre igual es
como el hombre que duerme apaciblemente y sin soñar; como las melodías
compuestas de pocas notas, que nos arrullan tan blandamente. Quizá no
hay nada que deje tan gratos recuerdos, como lo monótono, ese
encadenamiento sucesivo de días, ninguno de los cuales se distingue del
que le sigue ni del que le precede.
¡Cuál no sería, pues, la sorpresa de los habitantes de la cabaña, cuando
vieron venir una mañana a Momo, corriendo, azorado, y gritando a Stein
que fuese, sin perder un instante, al convento!
--¿Ha caído enfermo alguno de la familia?--preguntó Stein asustado.
--No--respondió Momo--; es Usía que le dicen su _Esencia_, que estaba
cazando en el coto jabalíes y venados, con sus amigos, y, al saltar un
barranco, resbaló el caballo y los dos cayeron en él. El caballo reventó
y la _Esencia_ se ha quebrado cuantos huesos tiene su cuerpo. Le han
llevado allá en unas parihuelas, y aquello se ha vuelto una Babilonia.
Parece el día del juicio. Todos andan desatentados, como rebaño en que
entra el lobo. El único que está _cariparejo_ es el que dio el batacazo.
Y un real mozo que es, por más señas. Allí andaban todos aturrullados
sin saber qué hacer. Madre abuela les dijo que había aquí un cirujano de
los pocos; mas ellos no lo querían creer. Pero como para traer uno de
Cádiz, se necesitan dos días, y para traer uno de Sevilla, se necesitan
otros tantos, dijo su _Esencia_ que lo que quería era que fuese allá el
recomendado de mi abuela; y para eso he tenido que venir yo, pues no me
parece sino que ni en el mundo ni en la vida de Dios hay de quién echar
mano sino de mí. Ahora le digo a usted mi verdad: si yo fuera que usted,
ya que me habían despreciado, no iba ni a dos tirones.
--Aunque yo fuese capaz--respondió Stein--de infringir mi obligación de
cristiano, y de profesor, necesitaría tener un corazón de bronce para
ver padecer a uno de mis semejantes sin aliviar sus males pudiendo
hacerlo. Además, que esos caballeros no pueden tener confianza en mí,
sin conocerme; y esto no es ofensa, ni aun lo sería, si no la tuviesen,
conociéndome.
Con esto llegaron al convento.
La tía María, que aguardaba a Stein con impaciencia, le llevó a donde
estaba el desconocido. Habíanle puesto en la celda prioral, donde
apresuradamente, y lo mejor que se pudo, se le había armado una cama. La
tía María y Stein atravesaron la turbamulta de criados y cazadores que
rodeaban al enfermo. Era este un joven de alta estatura. En torno de su
hermoso rostro, pálido pero tranquilo caían los rizos de su negra
cabellera. Apenas le hubo mirado Stein, lanzó un grito, y se arrojó
hacia él temeroso de tocarle, se detuvo de pronto y, cruzando sus manos
trémulas, exclamó:
--¡Dios mío, señor duque!
--¿Me conoce usted?--preguntó el duque; porque en efecto, la persona que
Stein había reconocido era el duque de Almansa--. ¿Me conoce
usted?--repitió alzando la cabeza, y fijando en Stein sus grandes ojos
negros, sin poder caer en quién era el que le dirigía la palabra.
--¡No se acuerda de mí!--murmuró Stein, mientras que dos gruesas
lágrimas corrían por sus mejillas--. No es extraño: las almas generosas
olvidan el bien que hacen, como las agradecidas conservan eternamente en
la memoria el que reciben.
--¡Mal principio!--dijo uno de los concurrentes--. Un cirujano que
llora; ¡estamos bien!
--¡Qué desgraciada casualidad!--añadió otro.
--Señor doctor--dijo el duque a Stein--, en vuestras manos me pongo.
Confío en Dios, en vos y en mi buena estrella. Manos a la obra, y no
perdamos tiempo.
Al oír estas palabras, Stein levantó la cabeza; su rostro quedó
perfectamente sereno, y con un ademán modesto, pero imperativo y firme,
alejó a los circunstantes. En seguida examinó al paciente con mano hábil
y práctica en este género de operaciones; todo con tanta seguridad y
destreza, que todos callaron, y sólo se oía en la pieza el ruido de la
agitada respiración del paciente.
--El señor duque--dijo el cirujano, después de haber concluido su
examen--tiene el tobillo dislocado y la pierna rota, sin duda por haber
cargado en ella todo el peso del caballo. Sin embargo, creo que puedo
responder de la completa curación.
--¿Quedaré cojo?--preguntó el duque.
--Me parece que puedo asegurar que no.
--Hacedlo así--continuó el duque--, y diré que sois el primer cirujano
del mundo.
Stein, sin alterarse, mandó llamar a Manuel, cuya fuerza y docilidad le
eran conocidas, y de quien podía disponer con toda seguridad. Con su
auxilio, empezó la cura, que fue ciertamente terrible; pero Stein
parecía no hacer caso del dolor que padecía el enfermo, y que casi le
embargaba el sentido. Al cabo de media hora, reposaba el duque,
dolorido, pero sosegado. En lugar de muestras de desconfianza y recelo,
Stein recibía de los amigos del personaje enhorabuenas cumplidas y
pruebas de aprecio y admiración; y él, volviendo a su natural modesto y
tímido, respondía a todos con cortesías. Pero quien se estaba bañando en
agua rosada era la tía María.
--¿No lo decía yo?--repetía sin cesar a cada uno de los presentes--, ¿no
lo decía yo?
Los amigos del duque, tranquilizados ya, a ruegos de este, se pusieron
en camino de vuelta. El paciente había exigido que le dejasen solo, bajo
la tutela de su hábil doctor, su antiguo amigo, como le llamaba, y aun
despidió a casi todos sus criados.
Así él y su médico pudieron renovar conocimiento a sus anchas. El
primero era uno de aquellos hombres elevados y poco materiales, en
quienes no hacen mella el hábito ni la afición al bienestar físico; uno
de los seres privilegiados, que se levantan sobre el nivel de las
circunstancias, no en ímpetus repentinos y eventuales, sino
constantemente, por energía característica, y en virtud de la inatacable
coraza de hierro, que se simboliza en el _¿qué importa?_; uno de
aquellos corazones que palpitaban bajo las armaduras del siglo XV, y
cuyos restos sólo se encuentran hoy en España.
Stein refirió al duque sus campañas, sus desventuras, su llegada al
convento, sus amores y su casamiento. El duque lo oyó con mucho interés,
y la narración le inspiró deseo de conocer a _Marisalada_, al pescador y
la cabaña que Stein estimaba en más que un espléndido palacio. Así es
que en la primera salida que hizo, en compañía de su médico, se dirigió
a la orilla del mar. Empezaba el verano; y la fresca brisa, puro soplo
del inmenso elemento, les proporcionó un goce suave en su romería. El
fuerte de San Cristóbal parecía recién adornado con su verde corona, en
honra del alto personaje, a cuyos ojos se ofrecía por primera vez. Las
florecillas que cubrían el techo de la cabaña, en imitación de los
jardines de Semíramis, se acercaban unas a otras, mecidas por las auras,
a guisa de doncellas tímidas que se confían al oído sus amores. La mar
impulsaba blanda y pausadamente sus olas hacia los pies del duque, como
para darle la bienvenida. Oíase el canto de la alondra, tan elevada que
los ojos no alcanzaban a verla. El duque, algo fatigado, se sentó en una
peña. Era poeta, y gozaba en silencio de aquella hermosa escena. De
repente sonó una voz que cantaba una melodía sencilla y melancólica.
Sorprendido el duque, miró a Stein, y este sonrió. La voz continuaba.
--Stein--dijo el duque--, ¿hay sirenas en estas olas, o ángeles en esta
atmósfera?
En lugar de responder a esta pregunta, Stein sacó su flauta y repitió la
misma melodía.
Entonces el duque vio que se les acercaba medio corriendo, medio
saltando, una joven morena, la cual se detuvo de pronto al verle.
--Esta es mi mujer--dijo Stein--; mi María.
--Que tiene--dijo el duque entusiasmado--la voz más maravillosa del
mundo. Señora, yo he asistido a todos los teatros de Europa, pero jamás
han llegado a mis oídos acentos que más hayan excitado mi admiración.
Si el cutis moreno, inalterable y terso de María, hubiera podido
revestirse de otro colorido, la púrpura del orgullo y de la satisfacción
se habría hecho patente en sus mejillas, al escuchar estos exaltados
elogios en boca de tan eminente personaje y competente juez. El duque
prosiguió:
--Entre los dos poseéis cuanto es necesario para hacerse camino en el
mundo. ¿Y queréis permanecer enterrados en la oscuridad y el olvido? No
puede ser; el no hacer participar a la sociedad de vuestras ventajas,
repito que no puede ser ni será.
--¡Somos aquí tan felices, señor duque!--respondió Stein--, que
cualquier mudanza que hiciera en mi situación me parecería una
ingratitud a la suerte.
--Stein--exclamó el duque--, ¿dónde está el firme y tranquilo denuedo
que admiraba yo en vos, cuando navegábamos juntos a bordo del _Royal
Sovereign_? ¿Qué se ha hecho de aquel amor a la ciencia, de aquel deseo
de consagrarse a la humanidad afligida? ¿Os habéis dejado enervar por la
felicidad? ¿Será cierto que la felicidad hace a los hombres egoístas?
Stein bajó la cabeza.
--Señora--continuó el duque--, a vuestra edad, y con esas dotes, ¿podéis
decidiros a quedaros para siempre apegada a vuestra roca, como esas
ruinas?
María, cuyo corazón palpitaba impulsado por intensa alegría y por
seductoras esperanzas, respondió, sin embargo, con aparente frialdad:
--¿Qué más da?
--¿Y tu padre?--le preguntó su marido en tono de reconvención.
--Está pescando--respondió ella, fingiendo no entender el verdadero
sentido de la pregunta.
El duque entró en seguida en una larga explicación de todas las
ventajas a que podría conducir aquella admirable habilidad, que le
labraría un trono y un caudal.
María lo escuchaba con avidez, mientras el duque admiraba el juego de
aquella fisonomía sucesivamente fría y entusiasmada, helada y enérgica.
Cuando el duque se despidió, María habló al oído a Stein y le dijo con
la mayor precipitación:
--Nos iremos; nos iremos. ¡Y qué! ¿La suerte me llama y me brinda
coronas, y yo me haría sorda? ¡No, no!
Stein siguió tristemente al duque.
Cuando entraron en el convento, la tía María preguntó a este, que
trataba con mucha bondad a su enfermera, ¿qué tal le había parecido su
querida María?
--¿No es verdad--preguntó--que _Marisalada_ es una linda criatura?
--Ciertamente--respondió el duque--. Sus ojos son de aquellos que sólo
puede mirar frente a frente un águila, según la expresión de un poeta.
--¿Y su gracia?--prosiguió la buena anciana--, ¿y su voz?
--En cuanto a su voz--dijo el duque--, es demasiado buena para perderse
en estas soledades. Bastante tenéis vosotros con vuestros ruiseñores y
jilgueros. Es preciso que marido y mujer se vengan conmigo.
Un rayo que hubiese caído a los pies de la tía María no la habría
aterrado, como lo hicieron aquellas palabras.
--¿Y quieren ellos?--exclamó asustada.
--Es preciso que quieran--respondió el duque, entrando en su
departamento.
La tía María quedó consternada y confusa por algunos momentos. En
seguida fue a buscar al hermano Gabriel.
--¡Se van!--le dijo bañada en lágrimas.
--¡Gracias a Dios!--repuso el hermano--. Bastante han echado a perder
las losas de mármol de la celda prioral. ¿Qué dirá su reverencia cuando
vuelva?
--No me ha entendido usted--dijo la tía María, interrumpiéndole--.
Quienes se van son don Federico y su mujer.
--¿Que se van?--dijo fray Gabriel--; ¡no puede ser!
--¿Será verdad?--preguntó la tía María a Stein, que venía buscándola.
--¡Ella lo quiere!--respondió él con semblante abatido.
--Eso es lo que dice siempre su padre--continuó la tía María--; y con
esa respuesta, la habría dejado morir si no hubiera sido por nosotros.
¡Ah don Federico!, ¡está usted tan bien aquí! ¿Va usted a ser como el
español que, estando bueno, quiso estar mejor?
--No espero ni creo hallarme mejor en ninguna parte del mundo, mi buena
tía María--dijo Stein.
--Algún día--repuso ella--se ha de arrepentir usted.
¡Y el pobre tío Pedro! ¡Dios mío! ¿Por qué ha llegado acá el barullo del
mundo?
Don Modesto entró en aquel instante. Hacía algún tiempo que había
escaseado sus visitas, no porque el duque no le hubiese recibido
perfectamente, ni porque dejase de ejercer sobre el veterano la misma
irresistible atracción que ejercía en todos los que se le acercaban.
Pero como era regular, don Modesto se había impuesto la regla de no
presentarse ante el duque, general y ex ministro de la Guerra, sino de
rigurosa ceremonia. _Rosa Mística_, empero, le había dicho que su
uniforme no se hallaba capaz de un servicio activo, y esta era la causa
de escasear sus visitas. Cuando la tía María le notificó que el duque
pensaba emprender la marcha dentro de dos días, don Modesto se retiró
inmediatamente. Había formado un proyecto, y necesitaba tiempo para
realizarlo.
Cuando _Marisalada_ comunicó a su padre la resolución que había tomado
de seguir el consejo que le diera el duque, el dolor del pobre anciano
habría partido un corazón de piedra. Este dolor era, sin embargo,
silencioso. Oyó los magníficos proyectos de su hija, sin censurarlos ni
aplaudirlos, y sus promesas de volver a la choza, sin exigirlas ni
rechazarlas. Consideraba a su hija como el ave a su polluelo, cuando se
esfuerza a salir del nido, al cual no ha de volver jamás. El buen padre
lloraba hacia dentro, si es lícito decirlo así.
Al día siguiente, llegaron los caballos, los criados y las acémilas que
el duque había mandado venir para su partida. Los gritos, los votos y
los preparativos del viaje resonaban en todos los ángulos del convento.
El hermano Gabriel tuvo que irse a trabajar en sus espuertas bajo la
yedra, a cuya sombra estaban en otro tiempo las norias.
_Morrongo_ se subió al tejado más alto, y se recostó al sol, echando una
mirada de desprecio al tumulto que había en el patio; _Palomo_ ladró,
gruñó y protestó tan enérgicamente contra la invasión extranjera, que
Manuel mandó a Momo que le encerrase.
--No hay duda--decía Momo--que mi abuela, que es la más _aferrada_
curandera que hay debajo de la capa del cielo, tiene imán para atraer
enfermos a esta casa. Ya va de tres con este, ¡sobre que en el cielo se
ha de poner su mercé a curar a San Lázaro!
Llegó el día de la partida. El duque estaba ya preparado en su aposento.
Habían llegado Stein y María, seguidos del pobre pescador, el cual no
alzaba los ojos del suelo, doblado el cuerpo con el peso del dolor. Este
dolor le había envejecido más que los años y todas las borrascas del
mar. Al llegar, se sentó en los escalones de la cruz de mármol.
En cuanto a don Modesto, también había acudido, pero con la
consternación pintada en el rostro. Sus cejas formaban dos arcos de una
elevación prodigiosa. La diminuta mecha de sus cabellos se inclinaba
desfallecida hacia un lado. De su pecho se exhalaban hondos suspiros.
--¿Qué tiene usted, mi comandante?--le preguntó la tía María.
--Tía María--le respondió--, hoy somos 15 de _junio_, día de mi santo,
día tristemente memorable en los fastos de mi vida. ¡Oh San Modesto! ¿Es
posible que me trates así el mismo día en que la Iglesia te reza?
--Pero ¿qué novedad hay?--volvió a preguntar la tía María, con
inquietud.
--Vea usted--dijo el veterano, levantando el brazo y descubriendo un
gran desgarrón en su uniforme, por el cual se divisaba el forro blanco,
que parecía la dentadura que se asoma por detrás de una risa burlona.
Don Modesto estaba identificado con su uniforme; con él habría perdido
el último vestigio de su profesión.
--¡Qué desgracia!--exclamó tristemente la tía María.
--Una jaqueca le cuesta a Rosita--prosiguió don Modesto.
--Su excelencia suplica al señor comandante que se sirva pasar a su
habitación--dijo entonces un criado.
Don Modesto se puso muy erguido; tomó en su mano un pliego
cuidadosamente doblado y sellado, apretó lo más que pudo al cuerpo el
brazo, bajo el cual se hallaba la desventurada rotura, y presentándose
ante el magnate, le saludó respetuosamente, colocándose en la estricta
posición de ordenanza.
--Deseo a vuestra excelencia--dijo--un felicísimo viaje, y que encuentre
a mi señora la duquesa y a toda su familia en la más cumplida salud; y
me tomo la libertad de suplicar a vuestra excelencia se sirva poner en
manos del señor ministro de Guerra esta representación relativa al
fuerte que tengo la honra de mandar. Vuestra excelencia ha podido
convencerse por sí mismo de cuán urgentes son los reparos que el
castillo de San Cristóbal necesita, especialmente hablándose de guerra
con el emperador de Marruecos.
--Mi querido don Modesto--contestó el duque--, no me atrevo a responder
del éxito de esa solicitud, más bien le aconsejaría que pusiera una cruz
en las almenas del fuerte, como se pone sobre una sepultura. Pero en
cambio, prometo a usted conseguir que se le faciliten algunas pagas
atrasadas.
Esta agradable promesa no fue parte a borrar la triste impresión que
había hecho en el comandante la especie de sentencia de muerte
pronunciada por el duque sobre su fuerte.
--Entre tanto--continuó el duque--, suplico a usted que acepte como
recuerdo de un amigo...
Y diciendo esto, indicó una silla inmediata.
¿Cuál no sería la sorpresa de aquel excelente hombre al ver expuesto
sobre una silla un uniforme completo, nuevo, brillante, con unas
charreteras dignas de adornar los hombros del primer capitán del siglo?
Don Modesto, como era natural, quedó confuso, atónito, deslumbrado al
ver tanto esplendor y tanta magnificencia.
--Espero--dijo el duque--, señor comandante, que viva usted bastantes
años, para que le dure ese uniforme otro tanto, cuando menos, como su
predecesor.
--¡Ah! señor excelentísimo--contestó don Modesto, recobrando poco a poco
el uso de la palabra--; ¡esto es demasiado para mí!
--Nada de eso, nada de eso--respondió el duque--. ¡Cuántos hay que usan
uniformes más lujosos que ese sin merecerlo tanto! Sé,
además--continuó--, que tiene usted una amiga, una excelente patrona, y
que no le pesaría llevarle un recuerdo. Hágame el favor de poner en sus
manos esta fineza.
Era un rosario de filigrana de oro y coral.
En seguida, sin dar tiempo a don Modesto para volver en sí de su
asombro, el duque se dirigió a la familia, a quien había mandado
convocar, con el objeto de acreditarle su gratitud, y dejarles una
memoria. El duque no hacía el bien con la indiferencia y dadivosidad
desdeñosa, y tal vez ofensiva, con que lo hacen generalmente los ricos,
sino que lo verificaba como lo practican los que no lo son, es decir,
estudiando las necesidades y gustos de cada cual. Así es que todos los
habitantes del convento recibieron lo que más falta les hacía o lo que
más podía agradarles. Manuel, una capa y un buen reloj; Momo, un vestido
completo, una faja de seda amarilla y una escopeta; las mujeres y los
niños, telas para trajes y juguetes; _Anís_, un _barrilete_, o cometa de
tan vastas dimensiones, que cubierto con él desaparecía su diminuta
persona, como un ratón detrás del escudo de Aquiles. A la tía María, a
la infatigable enfermera del ilustre huésped, a la diestra fabricante de
caldos sustanciosos, señaló el duque una pensión vitalicia.
En cuanto al pobre fray Gabriel, se quedó sin nada. Hacía tan poco ruido
en el mundo, y se había ocultado tanto a los ojos del duque, que este no
le había echado de ver.
La tía María, sin que nadie la observase, cortó algunas varas de una de
las piezas de crea, que el duque le había regalado, y dos pañuelos de
algodón, y fue a buscar a su protegido.
--Aquí tiene usted, fray Gabriel--le dijo--, un regalito que le hace el
señor duque. Yo me encargo de hacerle la camisa.
El pobrecillo se quedó todavía más aturdido que el comandante. Fray
Gabriel era más que modesto: ¡era humilde!
Estando todo dispuesto para el viaje, el duque se presentó en el patio.
--Adiós, _Romo_, honra de Villamar--le dijo _Marisalada_--; si te vide,
no me acuerdo.
--Adiós, _Gaviota_--respondió este--; si todos sintieran tu ida como el
hijo de mi madre, se habían de echar las campanas al vuelo.
El tío Pedro se mantenía sentado en los escalones de mármol. La tía
María estaba a su lado, llorando a lágrima viva.
--No parece--dijo _Marisalada_--sino que me voy a la China, y que ya no
nos hemos de ver más en la vida. Cuando les digo a ustedes que he de
volver. ¡Vaya, que esto parece un duelo de gitanos! ¡Si se han empeñado
ustedes en aguarme el gusto de ir a la ciudad!
--Madre--decía Manuel, conmovido al presenciar el llanto de la buena
mujer--, si llora usted ahora a _jarrillas_, ¿qué haría si me muriera
yo?
--No lloraría, hijo de mi corazón--respondió la madre, sonriendo en
medio de su llanto--. No tendría tiempo para llorar tu muerte.
Vinieron las caballerías. Stein se arrojó en los brazos de la tía María.
--No nos eche usted en olvido, don Federico--dijo sollozando la buena
anciana--. ¡Vuelva usted!
--Si no vuelvo--respondió este--, será porque habré muerto.
El duque había dispuesto que _Marisalada_ montase apresuradamente en la
mula que se le había destinado, a fin de sustraerla a tan penosa
despedida. El animal rompió al trote; siguiéronla los otros, y toda la
comitiva desapareció muy en breve detrás del ángulo del convento.
El pobre padre tenía los brazos extendidos hacia su hija.
--¡No la veré más!--gritó sofocado, dejando caer el rostro en las gradas
de la cruz.
Los viajeros proseguían apresurando el trote. Stein, al llegar al
Calvario, desahogó la aflicción que le oprimía, dirigiendo una ferviente
oración al Señor del Socorro, cuyo benigno influjo se esparcía en toda
aquella comarca como la luz en torno del astro que la dispensa.
_Rosa Mística_ estaba en su ventana cuando los viajeros atravesaron la
plaza del pueblo.
--¡Dios me perdone!--exclamó al ver a _Marisalada_ cabalgando al lado
del duque--; ni siquiera me saluda, ni siquiera me mira. ¡Vaya si ha
soplado ya en su corazón el demonio del orgullo! Apuesto--añadió,
asomando la cabeza a la reja--que tampoco saluda al señor cura, que está
en los porches de la iglesia. Sí, pero es porque ya le da ejemplo el
duque. ¡Hola!, y se detiene para hablarle..., y le pone una bolsa en las
manos, ¡que será para los pobres!... Es un señor muy bueno y muy
dadivoso. Ha hecho mucho bien. ¡Dios se lo remunere!
_Rosa Mística_ no sabía todavía la doble sorpresa que le aguardaba.
Al pasar Stein, la saludó tristemente con la mano.
--¡Vaya usted con Dios!--dijo Rosa, meneando un pañuelo--. ¡Más buen
hombre! Ayer al despedirse de mí lloraba como un niño. ¡Qué lástima que
no se quede en el lugar! Y se quedaría, si no fuera por esa loca de
_Gaviota_, como le dice muy bien Momo.
La comitiva había llegado a una colina, y empezó a bajarla. Las casas de
Villamar desaparecieron muy en breve a los ojos de Stein, quien no
podía arrancarse de un sitio en que había vivido tan tranquilo y feliz.
El duque, entre tanto, se tomaba el inútil trabajo de consolar a María,
pintándole lisonjeros proyectos para el porvenir. ¡Stein no tenía ojos
sino para contemplar las escenas de que se alejaba!
La cruz del Calvario y la capilla del Señor del Socorro desaparecieron a
su vez. Después, la gran masa del convento pareció poco a poco hundirse
en la tierra. Al fin, de todo aquel tranquilo rincón del mundo, no
percibió más que las ruinas del fuerte, dibujando sus masas sombrías en
el fondo azul del firmamento, y la torre, que, según la expresión de un
poeta, como un dedo, señalaba el cielo con muda elocuencia.
Por último, toda aquella perspectiva se desvaneció. Stein ocultó sus
lágrimas, cubriéndose con las manos el rostro.